La luchita

resized_la_lucha
No coger lucha, dejar que sean los demás los que vayan a la cola del pan a clamar por la mala calidad de la harina o la carencia de levadura. No levantar mi voz para exigir lo mismo ni caer en la nimiedad de una queja que será solventada mediante mecanismos vencidos; tal es mi proceder cuando la realidad muestra las habituales carencias. Pero la mayoría de los cubanos sí cogen lucha, alzan su derecho, se montan en la bicicleta y montean su yuca, como buenos taínos, o se van a las empresas a emplazar una y mil veces a los directivos corruptos.
La lucha es el deporte nacional, se practica a través de enrevesadas técnicas de combate, desde el grito en una cola hasta pasarle por debajo un soborno a cualquier encargado, pareciera no haber reglas o que las reglas son tan duras que nadie las conoce ni las domina a derechas. Desde que abres los ojos estás delante de esa realidad que te pide sumarte a la lucha, ir hacia enconadas peleas en el transporte público y luego estar ocho horas de trabajo en centros donde conviven las más variopintas visiones: vencedores, derrotistas, nihilistas diletantes, bongoseros de la nada. Puedes pasarte el día sentado y sin hablar y, sin embargo, estar librando el más brutal de los combates.
La imagen más típica en estos tiempos es la del luchador, quien a diferencia de los yudocas o los profesionales del sumo, no tiene que mostrar gran musculatura o grosor corporal. La visión de este isleño es la de un señor de cierta edad, en bicicleta, con una lata con sancocho (comida para cerdos) o con cualquier alimento para él y su familia. Todo un poema que recorre las calles de cualquier pueblo cubano y que, casi siempre, asume la forma de algún pregón. Al final del día, el luchador no tiene casi nada, la mayor parte de las veces no le queda otra que volver al campo de batalla con o sin armas y sumarse a la improvisación, a lo cotidiano que se muestra impredecible, a una especie de histrionismo.
Cuba es una lucha perpetua, lucha por abrirse camino, por flotar, por hacerse de corcho y no perecer en el entuerto de la Historia y los bloqueos espirituales y del bolsillo. La lucha es la vida y viceversa. Pero en el temblor de lo tenso se pierden los años y el luchador envejece, pesan más en su bicicleta los plátanos maduros para el almuerzo que los conceptos, se difumina el horizonte de la victoria y el partido de lucha se hace interminable. El hombre en cambio se agota.
Hace algunos años era niño, no entendía de la lucha, pero intuí sus mecanismos y supe que o practicaba ese deporte o no vencería el torneo cubano. Un día salí junto a un amigo de mi padre y este comenzó a vender lo primero que tenía a la mano: una barra de dulce de guayaba y con aquel pregón salimos calle abajo y arriba, hasta que otro luchador vino y adquirió el producto. Hoy he sentido el impulso de luchar, de venderme, de vender lo que sea, pero no siempre se conocen las armas de la lucha, a veces uno no nace con los genes necesarios.
Descartes se queda corto ante la filosofía de cualquier luchador. Hace unas semanas, uno de ellos que vende chatarra en la feria me aconsejó que llenara mi refrigerador de comida y olvidara todo viso intelectual, que simplificara mis metas. Otro, quizás más académico, ha estudiado los proyectos de vida de los jóvenes y me aconseja los mismos recortes en una lógica que peca de neoliberal.
“No son tiempos de sueños, no está de moda la cultura”, me asegura un compositor local de música folclórica. Y en esa línea de no-pensamiento propia de la novela “1984” de George Orwell se sumergen quienes van hasta la bodega llamada “La estrella”, porque ya llegaron hasta allí los huevos. Curiosa metáfora que parece un chiste para cosmonautas de lo cotidiano, ascensión hacia el lejano limbo que nos introduce como campeones inconscientes del deporte nacional: la lucha. Ojalá algún día podamos descifrarle las reglas al juego.

(publicado originalmente en El Toque)
Anuncios

Crónica de una tarde escurridiza

Turismo, hoteles en remedios.jpg

tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

Hiatoria de un quemador de libros

farenheit

Montag es un bombero que termina su vida entre un grupo de exiliados intelectuales, quienes se dedican a memorizar obras clásicas de la literatura. Así pudiéramos reducir la trama de “Fahrenheit 451”, una novela-arma, un cóctel de llamas libertarias y denunciantes que queman a los que hoy estigmatizan el saber. Las distopías se acercaron más a la verdad social que las utopías, pues nuestra sociedad se parece menos a la Nueva Atlántida de Francis Bacon y más a historias donde lo real es temible, irreal, grotesco, kafkiano. Montag parece un nombre demasiado común y así de simple es el personaje hasta que empieza a descubrir que, más allá de los decretos gubernamentales contra la lectura, hay un mundo de verdadero amor, de libertad del hombre, de sentimiento y pasión, de sensaciones proscritas por el poder siempre impersonal.
A diferencia de otras grandes distopías, “Fahrenheit 451” a veces da risa, las paredes cubiertas por la mácula existencial de personajes irreales, cuya finalidad es la empatía, nos hacen caer en la trampa del autor. Ray Bradbury, ese maestro del género social llevado a la categoría de obra inclasificable, nos propone adentrarnos en las interioridades de un mundo sin cultura, o donde la cultura apenas subsiste agónica a través de disidentes. La novela pudiera ser una bildungsroman u obra de aprendizaje, donde Montag pasa de represor a oponente, de quemador de libros a defender la cultura e integrar el desesperanzado grupo de hombres-libros.
En el país de Montag está prohibido leer, porque ello conduce a pensar y de ahí surge la infelicidad y en el país de Montag está prohibido ser infeliz. La gente anda como en una eterna parranda sin sentido, derrochando lo que no tiene y a la deriva de toda filosofía que conlleve visos humanistas. La abolición del conocimiento ha conducido a una estupidez genética difícil de transgredir, una especie de gobierno omnisciente que no necesita reprimir para controlar. En una sociedad sin incendios, los bomberos cambiaron de objetivo, ahora queman libros. Proceso de reeducación que incluye el estigma de quienes leen, su aislamiento como seres enfermos.
Pero el protagonista va de la mano de la atracción física hacia el contacto con la cultura, curiosa metáfora de Bradbury que retoma viejos conceptos griegos acerca de la sabiduría como amor. La dialéctica planteada en el “Banquete” de Platón como una unión entre los hombres, que genera la sabiduría a través del crecimiento en sociedad. Montag va adentrándose cada vez más en un mundo oculto y rico, lleno de gente que sí lee y defiende su pensamiento, donde priman lazos griegos de apego a los libros, a las obras mayores. El peligro crece a medida que el personaje se traslada desde su punto muerto inicial hacia su fecunda inmersión. La huida es una especie de llegada al universo, de nacimiento, de reverso de la moneda, en tal sentido esta es una novela subversiva, que llama a incendiar no los papeles sino el papel falso que le ha sido asignado al hombre en medio de una dramaturgia mediocre que limita y mata sin necesidad de una violencia abierta. El lector respira no obstante ese miedo, el lector siente el miedo de leer, porque la actividad está proscrita ahora mismo, en este mundo nuestro donde lo normal es la estupidez conveniente.
En el país de Montag el bombero deviene en oficio represivo, en matador de miles de vidas, se trata de un verdugo cuyas víctimas no tienen salvación. Cada paso que da el lanzallamas es un paso atrás en la civilización, y en medio de toda la fanfarria está la música de mal gusto de las risas grabadas, los seres falsos que se aparecen en enormes paredes-pantallas y que no quieren entender ni un ápice de nada, porque en el país de Montag ha muerto el hombre. La familia y los amigos son omnipresentes y a la vez nunca están, la calle es hipervigilada por una policía del pensamiento, el sentido de la opresión se desdobla tanto que el lector de esta novela termina con el pecho en un grito, como el famoso cuadro de Eduard Munch, metáfora del hombre solitario y enajenado de todo ambiente, donde las ondas de la vida son distorsiones.
La huida de Montag hacia un claro en medio del bosque, donde hay un fuego contra el frío y las tinieblas, encaja muy bien en el simbolismo de la permanencia del saber entre las fieras del presente. Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel, metáfora del fin del hombre a través del asesinato de su legado histórico. Los que se exilian aprenden de memoria los libros y los repiten cada noche con la esperanza algún día, quizás nunca, de volverlos a imprimir. Así Montag termina viviendo junto a la “Ilíada” o al lado de la “República” de Platón. La novela da grimas, reprime el deseo de vivir este presente nuestro, genera en el ser contemporáneo la misma angustia que su par “1984” del inglés George Orwell. Dolor que sólo se calma cuando vamos a las bibliotecas o las librerías y vemos que, contra todas las prohibiciones, aún quedan libros, gracias a Dios aún quedan muchos libros sin quemar.

El malestar de la ideologia

delacroix_liberty

No existe intelectual que no sea un ideólogo, separarnos de esa verdad nos lleva al simplismo y la inconsecuencia. Pensar, actuar en la vida política, no es sólo tarea de quienes dirigen – los llamados cuadros – sino que la esfera pública, la participación, pertenecen a lo social. Toda vida incluye múltiples criterios y el ejercicio de estos, pues el hombre idea modelos, comportamientos, rectitudes o dobleces mientras respira y ello lo lleva a definirse a través de determinados espacios.
La ideología siempre va a estar y no existe tesis que defienda a cabalidad su muerte, ya que se trata del entramado dinámico que está en constante interacción con los actores sociales de los diferentes espacios y esferas. Por tanto, proponer, como hemos visto en algunos medios emergentes, un mensaje desideologizado es por lo menos baladí, cuando no sospechoso. El malestar de la ideología está presente sobre todo en los que intentan hacer un periodismo sin banderas claras. Otros, desde sitios supuestamente definidos, no logran aprehender la esencia del movimiento ideológico cubano que va a la par con una transformación radical en la base de las fuerzas productivas.
Aperturar un sector con visos preclaros de pequeña y mediana propiedad, genera a nivel global enormes resonancias. Por ejemplo, el sistema salarial cubano – de por sí débil –, se resiente más en aquellos sectores imprescindibles que competen a la funcionalidad de instituciones estatales. Así se cambia un poco de liquidez y de dinamismo en la moneda nacional, por un daño humano que genera no poco escozor. Si un médico gana en un mes el jornal diario de un carretonero, se tendrá graves peligros en una de las conquistas mejores e inigualables del actual sistema. Podríamos hablar lo mismo en otras áreas de la producción espiritual y de los servicios a la población. Allí también estará el malestar de la ideología, moviéndose no a la par de decretos sino al ritmo de las relaciones de producción que definen al hombre real.
Robert McNamara, capitalista cien por cien y presidente del Banco Mundial, dijo en determinado momento que no se puede cambiar la naturaleza humana. Quizá se equivocó en parte, porque si algo está en constante movilidad es el espíritu del hombre, pero en lo que no falla el otrora Secretario de Defensa de los Estados Unidos es en el hecho de que todo movimiento ideológico demora lo que demora el traspaso económico y su interacción con las ideas predominantes. Pretender un periodismo que obvie la ideología no es sino asumir ya de facto un ideario que no conviene mostrar. La comunicación actúa sobre el entramado de manera ideológica, no como productora de ideas, sino como método eficaz de divulgación. De ahí que las grandes batallas las demos a través de medios de prensa más o menos dependientes de una ideología abierta, declarada o velada y que como hombres reales nos veamos inmersos en algo que resulta mucho mayor que nosotros mismos y nuestra información académica.
No se trata de adhesiones tipo Edad Media, ni de declaraciones de fe, pero sí de pensarnos mejor y con más honradez. Si sabemos que como ciudadanos con derechos nos pertenecen los espacios públicos (parques, calles, periódicos, emisoras), tenemos entonces delante la verdad ideológica de usarlos con responsabilidad. Nadie puede pararse en ningún estrado a decretarnos qué pensar, pero la historia y las relaciones predominantes generan esa presión, ese malestar evidente, al que nos debemos como intelectuales. De la interacción, de la lucha consciente y sagrada, salen las verdades que necesitamos para construir ese consenso siempre frágil en el campo cultural. La condición humana, las mentes, no varían en una jornada de trabajo, ni la utopía es alcanzable, pero esas rutas nos alumbran el camino a través del escabroso entramado sociedad-ideología. No se puede pretender que alguien maneje el proceso de forma exclusiva, ni que todos vayan a participar de maneras similares. Asumirnos como diversos será parte del reto que como cubanos tenemos que afrontar en esta isla cambiante que deberá clarificarse a sí misma qué quiere y hacia dónde enrumbarse, lo que en otras palabras no es otra cosa que la ideología predominante.
Decir que la prensa sin ideología existe o que tenemos una prensa totalmente ideologizada, son los extremos del ring del boxeo político donde no debemos caer los intelectuales que amamos la verdad y la escribimos o decimos con honradez martiana. La ideología siempre estará, pero también tendremos que estar nosotros, todos, para que el malestar no conduzca a malestares mayores.

El sonido de Trump

nbc-fires-donald-trump-after-he-calls-mexicans-rapists-and-drug-runners

Grosero, impresentable, agresivo en sus posiciones políticas hacia las minorías y las demás naciones del orbe, el flamante nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump promete convertir su mandato en un circo. La elección tiene mucho que ver con la caída de un sistema bipartidista que ya no representa las aspiraciones del pueblo, fue como si el voto por Trump funcionara a la manera de un escupitajo sobre el rostro de la política tradicional, una especie de sabotaje, de gesto irreverente.
Y es que tras dos mandatos demócratas que no mandaron, o sea que tuvieron que vérselas con el inmovilismo del sistema, el votante optó por los outsiders ya fueran a la izquierda (Bernie Sanders) o la derecha (Tump). Da la impresión de que la gente buscaba la ruptura, la experimentación, la salida de un túnel sin luz. Pero la jugada de los asesores de campaña supo aprovechar ese filón débil de la política tradicional, y presentaron un candidato que, amén de sus desafueros, no tenía vínculos anteriores con el sistema gubernamental, un ser pragmático, un hombre de negocios, o en otras palabras, el tipo que sabe manejar la economía y ponerlo todo en orden. Tal fue el mensaje de la campaña republicana, “Hacer a América grande otra vez”.
En tanto, Hilary Clinton, experta en política tradicional, vieja figura de uno de los clanes de su país, con un alto perfil como integrante del primer mandato de Obama; reunía todas las condiciones para el continuismo. Sí, palabra esta última que quizás no le haga mucha gracia a un votante que ha visto al Congreso de su país cerrarse por colapso, que oye constantemente que Estados Unidos pierde terreno como líder económico y hegemónico, un votante que debe pagar cada día más por una vida más cara. Aunque Obama tiene un legado positivo e intentó hacer más que sus antecesores, el peso del tradicionalismo lo persiguió como un fantasma y fagocitó todo intento ejecutivo por salirse del guión preestablecido. En definitiva, los políticos tradicionales están presos en su propia red, en su misma salsa, sin saber cómo solucionar el dominó bipartidista que ha cerrado el juego en una sociedad cada vez más diversa.
Agua al dominó, eso es lo que el votante echó cuando votaba por Donald Trump, pero cayeron en la trampa de los diseñadores de la campaña. El panorama vuelve a mostrar cuán endeble resulta la democracia frente a aparatos ocultos tras un supuesto sufragio universal y secreto, pues las maquinarias de la publicidad y lo invasivo de la vida política pueden llegar hasta los deseos y las pulsiones más ocultas. Lograr una impulsividad del voto y no la participación consciente es la meta de los asesores de campaña, directriz que se encamina de acuerdo con estudios que dictan hasta dónde decir y en qué momento decir. Sin dudas, el impresentable engañó con su imagen demasiado irreverente y grosera. Detrás de este perfil se encontraba una voz hábil que movía los hilos de un discurso amorfo e infantil en ocasiones, pero que iba a la fibra dura de ese votante dolido y de aquel otro que siempre vota por la derecha ya sea por tradición o por interés económico de clase.
Perdió el continuismo, pero se tendrá más de lo mismo. La implosión del bipartidismo tiene a Trump como una consecuencia negativa más, no como una solución. A pesar de que el electo diga que gobernará para todos, sabemos que su conciencia de clase se lo impide, en él tendremos el calco de los intereses más grandes de una potencia en declive, país que enarboló los más altos ideales del hombre y que ahora cancanea a la hora de defenderlos con cabalidad, tierra de libertades que corre el peligro de caer bajo la sombra de la más implacable dictadura del capricho. Trump es un problema para el mundo, pero lo es mucho más para los norteamericanos.
A Cuba le queda esperar, existe quien asegura que, dado el talante de hombre de negocios del nuevo presidente, las relaciones continuarán normalizándose. Pero hay que tomar nota del voto de la Florida a favor de la propuesta republicana, Estado de la Unión donde el tema cubano es medular. Aventurar una predicción sería ponernos sobre arenas movedizas, porque los votantes eligieron lo impredecible y ese será el signo de lo que en adelante acontezca en materia de política norteamericana. De todas formas, el trato de Trump, altanero y vulgar, no va muy bien con el reciente respeto mantenido entre la isla y la potencia del norte. Cualquier subida de tono, cualquier resquicio de arrogancia pudiera llevarnos al punto de no retorno.
Los Estados Unidos han elegido ser grandes de nuevo, en la frase se esconde cierto reconocimiento de pequeñez, de conciencia nacional herida. La implosión del sistema trajo estas tempestades, Trump es el sonido quizás de ese viejo Apparátchik que se cierne sobre un electorado en busca de una liberación mayor. Ojalá y resurjan en este remolino las verdades gigantescas de los Padres Fundadores.

El periodismo de izquierdas

periodicos-2013-12

No imagino a Pablo de la Torriente pidiendo perdón o permiso por alguno de sus artículos, ni a Julius Fucik preocupado por la censura nazi mientras escribía su inmortal “Reportaje al pie de la horca”. El periodismo de izquierdas ha marcado el ritmo de las sociedades conservadoras, dándole a la Historia un giro sin retorno hacia la consecución de derechos mediante la lucha honesta contra la manipulación. No, no cabe en mi mente que Emilio Zola pensara en la sanción favorable o no de los poderosos, cuando publicó su famoso “Yo acuso”, sobre las infamias cometidas en el caso Dreyfus.
Hay quien piensa que la comunicación y su teoría son ciencias y prácticas que pertenecen al contexto capitalista, como si todo conocimiento humano no formara parte de un patrimonio común indispensable. Se aducen razones pueriles, como que se trata de mecanismos propios de las sociedades de consumo, que nuestra comunicación está por encima de eso puesto que por ley pertenece al pueblo. Razonamiento equivocado que intenta ver en lo legal una realidad ya hecha, cuando sabemos que cualquier cuestión social supera por mucho lo que sancionemos en la Carta Magna. Por otro lado, se ve al periodismo como un elemento a domeñar, siempre propenso a la dependencia, cuyo discurso deberá ser predecible o no ser. Se hace difícil entonces el periodismo de izquierdas y se cae en lo que he llamado eufemísticamente “comunicación institucional”, o sea aquella que sí responde a una verticalidad.
Varias personalidades han declarado la necesidad de tener entre nosotros algún medio que marque el ritmo nacional, yo creo que el medio pudiera estar en ciernes ya que contamos con excelentes profesionales. Pero la realidad pide a gritos una prensa capaz de pararse delante del “New York Times” y “cantarles las cuarenta”, sin pedir permiso ni mucho menos perdón. Hora es ya de que saltemos de las cuestiones domésticas puras como el hueco de la calle o la falta de levadura en el pan, para escribir buenos editoriales, reportajes reveladores, artículos que trasciendan. Una prensa de izquierdas debe ir delante, marcarnos el camino de la opinión, tener autonomía.
A veces pienso que todo ocurre por falta de información en los decisores, pero allí están la asesoría académica, los libros, los consejeros siempre prestos a ayudar, los periodistas que saben mejor que nadie qué está mal y cómo enmendar. Contamos con organizaciones gremiales, donde compañeros de alta valía levantan siempre su voz para narrarnos las mil y una vicisitudes y por desgracia las historias caen al vacío, entran en la cadena rutinaria de los congresos y devienen en chistes de redacción. No nos podemos cansar, pero nos cansamos, somos humanos. Otros sueñan, porque la vida es sueño y los sueños, sueños son, son esos soñadores quienes seguimos desde cualquier teclado empujando este carro de la historia (con minúsculas) hacia la izquierda, hacia el hombre, para el mejoramiento de un mundo polarizado entre fuerzas irreconciliables e inmerso en guerras que o terminan en un cero o se alargan infinitas. El periodismo de izquierdas es, ahora, más necesario y se nota más su ausencia.
Una comunicación institucional eficiente, como la que se pide, obviará aquello que no responda a las normas de la propaganda, evitará todo discurso plural que sea invasivo a la organización/institución representada, irá directo al grano en su intención de reflejar un solo punto de vista. Eso se distancia del mundo mejorado que queremos, evita la riqueza de la vida y se ciñe al guión de un poder. Construimos un consenso muy frágil e imprescindible para perderlo mediante prácticas torpes. Frágil porque deberá ser real, imprescindible porque pocos proyectos son tan icónicos como el nuestro. Entonces no vale la pena decir que tenemos la prensa que queremos, ni que todos queremos la prensa que necesitamos, pues hay entre nosotros no pocos prejuiciados. Mucho menos contamos con la prensa que nos merecemos, Cuba ha hecho mucho, ha dicho mucho, para callarse la boca o silenciar sus prensas. Este experimento en medio del Caribe sentará lugar por los siglos no sólo ante academias, sino ante otros modelos.
El silencio no sirve, tampoco sirve buscar justificaciones, no se asalta el cielo con pretextos sino con textos bien argumentados y asentados en la praxis humana. Del estigma o el resentimiento sólo sale un proyecto falseado, de la verdad y el debate obtenemos la humanización que busca la prensa de izquierdas. Pareciera que Hamlet levantara el cráneo otra vez para preguntarse si somos o no somos.

publicado originalmente en El Toque

El zigzag de la vieja Villa

p1050331

El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

reinier-luaces-en-pleno-proceso-de-creacion

Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Oficio de mirahuecos

ojo-de-mirahuecos

Remedios es una villa de fisgones, hay quien dice que la gente no vive su vida sino la ajena. En los portales, en las puertas de las casas, encontramos las mismas caras curiosas, chismosas, mironas. Pero eso ocurre durante el día, en la noche otro tipo social toma el bastón de relevo en la carrera de la vigilancia: el mirahuecos. Sí, es tan común este ser que algunos lo ven hasta como un oficio, como al algo aceptado, normal, sano. El voyeurismo (del francés voir, ver) se considera una patología sicológica por importantes estudios como el “Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales”, de la Asociación Americana de Psiquiatría. Los expertos catalogan al mirahuecos como un parafílico, un enfermo que por lo general elude las relaciones, los compromisos y prefiere una interacción carente de contacto real.
Las noches en la ciudad son inseguras, no porque te vayan a robar, no porque exista algún nivel significativo de violencia, sino porque un ejército de mirones furtivos se mueve silencioso entre las ventanas, por los callejones oscuros, sobre los tejados de madera de las casonas, a través de las cercas de piedra o tablas. He vivido noches de insomnio porque sentí los pasos del voyeurista sobre el techo de mi cuarto, he encendido luces, así ha sido durante meses. Nadie está a salvo. La mayoría de los países que penalizan esta actividad, recogen un récord donde registran a los infractores, porque casi nunca el mirahuecos pide permiso, no le interesa lo invasivo de su conducta, poco le importa más allá de su placer efímero. Las noches son de ruidos, de hombres frustrados que recurren a la masturbación detrás de las ventanas. En Cuba mirar huecos es casi un oficio con profesionales reconocidos, pues a pesar de que la ley prohíbe el acoso sexual y lo penaliza, no hay el suficiente rigor policial.
Uno de los más famosos remedianos voyeuristas fue Pomo de Leche. Todos sabían de sus andanzas, sus pasos eran reconocibles a distancia, su ojo a través de las cerraduras llegó a convertirse en proverbial, sí, durante muchos años él fue el número uno en su oficio y se dice que hasta tuvo aprendices que hoy andan por ahí. Casi siempre el voyeurismo va acompañado de exhibicionismo, así, otro gran fisgón de la villa conocido como el Niño de Atocha, fue famoso por enseñar su enorme pene entre los bancos de la Iglesia Mayor a las señoritas de sociedad. “Mira como está el niño”, era su frase más común, la que lo definió para la posteridad.
Creo que el origen de mirar huecos está en la adolescencia, la mayoría de los niños vírgenes son curiosos e intrusos en lo referente al sexo. En una de las correrías que tuve junto al grupo de muchachos con que crecí, recuerdo algún que otro heroísmo voyeurista. Uno de ellos intentó mirar a través de la ventana de aquel baño y quiso probar su osadía robándole a la chica un blúmer, cuánta no fue nuestra risa cuando los vimos a él y a la bañista jalando por lados opuestos la codiciada prenda interior. Mirar huecos es para los niños de los pueblos tan común como el sexo con animales del campo (cosa que jamás probé). Y aunque los mayores a veces reprimen estas prácticas, muchas veces las celebran y siembran la semilla del daño, porque me figuro que quien más sufre es el propio voyeurista, ser limitado que prefiere un sexo falso.
Las víctimas de este acoso pueden ser de cualquier sexo, pero predominan las mujeres, en Remedios se sabe de casos dignos de aparecer en cualquiera de las novelas del realismo mágico. Por ejemplo, una chica llegó a enamorarse del ojo del voyeurista que cada tarde la miraba bañarse, “qué ojo más bonito” solía decir. Me reservo más datos sobre la historia, pero baste decir que ambos (víctima y victimario) terminaron casados por la iglesia y por papeles. Es común que existan mujeres cuyo gusto sea que las vean desnudas, así, dejan abiertos los postigos y se pasean por las salas, o se bañan en los patios de las casas donde como se sabe no existe privacidad. Hay de todo en la viña del señor, hay de todo como en botica.
Por lo pronto, mirar huecos en Remedios es un oficio no remunerado. La actividad, que cuenta con expertos y hasta con una escuela profesional nocturna, se extiende por el caserío informe. Cada año hay más hombres que hallan satisfacción en lo secreto, en lo ya no tan prohibido quizás, Cuba se torna permisiva hacia estos seres, la privacidad disminuye, las tejas del techo de mi cuarto suenan en la noche. La ciudad se comporta como un animal en busca de placeres enfermos.
(publicado originalmente en El Toque)

En busca del perro negro

negro

En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro.
Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón.
Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición.
Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas.
Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta.
Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias.
A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer. He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana.
Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto.