Un hombre solo en una esquina

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Foto: Bernardo Salazar

Un hombre tiene cara de haberse quedado solo, como yo. Parece estar en una esquina de cualquier ciudad (eso no es importante). Lo veo levantarse, ir unos pasos, asomarse. Nada espera, el aliento se le deshace, la vida ha dejado de ser.
Cuando pequeño creí en la bondad de la gente, de verdad. Luego aquella candidez se emborronó, los intereses fueron conformando el rostro macabro de los demás y mi timidez fue un asunto no solo redundante sino definitivo.
Así nos ha pasado a todos los hombres solos, empezamos un día a quedarnos aparte y después viene lo cotidiano, esa eternidad igual, monótona, donde se rubrican las firmas más fatales.
Un hombre en una esquina parece quedarse solo, y yo me siento a su lado, le digo que no está solo, que se calme, pero no puedo estarme quieto yo mismo, me voy de un lado a otro.
Las soledades son incurables, injustas, duelen.
Sin embargo creo que no nací solo, tengo casi la certeza de que en mi venida hubo una especie de doble encantador, alguien invisible, pero ese hermano ha dejado de ser con el paso de los años.
He asistido a la muerte prolongada de mi felicidad.
Lo peor es que a nadie le interesó nunca eso, desde el principio.
Y ya a mí deja de interesarme, estoy asistiendo a mi propia muerte.
Lentamente la figura del hombre solo dobla la esquina, lo veo emborronarse, volverse polvo, volverse tarde.

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