Caibarién, ciudad liberada

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Caibarién no es una ciudad pequeña, tampoco es solamente una comarca de pescadores, mucho menos un sitio aislado en la geografía cubana. He vivido veintiocho años a siete kilómetros de ese lugar, trabajé como redactor reportero de prensa en su planta radial, me bañé en las aguas de sus playas, disfruté del ambiente tolerante de sus calles. Sí, la Villa Blanca pudiera ser la ciudad más desprejuiciada de Cuba y nada más por eso vale la pena que se le resalte, que se explique cómo allí se acepta lo diferente y se lucha por darle una validez al otro, por los derechos, por la Humanidad.
Hacia fines del siglo XIX fue surgiendo este asiento poblacional en el centro norte de la actual provincia de Villa Clara, dicen que la mezcla de personas provenientes de cualquier parte del país y del mundo gestó ese espíritu de apertura. Libertad en lo referente al sexo, libertad de estilos de vida, libertad plena. Caibarién cuenta con pasarelas (sus portales de lajas de piedra) por donde a diario se pasean hombres y mujeres de diferentes orientación sexual, sin que nadie ose atacarlos, mucho menos lanzarles ninguna procacidad verbal. La convivencia no sólo incluye la tolerancia, sino la felicidad, pues los habitantes de la Villa se mezclan como antaño sin que haya guetos para separar una comunidad de otra. En la planta radial de la ciudad, los reporteros hemos comentado sobre diferentes temas, incluyendo la diversidad sexual, y siempre encontramos aceptación, respeto, consejo y aliento de parte de los oyentes.
En mi caso, hice buenas amistades en todos aquellos años de bregar entre mi patria chica (San Juan de los Remedios) y la Villa Blanca, gentes que demostraron ser capaces de colocarse más allá de la diferencia y buscar ese núcleo que nos acerca, que nos integra como amantes de una misma causa: hacernos libres de todo prejuicio. Recuerdo el Festival de Radio, Cine y Televisión Santamareare que cada año se realiza en la villa, como un espacio más donde los debates iban y venían y la cultura se respiraba en medio de un panorama sin miedos, sin censuras innecesarias, pues todo era parte de esa sedimentación popular, de ese acervo de liberalismo. Remedios representó en mi infancia la belleza de lo colonial y lo mitológico, pero esa inmanencia, esa inmutabilidad (sitio escondido, ciudad fantasma), colocan al remediano en un estado de perplejidad frente al caibarienense. Hay quien dice que en ambas ciudades se beben aguas de diferente procedencia freática, hay quien busca como siempre en las genealogías familiares, pero frente al conservador Remedios se sitúa un Caibarién que llevó al Poder Popular Municipal a una delegada transexual, no porque fuese transexual sino porque se trataba de una persona con méritos suficientes.
Según José Antonio Patiño, caibarienense de 84 años de edad y amigo mío, la libertad que se respira en la Villa Blanca proviene de la bonanza de que gozó como puerto de cabotaje para el comercio del azúcar, llegándose a exportar hasta dos millones de sacos a través de los muelles situados cerca del centro de la ciudad. “Un estibador podía ganarse a la semana hasta quinientos pesos, lo cual era una fortuna, pero el cangrejero era botarate, no acumulaba capital, eso convirtió a Caibarién en una ciudad de mucho consumo, hizo florecer una cadena de medianos y pequeños comercios, quincallerías, tiendas”. Asegura también Patiño que aquella bonanza, aquel dinamismo, generaba una moral más abierta, “porque una sirvienta doméstica ganaba tan buen salario que podía pagarse la vida, sin seguir los dogmas machistas que eran predominantes en otros lugares del país”. Mi amigo pudiera llevar buena parte de razón, pues Caibarién continúa hoy como uno de los pueblos de mayor circulación de divisas producto de las remesas provenientes del extranjero, así como por la cercanía del polo turístico de la Cayería Norte. La emancipación económica conduce a formas liberadas de pensar.
Es una ciudad de rápido crecimiento urbanístico, de trazado regular de las calles, de prometedor futuro por su posición privilegiada frente al Canal de la Florida. Mientras otros pueblos quedaron detenidos, la Villa Blanca continúa su expansión a través de nuevos repartos donde reside el personal trabajador del turismo. La liberalidad de sus habitantes pudiera tener muchas causas, pero lo cierto es que se respira, está ahí desde que traspasas la entrada a la ciudad (custodiada por un enorme cangrejo de cemento). Curioso que a pesar de la mezcla de personas de diferentes lugares de Cuba, sí existe un sentido identitario, sí se desarrolla un amor rápido y sólido por ese salitre que penetra en los edificios y los carcome. El ataque a los dogmas y la falsa moral, el vivir un libre albedrío, incluso el reclamar derechos, están en el estamento duro de la ciudad. Así lo asegura el hecho de ser, durante el siglo XX, una de las urbes cubanas de mayor número de periódicos circulantes, donde se daban enconadas pugnas políticas. La oralidad popular también lo confirma en voz de mi amigo Patiño: “fíjate si aquí se rechazaba la mojigatería, que a un tipo llamado Fariñas lo cogieron para el bonche, por esperar toda su vida a una sola mujer, sin llegar nunca a nada con ella, de ahí en adelante la gente por joder te dice en la calle: ¡Compadre, no seas Fariñas!, para burlarse de aquella moral que en Caibarién nunca tuvo mucho asidero”.
Para Caibarién no hay tolerancia, sino convivencia normal y corriente, no hay escándalo moral, sino bonche, jodedera, lo que en el carnaval de otro pueblo conduce a una bronca allí sólo es motivo de algún que otro chiste burlón. Se la conoce como la ciudad de los apodos, por la gran cantidad de nombretes que describen la imaginación popular y la rica “fauna” de personajes que caminan por las calles. Están los culoepalos, los piojocosíos, los peocosíos, los pescuezoepollos, los bocaejaibas, los boquiviraos, y otro sinnúmero de términos que se heredan a través de las familias y que no constituyen una ofensa para quienes los ostentan. Hay una anécdota que cuenta cómo un recién llegado policía, muy correcto, comenzó a averiguar por el paradero de la familia de los “fondillos de madera” y nunca hubiera dado con ellos, de no ser porque alguien exclamó “¡Ah, tú dices los culoepalos!”
Los remedianos siempre critican la costumbre de los caibarienenses de tender las ropas en los portales, hasta allí llega el desprejuicio de los habitantes de la Villa Blanca: no les importa que vean un blúmer descosido o lleno de huecos, incluso en más de una ocasión he mirado que cuelgan la ropa sucia. Uno de los orgullos del caibarienense es ese, no tenerle miedo a su yo interior, a su ropa interior. El genial músico remediano Alejandro García Caturla, atacado en su tierra natal por su gusto sexual por las mujeres negras, hubo de buscar refugio en la vecina villa portuaria, más abierta a cualquier inclinación del sexo y a las enrevesadas partituras del artista. Todavía hoy, Remedios no le levanta un monumento a aquel genio universal, sólo hay una tarja en el sitio donde cayera asesinado, que la colocaron los caibarienenses.
Caibarién, según el chiste de un amigo mío, pudiera cambiar su nombre a Gaybarién, yo sé que allí no tendrían ningún problema en asumirlo. Ya en un documental reciente alguien la tituló como la Villa Rosa (donde el blanco tomó color). Sí, decir tolerancia sería quedarnos cortos, no medir lo disímil del lugar. Caibarién puede, más allá de cualquiera de los motes que le pongan, asumir la condición de ciudad liberada de los prejuicios de todos los tiempos, de precursora de una nueva mentalidad.

(publicado originalmente en El toque)

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El dominó hablado de la mediocridad

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Todo buen mediocre que se respete sabe jugar dominó, aunque no todo el que sabe jugar buen dominó es un mediocre. La sentencia no aspira a lo categórico, pero intenta tomar un detalle inductivo para generar una propuesta más abierta, más ambiciosa si se quiere: ser mediocre es jugar al dominó y además, hablarlo, arreglarlo de antemano. Si hacemos suspensión de nuestro habitual estado de literalidad, tomamos al dominó como símbolo de lo social en todas sus partes y momentos y colocamos al mediocre en el centro, donde él es la medida de todas las cosas (de las que son en tanto son y de las que no son en tanto no son). A diferencia del hombre de espíritu, el mediocre sí actúa y habla de manera categórica a la vez que acusa de absolutistas a aquellos que dan una opinión racional y diferente, cuyas conveniencias no convienen.
El mediocre no juega ajedrez, porque le aburre y además es una pérdida de tiempo, sino que se apresura en botar las fichas gordas para aligerarse la carga, para que el trasfondo de lo que hace resulte menos expuesto, más efectivo. Socialmente (en algunos de esos momentos y partes que conforman el adverbio) el mediocre es un héroe, porque desbancó a otro gran mediocre (hay hasta escalas entre ellos) o quizás a causa de que suele dar la imagen de una brillantez que se queda en eso, en la pantalla. Todos son grandes proyeccionistas, sin aspirar jamás al papel de histriones, productores, guionistas o directores de cine. Películas por demás de baja catadura, propias de un valor epigonal con respecto al peor cine clásico.
En la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino, hay una secuencia que me llama la atención, esa que muestra a la plana mayor del régimen nazi reunida en un cine pequeño de París para ver un filme que únicamente enseña a un francotirador que dispara sin fallar jamás. El público expectante ríe ante cada enemigo balaceado, Hitler se complace ante esa cinta sin argumento, que además no contiene ningún viso cómico, la mediocridad del arte se completa con la mediocridad del público. Todos vinieron a ver una película que ya conocían, a jugar un dominó arreglado. El arte que surge por decreto se ha diluido de antemano y no vale la pena verlo. Por el contrario, hay otro arte que parte del orden y va hacia la burla, la desacralización. En “Las meninas”, Velázquez nos coloca a la Familia Real reflejada en un pequeño espejo y en un plano bastante invisible (casi críptico), mientras que el propio autor se coloca delante, pincel en mano, en una primerísima posición, haciendo valer su cualidad superior. El dominó se rompe a través de la pericia. En lo que debió ser una representación de la pompa monárquica, predecible, sin renuevos, hay una exaltación del papel del demiurgo. Ahora la risa sí está justificada y la representación sí tiene argumento. Pero se trata de una sonrisa, no de la risa despampanante, es una burla al estilo Samuel Becket, donde uno halla en la ruptura siempre motivos de regocijo, porque al final cada artista aspira a la tarea imposible de volver a empezarlo todo. No ocurre esto por trascendencia solamente, sino por necesidad de oponerse a lo predecible. El constante retorno a los temas mitológicos desde nuevas perspectivas, la creación de mitologías que suplan a las antiguas, la pura invención, son todas formas de no jugar el mismo dominó.
En “Esperando a Godot” Samuel Becket sólo nos deja una interrogante, llega a ser cruel con el espectador, pero vale la pena acudir al pequeño cine o teatro para admirarnos de cómo el maestro destruyó el dominó hablado mediante una parábola vacía. Uno ve a dos personajes a la espera de un tercero que “no viene hoy pero quizás venga mañana”, el tal Godot nunca se muestra ni sabemos nada de él, ni siquiera llegamos a interesarnos por su vida, de manera que podemos también sentarnos a esperar. A diferencia del filme del francotirador que van a ver los nazis, la falta de acción de “Esperando a Godot” y la impericia de los dos antihéroes que dialogan nos arman una metáfora, que no podemos desechar, que no debemos eludir. Becket inventó quizás con ello otro dominó, o jugó a lo impredecible-predecible, contradicción que es cara a los que piensan y odiable para los que detestan un gramo de esfuerzo intelectual.
El exceso de inacción de “Esperando a Godot” pudiera contrastar con otros absurdos donde desborda la más dramática sucesión de eventos, por ejemplo en el cortometraje de Arturo Infante llamado “Utopía” se presentan tres historias distópicas hilvanadas, una de estas (quizás la más reveladora) tiene como escenario una pelea entre bebedores de alcohol, disputa cuya causa es si existe o no el barroco latinoamericano. Los mediocres juegan un dominó que no nos parece falso, dado lo caótico de los tragos de ron y el lenguaje deshilachado en groserías a granel, sin embargo basta que aparezca la cuestión sobre el barroco para que se desate una ola de acciones que culminan en apuñalamientos (de lo cotidiano se pasa al absurdo y de allí al performance). Ello me recuerda el argumento de un cuento jamás escrito que le escuché formular alguna vez al escritor cubano Eduardo Heras León: un grupo de presidiarios reúnen todo el dinero mal habido que tienen para secuestrar al poeta Roberto Fernández Retamar, la causa estaría en una apuesta carcelaria que se basaba en criterios artísticos acerca de la entrevista que le hiciera dicho poeta a Jorge Luis Borges. Ambos dominós no sólo están condenados al arreglo, sino que muestran deliberadamente sus costuras, la mediocridad como performance, como paratexto que conforma una relectura de lo predecible, de lo poco elaborado, de lo elemental, representaciones que no por ingeniosas obvian el refrán de “la mona aunque se vista de seda, mona se queda.” La mediocridad que no juega el dominó a derechas, mucho menos podrá arreglárselas con un tratado-secuestro que incluya a Retamar en plenos pasillos de la Casa de las Américas. Si en “Esperando a Godot” la inacción conformaba el todo, en “Utopía” y en el cuento no escrito de Heras hay una acción excesiva que evidencia el ridículo de conformar la nada. La mediocridad funciona en ambos sistemas, ya que su esencia es no funcionar jamás.
Otra manera de romper el dominó hablado es dándole la oportunidad a los propios jugadores (los mediocres) a que lo hagan. Por ejemplo, Ai Weiwei tiene como artista una visión donde la ruptura está al final del túnel creativo como condición sine qua non, son los destructores del arte quienes culminan el mensaje, son esos que rompen los primeros y más importantes consumidores y a la vez el termómetro filosófico del autor. Ai Weiwei es consciente del mecanismo y constantemente juega con la semiótica del jugador, como una historia dentro de otra (estilo propio de lo chino como cultura). Para el artista no importa la trascendencia (o eso da a entender) sino el momento efímero donde obliga a los mediocres a salirse de su papel predecible y a romper los dominós. De hecho, la cultura oriental a la que se debe Weiwei, es pródiga en esas muertes falsas, en esos nacimientos encubiertos. En esas instalaciones el destructor se hace una especie de harakiri, pues se muestra en su esencia al quererse ocultar.
Si todo acto creativo occidental apela a construir como principio, en el orientalismo la parábola se desarrolla muchas veces a la inversa. No obstante, el dominó es un juego que tiene sus raíces en Asia y que también funciona como metáfora de lo que se arma y desarma, que lo mismo puede ser un ente predecible que no serlo. De pasatiempo se va a metáfora del azar, de actividad sin sentido cobra todos los sentidos imaginables. Pero para el mediocre siempre será más fácil la orilla opuesta, que niega los orígenes del juego, que elimina toda historicidad, toda genealogía. La tábula rasa es un sus manos una tabla que mide e impone su medida. Las piernas cortas sólo dan para eso, para andar el mismo camino. Todo esfuerzo original irá contra ese falso dominó, deberá desgastar los rieles de esa historia breve y vertebrarse en alternativa. Desde la acción, desde la inacción, desde el detenimiento o el exceso, se buscará la ruptura del augur.

Hambre de periodismo

Oficio marginal, pretendido elitismo, bazofia salarial, múltiples lecturas, saber de último minuto, todas son calificaciones que caen en el ruedo del periodismo. Una carrera de la que malviven brillantes e ineptos en su camino al sueño o al hueco. Siempre habrá quien quiera estudiarla, y quien quiera ejercerla sin estudios. En todos los casos, el periodismo da hambre, no digo sed porque el agua es lo mínimo que aún se brinda (a veces) de manera gratuita, en este mundo donde todo cuesta un ojo de la cara (según el viejo talión, ojo por ojo, diente por diente). O donde todo cuesta que te rompan la cara o perder la cara (entendida ahora como sinécdoque de vergüenza).
El periodismo surge como una necesidad de expresión vinculada a la lucha ideológica y por ende a la manipulación de unos hombres sobre otros. Cuando el traspaso de manuscritos y de copias comenzó a resultar trabajoso, se hizo evidente la inminencia de un medio de difusión más rápido, concreto en su mensaje, directo en su estilo. Los dueños del poder o quienes pretendían serlo le hablaban a toda la sociedad, difundían sus ideas ilustradas o no, fuertes o no, predominantes o no. Sólo la historia se encargó de dirimir qué mensajes quedaron como reflejo de una conciencia del tiempo, así podemos estudiar a través de la prensa cómo los diferentes factores sociales se disputaban el poder a través de enconados debates, pugnas retóricas. Dicha concepción doctrinaria e instrumental del oficio convertía al redactor en un intermediario, en una ficha que daba a conocer lo que el dueño o pretendido dueño pensaba. De ahí que el periodismo, a diferencia de la literatura, sea un hijo bastardo de la creatividad pues no responde directamente al intelecto pensante, sino a la ideología que resulta ganadora o perdedora en los forcejeos históricos. Visto de esa forma, los periodistas que saltan hacia un peldaño literario y pueden sustentarlo representan esa parte del gremio que es una excepción, pasan al libro de récord y a la academia como gurúes. Pero la generalidad de los redactores es ideología (y se debe a ella), sin perder de vista que cualquier intelectual genera ideología, sin ser un propagandista.
No extraña entonces que le paguen mal al periodista, pues su oficio (y hago hincapié en la palabra) también genera un ejército de parados que esperan frente a las puertas de las redacciones, dispuestos a ser los voceros de este o aquel. A diferencia de los profesionales que pueden llegar a altos niveles de especificidad dentro de cada parcela, la especialización del periodista apenas roza las herramientas críticas elementales. Cada opinión en los diarios y revistas vale lo que vale lo efímero, cada autor vale lo que vale la efectividad inmediata de lo que dijo, cada medio vale en tanto tiene un mecenazgo que paga las imprentas, el papel, la tinta, la distribución. Así, los valores de la prensa liberal y objetiva, al servicio de la moral pública, se transforman (o siempre fueron) en retórica. Prima la ley del mercado. La información, como expresividad del poder concentrado, se dosifica y trata de acuerdo con lo que el dueño quiere. No ha habido sistema donde no se cumpla lo antes dicho, como que no ha habido periodista que no haya soñado con una libertad de imprenta plena y real. El redactor y lo que escribe están sujetos a leyes de valores propias de la especulación económica y la hegemonía ideológica, poco margen queda para soñar no ya con decir lo que se piensa sino con decirlo bien, bellamente, o sea de acuerdo con un legado y una originalidad.
Nuestro periodismo es además aburrido, nadie sabe por qué lo quieren así, mucho menos cuando las tecnologías dan paso cada vez mayor a formas de decir amenas, dinámicas, bien argumentadas (aunque el argumento sea falso). Una visión hegemonista total de la prensa es impensable en un mundo hiperconectado, este a mi entender es el quid sobre el que descansa el problema de nuestra prensa. Se sabe que no funciona como elemento ideológico persuasivo, pero se cree (ingenuamente) que la población no tiene otro medio a su alcance y por tanto se asegura la hegemonía. Esta forma de entendernos como sistema comunicativo deberá mirar más hacia el mundo y hacia el futuro y menos hacia adentro y hacia el pasado. Los conglomerados mediáticos no han renunciado a la total hegemonía mundial, de hecho resulta preocupante que el grueso de la prensa global lo maneje un grupo minúsculo de potentados accionistas. Así, la máscara del liberalismo se cae ante el manejo evidente de las cabezas pensantes y la instauración de estados de conciencia artificiales. Pero incluso ellos, que llevan la delantera en eso de instaurar un dominio de la mente, saben que está en la naturaleza humana el nadar contracorriente y que siempre habrá fuerzas de resistencia. Cuba no pude ir a esa batalla (especie de Gran Guerra de 1914) con arco y flecha.
Sí, son pobres nuestras opiniones, pobres las columnas, pobres los reportajes y las fotos, pobres los enfoques, pobres los periodistas. Debo la hechura de esta reflexión a la conjunción de un salario de periodista, una cita de la palabra hambre consultada en la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones con colegas del gremio. Si la frase parece borgeana, la realidad no es menos alienante. Nuestras crónicas parecen ciegas (con perdón de los ciegos) y esas páginas culturales apenas recogen eventos sin dejarnos un cariz crítico, al menos apesadumbrado, de una vida no dinámica, de un acontecer que pide a gritos la vitalidad de una pluma sagaz y no a la saga.
Leo habitualmente varios periódicos, provinciales y nacionales, y no hallo sino resúmenes de lo mismo, o reiteraciones de sucesos que ya tienen varios días de finiquitados. Rara vez encuentro un análisis sobre cuestiones específicas que se salga del razonamiento predecible en la línea malo-bueno, ello cuando sabemos de cuántas herramientas se puede servir un columnista para abordar diferentes temas. Si alguien cree con sinceridad que eso es la prensa, mejor será estudiar la mente de ese alguien, creo que como ejercicio académico resultaría revelador. Para el joven que recién llega a la redacción, dicho detenimiento no es para nada atractivo, mucho menos cuando se enfrenta a una filosofía de trabajo que más allá de lo creativo propugna el acoplamiento al ritmo del medio, ritmo por demás que es uno de los factores que contribuyen a la debacle de la prensa pues le resta su inmediatez.
Los periodistas no viven la noticia, ni siquiera pueden formularse la quimérica apreciación de que tendrán en sus manos el gran tema para el gran reportaje de sus vidas. No pensemos entonces en los matices que introdujo el Nuevo Periodismo norteamericano del redactor que crece hasta convertirse en una máquina pensante y creativa, de la planta cuya finalidad como árbol es una obra literaria. Truman Capote jamás hubiera escrito “A sangre fría”, porque su sangre como reportero estaría siempre lo suficiente fría, o sea detenida en los informes diarios. En Cuba hacemos una especie de lo que yo llamaría periodismo burocrático, donde ya desde la sala de prensa se saben los resultados de las investigaciones y el enfoque, el estilo e incluso el impacto en las los diferentes públicos. El redactor ya arma a priori una realidad antes de confrontarla y va directo a las fuentes que confirman esa realidad.
Revertir ese modus operandi no sólo requiere de un acercamiento mayor desde la gestión logística (el necesario mecenazgo), sino repensar desde la academia cómo asumimos sin prejuicios el fenómeno de la comunicación con los riesgos y beneficios que ello conlleva (para todas las partes implicadas). Pero sin dudas no se puede presumir de periodismo, cuando carecemos precisamente de eso. No sólo se requiere un marco legal que normalice las maneras de interacción entre la comunicación y la sociedad, sino que se vuelve vital una articulación del modelo que proteja a ambos actuantes de los errores (a veces inevitables) y horrores (siempre evitables), que apisonan (aprisionan) el camino del periodista. Al interior de las instituciones o medios de prensa también deberá implementarse un mecanismo otro de relacionarse con la verdad y las fuentes, acercamientos no sólo más reales en términos de noticia, sino dinámicos en el aspecto propio del ritmo de trabajo. Por sólo abordar uno de los peores males que aquejan a los medios, existe algo llamado sectorialismo o sea periodistas consagrados a seguir exclusivamente la agenda burocrática de organismos ya sean estatales, políticos o de la sociedad civil, tarea esta última que es la base de un reporterismo machacón y capaz de colocar en primera plana el más aburrido de los balances empresariales. Más que un llamado, una consigna, ese cambio en nuestro sistema de comunicación va unido por necesidad a la transformación de las mentes que construyen el consenso social. O sea, es una cuestión de quién protagoniza los cambios: la burrocracia o el intelectual capaz y comprometido, la tozudez o el ingenio.
Sentir hambre de periodismo es un buen síntoma y quizás la mejor oportunidad para generar la hegemonía revolucionaria (democrática en su esencia). La seriedad de debatir estas esencias dependerá del nivel de tolerancia y protagonismo que en el núcleo duro del consenso exista hacia lo nuevo, nuevo que por demás en el mundo no es nada nuevo y ahí caemos quizás en la peor de las debilidades: andar a la saga. No puede temerse a la transformación, ni a equivocarnos, mejor es prevenirnos de no hacer nada. Una idea, aún fuera de enfoque o poco bien formulada o irrealizable, es parte del patrimonio breve o laxo de que disponemos como constructores de la verdad diaria. Si queremos una sociedad funcional, para nuestros hijos y nietos, empecemos por plantearla y no veo mejor forma que utilizar el espacio público (los medios) para ese cambio. De lo contrario se pone en peligro el consenso y surgen los espejismos de la ideología, cuando como forma de la conciencia no va acompañada del pensamiento filosófico sobre lo real en movimiento, la sociedad tal y como la vivimos.
En la Grecia fue el ágora, en Cuba el modelo de la transparencia. Ver fantasmas o fabricarlos, aparte de no convenir a la polis y beneficiar una aristoi sólo conlleva a retardar nuestra incorporación al mundo, no con el arco y la flecha, sino con los medios de comunicación que un talento genuino sí puede mover. Otro enfoque de lo que dije sería igual de válido, siempre que sea abierto y no asuma el ropaje de un sistema de pensamiento, con supuestos acéfalos. Aunque intuyo que la motivación borgeana (un salario, la consulta a la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones) traerá similares devaneos de sesos.

Los días de la confabulación imperfecta

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Para quienes nacimos y crecimos en este pedazo de Cuba llamado San Juan de los Remedios, la palabra tradición pudiera encarnar varios males y bienes. Depende de qué lado se mire el asunto de vivir atados a la eterna confrontación con un tiempo más o menos mitológico, depende quizás de cómo hallamos participado o no en el renacimiento de esa cosmogonía a través de diferentes vías respiratorias. Debo mi amor odio a las parrandas a una conjugación de herencia familiar con exceso de cercanía. La fiesta pudiera de esta forma parecer bella y tener una maldad intrínseca, contener una especie de muerte apócrifa pero igual de dañina.
Por esta fecha comienzan a salir los agónicos sostenedores de la tradición, levantan banderas hechas en casa, enarbolan un muñeco de papel, le dan vida a seres que jamás estarán vivos, pero no importa, no les importa, las parrandas suelen manifestarse como en los sueños, como una sucesión de disparates, como un teatro de variedades. En la confrontación entre verdad y mentira, entre razón y miedo, la barbarie sale vencedora, se corona a sí misma con un oro falso, con una aureola mediocre y ridículamente putrefacta. Así, las fiestas dependen de su manera epicúrea y efímera de manifestarse, no podrían asumir jamás el ropaje de un pez verdadero en la corriente de la historia. Los sucesos intrascendentes, que engendra lo popular, se elevan artificiales y están condenados como el globo a deshincharse, a morirse inmediatamente.
Sí, ya empiezan las banderas y los tambores y el resto de Cuba no podría entender a los naturales de esta villa sectaria y apagada. No, y es porque el resto de los días del año las auras y las moscas forman una confabulación de aburridos en medio de la glorieta del parque, para gracia de los viejos y los moribundos. Tanta vida así de la nada parece imposible y en efecto lo es, no resulta ni siquiera verosímil tanta juventud y oropel. Las parrandas paren de pronto, florecen en estos meses, pero su flor y su fruto nunca pueden olerse o comerse de veras, pues no bien vemos la maravilla ya está allí la ponzoña. Y no bien está allí la ponzoña, abrazamos la nada a la espera de otra oportunidad que nos devele al fin de qué tratan las parrandas. Doscientos años de tradición aún no aclaran el asunto, ni demuelen las falsas construcciones, que el pueblo levantó para apuntalar un acontecimiento que a ratos es ridículo (dos adultos peleados por la victoria de un gallo de papel o un gavilán diseco). No se interprete mi punto de vista como una crítica ciega, mucho menos como la desfachatez de quien aspira a separarse de su identidad a toda costa, sino que intento darle racionalidad a lo que en esencia parece carecer de toda lógica, de todo camino de verdades.
La vida en los pueblos cubanos del interior no es de muerte, se queda en ese estado de la conciencia que apenas levanta vuelo, que apenas aspira a ganarse unos quilos en ese devenir diario que los criollos bautizan como “lucha”. Remedios es el pueblo de las procesiones, los bicitaxis y los viejos. Únicamente el 24 de diciembre a las cinco de la tarde el pueblo se torna ciudad, se ilumina un poco (algo), y los borrachos y los visitantes hacen como que asisten a las fiestas de esos cuentos fabulosos, donde todo (hasta la buena fortuna) es posible. La inversión de valores crece tanto como el ego de quienes el resto del año contaban el número de moscas y auras que sobrevolaban la aguja de la iglesia.
En los laberintos de quioscos de cerveza y fritanga, en la ausencia de portales producto de una arquitectura salvaje y equívoca, en las bullangueras alusiones al fin de año, en la forma bastarda en que Remedios de desestabiliza sólo para darnos a entender el error en que caímos creyendo la ópera de las parrandas; en todo eso está el espíritu de los pueblos pequeños de Cuba, pueblos por demás sin geografía, donde el naufragio resulta factible, necesario, lógico, materialmente satisfecho. Sí, las parrandas son la falsa bulla del falso bullanguero, la falsa rebelión del falso rebelde. Sólo queda, tras el cortinaje de doce horas de fuego y sangre, el fantasma moribundo de una era. Eras que se suceden como escenografías a pesar de no constituirlas el cartón, sino una nada tan inasible como la causa y como la consecuencia de las fiestas.
Para el foráneo todo parece nuevo, para el nativo todo está en su justo sitio (aún cuando se le dé candela a la Iglesia Mayor o se trasponga la villa de un lado a otro). Para el de afuera una bandera carmelita con un globo de helio dibujado pareciera quimérica, para el de adentro la antropología es sencilla y se transcribe con la facilidad de abrir y cerrar los ojos de la historia. Para el de afuera todo es local, para el de adentro todo es universal aunque no lo sea (no por vanidad, sino por esencia). Las parrandas, así las defiendo, representan una imagen más de la resistencia de un pueblo frente al tiempo, son una guerra más de tantas entabladas contra el tiempo en estos lares del mar Caribe, mar que se nos esconde e intimida con su mutabilidad, su abundancia de rostros.
Ya empezaron a salir lo que se conoce como repiques, bandadas de gente por todas las calles de la villa en sus bullas y banderolas, cualquiera diría que la imagen se calca por sí misma de una novela de lo real maravilloso. No importa, la referencia literaria se queda corta ante el devenir real de los hombres atrapados en el laberinto de imágenes que forman el retorno de las eras. Mientras más ilógico, mientras más distorsionado, el pueblo siente mejor el ambiente de su único día universal.

Todos somos ancianos

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tomado de los caprichos de Goya

El mal periodismo nos lleva a olvidarnos de algunas grandes verdades (hay quien sostiene que nos borra toda verdad). Ahora quiero escribir sobre ser viejo, la posibilidad de llegar a esa edad provecta y supuesta incapaz, vernos dentro de cuarenta o cincuenta años, medir el pulso de las circunstancias presentes y darles una vida futura. Sí, el juego tiene mucho de prestidigitación, de magia, de bandolerismo intelectual. Pero en la mala escritura no se vierte ni de ti ni de mí, ni siquiera de nosotros. Así que verter un pensamiento envejecido por el intelecto (a ex profeso) es un experimento de la retórica periodística, que estará condenado al cajón del jefe o al muro de Facebook.
Imaginen cómo será, juntos podremos construirnos esa metáfora de la incapacidad física, esos andadores, ese sillón de ruedas, ese hospital. Sí, y quizás tengamos cerca algún nieto o hijo ya crecido (quien a su vez pasará por el augur de ver delante la vejez). Los ancianos solían marcar el ritmo de la moral y en tal sentido eran relojes vivientes, pero ya sabemos que la modernidad prefiere al joven, al papichulo, a la mamirrica, esas construcciones del éxito y la belleza que no por cubanas son menos nocivas, repugnantes, envejecidas en el sentido de la estética verdadera. Ser anciano pudo tener utilidad hace cincuenta, sesenta años, incluso era tanta la autoridad que poseyó esa figura que su poder estorbaba, desalentaba, no edificó en ocasiones.
En este país donde los jóvenes de hace sesenta años hicieron una Revolución, hubo ya otra generación anterior que hizo otra Revolución, todos eran igual de bisoños y timoratos, de todos se dudó y mucho y ahora unos son ancianos y otros no viven. Hay quien dice que los cambios son de los jóvenes, pero a veces uno mira la pupila de un viejo y ve una ciudad viva, es como cuando piensas en el final y abres otra puerta y otra y otra y otra, en ese fin infinito que siempre es comienzo. La historia no está entonces en los libros ni es doctrinaria, sino que hay que salir a buscarla en cosas más simples, por eso hablo mucho con los viejos. También me imagino viejo hablando con jóvenes, disfruto el momento idealizado aunque quizás no llegue (uno conserva la sensación ¿o la certeza? de la total derrota). Todo viejo es un vencedor, pero la idea ni es exacta ni se cumple en todos los casos ni puede catalogarse de sabia.
Imagino que cuando seamos viejos haya un crujir aún mayor que el que hoy vivimos o las cosas marchen al fin mejor, después de todo son las dos alternativas que la historia nos ofrece. La sociedad, en sus devaneos, parece olvidarse de los viejos, una vez que llegan a ese punto de sus vidas, porque la gente se ve reflejada en las arrugas, en la senilidad, en esa sabiduría que es el gesto último de cualquier vitalidad. Es como si el consejo de un anciano se comportara como el grito de un desvalido. En uno de sus cuentos más leídos, Virgilio Piñera retrata el desvalimiento de su personaje anciano a la manera irracional y denunciante que le era común a este autor. Tadeo quería que lo cargaran constantemente, no importó nunca dónde y con quién, sino que sostuvieran su peso, de esta forma bajó tanto de peso que su persona se tornó leve, breve, efímera, se negó a sí misma, entró en el ciclo disolutivo consustancial a dicha etapa. Una amiga mía de 78 años de edad se horroriza siempre que le menciono a Tadeo, se avergüenza, no porque ella esté ya desvalida sino porque entiende lo desvalidos que estamos frente a determinados momentos. Todo anciano es un perdedor, pero la idea ni es exacta ni se cumple en todos los casos ni puede catalogarse de sabia.
Si escribimos sobre los ancianos, hay que recordar cómo hay quien bebe, come, festeja y tiene sexo, sin embargo y a pesar de su veintena de edad, es anciano. Sí, no hay otra calificación para su conformismo y desvalimiento, la sociedad es entonces un estadio normal en vez del terreno de conquista para el joven, la vida se presenta como una línea recta o un túnel sin luz donde se mueve uno a tontas y a ciegas. Sí, quizás sean ellos los únicos y verdaderos viejos, quizás tengamos una muchedumbre de viejos recién nacidos en muy poco tiempo, personas que ignorarán su cualidad de personas, que no dirán jamás “soy esto o aquello”, sino un nosotros tan amorfo y sin variedad aportativa que mejor será la muerte en masa o el suicidio en masa. Sí, quizás algunos de nosotros, que hoy leemos o escribimos, pasemos a formar parte de ese frente extraño de la nueva vejez, que es la renuncia a vivir en la plenitud de las verdades.
Un viejo no es necesariamente un anciano, pudiera ser hasta alguien que no haya nacido, incluso alguien cuya idea de la existencia se esté germinando en la atracción física entre dos personas. En tal sentido la vejez es el estado esencial de la existencia, lo natural. La juventud, la infancia meros jugueteos del lenguaje. El conocimiento de la verdad nefasta de la muerte y el determinismo de miles de cosas contribuyen a esa vejez preexistente, factores de los que no escapan ni aún aquellos que nacen en cuna de oro, donde el propio oro se convierte en arma de doble filo, en felicidad que hace la infelicidad porque no llena y no se encuentra luego una explicación simple y lógica de porqué somos vulnerables.
Hay mil maneras de decir que somos viejos, en cada una se encierra la verdad dolorosa de que el triunfo es humo y la derrota, una urna de cristal. Los programas de televisión suelen captar la imagen de la gente físicamente joven, maquillan mentalmente sus arrugas metafísicas, recrean casas donde sólo entra la luz y si mientan a un anciano es sólo de pasada, para colocar otro rostro sonriente e insólito. La televisión, el arte, las imágenes que el hombre se hace y trasmite a otros, son evasivos, no puede contarse con esas verdades inventadas, con esas ferias de la cultura, con esas filosofías de salón donde lo importante es cómo vas vestido y con quién tienes el honor de bailar. En este país donde ser joven se está tornando en un ejercicio retórico, lo viejo muestra su naturaleza tangible, monótona, imperecedera, omnipotente. No importa si vemos que los videos de los nuevos ídolos muestran lozanía (reguetoneros, expendedores de cualquier baratija, barajadores de cualquier destino), en el fondo está la angustia por el mañana, por el ayer, por el traspaso del tiempo destructor y demoníaco. En tal sentido la temporalidad no sólo significa el avance del que nadie vuelve, sino que es un dios que sólo nos muestra los fracasos, el tiempo perdido, el atrás. Ese dios resulta tan trágico y condenatorio, que apenas nos sirve para hacernos una idea de este segundo efímero, acuchillador, pelele, palabrero y alevoso.
Nunca como ahora el mañana fue una palabra, y la ancianidad el hecho. Es un momento donde los ancianos de edad miran de frente a los ancianos de mente y ambos bandos se hallan idénticos, se pelean en silenciosas batallas que jamás terminan, se huelen los olores a una pólvora histórica y perecedera que siempre estará allí. El mal periodismo nos lleva a pasar por alto estas verdades, a decirnos la verdad que conviene a la mentira, a decir la mentira que no conviene. Pero de vez en cuando salta la temporalidad y nos muestra un solo rostro, el pasado, ese tiempo de deterioro, del que no se vuelve, que además nos separa de podernos proyectar hacia delante. En ese determinismo hemos perdido el atisbo de alguna juventud que como seres tuvimos, sí, porque por lógica fuimos jóvenes aunque ya parezca irrisorio.
Dijo Ortega y Gasset que el hombre es él y su circunstancia, pero en realidad el hombre es él y su ancianidad. En tal sentido, el hombre es en tanto anciano. El mal periodismo pasa por alto porque su senilidad sólo le permite moverse de una casa a otra junto al repartidor de periódicos, su andador es la bicicleta y el cesto de papeles. Todavía habrá algún médico de feria que venga con su flogística a aplicarle frascos al anciano y al mal periodismo, dirá que la decepción pasa, que lo joven es lo joven. Pero ese idealismo cae en el saco de los idealismos poéticos que no traspasan el papel anciano y moribundo, la intención buena o mala de restañar. Parafraseando a Sartre, dicho idealismo no será jamás un humanismo, pero eso es materia para otra escritura.

Una ciudad incómoda

La-Habana

tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

Ser pesimista

arthur-schopenhauer

Shopenhauer

Sí, lo soy, y también creo en la suerte (la mala) y en el azar. El pesimismo es la postura quizás más inteligente y pragmática en estos tiempos. Sí, soy pesimista, suelo creer que he perdido todas las oportunidades que nunca tuve, me pongo del lado de Schopenhauer y de Cioran, eternos dubitantes del ser humano, amadores el primero de los perros el segundo de la nada y la disolución. Ser pesimista me ha llevado a descubrir que lo real siempre puede ser peor a la vez que increíble, las circunstancias pueden secuestrar tu alegría y dejarte en una especie de lucidez, de tristeza.
En vida más joven, pensé que el ahora sería de luz, pero hay una acumulación en mi de extrañezas y fracasos, que son a la vez las deudas y dudas de mucha gente. Carezco de la capacidad de darle otro color a lo oscuro, así como de rellenar las cuartillas con ideologías farsantes, que no creeré jamás. Sí, no sólo soy pesimista sino que lo pregono, lo hablo en los autobuses y en las colas, donde la gente quiere pensar positivo aunque se la coman el poco aliento y la temporalidad humana. No tengo reparo en reconocerme como un pobre hombre desengañado, con un estilo de escribir más o menos coherente pero al cabo inútil y vergonzante. Un periodista sin periódico, cuyo pensamiento jamás interesó a nadie, que nunca escribió más incoherencias que cuando estuvo libre de las ataduras editoriales y los premios fatuos (y fuegos fatuos).
Un escribiente sin muecas, que abandona la bonanza escasa de las grandes ciudades y va a su pequeño pueblo, ante su propia tumba, a vender unas baratijas. La suerte existe, cómo negarla cuando unos la tienen y otros no, es tan evidente que sólo los afortunados se creen con el beneficio de algún talento extra. Una columna periodística que hable de las virtudes del pesimismo no saldría en los periódicos de la enunciación y el sintagma, del bonachón tono y la confianza, del cachalote de sobrecumplimientos. No, quién dijo que alguien tendrá espacio para desmentir la mayor mentira que aún tantos sostienen y creen: ser positivos, optimistas, constructivos.
Nadie dijo que escribir fuese un acto uniforme de sonrisas y cumpleaños, no, aunque haya quien pretendiera que así fuese. Pero nadie lo dijo, la gente quiere hacernos creer que el optimismo es lo único real, lo correcto, mientras estigmatiza a quienes pensamos el mundo en su dimensión más abundante. No es cierto que los pesimistas deseemos el mal, no, más bien entrañamos un deseo inmenso por corregir toda esta injusticia. Quizás no haya mejor optimista que el pesimista que mira de frente y dice sin reparos. Quizás no haya mayor pesimista que ese optimista ciego que esconde la cabeza en el hueco como avestruz que es. Mientras se vea en blanco la realidad y se obvie la prevalencia del negro, prevalecerá el negro. A buen lector, con unos pocos pesimistas que digan la verdad debiera bastar.
Ser pesimista es un bálsamo de verdad en este mundo de sombras. Stendhal escribió que no podía culparse al espejo si reflejaba un barrizal, sino a las autoridades que dejaron perder los caminos, Brecht hizo del teatro una forma de toma de conciencia donde el espectador no era embaucado por la técnica sino que tomaba parte y se concientizaba de lo mal y deforme de este mundo, todo el gran arte ha sido de los pesimistas (al menos desde que el artista pudo o se atrevió a decir por sí mismo). Delacroix pintó un cuadro sobre un naufragio y ello llenó de pavor acerca de la crudeza del mar y la muerte, Picasso fotografió el dolor despedazado en su Guernica. Imaginemos ahora que alguien pida a los escritores trágicos, a los de la novela social, a los del cuento mesmérico que se autocensuren en honor a un panglosianismo ramplón. Imaginemos que por decreto debamos asumir que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Ser pesimista es una delicia sutil y una joya del intelecto.
Hasta los iluministas se apoyaron en lo peor para ir hacia lo mejor, incluso Dante, en su obra titulada Divina Comedia no puede sustraerse a colocarnos antes que el Paraíso, dos pasajes (Purgatorio e Infierno) que sobrepasan en trascendencia la visión idílica y laudatoria de la tierra celeste. En Infierno, retrata el bardo a su época, la juzga y saca de ella las esencias de lo que desea para el cambio, así una comedia tiene su mejor parte en su tragedia. Aceptemos que en el dedo condenatorio del artista se desatan las vertientes filosóficas que de lo contrario fueran burdos silogismos de feria. El teatro del absurdo que tuvo en Ionesco quizás su cultor más agudo, nos lleva hasta el umbral mismo de la sinrazón y nos hace entrar en razón, por ejemplo, en La Cantante calva, una serie de intercambios deshilachados se erigen en paradigma del diálogo vacío del ser y su parentesco con el no ser. Quizás está última una versión más actual del monólogo de Hamlet ante el cráneo descarnado del bufón Yorick.
Ser pesimista es entroncar a la humanidad en su tradición trágica, llevarla de la mano del reflector aristotélico, vincular al hombre con una visión realmente antropocéntrica que no hable de muñecos ni afeites, hablar en lenguaje de la calle, dejar que fluya el río de la vida sin pretender que no puede ser variado, sí, ser pesimista es ayudar a entendernos, no renunciar, ser un voyeur, un vigilante demasiado honesto.

Leo

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Suelo leer bastante, de hecho, mi vida se puede marcar por ciclos de lecturas. Hay experiencias que llevo unidas a la portada y el olor de este o aquel libro. En mi cama he hecho el amor, mientras desde un recoveco del colchón un volumen de literatura nos observa. Sí, como una especie de voyeur sin vida. Leer es un oficio, que ojalá algún día se pague, uno empieza como jugando y termina siendo un tipo serio que va en la guagua leyendo con fruición, en este país donde cada vez se lee menos. Sí, las ferias del libro son eso, ferias, donde se compra y donde falta el apego de antaño.
Me cuentan que hace décadas, podías comprarte la Comedia Humana de Balzac por unos quilos. Ahora no alcanza el salario para adquirir alguna novedad literaria, pues los precios oscilan entre los 10 y los 1000 pesos. De tal forma, sería bueno que en Cuba se generalizaran los ebooks o libros electrónicos que tanto atacan los defensores de la pasta de papel y algunos articulistas del periodismo nacional. Considero que si la carestía reside en la falta de infraestructura editorial, una buena manera de paliar los males sería generalizando la lectura en soporte digital. De hecho, la mayor parte de la literatura más actualizada que leo, se la debo al computador, pues en las bibliotecas rara vez se encuentra algún ejemplar de lo más reciente, quizás con las honrosas excepciones compiladas por la Casa de las Américas.
Dicen también que lo primero que se imprimió luego de 1959, fecha parteaguas en la cultura nacional, fue el Quijote, abreviatura del nombre más largo de una obra imprescindible, que es en sí misma una alegoría sobre el poder de la lectura para esclarecer o enmarañar las grandes mentiras y verdades. Tal parecía que Cuba se llenaba de novísimos Alonsos Quijanos dispuestos a entender y a cambiar el mundo, o quizás era aquello una metáfora del destino quijotesco que nos aguardaba como nación. Lo cierto es que podría contarse con los dedos de las manos la cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que hablan con entusiasmo sobre el Quijote, a no ser que Hollywood haga un serial sobre el libro y se propague una versión con los tintes eróticos y violentos que son consustanciales al género. En Cuba, le gente lee menos o no lee, se puede ver en el Paquete, ese canal que circula de memoria en memoria por todo el país, donde prima lo audiovisual y apenas hallas los mismos libros o los diarios extranjeros siempre interesantes en tanto te muestran el mundo de forma off line.
Lo otro que podríamos preguntarnos es cuánta gente ve en las bibliotecas una fuente de conocimiento real y de recreación, además de que desde cuándo dichas instituciones no emprenden acciones serias para ganar de su lado a ese público. El divorcio de la cultura que padece hoy el pueblo cubano responde a patrones propios de una realidad específica y a la vez a fenómenos mundiales de los estilos predominantes de consumo. Se ve en las zonas wifi, donde la gente no busca tanto informarse ni leer abiertamente como comunicarse con el familiar o con la pareja allende los mares, no importa si la conversación es baladí o si la tarjeta de conectividad cuesta 50 pesos cubanos la hora (me han informado que en algunas zonas del mundo la wifi es gratis). La cultura no está de moda, ni los modales ni nada de eso. Así se generaliza una manera de asumir las cosmovisiones que deviene provinciana y limitada, donde los héroes cotidianos son los mochileros que traen ropa de Ecuador o el tipo que defalcó una empresa y supo sobrevivir para hacer inversiones y nuevos negocios gordos.
En una fiesta por el día de los niños que se hizo en mi pueblo, un payaso preguntaba qué serían cuando grandes y el juego tuvo que terminar pues uno de los nenes dijo que deseaba trabajar en el turismo. Como vemos, el pragmatismo de hoy va sembrando la semilla de un mañana conformista, genera patrones inalterables que sólo una nueva realidad podrá remover. Leer en esas condiciones es quijotesco de veras, más aún si usted lo hace porque piensa obtener de ello alguna ganancia.
Aún así yo leo y probablemente usted también, y otros tantos (¿o tontos?), y no sabemos qué hacer con las ideas que bullen de tantas lecturas y nos terminamos preguntando si podríamos coger una lanza y un escudo e ir en busca de Rocinante. No, nada de eso, conocemos que los molinos no son gigantes, sino molinos, máquinas que te muelen literalmente. Es bueno leer, porque te da perspectiva, te distancia del asunto y eso es en suma la sabiduría: una forma especial de sufrimiento que proviene del manejo del origen de las cosas. Así lo dice Salomón en Eclesiastés, saber es sufrir. Leer bonifica una vanidad invisible e inaudible que salta cuando nuestro pensamiento penetra aquí, acá, allá y acullá. Sí, sin leer no habrá nada real en términos razonables, ni sentido del bien y del mal, ni criterio propio para dirimir juicios.
Hecho de palabras es nuestro pensamiento, sin palabras caeríamos en la mudez interna, no llevaríamos ese eterno diálogo con uno mismo, esa conversación interminable con el yo que produce la luz. Hay en cada uno de nosotros un libro que se escribe y se lee constantemente, de manera tal que somos autores y público expectante a la vez. Leer es leernos, leernos es vivir quizás el único para siempre que tenemos a la mano.

La Habana ha muerto

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Con La Habana está sucediendo algo insólito, inaudito, La Habana está dejando de ser, se borra como imaginario, como sitio concreto, la gente deja de decirle su nombre, deja de preferirla, deja de añorarla. Esto ocurre porque ya no hay habaneros, sí, pareciera raro, pero La Habana es ya una ciudad sin su gentilicio.
“Los habaneros se han ido”, dicen los que ahora habitan los barrios céntricos y periféricos de la capital, “aquí nadie es de aquí”, dicen dos guantanameros que llevan 25 años viviendo en la calle Maloja, cerca de Sitios, quizás el lugar más folclórico en términos de religiones afrocubanas de la otrora flamante ciudad.
Sí, la gente se ha ido, tomó rumbo a otras urbes mundiales, se despojaron del sabor a mar, de las siluetas nocturnas trazadas por el faro del Morro, de los Carnavales y el olor a carne de puerco, el tufo a ron, las comparsas, el polvo, las columnas, el malecón que se llena de salitre y de esperanzas efímeras, esperanzas de alcohol.
Ya La Habana no tiene habaneros, y quienes la habitan ya dejaron de ser santiagueros, guantanameros, holguineros, etc, una ciudad sin gentilicio es lo más parecido a una ciudad desierta. No hay identidad que construir, los muros pueden caerse de un momento a otro, no resultan necesarios los himnos, las banderas y los patriotismos locales, no se puede sitiar a una ciudad sin habitantes.
Andar La Habana es irte por un túnel vacío, un conducto detenido, una imagen de imágenes, donde sólo priman las lecturas de uno u otro lado del espectro de la Historia. La Habana real no existe, se perdió en algún recodo, en alguna maldición, en alguna consigna, en algún desfile, en alguna ida, en algún adiós.
Habría que analizar cuántas ciudades en el mundo y en la historia se han quedado así, repletas de gente y a la vez deshabitadas, sin nadie que las ame de veras, sin un alguien que las defienda, que las considere, más allá de dividendos económicos. Pertenezco a otra ciudad, quizás más quimérica, quizás más inventada, menos ciudad, San Juan de los Remedios, donde no obstante la nebulosas del tiempo, los atrasos, el aislamiento; uno puede sentir que se ama sin interés, que se muere por amor a los muros.
Pero La Habana tiene apenas una muchedumbre que viajó hasta ella para sacarle el jugo, enjambre que la derrumba, ausente sentido de pertenencia que jamás será capaz de habitarla. La Habana es el sitio de las oportunidades, donde prolifera un mercado negro como un agujero negro, una ausencia que se aprovecha, un centro que es periferia, La Habana es un barrio gigantesco, un bazar movible-inmóvil, agujero al fin que todo lo gravita, lo atrae.
Esta ciudad ha ido dejando de existir, se decantó a través de las décadas, ya nadie recuerda las tonadas de otros años, ni las fiestas, ni hay familias que derramen su abolengo sobre las baldosas de las casonas, se borraron los membretes de las sociedades y los apellidos, se perdió La Habana aquella, elegante o no, aquella que salía en los periódicos, aquella que no había que maquillar.
Nos queda el sucedáneo, lo derivado, lo espurio, nos queda apenas un archivo, un legajo inclasificado y perdido en los recodos de la Biblioteca Nacional, una foto en sepia de la calle Reina con los tranvías y los sombreros de paja.
La ciudad ha dejado de estar, a la usanza de cierta ciudad narrada por Italo Calvino, ciudad inservible e invisible, vencible, borrable. Sí, dejo de ser, de ubicarse, se marchó a ninguna parte, quedó la sombra, el mapa apenas, una situación geográfica, apenas un recuerdo, apenas un remember para los turistas, apenas un suvenir.
“Aquí nadie es de La Habana, vinimos hace años de Camagüey”, dice un botero, dice un heladero, dice un vendedor de maní, dice un vendedor de muñecos de palo en la feria del bulevar de Obispo; todos ellos representan oficios de sobrevivencia, casi al margen, son seres que vinieron a La Habana no a habitarla, sino a vivir ellos, a resolver, a luchar, a ver qué pasa, a probar suerte.
La Habana debería propiciar destinos, vidas, estabilidades, se debiera soñar en La Habana, pero como dijera alguien “esto es un trampolín”. La realidad y la lasitud la hicieron móvil, se perdió lo propio, la identidad ha muerto, ya casi se celebran los 500 años de fundada y no queda ni una familia a la cual acudir en busca de antepasados, de memorias, de añoranzas, de paredes.
Los legajos son legajos y las fechas fechas, mientras se perora en periódicos y plazas. La Habana no es La Habana, quizás sea algo, pero habría que definir ese algo, quizás haya surgido una ciudad sobre la ciudad muerta, pero nadie le pone nombre. El proceso es insólito, complejo y hasta clandestino.
La Habana ha muerto no sé si será prudente gritar, ¡La Habana ha muerto, viva La Habana!, no sé, la muerte parece demasiado, me sobrepasa, es una muerte nebulosa, imprecisa y sin embargo tan real, tan terrible, tan determinante. La Habana ha muerto y no nos queda ni su cadáver para el velorio.

Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.