Crónica de una tarde escurridiza

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tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

El malestar del inmovilismo

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La esquina de mi casa es una entelequia de lo quieto, del momento vivido

El inmovilismo es un mal de fondo, atraviesa el diseño de nuestra sociedad, traza monumentales ministerios, planes donde sólo cabe aceptar una economía patética, pero sobre todo es un defecto heredado de lo militar. La Unión Soviética se sumió en la década del setenta en una era de ralentización donde se afincó su carácter de maquinaria atrasada y dependiente de las exportaciones de gas y petróleo, una especie de gigantesca colonia que dejó detrás los planes de modernización. Un inodoro o un televisor rusos seguían siendo los mismos que en los años sesenta, cuando se estaba ya en los ochenta. La palabra nomenklatura, filtrada hacia occidente a través de los libros de los opositores, se adueñaba de los espacios de debate y asfixiaba toda disensión en un dos por tres, con sólo acudir a la todopoderosa burocracia.
Cuba es una hija del siglo XX y, aunque se intente negar, del experimento socialista de dicha centuria. En nuestra isla maltrecha y errática persisten fisonomías de gobierno y formas de hacer propias de Europa del Este. Los sindicatos por ejemplo renunciaron a su derecho a la huelga, la sociedad civil se reverdece sólo en tiempos de confrontación para oponerla a concepciones foráneas. En la fórmula predominante encaja el viejo dicho popular de que “aquí ya todo está inventado”, máxima burocrática que suena a cuartel y que es ajena a la cosa pública propia de las democracias. Como hija del experimento del siglo XX, nuestra deuda está con esa participación genuina. Es cierto que cualquier persona de cualquier procedencia puede ocupar cargos públicos, pero no deja de ser una verdad pétrea que los niveles de gestión de determinados funcionarios son ínfimos, al no contar con respaldo en recursos. Los gobiernos locales encarnan extensiones del centralismo y casi viven pidiendo permiso, los delegados de circunscripción fungen como simples informantes de problemas.
Otra deuda grande con la democracia es el voto directo sobre los cargos más determinantes, como el de gobernante de una provincia, curul del parlamento, magistrado de la Asamblea Nacional o el presidente mismo del país. Que el poder de nuestro brazo votante llegue hasta la esquina del barrio subsiguiente no genera sinergias muy positivas en la masa de la credulidad. Todas estas reformas podrían hacer de Cuba un país más empoderado, sin que se acuda a la fórmula del pluripartidismo ni a su derivación peor: la partidocracia. Bajo un sistema directo no harían falta una agrupación política, ni una ideología oficial. Claro está, el ciudadano buscará siempre la manera de organizarse y de pensarse y eso es la política, pero se saldría del callejón que propone ahora mismo esta inmovilidad que nos carcome.
Comoquiera, no veo que en las más recientes proposiciones se aborde el asunto de esta manera, más bien se vislumbra un continuismo que pudiera estar generando el éxodo descontrolado y caótico de miles de jóvenes. La ausencia de participación es la ausencia de un horizonte. No veo que diarios como Juventud Rebelde, que debieran abordar el fenómeno, se preocupen por tales asuntos. La prensa es una crónica marciana de un país que nadie cree, pero eso no es más que otra derivación de nuestras deudas democráticas, participativas, horizontales. Esta verticalidad del poder, este gen del siglo XX que proviene de la ralentización soviética, impide que los reflejos sean claros. No importan la nitidez del espejo o las buenas intenciones del que plantee el problema, pues el estigma y la acusación estarán en los labios de pagados cancerberos.
En definitiva, a Cuba la persigue el malestar de la democracia, un mal que ha sido omnipresente en todos los sistemas desde que se piensa y se habla de manera política. Pues el hombre siempre está inmerso en una vida que lo sobrepasa y es su naturaleza el intentar comprender ese algo más allá (Kant lo llamó la cosa en sí, inaprensible, por lo que debemos conformarnos con la cosa para sí). El dilema de la participación va más allá de un logo, de una consigna o del voluntarismo con que se comporten determinados líderes, sobre todo porque el malestar de la democracia va aparejado a su contrapartida: el bienestar de la burocracia, cuya bonanza depende de niveles de ralentización de la dinámica social e histórica. Cada paso hacia delante que da el hombre debe contar con el beneplácito de una exigua minoría empoderada que nos vende la imagen de mayoría. Así, la dictadura del proletariado de Lenin terminó siendo en manos de Stalin la dictadura a secas, pues del poder de un partido se pasó al de una vanguardia y de allí al comité central y por último a las manos de la nomenklatura. Lo que fue un cambio del autocratismo del Zar hacia la desautomatización, regresó a manos de diferente color (de blanco a rojo) pero de igual invalidez democrática.
La participación no es una cuestión baladí, ni algo que deba soslayarse, tampoco se concibe esta sin la representación pues es imposible tener un ágora de once millones de cubanos, todos en una plaza y a la vieja usanza ateniense. Por tanto el talón de Aquiles está en los mecanismos electorales intermedios que cortan la comunicación y los niveles de criticismo desde la base, generando la inmovilidad de todo el sistema. Fenómeno este último que no creo sea fruto del desconocimiento o la ingenuidad, sino del interés y el ansia conservadora del núcleo duro del sistema: la nomenklatura. No obstante, el reto del socialismo con rostro humano está en revertir todos esos males, pasando por encima de nombres y viejos heroísmos que ahora nada aportan al presente.
No podemos seguir en un país decretado, ni la esfera pública debe enclaustrarse en dos reuniones parlamentarias al año, cuando nuestro sistema único en el hemisferio aún tiene las máculas elementales de un experimento. Por tanto, si se quiere un partido único este ha de comportarse con máxima e inconforme democracia, deberá ser además una institución irreverente y no conformista y vertical. La inclusión, más allá de una filosofía oficial y una visión marxista del mundo, signaría a esa agrupación de seres humanos, sector que por demás tendría que ser el más tolerante, el más dialéctico, el más abierto a que se disienta dentro o fuera de la organización. Veo muy poca filosofía de la historia entre las filas militantes de esa agrupación que nos gobierna, y sí noto mucha terquedad, estrechez de miras e imposición en no pocos cuadros.
José Martí era contrario a gobernar el país como un campamento, él que unió a los más grandes héroes de la Gran Guerra no estaba a favor de las armas. La contienda y el militarismo estaban ahí porque las circunstancias impusieron sus leyes, pero el Apóstol construyó una imagen de la República con todos donde ya estaba la idea directa de la participación y la inclusión de los cubanos. No podemos abandonar esa visión martiana para ir detrás de experimentos que son como fuegos fatuos, porque ni China ni Viet Nam tienen nada que ver con nuestra historia. La primera hoy es una potencia hegemónica, pero ello tuvo un costo humano elevadísimo que sólo un país tan poblado era capaz de soportar. La segunda es una tierra de sufrimientos impensables, donde las secuelas de la guerra están por doquier y hay un ansia tremenda por sepultarlas.
Si el problema es de modelos, vayamos directo a las raíces, quitémonos los grados militares y miremos de frente al ama de casa, al jubilado, al intelectual, a todos los que dan y dieron su vida laboral a cambio de un exiguo salario de 20 o 40 dólares al mes. Ellos dirán qué debemos hacer. No hagamos como que nos reunimos y discutimos, no a los simulacros de democracia, sino que debemos hacer que la participación sea real y que quien mande sea el pueblo. Vayamos a los centros laborales donde hay jóvenes recién graduados, al turismo donde están tantos que dejaron a la vera hermosas carreras y preciados talentos porque la vida se les encarece. Ese es el país que hoy tenemos y si no quieren verlo peor para ustedes, peor porque la historia sí tiene ojos y sí obra, la historia jamás será inmóvil ni estará en la piedra.
Participar es la palabra, lo demás es inmovilismo.

El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

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Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Oficio de mirahuecos

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Remedios es una villa de fisgones, hay quien dice que la gente no vive su vida sino la ajena. En los portales, en las puertas de las casas, encontramos las mismas caras curiosas, chismosas, mironas. Pero eso ocurre durante el día, en la noche otro tipo social toma el bastón de relevo en la carrera de la vigilancia: el mirahuecos. Sí, es tan común este ser que algunos lo ven hasta como un oficio, como al algo aceptado, normal, sano. El voyeurismo (del francés voir, ver) se considera una patología sicológica por importantes estudios como el “Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales”, de la Asociación Americana de Psiquiatría. Los expertos catalogan al mirahuecos como un parafílico, un enfermo que por lo general elude las relaciones, los compromisos y prefiere una interacción carente de contacto real.
Las noches en la ciudad son inseguras, no porque te vayan a robar, no porque exista algún nivel significativo de violencia, sino porque un ejército de mirones furtivos se mueve silencioso entre las ventanas, por los callejones oscuros, sobre los tejados de madera de las casonas, a través de las cercas de piedra o tablas. He vivido noches de insomnio porque sentí los pasos del voyeurista sobre el techo de mi cuarto, he encendido luces, así ha sido durante meses. Nadie está a salvo. La mayoría de los países que penalizan esta actividad, recogen un récord donde registran a los infractores, porque casi nunca el mirahuecos pide permiso, no le interesa lo invasivo de su conducta, poco le importa más allá de su placer efímero. Las noches son de ruidos, de hombres frustrados que recurren a la masturbación detrás de las ventanas. En Cuba mirar huecos es casi un oficio con profesionales reconocidos, pues a pesar de que la ley prohíbe el acoso sexual y lo penaliza, no hay el suficiente rigor policial.
Uno de los más famosos remedianos voyeuristas fue Pomo de Leche. Todos sabían de sus andanzas, sus pasos eran reconocibles a distancia, su ojo a través de las cerraduras llegó a convertirse en proverbial, sí, durante muchos años él fue el número uno en su oficio y se dice que hasta tuvo aprendices que hoy andan por ahí. Casi siempre el voyeurismo va acompañado de exhibicionismo, así, otro gran fisgón de la villa conocido como el Niño de Atocha, fue famoso por enseñar su enorme pene entre los bancos de la Iglesia Mayor a las señoritas de sociedad. “Mira como está el niño”, era su frase más común, la que lo definió para la posteridad.
Creo que el origen de mirar huecos está en la adolescencia, la mayoría de los niños vírgenes son curiosos e intrusos en lo referente al sexo. En una de las correrías que tuve junto al grupo de muchachos con que crecí, recuerdo algún que otro heroísmo voyeurista. Uno de ellos intentó mirar a través de la ventana de aquel baño y quiso probar su osadía robándole a la chica un blúmer, cuánta no fue nuestra risa cuando los vimos a él y a la bañista jalando por lados opuestos la codiciada prenda interior. Mirar huecos es para los niños de los pueblos tan común como el sexo con animales del campo (cosa que jamás probé). Y aunque los mayores a veces reprimen estas prácticas, muchas veces las celebran y siembran la semilla del daño, porque me figuro que quien más sufre es el propio voyeurista, ser limitado que prefiere un sexo falso.
Las víctimas de este acoso pueden ser de cualquier sexo, pero predominan las mujeres, en Remedios se sabe de casos dignos de aparecer en cualquiera de las novelas del realismo mágico. Por ejemplo, una chica llegó a enamorarse del ojo del voyeurista que cada tarde la miraba bañarse, “qué ojo más bonito” solía decir. Me reservo más datos sobre la historia, pero baste decir que ambos (víctima y victimario) terminaron casados por la iglesia y por papeles. Es común que existan mujeres cuyo gusto sea que las vean desnudas, así, dejan abiertos los postigos y se pasean por las salas, o se bañan en los patios de las casas donde como se sabe no existe privacidad. Hay de todo en la viña del señor, hay de todo como en botica.
Por lo pronto, mirar huecos en Remedios es un oficio no remunerado. La actividad, que cuenta con expertos y hasta con una escuela profesional nocturna, se extiende por el caserío informe. Cada año hay más hombres que hallan satisfacción en lo secreto, en lo ya no tan prohibido quizás, Cuba se torna permisiva hacia estos seres, la privacidad disminuye, las tejas del techo de mi cuarto suenan en la noche. La ciudad se comporta como un animal en busca de placeres enfermos.
(publicado originalmente en El Toque)

En busca del perro negro

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En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro.
Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón.
Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición.
Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas.
Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta.
Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias.
A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer. He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana.
Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto.

Una ciudad incómoda

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tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

Deshielo

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Foto: Bernardo Salazar

Dicen los turistas que quieren ver a Cuba, a la chica virgen, antes de que caiga en el sofá del mercado y la desfloren las cocacolas, el sprite, los casinos, el turismo cosmopolita. Quieren tocarle los senos a la muchacha, antes que se mustien, quieren olerle las esencias a Centro Habana, al Cerro, al periódico Granma, a los congresos, a los cartelitos del CDR, al muro invisible que les recuerda tantos muros visibles en tantas partes.
Los turistas, muchos de ellos estadounidenses, hablan de deshielo y pienso en frigoríficos, en películas sobre el polo norte, en la nieve cayendo sobre Moscú que no creyó en lágrimas, en el frío de un cañaveral a las tres de la mañana en diciembre. Pienso en un trozo de hielo de esos que se usan para el ron, piedra cuadrada e inmensa que ruedan por las calles en tiempos de carnaval.
En esta fiesta somos los desflorados, los raros, los puros; nosotros que nos creíamos heterodoxos, dinámicos, vivos. Ahora resulta que nos colocan en la vitrina de la Historia y un viejito vestido con mil trapos color beige nos tira una sarta de fotos. El calor los lleva Centro Habana abajo, los derrite, les pone marcas de sol en la cara, uno los ve tomar agua de pomito, averiguar por tal o más cuál calle, mirar los mapas constantemente, uno los ve con los hijos y los nietos (desorientados muchachos que te miran como si no existieras, como si todo esto no fuese verdad y tú y tu vida estuvieran preconcebidos, montados a exprofeso, un tinglado, un escenario).
Uno siente que envejece ante la mirada de estos turistas, me salen arrugas, el pelo se me destiñe, soy más blanco de lo habitual; de repente uno de esos vendedores de maracas me confunde con extranjero e intenta meterme gato por liebre. Han pasado sólo segundos y ya se siente la cercanía de la muerte, como si vivir fuese una tarea cuestarriba en estas tierras raras, desprovistas, desoladas, baldías, yermas, llenas de una moda demodés.
Yo me doy por vencido una vez más, decido irme de la Habana, correr hasta mi cuarto en Remedios, tomar la Biblia, leer a Martí, a Lezama, saber que quizás me queda poco o que nunca tuve demasiado tiempo, que no es el momento ni el lugar, que los oasis no son para siempre, que ahogarse es normal sin que medie el mar ni el río.
Hay quien se ahoga en seco, como en aquel cuento de Virgilio Piñera, pero según los turistas yo me estoy ahogando en un trozo de deshielo, o sea que probablemente mi cadáver aparezca en los próximos carnavales, metido en un tanque de cerveza fría.
De cualquier forma resulta incómoda esta situación de vitrina, donde tú no encuentras el rostro humano ni el gesto amable, donde todo encanta mientras más se desluce, donde los edificios fantasmales y llenos de aditivos de mal gusto son el goce de los chicos de Canadá, de Inglaterra, de los viejos de Austria, de los españoles con sus risas sonantes y de los alemanes, que miran todo como quienes todo lo entienden o como quienes nada entienden.
En esta isla estrecha rodeada de tantos tiburones, no hay mucho sitio adonde ir, los refugios se tornan quimeras, uno los inventa, los recrea como si fuesen ciudades invisibles, uno juega con la idea de Marco Polo y el Gran Khan, con Italo Calvino, uno cree que quizás la idea de isla es solo eso, una idea, finita y moribunda, que detrás de esa isla hay continentes, monasterios, pasillos con olor a libros.
Uno quisiera que este deshielo no fuese tan público, tan espectacular, todos parecen buscar un palco o una sitio en la platea, hay quien se sienta delante del televisor para ver las cosas a distancia y tener la libertad de cambiar de canal o quitarle el volumen. Uno se siente derretido delante de todos, uno nota esta desnudez desprovista que nos asalta en medio del sueño, uno corre y busca esconderse, pero las cámaras salen raudas y uno ocupa las portadas de todos los periódicos o un pedacito en el álbum de viaje de algún sueco.
Uno quisiera borrar todo el escenario lo más rápido posible, pero el hielo tarda en desaparecer, es un asunto muy lucrativo esto de irse muriendo de a poco.

La muerte que ríe

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Foto: Héctor Alejandro

En la mañana del 28 de diciembre del año 2000 yo tenía doce años aún, y mi padre era un soñador de esos que jamás se ponen de acuerdo con el mundo a menos que alguien o algo los tumbe a la fuerza. Vivíamos en Remedios, un pueblito colonial y aislado del centro de Cuba, donde cada año se hacen aún unos festivales llamados parrandas, de profunda raíz popular.
Regreso a aquel momento y me veo más enclenque que nunca, con unos pantaloncitos rojos, a punto de entrar en la adolescencia, un niño pletórico de fantasía en un hogar por momentos funcional, por momentos caótico, pero siempre en la cuerda de pervivir. Mi padre, pobre millonario lleno de estructuras novedosas, de proyectos de vida tan quiméricos como geniales. Mi madre una enfermera graduada en la década del ochenta, con los pies demasiado sobre la tierra.
Aquella mañana yo tenía 12 años, pero estaba a punto de conocer la muerte, no digo que no hubiese escuchado la palabra, incluso que la viera reflejada en los rostros de los actores de las películas.
Remedios es frío en diciembre, tanto, que la gente suele morir así de pronto, como si la muerte fuera una ráfaga de viento en una esquina, como si se tratase del otro rostro inevitable de caminar, ser, estar sentado en el sillín de tu bicicleta.
La muerte se me mostró así, con frío, en medio de las quimeras de mi padre y el pragmatismo de mi madre.
La muerte vino de pronto a la puerta, tac, tac “hola, soy la muerte, acabo de matar a Picadillo, el que toca la tambora del barrio de San Salvador en las parrandas”, ante mi gesto estupefacto, la esquelética dama sólo atinó a decir “es que era un hombre viejo, con problemas cardiacos, que otra expectativa tenía…”
Picadillo no era como mi padre, no intentaba ser un visionario de las parrandas, tampoco es que su pragmatismo con la vida lo atara demasiado. Más bien vivió en los términos medios, con el apasionamiento de los 24 de diciembre, bajo el fuego, con el frío, la sonrisa siempre en el rostro. Picadillo es mi primera imagen de la muerte, una imagen por cierto noble, pero que no deja de tener tintes burlescos y macabros, porque es una muerte que ríe.
La otra vez que vi la muerte así, a la tremenda, fue el 11 de septiembre del año 2001. Yo estaba en el Castillo del Morro, con una señora ya mayor, amiga de la familia. La noticia que llegaba era que una bomba atómica había destruido la ciudad de Nueva York. Claro, el atentado a las Torres Gemelas marcó el destino de toda la Humanidad, pero creo que en mi caso aquella imagen de la muerte tan masiva, monstruosa y hasta impersonal se pegó en mi mente como un nuevo karma, como una forma hipostasiada de otro ser, como la calcomanía que le faltaba a mis neuronas vírgenes.
Pero el dolor mayor, la punzada que me dejó sin aliento vino luego, cuando pensé que mi padre se me iba y que yo me iba con él; era en cuarto año de la carrera de periodismo. La muerte me reclamaba, quería que ya la acompañara, como si la vida fuese una quimera irrealizable, como si ya no quedara otro túnel que el definitivo, ese que conduce a la luz de los perdones y las voces.
Pensé irme muchas veces ya, en estos cortos 28 años, despedirme de este erial donde sólo hallo muestras de desaliento, y personas bellas perseguidas por la telaraña de mil porquerías.
He pensado partir, pero es ella, la muerte, quien tiene una personalidad propia, ella quien define, ella quien vive para siempre.
Yo sólo estoy prestado, sólo la conozco a medias.