El sonido de Trump

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Grosero, impresentable, agresivo en sus posiciones políticas hacia las minorías y las demás naciones del orbe, el flamante nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump promete convertir su mandato en un circo. La elección tiene mucho que ver con la caída de un sistema bipartidista que ya no representa las aspiraciones del pueblo, fue como si el voto por Trump funcionara a la manera de un escupitajo sobre el rostro de la política tradicional, una especie de sabotaje, de gesto irreverente.
Y es que tras dos mandatos demócratas que no mandaron, o sea que tuvieron que vérselas con el inmovilismo del sistema, el votante optó por los outsiders ya fueran a la izquierda (Bernie Sanders) o la derecha (Tump). Da la impresión de que la gente buscaba la ruptura, la experimentación, la salida de un túnel sin luz. Pero la jugada de los asesores de campaña supo aprovechar ese filón débil de la política tradicional, y presentaron un candidato que, amén de sus desafueros, no tenía vínculos anteriores con el sistema gubernamental, un ser pragmático, un hombre de negocios, o en otras palabras, el tipo que sabe manejar la economía y ponerlo todo en orden. Tal fue el mensaje de la campaña republicana, “Hacer a América grande otra vez”.
En tanto, Hilary Clinton, experta en política tradicional, vieja figura de uno de los clanes de su país, con un alto perfil como integrante del primer mandato de Obama; reunía todas las condiciones para el continuismo. Sí, palabra esta última que quizás no le haga mucha gracia a un votante que ha visto al Congreso de su país cerrarse por colapso, que oye constantemente que Estados Unidos pierde terreno como líder económico y hegemónico, un votante que debe pagar cada día más por una vida más cara. Aunque Obama tiene un legado positivo e intentó hacer más que sus antecesores, el peso del tradicionalismo lo persiguió como un fantasma y fagocitó todo intento ejecutivo por salirse del guión preestablecido. En definitiva, los políticos tradicionales están presos en su propia red, en su misma salsa, sin saber cómo solucionar el dominó bipartidista que ha cerrado el juego en una sociedad cada vez más diversa.
Agua al dominó, eso es lo que el votante echó cuando votaba por Donald Trump, pero cayeron en la trampa de los diseñadores de la campaña. El panorama vuelve a mostrar cuán endeble resulta la democracia frente a aparatos ocultos tras un supuesto sufragio universal y secreto, pues las maquinarias de la publicidad y lo invasivo de la vida política pueden llegar hasta los deseos y las pulsiones más ocultas. Lograr una impulsividad del voto y no la participación consciente es la meta de los asesores de campaña, directriz que se encamina de acuerdo con estudios que dictan hasta dónde decir y en qué momento decir. Sin dudas, el impresentable engañó con su imagen demasiado irreverente y grosera. Detrás de este perfil se encontraba una voz hábil que movía los hilos de un discurso amorfo e infantil en ocasiones, pero que iba a la fibra dura de ese votante dolido y de aquel otro que siempre vota por la derecha ya sea por tradición o por interés económico de clase.
Perdió el continuismo, pero se tendrá más de lo mismo. La implosión del bipartidismo tiene a Trump como una consecuencia negativa más, no como una solución. A pesar de que el electo diga que gobernará para todos, sabemos que su conciencia de clase se lo impide, en él tendremos el calco de los intereses más grandes de una potencia en declive, país que enarboló los más altos ideales del hombre y que ahora cancanea a la hora de defenderlos con cabalidad, tierra de libertades que corre el peligro de caer bajo la sombra de la más implacable dictadura del capricho. Trump es un problema para el mundo, pero lo es mucho más para los norteamericanos.
A Cuba le queda esperar, existe quien asegura que, dado el talante de hombre de negocios del nuevo presidente, las relaciones continuarán normalizándose. Pero hay que tomar nota del voto de la Florida a favor de la propuesta republicana, Estado de la Unión donde el tema cubano es medular. Aventurar una predicción sería ponernos sobre arenas movedizas, porque los votantes eligieron lo impredecible y ese será el signo de lo que en adelante acontezca en materia de política norteamericana. De todas formas, el trato de Trump, altanero y vulgar, no va muy bien con el reciente respeto mantenido entre la isla y la potencia del norte. Cualquier subida de tono, cualquier resquicio de arrogancia pudiera llevarnos al punto de no retorno.
Los Estados Unidos han elegido ser grandes de nuevo, en la frase se esconde cierto reconocimiento de pequeñez, de conciencia nacional herida. La implosión del sistema trajo estas tempestades, Trump es el sonido quizás de ese viejo Apparátchik que se cierne sobre un electorado en busca de una liberación mayor. Ojalá y resurjan en este remolino las verdades gigantescas de los Padres Fundadores.

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El periodismo de izquierdas

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No imagino a Pablo de la Torriente pidiendo perdón o permiso por alguno de sus artículos, ni a Julius Fucik preocupado por la censura nazi mientras escribía su inmortal “Reportaje al pie de la horca”. El periodismo de izquierdas ha marcado el ritmo de las sociedades conservadoras, dándole a la Historia un giro sin retorno hacia la consecución de derechos mediante la lucha honesta contra la manipulación. No, no cabe en mi mente que Emilio Zola pensara en la sanción favorable o no de los poderosos, cuando publicó su famoso “Yo acuso”, sobre las infamias cometidas en el caso Dreyfus.
Hay quien piensa que la comunicación y su teoría son ciencias y prácticas que pertenecen al contexto capitalista, como si todo conocimiento humano no formara parte de un patrimonio común indispensable. Se aducen razones pueriles, como que se trata de mecanismos propios de las sociedades de consumo, que nuestra comunicación está por encima de eso puesto que por ley pertenece al pueblo. Razonamiento equivocado que intenta ver en lo legal una realidad ya hecha, cuando sabemos que cualquier cuestión social supera por mucho lo que sancionemos en la Carta Magna. Por otro lado, se ve al periodismo como un elemento a domeñar, siempre propenso a la dependencia, cuyo discurso deberá ser predecible o no ser. Se hace difícil entonces el periodismo de izquierdas y se cae en lo que he llamado eufemísticamente “comunicación institucional”, o sea aquella que sí responde a una verticalidad.
Varias personalidades han declarado la necesidad de tener entre nosotros algún medio que marque el ritmo nacional, yo creo que el medio pudiera estar en ciernes ya que contamos con excelentes profesionales. Pero la realidad pide a gritos una prensa capaz de pararse delante del “New York Times” y “cantarles las cuarenta”, sin pedir permiso ni mucho menos perdón. Hora es ya de que saltemos de las cuestiones domésticas puras como el hueco de la calle o la falta de levadura en el pan, para escribir buenos editoriales, reportajes reveladores, artículos que trasciendan. Una prensa de izquierdas debe ir delante, marcarnos el camino de la opinión, tener autonomía.
A veces pienso que todo ocurre por falta de información en los decisores, pero allí están la asesoría académica, los libros, los consejeros siempre prestos a ayudar, los periodistas que saben mejor que nadie qué está mal y cómo enmendar. Contamos con organizaciones gremiales, donde compañeros de alta valía levantan siempre su voz para narrarnos las mil y una vicisitudes y por desgracia las historias caen al vacío, entran en la cadena rutinaria de los congresos y devienen en chistes de redacción. No nos podemos cansar, pero nos cansamos, somos humanos. Otros sueñan, porque la vida es sueño y los sueños, sueños son, son esos soñadores quienes seguimos desde cualquier teclado empujando este carro de la historia (con minúsculas) hacia la izquierda, hacia el hombre, para el mejoramiento de un mundo polarizado entre fuerzas irreconciliables e inmerso en guerras que o terminan en un cero o se alargan infinitas. El periodismo de izquierdas es, ahora, más necesario y se nota más su ausencia.
Una comunicación institucional eficiente, como la que se pide, obviará aquello que no responda a las normas de la propaganda, evitará todo discurso plural que sea invasivo a la organización/institución representada, irá directo al grano en su intención de reflejar un solo punto de vista. Eso se distancia del mundo mejorado que queremos, evita la riqueza de la vida y se ciñe al guión de un poder. Construimos un consenso muy frágil e imprescindible para perderlo mediante prácticas torpes. Frágil porque deberá ser real, imprescindible porque pocos proyectos son tan icónicos como el nuestro. Entonces no vale la pena decir que tenemos la prensa que queremos, ni que todos queremos la prensa que necesitamos, pues hay entre nosotros no pocos prejuiciados. Mucho menos contamos con la prensa que nos merecemos, Cuba ha hecho mucho, ha dicho mucho, para callarse la boca o silenciar sus prensas. Este experimento en medio del Caribe sentará lugar por los siglos no sólo ante academias, sino ante otros modelos.
El silencio no sirve, tampoco sirve buscar justificaciones, no se asalta el cielo con pretextos sino con textos bien argumentados y asentados en la praxis humana. Del estigma o el resentimiento sólo sale un proyecto falseado, de la verdad y el debate obtenemos la humanización que busca la prensa de izquierdas. Pareciera que Hamlet levantara el cráneo otra vez para preguntarse si somos o no somos.

publicado originalmente en El Toque

El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.

Maldita circunstancia del arte en ninguna parte

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Llega un momento en la vida del artista en que se necesita algo más, nadie sabría definir cuándo ni qué, ni porqué ocurre. Van Gogh decidió irse a la Casa Amarilla y refundar la furia, Gauguin abandonó los cuadros sobre muchachas bretonas y se fue a Tahití, donde murió entre enfermizas fornicaciones y ríos de pintura. Conocí a Reinier Luaces en otro momento de su vida, de hecho no le hacía falta más nada que sus sueños, su pintura, alguna chica, alguna noche de bohemia por los poblados del centro de Cuba, ya fueran Zulueta o Remedios o la cosmopolita Santa Clara. Pero aquello ya pasó y ahora Luaces anda en una bicicleta y tiene una hija y dibuja esbozos de su mujer desnuda, a veces me pregunta si me acuerdo del principio de nuestra amistad, cuando encarnábamos dos artistas llenos de tontería y todo era más fácil.
En un camión de pasaje repleto de gente montó su primera exposición itinerante, junto a otro artista irreverente de la vieja Octava Villa. El tambaleo de los cuadros y la extrañeza los acompañó hasta Santa Clara, destino de todo soñador, París lugareño de tantas ilusiones perdidas. Conocí a Luaces en otro momento de su vida y de la mía, la infancia del artista siempre es balbuciente y lúcida. Pero ahora parece como que algo le falta, nos falta. No está en el país, ni en las exposiciones, ni en las revistas académicas que solemos leer: él busca artes plásticas, yo busco de todo. No se imagina que uno de los personajes de mi actual novela en proceso de escritura lleva su alma, ni que él y yo formamos parte de una cofradía mayor de buscadores del oro silvestre, de esa eternidad tan esquiva de la que hablara Jorge Luis Borges en sus ensayos del tiempo.
La vida del artista es dura y en palabras del propio Luaces, una mierda. Mejor vale hacerse de una obra, aunque los muñecos muertos nazcan con la boca tapada y las planchas censuradoras quemen los ropajes de las instalaciones. Este chico quiere decir sin decir, o sea que su semiótica es la del platonismo. Tal culto a las ideas lo lleva a apartarse de la falacia (palabra que menciona constantemente), a refugiarse en su taller poblado de murciélagos y ratones, donde hemos bebido tantos rones, vinos, aguardientes, cafés, aguas sin sabor ni sentido. Siempre brindamos por el arte, por la Humanidad, por decir a través del parche, de la ropa descosida. Luaces no quiere vender, no quiere la fama, su culto es hacia el dios griego de la muerte Tánatos, por eso duerme tanto y se desvela demasiado, por eso no sabe explicarse bien, porque el letargo es olvidadizo y hermano de Hipnos (el sueño) y de la propia muerte.
A veces nos ponemos a hablar de estas cosas y noto cómo va llegando el momento en la vida de los artistas, de nosotros, en que o somos o no somos. Y es cruel, porque no se trata de hacer solamente, sino de actuar un ser delante de los demás. Luaces odia el histrionismo, no como yo que me transformo porque lo disfruto, porque además creo en la mutabilidad de la vida y en una visión heraclitana donde el río nunca es el mismo, pero él no, él es un eleata, de aquella escuela filosófica que asumía el ser en su esencia y manifestación, como una necesidad unívoca. Pobre Luaces, a veces nos damos lástimas mutuas, nos paramos delante del portal de la Casa de la Cultura de Remedios y preguntamos por las cabezas de los bustos que coronan la cornisa del edificio, vestigios de otros artistas igual de soñadores y ahora olvidados. Sólo sabemos que una de estas estatuas es la poetisa Safo, cultora del más exquisito lesbianismo.
Luaces ha buscado en el sexo, sé que ve en la pornografía una fuente de vida otra, como los antiguos pintores japoneses. De hecho, asume el cuerpo y su libertad como máxima, como la rebelión contra los dogmas de la Casa de la Cultura, institución envejecida que apenas muestra alguna cartelera en este pueblo de turismo maltrecho, intermitente, de apenas algunos alemanes interesados en la obra de Egon Schiele (herética y salvaje). En los devaneos socráticos que asumimos alrededor del parque de la ciudad, junto a otros amantes de la marginación (el poeta Carlos Ramos, el intelectual Félix Ruiz y los diletantes Gretel, Jorgito, etc.), descubrimos lo odiados que somos. Remedios puede refutarte sin tener argumentos, el capitalismo en ciernes carece de propuesta y arremete con la fuerza de un ciclón tropical. Pobre villa prejuiciada que ve a Luaces como un loco y al resto de nosotros como trasgos epigonales de una vida cultural.
Cuando Luaces (odia que le digan Reinier) dice que el arte es caro, lo dice con cariño, y me duele porque sé que hay un momento en la vida de los artistas donde pesan más los plátanos burros en la parrilla de la bicicleta o la venta de obras sin valor. Además, él no se arrancará una oreja como Van Gogh ni cuenta con pasaporte hacia Tahití como Gauguin, sí, son momentos duros. Espero que todos podamos superarlos.

Oficio de mirahuecos

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Remedios es una villa de fisgones, hay quien dice que la gente no vive su vida sino la ajena. En los portales, en las puertas de las casas, encontramos las mismas caras curiosas, chismosas, mironas. Pero eso ocurre durante el día, en la noche otro tipo social toma el bastón de relevo en la carrera de la vigilancia: el mirahuecos. Sí, es tan común este ser que algunos lo ven hasta como un oficio, como al algo aceptado, normal, sano. El voyeurismo (del francés voir, ver) se considera una patología sicológica por importantes estudios como el “Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales”, de la Asociación Americana de Psiquiatría. Los expertos catalogan al mirahuecos como un parafílico, un enfermo que por lo general elude las relaciones, los compromisos y prefiere una interacción carente de contacto real.
Las noches en la ciudad son inseguras, no porque te vayan a robar, no porque exista algún nivel significativo de violencia, sino porque un ejército de mirones furtivos se mueve silencioso entre las ventanas, por los callejones oscuros, sobre los tejados de madera de las casonas, a través de las cercas de piedra o tablas. He vivido noches de insomnio porque sentí los pasos del voyeurista sobre el techo de mi cuarto, he encendido luces, así ha sido durante meses. Nadie está a salvo. La mayoría de los países que penalizan esta actividad, recogen un récord donde registran a los infractores, porque casi nunca el mirahuecos pide permiso, no le interesa lo invasivo de su conducta, poco le importa más allá de su placer efímero. Las noches son de ruidos, de hombres frustrados que recurren a la masturbación detrás de las ventanas. En Cuba mirar huecos es casi un oficio con profesionales reconocidos, pues a pesar de que la ley prohíbe el acoso sexual y lo penaliza, no hay el suficiente rigor policial.
Uno de los más famosos remedianos voyeuristas fue Pomo de Leche. Todos sabían de sus andanzas, sus pasos eran reconocibles a distancia, su ojo a través de las cerraduras llegó a convertirse en proverbial, sí, durante muchos años él fue el número uno en su oficio y se dice que hasta tuvo aprendices que hoy andan por ahí. Casi siempre el voyeurismo va acompañado de exhibicionismo, así, otro gran fisgón de la villa conocido como el Niño de Atocha, fue famoso por enseñar su enorme pene entre los bancos de la Iglesia Mayor a las señoritas de sociedad. “Mira como está el niño”, era su frase más común, la que lo definió para la posteridad.
Creo que el origen de mirar huecos está en la adolescencia, la mayoría de los niños vírgenes son curiosos e intrusos en lo referente al sexo. En una de las correrías que tuve junto al grupo de muchachos con que crecí, recuerdo algún que otro heroísmo voyeurista. Uno de ellos intentó mirar a través de la ventana de aquel baño y quiso probar su osadía robándole a la chica un blúmer, cuánta no fue nuestra risa cuando los vimos a él y a la bañista jalando por lados opuestos la codiciada prenda interior. Mirar huecos es para los niños de los pueblos tan común como el sexo con animales del campo (cosa que jamás probé). Y aunque los mayores a veces reprimen estas prácticas, muchas veces las celebran y siembran la semilla del daño, porque me figuro que quien más sufre es el propio voyeurista, ser limitado que prefiere un sexo falso.
Las víctimas de este acoso pueden ser de cualquier sexo, pero predominan las mujeres, en Remedios se sabe de casos dignos de aparecer en cualquiera de las novelas del realismo mágico. Por ejemplo, una chica llegó a enamorarse del ojo del voyeurista que cada tarde la miraba bañarse, “qué ojo más bonito” solía decir. Me reservo más datos sobre la historia, pero baste decir que ambos (víctima y victimario) terminaron casados por la iglesia y por papeles. Es común que existan mujeres cuyo gusto sea que las vean desnudas, así, dejan abiertos los postigos y se pasean por las salas, o se bañan en los patios de las casas donde como se sabe no existe privacidad. Hay de todo en la viña del señor, hay de todo como en botica.
Por lo pronto, mirar huecos en Remedios es un oficio no remunerado. La actividad, que cuenta con expertos y hasta con una escuela profesional nocturna, se extiende por el caserío informe. Cada año hay más hombres que hallan satisfacción en lo secreto, en lo ya no tan prohibido quizás, Cuba se torna permisiva hacia estos seres, la privacidad disminuye, las tejas del techo de mi cuarto suenan en la noche. La ciudad se comporta como un animal en busca de placeres enfermos.
(publicado originalmente en El Toque)

En busca del perro negro

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En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro.
Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón.
Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición.
Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas.
Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta.
Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias.
A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer. He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana.
Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto.

Caibarién bajo la maldición del diluvio

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“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.
El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.
Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.
Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.
“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.
“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

Caibarién, ciudad liberada

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Caibarién no es una ciudad pequeña, tampoco es solamente una comarca de pescadores, mucho menos un sitio aislado en la geografía cubana. He vivido veintiocho años a siete kilómetros de ese lugar, trabajé como redactor reportero de prensa en su planta radial, me bañé en las aguas de sus playas, disfruté del ambiente tolerante de sus calles. Sí, la Villa Blanca pudiera ser la ciudad más desprejuiciada de Cuba y nada más por eso vale la pena que se le resalte, que se explique cómo allí se acepta lo diferente y se lucha por darle una validez al otro, por los derechos, por la Humanidad.
Hacia fines del siglo XIX fue surgiendo este asiento poblacional en el centro norte de la actual provincia de Villa Clara, dicen que la mezcla de personas provenientes de cualquier parte del país y del mundo gestó ese espíritu de apertura. Libertad en lo referente al sexo, libertad de estilos de vida, libertad plena. Caibarién cuenta con pasarelas (sus portales de lajas de piedra) por donde a diario se pasean hombres y mujeres de diferentes orientación sexual, sin que nadie ose atacarlos, mucho menos lanzarles ninguna procacidad verbal. La convivencia no sólo incluye la tolerancia, sino la felicidad, pues los habitantes de la Villa se mezclan como antaño sin que haya guetos para separar una comunidad de otra. En la planta radial de la ciudad, los reporteros hemos comentado sobre diferentes temas, incluyendo la diversidad sexual, y siempre encontramos aceptación, respeto, consejo y aliento de parte de los oyentes.
En mi caso, hice buenas amistades en todos aquellos años de bregar entre mi patria chica (San Juan de los Remedios) y la Villa Blanca, gentes que demostraron ser capaces de colocarse más allá de la diferencia y buscar ese núcleo que nos acerca, que nos integra como amantes de una misma causa: hacernos libres de todo prejuicio. Recuerdo el Festival de Radio, Cine y Televisión Santamareare que cada año se realiza en la villa, como un espacio más donde los debates iban y venían y la cultura se respiraba en medio de un panorama sin miedos, sin censuras innecesarias, pues todo era parte de esa sedimentación popular, de ese acervo de liberalismo. Remedios representó en mi infancia la belleza de lo colonial y lo mitológico, pero esa inmanencia, esa inmutabilidad (sitio escondido, ciudad fantasma), colocan al remediano en un estado de perplejidad frente al caibarienense. Hay quien dice que en ambas ciudades se beben aguas de diferente procedencia freática, hay quien busca como siempre en las genealogías familiares, pero frente al conservador Remedios se sitúa un Caibarién que llevó al Poder Popular Municipal a una delegada transexual, no porque fuese transexual sino porque se trataba de una persona con méritos suficientes.
Según José Antonio Patiño, caibarienense de 84 años de edad y amigo mío, la libertad que se respira en la Villa Blanca proviene de la bonanza de que gozó como puerto de cabotaje para el comercio del azúcar, llegándose a exportar hasta dos millones de sacos a través de los muelles situados cerca del centro de la ciudad. “Un estibador podía ganarse a la semana hasta quinientos pesos, lo cual era una fortuna, pero el cangrejero era botarate, no acumulaba capital, eso convirtió a Caibarién en una ciudad de mucho consumo, hizo florecer una cadena de medianos y pequeños comercios, quincallerías, tiendas”. Asegura también Patiño que aquella bonanza, aquel dinamismo, generaba una moral más abierta, “porque una sirvienta doméstica ganaba tan buen salario que podía pagarse la vida, sin seguir los dogmas machistas que eran predominantes en otros lugares del país”. Mi amigo pudiera llevar buena parte de razón, pues Caibarién continúa hoy como uno de los pueblos de mayor circulación de divisas producto de las remesas provenientes del extranjero, así como por la cercanía del polo turístico de la Cayería Norte. La emancipación económica conduce a formas liberadas de pensar.
Es una ciudad de rápido crecimiento urbanístico, de trazado regular de las calles, de prometedor futuro por su posición privilegiada frente al Canal de la Florida. Mientras otros pueblos quedaron detenidos, la Villa Blanca continúa su expansión a través de nuevos repartos donde reside el personal trabajador del turismo. La liberalidad de sus habitantes pudiera tener muchas causas, pero lo cierto es que se respira, está ahí desde que traspasas la entrada a la ciudad (custodiada por un enorme cangrejo de cemento). Curioso que a pesar de la mezcla de personas de diferentes lugares de Cuba, sí existe un sentido identitario, sí se desarrolla un amor rápido y sólido por ese salitre que penetra en los edificios y los carcome. El ataque a los dogmas y la falsa moral, el vivir un libre albedrío, incluso el reclamar derechos, están en el estamento duro de la ciudad. Así lo asegura el hecho de ser, durante el siglo XX, una de las urbes cubanas de mayor número de periódicos circulantes, donde se daban enconadas pugnas políticas. La oralidad popular también lo confirma en voz de mi amigo Patiño: “fíjate si aquí se rechazaba la mojigatería, que a un tipo llamado Fariñas lo cogieron para el bonche, por esperar toda su vida a una sola mujer, sin llegar nunca a nada con ella, de ahí en adelante la gente por joder te dice en la calle: ¡Compadre, no seas Fariñas!, para burlarse de aquella moral que en Caibarién nunca tuvo mucho asidero”.
Para Caibarién no hay tolerancia, sino convivencia normal y corriente, no hay escándalo moral, sino bonche, jodedera, lo que en el carnaval de otro pueblo conduce a una bronca allí sólo es motivo de algún que otro chiste burlón. Se la conoce como la ciudad de los apodos, por la gran cantidad de nombretes que describen la imaginación popular y la rica “fauna” de personajes que caminan por las calles. Están los culoepalos, los piojocosíos, los peocosíos, los pescuezoepollos, los bocaejaibas, los boquiviraos, y otro sinnúmero de términos que se heredan a través de las familias y que no constituyen una ofensa para quienes los ostentan. Hay una anécdota que cuenta cómo un recién llegado policía, muy correcto, comenzó a averiguar por el paradero de la familia de los “fondillos de madera” y nunca hubiera dado con ellos, de no ser porque alguien exclamó “¡Ah, tú dices los culoepalos!”
Los remedianos siempre critican la costumbre de los caibarienenses de tender las ropas en los portales, hasta allí llega el desprejuicio de los habitantes de la Villa Blanca: no les importa que vean un blúmer descosido o lleno de huecos, incluso en más de una ocasión he mirado que cuelgan la ropa sucia. Uno de los orgullos del caibarienense es ese, no tenerle miedo a su yo interior, a su ropa interior. El genial músico remediano Alejandro García Caturla, atacado en su tierra natal por su gusto sexual por las mujeres negras, hubo de buscar refugio en la vecina villa portuaria, más abierta a cualquier inclinación del sexo y a las enrevesadas partituras del artista. Todavía hoy, Remedios no le levanta un monumento a aquel genio universal, sólo hay una tarja en el sitio donde cayera asesinado, que la colocaron los caibarienenses.
Caibarién, según el chiste de un amigo mío, pudiera cambiar su nombre a Gaybarién, yo sé que allí no tendrían ningún problema en asumirlo. Ya en un documental reciente alguien la tituló como la Villa Rosa (donde el blanco tomó color). Sí, decir tolerancia sería quedarnos cortos, no medir lo disímil del lugar. Caibarién puede, más allá de cualquiera de los motes que le pongan, asumir la condición de ciudad liberada de los prejuicios de todos los tiempos, de precursora de una nueva mentalidad.

(publicado originalmente en El toque)

El dominó hablado de la mediocridad

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Todo buen mediocre que se respete sabe jugar dominó, aunque no todo el que sabe jugar buen dominó es un mediocre. La sentencia no aspira a lo categórico, pero intenta tomar un detalle inductivo para generar una propuesta más abierta, más ambiciosa si se quiere: ser mediocre es jugar al dominó y además, hablarlo, arreglarlo de antemano. Si hacemos suspensión de nuestro habitual estado de literalidad, tomamos al dominó como símbolo de lo social en todas sus partes y momentos y colocamos al mediocre en el centro, donde él es la medida de todas las cosas (de las que son en tanto son y de las que no son en tanto no son). A diferencia del hombre de espíritu, el mediocre sí actúa y habla de manera categórica a la vez que acusa de absolutistas a aquellos que dan una opinión racional y diferente, cuyas conveniencias no convienen.
El mediocre no juega ajedrez, porque le aburre y además es una pérdida de tiempo, sino que se apresura en botar las fichas gordas para aligerarse la carga, para que el trasfondo de lo que hace resulte menos expuesto, más efectivo. Socialmente (en algunos de esos momentos y partes que conforman el adverbio) el mediocre es un héroe, porque desbancó a otro gran mediocre (hay hasta escalas entre ellos) o quizás a causa de que suele dar la imagen de una brillantez que se queda en eso, en la pantalla. Todos son grandes proyeccionistas, sin aspirar jamás al papel de histriones, productores, guionistas o directores de cine. Películas por demás de baja catadura, propias de un valor epigonal con respecto al peor cine clásico.
En la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino, hay una secuencia que me llama la atención, esa que muestra a la plana mayor del régimen nazi reunida en un cine pequeño de París para ver un filme que únicamente enseña a un francotirador que dispara sin fallar jamás. El público expectante ríe ante cada enemigo balaceado, Hitler se complace ante esa cinta sin argumento, que además no contiene ningún viso cómico, la mediocridad del arte se completa con la mediocridad del público. Todos vinieron a ver una película que ya conocían, a jugar un dominó arreglado. El arte que surge por decreto se ha diluido de antemano y no vale la pena verlo. Por el contrario, hay otro arte que parte del orden y va hacia la burla, la desacralización. En “Las meninas”, Velázquez nos coloca a la Familia Real reflejada en un pequeño espejo y en un plano bastante invisible (casi críptico), mientras que el propio autor se coloca delante, pincel en mano, en una primerísima posición, haciendo valer su cualidad superior. El dominó se rompe a través de la pericia. En lo que debió ser una representación de la pompa monárquica, predecible, sin renuevos, hay una exaltación del papel del demiurgo. Ahora la risa sí está justificada y la representación sí tiene argumento. Pero se trata de una sonrisa, no de la risa despampanante, es una burla al estilo Samuel Becket, donde uno halla en la ruptura siempre motivos de regocijo, porque al final cada artista aspira a la tarea imposible de volver a empezarlo todo. No ocurre esto por trascendencia solamente, sino por necesidad de oponerse a lo predecible. El constante retorno a los temas mitológicos desde nuevas perspectivas, la creación de mitologías que suplan a las antiguas, la pura invención, son todas formas de no jugar el mismo dominó.
En “Esperando a Godot” Samuel Becket sólo nos deja una interrogante, llega a ser cruel con el espectador, pero vale la pena acudir al pequeño cine o teatro para admirarnos de cómo el maestro destruyó el dominó hablado mediante una parábola vacía. Uno ve a dos personajes a la espera de un tercero que “no viene hoy pero quizás venga mañana”, el tal Godot nunca se muestra ni sabemos nada de él, ni siquiera llegamos a interesarnos por su vida, de manera que podemos también sentarnos a esperar. A diferencia del filme del francotirador que van a ver los nazis, la falta de acción de “Esperando a Godot” y la impericia de los dos antihéroes que dialogan nos arman una metáfora, que no podemos desechar, que no debemos eludir. Becket inventó quizás con ello otro dominó, o jugó a lo impredecible-predecible, contradicción que es cara a los que piensan y odiable para los que detestan un gramo de esfuerzo intelectual.
El exceso de inacción de “Esperando a Godot” pudiera contrastar con otros absurdos donde desborda la más dramática sucesión de eventos, por ejemplo en el cortometraje de Arturo Infante llamado “Utopía” se presentan tres historias distópicas hilvanadas, una de estas (quizás la más reveladora) tiene como escenario una pelea entre bebedores de alcohol, disputa cuya causa es si existe o no el barroco latinoamericano. Los mediocres juegan un dominó que no nos parece falso, dado lo caótico de los tragos de ron y el lenguaje deshilachado en groserías a granel, sin embargo basta que aparezca la cuestión sobre el barroco para que se desate una ola de acciones que culminan en apuñalamientos (de lo cotidiano se pasa al absurdo y de allí al performance). Ello me recuerda el argumento de un cuento jamás escrito que le escuché formular alguna vez al escritor cubano Eduardo Heras León: un grupo de presidiarios reúnen todo el dinero mal habido que tienen para secuestrar al poeta Roberto Fernández Retamar, la causa estaría en una apuesta carcelaria que se basaba en criterios artísticos acerca de la entrevista que le hiciera dicho poeta a Jorge Luis Borges. Ambos dominós no sólo están condenados al arreglo, sino que muestran deliberadamente sus costuras, la mediocridad como performance, como paratexto que conforma una relectura de lo predecible, de lo poco elaborado, de lo elemental, representaciones que no por ingeniosas obvian el refrán de “la mona aunque se vista de seda, mona se queda.” La mediocridad que no juega el dominó a derechas, mucho menos podrá arreglárselas con un tratado-secuestro que incluya a Retamar en plenos pasillos de la Casa de las Américas. Si en “Esperando a Godot” la inacción conformaba el todo, en “Utopía” y en el cuento no escrito de Heras hay una acción excesiva que evidencia el ridículo de conformar la nada. La mediocridad funciona en ambos sistemas, ya que su esencia es no funcionar jamás.
Otra manera de romper el dominó hablado es dándole la oportunidad a los propios jugadores (los mediocres) a que lo hagan. Por ejemplo, Ai Weiwei tiene como artista una visión donde la ruptura está al final del túnel creativo como condición sine qua non, son los destructores del arte quienes culminan el mensaje, son esos que rompen los primeros y más importantes consumidores y a la vez el termómetro filosófico del autor. Ai Weiwei es consciente del mecanismo y constantemente juega con la semiótica del jugador, como una historia dentro de otra (estilo propio de lo chino como cultura). Para el artista no importa la trascendencia (o eso da a entender) sino el momento efímero donde obliga a los mediocres a salirse de su papel predecible y a romper los dominós. De hecho, la cultura oriental a la que se debe Weiwei, es pródiga en esas muertes falsas, en esos nacimientos encubiertos. En esas instalaciones el destructor se hace una especie de harakiri, pues se muestra en su esencia al quererse ocultar.
Si todo acto creativo occidental apela a construir como principio, en el orientalismo la parábola se desarrolla muchas veces a la inversa. No obstante, el dominó es un juego que tiene sus raíces en Asia y que también funciona como metáfora de lo que se arma y desarma, que lo mismo puede ser un ente predecible que no serlo. De pasatiempo se va a metáfora del azar, de actividad sin sentido cobra todos los sentidos imaginables. Pero para el mediocre siempre será más fácil la orilla opuesta, que niega los orígenes del juego, que elimina toda historicidad, toda genealogía. La tábula rasa es un sus manos una tabla que mide e impone su medida. Las piernas cortas sólo dan para eso, para andar el mismo camino. Todo esfuerzo original irá contra ese falso dominó, deberá desgastar los rieles de esa historia breve y vertebrarse en alternativa. Desde la acción, desde la inacción, desde el detenimiento o el exceso, se buscará la ruptura del augur.

Antes que amanezca

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Reynaldo Arenas

No, no me propongo contradecir a Reynaldo Arenas, sé que él quiso en su delirio dejarnos las hilachas de alguna claridad. Era una embriaguez de terciopelo la del Rey, una pesadilla contada para joder, como si fuese un entremés sin habladores. La mía pudiera esconderse, quizás debiera avergonzarme de algún que otro pasaje, pero como noticia de una desventura merece la luz, el proyector. Si Arenas se apresuró a contarse él mismo antes que anocheciera, a mí me interesa narrarme antes que amanezca. La presunción nos dice que estamos en medio de una larga madrugada.
Hay sucedidos en la vida que, como dijera Lalo el limonero, se caen de la mata y uno de esos que descoyuntan la razón y jalonan el prestigio del narrador es su presente. José Soler Puig dijo que estaba por escribirse la novela de la Revolución, y Lisandro Otero en su Trilogía Cubana dilató un pasaje hasta convertir los segundos en largos legajos de devaneos de sesos indefinidos, Cabrera Infante escribió un Mea Cuba donde más que mear habla de su Cuba, la de él, la que se inventó, la que era a la medida de su incómoda comodidad. Todas fueron formas (intentonas) por atrapar el presente, antes que anocheciera, pero yo sigo más la lógica de Lalo y digo que está por escribirse la novela (obra de teatro, cuento, noveleta, ensayo, híbrido) de la desilusión. Parafrasear a Balzac sería más que suficiente para “Las desilusiones perdidas”, diferentes caras, iguales destinos, pastiche de un momento que parece alargarse como la metáfora del chicle americano, o el tabaco filosófico.
Nuestra vida es una paráfrasis, no vivimos en lo real sino que pretendemos hacerlo, nos importa un comino si al final estamos o no en lo cierto, si acertamos o dejamos pasar la oportunidad. La película cubana “Retornos a Ítaca” me trae esos fieros desajustes, porque en primer lugar no creo que se trate de un regreso verdadero, sino de un simulacro de huida, la gente ahí no pudo volver porque jamás se fue. Jamás la maldita circunstancia del agua por todas partes de Virgilio Piñera fue una broma tan colosal. Nuestra vida es una paráfrasis, es la cita de otras vidas, la cita transformada, vilipendiada, hecha un tareco lingüístico. En la mente del citador, o sea nosotros, el agua ni siquiera es mar sino charco, como los edificios no son sino ruinas y los cuentos y las obras truncas de la vida son bastardos del hervor presente.
Dice un viejo amigo que crisis significa cambio, pero de qué valen esas semánticas para los desprovistos, los pobres de espíritu, los desengañados, los del subdesarrollo de los sentidos y el intelecto. Sí, crisis es cambio, pero a veces se trata de la inmutabilidad en su estadio más temible, más sin sentido. La muerte es una crisis, un cambio si se mira. Recuerdo los personajes de “Retornos a Ítaca” y veo histriones dentro de los histriones, personas que no necesitan actuar para que surja la luz falsa. Matriuscas rusas o de cualquier nacionalidad, hilvanadas como sólo pueden estarlo los desentendidos, los amarrados por sogas, los que tienen un cuello quizás sólo para que los ahorquen. Personajes que hoy más que nunca son el concepto vacío, la máscara del viejo teatro griego que amplificaba pero no por ello disminuía o aumentaba significación. Sí, lo doloroso es que a estas alturas poco importa que se retorne a Ítaca o que se le dé un matiz mitológico a la cuestión del retorno, poco interesa el cronotopo, la filología es una farsa, la literatura nunca se hizo, la pintura quedó en el imaginario.
Tantas cosas quedaron en el tintero, que el tintero dejó de ser y devino en repositorio de envenenamientos, en acrecentamiento de viejos. En “El nacimiento del señor Madrigal”, Virgilio Piñera habla acerca de un nacimiento que es muerte. En la espera del suceso, el personaje se trastoca en alegría del desespero hasta que la metamorfosis (la crisis, el cambio) nos coloca delante algo que no es el señor Madrigal. Otros cuentos de Piñera pudieran clasificar como tratados sobre la muerte, incluso su propia muerte sugiere la forma de un tratado, de un performance que nos deja el olor a vida otra, a obra literaria. Son esos maestros ejecutorios quienes mejor actúan el momento de cualquier crisis (artistas del hambre, los llamaría Franz Kafka). El aislamiento es iluminación en medio del pensamiento único, así Ionesco en “El rinoceronte” habla de Berenguer, un individuo poco valorado, adicto al alcohol, que vive en un pueblo pequeño donde todos se tornaron rinocerontes. Lo más pútrido puede tener la razón, el iluminismo no será jamás patrimonio de poder. Por eso vivimos en la paráfrasis, somos la cita de alguien, conformamos un parlamento en el diálogo de dos habladores. Pero si logramos decir mientras dura la madrugada, quizás quede algo de luz cierta, quizás tengamos ser antes que palpemos la salida del sol. Narrar cómo nos desalineamos en medio de una manada de rinocerontes no es nada fácil, pueden aplastarnos o negarnos. Por otro lado, un rinoceronte aislado es más peligroso que toda la manada.
Develar nuestro lado oculto antes que amanezca, hacerlo con el valor de estar desprotegidos en medio de la oscuridad, hacer como aquellos que en el medioevo sostuvieron una verdad por encima de la escolástica. Porque eso que llevamos oculto no sólo implica un yo negado, sino una liberación perfecta de la persona (ahora no entendida como personaje, sino como humanización). La literatura no admite ser atada a este o aquel señuelo, y como los niños terribles hará siempre de la traición una metáfora infalible. Todo escritor es un traidor, aunque veamos que sus versos, prosas, silencios, bajen la cabeza y muestren una servidumbre de oropel. En todo caso Roma nos paga, pero nos desprecia, en todo caso damos al César lo que es del César y al Demiurgo creador lo que es del Demiurgo. Velamos la oportunidad para espantar al molesto mecenazgo y acogernos a formas más laxas de decir, vuelvo a la palabra crisis y su relación con el cambio, así, en Decamerón se nos narra cómo en tiempos de enfermedad y hambruna y poca economía estaba cayendo el viejo ideal escolástico. Sí, había algo podrido en la Italia del Renacimiento. Era el cadáver del dogma lo que el autor nos estaba develando antes que amaneciera la nueva época. Todo poeta ha pensado en lanzar piedras o tiros a través de una barricada, todo creador intenta subvertir el orden establecido e imponer (antidemocráticamente) el suyo. En “García Márquez, historia de un deicidio”, Mario Vargas Llosa nos lleva de la mano de ese creador que antes es destructor, porque antes de la continuidad debe estar el diluvio que sana. El escritor como asesino de la verdad que le circunda, como opositor hacia esa verdad, como profeta de otras verdades que estarán por venir. De tal manera que no hemos renunciado a nuestro papel de chamanes, antes bien se confirma que en cada escritura hay un eidos o la aprehensión de un eidos, que algo ha ocurrido en el mundo de las ideas, ese mundo que para Platón era el único real dada la mutabilidad del materialismo.
Sumergirnos en ese pensamiento que veía en la idea lo real y que más que un hallazgo, era una búsqueda, basta para el escritor. En el mito de la caverna (vuelvo a Platón) hay varias formas de conocer el fuego de la verdad que arde en el fondo de la gruta, quienes se quedan en las sombras apenas intuyen, pero están quienes se atreven a decir en medio de la penumbra y no temen quedarse ciegos. Luego, el escritor sigue siendo un subversivo que en el buen sentido intenta hacer lo mejor para él y para los demás, no se queda en la parábola de Zenón entre Aquiles y la tortuga (mientras la segunda vaya un paso delante, el primero estará a la saga). El escritor avanza, va al fondo del fuego y tiene la peligrosa misión de transformarse en un Prometeo. Lo curioso (y dañino) del asunto es que todo debe ocurrir antes que amanezca, o sea antes que las verdades no buscadas surjan de manera natural con el paso del tiempo. Porque lo racional es razón invisible antes de tornarse en realidad. Antes que amanezca, antes que sea tarde y no resulte la belleza, el artista debe iluminarse e iluminarnos.