Remedios y los días benditos del agua…

Parroquial Remedios, Mialhe

Cuenta la historia que la fundación del primer poblado, Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, se hizo en medio de un enorme vendaval, precisamente ante una cruz de madera que ya no se conserva. La tupida vegetación y la presencia de bahías y cayos, convirtieron a la villa escondida en un centro de refugio para las embarcaciones en apuros a causa de las tormentas.

Aquella cercanía de las costas, lo cenagoso del terreno, la presencia constante de huracanes y mosquitos obligaron a varias mudanzas, la tercera de las cuales se realizó el 24 de junio de 1535, día de Juan el Bautista, por lo que el ayuntamiento asumió el nombre de San Juan de los Remedios, esta última palabra como un bálsamo a los males que hasta entonces asolaron a los habitantes a pesar de la posición estratégica para el comercio, pero terrible ante la naturaleza.

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el fundador de la villa Vasco Porcallo de Figueroa

La costa norte seguía siendo un puesto clave, el propio rey de España Carlos II “El Hechizado”, mostró interés por la estancia de Remedios cuando, en pleno siglo XVII,  los santaclareños pedían la disolución de la vieja villa y gloria para la suya.  Se decía que el monarca, último de la dinastía de los Austria en la península, estaba rodeado de demonios que lo molestaban, de ahí su sobrenombre. Lo cierto es que aquel reinado ya marcaba la decadencia española en el mundo y la pérdida de cónclaves en el mar Caribe devenía en un lujo que el viejo y moribundo imperio no se podía permitir.

Hasta la Corte fueron los remedianos con una carta firmada por las mujeres de la villa, aquella “Petición de las Matronas”, fue el primer documento donde se mencionó la palabra patria en la historia de Cuba, así prevaleció la villa contra enemigos humanos y sobrenaturales. En 1692 un ciclón había afectado con furia La Habana y cientos de naturales de Remedios prestaron sus servicios para reconstruir a la capital de la colonia, esto fue tenido muy en cuenta tanto por el rey como por las autoridades de la isla.

Aún en el siglo XVIII, existían numerosos poblados aborígenes aledaños con los que hubo comunicación y estos también avisaban sobre la cercanía de los llamados por ellos “huracanes” y que para los españoles eran fenómenos incomprensibles. Los indios conocidos como “cayos” terminaron por asumir la vestimenta europea y unirse a los nuevos habitantes, pero jamás abandonaron sus establecimientos en las islas aledañas. Un cañón rústico en la bahía de Buenavista, avisaba de ataques piratas y de trombas de viento a los primitivos remedianos. Las incursiones de Inglaterra en la región y la enemistad con dicha potencia, llevó tanto a Carlos II “el Hechizado” como a su sucesor Carlos III “el Ilustrado” a proteger a Remedios del mal tiempo.

Una vez publicado en la puerta de la Iglesia Mayor el bando real que legitimaba a Remedios y reconocía sus fronteras con Santa Clara, las campanas redoblaron y los vecinos erigieron sus casas con materiales más resistentes. La villa ya presentaba el mismo aspecto que luego captaría en su viaje por la isla el artista Federico Mialhe. No obstante, el embarro y el guano demostraron ser frágiles ante el paso directo de los huracanes, así ocurrió entre los días 25 y 26 de octubre de 1837, cuando asoló el temible ciclón de San Evaristo, el cual si se analizan las crónicas podría catalogarse de categoría cinco. Los efectos en la villa fueron arrasadores, no quedó casa en pie, sólo las ermitas, muchos corrieron a refugiarse en los bosques, otros se ahogaron en medio del lodo abundante.

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La calle Amarguras, indundada… década del 50

Esos dos días de confusión sacaron a la luz infidelidades conyugales, pues algunas parejas ocultas dieron muestra pública de su amor. A la misma vez, se hizo evidente la ineficacia de usar la Iglesia para enterramientos, pues los cadáveres eran demasiados y en un estado de putrefacción que amenazaba con trasmitir enfermedades. Algunos de los héroes que lucharon por la permanencia de Remedios yacen enterrados bajo una losa de la Iglesia Mayor, así lo declaran las letras grabadas en el mármol y en castellano antiguo, pero desde aquella gran mortandad se comenzó a usar el cementerio público.

Apenas una década después, otro huracán sacaría a relucir la imaginación del pueblo temeroso. Entre el 10 y el 11 de octubre de 1846 pasó por encima de la villa, siguiendo su curso hacia el oeste, para causar grandes daños en La Habana, donde destrozó la flota de barcos  y dañó las fortificaciones. En Remedios derribó el torreón de la Casa Capitular (hoy sitio ocupado por la Academia de Música) y numerosas viviendas familiares. Pero el hecho que conmocionó a muchos aconteció en la noche, luego del paso del ciclón, cuando se vio en el cielo un meteoro luminoso, muchos entonces se pusieron de rodillas, interpretaron una señal sobrenatural. Dos siglos antes la ayuda a La Habana los había salvado de desaparecer como villa, pues los vecinos de la capital intercedieron por los remedianos, así, los naturales de Remedios volvieron a hacer una junta de auxilio compuesta por los más acaudalados: el Sr. José A. Cirera, Fernando de Rojas, Alejo Bonachea y otros. Hasta la villa de San Cristóbal fueron aquellos filántropos, donde se agradeció y se reconoció otra vez a los remedianos.

A la altura de la segunda mitad del siglo XIX, Remedios ya tenía connotación de ciudad, se dejó de usar el viejo cañón de la Bahía de Buenavista, había prensa y buenas comunicaciones, alumbrado público, las casas eran de mampostería sólida hechas con barro rojo de las tierras locales. El crecimiento urbano se aceleró a causa del capital derivado de las grandes plantaciones de caña de azúcar, siendo la otrora aislada villa una de las poblaciones típicas del llamado boom económico cubano del siglo. En 1873 recibió de España el título de ciudad y una vez más la plaza obtuvo privilegios reales en la lucha de la corona contra los insurrectos. Era sitio abundante en tropas de voluntarios y en las crueldades que ellos cometían, por ejemplo, resultaba habitual que aparecieran cuerpos macheteados en la Poza de la Bajada o a la luz pública en medio de la calle principal, San José (hoy Máximo Gómez). Durante una visita del Capitán General Valeriano Weyler, este llega a llamar a Remedios con el título de “muy fiel”.

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La Calle de la Mar… década del 50

Entre el 4 y el 6 de septiembre de 1878, ya en plena paz con los insurrectos, un huracán desató en la ciudad la mayor epidemia de fiebre tifoidea de la isla, muchos vieron aquello como un castigo por los asesinatos cometidos por los voluntarios. La gente no salía de sus casas, las misas se detuvieron durante meses. Familias pro españolas abandonaron la villa, llenas de miedo.

La superstición cundió otra vez en septiembre de 1901, durante la semana en que el mundo estuvo conmocionado por el asesinato del presidente de los Estados Unidos McKinley. Un ciclón asoló a la villa que unos meses antes celebró la entrada de Máximo Gómez por la calle San José. Los españoles y los simpatizantes con la corona dijeron entonces que volvería la fiebre para llevarse a todos los que gritaron vivas a McKinley. Otra vez reinó el desconcierto, se tomaron medidas sanitarias extremas, no hubo enfermedades.

Entre las supersticiones que crecieron durante estos siglos de lluvias y vientos, hay dos que aún se usan entre los remedianos. La primera es la Cabeza de Patricio, como se le denomina al cielo nublado hacia la porción sur de la ciudad, lo cual indica una obligada lluvia torrencial. Patricio era un negro liberto y zapatero, de una enorme cabeza, que vivía al final de la calle de la Bermeja y que peleó en La Habana en 1762 contra los ingleses, bajo el mando de Pepe Antonio, donde se ganó la libertad. La segunda leyenda se denomina Baúl de Ña Trina, consiste en el cielo nublado hacia la parte norte, señal de que también lloverá, ello se debe a un baúl que crecía o se achicaba según el temporal, objeto que pertenecía a una vecina del barrio del Cristo. Dicha pertenencia se quemó durante un incendio en 1893. Ambas tradiciones se mantienen hoy, otras ya desaparecieron, como la leyenda curativa de las aguas remedianas, esparcida durante la primera mitad del siglo XX por un señor conocido por el apodo de “Hombre de Dios”, cuyo aspecto barbudo y desaliñado causó estupor y credulidad, al punto de generar una sublevación popular cuando las autoridades lo detuvieron.

Todavía quedan ecos de aquellos días del agua, pues si llueve mucho, Remedios se llena de manantiales naturales en medio de las calles, así ocurrió por primera vez en noviembre de 1931 y luego en la década del setenta del siglo XX. Dichas aguas sobresalían con fuerza del suelo y con una temperatura muy fría. Calles como La Mar, Amarguras y La Laguna deben sus nombres a este curioso fenómeno.

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el acueducto de Remedios…

En el año 2000, cuando se planificaba por los barrios El Carmen y San Salvador hacer la parranda “del siglo”, un terrible vendaval de varias semanas dañó ambas naves e impidió las fiestas, las cuales se aplazaron y aunque se hizo el trabajo de plaza más alto de la historia (102 pies de alto), las carrozas apenas se exhibieron en pedazos y el fuego fue menor a lo esperado. Singular y legendaria ha sido la relación de esta vieja villa con el mal tiempo, al punto de que algunos lo consideran el peor enemigo de los remedianos, pues siempre que hay alegría y progreso en la ciudad, se ve aparecer sobre el sur la terrible Cabeza de Patricio, así ocurrió el 24 de junio del 2015, cuando la gala por el 500 aniversario de la fundación, transmitida al mundo entero con toda la pompa, se vio interrumpida por un viento furioso repleto de lluvia y restos de pólvora de los voladores recién lanzados. Muchos entonces repetían “no hay remedio”, con los rostros desencajados por el asombro, la frustración, el temor, la sorpresa de las aguas por doquier.

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Caturla, el genio contra el silencio

foto dedicada a sus padres

Cuando Alejandro García Caturla llegó a París, supo orientarse entre la madeja de la gran ciudad sin necesidad de conocer una palabra de francés, tal detalle asombró a su amigo Alejo Carpentier quien lo recibía para ponerlo luego en las manos de la profesora de música Nadia Boulanger. Ello, la propiedad de ubicarse en una gran urbe, era prueba, diría luego el autor de “El Reino de este Mundo”, del genio del muchacho de Remedios. Pronto forjaron una unidad en el arte y en la vida, muchos textos de Carpentier serían llevados al pentagrama por el joven músico remediano. Caturla quería conocerlo y palparlo todo, en el París de 1928 la vida no era cara, por eso muchos artistas de América se establecieron allí.

En cartas a su madre, Alejandro se quejaba de que la vanguardia europea estaba ya en decadencia, ni los propios ballets rusos lo impresionaban y la música de Igor Stravinski, que antes fuera impetuosa, estaba regresando a los moldes burgueses. Y es que el remediano llevaba un ansia profunda de ruptura, de crítica al orden establecido, era un talento irrefrenable. Nadia Boulanger diría que nunca tuvo un alumno con esa capacidad creativa, tanto París, como Cuba, se quedaban pequeños ante los arpegios salidos de la imaginación de aquel poeta de la música con rostro de niño, piel delicada y cuerpo pequeño. Pero Europa no era el principio, toda la historia había empezado el 7 de marzo de 1906 en una villa colonial, justo cuando el nacimiento de la República de Cuba marcaba la decadencia de un modo de vida y la llegada de nuevos estilos y espíritus.

La casona familiar de los caturla, frente al parque martí

Un falansterio, una tarja mal puesta, una ciudad perdida

La casa donde aquel mes de marzo naciera Alejandro, sita en la calle José Antonio Peña, entre León Albernas y José Agustín, es hoy un solar, nombre cubano dado a los falansterios donde viven demasiadas familias. Nadie podría distinguir, entre las divisiones, la arquitectura original de aquel sitio. Una tarja mal colocada en la pared de la fachada contiene errores en las fechas y se ha caído innumerables veces. La ciudad le debe al genio remediano quizás una estatua, iniciativa que por momentos resuena en los portales, pero que queda en el dicho.

Remedios venía de ser la cabecera de una grande y próspera jurisdicción, que abarcaba desde la península de Icacos hasta Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, con muchos ingenios y sembrados dedicados a la industria del azúcar. La zona se conocía además como Vueltarriba, productora de un tabaco exquisito, el preferido por los ingleses para fumarlo en sus pipas en forma de picadura. Pero tras la primera guerra entre españoles y cubanos, el gobierno colonial decidió una nueva administración política y territorial y la otrora próspera ciudad perdió todas sus posesiones. Reducida a la cabecera prácticamente, se detuvo el crecimiento urbano, la villa nunca entraría en el siglo XX, quedando su arquitectura como un museo de la vida en la centuria anterior.

Tal era el contexto conservador en que vendría al mundo el niño, en medio de dos familias acomodadas. El padre, Silvino García, fue comandante del Ejército Libertador y participaba de la política local, la madre Diana de Caturla se contaba entre las mujeres más cultas de Remedios. No obstante aquella educación a la europea, Caturla tuvo mayor contacto con sus nodrizas negras, quienes le enseñarían cánticos africanos, germen de un gusto que el muchacho iría desarrollando con el pasar de los años y que lo llevaría a transgredir barreras musicales, sociales, familiares, sexuales.

En un Remedios donde el partido conservador ganaba las elecciones cada año y los negros y los blancos vivían separados, sin poder siquiera cruzarse en la misma senda por el parque; Alejandro García Caturla comenzó a asistir desde adolescente a los bembés del barrio La Laguna, a los toques de tambor en los más recónditos poblados del municipio. Sus ojos se desorbitaban cuando veían a los “ases” del bongó y de la rumba poner a bailar a la gente, que casi de inmediato caía con algún santo montado. Cuando se iba al cine acompañado casi siempre de jovencitas negras, era habitual el comentario entre sus parientes de que Alex “se había vuelto un descarado”.

Muy pronto, el chico demostró que era capaz de amar más que nadie, uniéndose con Manuela Rodríguez, la criada de la casa, también de raza negra, esta unión fue sancionada con recelo por la familia Caturla y la sociedad. Con su corta edad, 16 años, Alejandro no era capaz de sostenerse económicamente, su padre Silvino no estaba dispuesto a sufragarle aquellas aventuras amorosas, pero sí una carrera universitaria. En enero de 1923 el joven llegó a la Habana, donde quedó deslumbrado. Atrás estaba Remedios con su catolicismo y las torres de las dos iglesias, una frente a la otra, con el tiempo detenido.

Descubriendo al genio

En los países pobres los genios a menudo mueren también en la miseria, debido sobre todo a la escasa oportunidad de triunfo profesional. Unas pocas ciudades pueblerinas y una capital pueden condenar al ostracismo a un Mozart o a un Byron. Cuba ha sido así, más aún en la época del Machadato (mandato del dictador Gerardo Machado), quien al tratar de convertir a La Habana en el París de América sólo logró tornarla un caos de represión y atraso cultural, pues los artistas genuinos apenas existían en forma de cenáculos malmirados. El Minorismo era uno de esos grupos, el más importante, que nucleaba a estudiosos de las vanguardias europeas y de la cultura cubana. Allí Caturla trabó amistad con Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchering, Fernando Ortiz, todos ellos interesados en el negro como un ente social imprescindible. Aquel muchacho que había llegado de Remedios, el estudiante de Derecho, ahora encontraba razones de justicia para defender y amar más aún lo afrocubano.

A menudo Carpentier se adjudicaba el descubrir el genio de Alejandro. El escritor decía que lo vio en medio de un cine tocando al piano trozos de clásicos para amenizar una película silente. Así se ganaba Caturla la vida y le pagaba a Manuela el sustento de los primeros hijos. Lo cierto es que en la Habana se forjó el talento de ese gran compositor, en medio de las clases de teoría musical que le hicieron ver un camino propio en lo nuevo y lo negro. Durante el estudio de su carrera alternaba entre la capital y Remedios, entonces se encendió su deseo por la hermana menor de Manuela, Catalina, y allí sí estalló el furor de los prejuicios. Lo cierto fue que Caturla amó ambas mujeres a la vez y tuvo con ellas once hijos.

El Juez que conoció la miseria humana

Ya graduado de Derecho, Alejandro García Caturla retornó a Remedios, donde colocó en la fachada de la casa familiar, sita frente al parque José Martí, una tarja: Dr. García Caturla, abogado. Muy pronto la comarca sabría de la rectitud y los aportes del joven juez, carrera que alternó con la composición y la escritura de cartas a sus amigos de La Habana, sobre  todo a Carpentier. En tanto, sus composiciones afrocubanas ya se estaban dando a conocer y artículos elogiosos aparecían en las revistas acerca de los dos grandes músicos de la época, Amadeo Roldán y García Caturla. Como jurista comenzaría la lucha contra todo lo podrido, así, el abogado ganó una porfía contra McNamara, padre del futuro político norteamericano Robert McNamara, familia establecida en Caibarién. En Ranchuelo defiende a los obreros de la fábrica de cigarros contra sus dueños, los hermanos Trinidad (fundadores de un emporio radial en la Cuba de entonces), hizo lo mismo con los jornaleros de la región central a quienes se les pagaba con bonos y no con dinero.

Varias reformas a los códigos por entonces vigentes propone Caturla, pero sobresale su proyecto de legislación para regular las sanciones a los menores de edad, medida que adecentaría dicho proceder en la isla. Su mayor combate fue contra el juego, mal que por entonces corroía la sociedad. El 17 de octubre de 1940 el juez Caturla juró fidelidad a la nueva Constitución, esa que prometía un futuro mejor a la patria, y el 19 de ese mismo mes debió solicitar garantías para su vida, pues recibió amenazas de la policía y el ejército asentados a nivel local. Lo tildaban de “negrero”, inmoral, engreído, etc…

la prensa local reseña la muerte de caturla

Y llegó el silencio

Era fácil matar a Caturla, él hacía el mismo recorrido diario: de su casa al juzgado, de allí al correo (las cartas, que lo mantenían al tanto del mundo artístico) y de vuelta a la casa. Las mismas calles, la misma esquina…En Remedios su música no era entendida, recibió la rechifla de la chusma en el Teatro Miguel Bru y decidió fundar una orquesta en Caibarién, proyecto mastodóntico que apenas ofreció pocas presentaciones. Aunque conocido en el extranjero y estrenado su repertorio en Barcelona, París, Moscú, el genio sentía que sus fuerzas creadoras se agotaban. Soñó con dejar el Derecho, irse a La Habana, volver a Europa. No dejaba de componer todas las tardes, con las ventanas de su estudio abiertas, las mismas desde las cuales miraba hacia las calles Maceo e Independencia, encrucijada donde el 12 de noviembre de 1940 lo  abordó un conocido maleante de nombre Argacha Betancourt, a las seis y treinta de la tarde. La discusión entre ambos fue breve, como los disparos que le cercenaron la vida al abogado. Era fácil matar al hombre, el asesino corrió hasta meterse en el cuartel de Remedios, donde recibieron con júbilo la noticia. Silvino García se desmayó al enterarse, ni él ni Diana jamás pudieron recuperar la salud. Desde toda la isla, los intelectuales se pronunciaron contra el suceso. La nueva República nacía manchada con la sangre de un genio.

Su cadáver recorrió la ciudad en medio de multitudes ¡mataron a Alejandrito!, aun los que lo calificaban de loco, sintieron la pérdida. La ciudad de Caibarién colocó una tarja en el lugar del asesinato, homenaje de un pueblo humilde a un gran creador. Una de las últimas obras compuestas, “Berceuse campesina” anunciaba la unión entre lo negro y lo campesino, o sea la síntesis de lo nacional. Ese mismo día fatídico, 12 de noviembre, la BBC desde Londres rendía un minuto de silencio a Alejandro García Caturla.

 

Crónica de una tarde escurridiza

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tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

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Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Oficio de mirahuecos

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Remedios es una villa de fisgones, hay quien dice que la gente no vive su vida sino la ajena. En los portales, en las puertas de las casas, encontramos las mismas caras curiosas, chismosas, mironas. Pero eso ocurre durante el día, en la noche otro tipo social toma el bastón de relevo en la carrera de la vigilancia: el mirahuecos. Sí, es tan común este ser que algunos lo ven hasta como un oficio, como al algo aceptado, normal, sano. El voyeurismo (del francés voir, ver) se considera una patología sicológica por importantes estudios como el “Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales”, de la Asociación Americana de Psiquiatría. Los expertos catalogan al mirahuecos como un parafílico, un enfermo que por lo general elude las relaciones, los compromisos y prefiere una interacción carente de contacto real.
Las noches en la ciudad son inseguras, no porque te vayan a robar, no porque exista algún nivel significativo de violencia, sino porque un ejército de mirones furtivos se mueve silencioso entre las ventanas, por los callejones oscuros, sobre los tejados de madera de las casonas, a través de las cercas de piedra o tablas. He vivido noches de insomnio porque sentí los pasos del voyeurista sobre el techo de mi cuarto, he encendido luces, así ha sido durante meses. Nadie está a salvo. La mayoría de los países que penalizan esta actividad, recogen un récord donde registran a los infractores, porque casi nunca el mirahuecos pide permiso, no le interesa lo invasivo de su conducta, poco le importa más allá de su placer efímero. Las noches son de ruidos, de hombres frustrados que recurren a la masturbación detrás de las ventanas. En Cuba mirar huecos es casi un oficio con profesionales reconocidos, pues a pesar de que la ley prohíbe el acoso sexual y lo penaliza, no hay el suficiente rigor policial.
Uno de los más famosos remedianos voyeuristas fue Pomo de Leche. Todos sabían de sus andanzas, sus pasos eran reconocibles a distancia, su ojo a través de las cerraduras llegó a convertirse en proverbial, sí, durante muchos años él fue el número uno en su oficio y se dice que hasta tuvo aprendices que hoy andan por ahí. Casi siempre el voyeurismo va acompañado de exhibicionismo, así, otro gran fisgón de la villa conocido como el Niño de Atocha, fue famoso por enseñar su enorme pene entre los bancos de la Iglesia Mayor a las señoritas de sociedad. “Mira como está el niño”, era su frase más común, la que lo definió para la posteridad.
Creo que el origen de mirar huecos está en la adolescencia, la mayoría de los niños vírgenes son curiosos e intrusos en lo referente al sexo. En una de las correrías que tuve junto al grupo de muchachos con que crecí, recuerdo algún que otro heroísmo voyeurista. Uno de ellos intentó mirar a través de la ventana de aquel baño y quiso probar su osadía robándole a la chica un blúmer, cuánta no fue nuestra risa cuando los vimos a él y a la bañista jalando por lados opuestos la codiciada prenda interior. Mirar huecos es para los niños de los pueblos tan común como el sexo con animales del campo (cosa que jamás probé). Y aunque los mayores a veces reprimen estas prácticas, muchas veces las celebran y siembran la semilla del daño, porque me figuro que quien más sufre es el propio voyeurista, ser limitado que prefiere un sexo falso.
Las víctimas de este acoso pueden ser de cualquier sexo, pero predominan las mujeres, en Remedios se sabe de casos dignos de aparecer en cualquiera de las novelas del realismo mágico. Por ejemplo, una chica llegó a enamorarse del ojo del voyeurista que cada tarde la miraba bañarse, “qué ojo más bonito” solía decir. Me reservo más datos sobre la historia, pero baste decir que ambos (víctima y victimario) terminaron casados por la iglesia y por papeles. Es común que existan mujeres cuyo gusto sea que las vean desnudas, así, dejan abiertos los postigos y se pasean por las salas, o se bañan en los patios de las casas donde como se sabe no existe privacidad. Hay de todo en la viña del señor, hay de todo como en botica.
Por lo pronto, mirar huecos en Remedios es un oficio no remunerado. La actividad, que cuenta con expertos y hasta con una escuela profesional nocturna, se extiende por el caserío informe. Cada año hay más hombres que hallan satisfacción en lo secreto, en lo ya no tan prohibido quizás, Cuba se torna permisiva hacia estos seres, la privacidad disminuye, las tejas del techo de mi cuarto suenan en la noche. La ciudad se comporta como un animal en busca de placeres enfermos.
(publicado originalmente en El Toque)

En busca del perro negro

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En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro.
Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón.
Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición.
Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas.
Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta.
Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias.
A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer. He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana.
Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto.

Una ciudad incómoda

La-Habana

tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

Deshielo

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Foto: Bernardo Salazar

Dicen los turistas que quieren ver a Cuba, a la chica virgen, antes de que caiga en el sofá del mercado y la desfloren las cocacolas, el sprite, los casinos, el turismo cosmopolita. Quieren tocarle los senos a la muchacha, antes que se mustien, quieren olerle las esencias a Centro Habana, al Cerro, al periódico Granma, a los congresos, a los cartelitos del CDR, al muro invisible que les recuerda tantos muros visibles en tantas partes.
Los turistas, muchos de ellos estadounidenses, hablan de deshielo y pienso en frigoríficos, en películas sobre el polo norte, en la nieve cayendo sobre Moscú que no creyó en lágrimas, en el frío de un cañaveral a las tres de la mañana en diciembre. Pienso en un trozo de hielo de esos que se usan para el ron, piedra cuadrada e inmensa que ruedan por las calles en tiempos de carnaval.
En esta fiesta somos los desflorados, los raros, los puros; nosotros que nos creíamos heterodoxos, dinámicos, vivos. Ahora resulta que nos colocan en la vitrina de la Historia y un viejito vestido con mil trapos color beige nos tira una sarta de fotos. El calor los lleva Centro Habana abajo, los derrite, les pone marcas de sol en la cara, uno los ve tomar agua de pomito, averiguar por tal o más cuál calle, mirar los mapas constantemente, uno los ve con los hijos y los nietos (desorientados muchachos que te miran como si no existieras, como si todo esto no fuese verdad y tú y tu vida estuvieran preconcebidos, montados a exprofeso, un tinglado, un escenario).
Uno siente que envejece ante la mirada de estos turistas, me salen arrugas, el pelo se me destiñe, soy más blanco de lo habitual; de repente uno de esos vendedores de maracas me confunde con extranjero e intenta meterme gato por liebre. Han pasado sólo segundos y ya se siente la cercanía de la muerte, como si vivir fuese una tarea cuestarriba en estas tierras raras, desprovistas, desoladas, baldías, yermas, llenas de una moda demodés.
Yo me doy por vencido una vez más, decido irme de la Habana, correr hasta mi cuarto en Remedios, tomar la Biblia, leer a Martí, a Lezama, saber que quizás me queda poco o que nunca tuve demasiado tiempo, que no es el momento ni el lugar, que los oasis no son para siempre, que ahogarse es normal sin que medie el mar ni el río.
Hay quien se ahoga en seco, como en aquel cuento de Virgilio Piñera, pero según los turistas yo me estoy ahogando en un trozo de deshielo, o sea que probablemente mi cadáver aparezca en los próximos carnavales, metido en un tanque de cerveza fría.
De cualquier forma resulta incómoda esta situación de vitrina, donde tú no encuentras el rostro humano ni el gesto amable, donde todo encanta mientras más se desluce, donde los edificios fantasmales y llenos de aditivos de mal gusto son el goce de los chicos de Canadá, de Inglaterra, de los viejos de Austria, de los españoles con sus risas sonantes y de los alemanes, que miran todo como quienes todo lo entienden o como quienes nada entienden.
En esta isla estrecha rodeada de tantos tiburones, no hay mucho sitio adonde ir, los refugios se tornan quimeras, uno los inventa, los recrea como si fuesen ciudades invisibles, uno juega con la idea de Marco Polo y el Gran Khan, con Italo Calvino, uno cree que quizás la idea de isla es solo eso, una idea, finita y moribunda, que detrás de esa isla hay continentes, monasterios, pasillos con olor a libros.
Uno quisiera que este deshielo no fuese tan público, tan espectacular, todos parecen buscar un palco o una sitio en la platea, hay quien se sienta delante del televisor para ver las cosas a distancia y tener la libertad de cambiar de canal o quitarle el volumen. Uno se siente derretido delante de todos, uno nota esta desnudez desprovista que nos asalta en medio del sueño, uno corre y busca esconderse, pero las cámaras salen raudas y uno ocupa las portadas de todos los periódicos o un pedacito en el álbum de viaje de algún sueco.
Uno quisiera borrar todo el escenario lo más rápido posible, pero el hielo tarda en desaparecer, es un asunto muy lucrativo esto de irse muriendo de a poco.