Caturla, el genio contra el silencio

foto dedicada a sus padres

Cuando Alejandro García Caturla llegó a París, supo orientarse entre la madeja de la gran ciudad sin necesidad de conocer una palabra de francés, tal detalle asombró a su amigo Alejo Carpentier quien lo recibía para ponerlo luego en las manos de la profesora de música Nadia Boulanger. Ello, la propiedad de ubicarse en una gran urbe, era prueba, diría luego el autor de “El Reino de este Mundo”, del genio del muchacho de Remedios. Pronto forjaron una unidad en el arte y en la vida, muchos textos de Carpentier serían llevados al pentagrama por el joven músico remediano. Caturla quería conocerlo y palparlo todo, en el París de 1928 la vida no era cara, por eso muchos artistas de América se establecieron allí.

En cartas a su madre, Alejandro se quejaba de que la vanguardia europea estaba ya en decadencia, ni los propios ballets rusos lo impresionaban y la música de Igor Stravinski, que antes fuera impetuosa, estaba regresando a los moldes burgueses. Y es que el remediano llevaba un ansia profunda de ruptura, de crítica al orden establecido, era un talento irrefrenable. Nadia Boulanger diría que nunca tuvo un alumno con esa capacidad creativa, tanto París, como Cuba, se quedaban pequeños ante los arpegios salidos de la imaginación de aquel poeta de la música con rostro de niño, piel delicada y cuerpo pequeño. Pero Europa no era el principio, toda la historia había empezado el 7 de marzo de 1906 en una villa colonial, justo cuando el nacimiento de la República de Cuba marcaba la decadencia de un modo de vida y la llegada de nuevos estilos y espíritus.

La casona familiar de los caturla, frente al parque martí

Un falansterio, una tarja mal puesta, una ciudad perdida

La casa donde aquel mes de marzo naciera Alejandro, sita en la calle José Antonio Peña, entre León Albernas y José Agustín, es hoy un solar, nombre cubano dado a los falansterios donde viven demasiadas familias. Nadie podría distinguir, entre las divisiones, la arquitectura original de aquel sitio. Una tarja mal colocada en la pared de la fachada contiene errores en las fechas y se ha caído innumerables veces. La ciudad le debe al genio remediano quizás una estatua, iniciativa que por momentos resuena en los portales, pero que queda en el dicho.

Remedios venía de ser la cabecera de una grande y próspera jurisdicción, que abarcaba desde la península de Icacos hasta Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, con muchos ingenios y sembrados dedicados a la industria del azúcar. La zona se conocía además como Vueltarriba, productora de un tabaco exquisito, el preferido por los ingleses para fumarlo en sus pipas en forma de picadura. Pero tras la primera guerra entre españoles y cubanos, el gobierno colonial decidió una nueva administración política y territorial y la otrora próspera ciudad perdió todas sus posesiones. Reducida a la cabecera prácticamente, se detuvo el crecimiento urbano, la villa nunca entraría en el siglo XX, quedando su arquitectura como un museo de la vida en la centuria anterior.

Tal era el contexto conservador en que vendría al mundo el niño, en medio de dos familias acomodadas. El padre, Silvino García, fue comandante del Ejército Libertador y participaba de la política local, la madre Diana de Caturla se contaba entre las mujeres más cultas de Remedios. No obstante aquella educación a la europea, Caturla tuvo mayor contacto con sus nodrizas negras, quienes le enseñarían cánticos africanos, germen de un gusto que el muchacho iría desarrollando con el pasar de los años y que lo llevaría a transgredir barreras musicales, sociales, familiares, sexuales.

En un Remedios donde el partido conservador ganaba las elecciones cada año y los negros y los blancos vivían separados, sin poder siquiera cruzarse en la misma senda por el parque; Alejandro García Caturla comenzó a asistir desde adolescente a los bembés del barrio La Laguna, a los toques de tambor en los más recónditos poblados del municipio. Sus ojos se desorbitaban cuando veían a los “ases” del bongó y de la rumba poner a bailar a la gente, que casi de inmediato caía con algún santo montado. Cuando se iba al cine acompañado casi siempre de jovencitas negras, era habitual el comentario entre sus parientes de que Alex “se había vuelto un descarado”.

Muy pronto, el chico demostró que era capaz de amar más que nadie, uniéndose con Manuela Rodríguez, la criada de la casa, también de raza negra, esta unión fue sancionada con recelo por la familia Caturla y la sociedad. Con su corta edad, 16 años, Alejandro no era capaz de sostenerse económicamente, su padre Silvino no estaba dispuesto a sufragarle aquellas aventuras amorosas, pero sí una carrera universitaria. En enero de 1923 el joven llegó a la Habana, donde quedó deslumbrado. Atrás estaba Remedios con su catolicismo y las torres de las dos iglesias, una frente a la otra, con el tiempo detenido.

Descubriendo al genio

En los países pobres los genios a menudo mueren también en la miseria, debido sobre todo a la escasa oportunidad de triunfo profesional. Unas pocas ciudades pueblerinas y una capital pueden condenar al ostracismo a un Mozart o a un Byron. Cuba ha sido así, más aún en la época del Machadato (mandato del dictador Gerardo Machado), quien al tratar de convertir a La Habana en el París de América sólo logró tornarla un caos de represión y atraso cultural, pues los artistas genuinos apenas existían en forma de cenáculos malmirados. El Minorismo era uno de esos grupos, el más importante, que nucleaba a estudiosos de las vanguardias europeas y de la cultura cubana. Allí Caturla trabó amistad con Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchering, Fernando Ortiz, todos ellos interesados en el negro como un ente social imprescindible. Aquel muchacho que había llegado de Remedios, el estudiante de Derecho, ahora encontraba razones de justicia para defender y amar más aún lo afrocubano.

A menudo Carpentier se adjudicaba el descubrir el genio de Alejandro. El escritor decía que lo vio en medio de un cine tocando al piano trozos de clásicos para amenizar una película silente. Así se ganaba Caturla la vida y le pagaba a Manuela el sustento de los primeros hijos. Lo cierto es que en la Habana se forjó el talento de ese gran compositor, en medio de las clases de teoría musical que le hicieron ver un camino propio en lo nuevo y lo negro. Durante el estudio de su carrera alternaba entre la capital y Remedios, entonces se encendió su deseo por la hermana menor de Manuela, Catalina, y allí sí estalló el furor de los prejuicios. Lo cierto fue que Caturla amó ambas mujeres a la vez y tuvo con ellas once hijos.

El Juez que conoció la miseria humana

Ya graduado de Derecho, Alejandro García Caturla retornó a Remedios, donde colocó en la fachada de la casa familiar, sita frente al parque José Martí, una tarja: Dr. García Caturla, abogado. Muy pronto la comarca sabría de la rectitud y los aportes del joven juez, carrera que alternó con la composición y la escritura de cartas a sus amigos de La Habana, sobre  todo a Carpentier. En tanto, sus composiciones afrocubanas ya se estaban dando a conocer y artículos elogiosos aparecían en las revistas acerca de los dos grandes músicos de la época, Amadeo Roldán y García Caturla. Como jurista comenzaría la lucha contra todo lo podrido, así, el abogado ganó una porfía contra McNamara, padre del futuro político norteamericano Robert McNamara, familia establecida en Caibarién. En Ranchuelo defiende a los obreros de la fábrica de cigarros contra sus dueños, los hermanos Trinidad (fundadores de un emporio radial en la Cuba de entonces), hizo lo mismo con los jornaleros de la región central a quienes se les pagaba con bonos y no con dinero.

Varias reformas a los códigos por entonces vigentes propone Caturla, pero sobresale su proyecto de legislación para regular las sanciones a los menores de edad, medida que adecentaría dicho proceder en la isla. Su mayor combate fue contra el juego, mal que por entonces corroía la sociedad. El 17 de octubre de 1940 el juez Caturla juró fidelidad a la nueva Constitución, esa que prometía un futuro mejor a la patria, y el 19 de ese mismo mes debió solicitar garantías para su vida, pues recibió amenazas de la policía y el ejército asentados a nivel local. Lo tildaban de “negrero”, inmoral, engreído, etc…

la prensa local reseña la muerte de caturla

Y llegó el silencio

Era fácil matar a Caturla, él hacía el mismo recorrido diario: de su casa al juzgado, de allí al correo (las cartas, que lo mantenían al tanto del mundo artístico) y de vuelta a la casa. Las mismas calles, la misma esquina…En Remedios su música no era entendida, recibió la rechifla de la chusma en el Teatro Miguel Bru y decidió fundar una orquesta en Caibarién, proyecto mastodóntico que apenas ofreció pocas presentaciones. Aunque conocido en el extranjero y estrenado su repertorio en Barcelona, París, Moscú, el genio sentía que sus fuerzas creadoras se agotaban. Soñó con dejar el Derecho, irse a La Habana, volver a Europa. No dejaba de componer todas las tardes, con las ventanas de su estudio abiertas, las mismas desde las cuales miraba hacia las calles Maceo e Independencia, encrucijada donde el 12 de noviembre de 1940 lo  abordó un conocido maleante de nombre Argacha Betancourt, a las seis y treinta de la tarde. La discusión entre ambos fue breve, como los disparos que le cercenaron la vida al abogado. Era fácil matar al hombre, el asesino corrió hasta meterse en el cuartel de Remedios, donde recibieron con júbilo la noticia. Silvino García se desmayó al enterarse, ni él ni Diana jamás pudieron recuperar la salud. Desde toda la isla, los intelectuales se pronunciaron contra el suceso. La nueva República nacía manchada con la sangre de un genio.

Su cadáver recorrió la ciudad en medio de multitudes ¡mataron a Alejandrito!, aun los que lo calificaban de loco, sintieron la pérdida. La ciudad de Caibarién colocó una tarja en el lugar del asesinato, homenaje de un pueblo humilde a un gran creador. Una de las últimas obras compuestas, “Berceuse campesina” anunciaba la unión entre lo negro y lo campesino, o sea la síntesis de lo nacional. Ese mismo día fatídico, 12 de noviembre, la BBC desde Londres rendía un minuto de silencio a Alejandro García Caturla.

 

Anuncios

Crónica de una tarde escurridiza

Turismo, hoteles en remedios.jpg

tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

El sonido de Trump

nbc-fires-donald-trump-after-he-calls-mexicans-rapists-and-drug-runners

Grosero, impresentable, agresivo en sus posiciones políticas hacia las minorías y las demás naciones del orbe, el flamante nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump promete convertir su mandato en un circo. La elección tiene mucho que ver con la caída de un sistema bipartidista que ya no representa las aspiraciones del pueblo, fue como si el voto por Trump funcionara a la manera de un escupitajo sobre el rostro de la política tradicional, una especie de sabotaje, de gesto irreverente.
Y es que tras dos mandatos demócratas que no mandaron, o sea que tuvieron que vérselas con el inmovilismo del sistema, el votante optó por los outsiders ya fueran a la izquierda (Bernie Sanders) o la derecha (Tump). Da la impresión de que la gente buscaba la ruptura, la experimentación, la salida de un túnel sin luz. Pero la jugada de los asesores de campaña supo aprovechar ese filón débil de la política tradicional, y presentaron un candidato que, amén de sus desafueros, no tenía vínculos anteriores con el sistema gubernamental, un ser pragmático, un hombre de negocios, o en otras palabras, el tipo que sabe manejar la economía y ponerlo todo en orden. Tal fue el mensaje de la campaña republicana, “Hacer a América grande otra vez”.
En tanto, Hilary Clinton, experta en política tradicional, vieja figura de uno de los clanes de su país, con un alto perfil como integrante del primer mandato de Obama; reunía todas las condiciones para el continuismo. Sí, palabra esta última que quizás no le haga mucha gracia a un votante que ha visto al Congreso de su país cerrarse por colapso, que oye constantemente que Estados Unidos pierde terreno como líder económico y hegemónico, un votante que debe pagar cada día más por una vida más cara. Aunque Obama tiene un legado positivo e intentó hacer más que sus antecesores, el peso del tradicionalismo lo persiguió como un fantasma y fagocitó todo intento ejecutivo por salirse del guión preestablecido. En definitiva, los políticos tradicionales están presos en su propia red, en su misma salsa, sin saber cómo solucionar el dominó bipartidista que ha cerrado el juego en una sociedad cada vez más diversa.
Agua al dominó, eso es lo que el votante echó cuando votaba por Donald Trump, pero cayeron en la trampa de los diseñadores de la campaña. El panorama vuelve a mostrar cuán endeble resulta la democracia frente a aparatos ocultos tras un supuesto sufragio universal y secreto, pues las maquinarias de la publicidad y lo invasivo de la vida política pueden llegar hasta los deseos y las pulsiones más ocultas. Lograr una impulsividad del voto y no la participación consciente es la meta de los asesores de campaña, directriz que se encamina de acuerdo con estudios que dictan hasta dónde decir y en qué momento decir. Sin dudas, el impresentable engañó con su imagen demasiado irreverente y grosera. Detrás de este perfil se encontraba una voz hábil que movía los hilos de un discurso amorfo e infantil en ocasiones, pero que iba a la fibra dura de ese votante dolido y de aquel otro que siempre vota por la derecha ya sea por tradición o por interés económico de clase.
Perdió el continuismo, pero se tendrá más de lo mismo. La implosión del bipartidismo tiene a Trump como una consecuencia negativa más, no como una solución. A pesar de que el electo diga que gobernará para todos, sabemos que su conciencia de clase se lo impide, en él tendremos el calco de los intereses más grandes de una potencia en declive, país que enarboló los más altos ideales del hombre y que ahora cancanea a la hora de defenderlos con cabalidad, tierra de libertades que corre el peligro de caer bajo la sombra de la más implacable dictadura del capricho. Trump es un problema para el mundo, pero lo es mucho más para los norteamericanos.
A Cuba le queda esperar, existe quien asegura que, dado el talante de hombre de negocios del nuevo presidente, las relaciones continuarán normalizándose. Pero hay que tomar nota del voto de la Florida a favor de la propuesta republicana, Estado de la Unión donde el tema cubano es medular. Aventurar una predicción sería ponernos sobre arenas movedizas, porque los votantes eligieron lo impredecible y ese será el signo de lo que en adelante acontezca en materia de política norteamericana. De todas formas, el trato de Trump, altanero y vulgar, no va muy bien con el reciente respeto mantenido entre la isla y la potencia del norte. Cualquier subida de tono, cualquier resquicio de arrogancia pudiera llevarnos al punto de no retorno.
Los Estados Unidos han elegido ser grandes de nuevo, en la frase se esconde cierto reconocimiento de pequeñez, de conciencia nacional herida. La implosión del sistema trajo estas tempestades, Trump es el sonido quizás de ese viejo Apparátchik que se cierne sobre un electorado en busca de una liberación mayor. Ojalá y resurjan en este remolino las verdades gigantescas de los Padres Fundadores.

El zigzag de la vieja Villa

p1050331

El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

reinier-luaces-en-pleno-proceso-de-creacion

Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Caibarién bajo la maldición del diluvio

DSC07025.JPG

“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.
El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.
Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.
Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.
“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.
“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

Antes que amanezca

7722-mlm5272899126_102013-o

Reynaldo Arenas

No, no me propongo contradecir a Reynaldo Arenas, sé que él quiso en su delirio dejarnos las hilachas de alguna claridad. Era una embriaguez de terciopelo la del Rey, una pesadilla contada para joder, como si fuese un entremés sin habladores. La mía pudiera esconderse, quizás debiera avergonzarme de algún que otro pasaje, pero como noticia de una desventura merece la luz, el proyector. Si Arenas se apresuró a contarse él mismo antes que anocheciera, a mí me interesa narrarme antes que amanezca. La presunción nos dice que estamos en medio de una larga madrugada.
Hay sucedidos en la vida que, como dijera Lalo el limonero, se caen de la mata y uno de esos que descoyuntan la razón y jalonan el prestigio del narrador es su presente. José Soler Puig dijo que estaba por escribirse la novela de la Revolución, y Lisandro Otero en su Trilogía Cubana dilató un pasaje hasta convertir los segundos en largos legajos de devaneos de sesos indefinidos, Cabrera Infante escribió un Mea Cuba donde más que mear habla de su Cuba, la de él, la que se inventó, la que era a la medida de su incómoda comodidad. Todas fueron formas (intentonas) por atrapar el presente, antes que anocheciera, pero yo sigo más la lógica de Lalo y digo que está por escribirse la novela (obra de teatro, cuento, noveleta, ensayo, híbrido) de la desilusión. Parafrasear a Balzac sería más que suficiente para “Las desilusiones perdidas”, diferentes caras, iguales destinos, pastiche de un momento que parece alargarse como la metáfora del chicle americano, o el tabaco filosófico.
Nuestra vida es una paráfrasis, no vivimos en lo real sino que pretendemos hacerlo, nos importa un comino si al final estamos o no en lo cierto, si acertamos o dejamos pasar la oportunidad. La película cubana “Retornos a Ítaca” me trae esos fieros desajustes, porque en primer lugar no creo que se trate de un regreso verdadero, sino de un simulacro de huida, la gente ahí no pudo volver porque jamás se fue. Jamás la maldita circunstancia del agua por todas partes de Virgilio Piñera fue una broma tan colosal. Nuestra vida es una paráfrasis, es la cita de otras vidas, la cita transformada, vilipendiada, hecha un tareco lingüístico. En la mente del citador, o sea nosotros, el agua ni siquiera es mar sino charco, como los edificios no son sino ruinas y los cuentos y las obras truncas de la vida son bastardos del hervor presente.
Dice un viejo amigo que crisis significa cambio, pero de qué valen esas semánticas para los desprovistos, los pobres de espíritu, los desengañados, los del subdesarrollo de los sentidos y el intelecto. Sí, crisis es cambio, pero a veces se trata de la inmutabilidad en su estadio más temible, más sin sentido. La muerte es una crisis, un cambio si se mira. Recuerdo los personajes de “Retornos a Ítaca” y veo histriones dentro de los histriones, personas que no necesitan actuar para que surja la luz falsa. Matriuscas rusas o de cualquier nacionalidad, hilvanadas como sólo pueden estarlo los desentendidos, los amarrados por sogas, los que tienen un cuello quizás sólo para que los ahorquen. Personajes que hoy más que nunca son el concepto vacío, la máscara del viejo teatro griego que amplificaba pero no por ello disminuía o aumentaba significación. Sí, lo doloroso es que a estas alturas poco importa que se retorne a Ítaca o que se le dé un matiz mitológico a la cuestión del retorno, poco interesa el cronotopo, la filología es una farsa, la literatura nunca se hizo, la pintura quedó en el imaginario.
Tantas cosas quedaron en el tintero, que el tintero dejó de ser y devino en repositorio de envenenamientos, en acrecentamiento de viejos. En “El nacimiento del señor Madrigal”, Virgilio Piñera habla acerca de un nacimiento que es muerte. En la espera del suceso, el personaje se trastoca en alegría del desespero hasta que la metamorfosis (la crisis, el cambio) nos coloca delante algo que no es el señor Madrigal. Otros cuentos de Piñera pudieran clasificar como tratados sobre la muerte, incluso su propia muerte sugiere la forma de un tratado, de un performance que nos deja el olor a vida otra, a obra literaria. Son esos maestros ejecutorios quienes mejor actúan el momento de cualquier crisis (artistas del hambre, los llamaría Franz Kafka). El aislamiento es iluminación en medio del pensamiento único, así Ionesco en “El rinoceronte” habla de Berenguer, un individuo poco valorado, adicto al alcohol, que vive en un pueblo pequeño donde todos se tornaron rinocerontes. Lo más pútrido puede tener la razón, el iluminismo no será jamás patrimonio de poder. Por eso vivimos en la paráfrasis, somos la cita de alguien, conformamos un parlamento en el diálogo de dos habladores. Pero si logramos decir mientras dura la madrugada, quizás quede algo de luz cierta, quizás tengamos ser antes que palpemos la salida del sol. Narrar cómo nos desalineamos en medio de una manada de rinocerontes no es nada fácil, pueden aplastarnos o negarnos. Por otro lado, un rinoceronte aislado es más peligroso que toda la manada.
Develar nuestro lado oculto antes que amanezca, hacerlo con el valor de estar desprotegidos en medio de la oscuridad, hacer como aquellos que en el medioevo sostuvieron una verdad por encima de la escolástica. Porque eso que llevamos oculto no sólo implica un yo negado, sino una liberación perfecta de la persona (ahora no entendida como personaje, sino como humanización). La literatura no admite ser atada a este o aquel señuelo, y como los niños terribles hará siempre de la traición una metáfora infalible. Todo escritor es un traidor, aunque veamos que sus versos, prosas, silencios, bajen la cabeza y muestren una servidumbre de oropel. En todo caso Roma nos paga, pero nos desprecia, en todo caso damos al César lo que es del César y al Demiurgo creador lo que es del Demiurgo. Velamos la oportunidad para espantar al molesto mecenazgo y acogernos a formas más laxas de decir, vuelvo a la palabra crisis y su relación con el cambio, así, en Decamerón se nos narra cómo en tiempos de enfermedad y hambruna y poca economía estaba cayendo el viejo ideal escolástico. Sí, había algo podrido en la Italia del Renacimiento. Era el cadáver del dogma lo que el autor nos estaba develando antes que amaneciera la nueva época. Todo poeta ha pensado en lanzar piedras o tiros a través de una barricada, todo creador intenta subvertir el orden establecido e imponer (antidemocráticamente) el suyo. En “García Márquez, historia de un deicidio”, Mario Vargas Llosa nos lleva de la mano de ese creador que antes es destructor, porque antes de la continuidad debe estar el diluvio que sana. El escritor como asesino de la verdad que le circunda, como opositor hacia esa verdad, como profeta de otras verdades que estarán por venir. De tal manera que no hemos renunciado a nuestro papel de chamanes, antes bien se confirma que en cada escritura hay un eidos o la aprehensión de un eidos, que algo ha ocurrido en el mundo de las ideas, ese mundo que para Platón era el único real dada la mutabilidad del materialismo.
Sumergirnos en ese pensamiento que veía en la idea lo real y que más que un hallazgo, era una búsqueda, basta para el escritor. En el mito de la caverna (vuelvo a Platón) hay varias formas de conocer el fuego de la verdad que arde en el fondo de la gruta, quienes se quedan en las sombras apenas intuyen, pero están quienes se atreven a decir en medio de la penumbra y no temen quedarse ciegos. Luego, el escritor sigue siendo un subversivo que en el buen sentido intenta hacer lo mejor para él y para los demás, no se queda en la parábola de Zenón entre Aquiles y la tortuga (mientras la segunda vaya un paso delante, el primero estará a la saga). El escritor avanza, va al fondo del fuego y tiene la peligrosa misión de transformarse en un Prometeo. Lo curioso (y dañino) del asunto es que todo debe ocurrir antes que amanezca, o sea antes que las verdades no buscadas surjan de manera natural con el paso del tiempo. Porque lo racional es razón invisible antes de tornarse en realidad. Antes que amanezca, antes que sea tarde y no resulte la belleza, el artista debe iluminarse e iluminarnos.

Ser pesimista

arthur-schopenhauer

Shopenhauer

Sí, lo soy, y también creo en la suerte (la mala) y en el azar. El pesimismo es la postura quizás más inteligente y pragmática en estos tiempos. Sí, soy pesimista, suelo creer que he perdido todas las oportunidades que nunca tuve, me pongo del lado de Schopenhauer y de Cioran, eternos dubitantes del ser humano, amadores el primero de los perros el segundo de la nada y la disolución. Ser pesimista me ha llevado a descubrir que lo real siempre puede ser peor a la vez que increíble, las circunstancias pueden secuestrar tu alegría y dejarte en una especie de lucidez, de tristeza.
En vida más joven, pensé que el ahora sería de luz, pero hay una acumulación en mi de extrañezas y fracasos, que son a la vez las deudas y dudas de mucha gente. Carezco de la capacidad de darle otro color a lo oscuro, así como de rellenar las cuartillas con ideologías farsantes, que no creeré jamás. Sí, no sólo soy pesimista sino que lo pregono, lo hablo en los autobuses y en las colas, donde la gente quiere pensar positivo aunque se la coman el poco aliento y la temporalidad humana. No tengo reparo en reconocerme como un pobre hombre desengañado, con un estilo de escribir más o menos coherente pero al cabo inútil y vergonzante. Un periodista sin periódico, cuyo pensamiento jamás interesó a nadie, que nunca escribió más incoherencias que cuando estuvo libre de las ataduras editoriales y los premios fatuos (y fuegos fatuos).
Un escribiente sin muecas, que abandona la bonanza escasa de las grandes ciudades y va a su pequeño pueblo, ante su propia tumba, a vender unas baratijas. La suerte existe, cómo negarla cuando unos la tienen y otros no, es tan evidente que sólo los afortunados se creen con el beneficio de algún talento extra. Una columna periodística que hable de las virtudes del pesimismo no saldría en los periódicos de la enunciación y el sintagma, del bonachón tono y la confianza, del cachalote de sobrecumplimientos. No, quién dijo que alguien tendrá espacio para desmentir la mayor mentira que aún tantos sostienen y creen: ser positivos, optimistas, constructivos.
Nadie dijo que escribir fuese un acto uniforme de sonrisas y cumpleaños, no, aunque haya quien pretendiera que así fuese. Pero nadie lo dijo, la gente quiere hacernos creer que el optimismo es lo único real, lo correcto, mientras estigmatiza a quienes pensamos el mundo en su dimensión más abundante. No es cierto que los pesimistas deseemos el mal, no, más bien entrañamos un deseo inmenso por corregir toda esta injusticia. Quizás no haya mejor optimista que el pesimista que mira de frente y dice sin reparos. Quizás no haya mayor pesimista que ese optimista ciego que esconde la cabeza en el hueco como avestruz que es. Mientras se vea en blanco la realidad y se obvie la prevalencia del negro, prevalecerá el negro. A buen lector, con unos pocos pesimistas que digan la verdad debiera bastar.
Ser pesimista es un bálsamo de verdad en este mundo de sombras. Stendhal escribió que no podía culparse al espejo si reflejaba un barrizal, sino a las autoridades que dejaron perder los caminos, Brecht hizo del teatro una forma de toma de conciencia donde el espectador no era embaucado por la técnica sino que tomaba parte y se concientizaba de lo mal y deforme de este mundo, todo el gran arte ha sido de los pesimistas (al menos desde que el artista pudo o se atrevió a decir por sí mismo). Delacroix pintó un cuadro sobre un naufragio y ello llenó de pavor acerca de la crudeza del mar y la muerte, Picasso fotografió el dolor despedazado en su Guernica. Imaginemos ahora que alguien pida a los escritores trágicos, a los de la novela social, a los del cuento mesmérico que se autocensuren en honor a un panglosianismo ramplón. Imaginemos que por decreto debamos asumir que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Ser pesimista es una delicia sutil y una joya del intelecto.
Hasta los iluministas se apoyaron en lo peor para ir hacia lo mejor, incluso Dante, en su obra titulada Divina Comedia no puede sustraerse a colocarnos antes que el Paraíso, dos pasajes (Purgatorio e Infierno) que sobrepasan en trascendencia la visión idílica y laudatoria de la tierra celeste. En Infierno, retrata el bardo a su época, la juzga y saca de ella las esencias de lo que desea para el cambio, así una comedia tiene su mejor parte en su tragedia. Aceptemos que en el dedo condenatorio del artista se desatan las vertientes filosóficas que de lo contrario fueran burdos silogismos de feria. El teatro del absurdo que tuvo en Ionesco quizás su cultor más agudo, nos lleva hasta el umbral mismo de la sinrazón y nos hace entrar en razón, por ejemplo, en La Cantante calva, una serie de intercambios deshilachados se erigen en paradigma del diálogo vacío del ser y su parentesco con el no ser. Quizás está última una versión más actual del monólogo de Hamlet ante el cráneo descarnado del bufón Yorick.
Ser pesimista es entroncar a la humanidad en su tradición trágica, llevarla de la mano del reflector aristotélico, vincular al hombre con una visión realmente antropocéntrica que no hable de muñecos ni afeites, hablar en lenguaje de la calle, dejar que fluya el río de la vida sin pretender que no puede ser variado, sí, ser pesimista es ayudar a entendernos, no renunciar, ser un voyeur, un vigilante demasiado honesto.

“Ferdydurke” y la mascarada social

galeria

“La muerte en pelota”, Antonia Eiris

La inmadurez es la forma más elemental y honesta de vivir, porque todo desarrollo, toda transformación significa disfrazarse, renunciar a uno mismo y asumir los grandes relatos de la civilización, las mentiras prefabricadas por el poder. Así podría resumirse la esencia de una novela contestataria, irreverente, una obra donde la suciedad, lo incorrecto, lo inaceptable toman un puesto de privilegio y desplazan al hombre moderno y amarrado, a ese ser que ha dejado de ser, al individuo que se diluyó en la masa. “Ferdydurke” se titula el texto, un nombre que alude al sinsentido, un bautismo de absurdos.
Witold Gombrowicz escribió aquella novela como quien forja un arma, diseñó el andamiaje destructivo y macabro, se ensañó con las máscaras de una sociedad decadente e incapaz de definirse, una muchedumbre asesina de ideas originales. Era él un escritor oscuro, graduado en Derecho, en la Varsovia del período entre guerras, que en 1933 terminó su primer volumen de relatos “Memorias del periodo de la inmadurez”, textos que pasaron inadvertidos para la crítica polaca, ese gremio al que Witold prestó siempre tan poca importancia, pues eran los sostenedores de la mascarada elitista.
“Ferdydurke” sale a la imprenta en Polonia en 1937, pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 sumió al país en un silencio cultural y una ola represiva totalizadora. La novela comienza entonces a respirar agónicamente a través de vías de distribución tan bizarras como el pensamiento de su autor. El exilio de Witold en Argentina fue fecundo, como otros exilios polacos (el caso de Federico Chopin en Francia por ejemplo), pero estuvo marcado por la inestabilidad y la sobrevida, dos cualidades que también influyeron en el decurso de “Ferdydurke.”
La traducción colectiva de la obra al español, asumida por el grupo de intelectuales nucleados alrededor del Café Rex y la publicación de dicho volumen en Buenos Aires en 1947, le valió a Gombrowicz el reconocimiento de la intelectualidad argentina, entre los que estaban los escritores de la revista “Sur”; pero además situó el libro en el contexto latinoamericano, dándole vida propia singular, siendo así que los conceptos y neologismos de la novela cobraban los matices inmaduros de un continente carente de máscaras elitistas.
“Ferdydurke” fue la empresa que movió a intelectuales como Virgilio Piñera, entonces en su estancia bonaerense, quien fue uno de los traductores y divulgadores del texto. De hecho, podría radiografiarse un parentesco bastante cercano entre el absurdo de Witold y las obras posteriores del escritor cubano. En “Ferdydurke” todo gira en torno a un ser incompleto, Kowalski, que ya en la treintena retrocede hacia la adolescencia, para asumir el grado de inmadurez y de sinceridad que la sociedad prohíbe, se suceden situaciones hilarantes de un humor que duele, que estalla en las espaldas de los “dueños de la verdad”, la oda a lo contrahecho y lo ilógico, la negación del banquete y la reafirmación de que vivir es estar debajo de la mesa, contemplando las partes no gloriosas de la historia (con minúsculas).
En referencias posteriores a la salida de “Ferdydurke”, Witold Gombrowicz habló de la idea que siempre lo obsesionaba como intelectual, pues más allá de una historia repleta de absurdos y símbolos, la novela era el intento por desmontar las mentiras del lenguaje y la cultura, esas que asumimos como correctas y sin chistar mientras dejamos de ser nosotros mismos. En el mundo del autor, el hombre nace hombre y en el proceso sufre una deslegitimación donde las imposiciones lo ablandan, hasta convertirlo en una pasta cultural, en un subproducto de la vida, en una realidad construida, en el cementerio de las ideas, en un diccionario preestablecido que niega toda posibilidad de invención o de irreverencia.
Pareciera que Witold nos estuviera diciendo que somos en esencia sucios, depravados, impresentables y nos vamos arropando en esa gran mentira que es el mundo occidental, curiosa metáfora que reviste todo el universo del pensamiento europeo de la época, carencia de libertades que conducen a los autocratismos de la política y la historia, por eso no extraña que las obras de este polaco fuesen incluidas en varios índices prohibidos, parametradas a través de mediciones mediocres (los nazis las llamaron arte degenerado).
Sí, la novela transgredió la moral de la época, deshuesó la estructura de la novela clásica, incluso intentó un lenguaje jíbaro y escurridizo, el neologismo que unía emociones y conceptos, el humor que desde una ironía descarnada miraba hacia nosotros, hacia el futuro, porque como obra rebelde fue una propuesta de sociedad y vida.
No hay arte que no haya nacido de una contestación, de una sublevación, de un intento por dinamitar las bases precedentes, y “Ferdydurke” lo hace a través de balbuceos, de escarceos adolescentes, de una sexualidad salvaje y descarada, del deshacimiento de todas las formas posibles, disolución de certezas que nos deja todo por construir, mensaje que no por deshecho deja de estar.
La literatura es fuego, es rebelión, todo demiurgo es un inconforme que se crea nuevos mundos y los sustituye en el plano discursivo. Witold Gombrowicz en su itinerario accidentado, en su vida precaria, de un trabajo en otro, en su exilio en tierras de inmadurez, supo quitar las máscaras de la cultura y ponernos delante de las sobras del banquete de la cultura, de los restos que integran la gran podredumbre humana, de las palabras censuradas que sin embargo integran el vocabulario oscuro y depravado que nos define. El hombre en su naturaleza, en su vida real, en su infortunio de no poderse escoger él mismo, de relegarse y vivir en la mascarada.

Martí mártir

marti000081b

Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.