Caturla, el genio contra el silencio

foto dedicada a sus padres

Cuando Alejandro García Caturla llegó a París, supo orientarse entre la madeja de la gran ciudad sin necesidad de conocer una palabra de francés, tal detalle asombró a su amigo Alejo Carpentier quien lo recibía para ponerlo luego en las manos de la profesora de música Nadia Boulanger. Ello, la propiedad de ubicarse en una gran urbe, era prueba, diría luego el autor de “El Reino de este Mundo”, del genio del muchacho de Remedios. Pronto forjaron una unidad en el arte y en la vida, muchos textos de Carpentier serían llevados al pentagrama por el joven músico remediano. Caturla quería conocerlo y palparlo todo, en el París de 1928 la vida no era cara, por eso muchos artistas de América se establecieron allí.

En cartas a su madre, Alejandro se quejaba de que la vanguardia europea estaba ya en decadencia, ni los propios ballets rusos lo impresionaban y la música de Igor Stravinski, que antes fuera impetuosa, estaba regresando a los moldes burgueses. Y es que el remediano llevaba un ansia profunda de ruptura, de crítica al orden establecido, era un talento irrefrenable. Nadia Boulanger diría que nunca tuvo un alumno con esa capacidad creativa, tanto París, como Cuba, se quedaban pequeños ante los arpegios salidos de la imaginación de aquel poeta de la música con rostro de niño, piel delicada y cuerpo pequeño. Pero Europa no era el principio, toda la historia había empezado el 7 de marzo de 1906 en una villa colonial, justo cuando el nacimiento de la República de Cuba marcaba la decadencia de un modo de vida y la llegada de nuevos estilos y espíritus.

La casona familiar de los caturla, frente al parque martí

Un falansterio, una tarja mal puesta, una ciudad perdida

La casa donde aquel mes de marzo naciera Alejandro, sita en la calle José Antonio Peña, entre León Albernas y José Agustín, es hoy un solar, nombre cubano dado a los falansterios donde viven demasiadas familias. Nadie podría distinguir, entre las divisiones, la arquitectura original de aquel sitio. Una tarja mal colocada en la pared de la fachada contiene errores en las fechas y se ha caído innumerables veces. La ciudad le debe al genio remediano quizás una estatua, iniciativa que por momentos resuena en los portales, pero que queda en el dicho.

Remedios venía de ser la cabecera de una grande y próspera jurisdicción, que abarcaba desde la península de Icacos hasta Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, con muchos ingenios y sembrados dedicados a la industria del azúcar. La zona se conocía además como Vueltarriba, productora de un tabaco exquisito, el preferido por los ingleses para fumarlo en sus pipas en forma de picadura. Pero tras la primera guerra entre españoles y cubanos, el gobierno colonial decidió una nueva administración política y territorial y la otrora próspera ciudad perdió todas sus posesiones. Reducida a la cabecera prácticamente, se detuvo el crecimiento urbano, la villa nunca entraría en el siglo XX, quedando su arquitectura como un museo de la vida en la centuria anterior.

Tal era el contexto conservador en que vendría al mundo el niño, en medio de dos familias acomodadas. El padre, Silvino García, fue comandante del Ejército Libertador y participaba de la política local, la madre Diana de Caturla se contaba entre las mujeres más cultas de Remedios. No obstante aquella educación a la europea, Caturla tuvo mayor contacto con sus nodrizas negras, quienes le enseñarían cánticos africanos, germen de un gusto que el muchacho iría desarrollando con el pasar de los años y que lo llevaría a transgredir barreras musicales, sociales, familiares, sexuales.

En un Remedios donde el partido conservador ganaba las elecciones cada año y los negros y los blancos vivían separados, sin poder siquiera cruzarse en la misma senda por el parque; Alejandro García Caturla comenzó a asistir desde adolescente a los bembés del barrio La Laguna, a los toques de tambor en los más recónditos poblados del municipio. Sus ojos se desorbitaban cuando veían a los “ases” del bongó y de la rumba poner a bailar a la gente, que casi de inmediato caía con algún santo montado. Cuando se iba al cine acompañado casi siempre de jovencitas negras, era habitual el comentario entre sus parientes de que Alex “se había vuelto un descarado”.

Muy pronto, el chico demostró que era capaz de amar más que nadie, uniéndose con Manuela Rodríguez, la criada de la casa, también de raza negra, esta unión fue sancionada con recelo por la familia Caturla y la sociedad. Con su corta edad, 16 años, Alejandro no era capaz de sostenerse económicamente, su padre Silvino no estaba dispuesto a sufragarle aquellas aventuras amorosas, pero sí una carrera universitaria. En enero de 1923 el joven llegó a la Habana, donde quedó deslumbrado. Atrás estaba Remedios con su catolicismo y las torres de las dos iglesias, una frente a la otra, con el tiempo detenido.

Descubriendo al genio

En los países pobres los genios a menudo mueren también en la miseria, debido sobre todo a la escasa oportunidad de triunfo profesional. Unas pocas ciudades pueblerinas y una capital pueden condenar al ostracismo a un Mozart o a un Byron. Cuba ha sido así, más aún en la época del Machadato (mandato del dictador Gerardo Machado), quien al tratar de convertir a La Habana en el París de América sólo logró tornarla un caos de represión y atraso cultural, pues los artistas genuinos apenas existían en forma de cenáculos malmirados. El Minorismo era uno de esos grupos, el más importante, que nucleaba a estudiosos de las vanguardias europeas y de la cultura cubana. Allí Caturla trabó amistad con Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchering, Fernando Ortiz, todos ellos interesados en el negro como un ente social imprescindible. Aquel muchacho que había llegado de Remedios, el estudiante de Derecho, ahora encontraba razones de justicia para defender y amar más aún lo afrocubano.

A menudo Carpentier se adjudicaba el descubrir el genio de Alejandro. El escritor decía que lo vio en medio de un cine tocando al piano trozos de clásicos para amenizar una película silente. Así se ganaba Caturla la vida y le pagaba a Manuela el sustento de los primeros hijos. Lo cierto es que en la Habana se forjó el talento de ese gran compositor, en medio de las clases de teoría musical que le hicieron ver un camino propio en lo nuevo y lo negro. Durante el estudio de su carrera alternaba entre la capital y Remedios, entonces se encendió su deseo por la hermana menor de Manuela, Catalina, y allí sí estalló el furor de los prejuicios. Lo cierto fue que Caturla amó ambas mujeres a la vez y tuvo con ellas once hijos.

El Juez que conoció la miseria humana

Ya graduado de Derecho, Alejandro García Caturla retornó a Remedios, donde colocó en la fachada de la casa familiar, sita frente al parque José Martí, una tarja: Dr. García Caturla, abogado. Muy pronto la comarca sabría de la rectitud y los aportes del joven juez, carrera que alternó con la composición y la escritura de cartas a sus amigos de La Habana, sobre  todo a Carpentier. En tanto, sus composiciones afrocubanas ya se estaban dando a conocer y artículos elogiosos aparecían en las revistas acerca de los dos grandes músicos de la época, Amadeo Roldán y García Caturla. Como jurista comenzaría la lucha contra todo lo podrido, así, el abogado ganó una porfía contra McNamara, padre del futuro político norteamericano Robert McNamara, familia establecida en Caibarién. En Ranchuelo defiende a los obreros de la fábrica de cigarros contra sus dueños, los hermanos Trinidad (fundadores de un emporio radial en la Cuba de entonces), hizo lo mismo con los jornaleros de la región central a quienes se les pagaba con bonos y no con dinero.

Varias reformas a los códigos por entonces vigentes propone Caturla, pero sobresale su proyecto de legislación para regular las sanciones a los menores de edad, medida que adecentaría dicho proceder en la isla. Su mayor combate fue contra el juego, mal que por entonces corroía la sociedad. El 17 de octubre de 1940 el juez Caturla juró fidelidad a la nueva Constitución, esa que prometía un futuro mejor a la patria, y el 19 de ese mismo mes debió solicitar garantías para su vida, pues recibió amenazas de la policía y el ejército asentados a nivel local. Lo tildaban de “negrero”, inmoral, engreído, etc…

la prensa local reseña la muerte de caturla

Y llegó el silencio

Era fácil matar a Caturla, él hacía el mismo recorrido diario: de su casa al juzgado, de allí al correo (las cartas, que lo mantenían al tanto del mundo artístico) y de vuelta a la casa. Las mismas calles, la misma esquina…En Remedios su música no era entendida, recibió la rechifla de la chusma en el Teatro Miguel Bru y decidió fundar una orquesta en Caibarién, proyecto mastodóntico que apenas ofreció pocas presentaciones. Aunque conocido en el extranjero y estrenado su repertorio en Barcelona, París, Moscú, el genio sentía que sus fuerzas creadoras se agotaban. Soñó con dejar el Derecho, irse a La Habana, volver a Europa. No dejaba de componer todas las tardes, con las ventanas de su estudio abiertas, las mismas desde las cuales miraba hacia las calles Maceo e Independencia, encrucijada donde el 12 de noviembre de 1940 lo  abordó un conocido maleante de nombre Argacha Betancourt, a las seis y treinta de la tarde. La discusión entre ambos fue breve, como los disparos que le cercenaron la vida al abogado. Era fácil matar al hombre, el asesino corrió hasta meterse en el cuartel de Remedios, donde recibieron con júbilo la noticia. Silvino García se desmayó al enterarse, ni él ni Diana jamás pudieron recuperar la salud. Desde toda la isla, los intelectuales se pronunciaron contra el suceso. La nueva República nacía manchada con la sangre de un genio.

Su cadáver recorrió la ciudad en medio de multitudes ¡mataron a Alejandrito!, aun los que lo calificaban de loco, sintieron la pérdida. La ciudad de Caibarién colocó una tarja en el lugar del asesinato, homenaje de un pueblo humilde a un gran creador. Una de las últimas obras compuestas, “Berceuse campesina” anunciaba la unión entre lo negro y lo campesino, o sea la síntesis de lo nacional. Ese mismo día fatídico, 12 de noviembre, la BBC desde Londres rendía un minuto de silencio a Alejandro García Caturla.

 

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Nuestro es el reino

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Un libro puede ser hoy cualquier cosa y servir para lo que sea, puede encarnar muchos libros o estar vacío, puede hablar o estarse callado. “Tuyo es el Reino” intenta la increíble tarea de atrapar a la isla en las hilachas de isla, de aislarla en islas, donde sea la isla el personaje que se pregunta dónde está, por qué está, extraña ontología que recorre toda la obra y que a veces carece de forma o asume la camaleónica caricatura de otras tantas valoraciones sobre la insularidad.

Imaginemos que nos embarcamos a la Isla de Citerea o de Saint Malo, el viaje resultará más verosímil que el de Estévez, más real y comprometido con una chata forma de ver el arte de la cual huye el autor de “Tuyo es el Reino” novela de aprendizaje, de múltiples voces, de cronotopos disparatados, carnaval de la isla en medio del Caribe donde no hallamos la respuesta y sí las clásicas preguntas que definen todo el pensar humano. En tal sentido la obra es existencialista, en tanto no se preocupa de que el mañana pueda existir, se construye sobre la base de una precariedad profusa y evidente que el lector enseguida engarzará con las verdades del momento. De nadie es el reino, sino tuyo, la contradicción parecerá un horizonte utopista pero es totalmente propia de los contextos humanos que al isleño atañen. No hay isla más isla que esta isla, donde el aislamiento nos lleva a adentrarnos en las cavernas del pasado, buscar los dibujos de los ancestros, develar en los vientos del huracán presente los otros vientos ocultos…

“Tuyo es el Reino” es novela sarcástica de principio a fin, en tanto el sarcasmo es uno de los derroches lujosos de la inteligencia. Elocuente muestra de que lo cubano no sólo está en la poesía, sino que encarna elementos prosaicos del existir, como los solares, como los laberintos habaneros llenos de mugre, como el habla, como la muerte tan omnipresente en tantos personajes, la muerte que nadie osa definir. Si vamos a la filosofía otra vez, vemos una antología orgiástica del pensar detrás de los reglones lanzados por Abilio Estévez, la orgía está en lo difuso y profuso del tema y del estilo, donde no hay manera de hallar el hilo de Ariadna y la pérdida resulta insalvable. No quiere ello decir que la novela carezca de la habitual estructura dramática propia de toda obra de su tipo, sino que el drama no termina, está irresuelto en la vida misma de los personajes tan contrahechos, tan inacabados, tan coherentes con la insularidad que los acompaña, que los define, que los indefine.

En tal sentido los lectores cubanos podemos decir “nuestro es el reino” aunque no sea nuestro, aunque haya cierta sensación de otredad y ceguera en una verdad social esquiva que bien supo captar Estévez. La novela de aprendizaje nos enseña que los gajes de la cotidianidad también son susceptibles de captarse por el arte culto. En tal sentido está allí, inevitable, el tono picaresco de “Tuyo es el Reino” y su parentesco con esa larga data de novelas disparatadas y atrevidas, que nacieron en forma de castellano antiguo y sentaron las bases de la actual arte poética para captar la vida, forma que, desde el “Ulises” de James Joyce, debe encontrarse a sí misma, definirse, autoflagelarse, esconderse y colocarse en crisis. La obra de Estévez además se puede consultar como una de las tantas alternativas a la crisis de la novela, género grato como documento, pero difícil de hallar en cuanto el aliento de la vida resulta un tono ridículo, perecedero, desasido de la práctica, irreal. Este es un libro que huye de Balzac y nos trae los mismos resultados que una “Comedia Humana” caribeña.

La referencia virgiliana a lo Piñera está omnipresente, tanto en el tema como en el tono, como en la elección de los personajes y su desarrollo, podría decirse que hay una lectura crítica del autor del poemario “La isla en peso”, quien disparatara con la imagen de la isla, quien dijera tantas cosas que la isla no quiso escuchar. Y aunque Virgilio Piñera no haya escrito este libro, se huele su pensamiento, su sentir, su angustia. La necesidad de un escape, de un viaje, los viajes imaginarios, los fabuladores de viajes son embrujos piñerianos, fórmulas que el autor de la nueva alquimia ha usado como frascos que estaban al alcance de la mano, sobre la mesa apacible y vacía de algún cuarto de un solar de la Habana Vieja.

Quizás un tanto necesitada de contactos con el público cubano, la obra de Abilio Estévez tiene mucho que darnos ya que hace referencia a la tradición insular, además se trata de un autor que no rompe con lo cubano sino que trata desde aristas alternas darnos esa identidad de nuevo estilo, entregarnos a la isla lavada en las aguas de un Jordán que desaparezca el fatalismo. Aunque el tono y el tema nos suenen a tristeza de ser islas, en realidad se realza la cualidad y se la mira como propia de la Cuba de todos los tiempos. En tal sentido “Tuyo es el Reino” es nuestro Reino, donde hemos de vivir, donde enraizamos las maneras de pensar, aunque sean múltiples y deformes. Ese reinado de este mundo, si bien pequeño, es al final lo único que nos pertenece de veras.

 

La nueva balacera de libros digitales

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En el año 2000, el exitoso autor norteamericano Stephen King lanza su obra “Riding the bullet” (“Cabalgando la bala”) sólo en formato digital. Parecía el final de una guerra entre escritores partidarios y contrarios del libro electrónico, una batalla decisiva donde uno de los más prolíficos y buscados narradores del hemisferio occidental inclinaba la balanza del lado de los que querían democratizar el conocimiento. ¿Qué sucedió antes de eso, qué encuentros “armados” se dieron entre los bandos contrarios? Desde el surgimiento de la imprenta, la carrera por extender la lectura ha sido uno de los fenómenos más significativos en el campo cultural, de hecho amplió el horizonte de muchas lenguas al ser llevadas al papel o sea al pasar del sonido a la letra. Así, el español, el alemán, el italiano y el francés por sólo mencionar algunas iban del vulgo a las bellas artes, de la verbalizad al enrevesamiento de ideas y metáforas. Obviamente, también en aquel entonces hubo quien se opuso a la imprenta, esos estaban interesados en mantener una sola lengua culta: el latín, forma además de enclaustrar en abadías y monasterios las verdades o mentiras hasta entonces escritas.

En la historia de King, lo cotidiano se torna macabro hasta caer en un torbellino de ideas sobre el más allá, “Riding the bullet” se convirtió así en otro éxito y tuvo su versión cinematográfica. Hoy se pueden hallar muchas de estas obras disponibles en formato ebook o libro electrónico para ser consumidas en readers o dispositivos lectores, el camino desde el surgimiento de la imprenta hasta la publicación a través de portales web como “Amazon” atravesó casi los mismos escollos que los sufridos por los atormentados personajes de “Riding the bullet”. Esta vez, muchos autores no querían que sus derechos fuesen violados, que sus obras anduviesen por ahí “cabalgando la bala” sin que ello reportase ganancia monetaria. Porque los ebooks se pueden copiar muy fácilmente, incluso ahorran espacio en la casa, al no ser necesario el viejo estante de biblioteca (en un reader caben cientos de libros). Antes del salto, otro exitoso autor, el también norteamericano Ray Bradbury, había hecho una campaña durante buena parte de su vida contra el ebook, curiosa manía en un hombre autodidacta, quien tuvo que poner mucho empeño para publicar y que se ganaba la vida en su juventud vendiendo periódicos.

El hereje que encendió el primer petardo electrónico fue Michael Hart, un empresario y escritor que inició el Proyecto Gutenberg, cuando hizo una copia digital de la “Declaración de independencia” de los Estados Unidos, el 4 de julio de 1971. A partir de allí logra copiar cientos de libros de autores clásicos, desde Homero hasta Shakespeare y hace él mismo su propia obra como escritor sólo para consumo digital. En lo adelante, las compañías más poderosas en el mundo de la electrónica toman la delantera de la “impresión” en el nuevo tipo de tinta y se inicia la guerra entre los editores y los autores, unos por lanzar y vender más y más barato, otros porque se respetara, como sello de los viejos tiempos del libro de papel, el derecho de autor. Los ánimos se calmaron cuando la International Standard Book Number (ISBN) reconoce en 2002 los libros electrónicos como sujetos al llamado copyright o derecho sobre impresión, aún así siguió siendo muy fácil piratear un libro digital. El Premio Nóbel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa ha dicho que este nuevo formato hará disminuir la creatividad del autor, sin que sus argumentos sean muy convincentes ya que todo apunta no sólo hacia una mayor democracia del conocimiento sino a nuevas metáforas interactivas, hipertextualidad de las historias, rupturas y desasimientos en la poesía que sólo se hacen posibles gracias a la navegación de un link a otro, en fin: una revolución del lenguaje literario sólo comparable a cuando la imprenta llevó a los idiomas europeos a su mayoría de edad y aparecieron las grandes obras, hoy canonizadas pero en su momento iconoclastas por el nivel de uso de giros y temas.

“Cabalgando la bala” parece ser la frase metafórica con que se nos presenta el ebook, quizá un género que está por entregarnos a los Rabelais y los Cervantes de este siglo. En Cuba, país donde se hace difícil el acceso a la publicación en papel, quizás este formato electrónico tenga un gran futuro, ayudará a darnos a conocer a autores inéditos que esperaban en sus pueblos de provincia la dádiva de algún mecenas o la suerte de este o aquel premio. La extensión en nuestro país de los dispositivos lectores es pobre, sin embargo ha crecido el consumo de libros digitales sobre todo en las academias, donde resulta vital la actualización teórica. Aunque es mucho el camino que nos queda por delante, se sabe que en las Ferias del Libro de La Habana se coloca un stand con literatura electrónica accesible. La revista “Criterios” y el Centro que dirige el intelectual Desiderio Navarro han puesto recientemente 1000 y un textos ensayísticos a disposición de los estudiosos cubanos, material traducido al español y que procede de culturas tan distantes como las de Europa del Este.

Una editorial digital como el proyecto “Claustrofobias”, desde provincias, rompe la barrera del silencio cubano y da quizás el primer paso en una amplia democratización del saber y la creación. La bala ya cabalga en nuestra isla, pero con lentitud debida a la cara o escasa conectividad y la tardía llegada de dispositivos, además no somos inmunes a cierto conservadurismo que tiende a proteger el libro impreso. Pero no queda otra que montarnos sobre la bala, si queremos sobrevivir la balacera del nuevo siglo, un tiroteo de tinta electrónica donde el premio se lo lleva, como siempre, el talento creativo.

La luchita

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No coger lucha, dejar que sean los demás los que vayan a la cola del pan a clamar por la mala calidad de la harina o la carencia de levadura. No levantar mi voz para exigir lo mismo ni caer en la nimiedad de una queja que será solventada mediante mecanismos vencidos; tal es mi proceder cuando la realidad muestra las habituales carencias. Pero la mayoría de los cubanos sí cogen lucha, alzan su derecho, se montan en la bicicleta y montean su yuca, como buenos taínos, o se van a las empresas a emplazar una y mil veces a los directivos corruptos.
La lucha es el deporte nacional, se practica a través de enrevesadas técnicas de combate, desde el grito en una cola hasta pasarle por debajo un soborno a cualquier encargado, pareciera no haber reglas o que las reglas son tan duras que nadie las conoce ni las domina a derechas. Desde que abres los ojos estás delante de esa realidad que te pide sumarte a la lucha, ir hacia enconadas peleas en el transporte público y luego estar ocho horas de trabajo en centros donde conviven las más variopintas visiones: vencedores, derrotistas, nihilistas diletantes, bongoseros de la nada. Puedes pasarte el día sentado y sin hablar y, sin embargo, estar librando el más brutal de los combates.
La imagen más típica en estos tiempos es la del luchador, quien a diferencia de los yudocas o los profesionales del sumo, no tiene que mostrar gran musculatura o grosor corporal. La visión de este isleño es la de un señor de cierta edad, en bicicleta, con una lata con sancocho (comida para cerdos) o con cualquier alimento para él y su familia. Todo un poema que recorre las calles de cualquier pueblo cubano y que, casi siempre, asume la forma de algún pregón. Al final del día, el luchador no tiene casi nada, la mayor parte de las veces no le queda otra que volver al campo de batalla con o sin armas y sumarse a la improvisación, a lo cotidiano que se muestra impredecible, a una especie de histrionismo.
Cuba es una lucha perpetua, lucha por abrirse camino, por flotar, por hacerse de corcho y no perecer en el entuerto de la Historia y los bloqueos espirituales y del bolsillo. La lucha es la vida y viceversa. Pero en el temblor de lo tenso se pierden los años y el luchador envejece, pesan más en su bicicleta los plátanos maduros para el almuerzo que los conceptos, se difumina el horizonte de la victoria y el partido de lucha se hace interminable. El hombre en cambio se agota.
Hace algunos años era niño, no entendía de la lucha, pero intuí sus mecanismos y supe que o practicaba ese deporte o no vencería el torneo cubano. Un día salí junto a un amigo de mi padre y este comenzó a vender lo primero que tenía a la mano: una barra de dulce de guayaba y con aquel pregón salimos calle abajo y arriba, hasta que otro luchador vino y adquirió el producto. Hoy he sentido el impulso de luchar, de venderme, de vender lo que sea, pero no siempre se conocen las armas de la lucha, a veces uno no nace con los genes necesarios.
Descartes se queda corto ante la filosofía de cualquier luchador. Hace unas semanas, uno de ellos que vende chatarra en la feria me aconsejó que llenara mi refrigerador de comida y olvidara todo viso intelectual, que simplificara mis metas. Otro, quizás más académico, ha estudiado los proyectos de vida de los jóvenes y me aconseja los mismos recortes en una lógica que peca de neoliberal.
“No son tiempos de sueños, no está de moda la cultura”, me asegura un compositor local de música folclórica. Y en esa línea de no-pensamiento propia de la novela “1984” de George Orwell se sumergen quienes van hasta la bodega llamada “La estrella”, porque ya llegaron hasta allí los huevos. Curiosa metáfora que parece un chiste para cosmonautas de lo cotidiano, ascensión hacia el lejano limbo que nos introduce como campeones inconscientes del deporte nacional: la lucha. Ojalá algún día podamos descifrarle las reglas al juego.

(publicado originalmente en El Toque)

Crónica de una tarde escurridiza

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tarde en Remedios, la plaza siempre bella y apacible

Tarde ya en la tarde fui al Museo, la vitrina tenía una luz tenue que enviaba los reflejos hacia un papel de color ocre donde eran visibles las manos del artista, los borrones, el encuadernamiento de mil garabatos que quedaron en la marca, en el dibujo, en las proyecciones de una noche soñada. Un boceto de una obra de arte es como un cóctel molotov, puede incendiarte, hacer añicos tu razón y el concepto que te hagas sobre la vida. En Remedios, tierra donde se cuece la aventura de las parrandas, el arte es sólo para una noche y en ese efímero cuentan sólo los borrones, los proyectos del papel, las maravillas puestas a funcionar por obra y magia de los conjeturadores.
Muy tarde era, el Museo de las parrandas ya casi cerraba, los balaustres enviaron una sombra como condenatoria sobre mi rostro cuando me acerqué al papel expuesto. Un trabajo de plaza, una estructura lumínica de más de ochenta pies, estaba allí en ciernes y apenas esbozada en tinta y lápiz, en unas cuadrículas ilegibles. Mi padre prefirió dejar allí la forma de su ensueño antes de irse a dormir. “Monte de luz”, se titula la obra inédita, y los extranjeros y oriundos se detienen delante para preguntarse por las figuras que muestran a los dioses de un panteísmo irreverente, la gente no podría comprender qué hacen en el mismo sitio tantas verdades disímiles, tanto alarde de creación en un espacio que de pronto se empequeñece, se difumina, deja de ser.
Entonces miré a través de la verja principal, esa que divide el zaguán de la sala dentro del Museo, y me vi en pleno siglo XIX, me vi levantando un farol, o a la luz de otro farol de aceite con otras sombras que reflejaban otros seres. La mitología era evidente, tanto como pudiera imaginarla un remediano. Tierra de odios y querellas, de raíces que jalonan la existencia, de enamoramientos que perjudican y entablan una versión distinta de lo armónico, de lo artístico. San Juan de hijos que se van con el arte ensimismado y lo exponen durante una noche, la del 24 de diciembre, y luego sienten que pueden morirse en paz, que todo está hecho, que el mundo es mejor mundo. Abono fértil para mitómanos que narran las miles de historias que de falsearse se tornan ciertas, museo inmenso de la credulidad y de la inventiva. Mi padre nació y murió en Remedios, y antes de irse este año nos legó esta pieza única, este papel que lo muestra, que nos muestra, que te muestra, mi padre debió vencer innúmeras madrugadas de frío antes de escribir de su puño y letra la autoría de este festín.
Acudí con la cara incrédula de quien apenas rasga el papel, del pobre hombre joven que no cree ya en lo sobrenatural, fui hasta el proyecto colocado en la vitrina como el hijo del mago, el heredero sin herencia cierta. El orgullo llenó los vacíos y sentí que un espíritu estaba allí, que las parrandas eran como un mosaico de seres, de sombras, de proyecciones de un farol, sentí que un solo artista podía hacerlo todo o serlo todo. Me quedé con esa certeza, con la luz de un renuevo y de una consulta espiritual, pues pasado y presente estaban ahí para darme algo más que orgullo de hijo, fui hasta el lugar sacro como el descendiente de un dios o de las parrandas que tantos dioses paren. Huyendo a la luz de los artistas, vienen sombras de seres que se extienden desde cualquier farol del siglo XIX hasta hoy y que nos matan por dentro, nos llevan a la inmortalidad no decretada, al movimiento de las eras. Acudí al tiempo con cara de hombre que muere y a la salida yo era otro, el cementerio de obras de arte no carece de vida.
Un Museo de las parrandas encierra las máculas de un día de jolgorio, los papeles y las trazas, las ropas quemadas, los entuertos, la vida. Mi padre también estaba ahí, como agazapado detrás de la historia local, dejando su imagen de hombre culto en la medicina que extendió su brazo de artista hacia lo popular, lo carnavalesco. Porque las parrandas son eso, son remedios para Remedios, curas anuales que vienen para restañarnos la herida de villa con aspiraciones de ciudad, y mi padre estaba consciente de esa limitación, de ese rejuego de simbolismos. Sobre el papel del proyecto de trabajo de plaza está la lápida de cristal, y allí he visto reflejados los rostros de los miles de cubanos y foráneos que miran incrédulos las cascadas falsas, los ídolos, los paneles de luz, las imaginerías, lo mitomaniaco del acontecimiento.
Un proyecto de mi padre está en exposición permanente, lo fui a venerar con mi memoria en las manos, pensamientos de hombre joven que conmemora una infancia entre el olor a engrudo y madera cortada de las casas de trabajo. Recuerdo primero que viene junto a una carroza del año 1989 (nací en 1988), cuando me retrataron al lado de los leones de tema grecolatino que mi padre masilló con yeso y trozos de palo. Mil y un cuentos hay alrededor de esos remedianos empedernidos que fueron los parranderos de antaño, con sus salidas en medio de largas madrugadas a través de calles pantanosas y de barro colorado, de lloviznas que mancharon las banderas ahora expuestas como reliquias, de batallas absurdas y maravillosas entre dos bandos idénticos.
Remedios se queda detrás junto a mi padre, ambos están en el Museo, mi rostro sigue azotado por el sol ya muerto de la tarde, camino por una de las callejuelas mientras devaneo la contrapartida de esta crónica. Quise atrapar lo efímero, lo humano, el papel donde mi padre rasgó la última punta del lápiz, pero el tiempo nos aleja implacable desde su trono escarnecedor y recuerdo que las parrandas son una especie de reloj bullicioso y escondido, que quién sabe si suene a la vuelta de la esquina. Mi rostro queda en ese azote, en esa credulidad, en lo perplejo del culto rendido. Tarde en la tarde estuve junto a los restos de un sueño y no me quedan más que las hilachas de la grandeza o del momento que no fue. El culto ha terminado, Remedios está delante y quedan todavía muchas parrandas por celebrar.

La crisis de los marxistas

marxismo

foto Claudia Aguilera

Tarde de clases en la universidad, un sol tenue ralla el suelo del aula y el aburrimiento y la pesadez de los chicos se hacían evidentes y terribles. Uno de ellos, quizás entre los más brillantes, me ha increpado sobre la esencia de la asignatura que imparto: filosofía marxista. Si le doy la razón y digo que el comunismo es una utopía inalcanzable, se reirán, ellos son estudiantes de ciencias exactas y aplicadas, prácticas. En tal fórmula encarno algo así como un escritor de ciencia ficción que no escribe, o un mago que imparte alguna religión increíble pero obligatoria para todos los que cursen estudios superiores. La escena deviene común, hay quien impone su autoritarismo de profesor y pasa por encima de cuestionamientos muy humanos, otros eluden responder. Se deja en entredicho al marxismo, se entredice que es una ciencia en crisis o una seudociencia. Los alumnos se van a sus cuartos sin motivación, sin que medie la metamorfosis del conocimiento, el instante en que aprendemos algo inigualable.
Pero en mi caso me siento tentado a responder, a decirles la distancia entre el socialismo real y la teoría marxista clásica, a proclamarles el carácter humano de esta ciencia que intenta como visión del mundo llevarles el fuego de Prometeo. Ellos hacen como que entienden, miran hacia mí con caras de hombres y mujeres que mañana serán marxistas y tendrán una concepción dialéctica y materialista de la historia, pero al darse vuelta los veo coquetear con los fetiches del momento, los oigo decir de las bondades de irse del país, de su desánimo ante el estudio de cualquier asignatura. La crisis que nos acompaña no es del marxismo, sino de los marxistas, no es de la ciencia sino de los hombres que la hacen, la divulgan o la estudian. En otras palabras, me pareció imposible taladrarles en ese momento aquellas ideas poco sanas pero lógicas, sentí la impotencia de mi labor, lo fútil decirles acerca de las leyes de la dialéctica, de las categorías.
Uno de esos estudiantes es además heladero los fines de semana, revisa constantemente su celular, tiene más economía que el resto de los muchachos. Ahora mismo funge como una especie de dios entre las chicas, de fetiche. Para él, el liberalismo norteamericano, el mercado, encarnan los santos griales del ahora, él repite constantemente que el hombre es egoísta, que cada quien debe luchar por su vida. A este le he puesto el mote de “Rey de la Selva”, y ellos, los estudiantes, se ríen de mi ironía que no entienden a cabalidad. No obstante, no dejo de explicarles que el marxismo no es una historia sobre fantasmas, sino la articulación científica de verdades que ya nos acompañan, la anticipación espiritual del cambio que pide la historia.
Hay una gran distancia entre el hombre y el conocimiento de su lugar en el universo, lo postmoderno tiende a ser omnipresente y a romper estructuras, el fin de las ideologías es tentador para el estudiante que intenta estudiar menos, estar a tono con la ley del mínimo esfuerzo. Aquella tarde de categorías y explicaciones, entendí además que ellos, mis muchachos, no tienen culpa de que el programa soslaye siglos de pensamiento anterior al marxismo, la gran historia del hombre y sus preguntas universales: quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Ellos no deben pagar por las ineficacias de un catálogo que además de las deudas, se concibe casi con una única finalidad ideológica que no cognoscitiva.
El “Rey de la Selva” se destacó por su eficaz verborrea, esa que usa para conquistar a las chicas, hizo hincapié en lo ficcional de mi asignatura. Intenté decirles que no se puede creer a pie juntillos en un capital que te vende la imagen del triunfo, pero te escamotea todo triunfo real. La ideología no funciona mecánicamente, es duro decirle a un estudiante, cuya vida gira en torno a un teléfono inteligente, que detrás de ese aparato hay indecibles historias de explotación, de seres que trabajan hasta 16 horas diarias y son sustituidos como objetos. El concepto del trabajo alienado, el fetichismo de las relaciones monetario-mercantiles, el aparataje del sistema capitalista que oculta lo que Marx describió a partir de su análisis sobre Inglaterra, el país imperial por excelencia de fines del siglo XIX. Inútil, parecía todo inútil.
Toda verdad chocaba contra la pesadez de los chicos, contra el horario que ya se tornaba infernal por lo tardío y el silencio que invade la facultad cuando todos salen de pase hacia sus casas. Pensé en el precio de las motorinas, en el hacinamiento del tren de transporte obrero, en las roturas de guaguas, en los diez pesos que cuesta un camión particular desde la universidad hasta mi hogar en Remedios. Me vi atrapado por la duda, por el espíritu de ellos mis estudiantes, sentí la angustia del hombre real, no dije más sobre el fetichismo, el Rey de la Selva se reía, di la clase por terminada.

(publicado originalmente en El Toque)

El malestar de la ideologia

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No existe intelectual que no sea un ideólogo, separarnos de esa verdad nos lleva al simplismo y la inconsecuencia. Pensar, actuar en la vida política, no es sólo tarea de quienes dirigen – los llamados cuadros – sino que la esfera pública, la participación, pertenecen a lo social. Toda vida incluye múltiples criterios y el ejercicio de estos, pues el hombre idea modelos, comportamientos, rectitudes o dobleces mientras respira y ello lo lleva a definirse a través de determinados espacios.
La ideología siempre va a estar y no existe tesis que defienda a cabalidad su muerte, ya que se trata del entramado dinámico que está en constante interacción con los actores sociales de los diferentes espacios y esferas. Por tanto, proponer, como hemos visto en algunos medios emergentes, un mensaje desideologizado es por lo menos baladí, cuando no sospechoso. El malestar de la ideología está presente sobre todo en los que intentan hacer un periodismo sin banderas claras. Otros, desde sitios supuestamente definidos, no logran aprehender la esencia del movimiento ideológico cubano que va a la par con una transformación radical en la base de las fuerzas productivas.
Aperturar un sector con visos preclaros de pequeña y mediana propiedad, genera a nivel global enormes resonancias. Por ejemplo, el sistema salarial cubano – de por sí débil –, se resiente más en aquellos sectores imprescindibles que competen a la funcionalidad de instituciones estatales. Así se cambia un poco de liquidez y de dinamismo en la moneda nacional, por un daño humano que genera no poco escozor. Si un médico gana en un mes el jornal diario de un carretonero, se tendrá graves peligros en una de las conquistas mejores e inigualables del actual sistema. Podríamos hablar lo mismo en otras áreas de la producción espiritual y de los servicios a la población. Allí también estará el malestar de la ideología, moviéndose no a la par de decretos sino al ritmo de las relaciones de producción que definen al hombre real.
Robert McNamara, capitalista cien por cien y presidente del Banco Mundial, dijo en determinado momento que no se puede cambiar la naturaleza humana. Quizá se equivocó en parte, porque si algo está en constante movilidad es el espíritu del hombre, pero en lo que no falla el otrora Secretario de Defensa de los Estados Unidos es en el hecho de que todo movimiento ideológico demora lo que demora el traspaso económico y su interacción con las ideas predominantes. Pretender un periodismo que obvie la ideología no es sino asumir ya de facto un ideario que no conviene mostrar. La comunicación actúa sobre el entramado de manera ideológica, no como productora de ideas, sino como método eficaz de divulgación. De ahí que las grandes batallas las demos a través de medios de prensa más o menos dependientes de una ideología abierta, declarada o velada y que como hombres reales nos veamos inmersos en algo que resulta mucho mayor que nosotros mismos y nuestra información académica.
No se trata de adhesiones tipo Edad Media, ni de declaraciones de fe, pero sí de pensarnos mejor y con más honradez. Si sabemos que como ciudadanos con derechos nos pertenecen los espacios públicos (parques, calles, periódicos, emisoras), tenemos entonces delante la verdad ideológica de usarlos con responsabilidad. Nadie puede pararse en ningún estrado a decretarnos qué pensar, pero la historia y las relaciones predominantes generan esa presión, ese malestar evidente, al que nos debemos como intelectuales. De la interacción, de la lucha consciente y sagrada, salen las verdades que necesitamos para construir ese consenso siempre frágil en el campo cultural. La condición humana, las mentes, no varían en una jornada de trabajo, ni la utopía es alcanzable, pero esas rutas nos alumbran el camino a través del escabroso entramado sociedad-ideología. No se puede pretender que alguien maneje el proceso de forma exclusiva, ni que todos vayan a participar de maneras similares. Asumirnos como diversos será parte del reto que como cubanos tenemos que afrontar en esta isla cambiante que deberá clarificarse a sí misma qué quiere y hacia dónde enrumbarse, lo que en otras palabras no es otra cosa que la ideología predominante.
Decir que la prensa sin ideología existe o que tenemos una prensa totalmente ideologizada, son los extremos del ring del boxeo político donde no debemos caer los intelectuales que amamos la verdad y la escribimos o decimos con honradez martiana. La ideología siempre estará, pero también tendremos que estar nosotros, todos, para que el malestar no conduzca a malestares mayores.

El sonido de Trump

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Grosero, impresentable, agresivo en sus posiciones políticas hacia las minorías y las demás naciones del orbe, el flamante nuevo presidente de Estados Unidos Donald Trump promete convertir su mandato en un circo. La elección tiene mucho que ver con la caída de un sistema bipartidista que ya no representa las aspiraciones del pueblo, fue como si el voto por Trump funcionara a la manera de un escupitajo sobre el rostro de la política tradicional, una especie de sabotaje, de gesto irreverente.
Y es que tras dos mandatos demócratas que no mandaron, o sea que tuvieron que vérselas con el inmovilismo del sistema, el votante optó por los outsiders ya fueran a la izquierda (Bernie Sanders) o la derecha (Tump). Da la impresión de que la gente buscaba la ruptura, la experimentación, la salida de un túnel sin luz. Pero la jugada de los asesores de campaña supo aprovechar ese filón débil de la política tradicional, y presentaron un candidato que, amén de sus desafueros, no tenía vínculos anteriores con el sistema gubernamental, un ser pragmático, un hombre de negocios, o en otras palabras, el tipo que sabe manejar la economía y ponerlo todo en orden. Tal fue el mensaje de la campaña republicana, “Hacer a América grande otra vez”.
En tanto, Hilary Clinton, experta en política tradicional, vieja figura de uno de los clanes de su país, con un alto perfil como integrante del primer mandato de Obama; reunía todas las condiciones para el continuismo. Sí, palabra esta última que quizás no le haga mucha gracia a un votante que ha visto al Congreso de su país cerrarse por colapso, que oye constantemente que Estados Unidos pierde terreno como líder económico y hegemónico, un votante que debe pagar cada día más por una vida más cara. Aunque Obama tiene un legado positivo e intentó hacer más que sus antecesores, el peso del tradicionalismo lo persiguió como un fantasma y fagocitó todo intento ejecutivo por salirse del guión preestablecido. En definitiva, los políticos tradicionales están presos en su propia red, en su misma salsa, sin saber cómo solucionar el dominó bipartidista que ha cerrado el juego en una sociedad cada vez más diversa.
Agua al dominó, eso es lo que el votante echó cuando votaba por Donald Trump, pero cayeron en la trampa de los diseñadores de la campaña. El panorama vuelve a mostrar cuán endeble resulta la democracia frente a aparatos ocultos tras un supuesto sufragio universal y secreto, pues las maquinarias de la publicidad y lo invasivo de la vida política pueden llegar hasta los deseos y las pulsiones más ocultas. Lograr una impulsividad del voto y no la participación consciente es la meta de los asesores de campaña, directriz que se encamina de acuerdo con estudios que dictan hasta dónde decir y en qué momento decir. Sin dudas, el impresentable engañó con su imagen demasiado irreverente y grosera. Detrás de este perfil se encontraba una voz hábil que movía los hilos de un discurso amorfo e infantil en ocasiones, pero que iba a la fibra dura de ese votante dolido y de aquel otro que siempre vota por la derecha ya sea por tradición o por interés económico de clase.
Perdió el continuismo, pero se tendrá más de lo mismo. La implosión del bipartidismo tiene a Trump como una consecuencia negativa más, no como una solución. A pesar de que el electo diga que gobernará para todos, sabemos que su conciencia de clase se lo impide, en él tendremos el calco de los intereses más grandes de una potencia en declive, país que enarboló los más altos ideales del hombre y que ahora cancanea a la hora de defenderlos con cabalidad, tierra de libertades que corre el peligro de caer bajo la sombra de la más implacable dictadura del capricho. Trump es un problema para el mundo, pero lo es mucho más para los norteamericanos.
A Cuba le queda esperar, existe quien asegura que, dado el talante de hombre de negocios del nuevo presidente, las relaciones continuarán normalizándose. Pero hay que tomar nota del voto de la Florida a favor de la propuesta republicana, Estado de la Unión donde el tema cubano es medular. Aventurar una predicción sería ponernos sobre arenas movedizas, porque los votantes eligieron lo impredecible y ese será el signo de lo que en adelante acontezca en materia de política norteamericana. De todas formas, el trato de Trump, altanero y vulgar, no va muy bien con el reciente respeto mantenido entre la isla y la potencia del norte. Cualquier subida de tono, cualquier resquicio de arrogancia pudiera llevarnos al punto de no retorno.
Los Estados Unidos han elegido ser grandes de nuevo, en la frase se esconde cierto reconocimiento de pequeñez, de conciencia nacional herida. La implosión del sistema trajo estas tempestades, Trump es el sonido quizás de ese viejo Apparátchik que se cierne sobre un electorado en busca de una liberación mayor. Ojalá y resurjan en este remolino las verdades gigantescas de los Padres Fundadores.

El periodismo de izquierdas

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No imagino a Pablo de la Torriente pidiendo perdón o permiso por alguno de sus artículos, ni a Julius Fucik preocupado por la censura nazi mientras escribía su inmortal “Reportaje al pie de la horca”. El periodismo de izquierdas ha marcado el ritmo de las sociedades conservadoras, dándole a la Historia un giro sin retorno hacia la consecución de derechos mediante la lucha honesta contra la manipulación. No, no cabe en mi mente que Emilio Zola pensara en la sanción favorable o no de los poderosos, cuando publicó su famoso “Yo acuso”, sobre las infamias cometidas en el caso Dreyfus.
Hay quien piensa que la comunicación y su teoría son ciencias y prácticas que pertenecen al contexto capitalista, como si todo conocimiento humano no formara parte de un patrimonio común indispensable. Se aducen razones pueriles, como que se trata de mecanismos propios de las sociedades de consumo, que nuestra comunicación está por encima de eso puesto que por ley pertenece al pueblo. Razonamiento equivocado que intenta ver en lo legal una realidad ya hecha, cuando sabemos que cualquier cuestión social supera por mucho lo que sancionemos en la Carta Magna. Por otro lado, se ve al periodismo como un elemento a domeñar, siempre propenso a la dependencia, cuyo discurso deberá ser predecible o no ser. Se hace difícil entonces el periodismo de izquierdas y se cae en lo que he llamado eufemísticamente “comunicación institucional”, o sea aquella que sí responde a una verticalidad.
Varias personalidades han declarado la necesidad de tener entre nosotros algún medio que marque el ritmo nacional, yo creo que el medio pudiera estar en ciernes ya que contamos con excelentes profesionales. Pero la realidad pide a gritos una prensa capaz de pararse delante del “New York Times” y “cantarles las cuarenta”, sin pedir permiso ni mucho menos perdón. Hora es ya de que saltemos de las cuestiones domésticas puras como el hueco de la calle o la falta de levadura en el pan, para escribir buenos editoriales, reportajes reveladores, artículos que trasciendan. Una prensa de izquierdas debe ir delante, marcarnos el camino de la opinión, tener autonomía.
A veces pienso que todo ocurre por falta de información en los decisores, pero allí están la asesoría académica, los libros, los consejeros siempre prestos a ayudar, los periodistas que saben mejor que nadie qué está mal y cómo enmendar. Contamos con organizaciones gremiales, donde compañeros de alta valía levantan siempre su voz para narrarnos las mil y una vicisitudes y por desgracia las historias caen al vacío, entran en la cadena rutinaria de los congresos y devienen en chistes de redacción. No nos podemos cansar, pero nos cansamos, somos humanos. Otros sueñan, porque la vida es sueño y los sueños, sueños son, son esos soñadores quienes seguimos desde cualquier teclado empujando este carro de la historia (con minúsculas) hacia la izquierda, hacia el hombre, para el mejoramiento de un mundo polarizado entre fuerzas irreconciliables e inmerso en guerras que o terminan en un cero o se alargan infinitas. El periodismo de izquierdas es, ahora, más necesario y se nota más su ausencia.
Una comunicación institucional eficiente, como la que se pide, obviará aquello que no responda a las normas de la propaganda, evitará todo discurso plural que sea invasivo a la organización/institución representada, irá directo al grano en su intención de reflejar un solo punto de vista. Eso se distancia del mundo mejorado que queremos, evita la riqueza de la vida y se ciñe al guión de un poder. Construimos un consenso muy frágil e imprescindible para perderlo mediante prácticas torpes. Frágil porque deberá ser real, imprescindible porque pocos proyectos son tan icónicos como el nuestro. Entonces no vale la pena decir que tenemos la prensa que queremos, ni que todos queremos la prensa que necesitamos, pues hay entre nosotros no pocos prejuiciados. Mucho menos contamos con la prensa que nos merecemos, Cuba ha hecho mucho, ha dicho mucho, para callarse la boca o silenciar sus prensas. Este experimento en medio del Caribe sentará lugar por los siglos no sólo ante academias, sino ante otros modelos.
El silencio no sirve, tampoco sirve buscar justificaciones, no se asalta el cielo con pretextos sino con textos bien argumentados y asentados en la praxis humana. Del estigma o el resentimiento sólo sale un proyecto falseado, de la verdad y el debate obtenemos la humanización que busca la prensa de izquierdas. Pareciera que Hamlet levantara el cráneo otra vez para preguntarse si somos o no somos.

publicado originalmente en El Toque

El zigzag de la vieja Villa

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El movimiento de la ciudad es curvilíneo, circular, recto, Remedios se traslada como puede, mediante rústicas deformaciones de metal, ruedas cogidas con trozos de hierro fundido, manubrios arrancados de alguna cerca durante la media noche. Los bicitaxis llegan a más de doscientos en un poblado de pocos kilómetros de diámetro, toda la vida ocurre alrededor de ese medio de transporte, incluso he visto cómo una pareja de recién casados hace su recorrido nupcial montados en un bicitaxi.
La ciudad no halla una manera más lógica de acortarse, la gente paga diferentes tarifas por pasaje, pero por lo general giran sobre los diez pesos cubanos. La tracción humana incluye otras humanizaciones, por ejemplo, uno encuentra una variopinta cantidad de interlocutores que te entretienen el viaje. Entre los bicitaxistas se puede hacer un trazado de la condición humana, menciono por ejemplo a Pedro, quien tiene 39 años y cree en los extraterrestres, de hecho estuvo presente en varios avistamientos aquí, en la villa de San Juan de los Remedios y tiene anotados dichos sucesos en una libreta que siempre trae encima y que muestra al viajero de turno. Sus compañeros de trabajo se burlan de él, le dibujan marcianos cabezones en el cinc del techo del bicitaxi, de hecho Pedro se conoce en el gremio como “el extraterrestre”.
Es que en la actividad se unen el espíritu místico de la vieja ciudad con el ansia de supervivencia de algunos de sus hijos más típicos, por ejemplo Javier trabajó antes en la morgue del “Hospital Municipal 26 de Diciembre”. Según cuenta, él tenía una fijación con la muerte que no lo dejaba dormir, hasta que visitó a un siquiatra que lo convenció de enfrentarse a sus miedos. Así que aceptó una plaza vacante como asistente en la realización de los exámenes necrológicos. Tiene excelentes conocimientos de anatomía, y puede entretenerte todo el viaje a través de los vericuetos del cuerpo humano, los nervios, los tendones, las fases de descomposición. Ese necrofílico dejó de ejercer su oficio, pero nos cuenta que a veces en la noche no puede dormir, pues piensa en la muerte y teme que regresen sus miedos.
El transporte en bicitaxis se nutre de muchas cosas, pero sobre todo de ganas de luchar, las piezas que componen el medio de transporte no son fáciles de adquirir. A veces se roban de algún cercado puesto en la oscuridad de la noche, por ejemplo, las mallas y los tubos del terreno de pelota situado en los ejidos del sur de la ciudad desaparecieron de la noche a la mañana. Comprar un bicitaxi deviene una tarea imposible para la mayoría de quienes manejan este medio, casi siempre ellos son la mano de obra rentada. Los dueños descansan en la placidez de sus casas o se dedican a otro negocio. No obstante, según Yanco “del bicitaxi se vive, yo levanté mi casa y mantengo a mi familia, aunque sé los daños que en el futuro pueda sufrir mi salud”. Algunos órganos como la próstata, los riñones o huesos como la cadera y la columna enferman de forma irreversible, debido a lo incómodo de la postura y el esfuerzo humano. A pesar de todo, a este medio de transporte no se le expide licencia para que usen ningún tipo de motor. El tema de las multas y las prohibiciones siempre levanta ronchas en el sector, pues urge una humanización del servicio.
Entre las rutas más transitadas están la del parque hacia el hospital, así como a los repartos de los bloques de edificios, la salida a Caibarién y a Camajuaní, etc. Pero más allá de un medio de vida y de transporte, los bicitaxis conforman el skyline de Remedios, son el paisaje perenne. Algunos llevan pintado el escudo de la ciudad, otros ostentan una insignia del club de fútbol Real Madrid o el Barcelona. Parecen en la noche carruajes para carnavales, por la cantidad de luces y la música estridente (casi siempre reguetón), sin que importe a la hora que hacen el recorrido ni el barrio por donde pasen. “Es que a las tres de la mañana uno se siente muy solo en la calle y escuchar algún sonido te relaja y acompaña”, dice Yunior, un joven que ha estado trabajando intermitentemente como bicitaxista y pintor de casas.
Confieso que casi nunca me transporto de esa manera, prefiero por mucho caminar los pocos kilómetros que conforman a Remedios, además, disfruto cada esquina de la ciudad colonial y hallo encanto en ir a mi ritmo, sin los saltos y meneos del bicitaxi. Pero cuando me monto en alguno, no dejo de conversar. Como creo en el valor humano y en los oficios, manejar bicitaxis en Remedios no sólo es útil sino pintoresco. Una de las multas más originales que conocí se la impusieron a uno de estos bicitaxistas, por llevar un gavilán amarrado a los manubrios del vehículo. Si se va hasta la piquera donde están concentrados, lo mismo puede escucharse una jodedera con el Extraterrestre, que un toque de fotuto a algún marido cabreado.
La ciudad se mueve de esa manera que puede parecer bizarra, en círculos, rombos o zigzagueos, pero se mueve. El ritmo del vaivén y los saltos acompañan a Remedios, villa pequeña, pero inestable en sus maneras de vivir, agónica en su estilo de asumir una salida a la crisis del transporte y a toda crisis posible.