Descartes, Stevenson y un monstruo llamado Prensa

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En 1492, Cristóbal Colón “descubre” América y René Descartes en 1637, la subjetividad. Ambos sucesos están encadenados a una manera de concebir la historia que rápidamente se va a despegar de la visión medieval, esa que como dijera San Agustín de Hipona, coloca el telos en el cielo, siendo nuestro paso por la Tierra un simple y magro paseo entre las sombras.

Antes de 1492 predominaban la patrística y la escolástica, de manera que todo el pensar se ponía en función de la fe, el platonismo, con su parábola de la caverna, funcionaba como metáfora de la vida en Europa: se existía o cerca o lejos de un fuego místico que pocos llegaban a ver. Pero la aparición de otra tierra, inmensa, mucho más grande que el Viejo Continente, dio la posibilidad no sólo de emigrar, sino de darle un vuelco a la vida cotidiana, de acumular el capital suficiente para pagar una Contrarreforma religiosa, para fortalecer el laicismo de determinados espacios académicos y, en suma, la aparición en el horizonte del pensamiento de un nuevo personaje: la duda.

Durante la Guerra de los Treinta Años un joven soldado francés tiene una revelación, estaba sentado enfrente de una estufa, de pronto surge la idea, germen del libro que en 1637 le dará un vuelco a la filosofía, fundando la modernidad en el pensamiento. René Descartes, perteneciente al movimiento de los eruditos libertinos, alumno aventajado del colegio de La Fleche, se había enrolado en aquella guerra, pero supo que su vocación estaba junto a la ciencia y se fue a la Holanda protestante, donde tuvo mayor libertad para publicar su tratado “El discurso sobre el método”.

A partir de Descartes el hombre puede confiar solo en aquello que es evidente, dejando de lado las concepciones medievales basadas en el mito platónico y cuyo portento era la fe religiosa. De ser un objeto del poder eclesiástico, el hombre deviene en sujeto de la realidad toda, la constituye, la piensa y al hacerlo la transforma a su imagen y semejanza. Es el principio de un gran cambio, ese que devastará América para construir un nuevo sujeto de la historia: la burguesía capitalista.

La historia de cómo la verdad deja de ser una verdad revelada para convertirse en una verdad constituida mediante supuestos consensos, pasa por ver qué cosa es conceptualmente ese poder constituyente. Porque el cogito cartesiano responde a nuevas lógicas, esas que van a estar presentes en el planeta hasta hoy, bajo el manto de consensos democráticos, pero que son las verdades de una clase social vendidas al por mayor como lo común y las verdades de todos.

Pero, ¿qué es el poder? Hasta 1492 y más claramente, 1637, el poder era el de Dios, uno incuestionable, que nadie había visto, pero que nadie ponía en duda. Se trataba de un hecho fáctico, no democrático, ajeno a las masas y los constructos sociales y, en resumen, al hombre como tal. La historia secular solo disponía de embajadores, de interlocutores, como el Papa y los cardenales y obispos. No había necesidad de consenso, puesto que quien no se doblegara al orden, a la Verdad, iba directo a la hoguera.

A partir del surgimiento del sistema mundo del capital, como planteara el académico Immanuel Wallestein, se integran América y Europa en una dinámica productiva y reproductiva de las relaciones económicas. En la medida en que se acumula capital surge una nueva fe, una que se irá secularizando hasta que en 1789 le corta la cabeza al rey Luis XVI y establece el culto a la Diosa Razón.

No en balde Descartes sufrió ostracismo en la propia Holanda, ya que en opinión de los cristianos protestantes sus libros no daban lugar al Dios bíblico sino a uno metafísico, se le acusó pues de ateísmo y se condenaron sus obras. Durante siglos, en los países católicos fue un crimen declararse cartesiano, pero ya el cambio se había producido y el hombre europeo capitalista había salido del principio de autoridad eclesial y abrazó el ideal de la razón, uno que le permitiría establecer su razón, su verdad, no ya como criterio absoluto y religioso, sino como sentido común y consensuado de una nueva sociedad.

De manera que a partir de 1637 se comienza a hacer evidente un nuevo poder. Hasta dicha fecha el individuo era una nada, una pieza en el tablero entre Dios y Lucifer, pero a partir del “pienso luego existo”, toma importancia el criterio individual. El poder entonces será una relación permanente y transversal entre los individuos, como lo define Foucault. Se rompen viejas ataduras y se necesitan otras nuevas, que aten a los demás o que sirvan a quienes quieren romper el orden, para saber hacia dónde dirigirse. Estamos en los principios de la opinión pública, a un paso del periodismo.

 

Poder y medios de comunicación

A partir del surgimiento de la imprenta, se incrementa el número de publicaciones, así como las tiradas y surgen la periodicidad y el vínculo entre el poder y el mensaje masivo. Así, de las famosas Tesis de Lutero publicadas en la puerta de una iglesia, se pasa a la difusión de la nueva Biblia en idioma alemán y de allí a la publicación de los primeros periódicos, que contenían ya el germen de la nueva sociedad: presentar como consensuadas, como comunes, las ideas de un grupo.

El siguiente pensador que removió los cimientos del poder eclesial, sin salirse de su pueblo Koenisberg, fue Immanuel Kant, quien dijo que sólo podía pensar aquello que conocía, estableciendo la distinción entre la cosa en sí y la cosa para sí, o sea un tabique en la realidad entre lo cognoscible y lo incognoscible. La razón avanzaba rápidamente, construyendo una nueva moral, basada en el consenso, así uno de los presupuestos kantianos más fuertes es el imperativo categórico, que llama a actuar y pensar según una moral universal ya establecida.

Los filósofos, a partir de la escuela alemana de pensamiento que surge a raíz del iluminismo, serán también periodistas y, a menudo, se ganarán la vida en publicaciones periódicas. Hegel y Marx son dos grandes e imprescindibles ejemplos.  Y es que a partir de 1789 se va a hacer cada vez más evidente la importancia de la conquista de la opinión pública de la sociedad civil, o dicho sea en otros términos, del poder simbólico, de la construcción de sentido.

Si antes, en la Edad Media, un acto de comunicación no era otra cosa que una chispa divina en un terreno de oscuridad (que debía ser siempre oscuro por naturaleza), ahora es el hombre quien domina la cultura y la sujeta cartesianamente a su favor. La razón deviene en razón instrumental (como dijeran los teóricos de la Escuela de Frankfurt Theodor Adorno y Max Horkhaimer), o sea el tecnocapitalismo que arrasa el planeta en función de su VERDAD, que por demás se aparece bajo el manto de la verdad de todos.

En el Medioevo se luchaba por un terreno en el otro mundo, en la modernidad la guerra es tangible y a la vez que se pelea por mercados y yacimientos de materias primas, se construye un mundo simbólico a imagen y semejanza de las clases dominantes. La técnica capitalista, la razón cartesiana, se adueñó de la construcción del sentido cotidiano y se sirve de los intelectuales orgánicos en la aprehensión de la verdad.

Kant, el más grande iluminista, dijo que la razón a la vez que pensaba al objeto, lo sujetaba, lo constituía, lo hacía para sí. Pero hay algo en el proceso de monstruoso, de fáustico, la conquista del objeto por el sujeto, enajena al objeto de otros sujetos. Surge entonces el sujeto (el individuo) sujetado por el capitalismo. De manera que a la vez que España coloniza América, la hace para sí, devasta las culturas originarias, y hay una nueva reconfiguración del sentido, donde la sociedad civil es conquistada y construida a partir de los principios del poder del capital europeo. Así, solo es posible conocer algo de los pueblos originarios, partir de los propios españoles.

La verdad, que se presenta como consenso, sigue siendo la verdad del poder fáctico, y los medios de comunicación comienzan desde sus inicios a asumir su papel de legitimadores de dicho orden terrenal. Se cambian los púlpitos por los periódicos y los sermones por los artículos.

Siguiendo a Hegel, gran filósofo e ideólogo de la modernidad capitalista, el ser es la razón misma que evoluciona desde formas más primitivas a otras más elaboradas y que tiene su culminación en la sociedad civil organizada en Estado. De manera que la construcción del sentido hegeliano es la del burgués que ve en las instituciones y los mensajes del diario sus propias ideas, ya sean simbólicas, ya sean concretas. Tal inversión de los términos: la idea determina la materialidad, predomina hasta el día de hoy en las sociedades modernas, toda vez que se asume como único fin el orden existente.

Pero si analizamos el punto de partida de Karl Marx, veremos que los medios, la sociedad civil, el Estado y el orden jurídico, no son otra cosa que la expresión del orden burgués del mundo, que no necesariamente la última ratio de la historia. Lo que se presenta como la verdad de todos, como la última verdad, el fin del devenir humano, no es otra cosa que la razón conveniente del tecnocapitalismo, esa misma que aunque conoce la realidad, no se implica en su transformación más allá del tabique hallado por Kant. La materialidad se expresa en la idealidad, la determina.

La novela “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson expresa esa dualidad de la razón burguesa, que por un lado crea sentido a la vez que lo destruye. El Dr. Jekyll vendría siendo la ciencia, la búsqueda, la duda cartesiana, que sólo se sostiene a partir del pensamiento, mientras que Mr. Hyde, su subproducto, la otra cara de la moneda, expresa el precio que la Humanidad debe pagar por dicha razón constitutiva del sentido del mundo: la monstruosidad y la pérdida de todo sentido. Hyde viene del inglés hide que significa oculto, escondido, encubierto.

De manera que Marx vendría a desmitificar el mito de la razón a través del desocultamiento de las relaciones de vasallaje que hay detrás de la construcción del sentido del mundo. Esta visión atañe a los medios como legitimadores del poder normativo de la clase dominante.

A partir de la modernidad y más fuertemente en el siglo XX los medios de prensa encarnan el cogito cartesiano burgués, mitificado en consenso. Según Noam Chomsky, a pesar de que los medios ampliaron la esfera pública y dieron la noción de participación a la sociedad civil desde un sentido más pluralista, en verdad la función de estos instrumentos responde a la idea de Mr. Hyde, esconder el verdadero orden social de la mirada de las masas y desviar la atención de estas hacia versiones amables, perfectas, impolutas de las ideas del grupo dominante.

De manera que no hay consenso, sino el ocultamiento del disenso entre dominados y dominadores. El Estado, con sus vertientes jurídica, ideológica y mediática, se manifiesta como regulador de la verdad normativa y por tanto de los ámbitos de existencia y actuación de la sociedad civil, los medios funcionan como indicadores de los datos que deben adquirirse para vivir una vida normal y normada.

El llamado cuarto poder, idea heredada del liberalismo inglés, no es otra cosa que la quintaesencia de la ideología oficial, que mistifica el orden, creando el gran relato de que lo que existe siempre existió, paralizando a la razón, tornándola sinrazón, convirtiendo al Dr. Jekyll en Mr. Hyde. La razón sujeta al sujeto de la historia, al hombre mismo, así, instrumentos salidos de la mente humana como los campos de concentración y la propaganda nazi, se basan en ideas racionalizadas, en laboratorios bien dispuestos y que contaban, faltara menos, con sus periodistas para narrar y legitimar el devenir que, siempre, es el que debe ser. La razón es irracional.

 

¿La razón será otra vez racional? 

Con la caída del Muro de Berlín se esfumó una gran posibilidad para el hombre moderno, cierto que el experimento de Europa del Este y de la Unión Soviética tuvo “defectos de fábrica”, errores en la construcción política. Pero a partir de 1991 con la dimisión de Gorbachov y el derrumbe del segundo polo mundial, se pudo decir que había una sola racionalidad, lo cual estaba muy cerca de ser una sola verdad.

Los medios de prensa, conglomerados que ya no sólo construyen el sentido sino que son el sentido, devienen en el escenario donde todo sucede. Si el proletariado no logró hacer la revolución mundial, los informáticos y los magnates empresariales sí trajeron la revolución comunicacional, la cual trastocó las lógicas de lo social. No se trata ya solo de la conquista de sentido en la sociedad civil, sino que la sociedad civil se diluye en las redes sociales y en el sentido mismo, sin que este deje de ser un sentido constituido. La verdad se lee en Internet y lo que no está en Internet no existe. ¿Dr. Jekyll es para siempre Mr. Hyde?

En medio de esta “falta de sucesos alternativos” la historia parece la historia del liberalismo y su triunfo frente al autoritarismo. La libertad de prensa, el periodismo ciudadano, las redes sociales y la participación en el consenso se ofrecen más que nunca como las grandes conquistas del momento. Francis Fukuyama se lanza a formular otro fin de la historia, donde las sociedades burguesas y pluripartidistas son las únicas viables, las que ofrecen algún atisbo de razón y de sentido a la existencia del hombre, una vez más la razón asiste a los vencedores. Se formula no ya la historia como relato, sino como acumulación de datos caleidoscópicos, todos con el mismo peso y la misma presencia en la construcción del sentido democrático. El consenso que hay, según esta tesis, es el único posible y el que siempre debió existir.

Sin embargo, pasados los años tras la caída del Muro de Berlín, las sociedades del Este están lejos de ser más equitativas y sobrellevables. Hay más miseria y, en general, no existen los espacios democráticos suficientes para luchar por la transformación del orden de cosas hacia un Estado más justo. Los partidos que mostraron efectividad en la lucha contra el socialismo, demostraron su ineficacia como gobiernos. La aplicación de recetas, de instrumentos racionales, aumentó la economía a niveles macros, pero deprimió los niveles de vida, generando grandes desigualdades.

En este panorama, la razón importa cada vez menos, ya que los espacios públicos dejan de serlo con rapidez, y no hay medios de prensa con el suficiente discurso alternativo al poder. La democracia se limita a ser el simple juego numérico de votos entre dos o más partidos que representan en esencia el mismo orden.

Cabe entonces la pregunta, ¿la historia, tiene un sentido?, y en ese sentido ¿qué papel pueden tener los medios? Más allá de simples espacios comprados, puestos como escaparates para la publicidad, los periódicos y emisoras son los sitios donde la modernidad burguesa transcurre. Por tanto, serían las primeras instancias a conquistar para el logro de un nuevo y verdadero consenso.

Pero la historia en el siglo XXI carece de un sujeto que la mueva, ya que el gran poder, el de las pocas familias que manejan los medios, sujetan a las masas y les dicen constantemente lo que deben hacer y comprar. A la vez, la vigilancia de los gobiernos es cada vez mayor y desregulada, ajena a los mecanismos de la sociedad civil. Facebook se presenta como un canal abierto, pero en verdad es el Gran Hermano orwelliano, la vieja razón cartesiana y constitutiva, la que transforma al objeto que sujeta.

La razón es racional solo en su propia imposición, no en cuanto a un final sensato y conservador del planeta. Los mismos medios que pudieran servir para llamar la atención sobre el cambio climático, exponen, porque media el capital, al candidato a la Casa Blanca que niega de facto dicho cambio climático. Como dijera Heidegger, la Tierra será arrasada por ese tecnocapitalismo que incurrió en el olvido del ser.

Estamos abocados a una nueva Edad Media del pensamiento, donde no son importantes los pensadores, los artistas o los intelectuales, sino las marcas de ropa, los futbolistas y las mujeres desnudas. Se trata del pensamiento colonizador llevado a su extremo, a los deseos del cogito cartesiano en su versión más brutal. Ante ese panorama, una gran masa de humanos está aún ajena a la existencia de dicha modernidad y ni siquiera ha visto jamás un computador, no ya interactuado en las redes sociales. Pero esa verdad para los medios no existe, por tanto no existe fácticamente para el mundo.

El llamado consenso democrático, ese que debieran expresar los medios, es hoy un disenso sin solución, de manera que la gran verdad develada por Marx, la de las masas abandonadas a su suerte, es hoy un grito más fuerte que nunca. Un problema cuya denuncia se hace vigente, minuto tras minuto, sin que Rupert Murdoch deje que el grito del desposeído trascienda a los platós de la televisión.

Walter Benjamín, miembro de la Escuela de Frankfurt, escribió en sus “Tesis sobre la Filosofía de la Historia” que la historia no tiene un final, que el Mesías que esperan el judaísmo y el cristianismo, no vendrá, porque sencillamente este ya está en los pequeños agujeros del devenir humano, en los que es posible sentirlo, por un breve instante. Marx dijo de la religión que era opio, pero no en el sentido peyorativo, sino como el último grito de la criatura desesperada y si, como dijo Benjamín, el Mesías no vendrá, al hombre sujetado de estos tiempos sólo le queda el camino de un nuevo y verdadero consenso basado no en la razón imperial, sino en la razón sin ataduras.

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribir a martillazos, a la sombra de las columnas

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El que mira un reloj de arena y ve la disolución de un imperio, así pudiéramos calificar a los escritores de columnas, esos que aparecen en los diarios tan a menudo que se nos asemejan  a familiares, amigos y que hablan con un lenguaje a veces llano, otras inteligente, pero siempre dispar del periodismo ramplón de las noticias o el simple comentario de sucesos. Mirar en lo mínimo, en el grano de arena, lo mayor, lo que trasciende, he allí el poder de la palabra, y hacerlo además con la capacidad de que ese hallazgo traspase los lugares donde reina cierto desdén hacia el asombro, esas sombras que se adueñan del resto de las páginas y que bajo la justificación de una realidad chata nos envuelven en su grisura.

Quien escribe columnas es una especie de Indiana Jones y rescata el viejo género del ensayo como obra en sí misma, con independencia del uso que luego se le dé. Una pieza que es una separata y que algún avezado recortará, para que se le archive dentro del baúl del buen periodismo, el que narra lo inarrable. Para quienes leen, está claro que las columnas dicen mucho más de lo que quisiera el dueño del diario o la revista, y ahí están ejemplos como el de José Lezama Lima en el Diario de la Marina, cuando se le dio la posibilidad de que escribiera sobre La Habana, pero el autor se escapaba por algún ventanal para rebelarse, en uno de esos arranques que -según él mismo aseguró- le harían treparse en los tejados con una forifái en la mano. Nadie en su sano juicio hubiera obligado a Lezama a otro tipo de artículos, ya que o se asumen así o se censuran y cuando un medio abre una columna ya sabe que se mueve en ese terreno pantanoso.

Escribir es un compromiso, pero no de esos que se adquieren en una tribuna o en un centro laboral y mucho menos en el ejército, sino que cuando alguien teclea unas líneas ya sabe que en eso le va la vida, que de ahí se desprenden muchas cosas, no en balde el ensayo es uno de los géneros menos vendidos en el plano de los best seller, a la vez que el más útil en términos de cultura y el que más libremente se mueve entre todos los demás formatos. Una columna, se sabe, asume en estos tiempos el papel de los ensayos iniciáticos, aquellos que solían ocuparse del rodar de unos carruajes, de las comidas, de la verdad como definición filosófica o del pelo del gato. No vamos a negar el valor de piezas como las de Theodor Adorno, enmarañado en su lenguaje a la par que imprescindible (en uno de sus volúmenes sobre Hegel llama, precisamente, oscuro al filósofo alemán sin que le tiemble la mano, a la vez que cae él mismo en ese defecto). Para cierto ensayo académico, ya está vedado el universo salvaje de las columnas, pero sabemos que quienes comunican son los rostros de un poder real y que incluso las mismas aulas se deben a esa sociedad civil y ese Estado controlador que nos dicta normas.

No hay desdén más peligroso que el de la figura académica hacia las columnas, quizás por eso mismo Lezama, que no aspiraba al grado de pontífice, se inclinó por un medio tan generalista donde nunca dejó de ser él. Uno de esos pequeños ensayos versa por ejemplo sobre los carnavales en el parque central y el lector accede de tal forma a los pequeños bailes y orquesticas (así las llama él), que se improvisaban en esos días en torno al punto neurálgico del país. Uno no sabe por qué, pero se siente cierto frescor y una película en colores acude a nuestra mente, mientras se recorren las líneas de Lezama. A la vez, vienen  la comprensión de lo que era la vida entonces, las ansias de felicidad, la sencillez de los anhelos del pueblo, y alguna opresión oculta que no llegamos a ver del todo. Para el autor de la columna estaba logrado el efecto mágico, que no es otra cosa que el traspaso de un universo. Nada sustituye este aprendizaje de las manos del maestro, porque de hecho las escuelas de periodismo no enseñan tal abecé, solo la vida, la que se adquiere flotando entre turbulencias, nos trae la posibilidad de tomarle el pulso a la realidad mediante los arpegios subjetivos de la columna.

Lezama, que nunca se subió al tejado con la pistola forifái, disparaba sus ráfagas de verbos desde las páginas de uno de esos periódicos que incluso los más pobres leían, y que se usaban para tapar el frío en esas villas de miseria por entonces tan extendidas. Uno imagina que -en el caso del ensayo sobre el nombramiento del nuevo presidente-, algún lector en desgracia leería  las ocurrencias y críticas de dicha columna, antes de acostarse en medio de las carencias, quizás usando la propia página lezamiana como antorcha para calentarse. Prometeo hizo esta vez su tarea, sin que pagase ante los dioses un pecado justiciero, le llevó un poco de esperanza a un hombre que ya tenía poco o nada que perder. Y es que la columna se dirige a todos, habla en un lenguaje maravilloso, uno que se establece entre autor y público, una especie de pacto. No hay academias, sino triquiñuelas del lenguaje y el pensamiento, de manera que para un florido escribano como Lezama, el periodismo como ensayo era un medio más que expedito, casi podemos decir poético, tanto como su inolvidable imagen del mulo en el abismo.

Para salir de la oscuridad hay que compartir el color de los muertos, ya lo definió así el mito de Orfeo y el culto derivado que se sabe dio origen a la filosofía helénica. De manera que no existe un ensayo académico y otro columnista, todos los fuegos están presentes en el naufragio de la vida terrena que nos conduce a un hogar común, en el reino de la idea. Para los escritores de periódicos, la comunicación con los rostros cotidianos es un ejercicio peligroso y serio, de esos que no se dejan en manos de cualquiera. Quienes conversan a diario mediante las columnas, suelen parecerse a los muertos que nos comparten su color. Aparte del nombramiento presidencial, Lezama sabía que en sus entregas debía ofrecernos una Habana no exacta a su original, sino idealizada desde un punto más perfecto. En aquellas páginas, el Prometeo de Trocadero asumía su papel de periodista más allá de los devaneos de la prensa simple, para llevarnos un trozo del único mundo que importa, el más allá.

Quien escribe seguirá siendo el mismo que predice el derrumbe de un imperio, y la imagen de Nostradamus nos viene enseguida que pensamos en ello, la del intelectual que desea cambiar el mundo mediante el poder oculto de las ideas. Un anhelo que está transido de platonismo y que vemos igual en Novalis que en Herman Hesse, atraviesa todo el pensamiento y la creación y no renuncia al corazón de los lectores, aunque se trate de un lugar común de la escritura. Para Nietzsche, el mito era la verdad y la filosofía (la sophia), un alejamiento de dicho conocer, de manera que Sócrates se opone al motivo nietzscheano de la creación: el retorno al mundo de los dioses, a la idea, a un vitalismo que desconoce trabas, a un tiempo iniciático en que todo se servía en estado puro sin las corruptelas de un nihilismo mal asumido. Quien escribe no crea un mundo, sino el mundo, y más allá de ello, nos entrega un boleto de vuelta a lo que de veras importa. Por ello cuando leemos los ensayos de las columnas lezamianas se tiene la sensación o de ver o de vivir, se camina junto al paso ahogado del autor por los alrededores del Castillo del Príncipe o debajo de las columnatas de la Plaza Vieja, se contempla una voluta de humo que flota de pronto mientras alguna imagen del eterno presente de los dioses se disuelve.

El hombre es su palabra, que es casi lo mismo que la idea aunque no exactamente. Cuando se dice que fulano escribe una columna en tal medio, la gente no accede al alma particular de un hombre, sino a un universo en el cual el que escribe solo funciona como puente. Indiana Jones descubre pasajes secretos de la idea, nos los muestra casi vírgenes, con la telaraña de otros tiempos. Nadie podría decirle a un ser que escribe con su alma que lo que hace no vale, ya que la palabra no cincela, sino que trae, es una invocación, tiene el poder de los chamanes. Y cada columna es como una consulta con los muertos que vienen a través del médium/autor. Vale que el que firma crea al menos en él mismo, ya que se hace responsable de una religión particular que atrapa al que lee, se genera así una resonancia, una tirada del mulo en el abismo, que va en su sereno paso y que su peso no siente, como si las prisiones del alma se disfrutasen.

De manera que nos queda el philos, el amor griego, sin que la sophia nos quite el sueño, nos vamos leyendo a Nietzsche y hallando los orígenes de la tragedia, donde queda desacreditada la moral esclava de quienes escriben para lectores que no existen, los que separan el ensayo de la columna y viven en un mundo de élites de humo. Hacer periodismo a martillazos, como lo hizo el émulo de Zaratustra, tal es la razón de los que escriben en periódicos generalistas, sin que el ejemplo de Lezama quede a un lado.

La escritura es la vida o se le parece mucho, casi más que la eternidad. Firmar una columna hace del autor un conducto, no podrá ya echarse para atrás y mañana decir que no fue él, que el compromiso era falso o que la pluma se movía sola sobre el papel. Como los que predecían las cosechas, sabe el autor que le va la vida en cada primavera, cuando los ojos del pueblo se sitúen en los surcos llenos de semillas por germinar. No solo se predicen imperios, sino nimiedades, aires que nos llevan por las calles habaneras, mientras imaginamos que en cualquier momento nuestra propia escritura puede obligarnos a asumir el poder de una forifái en medio de peores tiempos, una pistola que reemplace la pluma y que cumpla la misma labor. El legajo como llave de mundos, la columna como enigma, el mito de la esfinge que pregunta y mata, en realidad nada ha cambiado desde los tiempos griegos, volvemos a empezar.

Soros y la pesadilla de juguete

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Si se realiza una búsqueda en Google sobre el multimillonario George Soros, saltan a la vista dos cosas: lo que el lector percibe como “más veraz” será aquello que tiende a calificar al personaje como de filántropo y adelantado, especie de Robin Hood posmoderno; por otro lado, lo “menos veraz” recae en las constantes referencias a las conspiraciones que van desde la pertenencia del sujeto en cuestión a una raza de reptilianos, hasta referencias al relato bíblico. Nada en política es casual y menos aun lo que sucede en internet en la actualidad: está claro que de esta forma se intenta tapar una gran verdad en torno a una figura de oscura data, cuyos manejos alrededor del globo siguen una lógica individualista y secreta.

George Soros nació en Hungría y estudió en Londres, donde quedó deslumbrado por las teorías filosóficas de Karl Popper y su libro “La sociedad abierta y sus enemigos”, una especie de índice acerca de aquellas literaturas susceptibles de ser enemigas del liberalismo moderno, desde Platón hasta Marx. En lo adelante, Soros, alumno preferido, llevará hasta sus consecuencias más radicales e incluso antiliberales las tesis de su profesor y para ello fundará, con dinero proveniente de la élite británica y con la anuencia de los servicios secretos occidentales, la “Open society”, una supuesta organización no gubernamental que comenzó rápidamente su ascenso contra el comunismo, al calor de la guerra fría.

 

El capital “de juguete”

Los años 80 de siglo pasado estuvieron marcados por dos grandes acontecimientos en el orden de la ingeniería social: el fin del capitalismo productivo y su sustitución por el monetario, especulativo y financista y la implantación del neoliberalismo en occidente mediante la ofensiva realizada por los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Informes de la Agencia Central de Inteligencia les habían advertido a los líderes de la derecha anglosajona que, aunque en la Unión Soviética existían serios problemas de construcción política, la economía lejos de desacelerarse aumentaba y ello permitía una renta bastante equitativa entre los ciudadanos. Esto último en un momento en que Estados Unidos había gastado hasta el último dólar con respaldo en oro en la guerra de Viet Nam y no podía por ende garantizar que, con una caída de la producción, no sobreviniese un crack de la economía como el de 1929 que casi genera en el mundo una ola de revoluciones socialistas y definitivas. La potencia americana tenía dos alternativas, o aumentaba la intervención del Estado y recurría así a las teorías liberales clásicas de John Maynard Keynes, que salvaron el país bajo el gobierno de Franklin Delano Roosevelt o “huir hacia delante” con una mayor privatización de los bienes en la bolsa, lo cual aunque aumentaba la liquidez y confianza momentánea en el dólar, representaba un peligro de cara a un futuro en el cual Estados Unidos retrocediera en el área productiva a la vez que se inició así el juego de la especulación de activos.

El capital de juguete pronto se tragó al real, y las ventas en el mercado al por mayor cada vez fueron más ficticias, meras cifras que eran bien utilizadas individualmente a quienes habían aprendido las fórmulas del flujo monetario. La estrategia de Reagan le granjeó inmensos apoyos en la ultraderecha y en las élites, ya que liberó el mercado del último control estatal, siendo así que todo en una sociedad era susceptible de comprarse y venderse, aunque en la práctica no se produjeran bienes. En la batalla contra la Unión Soviética, los financistas vieron rápidamente el filón de derribar la barrera del comunismo estatista, para así, a precios irrisorios, comprar los activos de las empresas del Este y especular al por mayor. Uno de los que se benefició con estas operaciones fue, de hecho, el propio Soros, quien sostenía desde su “Open society” que los países debían abrirse, como almejas, al capital y dejar de lado sus regulaciones. Aparentemente, se trata de una teoría para “liberar” regiones cerradas del globo, pero en verdad es un arma para comprar mejor, más rápido y más barato.

Este capital de juguete, que es pura liquidez del dinero, se basa en la confianza y no en oro ni en bienes, con lo cual todo el poder monetario del mundo y por ende el político ni siquiera quedó en manos de gobiernos como el de Estados Unidos o Gran Bretaña, sino que pasó abiertamente  a fortunas privadas, financistas de esos gobiernos y de ONG como Open Society. El súper capitalismo, que siempre se había servido del Estado nación moderno, comenzaba el desmonte del mismo en aras de un arrasamiento mundial, que hoy se conoce como globalismo y que en 1992 se inició con la imposición de las terapias de choque neoliberales, al calor de la declaración del fin de la Historia por Francis Fukuyama.

Carlos Marx en el capítulo referente a la acumulación originaria en su obra “El capital”, establece lo que se conoce como los ciclos de reproducción del sistema, los cuales en la medida en que hay un crecimiento en volumen y en expansión, se van haciendo más cortos. Esto se entiende como: las relaciones de producción deben ser modificadas artificialmente, para que no se modifique ni la ganancia del dueño ni ocurra un cambio general en el asunto de la propiedad (mediante una revolución). Para existir, el capitalismo deberá ser desigual, ya que todo camino hacia la equidad negará su esencia y por ende la existencia misma de la clase patronal. Estos ciclos se hacen cada vez más cortos de manera impredecible, por lo que acercan al sistema al caos y no permiten que este se planifique, así que un arma para introducir cambios traumáticos y que estos no repercutan en lo social será la ingeniería en materia humana, o sea de control de las expectativas y los niveles de percepción sicológicos en las masas.

El capital de juguete, por lo agresivo que es hacia las grandes mayorías, necesita arrasar y que la gente no reaccione. En ello, el globalista Soros tiene hoy la delantera, ya que ha transformado su “Open society” en la forma más eficaz no solo de lavar su dinero mal habido en las especulaciones bancarias, sino de poderlo reproducir a largo plazo mediante operaciones de ingeniería social en aquellos países que serán susceptibles de penetrarse, abrirse y colocar sus activos a precios de juguete ante las grandes operaciones bursátiles. “Open society” se ha transformado en una especie de “laboratorio” del futuro de la Humanidad, como lo declara la web de dicha fundación abiertamente, a la vez que coloca los fondos a supuestas causas progresistas como el feminismo (mil millones de dólares en 2018 a universidades para que hicieran proselitismo de la ideología feminista de género, así empoderar a chicas líderes que terminaron ganando cada una anualmente de dichos fondos cerca de 40 mil dólares).

El capital de juguete de Soros, que es apenas la cabeza visible de un grupo de fortunas bien nucleadas en torno al Club Bilderberg que ya describiera el periodista Daniel Estulin, busca sobrevivir para los próximos milenios y enarbola planes sujetos a realizarse a mediano y largo plazo sobre las poblaciones del tercer mundo, las cuales se sitúan como el mayor peligro de cara a un mundo más desigual y sin respuestas.

 

Ingeniería social

Más allá de las conspiraciones sobre si existe o no un plan de las élites para un Nuevo Orden Mundial (NOM), lo cierto es que la concentración de riquezas es casi la única estrategia que le queda al capitalismo para sobrevivir, ello en contradicción con una economía cada vez más global e interdependiente que pide a gritos una redistribución de las riquezas de acuerdo al volumen productivo potencialmente alto que la nueva era tecnológica pudiera permitir. Los ciclos son cada vez más cortos y cerrados, en aras de mantener el poder en poquísimas manos, así como los mecanismos de ingeniería social para someter a las inmensas mayorías del tercer mundo que, sabiendo que la elite nada en abundancia, no tienen ni para sobrevivir en materia alimentaria o de sanidad.

Por un lado, se prevé que el dólar, al irse Estados Unidos de su puesto de primera potencia, deje de ser moneda franca. Por otro, se quiere el fin del dinero tal y como tradicionalmente se lo entiende, así como del Estado nación a la manera moderna, para evitarle a la élite los contratiempos elementales y lógicos que vendrán cuando el imperio norteamericano sea sucedido por uno de orden euroasiático, que coloque las riendas políticas en las antípodas del poder real financiero. Es necesario que los ciclos se cierren y que el poder siga en las mismas manos, aunque no haya ya una Casa Blanca que controle el mundo, de allí el globalismo de agentes del mundo occidental como el propio Soros, quien se ha propuesto desde su filosofía de sociedad abierta el fin de ese Estado nación tan molesto a un mercado que no tendrá moneda, y será aún menos visible y más exclusivo.

El desorden que un mundo así puede generar, la ingobernabilidad al no haber gobiernos, se palearán con la ingeniería social, básicamente con una idea que desde muy temprano manejaron los ideólogos del capitalismo: reducir la población mundial. El control de la natalidad y, por ende, de las vidas humanas, permitiría una pasividad de ese sujeto histórico que, aun cuando viva la más terminal de las crisis del capitalismo, no luchará por sus derechos, anestesiado por ideologías divisorias. La ingeniería social se apoya en conflictos que, al menos a mediano plazo y por razones biologicistas y culturales, no tienen una respuesta o solución. Allí, la política de las élites profundiza la diferencia hasta hacerla infranqueable.

Si revisamos la web de la “Open society” veremos que, bajo la apariencia de “causas justas” esta agencia pantalla de la CIA declara su apoyo a movimientos sociales, grupos, líderes y partidos supuestamente progresistas y se le destina a ello ingentes sumas. Y es que para dividir con efectividad, lo primero es cooptar a la nueva izquierda (feminismos, LGBTQ+, ecologistas, defensores del multiculturalismo, pro-emigración, pro-abortos, pro-legalización de las drogas e incluso de la pedofilia, aunque en este último caso solo de manera indirecta y no declarada). La apropiación de conflictos que tienen como base al sistema y la lucha de clases y su profundización, mediante el manejo de líderes y redes sociales, así como del entrenamiento (recordemos los campos para feministas radicales en Ucrania, de donde surgió el famoso movimiento FEMEN); tales son las estrategias de esa ingeniería para dividir y restarle poder al Estado de derecho moderno, generando un caos que conduciría al ascenso de derechas cada vez más autoritarias y controladoras.

La cooptación de la nueva izquierda además se hace para desprestigiarla, radicalizando hasta el ridículo sus agendas y haciéndola inoperante, como está sucediendo en España con los socialistas y su alianza con el feminismo radical (la guerra de sexos llegó al extremo de que la Ley Orgánica de Violencia de Género no solo criminaliza al varón per se, sino que eliminó de plano la presunción de inocencia y 200 disposiciones constitucionales). Esto daría paso, a su vez, a una ofensiva de la derecha dura que, esta vez sí, tendría armas ideológicas muy fuertes y convincentes: los errores cometidos por la izquierda como parte de su cooptación en los planes capitalistas de la ingeniería social y la división de las masas.

Y es que en el mundo de Soros no habrá ni izquierda ni derecha, sino hombres obedientes. Ya de hecho la falsa denuncia de acoso sexual, un proyecto sostenido por el feminismo radical con dinero de la “Open society”, se usa para el chantaje de políticos incómodos que amenacen al sistema capitalista, como sucedió con Julian Assange, a quien el servicio de inteligencia británico y la CIA le fabricaron una falsa denuncia de acoso en Suecia, para meterlo preso y matarlo.

Debilitar los Estados, hace que la población dependa más del capital internacional financista, con lo cual se pondrán en juego en el tercer mundo las políticas de reducción de la población. Con ello, no hará falta una potencia central como Estados Unidos y a eso apuesta la gran élite en su proyecto para los próximos milenios.

Soros contra Trump, ¿el capítulo final?

A pesar de su financiación al Partido Demócrata y, en particular, a Hillary Clinton, Soros no pudo impedir el ascenso del magnate inmobiliario Donald Trump al poder con un discurso antiglobalista y nacional, que prometía retornar los Estados Unidos a la era del capital productivo (“Make America great again”).  Desde el momento cero, el republicano ha tenido en contra a quienes desde la administración Obama ya llevaban adelante el desmonte, comenzando por Norteamérica, de los últimos pilares del liberalismo clásico (ya percibido por la élite como un lastre y casi subversivo de cara a los planes de ingeniería social planetaria).

Trump es un ultra conservador que no obstante encarna al sujeto político que Soros quiere arrasar: el Estado nación moderno y el nacionalismo. En esa guerra ambos representan diferentes fases del mismo capital en una disputa propia de las contradicciones de un sistema en crisis. Probablemente, al final del mandato de Trump, ascienda al poder un líder globalista y se reanude una agenda que, para nada, tiene que ver ni con el progresismo ni con un mundo alejado de los dolores y las desigualdades.

Soros es de los selectos ingenieros de ese planeta, al que tantas distopías sobre el totalitarismo se han referido, donde el valor de la vida y sus derechos naturales (el llamado iusnaturalismo) dejarán de existir, para dar paso a una especie de pesadilla, cuyo único fin es el sostén de unos pocos.

(columna publicada originalmente en Cubaperiodistas)

 

 

 

Caturla regresa vestido de bronce

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Al fin, desde aquel fatídico 1940, el héroe se levanta en brazos de sus hijos, en una ciudad donde florecieran los sueños musicales y de justicia, los sonidos más recónditos del alma y el más genuino ser: Alejandrito. Parece que Remedios se renueva de sus ataduras y dobleces de moral, para otorgarse a sí mismo el puesto que merece como ciudad de las primeras en América, con una cultura genuina y fundacional. Y es que la reciente iniciativa, tomada por el Museo de la Música Alejandro García Caturla y el Sectorial Municipal de Cultura, se enmarca entre lo mejor de un pueblo venido a menos con los años, que estaba en deuda con su héroe, con el salvador del espíritu colectivo, con el Ser. Una estatua de bronce para Caturla se levantará en el portal de la casona familiar, en un gesto tan íntimo como el de abrir la puerta, a unos pasos de la placa que señala que allí reside aún el gabinete de abogado de quien nos regalara el capítulo más puro y trascendente de la música cubana del siglo XX.
La noticia recorrió los pasillos de las tantas casonas que componen el trazado remediano, todo un museo viviente de lo que fuera la ciudad cubana de inicios del siglo XIX. Ale, Alejandrito, el muchacho genio, tendría al fin su vendetta histórica frente a la fiereza que lo afrontara aquel día de balacera, corrido de lágrimas y gritos. La primera donación de bronce, hecha por el propio Sectorial Municipal, lanza una campaña nacional e internacional para recaudar todo el material necesario, y ya hay innumerables vecinos que arrancan trozos de cerraduras, de piezas de las casonas, antigüedades, para que se forje el bronce venidero, el que estará abriendo las puertas del Museo, a la espera de que vengan a oírle su piano, con la Danza del Tambor o la Berceuse Campesina. Que Caturla era eminentemente remediano, lo evidencian las trazas en su música de las rumbas de desafío de las Parrandas, así como de los bembés de los distintos lugares de culto a los que él solía acudir, montado en un fotingo de la época. Que su universalidad es indiscutible, lo demuestra la academia musical de los más distinguidos escenarios, donde se estudia, se orquesta y se escucha el complejo entramado de las piezas.
Como ocurre con el Benny en Cienfuegos, Caturla, eterno niño, delgado y agudo, nos invita a una velada a nombre de todo aquel arte incomprendido, deleznado por los prejuicios, a homenajear a la cultura y la justicia, como legados de los mayores exponentes de la Humanidad, los cuales él aprendió a venerar de los brazos de su nodriza negra. La vida del héroe aún palpita en las palabras del pueblo y de la propia familia Caturla, así lo vi en un viaje en ómnibus interprovincial junto a Fabián García, nieto e instrumentista virtuoso del bajo, que actualmente colabora con el proyecto musical de Cucurucho Valdés. En los ojos del descendiente se advierte el inmenso legado, el peso de la Historia y el respeto que todo cubano siente por la cultura, la que nos mueve de nuestros quietos asientos, la que no puede estarse quieta sino con un aplauso y un grito de ¡Bravo! Para Fabián, como para el resto de los Caturla, Alejandrito no ha muerto, y pareciera que en cada invierno, cuando van a peregrinar hasta la tumba, el pueblo se pone gris y las notas de la Banda Municipal suenan más tristes. Me dijo de la casa de la viuda de su abuelo, la Señora Catalina, hoy convertida en una ruina, canibaleada a lo largo de los años y que atesorara tantos secretos de la vida más íntima. De aquel desastre, solo se salvaron unas cartas que los propios especialistas del Museo Caturla resguardaban durante años, hasta su reciente restauración. En esas misivas, me contó Fabián, él leía los mensajes que su abuelo le dirigía a su padre, por entonces un joven tarambana, en un estilo muy cercano en el tono y el contenido a José Martí. Todo eso recordamos y amamos los nacidos entre los árboles de nísperos, al sonido profundo del tañer de las campanas de la Iglesia Mayor de San Juan de los Remedios, lugar olvidado y mágico, que carece una voz en los medios, cuya Historia ha fundado un continente y se está callada en un rincón.
No olvidemos, cuando la estatua se levante en desafío, el momento glorioso en que se ponga la primera piedra en el cercan Teatro Villena de la ciudad, sitio donde se estrenaron tantas obras maestras del genio y donde fuera abucheado, como principio del drama racista, prejuicioso e ignorante que dio final a la vida del más prometedor de los muchachos cubanos de inicios del siglo pasado. El Villena, hecho un coliseo griego al aire libre, con sus lunetas de telas en girones y su escenario agredido por la lluvia y el sol, no resistirá mucho más tiempo, por lo que la estatua nos hará un llamamiento al rescate de aquellos sitios otros, donde el arte floreciera o callara. Para Caturla no había nota sin estreno, aunque muchas partituras hoy ni siquiera se hayan grabado y otras tantas permanezcan sin haberse jamás oído, como numen secreto de Morfeo.
Para Caturla, la vendetta llega muy tarde, y pareciera que las campanadas de su muerte, aquel día, en la calle Independencia, muy cerca de aquella otra vía llamada Maceo, nos llamaran a una segunda y definitiva toma de conciencia de lo cubano. De él nos queda no solo la música, sino toda una obra que va desde la crítica musical, hasta aportes a las ciencias jurídicas en el campo de los derechos del niño. El juez legó, con su talante incorruptible, un espíritu renovado de rebeldía y civismo muy típico de los sueños que reflejase en la partitura, donde el negro y el blanco se amalgaman en una entidad libertaria y definitiva, sin que sobre ni una sola nota, ni falte el horror vacui de lo grandioso, lo barroco americano y el impresionismo terrenal.
Quien vaya hoy a la casona, recogida en un silencio donde según dicen se rompe a veces la tarde y se oyen el piano y las voces, los habitantes y genio; notará que en uno de los despachos figura la pintura La Rumba de Eduardo Abela. El paisaje hogareño no sería el mismo sin esa pieza eterna, traída hasta Remedios como un regalo de su autor, pero luego, cuando escuchamos los acordes de la música que acto seguido se nos reproduce como parte de la visita guiada, le vamos encontrando un sentido tanto a la rumba en notas como a la pintada, y ambas forman el contrapunteo de una cultura cubana, propia de San Juan de los Remedios y a la vez única, donde se alza el espíritu al fin de bronce del héroe que nos salvara de la ignominia mediocre, para darnos el aliento.

Los payasos hacen de las suyas

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El arte de los saltimbanquis acompaña a la humanidad desde sus inicios y ha sido el reflejo de los tiempos ora dramáticos, ora tiernos de la existencia. Hay, en los payasos, una risa melancólica que nos revuelve hacia adentro la tristeza de tantos conceptos, de las verdades que no osan decir su nombre, so pena de padecer el escarnio. Como en el cuento de Oscar Wilde en que un personaje de nombre Esperpento se enamora de la princesa a la que divierte y cae en la locura y muere al verse él mismo frente al espejo. Reír es un acto rebelde, de gran impacto, de una onda filosofía del refinamiento.

Por ello, los grandes payasos, los que salen a la escena sin miedo a las luces potentes de las clases sociales, suelen encarnar a artistas-filósofos de gran talante cuestionador. En la mayor parte de los films de Charlie Chaplin, el clown deviene en un intelectual y la risa, en un arma de denuncia de aquellas regiones indecibles del alma, donde yace el hombre víctima de la desigualdad y el olvido, el que lanza un grito insumiso en el rostro pintado, en la nariz, en el maquillaje, en los absurdos que nos mueven a risa. Como la famosa escena de “La quimera del oro” en que Charlot quiere conquistar a una chica y, no teniendo con qué ajustarse el bamboleante pantalón, usa como cinto la correa de un perro, y es derribado por este delante de todos. El ridículo, tierno y a la vez agudo, como base para el abordaje del tema de la miseria y de la sensibilidad.

En Cuba, archipiélago donde la risa nos ha salvado de más de una caída, florece desde hace siglos un humor corrosivo y soleado, que coloca cada problema en el desorden de la carcajada, del cual sale como de un mar purificador. Hemos tenido importantes clowns, algunos en la línea del absurdo y otros cercanos a la infantil inocencia de todo ser humano de bien, vale destacar como un ejemplo de ambas al payaso Trompoloco, que marcó una época y que hoy sirve de maestro a la legión de personas que desde el Circo Nacional quieren conjugar la magia con la risa, el salto y la acrobacia con los colores, y que fundan una alegría nueva sobre las bases de una nación necesitada de soles.

Lejos de ser un arte superficial, común o de un acceso intelectual menor, el de los payasos ha demostrado con el decursar de los siglos una total nota de valía. No es fácil asumir que los niños reirán con tus acrobacias absurdas, si no eres aun y hasta la muerte, un niño. Y se trata de que ellos, los clowns, demostraron ya que en los escenarios más exigentes todo está incompleto sin la peluca, la carcajada.  Y en compañías de un prestigio demostrado, como el Circo del Sol, son ellos el centro dramático de cada espectáculo. En una de esas funciones, llamada “Alegría”, los payasos son arrojados al vacío de la vida de los demás miembros del show mediante bocanadas de viento, el color entonces se esparce, a la par que los más inusitados milagros, todos llenos de un espíritu propio. Se quiso así recordar la función esclarecedora del clown en las sociedades humanas, desde tiempos inmemoriales, en los cuales las cortes depositaban altas sabidurías en la confianza de los bufones. El Circo del Sol nos regala entonces, mediante sus payasos, una reflexión histórica, digna de verse, en la cual más de una vez nos saltan las lágrimas.

El arte, con sus miles de máscaras, no tiene una metodología pura, no hay una fórmula para el éxito, más allá del dios creador que genera risas, que nos traslada a pensar y que siempre se propone un mundo de mayores luminarias. No en balde el mejor pasaje de “Hamlet”, el famoso monólogo, se desarrolla en el cementerio, donde se halla enterrado el bufón Yorick, cuyo cráneo levantado representa hasta hoy el súmmum de la filosofía humanista y reflexiva, en la cual el ser se coloca en las encrucijadas de la acción y el razonamiento. Hamlet, el Príncipe de Dinamarca, vestido de negro como la conciencia opaca y racional, ve en las deformidades de la muerte el eco de aquella risa carnal, pasajera y que le diera los momentos más cercanos al hallazgo de una verdad. El arte no solo se disfraza, sino que tiene, en la peluca y la nariz postiza de los Yoricks de hoy una victoria por encima de las veleidades de cierto elitismo dramático.

Pareciera que el humor, la burla y la bulla de los circos no son intelectuales, no obstante, casi todo lo que nos dice un payaso nos lo dice filosóficamente. Para la gente, el común de los seres humanos, no hay mejor clase de pensamiento crítico, en la cual se salta de la ternura a lo profundo. Porque el humor, desde los comediógrafos, debió separarse del concurso de las tragedias griegas, ya que el pueblo hallaba más sabiduría en las líneas de Aristófanes que en las de Esquilo. La verdadera sophia yace en los parlamentos de los personajes que fueron antepasados del clown, esos que separaban los mundos entre carcajada y reflexión, los mismos que hoy construyen rebeldías de todo color, en los escenarios alumbrados por un mundo decadente y sin sueños.

Walt Whitman, en su poema “Carpe Diem” nos conmueve con el famoso verso: “Emito mis alaridos sobre los tejados de este mundo”, y se refería a la necesidad del artista de hacer restallar las reglas por medio de mecanismos de irreverencia y una pasión que nos salve. Nada se hace en estos tiempos más apasionado que el arte de los payasos, y en los tejados de todo el universo resuenan miles de risas, a veces tristes, en las cuales va la esperanza de ricos y pobres, gente de las latitudes y vidas posibles.

Cuando cae el telón, nos sentimos otros, los payasos hicieron de las suyas.

(publicado originalmente en Cubahora)

El 94

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En el 94 yo tenía cinco años y mi padre me llevaba de la mano al preescolar, las paredes del parque estaban marcadas por esa tristeza propia de los tiempos duros, grises ojos de lo bello ausente, bicicletas apenas móviles que iban no supe nunca adónde, naves que se rompen como deudas rapaces. La vocinglera prensa repetía lo mismo, con la tozudez que solo poseen los tontos y los pícaros: periodo especial.

Hubo muchos términos incomprensibles para aquella mente preescolar, entre ellos: Unión Soviética, campo socialista, PECUS, CAME, Gorbachov, crisis. Otras palabras las fui descubriendo a través de sabores, certezas al vuelo, inspecciones acuciosas, angustias, agobios de medianoche, dolores transitorios que parecieron eternos.

Yo comía un emparedado de yuca llamado tambor, una pizza —también de la omnipresente y casi omnisciente yuca— sin queso y sin puré, una barra de maní hipercara que deglutía como un obseso a las tres de la tarde y a la sombra, una seudopanatela de cumpleaños hecha con polvos de bicarbonato que me entalcaban las encías, un refresco endulzado a la fuerza cuyo sabor aún indago.

A veces, mientras comía, pensaba en mis padres, en su matrimonio casi a pique, en mi abuela siempre a punto de aparecer, en la palabra crisis que ya se mostraba esclarecida y al acecho. No podía aún pensar en mí como un ente sin futuro, pero ya sentí que el peso del tiempo lo determina todo y que en términos de dolor el vocablo periodo resultaba un eufemismo, un escamoteo, la voltereta del payaso, el llanto sonriente.

Apagones, esos sí que los tuve bien presentes, como solo se odia lo que no existe, como solo se anhela lo que debiera estar de hecho y por derecho.

Tampoco pensaba en la palabra matrimonio, pero ese otro dolor tomaba rostro, se metía debajo de la sábana, era como una cara obscena y destructiva, burlesca, familiar a pesar de lo repulsiva, inevitable porque vivió conmigo aún muchos años.

Poco a poco, la palabra periodo tomó otros significados, los sinónimos le daban la vuelta a mi habitación, tocaban el techo de la desmesura, eran vocablos gruñones e impacientes que no soportaban un escape ni un no, por lógicos que fuesen.

Por su parte el adjetivo especial se desperdigó en un verano caluroso, lo vi caerse cuneta abajo junto a una goma de tractor, lo vi por Caibarién a las tres de la mañana mientras le imploraba a la virgen del Cobre, lo vi con cara de perdido y vendiendo helados de fresa en medio de un ciclón que azotó Remedios en pleno día.

Al adjetivo especial solo lo vi en fotos trucadas o que parecían trucadas, en fotos donde todo rutilaba más grande, más bello, menos apretado, menos atemporal; fotos donde solo vi cosas especiales y no periodos, aunque los periodos sí estaban allí visibles y dolorosos. Lo distante es siempre una mitología que nos encanta y engaña.

Debí sortear la palabra matrimonio durante toda la primaria, los escalones que parecían moverse, la inestabilidad, mi delgadez extrema y blanca, aquel hospital y la promesa a San Lázaro con todos los sálvalo, que camine de nuevo, arreglemos la relación y vivamos sin pelear por el niño, para qué si eres como eres y esto no funciona. Matrimonio seguía invadiendo los umbrales de mi pubertad, su cara husmeaba las sábanas, sudaba las almohadas, bebía mi corto café con leche de la mañana.

Aún le temo más a Matrimonio que a la muerte o el diablo, y eso que San Lázaro ha estado allí con sus muletas en medio de escaleras que se caen y discusiones y crisis (esa palabra); Lázaro que me dice volvamos, para qué separarnos, tengo miedo, no quiero compromiso, seamos amantes solo eso, tengo 27 años y no quiero casarme.

Matrimonio dejó el mundo de las palabras hace tiempo, desbarrancó a Especial, obvió al inexistente Periodo, se alió al temible Juego, sí, nuevo vocablo cuyo significado dejó el inocente coto y tornóse seriote, tremebundo, determinante y sucio. A los quince años ya me jugaba todo, el diario hablar y el diario callar (ambos igual de inconsistentes); y cuando digo de aquella ruleta menciono certezas tristes, bicicletas devenidas bicitaxis sin destinos ni ganancias reales, próstatas dañadas, no es para ti, no reclames esto o aquello, compórtate, qué te pasa que no entras por el aro.

Derivé pronto en lo raro, lo derramado sobre el mantel limpio, lo absurdo demasiado lógico entre tanto absurdo habitual. A los 17, la edad militar remarcó ciertos miedos, enarcó mis cejas en un asombro estúpido y obvio que hasta hoy me acompaña, hoy, cuando nada me sorprende porque sería un lujo casi mortal o por lo menos mortífero. Derivé en ese tonto, en ese tipito al que abusamos, míralo solo, qué lástima, y tú quién te crees, busquémosle la quinta pata, pobre.

Matrimonio miraba sonriente y orgulloso, gritaba como el primero, rompiendo como es su oficio, tajando los hilos ya gastados. Era un rostro sin definir, un traspié de la suerte, el camino que conducía al recinto selvático del silencio.

Y yo me hice selvático, porque mi otro nombre fue Lobo Solitario.

Al cabo de veinte años Periodo ya se volvió inasible, inexistente, Especial tornóse distante y provocativo, casi pornográfico.

Ahora he quedado aquí, escribiendo esta crónica, y todo parece más detenido, más infantil y precario. Es como si el 94 se extendiera a lo largo de décadas, un 94 interminable y eterno que trasciende mi vida, la mano de mi papá, el preescolar, los años de estudio y de trabajo. Maldito año en el que todo se detuvo, maldita imagen que se reitera en cada muro gris, ojos tristes, rostro de Matrimonio que me acecha.

Míralo aún solo, los días son desolaciones en serie para él, dejemos que sea la noche definitiva quién lo defina, dejémoslo ahí en ese 94 de la mala suerte, niño de preescolar perenne, anhelo de tantas cosas, después de todo es solo uno más.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Los demonios y la primera guerra civil cubana

Mefistófeles

Hacia 1652, la villa de San Juan de los Remedios vivía básicamente de los bastimentos y el comercio con los piratas que poblaban el Canal de las Bahamas, sobre todo ingleses, franceses y holandeses. Quienes se dedicaron a tales tratos con el extranjero eran llamados bucaneros y se consideraban traidores a la Corona española, ya que fungían como espías de los movimientos de las flotas ibéricas en el Caribe.

Sin embargo, las circunstancias internacionales les harían a los habitantes de la villa una mala jugada, pues la Guerra de los Treinta Años, considerada por algunos historiadores como la verdadera primera conflagración mundial, hundió a la región en un caos político, donde de pronto los piratas eran los mandamases. En la Isla de la Tortuga se organizó una especie de cártel, llamado “Los Hermanos de la Costa”, famosos por actuar como corsarios (mercenarios) al servicio de la potencia que les pagase.

“Los Hermanos de la Costa”, con el fin de establecer su hegemonía en el Canal de las Bahamas y dejar desprotegida la colonia de Cuba, hostigaron a la villa de Remedios y a fines de agosto de 1652 iniciaron sus hostilidades. En su primer ataque se apoderaron de la Iglesia Mayor, lo que provocó el disgusto y la muerte del Padre de la Torre, entonces vicario de dicha sede. Estos mercenarios eran famosos por su lascivia sexual y ateísmo, por lo que profanaban las imágenes y símbolos religiosos.

Las guerras internacionales, con los repetidos reveses para España, iban dejando a la deriva los asuntos en las colonias, y los habitantes de Remedios, única población situada frente al infestado Canal de las Bahamas, iniciaron sus devaneos sobre una quinta mudanza de la villa, más hacia tierra adentro.

Acontecimientos históricos que pronto se mezclarán con las creencias de la época para iniciar uno de los periodos más extraños de nuestra Cuba. En 1666, a inicios de año, muere el rey de España Felipe IV, cuyo mandato ya marcó la decadencia de dicho país como potencia dominante en el mundo. Le sucedió Carlos II de Habsburgo, El Hechizado, un menor de edad enfermizo, de quien, se dijo, se apoderaban los demonios. Así, el reino, entregado a la regente Mariana de Habsburgo, cayó en manos de inescrupulosos funcionarios palaciegos y terminó por decaer.

Los ataques del mercenario Francisco Nau a Remedios en 1667 y 1668 reforzaron las ideas de traslado, pero la villa llevaba ya tiempo en dicho asiento y surgieron discordias. Los dos partidos más fuertes para la mudanza los dirigieron los curas Cristóbal Bejerano y José González de la Cruz, sobre todo este último era casi un fanático que pedía la total desaparición de Remedios.

El padre De la Cruz logró llevarse algunos vecinos a su hato del Cupey, pero los mosquitos, las enfermedades y los terrenos pantanosos los hicieron volver a la villa original. Por entonces se estaba aún repartiendo la isla, y cada uno de los propietarios quería asegurarse la cercanía de una ciudad con su hacienda particular. De la Cruz, en su tesón ambicioso, echó mano a la creencia que todo súbdito español por entonces sostenía: que el reino estaba hechizado por demonios convocados por los herejes protestantes, lo cual había afectado el cuerpo del propio rey.

Sucedió el 4 de septiembre de 1682 a las 9:00 de la mañana en la Iglesia Parroquial Mayor, el padre José González de la Cruz exorcizó a la esclava Leonarda, a través de cuya boca se expresó el propio Lucifer, quien dijo estar en la villa junto a 35 legiones de demonios, todos dispuestos a hundir el lugar si no se mudaban. La causa del castigo estaba en los tratos que hicieron los bucaneros con los herejes protestantes.

En una misa, el propio padre de la Cruz exhortó a los remedianos a pedir perdón por la maldición generacional que se les vino encima. Toda la maquinaria estaba dirigida al temor. Luego de aquel exorcismo, otros actos parecidos ocurrieron. La mayoría de quienes optaron por creerle al cura pidieron a La Habana mudarse al hato de Antón Díaz, a doce leguas de Remedios, y así se dispuso el 15 de junio de 1689, cuando nace la villa de Santa Clara y se inicia la primera guerra civil cubana.

Para el pueblo nuevo marcharon 200 habitantes y en el viejo quedaron más de 400, incluidos los patriotas Jacinto de Rojas, Bartolomé Díaz del Castillo y Juan Jiménez, quienes a partir de entonces lucharon por la permanencia de Remedios.

En enero de 1690, los remedianos eligieron alcalde y autoridades, que fueron refrendados por el Capitán General Severino Manzaneda, lo que generó el descontento de los habitantes de Santa Clara, que pedían la total disolución del pueblo viejo. Entre tanto, la existencia de Remedios fue puesta a consideración del Soberano, o sea del propio Carlos II, “el hechizado”.

Los enfrentamientos entre remedianos y santaclareños eran habituales, llegándose al uso de las armas, pues unos no reconocían la autoridad ni la existencia de otros. Así, el 12 de enero de 1691, el alcalde de Santa Clara se personó con 40 hombres fuertemente armados en Remedios. Tomando por sorpresa a los habitantes de la villa, los asaltantes incendiaron todas las casas y vejaron a los remedianos. A muchos se les amenazó con la muerte si persistían en quedarse en el asiento.

No obstante, continuaban las gestiones en la Corte, una Carta de las Matronas Remedianas fue dirigida al monarca, donde mujeres de la villa usan por primera vez la palabra patria para referirse al sitio que habitan y abogan por la permanencia.

Los de Santa Clara, rabiosos porque el Capitán General desaprobó el asalto a Remedios, mataron al padre Gaspar Martínez de Mesa, quien fungía como vicario de dicha villa, por el solo hecho de que este procedía del antiguo asiento. El curato lo ocupó el fanático religioso José González de la Cruz, quien también había tramado la muerte de su colega.

El favor del Capitán General para con Remedios creció más cuando en octubre de 1692 un ciclón asoló La Habana, y los remedianos acudieron en ayuda, con ganado, frutas, bastimentos, mano de obra para reconstruir las casas, etc. Bartolomé Díaz del Castillo, en la Corte de España se dirigía al rey a favor de la permanencia de la villa, pues por su situación servía para enfrentar la cercanía de los ingleses, protegiendo así la costa norte de la isla, que de lo contrario quedaría deshabitada. Además, se refería al lugar como un sitio confortable, donde muchos vivían hasta 70 y 80 años, y hasta 100.

Un 26 de octubre de 1694 llegó la aprobación del rey para la permanencia de Remedios, con las condiciones de que Santa Clara devolviera los archivos y fijaran entre ambos gobiernos locales los límites. Dicha acta fue publicada en la puerta de la Iglesia Parroquial Mayor, a campana batiente, y significó el fin de un largo bregar contra supersticiones demoníacas, uno que solo el propio rey podía desenredar.

La guerra civil de siete años entre Santa Clara y Remedios había terminado en 1696, los alcaldes de ambas villas sitúan su frontera en el río de Sagua la Chica, aun así, los archivos nunca regresaron al asiento antiguo, quizás por contener el registro de propiedades terrenales que algunos tomaron por la fuerza durante el enfrentamiento.

Todavía por un tiempo las familias divididas se enfrentaban, ya que Remedios se negaba a darle ayuda a Santa Clara con el traslado de bastimentos desde el mar. El conflicto, con los años, fue olvidado, el padre José González de la Cruz falleció el 13 de octubre de 1699 y fue enterrado en la Iglesia Parroquial Mayor de Santa Clara, hoy desaparecida, por lo que se desconoce la actual situación de sus restos mortales.

(Publicado originalmente en Cubahora)

Las parrandas de Remedios y la pérdida de la inocencia

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Y con esto se cierra el gran juego anual de las parrandas remedianas, capítulo de lo real maravilloso de nuestro folclore, en que todos los aspectos del teatro han herido la sensibilidad y el ojo del espectador participante durante más de veinticuatro horas (…).

Ramiro Guerra

 

Madrugada de diciembre del año 1826, suenan unas rejas alrededor de la Ermita de San Salvador situada al extremo norte de la villa de San Juan de los Remedios. El ruido es atonal, carece de discurso o coherencia, su origen mismo y su móvil es generar la intranquilidad, el aturdimiento de los sentidos. Se establece un horror cuando las rejas se mueven de sitio y pasan por encima de los lodazales del invierno, porque el repique no sabe hacia dónde va, pareciera la premonición infernal de un advenimiento absoluto. Un cura dirige la ceremonia, vestido de los harapos de la época, apenas armado de un crucifijo que impone como violación domiciliara. Fray Francisco Vigil de Quiñones lleva a los primitivos parrandistas hasta la última morada del extremo barrio del Carmen, en el sur de Remedios, donde se producen las primeras reyertas, protestas de este o aquel señor de sociedad que ya maldice a la reja temible.

 

Uno: La parranda ha muerto

La reja dejó de sonar demasiado pronto, se tornó discurso, se compuso un himno para cada barrio, dos polkas aristocráticas, de esas que nacieron en la vieja Praga. La de San Salvador versa así: “Ahí viene Perico Morales con su cornetín, todos los del Carmen tienen que morir”. El susodicho músico era un acérrimo partidario del bando del gallo, símbolo cubano de guapería y machismo, se lanzaba sonando su corneta encima de las hordas del Carmen, barrio que remedó su himno, pero no le puso letra, que creó una bandera carmelita, pero no dibujó signo alguno sobre la tela hasta 1902, año en que incorporó el triángulo rojo de la enseña cubana. Desde el silencio de las rejas, la parranda comenzó a morir, dejó de ser ingenua.

Aquel aparataje abandonó los rincones de la villa y se instaló en medio de la plaza Isabel II, creció hasta transformarse en un fenómeno de masas. El espíritu navideño del padre Quiñones dio paso a la mercancía, cuya venta abarrotó las calles aledañas al espectáculo. Sansarices y carmelitas fundaron una tradición que, al deberle al capital su existencia, llevaba en sí la muerte del espíritu originario, el de la reja horrorosa. Los asiáticos propietarios del comercio “La Joven China”, atestiguaron, en una crónica de la década del 40 escrita por el periodista Emilio Roig de Leuschering, que el dinero no les cabía en las cajas durante los días 23, 24 y 25 de diciembre. Era la imposición de la economía política, del sesgo de la villanía, del “sacarle jugo a la cosa” tan propio del pícaro cubano, esa figura que, según Carpentier, en España era un buscón y en América podía escalar hasta las más altas esferas mintiendo y robando (incluso devenir en dictador). Si las rejas las sonaban niños pobres y hambrientos a cambio de pan con mantequilla y chocolate caliente, si el ruido era para despertar a los espíritus apolillados y que asistieran a misa, las parrandas posteriores estarían en manos de dos grandes aristocracias: la Tertulia, lugar de criollos burgueses, el Casino Español, nido de integristas y peninsulares.

Ideología y economía política, vida de buscones y escala aristocrática; bajo estos signos nacería la muerte de la parranda.

 

Dos: Una prostituta que supo venderse bien

Carmen Salvador perdió su nombre al entrar en Remedios, se dio cuenta de lo inútil que resultaba tomar partido por uno u otro bando, si la ganancia de su prostíbulo podía aunar los dineros de sansarices y carmelitas. Su negocio, como no podía publicitarse en la plaza, como no podía gritarse en medio de un repique de tambores ni formar parte de las polkas, adquirió el renombre de la licencia extrema: la casa de Carmen Salvador era lugar de paz y gozo para aquellos contrarios, que dejaban allí sus dineros durante tiempo de parrandas. Aquella chica pasó a llamarse como las dos identidades que se repartieron las zonas de influencia, ella era el terreno neutro donde también tenía lugar el librecambismo (del sexo en este caso).

Obvio que esa prostituta supo venderse bien en medio de aquella sociedad polarizada por dos bandos que eran dos agencias de comercio. “El Sr. Sandalio financió esta entrada de faroles del barrio del Carmen, pasen luego por su bodega a beber el vino de la victoria”. No en balde, quienes llevaron las fiestas a esa dimensión mayor (Ramón Celorio del Peso por San Salvador y Cristóbal Gilí Mateu por el Carmen), eran dueños de establecimientos comerciales.

Vender bien tu producto era colocarlo en el centro de las parrandas, de paso se financiaban las fiestas, que ya eran importadas por otras ciudades. La villa de Caibarién, a 8 kilómetros de distancia de Remedios, vio lo rentable de la empresa y calcó el diseño original, usó durante muchos años las mismas polkas, se apropió del gallo sansarí, colocó su fecha de festividad el  día 24 de diciembre para que los clientes abandonasen las calles y las tienduchas remedianas y fueran a solazarse en las amplias vidrieras de la villa puerto de mar. Las mejores contiendas electorales no eran las de grandes argumentos, sino las de inmensos tambores, chorros de ron, voladores incendiarios y los símbolos de los barrios: gallo y gavilán. A la altura del año 1899, durante la primera ocupación norteamericana, San Salvador hizo un trabajo de plaza llamado “Viva Cuba Libre”. Años atrás, el mismo barrio se había congraciado con los peninsulares en la hechura de un obelisco coronado con banderas de España.

Sin la inocencia de antaño, la parranda, ya casi muerta, daba estertores históricos según soplaran los vientos, quizás era el comienzo de los bandazos de una fiesta que dejaba de ser de todos para ser del capital (la mercancía, como sabemos, no tiene real esencia).

La prostituta que se supo venderse supo esto mejor que nadie.

 

Tres: La Era de los Gigantes

El año 1959 declara el inicio de las subvenciones estatales, en la noche del 24 de diciembre de dicho año, se estrenaron dos inmensos trabajos de plaza, llenos de luz, color y movimiento. De pronto parecía que, en medio del gigantismo inaugurado, las fiestas recobrarían la esencia de las rejas. Nadie estaba por encima de nadie, el sueño del artista era una verdad realizable. Los dineros no corrían a los bolsillos, ni las entradas de faroles servían a la promoción de negocios, sino que era la apoteosis de la creación y el desenfreno del tamaño. En el año 1970, las carrozas tomaron la actual dimensión, sus temas se trataban con rigor histórico, eran un elemento que funcionaba casi como la “universidad popular” donde las personas aprendían sobre el tiempo de Temerlán, o acerca del Imperio Persa. La forma en el trabajo de plaza y el contenido en la carroza, marcarán el ritmo del desarrollo de unas fiestas que debían al hecho gestante y marxista el rescate de su reja perdida.

¿Y quién dirigía aquel gigantismo? Pues líderes populares, personas normales, barberos, artesanos, que en su tiempo libre tomaban la parranda como razón de vida. Nadie pensó en el puesto de directivo como algo que pudiera poseer para ganancia propia, sino que el patriotismo desbordaba dedicación, pesadillas, pérdidas de sueño, trabajo interminable en las naves de San Salvador o El Carmen. La reja sonaba y duro, los contrarios se enfrentaban por el pueril empeño de ser unos niños adultos. Una gran escuela de artistas populares creció en medio de los talleres de parrandistas, personas que luego integrarían las filas de los creadores, de los soñadores. De esta época es la apoteosis del intermitente eléctrico en los trabajos de plaza, evolución que tuvo su cúspide en el año 1994 con un tema tan complejo como el libro de “Génesis”. La forma había tomado mil y un vericuetos en las manos de artesanos que llevaban sobrenombres, no ya como Carmen Salvador, sino ingenuos: Tony la Mosca, por ejemplo fue uno de los más innovadores en el trabajo de plaza y se recuerda aún por su apodo, sus formas extrañas de diseños, su mala suerte (los trabajos solían fallarle) y ya, simplemente era parrandero.

 

Cuatro y final: La fiesta de los tiburones

Madrugada del 24 de diciembre del año 2015, en la Iglesia Parroquial Mayor, el último monje franciscano de Remedios predicó el sermón de la Misa de Gallo bajo el ruido de miles de voladores. “Hasta que las fiestas no vuelvan a ser como cuando Fray Quiñones, persistirá su crisis”. Las palabras caían sobre una muchedumbre de católicos y alcoholizados visitantes de miles de pueblos cubanos y del mundo. Afuera, la parranda había muerto. La carroza del Carmen no saldría, estaba tirada en trozos en un lado de la plaza, el trabajo del mismo barrio no se terminó ni llegó a encender. San Salvador sacó horas después su carroza alumbrada con antorchas, pues no funcionaba. Un solo barrio lanzaría voladores sin ton ni son, sin que el ritmo original de las fiestas marcara el reloj de una tradición, en un año que además conmemoraba el aniversario 500 de la fundación de la villa. No importó que en 2014 la Comisión Nacional subrayara a las fiestas, dándoles el calificativo de “Patrimonio Cultural de la Nación”, no interesó el cúmulo de observaciones hechas por los comisionados, quienes mostraban su interés por llevar las fiestas ante la UNESCO, organización de las Naciones Unidas que tiene el poder de declarar a un fenómeno como Patrimonio de la Humanidad.

¿Qué había pasado desde el 1994, año de la apoteosis de la forma con el trabajo de plaza “Génesis”? El Estado y su período especial no pudieron sufragar las costosas moles parranderas, que a partir de entonces quedaron en manos de otros que vieron en las parrandas el negocio, la picardía, la bufonesca forma de ser. De un plumazo se borraron las elecciones democráticas de directivas de barrios y se formularon lobbies que impulsaban a este o aquel, pues era el que repartiría la mejor parte. En pocos años sucedió el desastre, la fiesta de los tiburones sustituyó al sueño del artista, se escogían no los mejores trabajos de plaza, no las carrozas más atrevidas, sino la fórmula más simple (la que permita cumplir). Lo que antes era el rejuego de tres elementos dialogantes, se diluyó en el humo del fuego, verdadera fuente de lucro ya que resulta imposible de controlar y cuantificar.

La lucha por hacer muy poco o nada y llevarse la tajada del león, llevó al Carmen a claudicar en su área de la carroza, mientras San Salvador hacía lo mismo en el trabajo de plaza. Los sansarices, para colmo de males, abolieron el concurso de proyectos y se casaron con un solo diseñador, quien, amén de aciertos, impuso un discurso que excluyó la diversidad del otro y simplificó estructural y temáticamente el área de la carroza. La expresión más clara serían esas estructuras rodantes, compuestas de una escalera y un respaldo de luces, donde se colocaban los figurantes con los vestuarios temáticos. Variaban los personajes (un año eran chinos, otro franceses), pero la carroza era la misma. El cántico del cisne era el silencio de la reja parrandera, los repiques espontáneos, gratuitos, que amenizaban los domingos aledaños a diciembre, dejaron de existir y las polkas o no se tocaban o se tocaban mal durante el día de las fiestas (incluso el dinero magro de los músicos ha sido robado descaradamente).

 

 

 

Epílogo: La intervención del Estado

Diciembre del 2017, las luchas entre facciosos del barrio San Salvador ameritó la intervención de las autoridades políticas y culturales. Luego de que la directiva en el poder se fraccionara y una parte saboteara la gestión de la otra, el barrio se vio sin jefes y sin nave de trabajo por los efectos del inmenso huracán Irma, que golpeó a Remedios siendo un categoría 4. Tres o cuatro arriesgados quisieron aún ser sansarices y asumir la dirección del barrio.

La directiva del barrio de El Carmen, facciosa, llevó a cabo una maniobra que sabotearía las parrandas. En cada pirotécnica de Cuba existe la orden expresa de no venderle voladores a los bisoños sansarices. El acto pudiera encerrar una apariencia “patriota” de parte de los guerreros carmelitas, pero lo cierto es que busca retrotraer al desastre a la directiva sansarí. Esta insensatez se comete en el año en que las fiestas serán llevadas de forma definitiva ante la UNESCO, para ser declaradas Patrimonio de la Humanidad.

En tanto, en el pueblo desengañado, crece la sensación de que las parrandas ya no le pertenecen, de que son un escamoteo.

La fracción en San Salvador y la posición de la vieja directiva carmelita, en un contexto de crisis de la creatividad de las fiestas, han llevado al actor popular a la enajenación de las mismas. El artista, motor y pieza esencial, resulta un estorbo. Roaidi Cartaya Carvajal, experimentado diseñador de carrozas y graduado en Artes Plásticas por el ISA, fue expulsado por segundo año consecutivo de la nave de trabajo del barrio del Carmen, todo por voluntad expresa y absoluta del presidente de dicho barrio, que ni ostenta una acreditación como artista de la academia, ni exhibe una obra artesanal articulada.

El silencio de las rejas es el silencio de la prensa, del pueblo y el país ante la muerte de las fiestas populares de mayor trascendencia y belleza de la cultura cubana. Ojalá y los riesgos del decir no traigan los truenos del mal decir. Quiera la fortuna que el trabajo de plaza vuelva a la apoteosis de la forma y la carroza al lujoso contenido.

 

 

Remedios y los días benditos del agua…

Parroquial Remedios, Mialhe

Cuenta la historia que la fundación del primer poblado, Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, se hizo en medio de un enorme vendaval, precisamente ante una cruz de madera que ya no se conserva. La tupida vegetación y la presencia de bahías y cayos, convirtieron a la villa escondida en un centro de refugio para las embarcaciones en apuros a causa de las tormentas.

Aquella cercanía de las costas, lo cenagoso del terreno, la presencia constante de huracanes y mosquitos obligaron a varias mudanzas, la tercera de las cuales se realizó el 24 de junio de 1535, día de Juan el Bautista, por lo que el ayuntamiento asumió el nombre de San Juan de los Remedios, esta última palabra como un bálsamo a los males que hasta entonces asolaron a los habitantes a pesar de la posición estratégica para el comercio, pero terrible ante la naturaleza.

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el fundador de la villa Vasco Porcallo de Figueroa

La costa norte seguía siendo un puesto clave, el propio rey de España Carlos II “El Hechizado”, mostró interés por la estancia de Remedios cuando, en pleno siglo XVII,  los santaclareños pedían la disolución de la vieja villa y gloria para la suya.  Se decía que el monarca, último de la dinastía de los Austria en la península, estaba rodeado de demonios que lo molestaban, de ahí su sobrenombre. Lo cierto es que aquel reinado ya marcaba la decadencia española en el mundo y la pérdida de cónclaves en el mar Caribe devenía en un lujo que el viejo y moribundo imperio no se podía permitir.

Hasta la Corte fueron los remedianos con una carta firmada por las mujeres de la villa, aquella “Petición de las Matronas”, fue el primer documento donde se mencionó la palabra patria en la historia de Cuba, así prevaleció la villa contra enemigos humanos y sobrenaturales. En 1692 un ciclón había afectado con furia La Habana y cientos de naturales de Remedios prestaron sus servicios para reconstruir a la capital de la colonia, esto fue tenido muy en cuenta tanto por el rey como por las autoridades de la isla.

Aún en el siglo XVIII, existían numerosos poblados aborígenes aledaños con los que hubo comunicación y estos también avisaban sobre la cercanía de los llamados por ellos “huracanes” y que para los españoles eran fenómenos incomprensibles. Los indios conocidos como “cayos” terminaron por asumir la vestimenta europea y unirse a los nuevos habitantes, pero jamás abandonaron sus establecimientos en las islas aledañas. Un cañón rústico en la bahía de Buenavista, avisaba de ataques piratas y de trombas de viento a los primitivos remedianos. Las incursiones de Inglaterra en la región y la enemistad con dicha potencia, llevó tanto a Carlos II “el Hechizado” como a su sucesor Carlos III “el Ilustrado” a proteger a Remedios del mal tiempo.

Una vez publicado en la puerta de la Iglesia Mayor el bando real que legitimaba a Remedios y reconocía sus fronteras con Santa Clara, las campanas redoblaron y los vecinos erigieron sus casas con materiales más resistentes. La villa ya presentaba el mismo aspecto que luego captaría en su viaje por la isla el artista Federico Mialhe. No obstante, el embarro y el guano demostraron ser frágiles ante el paso directo de los huracanes, así ocurrió entre los días 25 y 26 de octubre de 1837, cuando asoló el temible ciclón de San Evaristo, el cual si se analizan las crónicas podría catalogarse de categoría cinco. Los efectos en la villa fueron arrasadores, no quedó casa en pie, sólo las ermitas, muchos corrieron a refugiarse en los bosques, otros se ahogaron en medio del lodo abundante.

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La calle Amarguras, indundada… década del 50

Esos dos días de confusión sacaron a la luz infidelidades conyugales, pues algunas parejas ocultas dieron muestra pública de su amor. A la misma vez, se hizo evidente la ineficacia de usar la Iglesia para enterramientos, pues los cadáveres eran demasiados y en un estado de putrefacción que amenazaba con trasmitir enfermedades. Algunos de los héroes que lucharon por la permanencia de Remedios yacen enterrados bajo una losa de la Iglesia Mayor, así lo declaran las letras grabadas en el mármol y en castellano antiguo, pero desde aquella gran mortandad se comenzó a usar el cementerio público.

Apenas una década después, otro huracán sacaría a relucir la imaginación del pueblo temeroso. Entre el 10 y el 11 de octubre de 1846 pasó por encima de la villa, siguiendo su curso hacia el oeste, para causar grandes daños en La Habana, donde destrozó la flota de barcos  y dañó las fortificaciones. En Remedios derribó el torreón de la Casa Capitular (hoy sitio ocupado por la Academia de Música) y numerosas viviendas familiares. Pero el hecho que conmocionó a muchos aconteció en la noche, luego del paso del ciclón, cuando se vio en el cielo un meteoro luminoso, muchos entonces se pusieron de rodillas, interpretaron una señal sobrenatural. Dos siglos antes la ayuda a La Habana los había salvado de desaparecer como villa, pues los vecinos de la capital intercedieron por los remedianos, así, los naturales de Remedios volvieron a hacer una junta de auxilio compuesta por los más acaudalados: el Sr. José A. Cirera, Fernando de Rojas, Alejo Bonachea y otros. Hasta la villa de San Cristóbal fueron aquellos filántropos, donde se agradeció y se reconoció otra vez a los remedianos.

A la altura de la segunda mitad del siglo XIX, Remedios ya tenía connotación de ciudad, se dejó de usar el viejo cañón de la Bahía de Buenavista, había prensa y buenas comunicaciones, alumbrado público, las casas eran de mampostería sólida hechas con barro rojo de las tierras locales. El crecimiento urbano se aceleró a causa del capital derivado de las grandes plantaciones de caña de azúcar, siendo la otrora aislada villa una de las poblaciones típicas del llamado boom económico cubano del siglo. En 1873 recibió de España el título de ciudad y una vez más la plaza obtuvo privilegios reales en la lucha de la corona contra los insurrectos. Era sitio abundante en tropas de voluntarios y en las crueldades que ellos cometían, por ejemplo, resultaba habitual que aparecieran cuerpos macheteados en la Poza de la Bajada o a la luz pública en medio de la calle principal, San José (hoy Máximo Gómez). Durante una visita del Capitán General Valeriano Weyler, este llega a llamar a Remedios con el título de “muy fiel”.

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La Calle de la Mar… década del 50

Entre el 4 y el 6 de septiembre de 1878, ya en plena paz con los insurrectos, un huracán desató en la ciudad la mayor epidemia de fiebre tifoidea de la isla, muchos vieron aquello como un castigo por los asesinatos cometidos por los voluntarios. La gente no salía de sus casas, las misas se detuvieron durante meses. Familias pro españolas abandonaron la villa, llenas de miedo.

La superstición cundió otra vez en septiembre de 1901, durante la semana en que el mundo estuvo conmocionado por el asesinato del presidente de los Estados Unidos McKinley. Un ciclón asoló a la villa que unos meses antes celebró la entrada de Máximo Gómez por la calle San José. Los españoles y los simpatizantes con la corona dijeron entonces que volvería la fiebre para llevarse a todos los que gritaron vivas a McKinley. Otra vez reinó el desconcierto, se tomaron medidas sanitarias extremas, no hubo enfermedades.

Entre las supersticiones que crecieron durante estos siglos de lluvias y vientos, hay dos que aún se usan entre los remedianos. La primera es la Cabeza de Patricio, como se le denomina al cielo nublado hacia la porción sur de la ciudad, lo cual indica una obligada lluvia torrencial. Patricio era un negro liberto y zapatero, de una enorme cabeza, que vivía al final de la calle de la Bermeja y que peleó en La Habana en 1762 contra los ingleses, bajo el mando de Pepe Antonio, donde se ganó la libertad. La segunda leyenda se denomina Baúl de Ña Trina, consiste en el cielo nublado hacia la parte norte, señal de que también lloverá, ello se debe a un baúl que crecía o se achicaba según el temporal, objeto que pertenecía a una vecina del barrio del Cristo. Dicha pertenencia se quemó durante un incendio en 1893. Ambas tradiciones se mantienen hoy, otras ya desaparecieron, como la leyenda curativa de las aguas remedianas, esparcida durante la primera mitad del siglo XX por un señor conocido por el apodo de “Hombre de Dios”, cuyo aspecto barbudo y desaliñado causó estupor y credulidad, al punto de generar una sublevación popular cuando las autoridades lo detuvieron.

Todavía quedan ecos de aquellos días del agua, pues si llueve mucho, Remedios se llena de manantiales naturales en medio de las calles, así ocurrió por primera vez en noviembre de 1931 y luego en la década del setenta del siglo XX. Dichas aguas sobresalían con fuerza del suelo y con una temperatura muy fría. Calles como La Mar, Amarguras y La Laguna deben sus nombres a este curioso fenómeno.

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el acueducto de Remedios…

En el año 2000, cuando se planificaba por los barrios El Carmen y San Salvador hacer la parranda “del siglo”, un terrible vendaval de varias semanas dañó ambas naves e impidió las fiestas, las cuales se aplazaron y aunque se hizo el trabajo de plaza más alto de la historia (102 pies de alto), las carrozas apenas se exhibieron en pedazos y el fuego fue menor a lo esperado. Singular y legendaria ha sido la relación de esta vieja villa con el mal tiempo, al punto de que algunos lo consideran el peor enemigo de los remedianos, pues siempre que hay alegría y progreso en la ciudad, se ve aparecer sobre el sur la terrible Cabeza de Patricio, así ocurrió el 24 de junio del 2015, cuando la gala por el 500 aniversario de la fundación, transmitida al mundo entero con toda la pompa, se vio interrumpida por un viento furioso repleto de lluvia y restos de pólvora de los voladores recién lanzados. Muchos entonces repetían “no hay remedio”, con los rostros desencajados por el asombro, la frustración, el temor, la sorpresa de las aguas por doquier.

Trump y el Leviatán nazi

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El siglo XVII trajo quizás mayor claridad filosófica que los cien años siguientes, los iluminados pensadores franceses de la centuria dieciochesca tenían una deuda fundamental con los pares ingleses. Hobbes, uno de los isleños que más aportó a la política venidera, tuvo que asilarse en Francia debido al caos de la revolución contra los Estuardo a partir de 1640. La isla británica pronto vio deshecha la testa coronada del rey, rotos los derechos divinos, vacío el trono que podía ocupar cualquiera, hubo necesidad de explicar qué pasaba (una de esas necesidades racionales de acercarse a la realidad, tan mentadas por el filósofo posterior Hegel).

Fuera de toda dimensión infinita, Hobbes se dedicó a explicar la necesidad de un Estado que ya no incluyera el poder divino de los reyes, el cual se hizo débil a partir de la toma de posesión de la burguesía inglesa. Fue la Inglaterra republicana de Oliverio Cromwell el modelo que usó el pensador para justificar la fortaleza de Leviatán, monstruo bíblico que personificaba al Estado, entidad sin dudas terrible ya que representa la total represión y el control de todos los recursos. Para Hobbes ese monstruo era preferible a la anarquía o estadío de la naturaleza, donde los hombres luchaban todos contra todos y nadie llegaba a nada. Un monstruo para otro monstruo. Y sobre las bases de esas ideas surgió el moderno modo de gobernar, en la Inglaterra del siglo XVII, donde el rey nunca más fue rey y sin embargo hasta hoy es dueño de la nación y Jefe de Estado de medio mundo a través de la Comunidad de Naciones Británicas.

Como se ve, en las bases del primer liberalismo ya estaba el germen de las dictaduras del siglo XX. El Estado por encima de todo, la omnipotencia del poder ejecutivo, su necesidad racional vista luego por el alemán Hegel, quien así justificaba el autoritarismo militarista de la administración prusiana. La vieja forma de gobierno inglesa se fue reformando hasta volverse parlamentaria, aún así hoy sorprende la gestión que tiene la Reina y cómo el Primer Ministro apenas es su sombra. El Reino Unido nunca ha sido una dictadura, pero con su teoría del Estado dio paso a las administraciones fuertes. ¿Será que el liberalismo es el padre del miedo? Con la elección de Donald Trump en el otro lado del océano, se ha confirmado que el Estado es un Leviatán, pues ante un Congreso colapsado y un bipartidismo deforme surge el poder norteamericano en esencia pura, para defender la economía casera (América Primero). En esta genealogía de las ideas Trump es hijo de Hobbes quien es hijo del miedo (esto último lo escribió el propio filósofo).

Si Trump es un miedoso, entonces el mundo está en peligro. Imaginémonos a Calígula con arsenales nucleares a su alcance, su ansia de poder e irracionalidad mezcladas con un ejército ilimitado. La crueldad de Roma tuvo límites ahí donde acababa la ciudad, el mare nostum seguía siendo pagano a la manera de los reinos sojuzgados, fueron los judíos quienes crucificaron a Jesús en tiempos de Tiberio, no el gobernador Pilatos. Todo porque el César ni tenía internet, ni jet privado, ni CIA, ni misiles intercontinentales, ni financiaba a las Naciones Unidas. Es tremenda la forma en que las ideas de Hobbes acerca del Leviatán estatal se cumplen. Al paso que va Estados Unidos, pudiera desaparecer el parlamento, limitarse la prensa y prohibirse la libre asociación. La continuidad entre Bush Jr. y Trump está dada por el endurecimiento del gobierno frente al individuo, al punto de que el pensar llega a ser delito.

Lo que hay en la silla de la Casa Blanca parece cualquier cosa menos un primer ciudadano, son los tiempos de la restauración del Leviatán. Lo que hay detrás de la silla resulta indecible, Marcos Rubio dice que Cuba tiene armas sónicas. La embajada en la Habana peligra, porque el Estado fuerte está haciendo valer su derecho por encima de los individuos, dicho cierre resultaría perjudicial a miles de estadounidenses, pero al monstruo no le importa otra cosa que la restauración del miedo. Tomas Paine, uno de los padres de la nación norteña y  filósofo del siglo XVIII tendría que asilarse de nuevo en Europa (terminó siendo odiado por personajes tan dispares como Pitt y Washington), el liberalismo tiene que dejar de ser en el país liberal. La racionalidad hegeliana se trastoca en irracionalidad, todo lo real es irracional. Pobres prusianos. ¡Vae Victis!

Cualquiera con dos dedos de frente sabe que Cuba no puede tener armamento sofisticado, pues se arruinaría. La isla apenas hace funcionar su sistema electroenergético, depende de un agónico comercio exterior y de un turismo que no despega. Sin el servicio militar, el ejército fuera exiguo, aún así los reclutas son chicos preuniversitarios de baja preparación combativa. La patria de Martí no está diseñada para hacer guerras en el exterior y tiene mucho que arreglar en casa, para pasársela usando cañones sónicos contra diplomáticos estadounidenses. ¿Será verdad lo del Maine como excusa y montaje para intervenir en 1898 en Cuba? Este asunto trampista/trumpista y marcorrubiano suena igual que la estación de radio alemana que los nazis atacaron en la frontera con Polonia, para justificar una agresión militar. ¿Otro autogolpe, otros Kennedys recibiendo disparos en medio de la nada soleada y cubana?