Crónica de una tarde escurridiza

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tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

El malestar del inmovilismo

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La esquina de mi casa es una entelequia de lo quieto, del momento vivido

El inmovilismo es un mal de fondo, atraviesa el diseño de nuestra sociedad, traza monumentales ministerios, planes donde sólo cabe aceptar una economía patética, pero sobre todo es un defecto heredado de lo militar. La Unión Soviética se sumió en la década del setenta en una era de ralentización donde se afincó su carácter de maquinaria atrasada y dependiente de las exportaciones de gas y petróleo, una especie de gigantesca colonia que dejó detrás los planes de modernización. Un inodoro o un televisor rusos seguían siendo los mismos que en los años sesenta, cuando se estaba ya en los ochenta. La palabra nomenklatura, filtrada hacia occidente a través de los libros de los opositores, se adueñaba de los espacios de debate y asfixiaba toda disensión en un dos por tres, con sólo acudir a la todopoderosa burocracia.
Cuba es una hija del siglo XX y, aunque se intente negar, del experimento socialista de dicha centuria. En nuestra isla maltrecha y errática persisten fisonomías de gobierno y formas de hacer propias de Europa del Este. Los sindicatos por ejemplo renunciaron a su derecho a la huelga, la sociedad civil se reverdece sólo en tiempos de confrontación para oponerla a concepciones foráneas. En la fórmula predominante encaja el viejo dicho popular de que “aquí ya todo está inventado”, máxima burocrática que suena a cuartel y que es ajena a la cosa pública propia de las democracias. Como hija del experimento del siglo XX, nuestra deuda está con esa participación genuina. Es cierto que cualquier persona de cualquier procedencia puede ocupar cargos públicos, pero no deja de ser una verdad pétrea que los niveles de gestión de determinados funcionarios son ínfimos, al no contar con respaldo en recursos. Los gobiernos locales encarnan extensiones del centralismo y casi viven pidiendo permiso, los delegados de circunscripción fungen como simples informantes de problemas.
Otra deuda grande con la democracia es el voto directo sobre los cargos más determinantes, como el de gobernante de una provincia, curul del parlamento, magistrado de la Asamblea Nacional o el presidente mismo del país. Que el poder de nuestro brazo votante llegue hasta la esquina del barrio subsiguiente no genera sinergias muy positivas en la masa de la credulidad. Todas estas reformas podrían hacer de Cuba un país más empoderado, sin que se acuda a la fórmula del pluripartidismo ni a su derivación peor: la partidocracia. Bajo un sistema directo no harían falta una agrupación política, ni una ideología oficial. Claro está, el ciudadano buscará siempre la manera de organizarse y de pensarse y eso es la política, pero se saldría del callejón que propone ahora mismo esta inmovilidad que nos carcome.
Comoquiera, no veo que en las más recientes proposiciones se aborde el asunto de esta manera, más bien se vislumbra un continuismo que pudiera estar generando el éxodo descontrolado y caótico de miles de jóvenes. La ausencia de participación es la ausencia de un horizonte. No veo que diarios como Juventud Rebelde, que debieran abordar el fenómeno, se preocupen por tales asuntos. La prensa es una crónica marciana de un país que nadie cree, pero eso no es más que otra derivación de nuestras deudas democráticas, participativas, horizontales. Esta verticalidad del poder, este gen del siglo XX que proviene de la ralentización soviética, impide que los reflejos sean claros. No importan la nitidez del espejo o las buenas intenciones del que plantee el problema, pues el estigma y la acusación estarán en los labios de pagados cancerberos.
En definitiva, a Cuba la persigue el malestar de la democracia, un mal que ha sido omnipresente en todos los sistemas desde que se piensa y se habla de manera política. Pues el hombre siempre está inmerso en una vida que lo sobrepasa y es su naturaleza el intentar comprender ese algo más allá (Kant lo llamó la cosa en sí, inaprensible, por lo que debemos conformarnos con la cosa para sí). El dilema de la participación va más allá de un logo, de una consigna o del voluntarismo con que se comporten determinados líderes, sobre todo porque el malestar de la democracia va aparejado a su contrapartida: el bienestar de la burocracia, cuya bonanza depende de niveles de ralentización de la dinámica social e histórica. Cada paso hacia delante que da el hombre debe contar con el beneplácito de una exigua minoría empoderada que nos vende la imagen de mayoría. Así, la dictadura del proletariado de Lenin terminó siendo en manos de Stalin la dictadura a secas, pues del poder de un partido se pasó al de una vanguardia y de allí al comité central y por último a las manos de la nomenklatura. Lo que fue un cambio del autocratismo del Zar hacia la desautomatización, regresó a manos de diferente color (de blanco a rojo) pero de igual invalidez democrática.
La participación no es una cuestión baladí, ni algo que deba soslayarse, tampoco se concibe esta sin la representación pues es imposible tener un ágora de once millones de cubanos, todos en una plaza y a la vieja usanza ateniense. Por tanto el talón de Aquiles está en los mecanismos electorales intermedios que cortan la comunicación y los niveles de criticismo desde la base, generando la inmovilidad de todo el sistema. Fenómeno este último que no creo sea fruto del desconocimiento o la ingenuidad, sino del interés y el ansia conservadora del núcleo duro del sistema: la nomenklatura. No obstante, el reto del socialismo con rostro humano está en revertir todos esos males, pasando por encima de nombres y viejos heroísmos que ahora nada aportan al presente.
No podemos seguir en un país decretado, ni la esfera pública debe enclaustrarse en dos reuniones parlamentarias al año, cuando nuestro sistema único en el hemisferio aún tiene las máculas elementales de un experimento. Por tanto, si se quiere un partido único este ha de comportarse con máxima e inconforme democracia, deberá ser además una institución irreverente y no conformista y vertical. La inclusión, más allá de una filosofía oficial y una visión marxista del mundo, signaría a esa agrupación de seres humanos, sector que por demás tendría que ser el más tolerante, el más dialéctico, el más abierto a que se disienta dentro o fuera de la organización. Veo muy poca filosofía de la historia entre las filas militantes de esa agrupación que nos gobierna, y sí noto mucha terquedad, estrechez de miras e imposición en no pocos cuadros.
José Martí era contrario a gobernar el país como un campamento, él que unió a los más grandes héroes de la Gran Guerra no estaba a favor de las armas. La contienda y el militarismo estaban ahí porque las circunstancias impusieron sus leyes, pero el Apóstol construyó una imagen de la República con todos donde ya estaba la idea directa de la participación y la inclusión de los cubanos. No podemos abandonar esa visión martiana para ir detrás de experimentos que son como fuegos fatuos, porque ni China ni Viet Nam tienen nada que ver con nuestra historia. La primera hoy es una potencia hegemónica, pero ello tuvo un costo humano elevadísimo que sólo un país tan poblado era capaz de soportar. La segunda es una tierra de sufrimientos impensables, donde las secuelas de la guerra están por doquier y hay un ansia tremenda por sepultarlas.
Si el problema es de modelos, vayamos directo a las raíces, quitémonos los grados militares y miremos de frente al ama de casa, al jubilado, al intelectual, a todos los que dan y dieron su vida laboral a cambio de un exiguo salario de 20 o 40 dólares al mes. Ellos dirán qué debemos hacer. No hagamos como que nos reunimos y discutimos, no a los simulacros de democracia, sino que debemos hacer que la participación sea real y que quien mande sea el pueblo. Vayamos a los centros laborales donde hay jóvenes recién graduados, al turismo donde están tantos que dejaron a la vera hermosas carreras y preciados talentos porque la vida se les encarece. Ese es el país que hoy tenemos y si no quieren verlo peor para ustedes, peor porque la historia sí tiene ojos y sí obra, la historia jamás será inmóvil ni estará en la piedra.
Participar es la palabra, lo demás es inmovilismo.

El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

En busca del perro negro

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En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro.
Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón.
Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición.
Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas.
Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta.
Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias.
A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer. He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana.
Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto.

Los días de la confabulación imperfecta

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Para quienes nacimos y crecimos en este pedazo de Cuba llamado San Juan de los Remedios, la palabra tradición pudiera encarnar varios males y bienes. Depende de qué lado se mire el asunto de vivir atados a la eterna confrontación con un tiempo más o menos mitológico, depende quizás de cómo hallamos participado o no en el renacimiento de esa cosmogonía a través de diferentes vías respiratorias. Debo mi amor odio a las parrandas a una conjugación de herencia familiar con exceso de cercanía. La fiesta pudiera de esta forma parecer bella y tener una maldad intrínseca, contener una especie de muerte apócrifa pero igual de dañina.
Por esta fecha comienzan a salir los agónicos sostenedores de la tradición, levantan banderas hechas en casa, enarbolan un muñeco de papel, le dan vida a seres que jamás estarán vivos, pero no importa, no les importa, las parrandas suelen manifestarse como en los sueños, como una sucesión de disparates, como un teatro de variedades. En la confrontación entre verdad y mentira, entre razón y miedo, la barbarie sale vencedora, se corona a sí misma con un oro falso, con una aureola mediocre y ridículamente putrefacta. Así, las fiestas dependen de su manera epicúrea y efímera de manifestarse, no podrían asumir jamás el ropaje de un pez verdadero en la corriente de la historia. Los sucesos intrascendentes, que engendra lo popular, se elevan artificiales y están condenados como el globo a deshincharse, a morirse inmediatamente.
Sí, ya empiezan las banderas y los tambores y el resto de Cuba no podría entender a los naturales de esta villa sectaria y apagada. No, y es porque el resto de los días del año las auras y las moscas forman una confabulación de aburridos en medio de la glorieta del parque, para gracia de los viejos y los moribundos. Tanta vida así de la nada parece imposible y en efecto lo es, no resulta ni siquiera verosímil tanta juventud y oropel. Las parrandas paren de pronto, florecen en estos meses, pero su flor y su fruto nunca pueden olerse o comerse de veras, pues no bien vemos la maravilla ya está allí la ponzoña. Y no bien está allí la ponzoña, abrazamos la nada a la espera de otra oportunidad que nos devele al fin de qué tratan las parrandas. Doscientos años de tradición aún no aclaran el asunto, ni demuelen las falsas construcciones, que el pueblo levantó para apuntalar un acontecimiento que a ratos es ridículo (dos adultos peleados por la victoria de un gallo de papel o un gavilán diseco). No se interprete mi punto de vista como una crítica ciega, mucho menos como la desfachatez de quien aspira a separarse de su identidad a toda costa, sino que intento darle racionalidad a lo que en esencia parece carecer de toda lógica, de todo camino de verdades.
La vida en los pueblos cubanos del interior no es de muerte, se queda en ese estado de la conciencia que apenas levanta vuelo, que apenas aspira a ganarse unos quilos en ese devenir diario que los criollos bautizan como “lucha”. Remedios es el pueblo de las procesiones, los bicitaxis y los viejos. Únicamente el 24 de diciembre a las cinco de la tarde el pueblo se torna ciudad, se ilumina un poco (algo), y los borrachos y los visitantes hacen como que asisten a las fiestas de esos cuentos fabulosos, donde todo (hasta la buena fortuna) es posible. La inversión de valores crece tanto como el ego de quienes el resto del año contaban el número de moscas y auras que sobrevolaban la aguja de la iglesia.
En los laberintos de quioscos de cerveza y fritanga, en la ausencia de portales producto de una arquitectura salvaje y equívoca, en las bullangueras alusiones al fin de año, en la forma bastarda en que Remedios de desestabiliza sólo para darnos a entender el error en que caímos creyendo la ópera de las parrandas; en todo eso está el espíritu de los pueblos pequeños de Cuba, pueblos por demás sin geografía, donde el naufragio resulta factible, necesario, lógico, materialmente satisfecho. Sí, las parrandas son la falsa bulla del falso bullanguero, la falsa rebelión del falso rebelde. Sólo queda, tras el cortinaje de doce horas de fuego y sangre, el fantasma moribundo de una era. Eras que se suceden como escenografías a pesar de no constituirlas el cartón, sino una nada tan inasible como la causa y como la consecuencia de las fiestas.
Para el foráneo todo parece nuevo, para el nativo todo está en su justo sitio (aún cuando se le dé candela a la Iglesia Mayor o se trasponga la villa de un lado a otro). Para el de afuera una bandera carmelita con un globo de helio dibujado pareciera quimérica, para el de adentro la antropología es sencilla y se transcribe con la facilidad de abrir y cerrar los ojos de la historia. Para el de afuera todo es local, para el de adentro todo es universal aunque no lo sea (no por vanidad, sino por esencia). Las parrandas, así las defiendo, representan una imagen más de la resistencia de un pueblo frente al tiempo, son una guerra más de tantas entabladas contra el tiempo en estos lares del mar Caribe, mar que se nos esconde e intimida con su mutabilidad, su abundancia de rostros.
Ya empezaron a salir lo que se conoce como repiques, bandadas de gente por todas las calles de la villa en sus bullas y banderolas, cualquiera diría que la imagen se calca por sí misma de una novela de lo real maravilloso. No importa, la referencia literaria se queda corta ante el devenir real de los hombres atrapados en el laberinto de imágenes que forman el retorno de las eras. Mientras más ilógico, mientras más distorsionado, el pueblo siente mejor el ambiente de su único día universal.

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

Caturla vive

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Alejandro García Caturla, la caminata leve…

Me he repetido esa frase miles de veces, la digo frente al retrato del niño vestido como una niña a la usanza de la época, delante del piano carcomido y mudo que Él tocara por las tardes-noches. Los balaustres de la casona nunca fueron tan esquivos, tan misteriosos, porque apenas había un postigo abierto mientras Él ensayaba o componía, o simplemente mientras interpretaba una pieza del amigo Claudio, como acostumbraba a llamar al genio musical de Debussy.
“Caturla vive”, es como un ritornelo, una fuga rápida de espíritus, la casa que se sacude el tiempo, la familia que me saluda desde las habitaciones adormiladas, la fiesta de amigos donde el niño prodigio ya interpretaba piezas norteamericanas de moda, el rincón que le enseñó a amar con rebeldía y arrebato, porque el amante era para Él un arquetipo heroico que no entiende de valladar.
El ritornelo se torna duro, casi una fanfarria, cuando el joven da su primer beso y escribe la primera nota, hay en él un volcán de esencias que sólo calmará el impacto alevoso, la caminata leve y soleada a través del parque colonial. “Caturla vive” a pesar del asesino, sobrepasa al burlador, al vulgar, a las ansias malsanas. En el piano resuenan miles de réplicas de Él, ya la Berceuse Campesina es un amanecer habitual sobre los tejados de la villa, ya el campanario no sólo marca la hora de su muerte, sino la de sus renacimientos.
Poco importa que el pasado retuerza la memoria a la caza de entretelones que oculten el concierto, si Caturla supo conjurar la gloria del tambor y hallar el tejido de una justicia humana que mucho le costó, pero costó más a la cultura nacional. Vive sin dudas, porque no hubo ni una mentira en Él que tanto experimentó con el arte, pero respetó las esencias, las sinceridades, el decir la verdad. Un hombre sobrevive el disparo alevoso cuando logra que su olor quede impregnado en las paredes de su casa, en los papeles de su obra, un olor que conversa con nosotros y nos indica una ruta.
Alejandro G. Caturla fue así, de rutas ciertas. La República debió estarse a sus pies, pero él estuvo a los pies de la República. Y el pueblo que nunca se equivoca levantó el cadáver pequeño del hombre grande y así fueron juntos todos a llorarlo, porque no hay otro remedio ni salida más justa cuando falta la justicia. “Caturla vive”, decían todos camino al cementerio pequeño, donde yace ese ser sin mesura.
El siete de marzo es frío y gris, el mármol nunca parece tan noble, tan blanco y firme. A veces se escucha una banda de conciertos que pasa, otras, un orador, otras el pueblo marcha en silencio porque aún se pregunta por Él, todavía lo quieren allí en la casona, con las luces de la tarde sobre el piano ahora carcomido. La mudez de la música es quizás el trino mejor para un siete de marzo, día en que vino al mundo aquel héroe amante sin estatua ni altisonancias.
Caturla era pequeño y bello, enorme y profundo. La casona vieja atesora los mismos episodios, porque sospecho que en verdad el tiempo no transcurre, o al menos para Él. A veces un destello de la tarde se cuela por el postigo y cae sobre el piano. Olores a partituras recién escritas, a obra nueva y esencias, a trascendencia y justicia, olor a vida que atraviesa los agujeros del traje balaceado.
“Caturla vive”, el ritornelo sube y baja su tono alternado, el cuerpo pequeño descansa, el espíritu grande está aquí y ahora.

Antes del Fantasma

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Foto: Chuchi

He visto muchas veces esta casa, la vi desde el callejón, desde la calle de la mar, desde el techo de un vecino, he visto la casa desde el interior de la casa misma.
Recinto manjar, recinto vital, místico, abstracto.
La casa se ha vuelto un horno donde cuezo los sueños y las pesadillas, sueños de un pasado, pesadillas del ahora.
Así ha quedado, sólo veo la mugre y la mortandad.
La veo a distancia, sueño sus balaustradas, sus respiros.
Pero la casa ya no es casa y se diluye, se la llevan los mercachifles, la regalan los agoreros.
Sí, allí vivió Amelia Peláez. No fue remediana, pero lo fue, no vivió siempre allí, pero vivió siempre ahí.
Hubo un vitral, una luz, un caballete, una visión.
Ahora sólo me queda la visión, abstracta y tangible, cruda.
Así está la casita de Amelia en San Juan de los Remedios, obra de buenos sería soñarla de nuevo, que sus paredes no caigan, que su olor no fenezca, que su fantasma no venga.
Así quedó la casita, azotada por el tiempo, el hombre y el clima, pero más por el hombre.
Mejor no dejarla, mejor mostrarla ahora antes que no se pueda mostrar jamás, así está, hagamos porque esté, al menos eso.
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Otra vez Remedios

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Foto: Bernardo Salazar

Que quisiera irme ahora por la calle de la Bermeja y embarrarme de fango rojo, que añoro caminar entre vendutas de mangos o a través de silencios madrugadores, que recuerdo perfectamente aquel callejón fantasmal, brujero, negro, oscurantista.
Remedios, cómo han de rutilar tus agujas en las iglesias, tu paisaje verde que anilla las calles, tus techos medio caídos, las tejas con polvo, con tierra, con ratones y cucarachas ya legendarios.
Que quisiera dormirme en un portal en el frío de esas baldosas que tanto caminé, a pocas cuadras del parque que me crió, que me dio su seguridad, que me miraba ya severo ya risueño.
Que adivino el cambio definitivo y a veces quisiera retraerme, invitarme a un pasado que no existe como todo pasado.
Sí, todo eso, pero ya Remedios se torna una mancha que sustituyo a borrones, que dibujo a lápiz y torpemente.
Ya Remedios, la mía, se vuelve este dibujo y cuando vuelva el callejón será diferente y parecerá raro el sabor a mango y habrá demasiada luz en la calle Bermeja y el fango será un fango limpio.
Veré todo más perfecto, más actual, más nuevo.
El viejo seré yo.

Colgado de la noche

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Foto:Bernardo Salazar

La carretera está caída, cuelga en un pedazo de la noche, sus brazos son dos huecos pendientes de otro hueco. Yo sólo huelo el azar y apresuro el paso, miles de yutones salen rasantes, miles de aviones, los viajes son infinitos y salvajes, la gente no sabe adónde va mientras deja regados el pecho, el cerebro, todo su mucho o poco dinero.
Yo sólo miro la noche, mi noche que es como un detenimiento, esa noche que comenzó hace años y que no quiere irse. Noche estática sin luces, noche de carrusel ficticio, noche sin noches reales, oscuridad fluorescente que alumbra mis pasos por el parque de Remedios o por la calle Reina de La Habana. Teléfono descolgado que avisa de mi soledad, del silencio que sale de cada hueco en cada brazo colgante de este azar de sobrevida.
La carretera bien pudiera ser una interrogante o tener implícitas todas las respuestas, o ser una respuesta a una interrogante que nunca existió; todo parece al cabo posible, o todo parece imposible.
Al final lo mejor es no preguntarse y seguir, que los pasos queden uno a uno en el fango de la noche, en Remedios o en Reina.
Al final la lluvia es siempre ese duendecillo que sigue chillando.
He visto muchos rostros en la noche, el peor era el mío, yo con cara de interrogante, yo con cara de respuesta, yo sin saber nada, yo sabiendo todo. Yo siempre ese yo fluorescente, como una luz nocturna, como el alumbrado público deficiente.
Busqué muchas noches esa verdad, iba con sabor y olor a vino, mis pasos eran una corredera de miedos. Yo sólo puedo tambalearme cuando llega el momento de la búsqueda.
12736434_1033434246700177_154939300_nUn amigo dirá como siempre que me pierdo, otra dirá que no defino, que mi flecha se desfleca, que se desvía a propósito.
He gastado muchas noches esperando la tragedia definitiva, las tramé luego de tardes de vino, de alcoholes, las tramé debajo de un poste de luz, en la ciudad de la absoluta soledad, allá donde llueven chismes y el cuerpo y el alma desaparecen o nunca nacen.
Remedios bien pudiera ser Reina y viceversa. La soledad tiene ciclos y yo ya no tengo rostros para resistir, la soledad es la verdad misma, es el sabor a verdad que tanto enmascaré con el vino, con lo amargo, es lo dulce que molesta, la duro de vivir en ciclos.
La noche pende de la noche y esa noche pende de otra.
Yo pendo de todas las noches y sólo puedo ver el soplo de las yutones, de los aviones, de los viajes, de las cabezas olvidadas.
Yo sólo puedo olvidarme junto a las cabezas, recostar mi cabeza en el almohadón, verme florecer como una nube.
Sólo soy la antítesis sin tesis, el nacido sin nada.
Una nada nihilista que yo representaría así: 3(N).
Las noches sólo penden, a ellas qué les importo yo.