La luchita

resized_la_lucha
No coger lucha, dejar que sean los demás los que vayan a la cola del pan a clamar por la mala calidad de la harina o la carencia de levadura. No levantar mi voz para exigir lo mismo ni caer en la nimiedad de una queja que será solventada mediante mecanismos vencidos; tal es mi proceder cuando la realidad muestra las habituales carencias. Pero la mayoría de los cubanos sí cogen lucha, alzan su derecho, se montan en la bicicleta y montean su yuca, como buenos taínos, o se van a las empresas a emplazar una y mil veces a los directivos corruptos.
La lucha es el deporte nacional, se practica a través de enrevesadas técnicas de combate, desde el grito en una cola hasta pasarle por debajo un soborno a cualquier encargado, pareciera no haber reglas o que las reglas son tan duras que nadie las conoce ni las domina a derechas. Desde que abres los ojos estás delante de esa realidad que te pide sumarte a la lucha, ir hacia enconadas peleas en el transporte público y luego estar ocho horas de trabajo en centros donde conviven las más variopintas visiones: vencedores, derrotistas, nihilistas diletantes, bongoseros de la nada. Puedes pasarte el día sentado y sin hablar y, sin embargo, estar librando el más brutal de los combates.
La imagen más típica en estos tiempos es la del luchador, quien a diferencia de los yudocas o los profesionales del sumo, no tiene que mostrar gran musculatura o grosor corporal. La visión de este isleño es la de un señor de cierta edad, en bicicleta, con una lata con sancocho (comida para cerdos) o con cualquier alimento para él y su familia. Todo un poema que recorre las calles de cualquier pueblo cubano y que, casi siempre, asume la forma de algún pregón. Al final del día, el luchador no tiene casi nada, la mayor parte de las veces no le queda otra que volver al campo de batalla con o sin armas y sumarse a la improvisación, a lo cotidiano que se muestra impredecible, a una especie de histrionismo.
Cuba es una lucha perpetua, lucha por abrirse camino, por flotar, por hacerse de corcho y no perecer en el entuerto de la Historia y los bloqueos espirituales y del bolsillo. La lucha es la vida y viceversa. Pero en el temblor de lo tenso se pierden los años y el luchador envejece, pesan más en su bicicleta los plátanos maduros para el almuerzo que los conceptos, se difumina el horizonte de la victoria y el partido de lucha se hace interminable. El hombre en cambio se agota.
Hace algunos años era niño, no entendía de la lucha, pero intuí sus mecanismos y supe que o practicaba ese deporte o no vencería el torneo cubano. Un día salí junto a un amigo de mi padre y este comenzó a vender lo primero que tenía a la mano: una barra de dulce de guayaba y con aquel pregón salimos calle abajo y arriba, hasta que otro luchador vino y adquirió el producto. Hoy he sentido el impulso de luchar, de venderme, de vender lo que sea, pero no siempre se conocen las armas de la lucha, a veces uno no nace con los genes necesarios.
Descartes se queda corto ante la filosofía de cualquier luchador. Hace unas semanas, uno de ellos que vende chatarra en la feria me aconsejó que llenara mi refrigerador de comida y olvidara todo viso intelectual, que simplificara mis metas. Otro, quizás más académico, ha estudiado los proyectos de vida de los jóvenes y me aconseja los mismos recortes en una lógica que peca de neoliberal.
“No son tiempos de sueños, no está de moda la cultura”, me asegura un compositor local de música folclórica. Y en esa línea de no-pensamiento propia de la novela “1984” de George Orwell se sumergen quienes van hasta la bodega llamada “La estrella”, porque ya llegaron hasta allí los huevos. Curiosa metáfora que parece un chiste para cosmonautas de lo cotidiano, ascensión hacia el lejano limbo que nos introduce como campeones inconscientes del deporte nacional: la lucha. Ojalá algún día podamos descifrarle las reglas al juego.

(publicado originalmente en El Toque)
Anuncios

Crónica de una tarde escurridiza

Turismo, hoteles en remedios.jpg

tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

La crisis de los marxistas

marxismo

foto Claudia Aguilera

Tarde de clases en la universidad, un sol tenue ralla el suelo del aula y el aburrimiento y la pesadez de los chicos se hacían evidentes y terribles. Uno de ellos, quizás entre los más brillantes, me ha increpado sobre la esencia de la asignatura que imparto: filosofía marxista. Si le doy la razón y digo que el comunismo es una utopía inalcanzable, se reirán, ellos son estudiantes de ciencias exactas y aplicadas, prácticas. En tal fórmula encarno algo así como un escritor de ciencia ficción que no escribe, o un mago que imparte alguna religión increíble pero obligatoria para todos los que cursen estudios superiores. La escena deviene común, hay quien impone su autoritarismo de profesor y pasa por encima de cuestionamientos muy humanos, otros eluden responder. Se deja en entredicho al marxismo, se entredice que es una ciencia en crisis o una seudociencia. Los alumnos se van a sus cuartos sin motivación, sin que medie la metamorfosis del conocimiento, el instante en que aprendemos algo inigualable.
Pero en mi caso me siento tentado a responder, a decirles la distancia entre el socialismo real y la teoría marxista clásica, a proclamarles el carácter humano de esta ciencia que intenta como visión del mundo llevarles el fuego de Prometeo. Ellos hacen como que entienden, miran hacia mí con caras de hombres y mujeres que mañana serán marxistas y tendrán una concepción dialéctica y materialista de la historia, pero al darse vuelta los veo coquetear con los fetiches del momento, los oigo decir de las bondades de irse del país, de su desánimo ante el estudio de cualquier asignatura. La crisis que nos acompaña no es del marxismo, sino de los marxistas, no es de la ciencia sino de los hombres que la hacen, la divulgan o la estudian. En otras palabras, me pareció imposible taladrarles en ese momento aquellas ideas poco sanas pero lógicas, sentí la impotencia de mi labor, lo fútil decirles acerca de las leyes de la dialéctica, de las categorías.
Uno de esos estudiantes es además heladero los fines de semana, revisa constantemente su celular, tiene más economía que el resto de los muchachos. Ahora mismo funge como una especie de dios entre las chicas, de fetiche. Para él, el liberalismo norteamericano, el mercado, encarnan los santos griales del ahora, él repite constantemente que el hombre es egoísta, que cada quien debe luchar por su vida. A este le he puesto el mote de “Rey de la Selva”, y ellos, los estudiantes, se ríen de mi ironía que no entienden a cabalidad. No obstante, no dejo de explicarles que el marxismo no es una historia sobre fantasmas, sino la articulación científica de verdades que ya nos acompañan, la anticipación espiritual del cambio que pide la historia.
Hay una gran distancia entre el hombre y el conocimiento de su lugar en el universo, lo postmoderno tiende a ser omnipresente y a romper estructuras, el fin de las ideologías es tentador para el estudiante que intenta estudiar menos, estar a tono con la ley del mínimo esfuerzo. Aquella tarde de categorías y explicaciones, entendí además que ellos, mis muchachos, no tienen culpa de que el programa soslaye siglos de pensamiento anterior al marxismo, la gran historia del hombre y sus preguntas universales: quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Ellos no deben pagar por las ineficacias de un catálogo que además de las deudas, se concibe casi con una única finalidad ideológica que no cognoscitiva.
El “Rey de la Selva” se destacó por su eficaz verborrea, esa que usa para conquistar a las chicas, hizo hincapié en lo ficcional de mi asignatura. Intenté decirles que no se puede creer a pie juntillos en un capital que te vende la imagen del triunfo, pero te escamotea todo triunfo real. La ideología no funciona mecánicamente, es duro decirle a un estudiante, cuya vida gira en torno a un teléfono inteligente, que detrás de ese aparato hay indecibles historias de explotación, de seres que trabajan hasta 16 horas diarias y son sustituidos como objetos. El concepto del trabajo alienado, el fetichismo de las relaciones monetario-mercantiles, el aparataje del sistema capitalista que oculta lo que Marx describió a partir de su análisis sobre Inglaterra, el país imperial por excelencia de fines del siglo XIX. Inútil, parecía todo inútil.
Toda verdad chocaba contra la pesadez de los chicos, contra el horario que ya se tornaba infernal por lo tardío y el silencio que invade la facultad cuando todos salen de pase hacia sus casas. Pensé en el precio de las motorinas, en el hacinamiento del tren de transporte obrero, en las roturas de guaguas, en los diez pesos que cuesta un camión particular desde la universidad hasta mi hogar en Remedios. Me vi atrapado por la duda, por el espíritu de ellos mis estudiantes, sentí la angustia del hombre real, no dije más sobre el fetichismo, el Rey de la Selva se reía, di la clase por terminada.

(publicado originalmente en El Toque)

El sonido de Trump

nbc-fires-donald-trump-after-he-calls-mexicans-rapists-and-drug-runners

Grosero, impresentable, agresivo en sus posiciones políticas hacia las minorías y las demás naciones del orbe, el flamante nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump promete convertir su mandato en un circo. La elección tiene mucho que ver con la caída de un sistema bipartidista que ya no representa las aspiraciones del pueblo, fue como si el voto por Trump funcionara a la manera de un escupitajo sobre el rostro de la política tradicional, una especie de sabotaje, de gesto irreverente.
Y es que tras dos mandatos demócratas que no mandaron, o sea que tuvieron que vérselas con el inmovilismo del sistema, el votante optó por los outsiders ya fueran a la izquierda (Bernie Sanders) o la derecha (Tump). Da la impresión de que la gente buscaba la ruptura, la experimentación, la salida de un túnel sin luz. Pero la jugada de los asesores de campaña supo aprovechar ese filón débil de la política tradicional, y presentaron un candidato que, amén de sus desafueros, no tenía vínculos anteriores con el sistema gubernamental, un ser pragmático, un hombre de negocios, o en otras palabras, el tipo que sabe manejar la economía y ponerlo todo en orden. Tal fue el mensaje de la campaña republicana, “Hacer a América grande otra vez”.
En tanto, Hilary Clinton, experta en política tradicional, vieja figura de uno de los clanes de su país, con un alto perfil como integrante del primer mandato de Obama; reunía todas las condiciones para el continuismo. Sí, palabra esta última que quizás no le haga mucha gracia a un votante que ha visto al Congreso de su país cerrarse por colapso, que oye constantemente que Estados Unidos pierde terreno como líder económico y hegemónico, un votante que debe pagar cada día más por una vida más cara. Aunque Obama tiene un legado positivo e intentó hacer más que sus antecesores, el peso del tradicionalismo lo persiguió como un fantasma y fagocitó todo intento ejecutivo por salirse del guión preestablecido. En definitiva, los políticos tradicionales están presos en su propia red, en su misma salsa, sin saber cómo solucionar el dominó bipartidista que ha cerrado el juego en una sociedad cada vez más diversa.
Agua al dominó, eso es lo que el votante echó cuando votaba por Donald Trump, pero cayeron en la trampa de los diseñadores de la campaña. El panorama vuelve a mostrar cuán endeble resulta la democracia frente a aparatos ocultos tras un supuesto sufragio universal y secreto, pues las maquinarias de la publicidad y lo invasivo de la vida política pueden llegar hasta los deseos y las pulsiones más ocultas. Lograr una impulsividad del voto y no la participación consciente es la meta de los asesores de campaña, directriz que se encamina de acuerdo con estudios que dictan hasta dónde decir y en qué momento decir. Sin dudas, el impresentable engañó con su imagen demasiado irreverente y grosera. Detrás de este perfil se encontraba una voz hábil que movía los hilos de un discurso amorfo e infantil en ocasiones, pero que iba a la fibra dura de ese votante dolido y de aquel otro que siempre vota por la derecha ya sea por tradición o por interés económico de clase.
Perdió el continuismo, pero se tendrá más de lo mismo. La implosión del bipartidismo tiene a Trump como una consecuencia negativa más, no como una solución. A pesar de que el electo diga que gobernará para todos, sabemos que su conciencia de clase se lo impide, en él tendremos el calco de los intereses más grandes de una potencia en declive, país que enarboló los más altos ideales del hombre y que ahora cancanea a la hora de defenderlos con cabalidad, tierra de libertades que corre el peligro de caer bajo la sombra de la más implacable dictadura del capricho. Trump es un problema para el mundo, pero lo es mucho más para los norteamericanos.
A Cuba le queda esperar, existe quien asegura que, dado el talante de hombre de negocios del nuevo presidente, las relaciones continuarán normalizándose. Pero hay que tomar nota del voto de la Florida a favor de la propuesta republicana, Estado de la Unión donde el tema cubano es medular. Aventurar una predicción sería ponernos sobre arenas movedizas, porque los votantes eligieron lo impredecible y ese será el signo de lo que en adelante acontezca en materia de política norteamericana. De todas formas, el trato de Trump, altanero y vulgar, no va muy bien con el reciente respeto mantenido entre la isla y la potencia del norte. Cualquier subida de tono, cualquier resquicio de arrogancia pudiera llevarnos al punto de no retorno.
Los Estados Unidos han elegido ser grandes de nuevo, en la frase se esconde cierto reconocimiento de pequeñez, de conciencia nacional herida. La implosión del sistema trajo estas tempestades, Trump es el sonido quizás de ese viejo Apparátchik que se cierne sobre un electorado en busca de una liberación mayor. Ojalá y resurjan en este remolino las verdades gigantescas de los Padres Fundadores.

El periodismo de izquierdas

periodicos-2013-12

No imagino a Pablo de la Torriente pidiendo perdón o permiso por alguno de sus artículos, ni a Julius Fucik preocupado por la censura nazi mientras escribía su inmortal “Reportaje al pie de la horca”. El periodismo de izquierdas ha marcado el ritmo de las sociedades conservadoras, dándole a la Historia un giro sin retorno hacia la consecución de derechos mediante la lucha honesta contra la manipulación. No, no cabe en mi mente que Emilio Zola pensara en la sanción favorable o no de los poderosos, cuando publicó su famoso “Yo acuso”, sobre las infamias cometidas en el caso Dreyfus.
Hay quien piensa que la comunicación y su teoría son ciencias y prácticas que pertenecen al contexto capitalista, como si todo conocimiento humano no formara parte de un patrimonio común indispensable. Se aducen razones pueriles, como que se trata de mecanismos propios de las sociedades de consumo, que nuestra comunicación está por encima de eso puesto que por ley pertenece al pueblo. Razonamiento equivocado que intenta ver en lo legal una realidad ya hecha, cuando sabemos que cualquier cuestión social supera por mucho lo que sancionemos en la Carta Magna. Por otro lado, se ve al periodismo como un elemento a domeñar, siempre propenso a la dependencia, cuyo discurso deberá ser predecible o no ser. Se hace difícil entonces el periodismo de izquierdas y se cae en lo que he llamado eufemísticamente “comunicación institucional”, o sea aquella que sí responde a una verticalidad.
Varias personalidades han declarado la necesidad de tener entre nosotros algún medio que marque el ritmo nacional, yo creo que el medio pudiera estar en ciernes ya que contamos con excelentes profesionales. Pero la realidad pide a gritos una prensa capaz de pararse delante del “New York Times” y “cantarles las cuarenta”, sin pedir permiso ni mucho menos perdón. Hora es ya de que saltemos de las cuestiones domésticas puras como el hueco de la calle o la falta de levadura en el pan, para escribir buenos editoriales, reportajes reveladores, artículos que trasciendan. Una prensa de izquierdas debe ir delante, marcarnos el camino de la opinión, tener autonomía.
A veces pienso que todo ocurre por falta de información en los decisores, pero allí están la asesoría académica, los libros, los consejeros siempre prestos a ayudar, los periodistas que saben mejor que nadie qué está mal y cómo enmendar. Contamos con organizaciones gremiales, donde compañeros de alta valía levantan siempre su voz para narrarnos las mil y una vicisitudes y por desgracia las historias caen al vacío, entran en la cadena rutinaria de los congresos y devienen en chistes de redacción. No nos podemos cansar, pero nos cansamos, somos humanos. Otros sueñan, porque la vida es sueño y los sueños, sueños son, son esos soñadores quienes seguimos desde cualquier teclado empujando este carro de la historia (con minúsculas) hacia la izquierda, hacia el hombre, para el mejoramiento de un mundo polarizado entre fuerzas irreconciliables e inmerso en guerras que o terminan en un cero o se alargan infinitas. El periodismo de izquierdas es, ahora, más necesario y se nota más su ausencia.
Una comunicación institucional eficiente, como la que se pide, obviará aquello que no responda a las normas de la propaganda, evitará todo discurso plural que sea invasivo a la organización/institución representada, irá directo al grano en su intención de reflejar un solo punto de vista. Eso se distancia del mundo mejorado que queremos, evita la riqueza de la vida y se ciñe al guión de un poder. Construimos un consenso muy frágil e imprescindible para perderlo mediante prácticas torpes. Frágil porque deberá ser real, imprescindible porque pocos proyectos son tan icónicos como el nuestro. Entonces no vale la pena decir que tenemos la prensa que queremos, ni que todos queremos la prensa que necesitamos, pues hay entre nosotros no pocos prejuiciados. Mucho menos contamos con la prensa que nos merecemos, Cuba ha hecho mucho, ha dicho mucho, para callarse la boca o silenciar sus prensas. Este experimento en medio del Caribe sentará lugar por los siglos no sólo ante academias, sino ante otros modelos.
El silencio no sirve, tampoco sirve buscar justificaciones, no se asalta el cielo con pretextos sino con textos bien argumentados y asentados en la praxis humana. Del estigma o el resentimiento sólo sale un proyecto falseado, de la verdad y el debate obtenemos la humanización que busca la prensa de izquierdas. Pareciera que Hamlet levantara el cráneo otra vez para preguntarse si somos o no somos.

publicado originalmente en El Toque

El zigzag de la vieja Villa

p1050331

El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

reinier-luaces-en-pleno-proceso-de-creacion

Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Caibarién bajo la maldición del diluvio

DSC07025.JPG

“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.
El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.
Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.
Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.
“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.
“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

Caibarién, ciudad liberada

2014-05-14-DSC_0841.JPG

Caibarién no es una ciudad pequeña, tampoco es solamente una comarca de pescadores, mucho menos un sitio aislado en la geografía cubana. He vivido veintiocho años a siete kilómetros de ese lugar, trabajé como redactor reportero de prensa en su planta radial, me bañé en las aguas de sus playas, disfruté del ambiente tolerante de sus calles. Sí, la Villa Blanca pudiera ser la ciudad más desprejuiciada de Cuba y nada más por eso vale la pena que se le resalte, que se explique cómo allí se acepta lo diferente y se lucha por darle una validez al otro, por los derechos, por la Humanidad.
Hacia fines del siglo XIX fue surgiendo este asiento poblacional en el centro norte de la actual provincia de Villa Clara, dicen que la mezcla de personas provenientes de cualquier parte del país y del mundo gestó ese espíritu de apertura. Libertad en lo referente al sexo, libertad de estilos de vida, libertad plena. Caibarién cuenta con pasarelas (sus portales de lajas de piedra) por donde a diario se pasean hombres y mujeres de diferentes orientación sexual, sin que nadie ose atacarlos, mucho menos lanzarles ninguna procacidad verbal. La convivencia no sólo incluye la tolerancia, sino la felicidad, pues los habitantes de la Villa se mezclan como antaño sin que haya guetos para separar una comunidad de otra. En la planta radial de la ciudad, los reporteros hemos comentado sobre diferentes temas, incluyendo la diversidad sexual, y siempre encontramos aceptación, respeto, consejo y aliento de parte de los oyentes.
En mi caso, hice buenas amistades en todos aquellos años de bregar entre mi patria chica (San Juan de los Remedios) y la Villa Blanca, gentes que demostraron ser capaces de colocarse más allá de la diferencia y buscar ese núcleo que nos acerca, que nos integra como amantes de una misma causa: hacernos libres de todo prejuicio. Recuerdo el Festival de Radio, Cine y Televisión Santamareare que cada año se realiza en la villa, como un espacio más donde los debates iban y venían y la cultura se respiraba en medio de un panorama sin miedos, sin censuras innecesarias, pues todo era parte de esa sedimentación popular, de ese acervo de liberalismo. Remedios representó en mi infancia la belleza de lo colonial y lo mitológico, pero esa inmanencia, esa inmutabilidad (sitio escondido, ciudad fantasma), colocan al remediano en un estado de perplejidad frente al caibarienense. Hay quien dice que en ambas ciudades se beben aguas de diferente procedencia freática, hay quien busca como siempre en las genealogías familiares, pero frente al conservador Remedios se sitúa un Caibarién que llevó al Poder Popular Municipal a una delegada transexual, no porque fuese transexual sino porque se trataba de una persona con méritos suficientes.
Según José Antonio Patiño, caibarienense de 84 años de edad y amigo mío, la libertad que se respira en la Villa Blanca proviene de la bonanza de que gozó como puerto de cabotaje para el comercio del azúcar, llegándose a exportar hasta dos millones de sacos a través de los muelles situados cerca del centro de la ciudad. “Un estibador podía ganarse a la semana hasta quinientos pesos, lo cual era una fortuna, pero el cangrejero era botarate, no acumulaba capital, eso convirtió a Caibarién en una ciudad de mucho consumo, hizo florecer una cadena de medianos y pequeños comercios, quincallerías, tiendas”. Asegura también Patiño que aquella bonanza, aquel dinamismo, generaba una moral más abierta, “porque una sirvienta doméstica ganaba tan buen salario que podía pagarse la vida, sin seguir los dogmas machistas que eran predominantes en otros lugares del país”. Mi amigo pudiera llevar buena parte de razón, pues Caibarién continúa hoy como uno de los pueblos de mayor circulación de divisas producto de las remesas provenientes del extranjero, así como por la cercanía del polo turístico de la Cayería Norte. La emancipación económica conduce a formas liberadas de pensar.
Es una ciudad de rápido crecimiento urbanístico, de trazado regular de las calles, de prometedor futuro por su posición privilegiada frente al Canal de la Florida. Mientras otros pueblos quedaron detenidos, la Villa Blanca continúa su expansión a través de nuevos repartos donde reside el personal trabajador del turismo. La liberalidad de sus habitantes pudiera tener muchas causas, pero lo cierto es que se respira, está ahí desde que traspasas la entrada a la ciudad (custodiada por un enorme cangrejo de cemento). Curioso que a pesar de la mezcla de personas de diferentes lugares de Cuba, sí existe un sentido identitario, sí se desarrolla un amor rápido y sólido por ese salitre que penetra en los edificios y los carcome. El ataque a los dogmas y la falsa moral, el vivir un libre albedrío, incluso el reclamar derechos, están en el estamento duro de la ciudad. Así lo asegura el hecho de ser, durante el siglo XX, una de las urbes cubanas de mayor número de periódicos circulantes, donde se daban enconadas pugnas políticas. La oralidad popular también lo confirma en voz de mi amigo Patiño: “fíjate si aquí se rechazaba la mojigatería, que a un tipo llamado Fariñas lo cogieron para el bonche, por esperar toda su vida a una sola mujer, sin llegar nunca a nada con ella, de ahí en adelante la gente por joder te dice en la calle: ¡Compadre, no seas Fariñas!, para burlarse de aquella moral que en Caibarién nunca tuvo mucho asidero”.
Para Caibarién no hay tolerancia, sino convivencia normal y corriente, no hay escándalo moral, sino bonche, jodedera, lo que en el carnaval de otro pueblo conduce a una bronca allí sólo es motivo de algún que otro chiste burlón. Se la conoce como la ciudad de los apodos, por la gran cantidad de nombretes que describen la imaginación popular y la rica “fauna” de personajes que caminan por las calles. Están los culoepalos, los piojocosíos, los peocosíos, los pescuezoepollos, los bocaejaibas, los boquiviraos, y otro sinnúmero de términos que se heredan a través de las familias y que no constituyen una ofensa para quienes los ostentan. Hay una anécdota que cuenta cómo un recién llegado policía, muy correcto, comenzó a averiguar por el paradero de la familia de los “fondillos de madera” y nunca hubiera dado con ellos, de no ser porque alguien exclamó “¡Ah, tú dices los culoepalos!”
Los remedianos siempre critican la costumbre de los caibarienenses de tender las ropas en los portales, hasta allí llega el desprejuicio de los habitantes de la Villa Blanca: no les importa que vean un blúmer descosido o lleno de huecos, incluso en más de una ocasión he mirado que cuelgan la ropa sucia. Uno de los orgullos del caibarienense es ese, no tenerle miedo a su yo interior, a su ropa interior. El genial músico remediano Alejandro García Caturla, atacado en su tierra natal por su gusto sexual por las mujeres negras, hubo de buscar refugio en la vecina villa portuaria, más abierta a cualquier inclinación del sexo y a las enrevesadas partituras del artista. Todavía hoy, Remedios no le levanta un monumento a aquel genio universal, sólo hay una tarja en el sitio donde cayera asesinado, que la colocaron los caibarienenses.
Caibarién, según el chiste de un amigo mío, pudiera cambiar su nombre a Gaybarién, yo sé que allí no tendrían ningún problema en asumirlo. Ya en un documental reciente alguien la tituló como la Villa Rosa (donde el blanco tomó color). Sí, decir tolerancia sería quedarnos cortos, no medir lo disímil del lugar. Caibarién puede, más allá de cualquiera de los motes que le pongan, asumir la condición de ciudad liberada de los prejuicios de todos los tiempos, de precursora de una nueva mentalidad.

(publicado originalmente en El toque)

El dominó hablado de la mediocridad

dominoes

Todo buen mediocre que se respete sabe jugar dominó, aunque no todo el que sabe jugar buen dominó es un mediocre. La sentencia no aspira a lo categórico, pero intenta tomar un detalle inductivo para generar una propuesta más abierta, más ambiciosa si se quiere: ser mediocre es jugar al dominó y además, hablarlo, arreglarlo de antemano. Si hacemos suspensión de nuestro habitual estado de literalidad, tomamos al dominó como símbolo de lo social en todas sus partes y momentos y colocamos al mediocre en el centro, donde él es la medida de todas las cosas (de las que son en tanto son y de las que no son en tanto no son). A diferencia del hombre de espíritu, el mediocre sí actúa y habla de manera categórica a la vez que acusa de absolutistas a aquellos que dan una opinión racional y diferente, cuyas conveniencias no convienen.
El mediocre no juega ajedrez, porque le aburre y además es una pérdida de tiempo, sino que se apresura en botar las fichas gordas para aligerarse la carga, para que el trasfondo de lo que hace resulte menos expuesto, más efectivo. Socialmente (en algunos de esos momentos y partes que conforman el adverbio) el mediocre es un héroe, porque desbancó a otro gran mediocre (hay hasta escalas entre ellos) o quizás a causa de que suele dar la imagen de una brillantez que se queda en eso, en la pantalla. Todos son grandes proyeccionistas, sin aspirar jamás al papel de histriones, productores, guionistas o directores de cine. Películas por demás de baja catadura, propias de un valor epigonal con respecto al peor cine clásico.
En la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino, hay una secuencia que me llama la atención, esa que muestra a la plana mayor del régimen nazi reunida en un cine pequeño de París para ver un filme que únicamente enseña a un francotirador que dispara sin fallar jamás. El público expectante ríe ante cada enemigo balaceado, Hitler se complace ante esa cinta sin argumento, que además no contiene ningún viso cómico, la mediocridad del arte se completa con la mediocridad del público. Todos vinieron a ver una película que ya conocían, a jugar un dominó arreglado. El arte que surge por decreto se ha diluido de antemano y no vale la pena verlo. Por el contrario, hay otro arte que parte del orden y va hacia la burla, la desacralización. En “Las meninas”, Velázquez nos coloca a la Familia Real reflejada en un pequeño espejo y en un plano bastante invisible (casi críptico), mientras que el propio autor se coloca delante, pincel en mano, en una primerísima posición, haciendo valer su cualidad superior. El dominó se rompe a través de la pericia. En lo que debió ser una representación de la pompa monárquica, predecible, sin renuevos, hay una exaltación del papel del demiurgo. Ahora la risa sí está justificada y la representación sí tiene argumento. Pero se trata de una sonrisa, no de la risa despampanante, es una burla al estilo Samuel Becket, donde uno halla en la ruptura siempre motivos de regocijo, porque al final cada artista aspira a la tarea imposible de volver a empezarlo todo. No ocurre esto por trascendencia solamente, sino por necesidad de oponerse a lo predecible. El constante retorno a los temas mitológicos desde nuevas perspectivas, la creación de mitologías que suplan a las antiguas, la pura invención, son todas formas de no jugar el mismo dominó.
En “Esperando a Godot” Samuel Becket sólo nos deja una interrogante, llega a ser cruel con el espectador, pero vale la pena acudir al pequeño cine o teatro para admirarnos de cómo el maestro destruyó el dominó hablado mediante una parábola vacía. Uno ve a dos personajes a la espera de un tercero que “no viene hoy pero quizás venga mañana”, el tal Godot nunca se muestra ni sabemos nada de él, ni siquiera llegamos a interesarnos por su vida, de manera que podemos también sentarnos a esperar. A diferencia del filme del francotirador que van a ver los nazis, la falta de acción de “Esperando a Godot” y la impericia de los dos antihéroes que dialogan nos arman una metáfora, que no podemos desechar, que no debemos eludir. Becket inventó quizás con ello otro dominó, o jugó a lo impredecible-predecible, contradicción que es cara a los que piensan y odiable para los que detestan un gramo de esfuerzo intelectual.
El exceso de inacción de “Esperando a Godot” pudiera contrastar con otros absurdos donde desborda la más dramática sucesión de eventos, por ejemplo en el cortometraje de Arturo Infante llamado “Utopía” se presentan tres historias distópicas hilvanadas, una de estas (quizás la más reveladora) tiene como escenario una pelea entre bebedores de alcohol, disputa cuya causa es si existe o no el barroco latinoamericano. Los mediocres juegan un dominó que no nos parece falso, dado lo caótico de los tragos de ron y el lenguaje deshilachado en groserías a granel, sin embargo basta que aparezca la cuestión sobre el barroco para que se desate una ola de acciones que culminan en apuñalamientos (de lo cotidiano se pasa al absurdo y de allí al performance). Ello me recuerda el argumento de un cuento jamás escrito que le escuché formular alguna vez al escritor cubano Eduardo Heras León: un grupo de presidiarios reúnen todo el dinero mal habido que tienen para secuestrar al poeta Roberto Fernández Retamar, la causa estaría en una apuesta carcelaria que se basaba en criterios artísticos acerca de la entrevista que le hiciera dicho poeta a Jorge Luis Borges. Ambos dominós no sólo están condenados al arreglo, sino que muestran deliberadamente sus costuras, la mediocridad como performance, como paratexto que conforma una relectura de lo predecible, de lo poco elaborado, de lo elemental, representaciones que no por ingeniosas obvian el refrán de “la mona aunque se vista de seda, mona se queda.” La mediocridad que no juega el dominó a derechas, mucho menos podrá arreglárselas con un tratado-secuestro que incluya a Retamar en plenos pasillos de la Casa de las Américas. Si en “Esperando a Godot” la inacción conformaba el todo, en “Utopía” y en el cuento no escrito de Heras hay una acción excesiva que evidencia el ridículo de conformar la nada. La mediocridad funciona en ambos sistemas, ya que su esencia es no funcionar jamás.
Otra manera de romper el dominó hablado es dándole la oportunidad a los propios jugadores (los mediocres) a que lo hagan. Por ejemplo, Ai Weiwei tiene como artista una visión donde la ruptura está al final del túnel creativo como condición sine qua non, son los destructores del arte quienes culminan el mensaje, son esos que rompen los primeros y más importantes consumidores y a la vez el termómetro filosófico del autor. Ai Weiwei es consciente del mecanismo y constantemente juega con la semiótica del jugador, como una historia dentro de otra (estilo propio de lo chino como cultura). Para el artista no importa la trascendencia (o eso da a entender) sino el momento efímero donde obliga a los mediocres a salirse de su papel predecible y a romper los dominós. De hecho, la cultura oriental a la que se debe Weiwei, es pródiga en esas muertes falsas, en esos nacimientos encubiertos. En esas instalaciones el destructor se hace una especie de harakiri, pues se muestra en su esencia al quererse ocultar.
Si todo acto creativo occidental apela a construir como principio, en el orientalismo la parábola se desarrolla muchas veces a la inversa. No obstante, el dominó es un juego que tiene sus raíces en Asia y que también funciona como metáfora de lo que se arma y desarma, que lo mismo puede ser un ente predecible que no serlo. De pasatiempo se va a metáfora del azar, de actividad sin sentido cobra todos los sentidos imaginables. Pero para el mediocre siempre será más fácil la orilla opuesta, que niega los orígenes del juego, que elimina toda historicidad, toda genealogía. La tábula rasa es un sus manos una tabla que mide e impone su medida. Las piernas cortas sólo dan para eso, para andar el mismo camino. Todo esfuerzo original irá contra ese falso dominó, deberá desgastar los rieles de esa historia breve y vertebrarse en alternativa. Desde la acción, desde la inacción, desde el detenimiento o el exceso, se buscará la ruptura del augur.