Descartes, Stevenson y un monstruo llamado Prensa

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En 1492, Cristóbal Colón “descubre” América y René Descartes en 1637, la subjetividad. Ambos sucesos están encadenados a una manera de concebir la historia que rápidamente se va a despegar de la visión medieval, esa que como dijera San Agustín de Hipona, coloca el telos en el cielo, siendo nuestro paso por la Tierra un simple y magro paseo entre las sombras.

Antes de 1492 predominaban la patrística y la escolástica, de manera que todo el pensar se ponía en función de la fe, el platonismo, con su parábola de la caverna, funcionaba como metáfora de la vida en Europa: se existía o cerca o lejos de un fuego místico que pocos llegaban a ver. Pero la aparición de otra tierra, inmensa, mucho más grande que el Viejo Continente, dio la posibilidad no sólo de emigrar, sino de darle un vuelco a la vida cotidiana, de acumular el capital suficiente para pagar una Contrarreforma religiosa, para fortalecer el laicismo de determinados espacios académicos y, en suma, la aparición en el horizonte del pensamiento de un nuevo personaje: la duda.

Durante la Guerra de los Treinta Años un joven soldado francés tiene una revelación, estaba sentado enfrente de una estufa, de pronto surge la idea, germen del libro que en 1637 le dará un vuelco a la filosofía, fundando la modernidad en el pensamiento. René Descartes, perteneciente al movimiento de los eruditos libertinos, alumno aventajado del colegio de La Fleche, se había enrolado en aquella guerra, pero supo que su vocación estaba junto a la ciencia y se fue a la Holanda protestante, donde tuvo mayor libertad para publicar su tratado “El discurso sobre el método”.

A partir de Descartes el hombre puede confiar solo en aquello que es evidente, dejando de lado las concepciones medievales basadas en el mito platónico y cuyo portento era la fe religiosa. De ser un objeto del poder eclesiástico, el hombre deviene en sujeto de la realidad toda, la constituye, la piensa y al hacerlo la transforma a su imagen y semejanza. Es el principio de un gran cambio, ese que devastará América para construir un nuevo sujeto de la historia: la burguesía capitalista.

La historia de cómo la verdad deja de ser una verdad revelada para convertirse en una verdad constituida mediante supuestos consensos, pasa por ver qué cosa es conceptualmente ese poder constituyente. Porque el cogito cartesiano responde a nuevas lógicas, esas que van a estar presentes en el planeta hasta hoy, bajo el manto de consensos democráticos, pero que son las verdades de una clase social vendidas al por mayor como lo común y las verdades de todos.

Pero, ¿qué es el poder? Hasta 1492 y más claramente, 1637, el poder era el de Dios, uno incuestionable, que nadie había visto, pero que nadie ponía en duda. Se trataba de un hecho fáctico, no democrático, ajeno a las masas y los constructos sociales y, en resumen, al hombre como tal. La historia secular solo disponía de embajadores, de interlocutores, como el Papa y los cardenales y obispos. No había necesidad de consenso, puesto que quien no se doblegara al orden, a la Verdad, iba directo a la hoguera.

A partir del surgimiento del sistema mundo del capital, como planteara el académico Immanuel Wallestein, se integran América y Europa en una dinámica productiva y reproductiva de las relaciones económicas. En la medida en que se acumula capital surge una nueva fe, una que se irá secularizando hasta que en 1789 le corta la cabeza al rey Luis XVI y establece el culto a la Diosa Razón.

No en balde Descartes sufrió ostracismo en la propia Holanda, ya que en opinión de los cristianos protestantes sus libros no daban lugar al Dios bíblico sino a uno metafísico, se le acusó pues de ateísmo y se condenaron sus obras. Durante siglos, en los países católicos fue un crimen declararse cartesiano, pero ya el cambio se había producido y el hombre europeo capitalista había salido del principio de autoridad eclesial y abrazó el ideal de la razón, uno que le permitiría establecer su razón, su verdad, no ya como criterio absoluto y religioso, sino como sentido común y consensuado de una nueva sociedad.

De manera que a partir de 1637 se comienza a hacer evidente un nuevo poder. Hasta dicha fecha el individuo era una nada, una pieza en el tablero entre Dios y Lucifer, pero a partir del “pienso luego existo”, toma importancia el criterio individual. El poder entonces será una relación permanente y transversal entre los individuos, como lo define Foucault. Se rompen viejas ataduras y se necesitan otras nuevas, que aten a los demás o que sirvan a quienes quieren romper el orden, para saber hacia dónde dirigirse. Estamos en los principios de la opinión pública, a un paso del periodismo.

 

Poder y medios de comunicación

A partir del surgimiento de la imprenta, se incrementa el número de publicaciones, así como las tiradas y surgen la periodicidad y el vínculo entre el poder y el mensaje masivo. Así, de las famosas Tesis de Lutero publicadas en la puerta de una iglesia, se pasa a la difusión de la nueva Biblia en idioma alemán y de allí a la publicación de los primeros periódicos, que contenían ya el germen de la nueva sociedad: presentar como consensuadas, como comunes, las ideas de un grupo.

El siguiente pensador que removió los cimientos del poder eclesial, sin salirse de su pueblo Koenisberg, fue Immanuel Kant, quien dijo que sólo podía pensar aquello que conocía, estableciendo la distinción entre la cosa en sí y la cosa para sí, o sea un tabique en la realidad entre lo cognoscible y lo incognoscible. La razón avanzaba rápidamente, construyendo una nueva moral, basada en el consenso, así uno de los presupuestos kantianos más fuertes es el imperativo categórico, que llama a actuar y pensar según una moral universal ya establecida.

Los filósofos, a partir de la escuela alemana de pensamiento que surge a raíz del iluminismo, serán también periodistas y, a menudo, se ganarán la vida en publicaciones periódicas. Hegel y Marx son dos grandes e imprescindibles ejemplos.  Y es que a partir de 1789 se va a hacer cada vez más evidente la importancia de la conquista de la opinión pública de la sociedad civil, o dicho sea en otros términos, del poder simbólico, de la construcción de sentido.

Si antes, en la Edad Media, un acto de comunicación no era otra cosa que una chispa divina en un terreno de oscuridad (que debía ser siempre oscuro por naturaleza), ahora es el hombre quien domina la cultura y la sujeta cartesianamente a su favor. La razón deviene en razón instrumental (como dijeran los teóricos de la Escuela de Frankfurt Theodor Adorno y Max Horkhaimer), o sea el tecnocapitalismo que arrasa el planeta en función de su VERDAD, que por demás se aparece bajo el manto de la verdad de todos.

En el Medioevo se luchaba por un terreno en el otro mundo, en la modernidad la guerra es tangible y a la vez que se pelea por mercados y yacimientos de materias primas, se construye un mundo simbólico a imagen y semejanza de las clases dominantes. La técnica capitalista, la razón cartesiana, se adueñó de la construcción del sentido cotidiano y se sirve de los intelectuales orgánicos en la aprehensión de la verdad.

Kant, el más grande iluminista, dijo que la razón a la vez que pensaba al objeto, lo sujetaba, lo constituía, lo hacía para sí. Pero hay algo en el proceso de monstruoso, de fáustico, la conquista del objeto por el sujeto, enajena al objeto de otros sujetos. Surge entonces el sujeto (el individuo) sujetado por el capitalismo. De manera que a la vez que España coloniza América, la hace para sí, devasta las culturas originarias, y hay una nueva reconfiguración del sentido, donde la sociedad civil es conquistada y construida a partir de los principios del poder del capital europeo. Así, solo es posible conocer algo de los pueblos originarios, partir de los propios españoles.

La verdad, que se presenta como consenso, sigue siendo la verdad del poder fáctico, y los medios de comunicación comienzan desde sus inicios a asumir su papel de legitimadores de dicho orden terrenal. Se cambian los púlpitos por los periódicos y los sermones por los artículos.

Siguiendo a Hegel, gran filósofo e ideólogo de la modernidad capitalista, el ser es la razón misma que evoluciona desde formas más primitivas a otras más elaboradas y que tiene su culminación en la sociedad civil organizada en Estado. De manera que la construcción del sentido hegeliano es la del burgués que ve en las instituciones y los mensajes del diario sus propias ideas, ya sean simbólicas, ya sean concretas. Tal inversión de los términos: la idea determina la materialidad, predomina hasta el día de hoy en las sociedades modernas, toda vez que se asume como único fin el orden existente.

Pero si analizamos el punto de partida de Karl Marx, veremos que los medios, la sociedad civil, el Estado y el orden jurídico, no son otra cosa que la expresión del orden burgués del mundo, que no necesariamente la última ratio de la historia. Lo que se presenta como la verdad de todos, como la última verdad, el fin del devenir humano, no es otra cosa que la razón conveniente del tecnocapitalismo, esa misma que aunque conoce la realidad, no se implica en su transformación más allá del tabique hallado por Kant. La materialidad se expresa en la idealidad, la determina.

La novela “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson expresa esa dualidad de la razón burguesa, que por un lado crea sentido a la vez que lo destruye. El Dr. Jekyll vendría siendo la ciencia, la búsqueda, la duda cartesiana, que sólo se sostiene a partir del pensamiento, mientras que Mr. Hyde, su subproducto, la otra cara de la moneda, expresa el precio que la Humanidad debe pagar por dicha razón constitutiva del sentido del mundo: la monstruosidad y la pérdida de todo sentido. Hyde viene del inglés hide que significa oculto, escondido, encubierto.

De manera que Marx vendría a desmitificar el mito de la razón a través del desocultamiento de las relaciones de vasallaje que hay detrás de la construcción del sentido del mundo. Esta visión atañe a los medios como legitimadores del poder normativo de la clase dominante.

A partir de la modernidad y más fuertemente en el siglo XX los medios de prensa encarnan el cogito cartesiano burgués, mitificado en consenso. Según Noam Chomsky, a pesar de que los medios ampliaron la esfera pública y dieron la noción de participación a la sociedad civil desde un sentido más pluralista, en verdad la función de estos instrumentos responde a la idea de Mr. Hyde, esconder el verdadero orden social de la mirada de las masas y desviar la atención de estas hacia versiones amables, perfectas, impolutas de las ideas del grupo dominante.

De manera que no hay consenso, sino el ocultamiento del disenso entre dominados y dominadores. El Estado, con sus vertientes jurídica, ideológica y mediática, se manifiesta como regulador de la verdad normativa y por tanto de los ámbitos de existencia y actuación de la sociedad civil, los medios funcionan como indicadores de los datos que deben adquirirse para vivir una vida normal y normada.

El llamado cuarto poder, idea heredada del liberalismo inglés, no es otra cosa que la quintaesencia de la ideología oficial, que mistifica el orden, creando el gran relato de que lo que existe siempre existió, paralizando a la razón, tornándola sinrazón, convirtiendo al Dr. Jekyll en Mr. Hyde. La razón sujeta al sujeto de la historia, al hombre mismo, así, instrumentos salidos de la mente humana como los campos de concentración y la propaganda nazi, se basan en ideas racionalizadas, en laboratorios bien dispuestos y que contaban, faltara menos, con sus periodistas para narrar y legitimar el devenir que, siempre, es el que debe ser. La razón es irracional.

 

¿La razón será otra vez racional? 

Con la caída del Muro de Berlín se esfumó una gran posibilidad para el hombre moderno, cierto que el experimento de Europa del Este y de la Unión Soviética tuvo “defectos de fábrica”, errores en la construcción política. Pero a partir de 1991 con la dimisión de Gorbachov y el derrumbe del segundo polo mundial, se pudo decir que había una sola racionalidad, lo cual estaba muy cerca de ser una sola verdad.

Los medios de prensa, conglomerados que ya no sólo construyen el sentido sino que son el sentido, devienen en el escenario donde todo sucede. Si el proletariado no logró hacer la revolución mundial, los informáticos y los magnates empresariales sí trajeron la revolución comunicacional, la cual trastocó las lógicas de lo social. No se trata ya solo de la conquista de sentido en la sociedad civil, sino que la sociedad civil se diluye en las redes sociales y en el sentido mismo, sin que este deje de ser un sentido constituido. La verdad se lee en Internet y lo que no está en Internet no existe. ¿Dr. Jekyll es para siempre Mr. Hyde?

En medio de esta “falta de sucesos alternativos” la historia parece la historia del liberalismo y su triunfo frente al autoritarismo. La libertad de prensa, el periodismo ciudadano, las redes sociales y la participación en el consenso se ofrecen más que nunca como las grandes conquistas del momento. Francis Fukuyama se lanza a formular otro fin de la historia, donde las sociedades burguesas y pluripartidistas son las únicas viables, las que ofrecen algún atisbo de razón y de sentido a la existencia del hombre, una vez más la razón asiste a los vencedores. Se formula no ya la historia como relato, sino como acumulación de datos caleidoscópicos, todos con el mismo peso y la misma presencia en la construcción del sentido democrático. El consenso que hay, según esta tesis, es el único posible y el que siempre debió existir.

Sin embargo, pasados los años tras la caída del Muro de Berlín, las sociedades del Este están lejos de ser más equitativas y sobrellevables. Hay más miseria y, en general, no existen los espacios democráticos suficientes para luchar por la transformación del orden de cosas hacia un Estado más justo. Los partidos que mostraron efectividad en la lucha contra el socialismo, demostraron su ineficacia como gobiernos. La aplicación de recetas, de instrumentos racionales, aumentó la economía a niveles macros, pero deprimió los niveles de vida, generando grandes desigualdades.

En este panorama, la razón importa cada vez menos, ya que los espacios públicos dejan de serlo con rapidez, y no hay medios de prensa con el suficiente discurso alternativo al poder. La democracia se limita a ser el simple juego numérico de votos entre dos o más partidos que representan en esencia el mismo orden.

Cabe entonces la pregunta, ¿la historia, tiene un sentido?, y en ese sentido ¿qué papel pueden tener los medios? Más allá de simples espacios comprados, puestos como escaparates para la publicidad, los periódicos y emisoras son los sitios donde la modernidad burguesa transcurre. Por tanto, serían las primeras instancias a conquistar para el logro de un nuevo y verdadero consenso.

Pero la historia en el siglo XXI carece de un sujeto que la mueva, ya que el gran poder, el de las pocas familias que manejan los medios, sujetan a las masas y les dicen constantemente lo que deben hacer y comprar. A la vez, la vigilancia de los gobiernos es cada vez mayor y desregulada, ajena a los mecanismos de la sociedad civil. Facebook se presenta como un canal abierto, pero en verdad es el Gran Hermano orwelliano, la vieja razón cartesiana y constitutiva, la que transforma al objeto que sujeta.

La razón es racional solo en su propia imposición, no en cuanto a un final sensato y conservador del planeta. Los mismos medios que pudieran servir para llamar la atención sobre el cambio climático, exponen, porque media el capital, al candidato a la Casa Blanca que niega de facto dicho cambio climático. Como dijera Heidegger, la Tierra será arrasada por ese tecnocapitalismo que incurrió en el olvido del ser.

Estamos abocados a una nueva Edad Media del pensamiento, donde no son importantes los pensadores, los artistas o los intelectuales, sino las marcas de ropa, los futbolistas y las mujeres desnudas. Se trata del pensamiento colonizador llevado a su extremo, a los deseos del cogito cartesiano en su versión más brutal. Ante ese panorama, una gran masa de humanos está aún ajena a la existencia de dicha modernidad y ni siquiera ha visto jamás un computador, no ya interactuado en las redes sociales. Pero esa verdad para los medios no existe, por tanto no existe fácticamente para el mundo.

El llamado consenso democrático, ese que debieran expresar los medios, es hoy un disenso sin solución, de manera que la gran verdad develada por Marx, la de las masas abandonadas a su suerte, es hoy un grito más fuerte que nunca. Un problema cuya denuncia se hace vigente, minuto tras minuto, sin que Rupert Murdoch deje que el grito del desposeído trascienda a los platós de la televisión.

Walter Benjamín, miembro de la Escuela de Frankfurt, escribió en sus “Tesis sobre la Filosofía de la Historia” que la historia no tiene un final, que el Mesías que esperan el judaísmo y el cristianismo, no vendrá, porque sencillamente este ya está en los pequeños agujeros del devenir humano, en los que es posible sentirlo, por un breve instante. Marx dijo de la religión que era opio, pero no en el sentido peyorativo, sino como el último grito de la criatura desesperada y si, como dijo Benjamín, el Mesías no vendrá, al hombre sujetado de estos tiempos sólo le queda el camino de un nuevo y verdadero consenso basado no en la razón imperial, sino en la razón sin ataduras.

 

 

 

 

 

 

 

 

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