“Ferdydurke” y la mascarada social

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“La muerte en pelota”, Antonia Eiris

La inmadurez es la forma más elemental y honesta de vivir, porque todo desarrollo, toda transformación significa disfrazarse, renunciar a uno mismo y asumir los grandes relatos de la civilización, las mentiras prefabricadas por el poder. Así podría resumirse la esencia de una novela contestataria, irreverente, una obra donde la suciedad, lo incorrecto, lo inaceptable toman un puesto de privilegio y desplazan al hombre moderno y amarrado, a ese ser que ha dejado de ser, al individuo que se diluyó en la masa. “Ferdydurke” se titula el texto, un nombre que alude al sinsentido, un bautismo de absurdos.
Witold Gombrowicz escribió aquella novela como quien forja un arma, diseñó el andamiaje destructivo y macabro, se ensañó con las máscaras de una sociedad decadente e incapaz de definirse, una muchedumbre asesina de ideas originales. Era él un escritor oscuro, graduado en Derecho, en la Varsovia del período entre guerras, que en 1933 terminó su primer volumen de relatos “Memorias del periodo de la inmadurez”, textos que pasaron inadvertidos para la crítica polaca, ese gremio al que Witold prestó siempre tan poca importancia, pues eran los sostenedores de la mascarada elitista.
“Ferdydurke” sale a la imprenta en Polonia en 1937, pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 sumió al país en un silencio cultural y una ola represiva totalizadora. La novela comienza entonces a respirar agónicamente a través de vías de distribución tan bizarras como el pensamiento de su autor. El exilio de Witold en Argentina fue fecundo, como otros exilios polacos (el caso de Federico Chopin en Francia por ejemplo), pero estuvo marcado por la inestabilidad y la sobrevida, dos cualidades que también influyeron en el decurso de “Ferdydurke.”
La traducción colectiva de la obra al español, asumida por el grupo de intelectuales nucleados alrededor del Café Rex y la publicación de dicho volumen en Buenos Aires en 1947, le valió a Gombrowicz el reconocimiento de la intelectualidad argentina, entre los que estaban los escritores de la revista “Sur”; pero además situó el libro en el contexto latinoamericano, dándole vida propia singular, siendo así que los conceptos y neologismos de la novela cobraban los matices inmaduros de un continente carente de máscaras elitistas.
“Ferdydurke” fue la empresa que movió a intelectuales como Virgilio Piñera, entonces en su estancia bonaerense, quien fue uno de los traductores y divulgadores del texto. De hecho, podría radiografiarse un parentesco bastante cercano entre el absurdo de Witold y las obras posteriores del escritor cubano. En “Ferdydurke” todo gira en torno a un ser incompleto, Kowalski, que ya en la treintena retrocede hacia la adolescencia, para asumir el grado de inmadurez y de sinceridad que la sociedad prohíbe, se suceden situaciones hilarantes de un humor que duele, que estalla en las espaldas de los “dueños de la verdad”, la oda a lo contrahecho y lo ilógico, la negación del banquete y la reafirmación de que vivir es estar debajo de la mesa, contemplando las partes no gloriosas de la historia (con minúsculas).
En referencias posteriores a la salida de “Ferdydurke”, Witold Gombrowicz habló de la idea que siempre lo obsesionaba como intelectual, pues más allá de una historia repleta de absurdos y símbolos, la novela era el intento por desmontar las mentiras del lenguaje y la cultura, esas que asumimos como correctas y sin chistar mientras dejamos de ser nosotros mismos. En el mundo del autor, el hombre nace hombre y en el proceso sufre una deslegitimación donde las imposiciones lo ablandan, hasta convertirlo en una pasta cultural, en un subproducto de la vida, en una realidad construida, en el cementerio de las ideas, en un diccionario preestablecido que niega toda posibilidad de invención o de irreverencia.
Pareciera que Witold nos estuviera diciendo que somos en esencia sucios, depravados, impresentables y nos vamos arropando en esa gran mentira que es el mundo occidental, curiosa metáfora que reviste todo el universo del pensamiento europeo de la época, carencia de libertades que conducen a los autocratismos de la política y la historia, por eso no extraña que las obras de este polaco fuesen incluidas en varios índices prohibidos, parametradas a través de mediciones mediocres (los nazis las llamaron arte degenerado).
Sí, la novela transgredió la moral de la época, deshuesó la estructura de la novela clásica, incluso intentó un lenguaje jíbaro y escurridizo, el neologismo que unía emociones y conceptos, el humor que desde una ironía descarnada miraba hacia nosotros, hacia el futuro, porque como obra rebelde fue una propuesta de sociedad y vida.
No hay arte que no haya nacido de una contestación, de una sublevación, de un intento por dinamitar las bases precedentes, y “Ferdydurke” lo hace a través de balbuceos, de escarceos adolescentes, de una sexualidad salvaje y descarada, del deshacimiento de todas las formas posibles, disolución de certezas que nos deja todo por construir, mensaje que no por deshecho deja de estar.
La literatura es fuego, es rebelión, todo demiurgo es un inconforme que se crea nuevos mundos y los sustituye en el plano discursivo. Witold Gombrowicz en su itinerario accidentado, en su vida precaria, de un trabajo en otro, en su exilio en tierras de inmadurez, supo quitar las máscaras de la cultura y ponernos delante de las sobras del banquete de la cultura, de los restos que integran la gran podredumbre humana, de las palabras censuradas que sin embargo integran el vocabulario oscuro y depravado que nos define. El hombre en su naturaleza, en su vida real, en su infortunio de no poderse escoger él mismo, de relegarse y vivir en la mascarada.

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