El malestar de la ideologia

delacroix_liberty

No existe intelectual que no sea un ideólogo, separarnos de esa verdad nos lleva al simplismo y la inconsecuencia. Pensar, actuar en la vida política, no es sólo tarea de quienes dirigen – los llamados cuadros – sino que la esfera pública, la participación, pertenecen a lo social. Toda vida incluye múltiples criterios y el ejercicio de estos, pues el hombre idea modelos, comportamientos, rectitudes o dobleces mientras respira y ello lo lleva a definirse a través de determinados espacios.
La ideología siempre va a estar y no existe tesis que defienda a cabalidad su muerte, ya que se trata del entramado dinámico que está en constante interacción con los actores sociales de los diferentes espacios y esferas. Por tanto, proponer, como hemos visto en algunos medios emergentes, un mensaje desideologizado es por lo menos baladí, cuando no sospechoso. El malestar de la ideología está presente sobre todo en los que intentan hacer un periodismo sin banderas claras. Otros, desde sitios supuestamente definidos, no logran aprehender la esencia del movimiento ideológico cubano que va a la par con una transformación radical en la base de las fuerzas productivas.
Aperturar un sector con visos preclaros de pequeña y mediana propiedad, genera a nivel global enormes resonancias. Por ejemplo, el sistema salarial cubano – de por sí débil –, se resiente más en aquellos sectores imprescindibles que competen a la funcionalidad de instituciones estatales. Así se cambia un poco de liquidez y de dinamismo en la moneda nacional, por un daño humano que genera no poco escozor. Si un médico gana en un mes el jornal diario de un carretonero, se tendrá graves peligros en una de las conquistas mejores e inigualables del actual sistema. Podríamos hablar lo mismo en otras áreas de la producción espiritual y de los servicios a la población. Allí también estará el malestar de la ideología, moviéndose no a la par de decretos sino al ritmo de las relaciones de producción que definen al hombre real.
Robert McNamara, capitalista cien por cien y presidente del Banco Mundial, dijo en determinado momento que no se puede cambiar la naturaleza humana. Quizá se equivocó en parte, porque si algo está en constante movilidad es el espíritu del hombre, pero en lo que no falla el otrora Secretario de Defensa de los Estados Unidos es en el hecho de que todo movimiento ideológico demora lo que demora el traspaso económico y su interacción con las ideas predominantes. Pretender un periodismo que obvie la ideología no es sino asumir ya de facto un ideario que no conviene mostrar. La comunicación actúa sobre el entramado de manera ideológica, no como productora de ideas, sino como método eficaz de divulgación. De ahí que las grandes batallas las demos a través de medios de prensa más o menos dependientes de una ideología abierta, declarada o velada y que como hombres reales nos veamos inmersos en algo que resulta mucho mayor que nosotros mismos y nuestra información académica.
No se trata de adhesiones tipo Edad Media, ni de declaraciones de fe, pero sí de pensarnos mejor y con más honradez. Si sabemos que como ciudadanos con derechos nos pertenecen los espacios públicos (parques, calles, periódicos, emisoras), tenemos entonces delante la verdad ideológica de usarlos con responsabilidad. Nadie puede pararse en ningún estrado a decretarnos qué pensar, pero la historia y las relaciones predominantes generan esa presión, ese malestar evidente, al que nos debemos como intelectuales. De la interacción, de la lucha consciente y sagrada, salen las verdades que necesitamos para construir ese consenso siempre frágil en el campo cultural. La condición humana, las mentes, no varían en una jornada de trabajo, ni la utopía es alcanzable, pero esas rutas nos alumbran el camino a través del escabroso entramado sociedad-ideología. No se puede pretender que alguien maneje el proceso de forma exclusiva, ni que todos vayan a participar de maneras similares. Asumirnos como diversos será parte del reto que como cubanos tenemos que afrontar en esta isla cambiante que deberá clarificarse a sí misma qué quiere y hacia dónde enrumbarse, lo que en otras palabras no es otra cosa que la ideología predominante.
Decir que la prensa sin ideología existe o que tenemos una prensa totalmente ideologizada, son los extremos del ring del boxeo político donde no debemos caer los intelectuales que amamos la verdad y la escribimos o decimos con honradez martiana. La ideología siempre estará, pero también tendremos que estar nosotros, todos, para que el malestar no conduzca a malestares mayores.

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