Remedios y los días benditos del agua…

Parroquial Remedios, Mialhe

Cuenta la historia que la fundación del primer poblado, Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, se hizo en medio de un enorme vendaval, precisamente ante una cruz de madera que ya no se conserva. La tupida vegetación y la presencia de bahías y cayos, convirtieron a la villa escondida en un centro de refugio para las embarcaciones en apuros a causa de las tormentas.

Aquella cercanía de las costas, lo cenagoso del terreno, la presencia constante de huracanes y mosquitos obligaron a varias mudanzas, la tercera de las cuales se realizó el 24 de junio de 1535, día de Juan el Bautista, por lo que el ayuntamiento asumió el nombre de San Juan de los Remedios, esta última palabra como un bálsamo a los males que hasta entonces asolaron a los habitantes a pesar de la posición estratégica para el comercio, pero terrible ante la naturaleza.

Vasco Porcallo.jpg

el fundador de la villa Vasco Porcallo de Figueroa

La costa norte seguía siendo un puesto clave, el propio rey de España Carlos II “El Hechizado”, mostró interés por la estancia de Remedios cuando, en pleno siglo XVII,  los santaclareños pedían la disolución de la vieja villa y gloria para la suya.  Se decía que el monarca, último de la dinastía de los Austria en la península, estaba rodeado de demonios que lo molestaban, de ahí su sobrenombre. Lo cierto es que aquel reinado ya marcaba la decadencia española en el mundo y la pérdida de cónclaves en el mar Caribe devenía en un lujo que el viejo y moribundo imperio no se podía permitir.

Hasta la Corte fueron los remedianos con una carta firmada por las mujeres de la villa, aquella “Petición de las Matronas”, fue el primer documento donde se mencionó la palabra patria en la historia de Cuba, así prevaleció la villa contra enemigos humanos y sobrenaturales. En 1692 un ciclón había afectado con furia La Habana y cientos de naturales de Remedios prestaron sus servicios para reconstruir a la capital de la colonia, esto fue tenido muy en cuenta tanto por el rey como por las autoridades de la isla.

Aún en el siglo XVIII, existían numerosos poblados aborígenes aledaños con los que hubo comunicación y estos también avisaban sobre la cercanía de los llamados por ellos “huracanes” y que para los españoles eran fenómenos incomprensibles. Los indios conocidos como “cayos” terminaron por asumir la vestimenta europea y unirse a los nuevos habitantes, pero jamás abandonaron sus establecimientos en las islas aledañas. Un cañón rústico en la bahía de Buenavista, avisaba de ataques piratas y de trombas de viento a los primitivos remedianos. Las incursiones de Inglaterra en la región y la enemistad con dicha potencia, llevó tanto a Carlos II “el Hechizado” como a su sucesor Carlos III “el Ilustrado” a proteger a Remedios del mal tiempo.

Una vez publicado en la puerta de la Iglesia Mayor el bando real que legitimaba a Remedios y reconocía sus fronteras con Santa Clara, las campanas redoblaron y los vecinos erigieron sus casas con materiales más resistentes. La villa ya presentaba el mismo aspecto que luego captaría en su viaje por la isla el artista Federico Mialhe. No obstante, el embarro y el guano demostraron ser frágiles ante el paso directo de los huracanes, así ocurrió entre los días 25 y 26 de octubre de 1837, cuando asoló el temible ciclón de San Evaristo, el cual si se analizan las crónicas podría catalogarse de categoría cinco. Los efectos en la villa fueron arrasadores, no quedó casa en pie, sólo las ermitas, muchos corrieron a refugiarse en los bosques, otros se ahogaron en medio del lodo abundante.

alejandro del rio inundada.jpg

La calle Amarguras, indundada… década del 50

Esos dos días de confusión sacaron a la luz infidelidades conyugales, pues algunas parejas ocultas dieron muestra pública de su amor. A la misma vez, se hizo evidente la ineficacia de usar la Iglesia para enterramientos, pues los cadáveres eran demasiados y en un estado de putrefacción que amenazaba con trasmitir enfermedades. Algunos de los héroes que lucharon por la permanencia de Remedios yacen enterrados bajo una losa de la Iglesia Mayor, así lo declaran las letras grabadas en el mármol y en castellano antiguo, pero desde aquella gran mortandad se comenzó a usar el cementerio público.

Apenas una década después, otro huracán sacaría a relucir la imaginación del pueblo temeroso. Entre el 10 y el 11 de octubre de 1846 pasó por encima de la villa, siguiendo su curso hacia el oeste, para causar grandes daños en La Habana, donde destrozó la flota de barcos  y dañó las fortificaciones. En Remedios derribó el torreón de la Casa Capitular (hoy sitio ocupado por la Academia de Música) y numerosas viviendas familiares. Pero el hecho que conmocionó a muchos aconteció en la noche, luego del paso del ciclón, cuando se vio en el cielo un meteoro luminoso, muchos entonces se pusieron de rodillas, interpretaron una señal sobrenatural. Dos siglos antes la ayuda a La Habana los había salvado de desaparecer como villa, pues los vecinos de la capital intercedieron por los remedianos, así, los naturales de Remedios volvieron a hacer una junta de auxilio compuesta por los más acaudalados: el Sr. José A. Cirera, Fernando de Rojas, Alejo Bonachea y otros. Hasta la villa de San Cristóbal fueron aquellos filántropos, donde se agradeció y se reconoció otra vez a los remedianos.

A la altura de la segunda mitad del siglo XIX, Remedios ya tenía connotación de ciudad, se dejó de usar el viejo cañón de la Bahía de Buenavista, había prensa y buenas comunicaciones, alumbrado público, las casas eran de mampostería sólida hechas con barro rojo de las tierras locales. El crecimiento urbano se aceleró a causa del capital derivado de las grandes plantaciones de caña de azúcar, siendo la otrora aislada villa una de las poblaciones típicas del llamado boom económico cubano del siglo. En 1873 recibió de España el título de ciudad y una vez más la plaza obtuvo privilegios reales en la lucha de la corona contra los insurrectos. Era sitio abundante en tropas de voluntarios y en las crueldades que ellos cometían, por ejemplo, resultaba habitual que aparecieran cuerpos macheteados en la Poza de la Bajada o a la luz pública en medio de la calle principal, San José (hoy Máximo Gómez). Durante una visita del Capitán General Valeriano Weyler, este llega a llamar a Remedios con el título de “muy fiel”.

de la mar 3    1936.jpg

La Calle de la Mar… década del 50

Entre el 4 y el 6 de septiembre de 1878, ya en plena paz con los insurrectos, un huracán desató en la ciudad la mayor epidemia de fiebre tifoidea de la isla, muchos vieron aquello como un castigo por los asesinatos cometidos por los voluntarios. La gente no salía de sus casas, las misas se detuvieron durante meses. Familias pro españolas abandonaron la villa, llenas de miedo.

La superstición cundió otra vez en septiembre de 1901, durante la semana en que el mundo estuvo conmocionado por el asesinato del presidente de los Estados Unidos McKinley. Un ciclón asoló a la villa que unos meses antes celebró la entrada de Máximo Gómez por la calle San José. Los españoles y los simpatizantes con la corona dijeron entonces que volvería la fiebre para llevarse a todos los que gritaron vivas a McKinley. Otra vez reinó el desconcierto, se tomaron medidas sanitarias extremas, no hubo enfermedades.

Entre las supersticiones que crecieron durante estos siglos de lluvias y vientos, hay dos que aún se usan entre los remedianos. La primera es la Cabeza de Patricio, como se le denomina al cielo nublado hacia la porción sur de la ciudad, lo cual indica una obligada lluvia torrencial. Patricio era un negro liberto y zapatero, de una enorme cabeza, que vivía al final de la calle de la Bermeja y que peleó en La Habana en 1762 contra los ingleses, bajo el mando de Pepe Antonio, donde se ganó la libertad. La segunda leyenda se denomina Baúl de Ña Trina, consiste en el cielo nublado hacia la parte norte, señal de que también lloverá, ello se debe a un baúl que crecía o se achicaba según el temporal, objeto que pertenecía a una vecina del barrio del Cristo. Dicha pertenencia se quemó durante un incendio en 1893. Ambas tradiciones se mantienen hoy, otras ya desaparecieron, como la leyenda curativa de las aguas remedianas, esparcida durante la primera mitad del siglo XX por un señor conocido por el apodo de “Hombre de Dios”, cuyo aspecto barbudo y desaliñado causó estupor y credulidad, al punto de generar una sublevación popular cuando las autoridades lo detuvieron.

Todavía quedan ecos de aquellos días del agua, pues si llueve mucho, Remedios se llena de manantiales naturales en medio de las calles, así ocurrió por primera vez en noviembre de 1931 y luego en la década del setenta del siglo XX. Dichas aguas sobresalían con fuerza del suelo y con una temperatura muy fría. Calles como La Mar, Amarguras y La Laguna deben sus nombres a este curioso fenómeno.

67.jpg

el acueducto de Remedios…

En el año 2000, cuando se planificaba por los barrios El Carmen y San Salvador hacer la parranda “del siglo”, un terrible vendaval de varias semanas dañó ambas naves e impidió las fiestas, las cuales se aplazaron y aunque se hizo el trabajo de plaza más alto de la historia (102 pies de alto), las carrozas apenas se exhibieron en pedazos y el fuego fue menor a lo esperado. Singular y legendaria ha sido la relación de esta vieja villa con el mal tiempo, al punto de que algunos lo consideran el peor enemigo de los remedianos, pues siempre que hay alegría y progreso en la ciudad, se ve aparecer sobre el sur la terrible Cabeza de Patricio, así ocurrió el 24 de junio del 2015, cuando la gala por el 500 aniversario de la fundación, transmitida al mundo entero con toda la pompa, se vio interrumpida por un viento furioso repleto de lluvia y restos de pólvora de los voladores recién lanzados. Muchos entonces repetían “no hay remedio”, con los rostros desencajados por el asombro, la frustración, el temor, la sorpresa de las aguas por doquier.

Anuncios

Trump y el Leviatán nazi

maxresdefault

El siglo XVII trajo quizás mayor claridad filosófica que los cien años siguientes, los iluminados pensadores franceses de la centuria dieciochesca tenían una deuda fundamental con los pares ingleses. Hobbes, uno de los isleños que más aportó a la política venidera, tuvo que asilarse en Francia debido al caos de la revolución contra los Estuardo a partir de 1640. La isla británica pronto vio deshecha la testa coronada del rey, rotos los derechos divinos, vacío el trono que podía ocupar cualquiera, hubo necesidad de explicar qué pasaba (una de esas necesidades racionales de acercarse a la realidad, tan mentadas por el filósofo posterior Hegel).

Fuera de toda dimensión infinita, Hobbes se dedicó a explicar la necesidad de un Estado que ya no incluyera el poder divino de los reyes, el cual se hizo débil a partir de la toma de posesión de la burguesía inglesa. Fue la Inglaterra republicana de Oliverio Cromwell el modelo que usó el pensador para justificar la fortaleza de Leviatán, monstruo bíblico que personificaba al Estado, entidad sin dudas terrible ya que representa la total represión y el control de todos los recursos. Para Hobbes ese monstruo era preferible a la anarquía o estadío de la naturaleza, donde los hombres luchaban todos contra todos y nadie llegaba a nada. Un monstruo para otro monstruo. Y sobre las bases de esas ideas surgió el moderno modo de gobernar, en la Inglaterra del siglo XVII, donde el rey nunca más fue rey y sin embargo hasta hoy es dueño de la nación y Jefe de Estado de medio mundo a través de la Comunidad de Naciones Británicas.

Como se ve, en las bases del primer liberalismo ya estaba el germen de las dictaduras del siglo XX. El Estado por encima de todo, la omnipotencia del poder ejecutivo, su necesidad racional vista luego por el alemán Hegel, quien así justificaba el autoritarismo militarista de la administración prusiana. La vieja forma de gobierno inglesa se fue reformando hasta volverse parlamentaria, aún así hoy sorprende la gestión que tiene la Reina y cómo el Primer Ministro apenas es su sombra. El Reino Unido nunca ha sido una dictadura, pero con su teoría del Estado dio paso a las administraciones fuertes. ¿Será que el liberalismo es el padre del miedo? Con la elección de Donald Trump en el otro lado del océano, se ha confirmado que el Estado es un Leviatán, pues ante un Congreso colapsado y un bipartidismo deforme surge el poder norteamericano en esencia pura, para defender la economía casera (América Primero). En esta genealogía de las ideas Trump es hijo de Hobbes quien es hijo del miedo (esto último lo escribió el propio filósofo).

Si Trump es un miedoso, entonces el mundo está en peligro. Imaginémonos a Calígula con arsenales nucleares a su alcance, su ansia de poder e irracionalidad mezcladas con un ejército ilimitado. La crueldad de Roma tuvo límites ahí donde acababa la ciudad, el mare nostum seguía siendo pagano a la manera de los reinos sojuzgados, fueron los judíos quienes crucificaron a Jesús en tiempos de Tiberio, no el gobernador Pilatos. Todo porque el César ni tenía internet, ni jet privado, ni CIA, ni misiles intercontinentales, ni financiaba a las Naciones Unidas. Es tremenda la forma en que las ideas de Hobbes acerca del Leviatán estatal se cumplen. Al paso que va Estados Unidos, pudiera desaparecer el parlamento, limitarse la prensa y prohibirse la libre asociación. La continuidad entre Bush Jr. y Trump está dada por el endurecimiento del gobierno frente al individuo, al punto de que el pensar llega a ser delito.

Lo que hay en la silla de la Casa Blanca parece cualquier cosa menos un primer ciudadano, son los tiempos de la restauración del Leviatán. Lo que hay detrás de la silla resulta indecible, Marcos Rubio dice que Cuba tiene armas sónicas. La embajada en la Habana peligra, porque el Estado fuerte está haciendo valer su derecho por encima de los individuos, dicho cierre resultaría perjudicial a miles de estadounidenses, pero al monstruo no le importa otra cosa que la restauración del miedo. Tomas Paine, uno de los padres de la nación norteña y  filósofo del siglo XVIII tendría que asilarse de nuevo en Europa (terminó siendo odiado por personajes tan dispares como Pitt y Washington), el liberalismo tiene que dejar de ser en el país liberal. La racionalidad hegeliana se trastoca en irracionalidad, todo lo real es irracional. Pobres prusianos. ¡Vae Victis!

Cualquiera con dos dedos de frente sabe que Cuba no puede tener armamento sofisticado, pues se arruinaría. La isla apenas hace funcionar su sistema electroenergético, depende de un agónico comercio exterior y de un turismo que no despega. Sin el servicio militar, el ejército fuera exiguo, aún así los reclutas son chicos preuniversitarios de baja preparación combativa. La patria de Martí no está diseñada para hacer guerras en el exterior y tiene mucho que arreglar en casa, para pasársela usando cañones sónicos contra diplomáticos estadounidenses. ¿Será verdad lo del Maine como excusa y montaje para intervenir en 1898 en Cuba? Este asunto trampista/trumpista y marcorrubiano suena igual que la estación de radio alemana que los nazis atacaron en la frontera con Polonia, para justificar una agresión militar. ¿Otro autogolpe, otros Kennedys recibiendo disparos en medio de la nada soleada y cubana?

Caturla, el genio contra el silencio

foto dedicada a sus padres

Cuando Alejandro García Caturla llegó a París, supo orientarse entre la madeja de la gran ciudad sin necesidad de conocer una palabra de francés, tal detalle asombró a su amigo Alejo Carpentier quien lo recibía para ponerlo luego en las manos de la profesora de música Nadia Boulanger. Ello, la propiedad de ubicarse en una gran urbe, era prueba, diría luego el autor de “El Reino de este Mundo”, del genio del muchacho de Remedios. Pronto forjaron una unidad en el arte y en la vida, muchos textos de Carpentier serían llevados al pentagrama por el joven músico remediano. Caturla quería conocerlo y palparlo todo, en el París de 1928 la vida no era cara, por eso muchos artistas de América se establecieron allí.

En cartas a su madre, Alejandro se quejaba de que la vanguardia europea estaba ya en decadencia, ni los propios ballets rusos lo impresionaban y la música de Igor Stravinski, que antes fuera impetuosa, estaba regresando a los moldes burgueses. Y es que el remediano llevaba un ansia profunda de ruptura, de crítica al orden establecido, era un talento irrefrenable. Nadia Boulanger diría que nunca tuvo un alumno con esa capacidad creativa, tanto París, como Cuba, se quedaban pequeños ante los arpegios salidos de la imaginación de aquel poeta de la música con rostro de niño, piel delicada y cuerpo pequeño. Pero Europa no era el principio, toda la historia había empezado el 7 de marzo de 1906 en una villa colonial, justo cuando el nacimiento de la República de Cuba marcaba la decadencia de un modo de vida y la llegada de nuevos estilos y espíritus.

La casona familiar de los caturla, frente al parque martí

Un falansterio, una tarja mal puesta, una ciudad perdida

La casa donde aquel mes de marzo naciera Alejandro, sita en la calle José Antonio Peña, entre León Albernas y José Agustín, es hoy un solar, nombre cubano dado a los falansterios donde viven demasiadas familias. Nadie podría distinguir, entre las divisiones, la arquitectura original de aquel sitio. Una tarja mal colocada en la pared de la fachada contiene errores en las fechas y se ha caído innumerables veces. La ciudad le debe al genio remediano quizás una estatua, iniciativa que por momentos resuena en los portales, pero que queda en el dicho.

Remedios venía de ser la cabecera de una grande y próspera jurisdicción, que abarcaba desde la península de Icacos hasta Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, con muchos ingenios y sembrados dedicados a la industria del azúcar. La zona se conocía además como Vueltarriba, productora de un tabaco exquisito, el preferido por los ingleses para fumarlo en sus pipas en forma de picadura. Pero tras la primera guerra entre españoles y cubanos, el gobierno colonial decidió una nueva administración política y territorial y la otrora próspera ciudad perdió todas sus posesiones. Reducida a la cabecera prácticamente, se detuvo el crecimiento urbano, la villa nunca entraría en el siglo XX, quedando su arquitectura como un museo de la vida en la centuria anterior.

Tal era el contexto conservador en que vendría al mundo el niño, en medio de dos familias acomodadas. El padre, Silvino García, fue comandante del Ejército Libertador y participaba de la política local, la madre Diana de Caturla se contaba entre las mujeres más cultas de Remedios. No obstante aquella educación a la europea, Caturla tuvo mayor contacto con sus nodrizas negras, quienes le enseñarían cánticos africanos, germen de un gusto que el muchacho iría desarrollando con el pasar de los años y que lo llevaría a transgredir barreras musicales, sociales, familiares, sexuales.

En un Remedios donde el partido conservador ganaba las elecciones cada año y los negros y los blancos vivían separados, sin poder siquiera cruzarse en la misma senda por el parque; Alejandro García Caturla comenzó a asistir desde adolescente a los bembés del barrio La Laguna, a los toques de tambor en los más recónditos poblados del municipio. Sus ojos se desorbitaban cuando veían a los “ases” del bongó y de la rumba poner a bailar a la gente, que casi de inmediato caía con algún santo montado. Cuando se iba al cine acompañado casi siempre de jovencitas negras, era habitual el comentario entre sus parientes de que Alex “se había vuelto un descarado”.

Muy pronto, el chico demostró que era capaz de amar más que nadie, uniéndose con Manuela Rodríguez, la criada de la casa, también de raza negra, esta unión fue sancionada con recelo por la familia Caturla y la sociedad. Con su corta edad, 16 años, Alejandro no era capaz de sostenerse económicamente, su padre Silvino no estaba dispuesto a sufragarle aquellas aventuras amorosas, pero sí una carrera universitaria. En enero de 1923 el joven llegó a la Habana, donde quedó deslumbrado. Atrás estaba Remedios con su catolicismo y las torres de las dos iglesias, una frente a la otra, con el tiempo detenido.

Descubriendo al genio

En los países pobres los genios a menudo mueren también en la miseria, debido sobre todo a la escasa oportunidad de triunfo profesional. Unas pocas ciudades pueblerinas y una capital pueden condenar al ostracismo a un Mozart o a un Byron. Cuba ha sido así, más aún en la época del Machadato (mandato del dictador Gerardo Machado), quien al tratar de convertir a La Habana en el París de América sólo logró tornarla un caos de represión y atraso cultural, pues los artistas genuinos apenas existían en forma de cenáculos malmirados. El Minorismo era uno de esos grupos, el más importante, que nucleaba a estudiosos de las vanguardias europeas y de la cultura cubana. Allí Caturla trabó amistad con Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchering, Fernando Ortiz, todos ellos interesados en el negro como un ente social imprescindible. Aquel muchacho que había llegado de Remedios, el estudiante de Derecho, ahora encontraba razones de justicia para defender y amar más aún lo afrocubano.

A menudo Carpentier se adjudicaba el descubrir el genio de Alejandro. El escritor decía que lo vio en medio de un cine tocando al piano trozos de clásicos para amenizar una película silente. Así se ganaba Caturla la vida y le pagaba a Manuela el sustento de los primeros hijos. Lo cierto es que en la Habana se forjó el talento de ese gran compositor, en medio de las clases de teoría musical que le hicieron ver un camino propio en lo nuevo y lo negro. Durante el estudio de su carrera alternaba entre la capital y Remedios, entonces se encendió su deseo por la hermana menor de Manuela, Catalina, y allí sí estalló el furor de los prejuicios. Lo cierto fue que Caturla amó ambas mujeres a la vez y tuvo con ellas once hijos.

El Juez que conoció la miseria humana

Ya graduado de Derecho, Alejandro García Caturla retornó a Remedios, donde colocó en la fachada de la casa familiar, sita frente al parque José Martí, una tarja: Dr. García Caturla, abogado. Muy pronto la comarca sabría de la rectitud y los aportes del joven juez, carrera que alternó con la composición y la escritura de cartas a sus amigos de La Habana, sobre  todo a Carpentier. En tanto, sus composiciones afrocubanas ya se estaban dando a conocer y artículos elogiosos aparecían en las revistas acerca de los dos grandes músicos de la época, Amadeo Roldán y García Caturla. Como jurista comenzaría la lucha contra todo lo podrido, así, el abogado ganó una porfía contra McNamara, padre del futuro político norteamericano Robert McNamara, familia establecida en Caibarién. En Ranchuelo defiende a los obreros de la fábrica de cigarros contra sus dueños, los hermanos Trinidad (fundadores de un emporio radial en la Cuba de entonces), hizo lo mismo con los jornaleros de la región central a quienes se les pagaba con bonos y no con dinero.

Varias reformas a los códigos por entonces vigentes propone Caturla, pero sobresale su proyecto de legislación para regular las sanciones a los menores de edad, medida que adecentaría dicho proceder en la isla. Su mayor combate fue contra el juego, mal que por entonces corroía la sociedad. El 17 de octubre de 1940 el juez Caturla juró fidelidad a la nueva Constitución, esa que prometía un futuro mejor a la patria, y el 19 de ese mismo mes debió solicitar garantías para su vida, pues recibió amenazas de la policía y el ejército asentados a nivel local. Lo tildaban de “negrero”, inmoral, engreído, etc…

la prensa local reseña la muerte de caturla

Y llegó el silencio

Era fácil matar a Caturla, él hacía el mismo recorrido diario: de su casa al juzgado, de allí al correo (las cartas, que lo mantenían al tanto del mundo artístico) y de vuelta a la casa. Las mismas calles, la misma esquina…En Remedios su música no era entendida, recibió la rechifla de la chusma en el Teatro Miguel Bru y decidió fundar una orquesta en Caibarién, proyecto mastodóntico que apenas ofreció pocas presentaciones. Aunque conocido en el extranjero y estrenado su repertorio en Barcelona, París, Moscú, el genio sentía que sus fuerzas creadoras se agotaban. Soñó con dejar el Derecho, irse a La Habana, volver a Europa. No dejaba de componer todas las tardes, con las ventanas de su estudio abiertas, las mismas desde las cuales miraba hacia las calles Maceo e Independencia, encrucijada donde el 12 de noviembre de 1940 lo  abordó un conocido maleante de nombre Argacha Betancourt, a las seis y treinta de la tarde. La discusión entre ambos fue breve, como los disparos que le cercenaron la vida al abogado. Era fácil matar al hombre, el asesino corrió hasta meterse en el cuartel de Remedios, donde recibieron con júbilo la noticia. Silvino García se desmayó al enterarse, ni él ni Diana jamás pudieron recuperar la salud. Desde toda la isla, los intelectuales se pronunciaron contra el suceso. La nueva República nacía manchada con la sangre de un genio.

Su cadáver recorrió la ciudad en medio de multitudes ¡mataron a Alejandrito!, aun los que lo calificaban de loco, sintieron la pérdida. La ciudad de Caibarién colocó una tarja en el lugar del asesinato, homenaje de un pueblo humilde a un gran creador. Una de las últimas obras compuestas, “Berceuse campesina” anunciaba la unión entre lo negro y lo campesino, o sea la síntesis de lo nacional. Ese mismo día fatídico, 12 de noviembre, la BBC desde Londres rendía un minuto de silencio a Alejandro García Caturla.

 

Nuestro es el reino

tuyo-es-el-reino

Un libro puede ser hoy cualquier cosa y servir para lo que sea, puede encarnar muchos libros o estar vacío, puede hablar o estarse callado. “Tuyo es el Reino” intenta la increíble tarea de atrapar a la isla en las hilachas de isla, de aislarla en islas, donde sea la isla el personaje que se pregunta dónde está, por qué está, extraña ontología que recorre toda la obra y que a veces carece de forma o asume la camaleónica caricatura de otras tantas valoraciones sobre la insularidad.

Imaginemos que nos embarcamos a la Isla de Citerea o de Saint Malo, el viaje resultará más verosímil que el de Estévez, más real y comprometido con una chata forma de ver el arte de la cual huye el autor de “Tuyo es el Reino” novela de aprendizaje, de múltiples voces, de cronotopos disparatados, carnaval de la isla en medio del Caribe donde no hallamos la respuesta y sí las clásicas preguntas que definen todo el pensar humano. En tal sentido la obra es existencialista, en tanto no se preocupa de que el mañana pueda existir, se construye sobre la base de una precariedad profusa y evidente que el lector enseguida engarzará con las verdades del momento. De nadie es el reino, sino tuyo, la contradicción parecerá un horizonte utopista pero es totalmente propia de los contextos humanos que al isleño atañen. No hay isla más isla que esta isla, donde el aislamiento nos lleva a adentrarnos en las cavernas del pasado, buscar los dibujos de los ancestros, develar en los vientos del huracán presente los otros vientos ocultos…

“Tuyo es el Reino” es novela sarcástica de principio a fin, en tanto el sarcasmo es uno de los derroches lujosos de la inteligencia. Elocuente muestra de que lo cubano no sólo está en la poesía, sino que encarna elementos prosaicos del existir, como los solares, como los laberintos habaneros llenos de mugre, como el habla, como la muerte tan omnipresente en tantos personajes, la muerte que nadie osa definir. Si vamos a la filosofía otra vez, vemos una antología orgiástica del pensar detrás de los reglones lanzados por Abilio Estévez, la orgía está en lo difuso y profuso del tema y del estilo, donde no hay manera de hallar el hilo de Ariadna y la pérdida resulta insalvable. No quiere ello decir que la novela carezca de la habitual estructura dramática propia de toda obra de su tipo, sino que el drama no termina, está irresuelto en la vida misma de los personajes tan contrahechos, tan inacabados, tan coherentes con la insularidad que los acompaña, que los define, que los indefine.

En tal sentido los lectores cubanos podemos decir “nuestro es el reino” aunque no sea nuestro, aunque haya cierta sensación de otredad y ceguera en una verdad social esquiva que bien supo captar Estévez. La novela de aprendizaje nos enseña que los gajes de la cotidianidad también son susceptibles de captarse por el arte culto. En tal sentido está allí, inevitable, el tono picaresco de “Tuyo es el Reino” y su parentesco con esa larga data de novelas disparatadas y atrevidas, que nacieron en forma de castellano antiguo y sentaron las bases de la actual arte poética para captar la vida, forma que, desde el “Ulises” de James Joyce, debe encontrarse a sí misma, definirse, autoflagelarse, esconderse y colocarse en crisis. La obra de Estévez además se puede consultar como una de las tantas alternativas a la crisis de la novela, género grato como documento, pero difícil de hallar en cuanto el aliento de la vida resulta un tono ridículo, perecedero, desasido de la práctica, irreal. Este es un libro que huye de Balzac y nos trae los mismos resultados que una “Comedia Humana” caribeña.

La referencia virgiliana a lo Piñera está omnipresente, tanto en el tema como en el tono, como en la elección de los personajes y su desarrollo, podría decirse que hay una lectura crítica del autor del poemario “La isla en peso”, quien disparatara con la imagen de la isla, quien dijera tantas cosas que la isla no quiso escuchar. Y aunque Virgilio Piñera no haya escrito este libro, se huele su pensamiento, su sentir, su angustia. La necesidad de un escape, de un viaje, los viajes imaginarios, los fabuladores de viajes son embrujos piñerianos, fórmulas que el autor de la nueva alquimia ha usado como frascos que estaban al alcance de la mano, sobre la mesa apacible y vacía de algún cuarto de un solar de la Habana Vieja.

Quizás un tanto necesitada de contactos con el público cubano, la obra de Abilio Estévez tiene mucho que darnos ya que hace referencia a la tradición insular, además se trata de un autor que no rompe con lo cubano sino que trata desde aristas alternas darnos esa identidad de nuevo estilo, entregarnos a la isla lavada en las aguas de un Jordán que desaparezca el fatalismo. Aunque el tono y el tema nos suenen a tristeza de ser islas, en realidad se realza la cualidad y se la mira como propia de la Cuba de todos los tiempos. En tal sentido “Tuyo es el Reino” es nuestro Reino, donde hemos de vivir, donde enraizamos las maneras de pensar, aunque sean múltiples y deformes. Ese reinado de este mundo, si bien pequeño, es al final lo único que nos pertenece de veras.

 

La nueva balacera de libros digitales

kindle-dx

En el año 2000, el exitoso autor norteamericano Stephen King lanza su obra “Riding the bullet” (“Cabalgando la bala”) sólo en formato digital. Parecía el final de una guerra entre escritores partidarios y contrarios del libro electrónico, una batalla decisiva donde uno de los más prolíficos y buscados narradores del hemisferio occidental inclinaba la balanza del lado de los que querían democratizar el conocimiento. ¿Qué sucedió antes de eso, qué encuentros “armados” se dieron entre los bandos contrarios? Desde el surgimiento de la imprenta, la carrera por extender la lectura ha sido uno de los fenómenos más significativos en el campo cultural, de hecho amplió el horizonte de muchas lenguas al ser llevadas al papel o sea al pasar del sonido a la letra. Así, el español, el alemán, el italiano y el francés por sólo mencionar algunas iban del vulgo a las bellas artes, de la verbalizad al enrevesamiento de ideas y metáforas. Obviamente, también en aquel entonces hubo quien se opuso a la imprenta, esos estaban interesados en mantener una sola lengua culta: el latín, forma además de enclaustrar en abadías y monasterios las verdades o mentiras hasta entonces escritas.

En la historia de King, lo cotidiano se torna macabro hasta caer en un torbellino de ideas sobre el más allá, “Riding the bullet” se convirtió así en otro éxito y tuvo su versión cinematográfica. Hoy se pueden hallar muchas de estas obras disponibles en formato ebook o libro electrónico para ser consumidas en readers o dispositivos lectores, el camino desde el surgimiento de la imprenta hasta la publicación a través de portales web como “Amazon” atravesó casi los mismos escollos que los sufridos por los atormentados personajes de “Riding the bullet”. Esta vez, muchos autores no querían que sus derechos fuesen violados, que sus obras anduviesen por ahí “cabalgando la bala” sin que ello reportase ganancia monetaria. Porque los ebooks se pueden copiar muy fácilmente, incluso ahorran espacio en la casa, al no ser necesario el viejo estante de biblioteca (en un reader caben cientos de libros). Antes del salto, otro exitoso autor, el también norteamericano Ray Bradbury, había hecho una campaña durante buena parte de su vida contra el ebook, curiosa manía en un hombre autodidacta, quien tuvo que poner mucho empeño para publicar y que se ganaba la vida en su juventud vendiendo periódicos.

El hereje que encendió el primer petardo electrónico fue Michael Hart, un empresario y escritor que inició el Proyecto Gutenberg, cuando hizo una copia digital de la “Declaración de independencia” de los Estados Unidos, el 4 de julio de 1971. A partir de allí logra copiar cientos de libros de autores clásicos, desde Homero hasta Shakespeare y hace él mismo su propia obra como escritor sólo para consumo digital. En lo adelante, las compañías más poderosas en el mundo de la electrónica toman la delantera de la “impresión” en el nuevo tipo de tinta y se inicia la guerra entre los editores y los autores, unos por lanzar y vender más y más barato, otros porque se respetara, como sello de los viejos tiempos del libro de papel, el derecho de autor. Los ánimos se calmaron cuando la International Standard Book Number (ISBN) reconoce en 2002 los libros electrónicos como sujetos al llamado copyright o derecho sobre impresión, aún así siguió siendo muy fácil piratear un libro digital. El Premio Nóbel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa ha dicho que este nuevo formato hará disminuir la creatividad del autor, sin que sus argumentos sean muy convincentes ya que todo apunta no sólo hacia una mayor democracia del conocimiento sino a nuevas metáforas interactivas, hipertextualidad de las historias, rupturas y desasimientos en la poesía que sólo se hacen posibles gracias a la navegación de un link a otro, en fin: una revolución del lenguaje literario sólo comparable a cuando la imprenta llevó a los idiomas europeos a su mayoría de edad y aparecieron las grandes obras, hoy canonizadas pero en su momento iconoclastas por el nivel de uso de giros y temas.

“Cabalgando la bala” parece ser la frase metafórica con que se nos presenta el ebook, quizá un género que está por entregarnos a los Rabelais y los Cervantes de este siglo. En Cuba, país donde se hace difícil el acceso a la publicación en papel, quizás este formato electrónico tenga un gran futuro, ayudará a darnos a conocer a autores inéditos que esperaban en sus pueblos de provincia la dádiva de algún mecenas o la suerte de este o aquel premio. La extensión en nuestro país de los dispositivos lectores es pobre, sin embargo ha crecido el consumo de libros digitales sobre todo en las academias, donde resulta vital la actualización teórica. Aunque es mucho el camino que nos queda por delante, se sabe que en las Ferias del Libro de La Habana se coloca un stand con literatura electrónica accesible. La revista “Criterios” y el Centro que dirige el intelectual Desiderio Navarro han puesto recientemente 1000 y un textos ensayísticos a disposición de los estudiosos cubanos, material traducido al español y que procede de culturas tan distantes como las de Europa del Este.

Una editorial digital como el proyecto “Claustrofobias”, desde provincias, rompe la barrera del silencio cubano y da quizás el primer paso en una amplia democratización del saber y la creación. La bala ya cabalga en nuestra isla, pero con lentitud debida a la cara o escasa conectividad y la tardía llegada de dispositivos, además no somos inmunes a cierto conservadurismo que tiende a proteger el libro impreso. Pero no queda otra que montarnos sobre la bala, si queremos sobrevivir la balacera del nuevo siglo, un tiroteo de tinta electrónica donde el premio se lo lleva, como siempre, el talento creativo.

La luchita

resized_la_lucha
No coger lucha, dejar que sean los demás los que vayan a la cola del pan a clamar por la mala calidad de la harina o la carencia de levadura. No levantar mi voz para exigir lo mismo ni caer en la nimiedad de una queja que será solventada mediante mecanismos vencidos; tal es mi proceder cuando la realidad muestra las habituales carencias. Pero la mayoría de los cubanos sí cogen lucha, alzan su derecho, se montan en la bicicleta y montean su yuca, como buenos taínos, o se van a las empresas a emplazar una y mil veces a los directivos corruptos.
La lucha es el deporte nacional, se practica a través de enrevesadas técnicas de combate, desde el grito en una cola hasta pasarle por debajo un soborno a cualquier encargado, pareciera no haber reglas o que las reglas son tan duras que nadie las conoce ni las domina a derechas. Desde que abres los ojos estás delante de esa realidad que te pide sumarte a la lucha, ir hacia enconadas peleas en el transporte público y luego estar ocho horas de trabajo en centros donde conviven las más variopintas visiones: vencedores, derrotistas, nihilistas diletantes, bongoseros de la nada. Puedes pasarte el día sentado y sin hablar y, sin embargo, estar librando el más brutal de los combates.
La imagen más típica en estos tiempos es la del luchador, quien a diferencia de los yudocas o los profesionales del sumo, no tiene que mostrar gran musculatura o grosor corporal. La visión de este isleño es la de un señor de cierta edad, en bicicleta, con una lata con sancocho (comida para cerdos) o con cualquier alimento para él y su familia. Todo un poema que recorre las calles de cualquier pueblo cubano y que, casi siempre, asume la forma de algún pregón. Al final del día, el luchador no tiene casi nada, la mayor parte de las veces no le queda otra que volver al campo de batalla con o sin armas y sumarse a la improvisación, a lo cotidiano que se muestra impredecible, a una especie de histrionismo.
Cuba es una lucha perpetua, lucha por abrirse camino, por flotar, por hacerse de corcho y no perecer en el entuerto de la Historia y los bloqueos espirituales y del bolsillo. La lucha es la vida y viceversa. Pero en el temblor de lo tenso se pierden los años y el luchador envejece, pesan más en su bicicleta los plátanos maduros para el almuerzo que los conceptos, se difumina el horizonte de la victoria y el partido de lucha se hace interminable. El hombre en cambio se agota.
Hace algunos años era niño, no entendía de la lucha, pero intuí sus mecanismos y supe que o practicaba ese deporte o no vencería el torneo cubano. Un día salí junto a un amigo de mi padre y este comenzó a vender lo primero que tenía a la mano: una barra de dulce de guayaba y con aquel pregón salimos calle abajo y arriba, hasta que otro luchador vino y adquirió el producto. Hoy he sentido el impulso de luchar, de venderme, de vender lo que sea, pero no siempre se conocen las armas de la lucha, a veces uno no nace con los genes necesarios.
Descartes se queda corto ante la filosofía de cualquier luchador. Hace unas semanas, uno de ellos que vende chatarra en la feria me aconsejó que llenara mi refrigerador de comida y olvidara todo viso intelectual, que simplificara mis metas. Otro, quizás más académico, ha estudiado los proyectos de vida de los jóvenes y me aconseja los mismos recortes en una lógica que peca de neoliberal.
“No son tiempos de sueños, no está de moda la cultura”, me asegura un compositor local de música folclórica. Y en esa línea de no-pensamiento propia de la novela “1984” de George Orwell se sumergen quienes van hasta la bodega llamada “La estrella”, porque ya llegaron hasta allí los huevos. Curiosa metáfora que parece un chiste para cosmonautas de lo cotidiano, ascensión hacia el lejano limbo que nos introduce como campeones inconscientes del deporte nacional: la lucha. Ojalá algún día podamos descifrarle las reglas al juego.

(publicado originalmente en El Toque)

Crónica de una tarde escurridiza

Turismo, hoteles en remedios.jpg

tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

La crisis de los marxistas

marxismo

foto Claudia Aguilera

Tarde de clases en la universidad, un sol tenue ralla el suelo del aula y el aburrimiento y la pesadez de los chicos se hacían evidentes y terribles. Uno de ellos, quizás entre los más brillantes, me ha increpado sobre la esencia de la asignatura que imparto: filosofía marxista. Si le doy la razón y digo que el comunismo es una utopía inalcanzable, se reirán, ellos son estudiantes de ciencias exactas y aplicadas, prácticas. En tal fórmula encarno algo así como un escritor de ciencia ficción que no escribe, o un mago que imparte alguna religión increíble pero obligatoria para todos los que cursen estudios superiores. La escena deviene común, hay quien impone su autoritarismo de profesor y pasa por encima de cuestionamientos muy humanos, otros eluden responder. Se deja en entredicho al marxismo, se entredice que es una ciencia en crisis o una seudociencia. Los alumnos se van a sus cuartos sin motivación, sin que medie la metamorfosis del conocimiento, el instante en que aprendemos algo inigualable.
Pero en mi caso me siento tentado a responder, a decirles la distancia entre el socialismo real y la teoría marxista clásica, a proclamarles el carácter humano de esta ciencia que intenta como visión del mundo llevarles el fuego de Prometeo. Ellos hacen como que entienden, miran hacia mí con caras de hombres y mujeres que mañana serán marxistas y tendrán una concepción dialéctica y materialista de la historia, pero al darse vuelta los veo coquetear con los fetiches del momento, los oigo decir de las bondades de irse del país, de su desánimo ante el estudio de cualquier asignatura. La crisis que nos acompaña no es del marxismo, sino de los marxistas, no es de la ciencia sino de los hombres que la hacen, la divulgan o la estudian. En otras palabras, me pareció imposible taladrarles en ese momento aquellas ideas poco sanas pero lógicas, sentí la impotencia de mi labor, lo fútil decirles acerca de las leyes de la dialéctica, de las categorías.
Uno de esos estudiantes es además heladero los fines de semana, revisa constantemente su celular, tiene más economía que el resto de los muchachos. Ahora mismo funge como una especie de dios entre las chicas, de fetiche. Para él, el liberalismo norteamericano, el mercado, encarnan los santos griales del ahora, él repite constantemente que el hombre es egoísta, que cada quien debe luchar por su vida. A este le he puesto el mote de “Rey de la Selva”, y ellos, los estudiantes, se ríen de mi ironía que no entienden a cabalidad. No obstante, no dejo de explicarles que el marxismo no es una historia sobre fantasmas, sino la articulación científica de verdades que ya nos acompañan, la anticipación espiritual del cambio que pide la historia.
Hay una gran distancia entre el hombre y el conocimiento de su lugar en el universo, lo postmoderno tiende a ser omnipresente y a romper estructuras, el fin de las ideologías es tentador para el estudiante que intenta estudiar menos, estar a tono con la ley del mínimo esfuerzo. Aquella tarde de categorías y explicaciones, entendí además que ellos, mis muchachos, no tienen culpa de que el programa soslaye siglos de pensamiento anterior al marxismo, la gran historia del hombre y sus preguntas universales: quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Ellos no deben pagar por las ineficacias de un catálogo que además de las deudas, se concibe casi con una única finalidad ideológica que no cognoscitiva.
El “Rey de la Selva” se destacó por su eficaz verborrea, esa que usa para conquistar a las chicas, hizo hincapié en lo ficcional de mi asignatura. Intenté decirles que no se puede creer a pie juntillos en un capital que te vende la imagen del triunfo, pero te escamotea todo triunfo real. La ideología no funciona mecánicamente, es duro decirle a un estudiante, cuya vida gira en torno a un teléfono inteligente, que detrás de ese aparato hay indecibles historias de explotación, de seres que trabajan hasta 16 horas diarias y son sustituidos como objetos. El concepto del trabajo alienado, el fetichismo de las relaciones monetario-mercantiles, el aparataje del sistema capitalista que oculta lo que Marx describió a partir de su análisis sobre Inglaterra, el país imperial por excelencia de fines del siglo XIX. Inútil, parecía todo inútil.
Toda verdad chocaba contra la pesadez de los chicos, contra el horario que ya se tornaba infernal por lo tardío y el silencio que invade la facultad cuando todos salen de pase hacia sus casas. Pensé en el precio de las motorinas, en el hacinamiento del tren de transporte obrero, en las roturas de guaguas, en los diez pesos que cuesta un camión particular desde la universidad hasta mi hogar en Remedios. Me vi atrapado por la duda, por el espíritu de ellos mis estudiantes, sentí la angustia del hombre real, no dije más sobre el fetichismo, el Rey de la Selva se reía, di la clase por terminada.

(publicado originalmente en El Toque)

Hiatoria de un quemador de libros

farenheit

Montag es un bombero que termina su vida entre un grupo de exiliados intelectuales, quienes se dedican a memorizar obras clásicas de la literatura. Así pudiéramos reducir la trama de “Fahrenheit 451”, una novela-arma, un cóctel de llamas libertarias y denunciantes que queman a los que hoy estigmatizan el saber. Las distopías se acercaron más a la verdad social que las utopías, pues nuestra sociedad se parece menos a la Nueva Atlántida de Francis Bacon y más a historias donde lo real es temible, irreal, grotesco, kafkiano. Montag parece un nombre demasiado común y así de simple es el personaje hasta que empieza a descubrir que, más allá de los decretos gubernamentales contra la lectura, hay un mundo de verdadero amor, de libertad del hombre, de sentimiento y pasión, de sensaciones proscritas por el poder siempre impersonal.
A diferencia de otras grandes distopías, “Fahrenheit 451” a veces da risa, las paredes cubiertas por la mácula existencial de personajes irreales, cuya finalidad es la empatía, nos hacen caer en la trampa del autor. Ray Bradbury, ese maestro del género social llevado a la categoría de obra inclasificable, nos propone adentrarnos en las interioridades de un mundo sin cultura, o donde la cultura apenas subsiste agónica a través de disidentes. La novela pudiera ser una bildungsroman u obra de aprendizaje, donde Montag pasa de represor a oponente, de quemador de libros a defender la cultura e integrar el desesperanzado grupo de hombres-libros.
En el país de Montag está prohibido leer, porque ello conduce a pensar y de ahí surge la infelicidad y en el país de Montag está prohibido ser infeliz. La gente anda como en una eterna parranda sin sentido, derrochando lo que no tiene y a la deriva de toda filosofía que conlleve visos humanistas. La abolición del conocimiento ha conducido a una estupidez genética difícil de transgredir, una especie de gobierno omnisciente que no necesita reprimir para controlar. En una sociedad sin incendios, los bomberos cambiaron de objetivo, ahora queman libros. Proceso de reeducación que incluye el estigma de quienes leen, su aislamiento como seres enfermos.
Pero el protagonista va de la mano de la atracción física hacia el contacto con la cultura, curiosa metáfora de Bradbury que retoma viejos conceptos griegos acerca de la sabiduría como amor. La dialéctica planteada en el “Banquete” de Platón como una unión entre los hombres, que genera la sabiduría a través del crecimiento en sociedad. Montag va adentrándose cada vez más en un mundo oculto y rico, lleno de gente que sí lee y defiende su pensamiento, donde priman lazos griegos de apego a los libros, a las obras mayores. El peligro crece a medida que el personaje se traslada desde su punto muerto inicial hacia su fecunda inmersión. La huida es una especie de llegada al universo, de nacimiento, de reverso de la moneda, en tal sentido esta es una novela subversiva, que llama a incendiar no los papeles sino el papel falso que le ha sido asignado al hombre en medio de una dramaturgia mediocre que limita y mata sin necesidad de una violencia abierta. El lector respira no obstante ese miedo, el lector siente el miedo de leer, porque la actividad está proscrita ahora mismo, en este mundo nuestro donde lo normal es la estupidez conveniente.
En el país de Montag el bombero deviene en oficio represivo, en matador de miles de vidas, se trata de un verdugo cuyas víctimas no tienen salvación. Cada paso que da el lanzallamas es un paso atrás en la civilización, y en medio de toda la fanfarria está la música de mal gusto de las risas grabadas, los seres falsos que se aparecen en enormes paredes-pantallas y que no quieren entender ni un ápice de nada, porque en el país de Montag ha muerto el hombre. La familia y los amigos son omnipresentes y a la vez nunca están, la calle es hipervigilada por una policía del pensamiento, el sentido de la opresión se desdobla tanto que el lector de esta novela termina con el pecho en un grito, como el famoso cuadro de Eduard Munch, metáfora del hombre solitario y enajenado de todo ambiente, donde las ondas de la vida son distorsiones.
La huida de Montag hacia un claro en medio del bosque, donde hay un fuego contra el frío y las tinieblas, encaja muy bien en el simbolismo de la permanencia del saber entre las fieras del presente. Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel, metáfora del fin del hombre a través del asesinato de su legado histórico. Los que se exilian aprenden de memoria los libros y los repiten cada noche con la esperanza algún día, quizás nunca, de volverlos a imprimir. Así Montag termina viviendo junto a la “Ilíada” o al lado de la “República” de Platón. La novela da grimas, reprime el deseo de vivir este presente nuestro, genera en el ser contemporáneo la misma angustia que su par “1984” del inglés George Orwell. Dolor que sólo se calma cuando vamos a las bibliotecas o las librerías y vemos que, contra todas las prohibiciones, aún quedan libros, gracias a Dios aún quedan muchos libros sin quemar.

El malestar de la ideologia

delacroix_liberty

No existe intelectual que no sea un ideólogo, separarnos de esa verdad nos lleva al simplismo y la inconsecuencia. Pensar, actuar en la vida política, no es sólo tarea de quienes dirigen – los llamados cuadros – sino que la esfera pública, la participación, pertenecen a lo social. Toda vida incluye múltiples criterios y el ejercicio de estos, pues el hombre idea modelos, comportamientos, rectitudes o dobleces mientras respira y ello lo lleva a definirse a través de determinados espacios.
La ideología siempre va a estar y no existe tesis que defienda a cabalidad su muerte, ya que se trata del entramado dinámico que está en constante interacción con los actores sociales de los diferentes espacios y esferas. Por tanto, proponer, como hemos visto en algunos medios emergentes, un mensaje desideologizado es por lo menos baladí, cuando no sospechoso. El malestar de la ideología está presente sobre todo en los que intentan hacer un periodismo sin banderas claras. Otros, desde sitios supuestamente definidos, no logran aprehender la esencia del movimiento ideológico cubano que va a la par con una transformación radical en la base de las fuerzas productivas.
Aperturar un sector con visos preclaros de pequeña y mediana propiedad, genera a nivel global enormes resonancias. Por ejemplo, el sistema salarial cubano – de por sí débil –, se resiente más en aquellos sectores imprescindibles que competen a la funcionalidad de instituciones estatales. Así se cambia un poco de liquidez y de dinamismo en la moneda nacional, por un daño humano que genera no poco escozor. Si un médico gana en un mes el jornal diario de un carretonero, se tendrá graves peligros en una de las conquistas mejores e inigualables del actual sistema. Podríamos hablar lo mismo en otras áreas de la producción espiritual y de los servicios a la población. Allí también estará el malestar de la ideología, moviéndose no a la par de decretos sino al ritmo de las relaciones de producción que definen al hombre real.
Robert McNamara, capitalista cien por cien y presidente del Banco Mundial, dijo en determinado momento que no se puede cambiar la naturaleza humana. Quizá se equivocó en parte, porque si algo está en constante movilidad es el espíritu del hombre, pero en lo que no falla el otrora Secretario de Defensa de los Estados Unidos es en el hecho de que todo movimiento ideológico demora lo que demora el traspaso económico y su interacción con las ideas predominantes. Pretender un periodismo que obvie la ideología no es sino asumir ya de facto un ideario que no conviene mostrar. La comunicación actúa sobre el entramado de manera ideológica, no como productora de ideas, sino como método eficaz de divulgación. De ahí que las grandes batallas las demos a través de medios de prensa más o menos dependientes de una ideología abierta, declarada o velada y que como hombres reales nos veamos inmersos en algo que resulta mucho mayor que nosotros mismos y nuestra información académica.
No se trata de adhesiones tipo Edad Media, ni de declaraciones de fe, pero sí de pensarnos mejor y con más honradez. Si sabemos que como ciudadanos con derechos nos pertenecen los espacios públicos (parques, calles, periódicos, emisoras), tenemos entonces delante la verdad ideológica de usarlos con responsabilidad. Nadie puede pararse en ningún estrado a decretarnos qué pensar, pero la historia y las relaciones predominantes generan esa presión, ese malestar evidente, al que nos debemos como intelectuales. De la interacción, de la lucha consciente y sagrada, salen las verdades que necesitamos para construir ese consenso siempre frágil en el campo cultural. La condición humana, las mentes, no varían en una jornada de trabajo, ni la utopía es alcanzable, pero esas rutas nos alumbran el camino a través del escabroso entramado sociedad-ideología. No se puede pretender que alguien maneje el proceso de forma exclusiva, ni que todos vayan a participar de maneras similares. Asumirnos como diversos será parte del reto que como cubanos tenemos que afrontar en esta isla cambiante que deberá clarificarse a sí misma qué quiere y hacia dónde enrumbarse, lo que en otras palabras no es otra cosa que la ideología predominante.
Decir que la prensa sin ideología existe o que tenemos una prensa totalmente ideologizada, son los extremos del ring del boxeo político donde no debemos caer los intelectuales que amamos la verdad y la escribimos o decimos con honradez martiana. La ideología siempre estará, pero también tendremos que estar nosotros, todos, para que el malestar no conduzca a malestares mayores.