La luchita

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No coger lucha, dejar que sean los demás los que vayan a la cola del pan a clamar por la mala calidad de la harina o la carencia de levadura. No levantar mi voz para exigir lo mismo ni caer en la nimiedad de una queja que será solventada mediante mecanismos vencidos; tal es mi proceder cuando la realidad muestra las habituales carencias. Pero la mayoría de los cubanos sí cogen lucha, alzan su derecho, se montan en la bicicleta y montean su yuca, como buenos taínos, o se van a las empresas a emplazar una y mil veces a los directivos corruptos.
La lucha es el deporte nacional, se practica a través de enrevesadas técnicas de combate, desde el grito en una cola hasta pasarle por debajo un soborno a cualquier encargado, pareciera no haber reglas o que las reglas son tan duras que nadie las conoce ni las domina a derechas. Desde que abres los ojos estás delante de esa realidad que te pide sumarte a la lucha, ir hacia enconadas peleas en el transporte público y luego estar ocho horas de trabajo en centros donde conviven las más variopintas visiones: vencedores, derrotistas, nihilistas diletantes, bongoseros de la nada. Puedes pasarte el día sentado y sin hablar y, sin embargo, estar librando el más brutal de los combates.
La imagen más típica en estos tiempos es la del luchador, quien a diferencia de los yudocas o los profesionales del sumo, no tiene que mostrar gran musculatura o grosor corporal. La visión de este isleño es la de un señor de cierta edad, en bicicleta, con una lata con sancocho (comida para cerdos) o con cualquier alimento para él y su familia. Todo un poema que recorre las calles de cualquier pueblo cubano y que, casi siempre, asume la forma de algún pregón. Al final del día, el luchador no tiene casi nada, la mayor parte de las veces no le queda otra que volver al campo de batalla con o sin armas y sumarse a la improvisación, a lo cotidiano que se muestra impredecible, a una especie de histrionismo.
Cuba es una lucha perpetua, lucha por abrirse camino, por flotar, por hacerse de corcho y no perecer en el entuerto de la Historia y los bloqueos espirituales y del bolsillo. La lucha es la vida y viceversa. Pero en el temblor de lo tenso se pierden los años y el luchador envejece, pesan más en su bicicleta los plátanos maduros para el almuerzo que los conceptos, se difumina el horizonte de la victoria y el partido de lucha se hace interminable. El hombre en cambio se agota.
Hace algunos años era niño, no entendía de la lucha, pero intuí sus mecanismos y supe que o practicaba ese deporte o no vencería el torneo cubano. Un día salí junto a un amigo de mi padre y este comenzó a vender lo primero que tenía a la mano: una barra de dulce de guayaba y con aquel pregón salimos calle abajo y arriba, hasta que otro luchador vino y adquirió el producto. Hoy he sentido el impulso de luchar, de venderme, de vender lo que sea, pero no siempre se conocen las armas de la lucha, a veces uno no nace con los genes necesarios.
Descartes se queda corto ante la filosofía de cualquier luchador. Hace unas semanas, uno de ellos que vende chatarra en la feria me aconsejó que llenara mi refrigerador de comida y olvidara todo viso intelectual, que simplificara mis metas. Otro, quizás más académico, ha estudiado los proyectos de vida de los jóvenes y me aconseja los mismos recortes en una lógica que peca de neoliberal.
“No son tiempos de sueños, no está de moda la cultura”, me asegura un compositor local de música folclórica. Y en esa línea de no-pensamiento propia de la novela “1984” de George Orwell se sumergen quienes van hasta la bodega llamada “La estrella”, porque ya llegaron hasta allí los huevos. Curiosa metáfora que parece un chiste para cosmonautas de lo cotidiano, ascensión hacia el lejano limbo que nos introduce como campeones inconscientes del deporte nacional: la lucha. Ojalá algún día podamos descifrarle las reglas al juego.

(publicado originalmente en El Toque)

Crónica de una tarde escurridiza

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tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

El malestar del inmovilismo

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La esquina de mi casa es una entelequia de lo quieto, del momento vivido

El inmovilismo es un mal de fondo, atraviesa el diseño de nuestra sociedad, traza monumentales ministerios, planes donde sólo cabe aceptar una economía patética, pero sobre todo es un defecto heredado de lo militar. La Unión Soviética se sumió en la década del setenta en una era de ralentización donde se afincó su carácter de maquinaria atrasada y dependiente de las exportaciones de gas y petróleo, una especie de gigantesca colonia que dejó detrás los planes de modernización. Un inodoro o un televisor rusos seguían siendo los mismos que en los años sesenta, cuando se estaba ya en los ochenta. La palabra nomenklatura, filtrada hacia occidente a través de los libros de los opositores, se adueñaba de los espacios de debate y asfixiaba toda disensión en un dos por tres, con sólo acudir a la todopoderosa burocracia.
Cuba es una hija del siglo XX y, aunque se intente negar, del experimento socialista de dicha centuria. En nuestra isla maltrecha y errática persisten fisonomías de gobierno y formas de hacer propias de Europa del Este. Los sindicatos por ejemplo renunciaron a su derecho a la huelga, la sociedad civil se reverdece sólo en tiempos de confrontación para oponerla a concepciones foráneas. En la fórmula predominante encaja el viejo dicho popular de que “aquí ya todo está inventado”, máxima burocrática que suena a cuartel y que es ajena a la cosa pública propia de las democracias. Como hija del experimento del siglo XX, nuestra deuda está con esa participación genuina. Es cierto que cualquier persona de cualquier procedencia puede ocupar cargos públicos, pero no deja de ser una verdad pétrea que los niveles de gestión de determinados funcionarios son ínfimos, al no contar con respaldo en recursos. Los gobiernos locales encarnan extensiones del centralismo y casi viven pidiendo permiso, los delegados de circunscripción fungen como simples informantes de problemas.
Otra deuda grande con la democracia es el voto directo sobre los cargos más determinantes, como el de gobernante de una provincia, curul del parlamento, magistrado de la Asamblea Nacional o el presidente mismo del país. Que el poder de nuestro brazo votante llegue hasta la esquina del barrio subsiguiente no genera sinergias muy positivas en la masa de la credulidad. Todas estas reformas podrían hacer de Cuba un país más empoderado, sin que se acuda a la fórmula del pluripartidismo ni a su derivación peor: la partidocracia. Bajo un sistema directo no harían falta una agrupación política, ni una ideología oficial. Claro está, el ciudadano buscará siempre la manera de organizarse y de pensarse y eso es la política, pero se saldría del callejón que propone ahora mismo esta inmovilidad que nos carcome.
Comoquiera, no veo que en las más recientes proposiciones se aborde el asunto de esta manera, más bien se vislumbra un continuismo que pudiera estar generando el éxodo descontrolado y caótico de miles de jóvenes. La ausencia de participación es la ausencia de un horizonte. No veo que diarios como Juventud Rebelde, que debieran abordar el fenómeno, se preocupen por tales asuntos. La prensa es una crónica marciana de un país que nadie cree, pero eso no es más que otra derivación de nuestras deudas democráticas, participativas, horizontales. Esta verticalidad del poder, este gen del siglo XX que proviene de la ralentización soviética, impide que los reflejos sean claros. No importan la nitidez del espejo o las buenas intenciones del que plantee el problema, pues el estigma y la acusación estarán en los labios de pagados cancerberos.
En definitiva, a Cuba la persigue el malestar de la democracia, un mal que ha sido omnipresente en todos los sistemas desde que se piensa y se habla de manera política. Pues el hombre siempre está inmerso en una vida que lo sobrepasa y es su naturaleza el intentar comprender ese algo más allá (Kant lo llamó la cosa en sí, inaprensible, por lo que debemos conformarnos con la cosa para sí). El dilema de la participación va más allá de un logo, de una consigna o del voluntarismo con que se comporten determinados líderes, sobre todo porque el malestar de la democracia va aparejado a su contrapartida: el bienestar de la burocracia, cuya bonanza depende de niveles de ralentización de la dinámica social e histórica. Cada paso hacia delante que da el hombre debe contar con el beneplácito de una exigua minoría empoderada que nos vende la imagen de mayoría. Así, la dictadura del proletariado de Lenin terminó siendo en manos de Stalin la dictadura a secas, pues del poder de un partido se pasó al de una vanguardia y de allí al comité central y por último a las manos de la nomenklatura. Lo que fue un cambio del autocratismo del Zar hacia la desautomatización, regresó a manos de diferente color (de blanco a rojo) pero de igual invalidez democrática.
La participación no es una cuestión baladí, ni algo que deba soslayarse, tampoco se concibe esta sin la representación pues es imposible tener un ágora de once millones de cubanos, todos en una plaza y a la vieja usanza ateniense. Por tanto el talón de Aquiles está en los mecanismos electorales intermedios que cortan la comunicación y los niveles de criticismo desde la base, generando la inmovilidad de todo el sistema. Fenómeno este último que no creo sea fruto del desconocimiento o la ingenuidad, sino del interés y el ansia conservadora del núcleo duro del sistema: la nomenklatura. No obstante, el reto del socialismo con rostro humano está en revertir todos esos males, pasando por encima de nombres y viejos heroísmos que ahora nada aportan al presente.
No podemos seguir en un país decretado, ni la esfera pública debe enclaustrarse en dos reuniones parlamentarias al año, cuando nuestro sistema único en el hemisferio aún tiene las máculas elementales de un experimento. Por tanto, si se quiere un partido único este ha de comportarse con máxima e inconforme democracia, deberá ser además una institución irreverente y no conformista y vertical. La inclusión, más allá de una filosofía oficial y una visión marxista del mundo, signaría a esa agrupación de seres humanos, sector que por demás tendría que ser el más tolerante, el más dialéctico, el más abierto a que se disienta dentro o fuera de la organización. Veo muy poca filosofía de la historia entre las filas militantes de esa agrupación que nos gobierna, y sí noto mucha terquedad, estrechez de miras e imposición en no pocos cuadros.
José Martí era contrario a gobernar el país como un campamento, él que unió a los más grandes héroes de la Gran Guerra no estaba a favor de las armas. La contienda y el militarismo estaban ahí porque las circunstancias impusieron sus leyes, pero el Apóstol construyó una imagen de la República con todos donde ya estaba la idea directa de la participación y la inclusión de los cubanos. No podemos abandonar esa visión martiana para ir detrás de experimentos que son como fuegos fatuos, porque ni China ni Viet Nam tienen nada que ver con nuestra historia. La primera hoy es una potencia hegemónica, pero ello tuvo un costo humano elevadísimo que sólo un país tan poblado era capaz de soportar. La segunda es una tierra de sufrimientos impensables, donde las secuelas de la guerra están por doquier y hay un ansia tremenda por sepultarlas.
Si el problema es de modelos, vayamos directo a las raíces, quitémonos los grados militares y miremos de frente al ama de casa, al jubilado, al intelectual, a todos los que dan y dieron su vida laboral a cambio de un exiguo salario de 20 o 40 dólares al mes. Ellos dirán qué debemos hacer. No hagamos como que nos reunimos y discutimos, no a los simulacros de democracia, sino que debemos hacer que la participación sea real y que quien mande sea el pueblo. Vayamos a los centros laborales donde hay jóvenes recién graduados, al turismo donde están tantos que dejaron a la vera hermosas carreras y preciados talentos porque la vida se les encarece. Ese es el país que hoy tenemos y si no quieren verlo peor para ustedes, peor porque la historia sí tiene ojos y sí obra, la historia jamás será inmóvil ni estará en la piedra.
Participar es la palabra, lo demás es inmovilismo.

La crisis de los marxistas

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foto Claudia Aguilera

Tarde de clases en la universidad, un sol tenue ralla el suelo del aula y el aburrimiento y la pesadez de los chicos se hacían evidentes y terribles. Uno de ellos, quizás entre los más brillantes, me ha increpado sobre la esencia de la asignatura que imparto: filosofía marxista. Si le doy la razón y digo que el comunismo es una utopía inalcanzable, se reirán, ellos son estudiantes de ciencias exactas y aplicadas, prácticas. En tal fórmula encarno algo así como un escritor de ciencia ficción que no escribe, o un mago que imparte alguna religión increíble pero obligatoria para todos los que cursen estudios superiores. La escena deviene común, hay quien impone su autoritarismo de profesor y pasa por encima de cuestionamientos muy humanos, otros eluden responder. Se deja en entredicho al marxismo, se entredice que es una ciencia en crisis o una seudociencia. Los alumnos se van a sus cuartos sin motivación, sin que medie la metamorfosis del conocimiento, el instante en que aprendemos algo inigualable.
Pero en mi caso me siento tentado a responder, a decirles la distancia entre el socialismo real y la teoría marxista clásica, a proclamarles el carácter humano de esta ciencia que intenta como visión del mundo llevarles el fuego de Prometeo. Ellos hacen como que entienden, miran hacia mí con caras de hombres y mujeres que mañana serán marxistas y tendrán una concepción dialéctica y materialista de la historia, pero al darse vuelta los veo coquetear con los fetiches del momento, los oigo decir de las bondades de irse del país, de su desánimo ante el estudio de cualquier asignatura. La crisis que nos acompaña no es del marxismo, sino de los marxistas, no es de la ciencia sino de los hombres que la hacen, la divulgan o la estudian. En otras palabras, me pareció imposible taladrarles en ese momento aquellas ideas poco sanas pero lógicas, sentí la impotencia de mi labor, lo fútil decirles acerca de las leyes de la dialéctica, de las categorías.
Uno de esos estudiantes es además heladero los fines de semana, revisa constantemente su celular, tiene más economía que el resto de los muchachos. Ahora mismo funge como una especie de dios entre las chicas, de fetiche. Para él, el liberalismo norteamericano, el mercado, encarnan los santos griales del ahora, él repite constantemente que el hombre es egoísta, que cada quien debe luchar por su vida. A este le he puesto el mote de “Rey de la Selva”, y ellos, los estudiantes, se ríen de mi ironía que no entienden a cabalidad. No obstante, no dejo de explicarles que el marxismo no es una historia sobre fantasmas, sino la articulación científica de verdades que ya nos acompañan, la anticipación espiritual del cambio que pide la historia.
Hay una gran distancia entre el hombre y el conocimiento de su lugar en el universo, lo postmoderno tiende a ser omnipresente y a romper estructuras, el fin de las ideologías es tentador para el estudiante que intenta estudiar menos, estar a tono con la ley del mínimo esfuerzo. Aquella tarde de categorías y explicaciones, entendí además que ellos, mis muchachos, no tienen culpa de que el programa soslaye siglos de pensamiento anterior al marxismo, la gran historia del hombre y sus preguntas universales: quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Ellos no deben pagar por las ineficacias de un catálogo que además de las deudas, se concibe casi con una única finalidad ideológica que no cognoscitiva.
El “Rey de la Selva” se destacó por su eficaz verborrea, esa que usa para conquistar a las chicas, hizo hincapié en lo ficcional de mi asignatura. Intenté decirles que no se puede creer a pie juntillos en un capital que te vende la imagen del triunfo, pero te escamotea todo triunfo real. La ideología no funciona mecánicamente, es duro decirle a un estudiante, cuya vida gira en torno a un teléfono inteligente, que detrás de ese aparato hay indecibles historias de explotación, de seres que trabajan hasta 16 horas diarias y son sustituidos como objetos. El concepto del trabajo alienado, el fetichismo de las relaciones monetario-mercantiles, el aparataje del sistema capitalista que oculta lo que Marx describió a partir de su análisis sobre Inglaterra, el país imperial por excelencia de fines del siglo XIX. Inútil, parecía todo inútil.
Toda verdad chocaba contra la pesadez de los chicos, contra el horario que ya se tornaba infernal por lo tardío y el silencio que invade la facultad cuando todos salen de pase hacia sus casas. Pensé en el precio de las motorinas, en el hacinamiento del tren de transporte obrero, en las roturas de guaguas, en los diez pesos que cuesta un camión particular desde la universidad hasta mi hogar en Remedios. Me vi atrapado por la duda, por el espíritu de ellos mis estudiantes, sentí la angustia del hombre real, no dije más sobre el fetichismo, el Rey de la Selva se reía, di la clase por terminada.

(publicado originalmente en El Toque)

Breve esbozo de un servicio social

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este fue el sitio de mis descansos en medio de la nube de tormentas

Las instituciones no tienen culpa de la estupidez que predomina por temporadas entre su gente, como tampoco el país, este que amo con idolatría martiana, carga con el fardo de las mil y una estupideces decretadas o cometidas. Hace poco hice una llamada telefónica a la emisora donde trabajé como periodista durante tres años, el centro laboral donde creé mis inicios como profesional junto a otros seis recién graduados de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas. Quien toma el teléfono del otro lado no dudó en decirle a alguien más que yo era periodista, la frase pudo ser inocente pero lo dudo mucho, los sufrimientos durante el servicio social de todos nosotros, los jóvenes, atestiguaron otra dolorosa verdad. Ese ser que negó de facto mi cualidad profesional, pasó raya a tanto periodismo atrevido que hice a contrapelo de la censura, hablo de alguien que en su vida tuvo un ápice de orgullo y valor para defender públicamente ninguna verdad popular, ningún dolor colectivo, ya que ello pondría en peligro su exigua carrera como artista menor e improvisada a través de bizarros mecanismos.
Ser periodista va mucho más allá de un título colgado en la pared, pero ahí está, puesto en la sala de mi casa, con su cuño dorado. Ser periodista es muchísimo más que un curso de habilitación del Instituto Cubano de Radio y Televisión, donde como sabemos sobran los vicios y faltan las habilidades. Las instituciones no tienen la culpa de la estupidez de su gente, pero vale señalar cómo se irrespeta al profesional y se le desconoce, sobre todo porque amén de apagones en los medios oficiales, siempre hice periodismo a través de estas vías alternativas (blogs, magazines digitales, redes sociales). Maneras estas últimas que ya sobrepasan el viejo decir y que generan quizá más cambio real que la asunción de una línea editorial oficialista. Restricciones que jamás asumí a pie juntillos, a pesar de mi corta edad y de estarme jugando quizá lo único que junto a mi patria y mi familia he amado tanto: el periodismo.
La emisora no obstante me recuerda tantas felicitaciones de un pueblo agradecido y harto de banalidad, de un pueblo que creyó otra vez en las verdades y en la lucha, que vio en la comunicación un arma honesta, su arma. Hay tanta ignorancia en una frase como la suma de toda la ignorancia del resto del mundo. Y tanta maldad, tanto desasimiento del espíritu que jamás saldrá de allí un artista genuino. Es como si de un plumazo se borrasen esfuerzos, dolores, partos. Plumazo alevoso, pútrido, sin sentido y salvaje, propio de desalmados que no podrán escribir una línea de belleza. Pensé mucho lo de escribir sobre esa emisora, donde hay quien me quiere bien, pero que tantas lágrimas les costó a los bisoños salidos del seno de la academia, esos que de pronto se vieron como parametrados, prohibidos, moribundos en algún castigo infernal. No éramos nada, no teníamos esperanzas de nada, no haríamos nada; tales sentencias cayeron sobre nuestras cabezas cada día una y otra vez en medio del fárrago editorial mediocre, que no permitía ni línea de réplica. Y contra ese fuego hice periodismo crítico, contra la estupidez inevitable y omnipresente. Así que donde tanto quisimos cambiar, nada ha cambiado, donde tanto hicimos nada hacen ellos aún. Y en ese nihilismo del discurso caen los medios estatales codeados con la claque de un sector sumiso, seudo profesional y banalizador de audiencias. El gran problema de este país está en que todavía tienen que aprender a Respetar (con mayúscula intencional), pues el hombre es más que un título o una posición temporaria, y al hombre tenemos que ir los humanistas, así seamos o no de academia. Y aquellos que reniegan del aire liberador de los libros y las aulas, por lo menos tengan en cuenta la valía y el esfuerzo de jóvenes y familias que, en medio de tanta cosa vana, prefirieron el conocimiento, ir a la universidad, llenarse del espíritu que pueda quedar en estos lares envilecidos.
Nunca me equivoqué cuando en innúmeras reuniones dije que allí, en Radio Caibarién, hay elementos que le hacen la guerra a la brillantez y las ganas de hacer. Afirmé aquello como siempre lo hago, de frente, quizás con el belicismo de mis pocos años y la confianza excesiva en el hombre que deriva de mi cualidad humanista, pobre de mí que de pronto creía demasiado en mí y en los demás. Y aún sé que este post pudiera generarme sinergias poco sanas, no obstante su nivel de argumentación sincera y el desprejuicio con que digo. La hegemonía revolucionaria, fase intermedia en el entendimiento hacia la democracia plena que es el centro humano del socialismo, no se me hace posible sin una función honrada de la prensa. Periodistas que pacten con un mal evidente y gratuito, que vean en la juventud al leviatán de sus míseros intereses, no le hacen ningún bien a la patria. Radialistas habilitados, que pudieran hacer mucho, se callan por protección y terminan siendo las termitas de una realidad carcomida. Esa complicidad tiene un precio, ese escepticismo hacia los jóvenes quizás no tenga vuelta atrás, esa negación de la negación sólo conduce hacia un eterno negacionismo.
Pobre de ese ser que me decretó ya como “no periodista”, su visión profesional es un papel, un título, su fe no deviene de un sacerdocio. Pobre de un país donde la perspectiva de un joven inconforme, peludo o no, rockero o no, talentoso o no; ya genera crispaciones y ondas de choque. No parecen doler tantos chicos y chicas, decentes, que en lugar de estarse en una universidad prefieren ahora mismo un paladar por la siempre mísera cantidad media de cien pesos diarios. Sin embargo, cuando alguien de mi generación levanta la voz con honestidad, desde cualquier tribuna, llueven los estigmas aún si el móvil fue el patriotismo, aún si la razón asiste. Yo en lo particular no estoy de acuerdo en que se cambie el talento de una generación por un poco de cuentapropismo mediocre, sino que quisiera que esa emisora, la CMHS, donde trabajé, me enamorara, me diera a mí y a los demás los sueños que merece todo joven.
Recién acabo de ver a una chica de Holguín graduada de asistente de círculos infantiles, un trabajo precioso, quien por verse ahogada en su provincia entre la carestía de la vida y el bajo salario, migró a Artemisa, una provincia cercana a La Habana. Ella hoy trabaja en un paladar en la calle G de la capital de Cuba, y casi toda la ganancia neta diaria la invierte en el alquiler y en transportación. Así se pierde nuestra perspectiva de socialismo, de humanidad, ahí hay un daño antropológico. No se puede estigmatizar esa movilidad laboral, pero sí es necesario comprender cuánto duele. No admito normalizar esas visiones, porque fui educado en una ética martiana y una lógica ideal. Creo que amén de distancias reales, soñar es necesario, imprescindible. ¿De qué vale un país sin ideales, banalizado, un país del metal, donde se rinda culto al dios amarillo? La respuesta es más democracia, menos estigma, más respeto.
Quizás si ese ser que me negó como periodista, asumiera su trabajo con el mismo sacerdocio, no hicieran falta tantos arreglos. Pero ellos se sientan en trono de escarnecedores, y los hombres que hemos llevado la vergüenza de muchos hombres sólo podemos esperar ingratitud, falacia, desprestigio si acaso a manos de las envidias estúpidas. Los espacios no hacen el fracaso, las ubicaciones laborales no mellaron la calidad profesional, pero el medio social sí es nocivo, así se ahogan las mentes más geniales y suben como la espuma los vacíos. Ojalá este favoritismo por lo huero, por lo banal, sea una moda y no un trono, quiera el destino que Cuba se mire a sí misma con la dignidad que merece y jamás con el irrespeto de algunos.
Mientras el servicio social no sea un servicio hacia nosotros mismos, no estaremos sirviendo para nada, mientras prevalezca la lógica del castigo al diferente y el garrote al líder natural, no tendremos nación. Respetar las diferencias, cultivar la discrepancia, ser más humanos en esencia, menos idólatras de lo intrascendente y de la miseria. Pobre de ese ser que me negó, pues se negó, a mí en cambio me queda la palabra.

El malestar de la ideologia

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No existe intelectual que no sea un ideólogo, separarnos de esa verdad nos lleva al simplismo y la inconsecuencia. Pensar, actuar en la vida política, no es sólo tarea de quienes dirigen – los llamados cuadros – sino que la esfera pública, la participación, pertenecen a lo social. Toda vida incluye múltiples criterios y el ejercicio de estos, pues el hombre idea modelos, comportamientos, rectitudes o dobleces mientras respira y ello lo lleva a definirse a través de determinados espacios.
La ideología siempre va a estar y no existe tesis que defienda a cabalidad su muerte, ya que se trata del entramado dinámico que está en constante interacción con los actores sociales de los diferentes espacios y esferas. Por tanto, proponer, como hemos visto en algunos medios emergentes, un mensaje desideologizado es por lo menos baladí, cuando no sospechoso. El malestar de la ideología está presente sobre todo en los que intentan hacer un periodismo sin banderas claras. Otros, desde sitios supuestamente definidos, no logran aprehender la esencia del movimiento ideológico cubano que va a la par con una transformación radical en la base de las fuerzas productivas.
Aperturar un sector con visos preclaros de pequeña y mediana propiedad, genera a nivel global enormes resonancias. Por ejemplo, el sistema salarial cubano – de por sí débil –, se resiente más en aquellos sectores imprescindibles que competen a la funcionalidad de instituciones estatales. Así se cambia un poco de liquidez y de dinamismo en la moneda nacional, por un daño humano que genera no poco escozor. Si un médico gana en un mes el jornal diario de un carretonero, se tendrá graves peligros en una de las conquistas mejores e inigualables del actual sistema. Podríamos hablar lo mismo en otras áreas de la producción espiritual y de los servicios a la población. Allí también estará el malestar de la ideología, moviéndose no a la par de decretos sino al ritmo de las relaciones de producción que definen al hombre real.
Robert McNamara, capitalista cien por cien y presidente del Banco Mundial, dijo en determinado momento que no se puede cambiar la naturaleza humana. Quizá se equivocó en parte, porque si algo está en constante movilidad es el espíritu del hombre, pero en lo que no falla el otrora Secretario de Defensa de los Estados Unidos es en el hecho de que todo movimiento ideológico demora lo que demora el traspaso económico y su interacción con las ideas predominantes. Pretender un periodismo que obvie la ideología no es sino asumir ya de facto un ideario que no conviene mostrar. La comunicación actúa sobre el entramado de manera ideológica, no como productora de ideas, sino como método eficaz de divulgación. De ahí que las grandes batallas las demos a través de medios de prensa más o menos dependientes de una ideología abierta, declarada o velada y que como hombres reales nos veamos inmersos en algo que resulta mucho mayor que nosotros mismos y nuestra información académica.
No se trata de adhesiones tipo Edad Media, ni de declaraciones de fe, pero sí de pensarnos mejor y con más honradez. Si sabemos que como ciudadanos con derechos nos pertenecen los espacios públicos (parques, calles, periódicos, emisoras), tenemos entonces delante la verdad ideológica de usarlos con responsabilidad. Nadie puede pararse en ningún estrado a decretarnos qué pensar, pero la historia y las relaciones predominantes generan esa presión, ese malestar evidente, al que nos debemos como intelectuales. De la interacción, de la lucha consciente y sagrada, salen las verdades que necesitamos para construir ese consenso siempre frágil en el campo cultural. La condición humana, las mentes, no varían en una jornada de trabajo, ni la utopía es alcanzable, pero esas rutas nos alumbran el camino a través del escabroso entramado sociedad-ideología. No se puede pretender que alguien maneje el proceso de forma exclusiva, ni que todos vayan a participar de maneras similares. Asumirnos como diversos será parte del reto que como cubanos tenemos que afrontar en esta isla cambiante que deberá clarificarse a sí misma qué quiere y hacia dónde enrumbarse, lo que en otras palabras no es otra cosa que la ideología predominante.
Decir que la prensa sin ideología existe o que tenemos una prensa totalmente ideologizada, son los extremos del ring del boxeo político donde no debemos caer los intelectuales que amamos la verdad y la escribimos o decimos con honradez martiana. La ideología siempre estará, pero también tendremos que estar nosotros, todos, para que el malestar no conduzca a malestares mayores.

El periodismo de izquierdas

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No imagino a Pablo de la Torriente pidiendo perdón o permiso por alguno de sus artículos, ni a Julius Fucik preocupado por la censura nazi mientras escribía su inmortal “Reportaje al pie de la horca”. El periodismo de izquierdas ha marcado el ritmo de las sociedades conservadoras, dándole a la Historia un giro sin retorno hacia la consecución de derechos mediante la lucha honesta contra la manipulación. No, no cabe en mi mente que Emilio Zola pensara en la sanción favorable o no de los poderosos, cuando publicó su famoso “Yo acuso”, sobre las infamias cometidas en el caso Dreyfus.
Hay quien piensa que la comunicación y su teoría son ciencias y prácticas que pertenecen al contexto capitalista, como si todo conocimiento humano no formara parte de un patrimonio común indispensable. Se aducen razones pueriles, como que se trata de mecanismos propios de las sociedades de consumo, que nuestra comunicación está por encima de eso puesto que por ley pertenece al pueblo. Razonamiento equivocado que intenta ver en lo legal una realidad ya hecha, cuando sabemos que cualquier cuestión social supera por mucho lo que sancionemos en la Carta Magna. Por otro lado, se ve al periodismo como un elemento a domeñar, siempre propenso a la dependencia, cuyo discurso deberá ser predecible o no ser. Se hace difícil entonces el periodismo de izquierdas y se cae en lo que he llamado eufemísticamente “comunicación institucional”, o sea aquella que sí responde a una verticalidad.
Varias personalidades han declarado la necesidad de tener entre nosotros algún medio que marque el ritmo nacional, yo creo que el medio pudiera estar en ciernes ya que contamos con excelentes profesionales. Pero la realidad pide a gritos una prensa capaz de pararse delante del “New York Times” y “cantarles las cuarenta”, sin pedir permiso ni mucho menos perdón. Hora es ya de que saltemos de las cuestiones domésticas puras como el hueco de la calle o la falta de levadura en el pan, para escribir buenos editoriales, reportajes reveladores, artículos que trasciendan. Una prensa de izquierdas debe ir delante, marcarnos el camino de la opinión, tener autonomía.
A veces pienso que todo ocurre por falta de información en los decisores, pero allí están la asesoría académica, los libros, los consejeros siempre prestos a ayudar, los periodistas que saben mejor que nadie qué está mal y cómo enmendar. Contamos con organizaciones gremiales, donde compañeros de alta valía levantan siempre su voz para narrarnos las mil y una vicisitudes y por desgracia las historias caen al vacío, entran en la cadena rutinaria de los congresos y devienen en chistes de redacción. No nos podemos cansar, pero nos cansamos, somos humanos. Otros sueñan, porque la vida es sueño y los sueños, sueños son, son esos soñadores quienes seguimos desde cualquier teclado empujando este carro de la historia (con minúsculas) hacia la izquierda, hacia el hombre, para el mejoramiento de un mundo polarizado entre fuerzas irreconciliables e inmerso en guerras que o terminan en un cero o se alargan infinitas. El periodismo de izquierdas es, ahora, más necesario y se nota más su ausencia.
Una comunicación institucional eficiente, como la que se pide, obviará aquello que no responda a las normas de la propaganda, evitará todo discurso plural que sea invasivo a la organización/institución representada, irá directo al grano en su intención de reflejar un solo punto de vista. Eso se distancia del mundo mejorado que queremos, evita la riqueza de la vida y se ciñe al guión de un poder. Construimos un consenso muy frágil e imprescindible para perderlo mediante prácticas torpes. Frágil porque deberá ser real, imprescindible porque pocos proyectos son tan icónicos como el nuestro. Entonces no vale la pena decir que tenemos la prensa que queremos, ni que todos queremos la prensa que necesitamos, pues hay entre nosotros no pocos prejuiciados. Mucho menos contamos con la prensa que nos merecemos, Cuba ha hecho mucho, ha dicho mucho, para callarse la boca o silenciar sus prensas. Este experimento en medio del Caribe sentará lugar por los siglos no sólo ante academias, sino ante otros modelos.
El silencio no sirve, tampoco sirve buscar justificaciones, no se asalta el cielo con pretextos sino con textos bien argumentados y asentados en la praxis humana. Del estigma o el resentimiento sólo sale un proyecto falseado, de la verdad y el debate obtenemos la humanización que busca la prensa de izquierdas. Pareciera que Hamlet levantara el cráneo otra vez para preguntarse si somos o no somos.

publicado originalmente en El Toque

El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

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Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Oficio de mirahuecos

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Remedios es una villa de fisgones, hay quien dice que la gente no vive su vida sino la ajena. En los portales, en las puertas de las casas, encontramos las mismas caras curiosas, chismosas, mironas. Pero eso ocurre durante el día, en la noche otro tipo social toma el bastón de relevo en la carrera de la vigilancia: el mirahuecos. Sí, es tan común este ser que algunos lo ven hasta como un oficio, como al algo aceptado, normal, sano. El voyeurismo (del francés voir, ver) se considera una patología sicológica por importantes estudios como el “Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales”, de la Asociación Americana de Psiquiatría. Los expertos catalogan al mirahuecos como un parafílico, un enfermo que por lo general elude las relaciones, los compromisos y prefiere una interacción carente de contacto real.
Las noches en la ciudad son inseguras, no porque te vayan a robar, no porque exista algún nivel significativo de violencia, sino porque un ejército de mirones furtivos se mueve silencioso entre las ventanas, por los callejones oscuros, sobre los tejados de madera de las casonas, a través de las cercas de piedra o tablas. He vivido noches de insomnio porque sentí los pasos del voyeurista sobre el techo de mi cuarto, he encendido luces, así ha sido durante meses. Nadie está a salvo. La mayoría de los países que penalizan esta actividad, recogen un récord donde registran a los infractores, porque casi nunca el mirahuecos pide permiso, no le interesa lo invasivo de su conducta, poco le importa más allá de su placer efímero. Las noches son de ruidos, de hombres frustrados que recurren a la masturbación detrás de las ventanas. En Cuba mirar huecos es casi un oficio con profesionales reconocidos, pues a pesar de que la ley prohíbe el acoso sexual y lo penaliza, no hay el suficiente rigor policial.
Uno de los más famosos remedianos voyeuristas fue Pomo de Leche. Todos sabían de sus andanzas, sus pasos eran reconocibles a distancia, su ojo a través de las cerraduras llegó a convertirse en proverbial, sí, durante muchos años él fue el número uno en su oficio y se dice que hasta tuvo aprendices que hoy andan por ahí. Casi siempre el voyeurismo va acompañado de exhibicionismo, así, otro gran fisgón de la villa conocido como el Niño de Atocha, fue famoso por enseñar su enorme pene entre los bancos de la Iglesia Mayor a las señoritas de sociedad. “Mira como está el niño”, era su frase más común, la que lo definió para la posteridad.
Creo que el origen de mirar huecos está en la adolescencia, la mayoría de los niños vírgenes son curiosos e intrusos en lo referente al sexo. En una de las correrías que tuve junto al grupo de muchachos con que crecí, recuerdo algún que otro heroísmo voyeurista. Uno de ellos intentó mirar a través de la ventana de aquel baño y quiso probar su osadía robándole a la chica un blúmer, cuánta no fue nuestra risa cuando los vimos a él y a la bañista jalando por lados opuestos la codiciada prenda interior. Mirar huecos es para los niños de los pueblos tan común como el sexo con animales del campo (cosa que jamás probé). Y aunque los mayores a veces reprimen estas prácticas, muchas veces las celebran y siembran la semilla del daño, porque me figuro que quien más sufre es el propio voyeurista, ser limitado que prefiere un sexo falso.
Las víctimas de este acoso pueden ser de cualquier sexo, pero predominan las mujeres, en Remedios se sabe de casos dignos de aparecer en cualquiera de las novelas del realismo mágico. Por ejemplo, una chica llegó a enamorarse del ojo del voyeurista que cada tarde la miraba bañarse, “qué ojo más bonito” solía decir. Me reservo más datos sobre la historia, pero baste decir que ambos (víctima y victimario) terminaron casados por la iglesia y por papeles. Es común que existan mujeres cuyo gusto sea que las vean desnudas, así, dejan abiertos los postigos y se pasean por las salas, o se bañan en los patios de las casas donde como se sabe no existe privacidad. Hay de todo en la viña del señor, hay de todo como en botica.
Por lo pronto, mirar huecos en Remedios es un oficio no remunerado. La actividad, que cuenta con expertos y hasta con una escuela profesional nocturna, se extiende por el caserío informe. Cada año hay más hombres que hallan satisfacción en lo secreto, en lo ya no tan prohibido quizás, Cuba se torna permisiva hacia estos seres, la privacidad disminuye, las tejas del techo de mi cuarto suenan en la noche. La ciudad se comporta como un animal en busca de placeres enfermos.
(publicado originalmente en El Toque)