El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

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Antes que amanezca

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Reynaldo Arenas

No, no me propongo contradecir a Reynaldo Arenas, sé que él quiso en su delirio dejarnos las hilachas de alguna claridad. Era una embriaguez de terciopelo la del Rey, una pesadilla contada para joder, como si fuese un entremés sin habladores. La mía pudiera esconderse, quizás debiera avergonzarme de algún que otro pasaje, pero como noticia de una desventura merece la luz, el proyector. Si Arenas se apresuró a contarse él mismo antes que anocheciera, a mí me interesa narrarme antes que amanezca. La presunción nos dice que estamos en medio de una larga madrugada.
Hay sucedidos en la vida que, como dijera Lalo el limonero, se caen de la mata y uno de esos que descoyuntan la razón y jalonan el prestigio del narrador es su presente. José Soler Puig dijo que estaba por escribirse la novela de la Revolución, y Lisandro Otero en su Trilogía Cubana dilató un pasaje hasta convertir los segundos en largos legajos de devaneos de sesos indefinidos, Cabrera Infante escribió un Mea Cuba donde más que mear habla de su Cuba, la de él, la que se inventó, la que era a la medida de su incómoda comodidad. Todas fueron formas (intentonas) por atrapar el presente, antes que anocheciera, pero yo sigo más la lógica de Lalo y digo que está por escribirse la novela (obra de teatro, cuento, noveleta, ensayo, híbrido) de la desilusión. Parafrasear a Balzac sería más que suficiente para “Las desilusiones perdidas”, diferentes caras, iguales destinos, pastiche de un momento que parece alargarse como la metáfora del chicle americano, o el tabaco filosófico.
Nuestra vida es una paráfrasis, no vivimos en lo real sino que pretendemos hacerlo, nos importa un comino si al final estamos o no en lo cierto, si acertamos o dejamos pasar la oportunidad. La película cubana “Retornos a Ítaca” me trae esos fieros desajustes, porque en primer lugar no creo que se trate de un regreso verdadero, sino de un simulacro de huida, la gente ahí no pudo volver porque jamás se fue. Jamás la maldita circunstancia del agua por todas partes de Virgilio Piñera fue una broma tan colosal. Nuestra vida es una paráfrasis, es la cita de otras vidas, la cita transformada, vilipendiada, hecha un tareco lingüístico. En la mente del citador, o sea nosotros, el agua ni siquiera es mar sino charco, como los edificios no son sino ruinas y los cuentos y las obras truncas de la vida son bastardos del hervor presente.
Dice un viejo amigo que crisis significa cambio, pero de qué valen esas semánticas para los desprovistos, los pobres de espíritu, los desengañados, los del subdesarrollo de los sentidos y el intelecto. Sí, crisis es cambio, pero a veces se trata de la inmutabilidad en su estadio más temible, más sin sentido. La muerte es una crisis, un cambio si se mira. Recuerdo los personajes de “Retornos a Ítaca” y veo histriones dentro de los histriones, personas que no necesitan actuar para que surja la luz falsa. Matriuscas rusas o de cualquier nacionalidad, hilvanadas como sólo pueden estarlo los desentendidos, los amarrados por sogas, los que tienen un cuello quizás sólo para que los ahorquen. Personajes que hoy más que nunca son el concepto vacío, la máscara del viejo teatro griego que amplificaba pero no por ello disminuía o aumentaba significación. Sí, lo doloroso es que a estas alturas poco importa que se retorne a Ítaca o que se le dé un matiz mitológico a la cuestión del retorno, poco interesa el cronotopo, la filología es una farsa, la literatura nunca se hizo, la pintura quedó en el imaginario.
Tantas cosas quedaron en el tintero, que el tintero dejó de ser y devino en repositorio de envenenamientos, en acrecentamiento de viejos. En “El nacimiento del señor Madrigal”, Virgilio Piñera habla acerca de un nacimiento que es muerte. En la espera del suceso, el personaje se trastoca en alegría del desespero hasta que la metamorfosis (la crisis, el cambio) nos coloca delante algo que no es el señor Madrigal. Otros cuentos de Piñera pudieran clasificar como tratados sobre la muerte, incluso su propia muerte sugiere la forma de un tratado, de un performance que nos deja el olor a vida otra, a obra literaria. Son esos maestros ejecutorios quienes mejor actúan el momento de cualquier crisis (artistas del hambre, los llamaría Franz Kafka). El aislamiento es iluminación en medio del pensamiento único, así Ionesco en “El rinoceronte” habla de Berenguer, un individuo poco valorado, adicto al alcohol, que vive en un pueblo pequeño donde todos se tornaron rinocerontes. Lo más pútrido puede tener la razón, el iluminismo no será jamás patrimonio de poder. Por eso vivimos en la paráfrasis, somos la cita de alguien, conformamos un parlamento en el diálogo de dos habladores. Pero si logramos decir mientras dura la madrugada, quizás quede algo de luz cierta, quizás tengamos ser antes que palpemos la salida del sol. Narrar cómo nos desalineamos en medio de una manada de rinocerontes no es nada fácil, pueden aplastarnos o negarnos. Por otro lado, un rinoceronte aislado es más peligroso que toda la manada.
Develar nuestro lado oculto antes que amanezca, hacerlo con el valor de estar desprotegidos en medio de la oscuridad, hacer como aquellos que en el medioevo sostuvieron una verdad por encima de la escolástica. Porque eso que llevamos oculto no sólo implica un yo negado, sino una liberación perfecta de la persona (ahora no entendida como personaje, sino como humanización). La literatura no admite ser atada a este o aquel señuelo, y como los niños terribles hará siempre de la traición una metáfora infalible. Todo escritor es un traidor, aunque veamos que sus versos, prosas, silencios, bajen la cabeza y muestren una servidumbre de oropel. En todo caso Roma nos paga, pero nos desprecia, en todo caso damos al César lo que es del César y al Demiurgo creador lo que es del Demiurgo. Velamos la oportunidad para espantar al molesto mecenazgo y acogernos a formas más laxas de decir, vuelvo a la palabra crisis y su relación con el cambio, así, en Decamerón se nos narra cómo en tiempos de enfermedad y hambruna y poca economía estaba cayendo el viejo ideal escolástico. Sí, había algo podrido en la Italia del Renacimiento. Era el cadáver del dogma lo que el autor nos estaba develando antes que amaneciera la nueva época. Todo poeta ha pensado en lanzar piedras o tiros a través de una barricada, todo creador intenta subvertir el orden establecido e imponer (antidemocráticamente) el suyo. En “García Márquez, historia de un deicidio”, Mario Vargas Llosa nos lleva de la mano de ese creador que antes es destructor, porque antes de la continuidad debe estar el diluvio que sana. El escritor como asesino de la verdad que le circunda, como opositor hacia esa verdad, como profeta de otras verdades que estarán por venir. De tal manera que no hemos renunciado a nuestro papel de chamanes, antes bien se confirma que en cada escritura hay un eidos o la aprehensión de un eidos, que algo ha ocurrido en el mundo de las ideas, ese mundo que para Platón era el único real dada la mutabilidad del materialismo.
Sumergirnos en ese pensamiento que veía en la idea lo real y que más que un hallazgo, era una búsqueda, basta para el escritor. En el mito de la caverna (vuelvo a Platón) hay varias formas de conocer el fuego de la verdad que arde en el fondo de la gruta, quienes se quedan en las sombras apenas intuyen, pero están quienes se atreven a decir en medio de la penumbra y no temen quedarse ciegos. Luego, el escritor sigue siendo un subversivo que en el buen sentido intenta hacer lo mejor para él y para los demás, no se queda en la parábola de Zenón entre Aquiles y la tortuga (mientras la segunda vaya un paso delante, el primero estará a la saga). El escritor avanza, va al fondo del fuego y tiene la peligrosa misión de transformarse en un Prometeo. Lo curioso (y dañino) del asunto es que todo debe ocurrir antes que amanezca, o sea antes que las verdades no buscadas surjan de manera natural con el paso del tiempo. Porque lo racional es razón invisible antes de tornarse en realidad. Antes que amanezca, antes que sea tarde y no resulte la belleza, el artista debe iluminarse e iluminarnos.

Elogio de la desobediencia

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La obediencia nunca ha sido una virtud, aunque a veces se le conceda ese salvoconducto. A menudo se dice que el niño es obediente, tranquilo, que no hace nada, que no se mueve del sitio en que lo dejan. El deseo de que los demás se comporten de manera predecible y de acuerdo con un lineamiento específico prefijado, lleva a que los gobiernos fabriquen personas obedientes. En la Alemania de Hitler nunca hizo falta coaccionar al pueblo, pues la mayoría apoyaba la dictadura. Cuando el caudillo nazi desbancó al viejo militar Von Hinderburg del puesto ejecutivo y disolvió el parlamento, las calles se llenaron del jubileo propio de quienes aman las cadenas. Ya en 1933 el ascenso de la nefasta ideología fascista a la cima de la necrosada República de Weimar ocurrió por la vía democrática, electoral. El alemán era un pueblo obediente, y pagó el precio, pues hoy aún no sabemos cuánto de odio y maldad engendró ese momento oscuro entre 1933 y 1945 en la historia del hombre.
Las libertades civiles, la democracia, las instituciones liberales que habían surgido a lo largo de todo el siglo XIX y que eran hijas de la Ilustración y la Revolución Francesa, fueron meros juguetes en las manos de los desobedientes dictadores de las potencias agresoras. Sólo la concertación de enormes fuerzas pudo rescatar a la humanidad de aquel sueño de la razón, que produjo tantos monstruos (me viene a la mente que durante los juicios de Nuremberg, los fiscales sintieron que, al tratar con los criminales de guerra nazis, lo hacían como con otra raza inhumana de seres). La obediencia, el sueño de la razón, produce monstruos. Porque el camino del hombre ha sido desde la oscuridad, hasta la luz, y todo retroceso no hace sino generar más oscuridad que nunca (los propios nazis, para legitimarse, acudieron a un inexplicable misticismo germano que mezclaba la brujería, el satanismo, la recurrencia a las tribus arianas y la mitología escandinava). Hoy existe entre nosotros una tendencia de ese tino retrógrado, que nos impele a la obediencia y el silencio, so pena de ser recriminados.
No exagero cuando digo que en todos los espacios donde antes, hasta hace poco, me permitían explayarme con amplitud y transparencia, hallo el escepticismo de unos y el miedo de otros, pero sobre todo la mayoritaria obediencia. Para mí está claro que ser obediente no es una virtud, al contrario ello genera una lentitud en las fuerzas del progreso que pudiera derivar en estupidez. Además, detrás de todo censor, suele ocultarse el interés espurio del burócrata que aspira a dejarnos un laxo letargo clasista, que lo favorezca en sus ambiciones individuales.
Hallo obediencia por ejemplo, en la prensa, donde sigo esperando los temas críticos siempre preteridos. En la sección “Acuse de Recibo” de uno de nuestros diarios nacionales, un periodista intenta darle curso a algunas de las inquietudes más irreverentes de nuestro país, pero me alarma el bajo apoyo institucional que recibe como respuesta dicha sección, sobre todo si tenemos en cuenta que es de los pocos espacios nacionales destinados específicamente a ese tipo de funciones. Vaya, que la obediencia, de parte de los que debieran ser desobedientes, es el colmo de la obediencia. Otras veces termino preguntándome cuántas cartas se dejan de publicar, por hache o por be, en estas secciones críticas, desobedientes, por así llamarlas. Está claro que en periodismo, la obediencia es vergonzosa, peor aún si es evidente.
Pero obedecer tampoco es una virtud cuando en una reunión nos callamos la boca, porque total, ojalá que esto se acabe enseguida, o si en un programa de radio oímos que el conductor manipula el hilo del diálogo fuera de temas espinosos. Ni obedecer es bueno cuando alguien nos compele a la unanimidad en un voto fácil, que nunca se sabe a qué o a quiénes favorece. Por ejemplo, hace unos años trabajaba yo en una emisora de radio territorial, y al ver la mala calidad de los supuestos arreglos de la calle principal de mi pueblo comencé las denuncias periodísticas. Hubo quien se sorprendió de ese y otros trabajos de corte crítico, sobre todo porque a mí nadie me “mandaba” a hacerlos, también recuerdo cómo en la reunión de rendición de cuenta le pedí cuentas (valga la redundancia) a la presidenta del gobierno, por la mala gestión de los trabajos en la calle y allí las crispaciones, el miedo, la sorpresa del obediente me acompañó. Yo sabía que, aunque minoría, estuve exigiendo el derecho de todos.
Es peligroso ser obediente, porque en términos individuales deshumaniza y en lo social retrasa la comprensión y el diálogo, la obediencia es un manto de falsedad que cubre los problemas de hoy y calla a los díscolos que se multiplicarán mañana más que los panes y los peces, sí, ser obediente es cuanto menos un pecado político. Obtener favores, prebendas, poderes, a cambio de asentir, no edifica ni exige superación, sino que llama a la mediocridad y la corona con un éxito inmerecido. Este país necesita una lección de desobediencia, que no significa caos, sino pensamiento, razón, luz, sí, esos elementos de la cultura universal que desde 1789 impiden o retardan la producción de monstruos. Francisco de Goya lo dibujó en uno de sus obras más impresionantes, donde un hombre dormido se debate entre una manada de seres alados. El sueño, en dicho cuadro, representa la forma más elemental e inevitable de obediencia, el estado en que el hombre anda como un esclavo entre sus propios miedos, encadenado.
Hoy todavía se critica a los padres fundadores de la independencia cubana porque “gastaron tiempo” discutiendo su República en una cámara de representantes. Los cultores del ordeno y mando muestran su asco asqueante ante la grandeza de aquellos hombres que, teniendo todo para ser déspotas, prefirieron la virtud de la democracia más actualizada para sus tiempos. Los historiadores del ahora que miran hacia el pasado con ira y con un catalejo distorsionado, juzgan mal a aquellos que entendieron los peligros de un mando unificado. América ya era en 1868 el continente de las naciones inestables donde el ciclo militares-dictaduras comenzaba su constante de Sísifo, y Cuba miraba con luz larga. Aún así, los cultores de la obediencia enseñan en los colegios que fue desfavorable aquella cámara, que desunió, que detuvo, que era un lastre (todo ello sobrellevable si era en nombre de los derechos más genuinos). Esos cultores incultos que aborrecen el poder civil compartido, olvidan que el militarismo es el padre de todos los autoritarismos. Cierto que Martí en 1895 unificó los mandos, pero recuérdese que se esperaba una guerra rápida, necesaria, con un partido útil nada más en función de la contienda; o sea que la obediencia no sólo era transitoria, sino (en la lógica martiana) efímera, inexistente.
Ni Gandhi, ni Thoreau, ni el Dr. King Jr., eran seres deleznables, ni quisieron lo peor para sus tierras, no representaban el caos ni la ira. Los aportes de todos estuvieron en consonancia con sus culturas y a la vez trascendieron en la esfera pública como referentes de una verdad casi incontestable: la desobediencia es un derecho. Hace unos años por ejemplo, un profesor de historia de la universidad casi me traga (la expresión es cubanísima) cuando le menciono en clase la importancia del método no violento en la independencia de la India. No sé si era miedo, estupidez o abuso de poder académico, sólo entiendo que era el obediente pidiendo obediencia y predicando a favor de la obediencia histórica. La imagen de dicho profesor, vestido de colonialista y apresando indios no me resultó entonces tan descabellada. Muchas veces hay que desobedecer y hacerlo de la mejor manera, de la más decente, pues en ello va una lección de valores ante aquel o aquellos que nos compelen a una obediencia ciega.
Es peligroso ser obediente, ojalá la advertencia sea bien recibida.

Discontinuidad de los parques y las calles

 

kcho“¿Asere, tú no trabajabas en la televisión?”, y el hombre se iba riendo por toda la guagua, mientras el actor, otrora estrella de la sonada serie “Día y noche”, buscaba un hueco en aquel transporte hirviente, especie de dragón articulado que rompe las tuberías y orada el asfalto y genera crisis y quejas miles a la empresa de acueducto y alcantarillado de La Habana.
El subdesarrollo consiste en no tener continuidad, como diría un amigo, nada se mueve, nada es completo, nada dura, lo que hoy parece pétreo mañana se difumina en el aire, en el tercer mundo no hay stars systems que rescaten a estos actores fracasados y los rodeen de un halo de místico encanto de derrota.
La imagen de Sergio, protagonista de la película “Memorias del subdesarrollo”, caminando por una capital que él califica como “Tegucigalpa del Caribe” o pueblo de campo, ilustra un sentimiento de frustrado empeño, de energías perdidas. Todo es un esfuerzo perenne, una lucha sin armas, sin término visible, un desgaste que te quiebra y encierra, donde todo está indefinido y pareciera definido, donde todo parece al alcance y todo está muy lejos.
“¿Asere ñoooo, jajajaja”, la risa del hombre burlón se me queda clavada en los oídos, me saca la lástima y me deja el dolor, me desata las ganas de escribir, de redimirme en ese fracaso, en esa imagen articulada del dragón que nos traga y nos derrite en pleno calor habanero, en pleno subdesarrollo.
Ha sucedido con muchos, hay historias que saltan lo mismo a las doce del día en un transporte público que en un pueblo de campo, que en un campo sin arar y lleno de marabú. Hoy me topé por ejemplo con un escritor de Yaguajay, en plena calle 3ra, Vedado, un escritor yaguajayense en la Habana en pleno mediodía, el sol rajando la piedra de nuestros cráneos, un escritor que seguro venía de visitar a otros escritores o artistas, con los mismos bolsos entretejidos y la cara triste y sudada, un escritor que apenas puede darle continuidad a su voz poética o narrativa. En el subdesarrollo los escritores pueden no tener continuidad o no continuar su obra, pueden incluso tener voz poética y quedarse mudos, dejar que el sudor hable por ellos.
Un escritor en Cuba era ya algo raro desde la República, cuando ser escritor y héroe de la guerra independentista dejó de estar de moda, dejó de ser cool, cuando los hombres ilustres pasaron a ser generales y doctores. Entonces un escritor no servía de nada, no era útil para domeñar y sembrar servilismo. En este sitio de calores y definiciones perennes, sitio que no sólo es geográfico sino temporal, los escritores tampoco son héroes, sino pajarillos, de país de generales y doctores pasamos a ser un reparto, un barrio de aseres y negociantes.
Ya lo dijo Virgilio Piñera alguna noche, en medio de esa necesidad que tuvo siempre de que lo quisieran: “tengo miedo”.
Un escritor, un actor, son dos pajarillos raros en una Cuba a las doce del día, en medio del calor sin aires acondicionados, en medio del transporte público o de la calle 3ra. Extraños en el paraíso nunca como ahora, nos sentimos extraños, tan extraños.
Aquel que vive al margen, vive más apegado a la verdad, aquel que no sueña, no piensa, no hace. La verdad se vuelve sopor, se vuelve invierno vaporoso, poros que se agrandan y se queman, que sufren fragmentación del pensamiento y la sensibilidad.
Verdad es un concepto definido al que no agregamos nada, es una pizza sin nada que compramos hace tiempo, cuando no se inventaba el queso y la salsa de tomate, es una empanada frita con manteca de rinocerontes, es un pellejo de carnero secado al sol. Verdad ha dejado de ser un concepto para ser el Concepto, el sancta sanctórum de los conceptos, nos conceptualiza, en el tercer mundo los conceptos tampoco tienen continuidad, el tercer mundo no es hegeliano, no se practica la dialéctica sino la escolástica playera.
En la filosofía del subdesarrollo todo viene de afuera, hay que esperar siempre por ese afuera que nos salva o nos condena o nos salva y nos condena. El actor, el escritor, esperan por un afuera aún, un afuera que les diga quiénes son, qué valen, un afuera que refute al adentro, a la voz burlona del transporte público, del sol en la calle 3ra, un afuera que legitime, que dé conceptos, que reevalúe, que traiga el queso para pizza, la salsa, el aderezo.
Cuba sigue siendo la isla de Calvert Casey, la isla del eterno retorno, de la evocación, cada quien se evoca una isla.
Lezama se inventó una fábula deforme, más que fábula fabulación, Virgilio inventó una maldición, Heredia inventó un alejamiento, Martí inventó una inspiración, Padilla inventó un desencanto, Padura inventó un crimen, Kcho inventó una mole de hierro.
Los inventores de cosas son sólo eso, inventores, no podrían ser filósofos, la filosofía requiere de lo continuo, de la continuidad de los parques y las calles, Cortázar sólo podría concebir su “Rayuela” en París, jamás en Centro Habana o en Pogoloti.
Cuba tiene escritura, no filosofía.
Una Rayuela en Pogoloti sería un montón de chismes, un montón de olvidos, un montón simplemente.
Una Cuba sin subdesarrollo sería algo así como un Kcho, pero sin óxidos, sin botes, sin trazados secundarios, sin tramas, sin sospechas, sin Kcho, una Cuba donde los actores no sean temerosos viejos en busca de un asiento en un transporte público estaría inscrita en el Guinnes de la historia, habría reinventado la dialéctica, habría revirado la historia, habría reevaluado su discontinuidad.
Una Cuba con Rayuela cortazariana sería algo así como el maremoto que barrió con los aseres, los negociantes, algo así como el ángel exterminador que marcó la puerta de la desidia, algo así como un Kcho que dibuje retratos renacentistas, algo así como un Kcho decidido a hacer, a hacernos a todos su obra, a desechar este presente en alguna instalación, a reírse sanamente de este dolor que se nos clava, a esta espina que es la historia.

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

Los periodistas salvajes

img.rtve.esUna señora me llama desde su apartamento, dice que se filtra el agua, que los vecinos compraron a los abogados, que necesita mi ayuda. Otro, aburrido, sólo hizo repetir por teléfono noticias del periódico y contar de su paso por obras constructivas “de choque”. Quieren sugerir temas periodísticos; como aquella mujer quejosa de su marido abusador. Yo tuve la culpa, al sacar al aire un comentario donde daba a entender la vaciedad de mi mente, y la voluntad de escribir sobre elementos reales, entretenidos.
La verdad, ninguno de los que llamaron tienen talento como periodistas. Los temas resultan intratables, debido a su escaso nivel de justificación social (nosotros trabajamos sobre la base de lo concreto, pero generalizado, no se debe particularizar demasiado cada labor); o al talante detectivesco y panfletario de las situaciones. Imaginen por un instante que yo haga caso a todas las llamadas, y vaya de figurín detrás de cada historia tejida por aburridos oyentes, desde sus poncheras de bicicleta. Ahora apretemos un poquito más las neuronas: muchas de las cosas concebidas por ellos, tendrían que ser necesariamente mentiras, incluso gigantescas barrabasadas. Tengan ahora la peregrina imagen mental de un tipo como yo corriendo detrás de monstruos abusadores, nuevos destripadores Jack, sombras alienígenas que salen de los closets, dinosaurios que aparecen y desaparecen en medio de una concurrida calle.
Ojalá tal cosa fuera posible, sí ojalá. No sólo habría fundado yo una forma nueva de periodismo, sino incluso otro mundo; con diferentes niveles de asombro. Una era donde cualquier secreto confesado por teléfono a un periodista, por muy disparate que sea, se vuelve real. Ya puedo ver las librerías y los cines en la quiebra, y a nosotros, los comunicadores, con grandes capas de Superman, surcando los cielos de la noticia. A la caza de algún tiburón con alas. No sé cómo llamarle a esa nueva especie de profesionales; pero me viene a la mente “los periodistas salvajes”, algo así como una onda Cocodrilo Dundee o Indiana Jones.
Pero no, aquí no hay crónica salvaje ni roja, ni escaparate que se le parezca. La realidad nos constriñe a los hechos, y a veces a lo imaginario, pero a un sector demasiado demodés del asunto. ¿Se imaginan que en medio de un superataque de clarias inteligentes yo me meta dentro de una caseta de teléfono y tenga la facultad de salir hecho un fenómeno de la naturaleza, con pectorales a lo Silvestre Stallone? ¡Eso sí que sería periodismo, cará! (¿de dónde habré sacado ese apócope de “cará” que me suena a olla de presión a punto de estallar?).
Lo cierto o lo incierto del trabajo de un periodista está en su mente, todos sabemos que una misma información puede abordarse desde puntos contrapuestos y servir con uno y otro fin. Ello responde al carácter activo tanto del emisor del mensaje, como del receptor. O sea el concepto de “obra abierta” que tantos dividendos aportara a la literatura moderna. El talante doctrinario, cerrado, constreñido a un solo significado, resulta demasiado infantil y poco efectivo. Mejor es vender la idea trasmutada en elección de ideas, o sea envuelta en una amalgama de apreciaciones, donde la mano del dogmático jamás pueda verse. No digo yo si necesitamos de esos “periodistas salvajes”.
Sea como sea, no sé volar con una capa, ni tengo fuerza de voluntad para alcanzar el volumen muscular de un fisiculturista. Las casetas de teléfono son cosa de Inglaterra (ya saben, esas que son cerradas y que Harry Potter usa para visitar a su amigo Ronald Weasley); o de Nueva York. Aquí un periodista salvaje tendría que meterse dentro de un quiosco de cuentapropista o detrás de una tendedera con percha traída de Ecuador. La tela, no sé si alcanzaría para tantas capas, lo más seguro es que el metro llegue a través de asignaciones directas de la UPEC; con la demora correspondiente, previa priorización de los cuadros.
En fin, no sé cómo sería el lío de los periodistas salvajes. Además, perdí el hilo de esta crónica y he concluido hablando sandeces. Y me niego a abundar sobre lo más importante: el salario de esos profesionales superhéroes. Aunque supongo que al igual que Batman y Robin, dispondrían de todas las comodidades: un batimóvil, la mansión correspondiente, una identidad falsa y alguna fortuna a lo Diego de la Vega que permita esconder los rastros de las identidades heroicas, tras los rasgos adecentados de un burgués. Ser un periodista salvaje de todas maneras, resultaría peligroso; ni el mayor reconocimiento, ni la fortuna de Marlon Brando pagarían tal esfuerzo. Yo por si acaso desconecto el teléfono y hago caso omiso a las llamadas insistentes y siniestras de la gente, que cada día me oye a través de la radio, desde plácidas poncheras de bicicleta.

 

Las islas también se escuchan

Cae la tarde sobre la Polivalente, el parque de los ensayos

Fotos: Yánder Zamora

La Habana es una isla dentro de la isla, una capital repleta de islotes donde el color verde, el mar y la música se muestran atrevidos, melancólicos. Las trompetas, los saxofones, los timbales, las tumbadoras llenan las mañanas, las tardes y las noches. Los instrumentistas se transforman en seres resistentes a la lluvia, al frío, al sol ardiente de las doce del día, a la soledad.
Un parque aledaño a la Sala Polivalente Ramón Fonst se convierte, cada tarde y hasta entrada la noche, en uno de los islotes mágicos de la Habana
Sonidos que expresan el alma de islas individuales cuyas historias son sueños dignos de contarse. Sueños que a veces se vuelven reales y otras tantas quedan entre las sombras de los árboles del parque, cobijados a la espera del próximo saxo, del acorde exacto que recomponga los hilos dispersos de la suerte.
Los sonidos se funden en esa amalgama de suerte y desdicha, de virtuosismo y aprendizaje, de vida y desilusiones.

Pedro Pablo Hernández, conocido como Campeón, ensaya en la Polivalente desde 1982
Él por ejemplo se nombra Pedro Pablo Hernández, pero prefiere llamarse Campeón y desde 1982 viene a la Polivalente para ensayar. Se define como amante de la vida, religioso yoruba y consagrado al estudio de su instrumento: la trompeta. Usa un sombrero blanco, me mira y me sicoanaliza, lee mi carta de la suerte. Dice que soy hijo legítimo de Babalú, de Oshún, algo le habla desde el Más Allá. Quizás por eso no se cansa de la música, porque le ve el lado mágico.
– Yo soy el tesorero de mi edificio y todo el mundo me quiere, pero por eso mismo no debo molestar con los ensayos. Como mucha gente, todos los días me traslado hasta aquí.
Campeón aún no logra el sueño de todo músico: viajar, la fama, grabaciones, conciertos en grandes escenarios. Toca para la Unión Latina, una agrupación habitual en bares nocturnos. Sin embargo, hay en él una determinación innata que aviva sus esperanzas.
-Nací en una tabla de planchar en el año 60, me cortaron el cordón umbilical con un hilo de coser y siendo un bebé me tomé un pomo de anís estrellado. Nunca me enfermo, siempre sobrevivo todas las crisis, algún día se me abrirán las puertas.
Viene porque la ciudad carece de un salón de ensayos, porque el deterioro de las casas de cultura dificulta un espacio fijo con ese fin. Viene además porque la Polivalente es una hermandad, la unión de intereses, la isla dentro de la isla.

Campeón además practica la religión yorubá, cree en la magia de la música
-A esto le decimos la Escuela de los Trompetas –aclara Rolando Llerena Espinosa– aquí estudiaron grandes maestros, como Nilo Valles, uno se nutre también con las conversaciones.
Llerena no tiene reparos en recorrer 9 kilómetros hasta la Polivalente varias veces a la semana, aunque sabe que el sitio se torna hostil cuando cae la tarde.
-Se han dado asaltos aquí cerca contra los músicos, pero vale la pena venir. En Guanabacoa me menosprecian, creen que no tengo futuro, que pierdo el tiempo, allí molestan mis ensayos.
Es que el sitio es inclusivo, lo frecuentan consagrados y noveles, casi siempre prima la camaradería, el trago de ron, la descarga.
-Nosotros nos pasamos técnicas para ensayar que bajamos de internet, nos criticamos de forma constructiva, hasta intercambiamos contratos de trabajo en los centros nocturnos –agrega el joven Damián Leal, quien toca en la Banda Municipal de Guanabacoa.

Damián Leal, Luis Hernando Chávez y el mexicano Alfredo Ibáñez ya son amigos inseparables (nombres de izuierda a derecha).
-Pasé por el lugar y me llamó la atención la fraternidad, así que vine a hacer amigos, sólo toco la trompeta por hobby, estudio derecho, la música cubana y el jazz me llenan el corazón –Alfredo Ibáñez es un mexicano de 38 años quien además se muestra impresionado por la calidad acústica del lugar, por los enterramientos religiosos tan abundantes, por la magia que se hace sentir.
Hacer amigos es un privilegio, este es un lugar salvador también para jóvenes como Luis Hernando Chávez Piloto, de 21 años, trompetista de la orquesta de Pablo FG. Aquí encontró su destino, los amigos, el amor.
-No soy graduado de música porque en séptimo grado una profesora se encarnó en mí y perdí la escuela. Mi padre se sintió muy triste, se esforzó desde entonces trabajando en el campo por 30 pesos al día, para pagarme las clases de solfeo. Una vez estaba ensayando en el patio de mi casa y por una denuncia de los vecinos acabé en la estación con un acta levantada, supe que debía buscar mi espacio y apareció la Polivalente. Soy de la provincia de Mayabeque, aquí empecé viviendo en la calle 23 en una casa prestada y ahora estoy con mi novia en Reina, muy cerca del parque de la Fonst. Todo lo que logré se lo debo a mi padre y a este sitio, con el que tengo un vínculo fuerte.

Luis Hernándo, a la derecha, narra cómo se hizo músico gracias al esfuerzo de su padre
Piloto le da gracias a Dios porque todo le fue bien con la trompeta, mientras proyecta el sonido de su instrumento contra las alejadas paredes de la Terminal de Ómnibus Nacionales. Dice que el lugar parece una explanada de conciertos, que la acústica es espectacular, pero igual reclama unas luces para el sitio.

Luis Herndando Chávez Piloto y Damián Leal ensayan la misma pieza, para mejorar sus destrezas técnicas, nombres de izquierda a derecha
Las sombras de los árboles se mueven en medio de la isla de los instrumentos, la fraternidad trasciende las suertes individuales y la música es un ser colectivo que nos cobija. Me quedo entre ellos, una botella de ron va y viene, yo me siento un artista más.
Las sombras, por un instante, ceden ante la luz de la tarde-noche.
Un grupo de curiosos se detiene a escuchar la descarga de jazz improvisada, alguien recuerda a los “polivarenteros” que ya no están, porque fueron a otras islas y continentes.
Al regresar a la redacción entro a las redes sociales, pido unirme a un grupo: Polivarenteros en Facebook.
Yo sólo soy periodista, no toco ningún instrumento y ya me siento parte de algo más grande.

Los sonidos de los trompetistas llenan la tarde habanera

(publicado originamente en OnCuba)

El provincianismo está en cualquier parte

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Foto Marius Jovaisa

Este es un texto que publiqué en mi primer blog allá por el año 2012, ya ha llovido y las suertes cambiaron… aquel mal siguió vigente, para otros.

“Es un desperdicio de talento”, así definió una amiga mi trabajo en este blog, pues según ella poca o ninguna salida tiene una página escrita desde un pueblito de provincia, por un periodista desconocido. “Sal de ese campo o serás un viejo barrigón y solitario, con la casa llena de perros”, sentenciaba, tranquilamente, como una profetiza. Confieso que la imagen me aterrorizó, de pronto vino a mi mente un tipo gordo, calvo, sin nombre, alimentando a los perros callejeros. En fin, una locura de decadencia.
En momentos en que me siento aislado de todo, con el alma solitaria, tales palabras pueden hacerme mucho daño o beneficiarme. Hace poco leía un artículo de un periodista cubano sobre los defectos de nuestra carrera. Decía que uno llega a este negocio esperanzado por acceder a la cultura, por viajar, intercambiar, conocer. Sin embargo, según pasa el tiempo, quienes nos rezagamos en medios municipales nos vamos anquilosando, entre reuniones, actos, coberturas sin interés. Mi amiga no está del todo desacertada: un blog, escrito desde un lugar donde nada pasa, es casi un acto de heroísmo o cuanto menos una especie de harakiri.
Pero salir de este campo no resulta tan fácil, por muchas razones. En particular porque en todo país existe una élite cultural, altamente competitiva, donde el talento no siempre es bienvenido. En las pocas ocasiones que tuve contacto con elementos de esa “cumbre”, percibí tal malsanidad. Poseo amigos que están en la capital, que a pesar de su brillantez, vegetan en anodinas redacciones, sin llevar a cabo el reportaje de sus sueños. Así que no es tan fácil, amiga mía.
De todas maneras la imagen de los perros me aterra.
Pero, en la escala de nuestras ambiciones periodísticas, un medio de municipio es la última carta de la baraja. Recuerdo que no fueron pocos quienes en quinto año de la carrera se burlaron de mi ubicación. Incluso la decana, en el momento de informarme sobre el particular, puso cara de lástima: “vas para Radio Caibarién, ¿estás de acuerdo?” a lo que yo respondí con un resignado y tímido “sí”.
No es que yo me crea merecedor de nada, aprecio la buena acogida que me han dado en este lugar, donde hay personas maravillosas y otras no tanto, como en todos los medios de prensa. Además, he tenido el espacio y la libertad para trabajar que quizás nadie de mi curso haya disfrutado en estaciones y periódicos nacionales y provinciales. Aún así, cuando los encuentro en el chat de faceboock, ellos me preguntan: “pero… ¿de verdad te sientes bien allí?” Y se quedan como atónitos cuando les doy un sincero y escueto “sí”.
Las élites nunca me interesaron, siempre me llamó más la atención integrar la contrapartida de las cosas, ser de alguna manera el contrapoder. Porque la mediocridad y el talento son los mismos aquí, que en La Habana. Esa cumbre de intelectuales, que viene a veces a nuestros pueblos a hacer sus estudios folclóricos y a decir frases de colonizador, demuestra con su accionar y palabras que “la capital es Cuba y lo demás áreas verdes”.
Viejo dicho que tiende a magnificar la importancia de un espacio geográfico sin dudas privilegiado, donde la cultura se concentra en pocas manos, mientras muchos vegetamos en provincia. Un periodista residente en la capital, hace unos meses me decía que acá teníamos veinte años de atraso, lo cual me pareció una visión exagerada del asunto. Estas perspectivas tienden a reforzar el complejo de inferioridad de las provincias, y con ello la tendencia a la automarginación que tanto florece en los pueblos de Cuba, donde poco o nada sucede.
Si nosotros mismos asumimos pasivamente el mensaje hegemónico de La Habana como centro y el resto como periferia, difícilmente saldremos de la actual situación de aislamiento. Porque el provincianismo, más que una fatalidad geográfica, es un estado del espíritu. Y las élites capitalinas, con su discurso gastado, tienden a reproducir fenómenos del pasado colonial que bien poco se avienen con el modelo de desarrollo equilibrado y sustentable a que debemos aspirar en el siglo XXI.
Pienso que es necesidad de cada cual trabajar de manera óptima, esté en el sitio que esté. Llevar al máximo nuestras capacidades y continuar cultivando el intelecto. Lo contrario sí que sería un verdadero harakiri. Asumir el modelo centro-periferia como parte incurable de la vida en provincia, no sólo nos daña, sino que recrea un ambiente de decadencia y dejadez, ahoga cualquier intento aislado por insertar un poco de cultura y pensamiento crítico en el seno de estos pueblitos.
Por ejemplo, me viene a la mente la imagen de Caturla, aislado en su San Juan de los Remedios, a inicios del siglo XX. Nunca mejor usados estos calificativos, para definir la situación de un artista de la vanguardia universal, cuya magna obra fuera abucheada por la mediocre chusma de aquellos tiempos, durante una presentación en el entonces Teatro Miguel Brú. De no ser por su origen burgués, por su carrera de abogado, por su contacto con la Revista de Avance y el Grupo Minorista, dudo mucho que el talento del músico se hubiese desarrollado. Todavía hoy existen remedianos que recuerdan más a Caturla por sus esposas negras que por sus aportes como artista o jurídico.
Y es que en la etapa republicana se consolidó el modelo centro-periferia al interior de Cuba, mal que aún no logramos extirpar. Remedios, ciudad vieja y decadente, municipio despojado de toda importancia, dormitaba en los brazos de una pequeña burguesía, que tampoco era tomada en serio por los dueños económicos del país. Sin puerto, ni grandes riquezas, el pueblo de Caturla se automarginaba y poco podría entender de la genialidad de ese hijo díscolo, que componía locas piezas hasta bien tarde en la noche.
Pero contra ese espíritu provinciano luchan los buenos de alma, para llevar lo mejor del pensamiento y el arte a su lugar de origen y prender la llama de la creatividad. A los que vivimos en latitudes no capitalinas nos acecha el sucedáneo, lo banal que invade incluso y sobre todo los espacios oficiales, donde debería promoverse la verdadera creación. Así, una semana de la cultura es interpretada como un jubileo reguetonesco, donde prima la tarima de altavoces, el alcohol de timbiriche y a lo sumo una presentación de la Original de Manzanillo con los temas de siempre.
No quiero pecar de extremista con tales criterios. Vayan a San Juan de los Remedios, ciudad con casi quinientos años de fundada, de una historia ancestral y valiosa, legendaria…. La semana de la cultura en dicho pueblo sin embargo no expresa la riqueza y la importancia de nuestro pasado, ni mucho menos lo que hoy se puede hacer para retomar y vitalizar ese espíritu único, sin dudas de privilegio. Entre las ocho primeras villas fundadas por los españoles en Cuba, Remedios es y será por el momento la última, en todo el sentido de la palabra.
Quizás a ese provincianismo se refería mi amiga, cuando trajo a mi mente la imagen de un viejo gordo y olvidado, con la casa llena de perros. Por suerte, sé que más que una fatalidad geográfica, ese estado pertenece a una dimensión espiritual decadente. Todos en alguna medida han sufrido el provincianismo, en La Habana, en Londres, en París, en Buenos Aires…en Remedios, en Zulueta, en Camajuaní, en Sagua la Grande; pero sólo unos pocos supieron elevarse. Y punto final, no quiero seguir dilatando este post, después de todo ustedes coincidirán en que el talento y la mediocridad florecen en cualquier sitio.

Portada

Dibujo

Hoy fui portada, hace tres años salí del aula con los ojos oscuros y un amigo renegó de mí.
(Dije entonces que el decir por parco entrañaba su opuesto, en una búsqueda de oquedades que otros llaman periodismo).
Uno no se hace escribiendo, uno viene ya hecho y en el camino se muestra el desasimiento (ora parco ora inmenso). Escribir sólo caricaturiza, aleja, distorsiona y coloca en medio el cristal que nada muestra.
Hace tres años y un poco cuando salía de la universidad choqué con mi vecino de literas, hoy existe un agujero más ancho y ese choque se dará sólo en el plano del anhelo o lo metafísico.
Él me decía de las distancias, guardaba inmensas mediciones en sus bolsillos, tenía mapas en las paredes de su casa, cartas que supuestamente alguien le escribía desde muy lejos, respuestas suyas a esas cartas donde él narraba otros supuestos viajes y destinos. Globos terráqueos, libros de inventados Marco Polos, bitácoras de judíos errantes (mi amigo creía en la distancia como entelequia).
Lo dejé en aquel choque, cuando renegó de mí e inicié el camino del sonido en medio de silencios constantes. La radio bien merece la misa del graduado, cuando no hay dónde verter letras.
Pensé en Lezama, sentado a la puerta de su casa, con una reja de palos que separaba la casa de la acera mundanal. En Lezama que tanta distancia metaforizó en el espaldar de pajilla.
Lezama que tanto viajó sin moverse.
Pensé en Lezama y amoldé mis labios al micrófono, le extraje jugos, me embebí en sus ondas, fui parte y contraparte.
Hace tres años y algo que no veo a mi amigo y ya la distancia es una teoría que recojo del suelo, la esparzo por toda la casa. Mis ojos oscuros se me meten en la sábana y yo los atrapo y les muestro la portada, como si el tiempo fuese un enano de juguete.
Recuerdo el balcón de la Vocacional, la soledad, el olor a panes que se podrían en los aleros, la gente sin comprenderse, una edad donde se muestra lo mejor y lo peor, mi amigo pensando en distancias.
La portada está ahí, no sé si es un buen o mal augurio, un final o una ganancia, está ahí y sólo Dios sabe que detrás hay distancias y discusiones de examigos, balcones y panes.
El tiempo ha pasado desde la Vocacional, desde el micrófono, desde el tropezón a la salida universitaria.
Yo me vuelvo viejo ante la portada nueva, la tinta se me destiñe cuando la veo al otro lado del cuarto, con las sábanas regadas y los fluidos de la noche palpitantes.
No estoy adaptado a los comienzos y los tropezones, a las portadas y las distancias metafóricas.
Mi examigo diría como siempre que soy flojo.
A veces le creo a mi examigo, a veces creo en aquel balcón y los panes, a veces no creo en nada, sólo el silencio me vacía.
(La muerte es un bicho cabalgante en esos casos, pienso en Lezama)
El espaldar de pajilla está hundido, como si alguien descansara, ese hundimiento simula la forma de un reloj, la informe senectud del tiempo distante, la distancia metafórica, la esencia concreta de los viajes. Es un espaldar con mi rostro humeante.
Un rostro sin ojos, para no verme en la portada.