Una ciudad incómoda

La-Habana

tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

Elogio de la desobediencia

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La obediencia nunca ha sido una virtud, aunque a veces se le conceda ese salvoconducto. A menudo se dice que el niño es obediente, tranquilo, que no hace nada, que no se mueve del sitio en que lo dejan. El deseo de que los demás se comporten de manera predecible y de acuerdo con un lineamiento específico prefijado, lleva a que los gobiernos fabriquen personas obedientes. En la Alemania de Hitler nunca hizo falta coaccionar al pueblo, pues la mayoría apoyaba la dictadura. Cuando el caudillo nazi desbancó al viejo militar Von Hinderburg del puesto ejecutivo y disolvió el parlamento, las calles se llenaron del jubileo propio de quienes aman las cadenas. Ya en 1933 el ascenso de la nefasta ideología fascista a la cima de la necrosada República de Weimar ocurrió por la vía democrática, electoral. El alemán era un pueblo obediente, y pagó el precio, pues hoy aún no sabemos cuánto de odio y maldad engendró ese momento oscuro entre 1933 y 1945 en la historia del hombre.
Las libertades civiles, la democracia, las instituciones liberales que habían surgido a lo largo de todo el siglo XIX y que eran hijas de la Ilustración y la Revolución Francesa, fueron meros juguetes en las manos de los desobedientes dictadores de las potencias agresoras. Sólo la concertación de enormes fuerzas pudo rescatar a la humanidad de aquel sueño de la razón, que produjo tantos monstruos (me viene a la mente que durante los juicios de Nuremberg, los fiscales sintieron que, al tratar con los criminales de guerra nazis, lo hacían como con otra raza inhumana de seres). La obediencia, el sueño de la razón, produce monstruos. Porque el camino del hombre ha sido desde la oscuridad, hasta la luz, y todo retroceso no hace sino generar más oscuridad que nunca (los propios nazis, para legitimarse, acudieron a un inexplicable misticismo germano que mezclaba la brujería, el satanismo, la recurrencia a las tribus arianas y la mitología escandinava). Hoy existe entre nosotros una tendencia de ese tino retrógrado, que nos impele a la obediencia y el silencio, so pena de ser recriminados.
No exagero cuando digo que en todos los espacios donde antes, hasta hace poco, me permitían explayarme con amplitud y transparencia, hallo el escepticismo de unos y el miedo de otros, pero sobre todo la mayoritaria obediencia. Para mí está claro que ser obediente no es una virtud, al contrario ello genera una lentitud en las fuerzas del progreso que pudiera derivar en estupidez. Además, detrás de todo censor, suele ocultarse el interés espurio del burócrata que aspira a dejarnos un laxo letargo clasista, que lo favorezca en sus ambiciones individuales.
Hallo obediencia por ejemplo, en la prensa, donde sigo esperando los temas críticos siempre preteridos. En la sección “Acuse de Recibo” de uno de nuestros diarios nacionales, un periodista intenta darle curso a algunas de las inquietudes más irreverentes de nuestro país, pero me alarma el bajo apoyo institucional que recibe como respuesta dicha sección, sobre todo si tenemos en cuenta que es de los pocos espacios nacionales destinados específicamente a ese tipo de funciones. Vaya, que la obediencia, de parte de los que debieran ser desobedientes, es el colmo de la obediencia. Otras veces termino preguntándome cuántas cartas se dejan de publicar, por hache o por be, en estas secciones críticas, desobedientes, por así llamarlas. Está claro que en periodismo, la obediencia es vergonzosa, peor aún si es evidente.
Pero obedecer tampoco es una virtud cuando en una reunión nos callamos la boca, porque total, ojalá que esto se acabe enseguida, o si en un programa de radio oímos que el conductor manipula el hilo del diálogo fuera de temas espinosos. Ni obedecer es bueno cuando alguien nos compele a la unanimidad en un voto fácil, que nunca se sabe a qué o a quiénes favorece. Por ejemplo, hace unos años trabajaba yo en una emisora de radio territorial, y al ver la mala calidad de los supuestos arreglos de la calle principal de mi pueblo comencé las denuncias periodísticas. Hubo quien se sorprendió de ese y otros trabajos de corte crítico, sobre todo porque a mí nadie me “mandaba” a hacerlos, también recuerdo cómo en la reunión de rendición de cuenta le pedí cuentas (valga la redundancia) a la presidenta del gobierno, por la mala gestión de los trabajos en la calle y allí las crispaciones, el miedo, la sorpresa del obediente me acompañó. Yo sabía que, aunque minoría, estuve exigiendo el derecho de todos.
Es peligroso ser obediente, porque en términos individuales deshumaniza y en lo social retrasa la comprensión y el diálogo, la obediencia es un manto de falsedad que cubre los problemas de hoy y calla a los díscolos que se multiplicarán mañana más que los panes y los peces, sí, ser obediente es cuanto menos un pecado político. Obtener favores, prebendas, poderes, a cambio de asentir, no edifica ni exige superación, sino que llama a la mediocridad y la corona con un éxito inmerecido. Este país necesita una lección de desobediencia, que no significa caos, sino pensamiento, razón, luz, sí, esos elementos de la cultura universal que desde 1789 impiden o retardan la producción de monstruos. Francisco de Goya lo dibujó en uno de sus obras más impresionantes, donde un hombre dormido se debate entre una manada de seres alados. El sueño, en dicho cuadro, representa la forma más elemental e inevitable de obediencia, el estado en que el hombre anda como un esclavo entre sus propios miedos, encadenado.
Hoy todavía se critica a los padres fundadores de la independencia cubana porque “gastaron tiempo” discutiendo su República en una cámara de representantes. Los cultores del ordeno y mando muestran su asco asqueante ante la grandeza de aquellos hombres que, teniendo todo para ser déspotas, prefirieron la virtud de la democracia más actualizada para sus tiempos. Los historiadores del ahora que miran hacia el pasado con ira y con un catalejo distorsionado, juzgan mal a aquellos que entendieron los peligros de un mando unificado. América ya era en 1868 el continente de las naciones inestables donde el ciclo militares-dictaduras comenzaba su constante de Sísifo, y Cuba miraba con luz larga. Aún así, los cultores de la obediencia enseñan en los colegios que fue desfavorable aquella cámara, que desunió, que detuvo, que era un lastre (todo ello sobrellevable si era en nombre de los derechos más genuinos). Esos cultores incultos que aborrecen el poder civil compartido, olvidan que el militarismo es el padre de todos los autoritarismos. Cierto que Martí en 1895 unificó los mandos, pero recuérdese que se esperaba una guerra rápida, necesaria, con un partido útil nada más en función de la contienda; o sea que la obediencia no sólo era transitoria, sino (en la lógica martiana) efímera, inexistente.
Ni Gandhi, ni Thoreau, ni el Dr. King Jr., eran seres deleznables, ni quisieron lo peor para sus tierras, no representaban el caos ni la ira. Los aportes de todos estuvieron en consonancia con sus culturas y a la vez trascendieron en la esfera pública como referentes de una verdad casi incontestable: la desobediencia es un derecho. Hace unos años por ejemplo, un profesor de historia de la universidad casi me traga (la expresión es cubanísima) cuando le menciono en clase la importancia del método no violento en la independencia de la India. No sé si era miedo, estupidez o abuso de poder académico, sólo entiendo que era el obediente pidiendo obediencia y predicando a favor de la obediencia histórica. La imagen de dicho profesor, vestido de colonialista y apresando indios no me resultó entonces tan descabellada. Muchas veces hay que desobedecer y hacerlo de la mejor manera, de la más decente, pues en ello va una lección de valores ante aquel o aquellos que nos compelen a una obediencia ciega.
Es peligroso ser obediente, ojalá la advertencia sea bien recibida.

Ser pesimista

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Shopenhauer

Sí, lo soy, y también creo en la suerte (la mala) y en el azar. El pesimismo es la postura quizás más inteligente y pragmática en estos tiempos. Sí, soy pesimista, suelo creer que he perdido todas las oportunidades que nunca tuve, me pongo del lado de Schopenhauer y de Cioran, eternos dubitantes del ser humano, amadores el primero de los perros el segundo de la nada y la disolución. Ser pesimista me ha llevado a descubrir que lo real siempre puede ser peor a la vez que increíble, las circunstancias pueden secuestrar tu alegría y dejarte en una especie de lucidez, de tristeza.
En vida más joven, pensé que el ahora sería de luz, pero hay una acumulación en mi de extrañezas y fracasos, que son a la vez las deudas y dudas de mucha gente. Carezco de la capacidad de darle otro color a lo oscuro, así como de rellenar las cuartillas con ideologías farsantes, que no creeré jamás. Sí, no sólo soy pesimista sino que lo pregono, lo hablo en los autobuses y en las colas, donde la gente quiere pensar positivo aunque se la coman el poco aliento y la temporalidad humana. No tengo reparo en reconocerme como un pobre hombre desengañado, con un estilo de escribir más o menos coherente pero al cabo inútil y vergonzante. Un periodista sin periódico, cuyo pensamiento jamás interesó a nadie, que nunca escribió más incoherencias que cuando estuvo libre de las ataduras editoriales y los premios fatuos (y fuegos fatuos).
Un escribiente sin muecas, que abandona la bonanza escasa de las grandes ciudades y va a su pequeño pueblo, ante su propia tumba, a vender unas baratijas. La suerte existe, cómo negarla cuando unos la tienen y otros no, es tan evidente que sólo los afortunados se creen con el beneficio de algún talento extra. Una columna periodística que hable de las virtudes del pesimismo no saldría en los periódicos de la enunciación y el sintagma, del bonachón tono y la confianza, del cachalote de sobrecumplimientos. No, quién dijo que alguien tendrá espacio para desmentir la mayor mentira que aún tantos sostienen y creen: ser positivos, optimistas, constructivos.
Nadie dijo que escribir fuese un acto uniforme de sonrisas y cumpleaños, no, aunque haya quien pretendiera que así fuese. Pero nadie lo dijo, la gente quiere hacernos creer que el optimismo es lo único real, lo correcto, mientras estigmatiza a quienes pensamos el mundo en su dimensión más abundante. No es cierto que los pesimistas deseemos el mal, no, más bien entrañamos un deseo inmenso por corregir toda esta injusticia. Quizás no haya mejor optimista que el pesimista que mira de frente y dice sin reparos. Quizás no haya mayor pesimista que ese optimista ciego que esconde la cabeza en el hueco como avestruz que es. Mientras se vea en blanco la realidad y se obvie la prevalencia del negro, prevalecerá el negro. A buen lector, con unos pocos pesimistas que digan la verdad debiera bastar.
Ser pesimista es un bálsamo de verdad en este mundo de sombras. Stendhal escribió que no podía culparse al espejo si reflejaba un barrizal, sino a las autoridades que dejaron perder los caminos, Brecht hizo del teatro una forma de toma de conciencia donde el espectador no era embaucado por la técnica sino que tomaba parte y se concientizaba de lo mal y deforme de este mundo, todo el gran arte ha sido de los pesimistas (al menos desde que el artista pudo o se atrevió a decir por sí mismo). Delacroix pintó un cuadro sobre un naufragio y ello llenó de pavor acerca de la crudeza del mar y la muerte, Picasso fotografió el dolor despedazado en su Guernica. Imaginemos ahora que alguien pida a los escritores trágicos, a los de la novela social, a los del cuento mesmérico que se autocensuren en honor a un panglosianismo ramplón. Imaginemos que por decreto debamos asumir que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Ser pesimista es una delicia sutil y una joya del intelecto.
Hasta los iluministas se apoyaron en lo peor para ir hacia lo mejor, incluso Dante, en su obra titulada Divina Comedia no puede sustraerse a colocarnos antes que el Paraíso, dos pasajes (Purgatorio e Infierno) que sobrepasan en trascendencia la visión idílica y laudatoria de la tierra celeste. En Infierno, retrata el bardo a su época, la juzga y saca de ella las esencias de lo que desea para el cambio, así una comedia tiene su mejor parte en su tragedia. Aceptemos que en el dedo condenatorio del artista se desatan las vertientes filosóficas que de lo contrario fueran burdos silogismos de feria. El teatro del absurdo que tuvo en Ionesco quizás su cultor más agudo, nos lleva hasta el umbral mismo de la sinrazón y nos hace entrar en razón, por ejemplo, en La Cantante calva, una serie de intercambios deshilachados se erigen en paradigma del diálogo vacío del ser y su parentesco con el no ser. Quizás está última una versión más actual del monólogo de Hamlet ante el cráneo descarnado del bufón Yorick.
Ser pesimista es entroncar a la humanidad en su tradición trágica, llevarla de la mano del reflector aristotélico, vincular al hombre con una visión realmente antropocéntrica que no hable de muñecos ni afeites, hablar en lenguaje de la calle, dejar que fluya el río de la vida sin pretender que no puede ser variado, sí, ser pesimista es ayudar a entendernos, no renunciar, ser un voyeur, un vigilante demasiado honesto.

Leo

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Suelo leer bastante, de hecho, mi vida se puede marcar por ciclos de lecturas. Hay experiencias que llevo unidas a la portada y el olor de este o aquel libro. En mi cama he hecho el amor, mientras desde un recoveco del colchón un volumen de literatura nos observa. Sí, como una especie de voyeur sin vida. Leer es un oficio, que ojalá algún día se pague, uno empieza como jugando y termina siendo un tipo serio que va en la guagua leyendo con fruición, en este país donde cada vez se lee menos. Sí, las ferias del libro son eso, ferias, donde se compra y donde falta el apego de antaño.
Me cuentan que hace décadas, podías comprarte la Comedia Humana de Balzac por unos quilos. Ahora no alcanza el salario para adquirir alguna novedad literaria, pues los precios oscilan entre los 10 y los 1000 pesos. De tal forma, sería bueno que en Cuba se generalizaran los ebooks o libros electrónicos que tanto atacan los defensores de la pasta de papel y algunos articulistas del periodismo nacional. Considero que si la carestía reside en la falta de infraestructura editorial, una buena manera de paliar los males sería generalizando la lectura en soporte digital. De hecho, la mayor parte de la literatura más actualizada que leo, se la debo al computador, pues en las bibliotecas rara vez se encuentra algún ejemplar de lo más reciente, quizás con las honrosas excepciones compiladas por la Casa de las Américas.
Dicen también que lo primero que se imprimió luego de 1959, fecha parteaguas en la cultura nacional, fue el Quijote, abreviatura del nombre más largo de una obra imprescindible, que es en sí misma una alegoría sobre el poder de la lectura para esclarecer o enmarañar las grandes mentiras y verdades. Tal parecía que Cuba se llenaba de novísimos Alonsos Quijanos dispuestos a entender y a cambiar el mundo, o quizás era aquello una metáfora del destino quijotesco que nos aguardaba como nación. Lo cierto es que podría contarse con los dedos de las manos la cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que hablan con entusiasmo sobre el Quijote, a no ser que Hollywood haga un serial sobre el libro y se propague una versión con los tintes eróticos y violentos que son consustanciales al género. En Cuba, le gente lee menos o no lee, se puede ver en el Paquete, ese canal que circula de memoria en memoria por todo el país, donde prima lo audiovisual y apenas hallas los mismos libros o los diarios extranjeros siempre interesantes en tanto te muestran el mundo de forma off line.
Lo otro que podríamos preguntarnos es cuánta gente ve en las bibliotecas una fuente de conocimiento real y de recreación, además de que desde cuándo dichas instituciones no emprenden acciones serias para ganar de su lado a ese público. El divorcio de la cultura que padece hoy el pueblo cubano responde a patrones propios de una realidad específica y a la vez a fenómenos mundiales de los estilos predominantes de consumo. Se ve en las zonas wifi, donde la gente no busca tanto informarse ni leer abiertamente como comunicarse con el familiar o con la pareja allende los mares, no importa si la conversación es baladí o si la tarjeta de conectividad cuesta 50 pesos cubanos la hora (me han informado que en algunas zonas del mundo la wifi es gratis). La cultura no está de moda, ni los modales ni nada de eso. Así se generaliza una manera de asumir las cosmovisiones que deviene provinciana y limitada, donde los héroes cotidianos son los mochileros que traen ropa de Ecuador o el tipo que defalcó una empresa y supo sobrevivir para hacer inversiones y nuevos negocios gordos.
En una fiesta por el día de los niños que se hizo en mi pueblo, un payaso preguntaba qué serían cuando grandes y el juego tuvo que terminar pues uno de los nenes dijo que deseaba trabajar en el turismo. Como vemos, el pragmatismo de hoy va sembrando la semilla de un mañana conformista, genera patrones inalterables que sólo una nueva realidad podrá remover. Leer en esas condiciones es quijotesco de veras, más aún si usted lo hace porque piensa obtener de ello alguna ganancia.
Aún así yo leo y probablemente usted también, y otros tantos (¿o tontos?), y no sabemos qué hacer con las ideas que bullen de tantas lecturas y nos terminamos preguntando si podríamos coger una lanza y un escudo e ir en busca de Rocinante. No, nada de eso, conocemos que los molinos no son gigantes, sino molinos, máquinas que te muelen literalmente. Es bueno leer, porque te da perspectiva, te distancia del asunto y eso es en suma la sabiduría: una forma especial de sufrimiento que proviene del manejo del origen de las cosas. Así lo dice Salomón en Eclesiastés, saber es sufrir. Leer bonifica una vanidad invisible e inaudible que salta cuando nuestro pensamiento penetra aquí, acá, allá y acullá. Sí, sin leer no habrá nada real en términos razonables, ni sentido del bien y del mal, ni criterio propio para dirimir juicios.
Hecho de palabras es nuestro pensamiento, sin palabras caeríamos en la mudez interna, no llevaríamos ese eterno diálogo con uno mismo, esa conversación interminable con el yo que produce la luz. Hay en cada uno de nosotros un libro que se escribe y se lee constantemente, de manera tal que somos autores y público expectante a la vez. Leer es leernos, leernos es vivir quizás el único para siempre que tenemos a la mano.

“Ferdydurke” y la mascarada social

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“La muerte en pelota”, Antonia Eiris

La inmadurez es la forma más elemental y honesta de vivir, porque todo desarrollo, toda transformación significa disfrazarse, renunciar a uno mismo y asumir los grandes relatos de la civilización, las mentiras prefabricadas por el poder. Así podría resumirse la esencia de una novela contestataria, irreverente, una obra donde la suciedad, lo incorrecto, lo inaceptable toman un puesto de privilegio y desplazan al hombre moderno y amarrado, a ese ser que ha dejado de ser, al individuo que se diluyó en la masa. “Ferdydurke” se titula el texto, un nombre que alude al sinsentido, un bautismo de absurdos.
Witold Gombrowicz escribió aquella novela como quien forja un arma, diseñó el andamiaje destructivo y macabro, se ensañó con las máscaras de una sociedad decadente e incapaz de definirse, una muchedumbre asesina de ideas originales. Era él un escritor oscuro, graduado en Derecho, en la Varsovia del período entre guerras, que en 1933 terminó su primer volumen de relatos “Memorias del periodo de la inmadurez”, textos que pasaron inadvertidos para la crítica polaca, ese gremio al que Witold prestó siempre tan poca importancia, pues eran los sostenedores de la mascarada elitista.
“Ferdydurke” sale a la imprenta en Polonia en 1937, pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 sumió al país en un silencio cultural y una ola represiva totalizadora. La novela comienza entonces a respirar agónicamente a través de vías de distribución tan bizarras como el pensamiento de su autor. El exilio de Witold en Argentina fue fecundo, como otros exilios polacos (el caso de Federico Chopin en Francia por ejemplo), pero estuvo marcado por la inestabilidad y la sobrevida, dos cualidades que también influyeron en el decurso de “Ferdydurke.”
La traducción colectiva de la obra al español, asumida por el grupo de intelectuales nucleados alrededor del Café Rex y la publicación de dicho volumen en Buenos Aires en 1947, le valió a Gombrowicz el reconocimiento de la intelectualidad argentina, entre los que estaban los escritores de la revista “Sur”; pero además situó el libro en el contexto latinoamericano, dándole vida propia singular, siendo así que los conceptos y neologismos de la novela cobraban los matices inmaduros de un continente carente de máscaras elitistas.
“Ferdydurke” fue la empresa que movió a intelectuales como Virgilio Piñera, entonces en su estancia bonaerense, quien fue uno de los traductores y divulgadores del texto. De hecho, podría radiografiarse un parentesco bastante cercano entre el absurdo de Witold y las obras posteriores del escritor cubano. En “Ferdydurke” todo gira en torno a un ser incompleto, Kowalski, que ya en la treintena retrocede hacia la adolescencia, para asumir el grado de inmadurez y de sinceridad que la sociedad prohíbe, se suceden situaciones hilarantes de un humor que duele, que estalla en las espaldas de los “dueños de la verdad”, la oda a lo contrahecho y lo ilógico, la negación del banquete y la reafirmación de que vivir es estar debajo de la mesa, contemplando las partes no gloriosas de la historia (con minúsculas).
En referencias posteriores a la salida de “Ferdydurke”, Witold Gombrowicz habló de la idea que siempre lo obsesionaba como intelectual, pues más allá de una historia repleta de absurdos y símbolos, la novela era el intento por desmontar las mentiras del lenguaje y la cultura, esas que asumimos como correctas y sin chistar mientras dejamos de ser nosotros mismos. En el mundo del autor, el hombre nace hombre y en el proceso sufre una deslegitimación donde las imposiciones lo ablandan, hasta convertirlo en una pasta cultural, en un subproducto de la vida, en una realidad construida, en el cementerio de las ideas, en un diccionario preestablecido que niega toda posibilidad de invención o de irreverencia.
Pareciera que Witold nos estuviera diciendo que somos en esencia sucios, depravados, impresentables y nos vamos arropando en esa gran mentira que es el mundo occidental, curiosa metáfora que reviste todo el universo del pensamiento europeo de la época, carencia de libertades que conducen a los autocratismos de la política y la historia, por eso no extraña que las obras de este polaco fuesen incluidas en varios índices prohibidos, parametradas a través de mediciones mediocres (los nazis las llamaron arte degenerado).
Sí, la novela transgredió la moral de la época, deshuesó la estructura de la novela clásica, incluso intentó un lenguaje jíbaro y escurridizo, el neologismo que unía emociones y conceptos, el humor que desde una ironía descarnada miraba hacia nosotros, hacia el futuro, porque como obra rebelde fue una propuesta de sociedad y vida.
No hay arte que no haya nacido de una contestación, de una sublevación, de un intento por dinamitar las bases precedentes, y “Ferdydurke” lo hace a través de balbuceos, de escarceos adolescentes, de una sexualidad salvaje y descarada, del deshacimiento de todas las formas posibles, disolución de certezas que nos deja todo por construir, mensaje que no por deshecho deja de estar.
La literatura es fuego, es rebelión, todo demiurgo es un inconforme que se crea nuevos mundos y los sustituye en el plano discursivo. Witold Gombrowicz en su itinerario accidentado, en su vida precaria, de un trabajo en otro, en su exilio en tierras de inmadurez, supo quitar las máscaras de la cultura y ponernos delante de las sobras del banquete de la cultura, de los restos que integran la gran podredumbre humana, de las palabras censuradas que sin embargo integran el vocabulario oscuro y depravado que nos define. El hombre en su naturaleza, en su vida real, en su infortunio de no poderse escoger él mismo, de relegarse y vivir en la mascarada.

La Habana ha muerto

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Con La Habana está sucediendo algo insólito, inaudito, La Habana está dejando de ser, se borra como imaginario, como sitio concreto, la gente deja de decirle su nombre, deja de preferirla, deja de añorarla. Esto ocurre porque ya no hay habaneros, sí, pareciera raro, pero La Habana es ya una ciudad sin su gentilicio.
“Los habaneros se han ido”, dicen los que ahora habitan los barrios céntricos y periféricos de la capital, “aquí nadie es de aquí”, dicen dos guantanameros que llevan 25 años viviendo en la calle Maloja, cerca de Sitios, quizás el lugar más folclórico en términos de religiones afrocubanas de la otrora flamante ciudad.
Sí, la gente se ha ido, tomó rumbo a otras urbes mundiales, se despojaron del sabor a mar, de las siluetas nocturnas trazadas por el faro del Morro, de los Carnavales y el olor a carne de puerco, el tufo a ron, las comparsas, el polvo, las columnas, el malecón que se llena de salitre y de esperanzas efímeras, esperanzas de alcohol.
Ya La Habana no tiene habaneros, y quienes la habitan ya dejaron de ser santiagueros, guantanameros, holguineros, etc, una ciudad sin gentilicio es lo más parecido a una ciudad desierta. No hay identidad que construir, los muros pueden caerse de un momento a otro, no resultan necesarios los himnos, las banderas y los patriotismos locales, no se puede sitiar a una ciudad sin habitantes.
Andar La Habana es irte por un túnel vacío, un conducto detenido, una imagen de imágenes, donde sólo priman las lecturas de uno u otro lado del espectro de la Historia. La Habana real no existe, se perdió en algún recodo, en alguna maldición, en alguna consigna, en algún desfile, en alguna ida, en algún adiós.
Habría que analizar cuántas ciudades en el mundo y en la historia se han quedado así, repletas de gente y a la vez deshabitadas, sin nadie que las ame de veras, sin un alguien que las defienda, que las considere, más allá de dividendos económicos. Pertenezco a otra ciudad, quizás más quimérica, quizás más inventada, menos ciudad, San Juan de los Remedios, donde no obstante la nebulosas del tiempo, los atrasos, el aislamiento; uno puede sentir que se ama sin interés, que se muere por amor a los muros.
Pero La Habana tiene apenas una muchedumbre que viajó hasta ella para sacarle el jugo, enjambre que la derrumba, ausente sentido de pertenencia que jamás será capaz de habitarla. La Habana es el sitio de las oportunidades, donde prolifera un mercado negro como un agujero negro, una ausencia que se aprovecha, un centro que es periferia, La Habana es un barrio gigantesco, un bazar movible-inmóvil, agujero al fin que todo lo gravita, lo atrae.
Esta ciudad ha ido dejando de existir, se decantó a través de las décadas, ya nadie recuerda las tonadas de otros años, ni las fiestas, ni hay familias que derramen su abolengo sobre las baldosas de las casonas, se borraron los membretes de las sociedades y los apellidos, se perdió La Habana aquella, elegante o no, aquella que salía en los periódicos, aquella que no había que maquillar.
Nos queda el sucedáneo, lo derivado, lo espurio, nos queda apenas un archivo, un legajo inclasificado y perdido en los recodos de la Biblioteca Nacional, una foto en sepia de la calle Reina con los tranvías y los sombreros de paja.
La ciudad ha dejado de estar, a la usanza de cierta ciudad narrada por Italo Calvino, ciudad inservible e invisible, vencible, borrable. Sí, dejo de ser, de ubicarse, se marchó a ninguna parte, quedó la sombra, el mapa apenas, una situación geográfica, apenas un recuerdo, apenas un remember para los turistas, apenas un suvenir.
“Aquí nadie es de La Habana, vinimos hace años de Camagüey”, dice un botero, dice un heladero, dice un vendedor de maní, dice un vendedor de muñecos de palo en la feria del bulevar de Obispo; todos ellos representan oficios de sobrevivencia, casi al margen, son seres que vinieron a La Habana no a habitarla, sino a vivir ellos, a resolver, a luchar, a ver qué pasa, a probar suerte.
La Habana debería propiciar destinos, vidas, estabilidades, se debiera soñar en La Habana, pero como dijera alguien “esto es un trampolín”. La realidad y la lasitud la hicieron móvil, se perdió lo propio, la identidad ha muerto, ya casi se celebran los 500 años de fundada y no queda ni una familia a la cual acudir en busca de antepasados, de memorias, de añoranzas, de paredes.
Los legajos son legajos y las fechas fechas, mientras se perora en periódicos y plazas. La Habana no es La Habana, quizás sea algo, pero habría que definir ese algo, quizás haya surgido una ciudad sobre la ciudad muerta, pero nadie le pone nombre. El proceso es insólito, complejo y hasta clandestino.
La Habana ha muerto no sé si será prudente gritar, ¡La Habana ha muerto, viva La Habana!, no sé, la muerte parece demasiado, me sobrepasa, es una muerte nebulosa, imprecisa y sin embargo tan real, tan terrible, tan determinante. La Habana ha muerto y no nos queda ni su cadáver para el velorio.

Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.

 

Discontinuidad de los parques y las calles

 

kcho“¿Asere, tú no trabajabas en la televisión?”, y el hombre se iba riendo por toda la guagua, mientras el actor, otrora estrella de la sonada serie “Día y noche”, buscaba un hueco en aquel transporte hirviente, especie de dragón articulado que rompe las tuberías y orada el asfalto y genera crisis y quejas miles a la empresa de acueducto y alcantarillado de La Habana.
El subdesarrollo consiste en no tener continuidad, como diría un amigo, nada se mueve, nada es completo, nada dura, lo que hoy parece pétreo mañana se difumina en el aire, en el tercer mundo no hay stars systems que rescaten a estos actores fracasados y los rodeen de un halo de místico encanto de derrota.
La imagen de Sergio, protagonista de la película “Memorias del subdesarrollo”, caminando por una capital que él califica como “Tegucigalpa del Caribe” o pueblo de campo, ilustra un sentimiento de frustrado empeño, de energías perdidas. Todo es un esfuerzo perenne, una lucha sin armas, sin término visible, un desgaste que te quiebra y encierra, donde todo está indefinido y pareciera definido, donde todo parece al alcance y todo está muy lejos.
“¿Asere ñoooo, jajajaja”, la risa del hombre burlón se me queda clavada en los oídos, me saca la lástima y me deja el dolor, me desata las ganas de escribir, de redimirme en ese fracaso, en esa imagen articulada del dragón que nos traga y nos derrite en pleno calor habanero, en pleno subdesarrollo.
Ha sucedido con muchos, hay historias que saltan lo mismo a las doce del día en un transporte público que en un pueblo de campo, que en un campo sin arar y lleno de marabú. Hoy me topé por ejemplo con un escritor de Yaguajay, en plena calle 3ra, Vedado, un escritor yaguajayense en la Habana en pleno mediodía, el sol rajando la piedra de nuestros cráneos, un escritor que seguro venía de visitar a otros escritores o artistas, con los mismos bolsos entretejidos y la cara triste y sudada, un escritor que apenas puede darle continuidad a su voz poética o narrativa. En el subdesarrollo los escritores pueden no tener continuidad o no continuar su obra, pueden incluso tener voz poética y quedarse mudos, dejar que el sudor hable por ellos.
Un escritor en Cuba era ya algo raro desde la República, cuando ser escritor y héroe de la guerra independentista dejó de estar de moda, dejó de ser cool, cuando los hombres ilustres pasaron a ser generales y doctores. Entonces un escritor no servía de nada, no era útil para domeñar y sembrar servilismo. En este sitio de calores y definiciones perennes, sitio que no sólo es geográfico sino temporal, los escritores tampoco son héroes, sino pajarillos, de país de generales y doctores pasamos a ser un reparto, un barrio de aseres y negociantes.
Ya lo dijo Virgilio Piñera alguna noche, en medio de esa necesidad que tuvo siempre de que lo quisieran: “tengo miedo”.
Un escritor, un actor, son dos pajarillos raros en una Cuba a las doce del día, en medio del calor sin aires acondicionados, en medio del transporte público o de la calle 3ra. Extraños en el paraíso nunca como ahora, nos sentimos extraños, tan extraños.
Aquel que vive al margen, vive más apegado a la verdad, aquel que no sueña, no piensa, no hace. La verdad se vuelve sopor, se vuelve invierno vaporoso, poros que se agrandan y se queman, que sufren fragmentación del pensamiento y la sensibilidad.
Verdad es un concepto definido al que no agregamos nada, es una pizza sin nada que compramos hace tiempo, cuando no se inventaba el queso y la salsa de tomate, es una empanada frita con manteca de rinocerontes, es un pellejo de carnero secado al sol. Verdad ha dejado de ser un concepto para ser el Concepto, el sancta sanctórum de los conceptos, nos conceptualiza, en el tercer mundo los conceptos tampoco tienen continuidad, el tercer mundo no es hegeliano, no se practica la dialéctica sino la escolástica playera.
En la filosofía del subdesarrollo todo viene de afuera, hay que esperar siempre por ese afuera que nos salva o nos condena o nos salva y nos condena. El actor, el escritor, esperan por un afuera aún, un afuera que les diga quiénes son, qué valen, un afuera que refute al adentro, a la voz burlona del transporte público, del sol en la calle 3ra, un afuera que legitime, que dé conceptos, que reevalúe, que traiga el queso para pizza, la salsa, el aderezo.
Cuba sigue siendo la isla de Calvert Casey, la isla del eterno retorno, de la evocación, cada quien se evoca una isla.
Lezama se inventó una fábula deforme, más que fábula fabulación, Virgilio inventó una maldición, Heredia inventó un alejamiento, Martí inventó una inspiración, Padilla inventó un desencanto, Padura inventó un crimen, Kcho inventó una mole de hierro.
Los inventores de cosas son sólo eso, inventores, no podrían ser filósofos, la filosofía requiere de lo continuo, de la continuidad de los parques y las calles, Cortázar sólo podría concebir su “Rayuela” en París, jamás en Centro Habana o en Pogoloti.
Cuba tiene escritura, no filosofía.
Una Rayuela en Pogoloti sería un montón de chismes, un montón de olvidos, un montón simplemente.
Una Cuba sin subdesarrollo sería algo así como un Kcho, pero sin óxidos, sin botes, sin trazados secundarios, sin tramas, sin sospechas, sin Kcho, una Cuba donde los actores no sean temerosos viejos en busca de un asiento en un transporte público estaría inscrita en el Guinnes de la historia, habría reinventado la dialéctica, habría revirado la historia, habría reevaluado su discontinuidad.
Una Cuba con Rayuela cortazariana sería algo así como el maremoto que barrió con los aseres, los negociantes, algo así como el ángel exterminador que marcó la puerta de la desidia, algo así como un Kcho que dibuje retratos renacentistas, algo así como un Kcho decidido a hacer, a hacernos a todos su obra, a desechar este presente en alguna instalación, a reírse sanamente de este dolor que se nos clava, a esta espina que es la historia.

Visión nocturna del Malecón inseminado

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Muro del malecón

El malecón funciona como una vitrina del momento, las putas y los travestis, la gente que pulula, los vendedores. La situación pudiera dar grima, tristeza, o pudiera ser cómica, burlesca. La Habana es definitivamente como la dibujaran Arenas, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Pedro Juan Gutiérrez, la ciudad te engulle, cambia tus paradigmas, es una trituradora de creencias, de puntales.
La Habana es un desfile, no importa si del 1 de mayo o contra la homofobia, nada interesa en este universo de calor, donde los ingleses apenas dijeron “hello!” para marcharse corriendo, en medio de infinidad de mosquitos y mulatas luchadoras de yucas, verdaderas taínas que sembraron con su ejemplo la semilla de este malecón.
Sitio de enamorados, donde un negrón fálico abraza a una blanquita sueca o alemana o francesa, dama que intenta la aventura sigilosa de retar una penetración sobrehumana, penetración tropical que trascenderá a gritos la noche y los tejados cayentes de Centro Habana, los muros dejados por los españoles, las paredes que surgieron en medio de orgiásticas microbrigadas.
El malecón es eso, más habanero que el Capitolio, más mundial que cualquier avenida de esas llenas de embajadas. Si resumiéramos la vida en la capital, quizás ese resumen tendría forma de muro, de mar, de agua salada que salta y llena la calle y salpica y destruye con su salitre los edificios.
En el malecón hay negros célebres, aseres ilustrados, blancos cazafortunas, tristones que miran y se preguntan miles, millones de veces las mismas preguntas. Ese malecón es casi una metáfora de Cuba, ese malecón ilustra mejor que cualquier imagen nuestra maldición del agua por todas partes.
Hay de todo y para todos, con todos y para el bien y el mal de todos, malecón que te hunde en ese universo pequeño-grande de tanta gente, de tanta humanidad venida a ese estrecho muro de Cuba, pequeño muro que nos separa y acerca, que sirve de puente, de lengua común, de sinfonía, de palabreja, de mala palabra.
Malecón que aparece en cientos de canciones populares, siempre con la advertencia subrepticia de que no te bañes en el malecón, porque en el agua lo mismo hay un tiburón que un b… ón.
El malecón es triste, alegre, leve, largo, pequeño, vivaracho, moribundo, es una turbonada y un cementerio, es viejo y cada día se renueva, el malecón es el malecón sin que exista redundancia, sin que falte ni sobre un pedazo de muro, es la cosa en sí y para sí sin filosofías foráneas porque basta con la propia verdad.
Del malecón es duro escribir, también es duro decir, pero es más duro callar, porque el malecón somos todos, todos vamos allí en busca de la luz, de la nube, de inseminar alguna realidad, de inseminar al menos, el malecón por lo menos nunca será estéril…

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla