Deshielo

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Foto: Bernardo Salazar

Dicen los turistas que quieren ver a Cuba, a la chica virgen, antes de que caiga en el sofá del mercado y la desfloren las cocacolas, el sprite, los casinos, el turismo cosmopolita. Quieren tocarle los senos a la muchacha, antes que se mustien, quieren olerle las esencias a Centro Habana, al Cerro, al periódico Granma, a los congresos, a los cartelitos del CDR, al muro invisible que les recuerda tantos muros visibles en tantas partes.
Los turistas, muchos de ellos estadounidenses, hablan de deshielo y pienso en frigoríficos, en películas sobre el polo norte, en la nieve cayendo sobre Moscú que no creyó en lágrimas, en el frío de un cañaveral a las tres de la mañana en diciembre. Pienso en un trozo de hielo de esos que se usan para el ron, piedra cuadrada e inmensa que ruedan por las calles en tiempos de carnaval.
En esta fiesta somos los desflorados, los raros, los puros; nosotros que nos creíamos heterodoxos, dinámicos, vivos. Ahora resulta que nos colocan en la vitrina de la Historia y un viejito vestido con mil trapos color beige nos tira una sarta de fotos. El calor los lleva Centro Habana abajo, los derrite, les pone marcas de sol en la cara, uno los ve tomar agua de pomito, averiguar por tal o más cuál calle, mirar los mapas constantemente, uno los ve con los hijos y los nietos (desorientados muchachos que te miran como si no existieras, como si todo esto no fuese verdad y tú y tu vida estuvieran preconcebidos, montados a exprofeso, un tinglado, un escenario).
Uno siente que envejece ante la mirada de estos turistas, me salen arrugas, el pelo se me destiñe, soy más blanco de lo habitual; de repente uno de esos vendedores de maracas me confunde con extranjero e intenta meterme gato por liebre. Han pasado sólo segundos y ya se siente la cercanía de la muerte, como si vivir fuese una tarea cuestarriba en estas tierras raras, desprovistas, desoladas, baldías, yermas, llenas de una moda demodés.
Yo me doy por vencido una vez más, decido irme de la Habana, correr hasta mi cuarto en Remedios, tomar la Biblia, leer a Martí, a Lezama, saber que quizás me queda poco o que nunca tuve demasiado tiempo, que no es el momento ni el lugar, que los oasis no son para siempre, que ahogarse es normal sin que medie el mar ni el río.
Hay quien se ahoga en seco, como en aquel cuento de Virgilio Piñera, pero según los turistas yo me estoy ahogando en un trozo de deshielo, o sea que probablemente mi cadáver aparezca en los próximos carnavales, metido en un tanque de cerveza fría.
De cualquier forma resulta incómoda esta situación de vitrina, donde tú no encuentras el rostro humano ni el gesto amable, donde todo encanta mientras más se desluce, donde los edificios fantasmales y llenos de aditivos de mal gusto son el goce de los chicos de Canadá, de Inglaterra, de los viejos de Austria, de los españoles con sus risas sonantes y de los alemanes, que miran todo como quienes todo lo entienden o como quienes nada entienden.
En esta isla estrecha rodeada de tantos tiburones, no hay mucho sitio adonde ir, los refugios se tornan quimeras, uno los inventa, los recrea como si fuesen ciudades invisibles, uno juega con la idea de Marco Polo y el Gran Khan, con Italo Calvino, uno cree que quizás la idea de isla es solo eso, una idea, finita y moribunda, que detrás de esa isla hay continentes, monasterios, pasillos con olor a libros.
Uno quisiera que este deshielo no fuese tan público, tan espectacular, todos parecen buscar un palco o una sitio en la platea, hay quien se sienta delante del televisor para ver las cosas a distancia y tener la libertad de cambiar de canal o quitarle el volumen. Uno se siente derretido delante de todos, uno nota esta desnudez desprovista que nos asalta en medio del sueño, uno corre y busca esconderse, pero las cámaras salen raudas y uno ocupa las portadas de todos los periódicos o un pedacito en el álbum de viaje de algún sueco.
Uno quisiera borrar todo el escenario lo más rápido posible, pero el hielo tarda en desaparecer, es un asunto muy lucrativo esto de irse muriendo de a poco.

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La muerte que ríe

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Foto: Héctor Alejandro

En la mañana del 28 de diciembre del año 2000 yo tenía doce años aún, y mi padre era un soñador de esos que jamás se ponen de acuerdo con el mundo a menos que alguien o algo los tumbe a la fuerza. Vivíamos en Remedios, un pueblito colonial y aislado del centro de Cuba, donde cada año se hacen aún unos festivales llamados parrandas, de profunda raíz popular.
Regreso a aquel momento y me veo más enclenque que nunca, con unos pantaloncitos rojos, a punto de entrar en la adolescencia, un niño pletórico de fantasía en un hogar por momentos funcional, por momentos caótico, pero siempre en la cuerda de pervivir. Mi padre, pobre millonario lleno de estructuras novedosas, de proyectos de vida tan quiméricos como geniales. Mi madre una enfermera graduada en la década del ochenta, con los pies demasiado sobre la tierra.
Aquella mañana yo tenía 12 años, pero estaba a punto de conocer la muerte, no digo que no hubiese escuchado la palabra, incluso que la viera reflejada en los rostros de los actores de las películas.
Remedios es frío en diciembre, tanto, que la gente suele morir así de pronto, como si la muerte fuera una ráfaga de viento en una esquina, como si se tratase del otro rostro inevitable de caminar, ser, estar sentado en el sillín de tu bicicleta.
La muerte se me mostró así, con frío, en medio de las quimeras de mi padre y el pragmatismo de mi madre.
La muerte vino de pronto a la puerta, tac, tac “hola, soy la muerte, acabo de matar a Picadillo, el que toca la tambora del barrio de San Salvador en las parrandas”, ante mi gesto estupefacto, la esquelética dama sólo atinó a decir “es que era un hombre viejo, con problemas cardiacos, que otra expectativa tenía…”
Picadillo no era como mi padre, no intentaba ser un visionario de las parrandas, tampoco es que su pragmatismo con la vida lo atara demasiado. Más bien vivió en los términos medios, con el apasionamiento de los 24 de diciembre, bajo el fuego, con el frío, la sonrisa siempre en el rostro. Picadillo es mi primera imagen de la muerte, una imagen por cierto noble, pero que no deja de tener tintes burlescos y macabros, porque es una muerte que ríe.
La otra vez que vi la muerte así, a la tremenda, fue el 11 de septiembre del año 2001. Yo estaba en el Castillo del Morro, con una señora ya mayor, amiga de la familia. La noticia que llegaba era que una bomba atómica había destruido la ciudad de Nueva York. Claro, el atentado a las Torres Gemelas marcó el destino de toda la Humanidad, pero creo que en mi caso aquella imagen de la muerte tan masiva, monstruosa y hasta impersonal se pegó en mi mente como un nuevo karma, como una forma hipostasiada de otro ser, como la calcomanía que le faltaba a mis neuronas vírgenes.
Pero el dolor mayor, la punzada que me dejó sin aliento vino luego, cuando pensé que mi padre se me iba y que yo me iba con él; era en cuarto año de la carrera de periodismo. La muerte me reclamaba, quería que ya la acompañara, como si la vida fuese una quimera irrealizable, como si ya no quedara otro túnel que el definitivo, ese que conduce a la luz de los perdones y las voces.
Pensé irme muchas veces ya, en estos cortos 28 años, despedirme de este erial donde sólo hallo muestras de desaliento, y personas bellas perseguidas por la telaraña de mil porquerías.
He pensado partir, pero es ella, la muerte, quien tiene una personalidad propia, ella quien define, ella quien vive para siempre.
Yo sólo estoy prestado, sólo la conozco a medias.

Caturla vive

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Alejandro García Caturla, la caminata leve…

Me he repetido esa frase miles de veces, la digo frente al retrato del niño vestido como una niña a la usanza de la época, delante del piano carcomido y mudo que Él tocara por las tardes-noches. Los balaustres de la casona nunca fueron tan esquivos, tan misteriosos, porque apenas había un postigo abierto mientras Él ensayaba o componía, o simplemente mientras interpretaba una pieza del amigo Claudio, como acostumbraba a llamar al genio musical de Debussy.
“Caturla vive”, es como un ritornelo, una fuga rápida de espíritus, la casa que se sacude el tiempo, la familia que me saluda desde las habitaciones adormiladas, la fiesta de amigos donde el niño prodigio ya interpretaba piezas norteamericanas de moda, el rincón que le enseñó a amar con rebeldía y arrebato, porque el amante era para Él un arquetipo heroico que no entiende de valladar.
El ritornelo se torna duro, casi una fanfarria, cuando el joven da su primer beso y escribe la primera nota, hay en él un volcán de esencias que sólo calmará el impacto alevoso, la caminata leve y soleada a través del parque colonial. “Caturla vive” a pesar del asesino, sobrepasa al burlador, al vulgar, a las ansias malsanas. En el piano resuenan miles de réplicas de Él, ya la Berceuse Campesina es un amanecer habitual sobre los tejados de la villa, ya el campanario no sólo marca la hora de su muerte, sino la de sus renacimientos.
Poco importa que el pasado retuerza la memoria a la caza de entretelones que oculten el concierto, si Caturla supo conjurar la gloria del tambor y hallar el tejido de una justicia humana que mucho le costó, pero costó más a la cultura nacional. Vive sin dudas, porque no hubo ni una mentira en Él que tanto experimentó con el arte, pero respetó las esencias, las sinceridades, el decir la verdad. Un hombre sobrevive el disparo alevoso cuando logra que su olor quede impregnado en las paredes de su casa, en los papeles de su obra, un olor que conversa con nosotros y nos indica una ruta.
Alejandro G. Caturla fue así, de rutas ciertas. La República debió estarse a sus pies, pero él estuvo a los pies de la República. Y el pueblo que nunca se equivoca levantó el cadáver pequeño del hombre grande y así fueron juntos todos a llorarlo, porque no hay otro remedio ni salida más justa cuando falta la justicia. “Caturla vive”, decían todos camino al cementerio pequeño, donde yace ese ser sin mesura.
El siete de marzo es frío y gris, el mármol nunca parece tan noble, tan blanco y firme. A veces se escucha una banda de conciertos que pasa, otras, un orador, otras el pueblo marcha en silencio porque aún se pregunta por Él, todavía lo quieren allí en la casona, con las luces de la tarde sobre el piano ahora carcomido. La mudez de la música es quizás el trino mejor para un siete de marzo, día en que vino al mundo aquel héroe amante sin estatua ni altisonancias.
Caturla era pequeño y bello, enorme y profundo. La casona vieja atesora los mismos episodios, porque sospecho que en verdad el tiempo no transcurre, o al menos para Él. A veces un destello de la tarde se cuela por el postigo y cae sobre el piano. Olores a partituras recién escritas, a obra nueva y esencias, a trascendencia y justicia, olor a vida que atraviesa los agujeros del traje balaceado.
“Caturla vive”, el ritornelo sube y baja su tono alternado, el cuerpo pequeño descansa, el espíritu grande está aquí y ahora.

El 94 de la mala suerte

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Foto: Bernardo Salazar

En el 94 yo tenía cinco años y mi padre me llevaba de la mano al preescolar, las paredes del parque estaban marcadas por esa tristeza propia de los tiempos duros, grises ojos de lo bello ausente, bicicletas apenas móviles que iban no supe nunca adónde, naves que se rompen como deudas rapaces. La vocinglera prensa repetía lo mismo, con la tozudez que sólo poseen los tontos y los pícaros: período especial.
Hubo muchos términos incomprensibles para aquella mente preescolar, entre ellos Unión Soviética, Campo Socialista, PECUS, CAME, Gorbachov, crisis. Otras palabras las fui descubriendo a través de sabores, certezas al vuelo, inspecciones acuciosas, angustias, agobios de medianoche, dolores transitorios que parecieron eternos.
Yo comía un emparedado de yuca llamado tambor, una pizza también de la omnipresente y casi omnisciente yuca sin queso y sin puré, una barra de maní hipercara que deglutía como un obseso a las tres de la tarde y a la sombra, una seudopanatela de cumpleaños hecha con polvos de bicarbonato que me entalcaban las encías, un refresco endulzado a la fuerza cuyo sabor aún indago.
A veces, mientras comía, pensaba en mis padres, en su matrimonio casi a pique, en mi abuela siempre a punto de aparecer, en la palabra crisis que ya se mostraba esclarecida y al acecho. No podía aún pensar en mí como un ente sin futuro, pero ya sentí que el peso del tiempo lo determina todo y que en términos de dolor el vocablo periodo resultaba un eufemismo, un escamoteo, la voltereta del payaso, el llanto sonriente.
Apagones, esos sí que los tuve bien presentes, como sólo se odia lo que no existe, como sólo se anhela lo que debiera estar de hecho y por derecho.
Tampoco pensaba en la palabra matrimonio, pero ese otro dolor tomaba rostro, se metía debajo de la sábana, era como una cara obscena y destructiva, burlesca, familiar a pesar de lo repulsiva, inevitable porque vivió conmigo aún muchos años.
Poco a poco, la palabra periodo tomó otros significados, los sinónimos le daban la vuelta a mi habitación, tocaban el techo de la desmesura, eran vocablos gruñones e impacientes que no soportaban un escape ni un no por lógicos que fuesen.
Por su parte el adjetivo especial se desperdigó en un verano caluroso, lo vi caerse cuneta abajo junto a una goma de tractor, lo vi irse en un chapín por Caibarién a las tres de la mañana mientras le imploraba a la Virgen del Cobre, lo vi con cara de perdido y vendiendo helados de fresa en medio de un ciclón que azotó Remedios en pleno día, lo vi intentar la fuga y la tocata en un concierto de hasta luegos, adioses, vuelve, llámame, mándame, ayúdame, tú tienes mi dirección, ven de visita.
Al adjetivo especial sólo lo vi en fotos trucadas o que parecían trucadas, en fotos donde todo rutilaba más grande, más bello, menos apretado, menos atemporal, fotos donde sólo vi cosas especiales y no periodos, aunque los periodos sí estaban allí visibles y dolorosos. Lo distante es siempre una mitología que nos encanta y engaña.
Debí sortear la palabra matrimonio durante toda la primaria, los escalones que parecían moverse, la inestabilidad, mi delgadez extrema y blanca, aquel hospital y la promesa a San Lázaro con todos los sálvalo, que camine de nuevo, arreglemos la relación y vivamos sin pelear por el niño, para qué si eres como eres y esto no funciona. Matrimonio seguía invadiendo los umbrales de mi pubertad, su cara husmeaba las sábanas, sudaba las almohadas, bebía mi corto café con leche de la mañana.
Aún le temo más a matrimonio que a la muerte o el diablo, y eso que San Lázaro ha estado allí con sus muletas en medio de escaleras que se caen y discusiones y crisis (esa palabra); Lázaro que me dice volvamos, para qué separarnos, tengo miedo, no quiero compromiso, seamos amantes sólo eso, tengo 27 años y no quiero casarme.
Matrimonio dejó el mundo de las palabras hace tiempo, desbarrancó a Especial, obvió al inexistente Periodo, se alió al temible Juego, sí, nuevo vocablo cuyo significado dejó el inocente coto y tornóse seriote, tremebundo, determinante y sucio. A los quince años ya me jugaba todo, el diario hablar y el diario callar (ambos igual de inconsistentes); y cuando digo de aquella ruleta menciono certezas tristes, bicicletas devenidas bicitaxis sin destinos ni ganancias reales, próstatas dañadas, no es para ti, no reclames esto o aquello, compórtate, qué te pasa que no entras por el aro.
Derivé pronto en lo raro, lo derramado sobre el mantel limpio, lo absurdo demasiado lógico entre tanto absurdo habitual. A los 17 la edad militar remarcó ciertos miedos, enarcó mis cejas en un asombro estúpido y obvio que hasta hoy me acompaña, hoy cuando nada me sorprende porque sería un lujo casi mortal o por lo menos mortífero. Derivé en ese tonto, en ese tipito al que abusamos, míralo solo, qué lástima, y tú quién te crees, busquémosle la quinta pata, pobre.
Matrimonio miraba sonriente y orgulloso, gritaba como el primero, rompiendo como es su oficio, tajando los hilos ya gastados. Era un rostro sin definir, un traspié de la suerte, el camino que conducía al recinto selvático del silencio.
Y yo me hice selvático, porque mi otro nombre fue Lobo Solitario.
Al cabo de veinte años Periodo ya se volvió inasible, inexistente, Especial tornóse distante y provocativo, casi pornográfico.
Ahora he quedado aquí, escribiendo esta crónica, y todo parece más detenido, más infantil y precario. Es como si el 94 se extendiera a lo largo de décadas, un 94 interminable y eterno que trasciende mi vida, la mano de mi papá, el preescolar, los años de estudio y de trabajo. Maldito año en el que todo se detuvo, maldita imagen que se reitera en cada muro gris, ojos tristes, rostro de Matrimonio que me acecha. Míralo aún solo, los días son desolaciones en serie para él, dejemos que sea la noche definitiva quién lo defina, dejémoslo ahí en ese 94 de la mala suerte, niño de preescolar perenne, anhelo de tantas cosas, después de todo es sólo uno más.

Universos

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Foto:Bernardo Salazar

Viajo en yutón, los árboles pasan, las luces se alargan entre sombras detenidas, el frío de la guagua hace sudar los cristales. A través de llanuras, de penumbras, la autopista transcurre. He visto el mismo paisaje móvil miles de veces, el aire nocturno no puede colarse, pero siempre lo adivino oscuro, con olor a hierbas y rocío.
Los techos del pueblo ya aparecen en la visión de mi memoria, se acercan y alejan intermitentes. Comienzo a sospechar de los sueños, esas engañosas figuras capaces de llevarnos a lugares conocidos y mezclar la vida real con otras existencias posibles. Pero todo parece tan real, tangible, sensitivo. Casi pudiera robarme cada kilómetro que me acerca o aleja, mientras la noche sigue perenne.
Hay gente que sólo vive en los sueños, la conocemos allí y luego vagamos por esta vida a la caza de rostros.
El viaje en yutón se repite varias noches, luego desaparece por unos meses hasta retornar, siempre los mismos árboles, el pueblo que se aleja o acerca, los techos oscuros, el olor a hierba.
Ese es mi sueño eterno, como otros sueñan con las nubes o con sus madres o de cuando eran niños.
Curioso resulta que el viaje jamás termine, que los techos a veces parezcan al alcance de la mano o a mil millas de distancia. Igual es raro que lo recuerde todo, porque los sueños van dejando de vivir, como seres agónicos, poco a poco.
Cuento esto porque un amigo que pertenece a la vida real me dijo de su sueño, ese que se reitera infinitamente. Dice que suele perderse en medio de una parranda que ocurre en Remedios y a la vez en la sala de su apartamento, revisa su celular, llama a cuanto amigo conoce, pero todo parece tan vivo como muerto.
Los rostros que ve mi amigo en esa parranda a veces se repiten en la vida real, pero son otro engaño, se desvanecen, sus luces se alargan como en la autopista y fenecen de repente. Nada queda del sueño infinito, sólo la certeza de una reiteración. Curioso que todo se torne trunco, incompleto, abrupto.
Hablamos de ese mundo otro, onírico, cada vez que podemos, lo compartimos porque nos parece importante en alguna dimensión. La soledad de la guagua a las tres de la mañana y la desolación multitudinaria de aquella parranda tienen la misma melancolía, el común olor a noche y a hierbas.
Si escribo esta crónica es por una variación, una certeza que saltó inesperada, dice él que durante su último extravío parrandero llamó a mi celular, el sueño era monótono, bullicioso e impersonal, como otras tantas veces.
Nadie nunca espera que cosas así sucedan, porque los sueños suelen encerrarse en un coto antilógico, pero yo le respondí, dije que no tardaría en llegar, que iba llegando en una yutón.
Puede que tantas conversaciones al respecto hayan cruzado nuestros universos oníricos, no descarto que surja la lógica en alguno de los atisbos que nos mueven a soñar; pero la última vez que viajaba a través de la autopista sentí un olor más fuerte a hierba, también los techos se acercaban demasiado, incluso se oía una música estridente, cercana, real, eran las parrandas de mi amigo.

Antes del Fantasma

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Foto: Chuchi

He visto muchas veces esta casa, la vi desde el callejón, desde la calle de la mar, desde el techo de un vecino, he visto la casa desde el interior de la casa misma.
Recinto manjar, recinto vital, místico, abstracto.
La casa se ha vuelto un horno donde cuezo los sueños y las pesadillas, sueños de un pasado, pesadillas del ahora.
Así ha quedado, sólo veo la mugre y la mortandad.
La veo a distancia, sueño sus balaustradas, sus respiros.
Pero la casa ya no es casa y se diluye, se la llevan los mercachifles, la regalan los agoreros.
Sí, allí vivió Amelia Peláez. No fue remediana, pero lo fue, no vivió siempre allí, pero vivió siempre ahí.
Hubo un vitral, una luz, un caballete, una visión.
Ahora sólo me queda la visión, abstracta y tangible, cruda.
Así está la casita de Amelia en San Juan de los Remedios, obra de buenos sería soñarla de nuevo, que sus paredes no caigan, que su olor no fenezca, que su fantasma no venga.
Así quedó la casita, azotada por el tiempo, el hombre y el clima, pero más por el hombre.
Mejor no dejarla, mejor mostrarla ahora antes que no se pueda mostrar jamás, así está, hagamos porque esté, al menos eso.
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Otra vez Remedios

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Foto: Bernardo Salazar

Que quisiera irme ahora por la calle de la Bermeja y embarrarme de fango rojo, que añoro caminar entre vendutas de mangos o a través de silencios madrugadores, que recuerdo perfectamente aquel callejón fantasmal, brujero, negro, oscurantista.
Remedios, cómo han de rutilar tus agujas en las iglesias, tu paisaje verde que anilla las calles, tus techos medio caídos, las tejas con polvo, con tierra, con ratones y cucarachas ya legendarios.
Que quisiera dormirme en un portal en el frío de esas baldosas que tanto caminé, a pocas cuadras del parque que me crió, que me dio su seguridad, que me miraba ya severo ya risueño.
Que adivino el cambio definitivo y a veces quisiera retraerme, invitarme a un pasado que no existe como todo pasado.
Sí, todo eso, pero ya Remedios se torna una mancha que sustituyo a borrones, que dibujo a lápiz y torpemente.
Ya Remedios, la mía, se vuelve este dibujo y cuando vuelva el callejón será diferente y parecerá raro el sabor a mango y habrá demasiada luz en la calle Bermeja y el fango será un fango limpio.
Veré todo más perfecto, más actual, más nuevo.
El viejo seré yo.

Colgado de la noche

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Foto:Bernardo Salazar

La carretera está caída, cuelga en un pedazo de la noche, sus brazos son dos huecos pendientes de otro hueco. Yo sólo huelo el azar y apresuro el paso, miles de yutones salen rasantes, miles de aviones, los viajes son infinitos y salvajes, la gente no sabe adónde va mientras deja regados el pecho, el cerebro, todo su mucho o poco dinero.
Yo sólo miro la noche, mi noche que es como un detenimiento, esa noche que comenzó hace años y que no quiere irse. Noche estática sin luces, noche de carrusel ficticio, noche sin noches reales, oscuridad fluorescente que alumbra mis pasos por el parque de Remedios o por la calle Reina de La Habana. Teléfono descolgado que avisa de mi soledad, del silencio que sale de cada hueco en cada brazo colgante de este azar de sobrevida.
La carretera bien pudiera ser una interrogante o tener implícitas todas las respuestas, o ser una respuesta a una interrogante que nunca existió; todo parece al cabo posible, o todo parece imposible.
Al final lo mejor es no preguntarse y seguir, que los pasos queden uno a uno en el fango de la noche, en Remedios o en Reina.
Al final la lluvia es siempre ese duendecillo que sigue chillando.
He visto muchos rostros en la noche, el peor era el mío, yo con cara de interrogante, yo con cara de respuesta, yo sin saber nada, yo sabiendo todo. Yo siempre ese yo fluorescente, como una luz nocturna, como el alumbrado público deficiente.
Busqué muchas noches esa verdad, iba con sabor y olor a vino, mis pasos eran una corredera de miedos. Yo sólo puedo tambalearme cuando llega el momento de la búsqueda.
12736434_1033434246700177_154939300_nUn amigo dirá como siempre que me pierdo, otra dirá que no defino, que mi flecha se desfleca, que se desvía a propósito.
He gastado muchas noches esperando la tragedia definitiva, las tramé luego de tardes de vino, de alcoholes, las tramé debajo de un poste de luz, en la ciudad de la absoluta soledad, allá donde llueven chismes y el cuerpo y el alma desaparecen o nunca nacen.
Remedios bien pudiera ser Reina y viceversa. La soledad tiene ciclos y yo ya no tengo rostros para resistir, la soledad es la verdad misma, es el sabor a verdad que tanto enmascaré con el vino, con lo amargo, es lo dulce que molesta, la duro de vivir en ciclos.
La noche pende de la noche y esa noche pende de otra.
Yo pendo de todas las noches y sólo puedo ver el soplo de las yutones, de los aviones, de los viajes, de las cabezas olvidadas.
Yo sólo puedo olvidarme junto a las cabezas, recostar mi cabeza en el almohadón, verme florecer como una nube.
Sólo soy la antítesis sin tesis, el nacido sin nada.
Una nada nihilista que yo representaría así: 3(N).
Las noches sólo penden, a ellas qué les importo yo.

El pregón tostado y garapiñado

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Fotos: Yariel Valdés

-¡Vaya el maní tostado, tostadito el maní!

La frase va y viene con el bicitaxi y el hombre repite y repite y repite, hasta que se pierde calle abajo con la misma letanía.

-El problema del corazón anoche no me dejó dormir, pero hoy ando que soy un mulo.

Tito el Manisero es la figura omnipresente de San Juan de los Remedios. Posee la fuerza de un rezo popular. Hace unos años caminaba, ahora va en un vehículo donde aparece pintada la palabra maní en griego, polaco y danés (entre otros idiomas, lenguas muertas y dialectos poco o muy conocidos). Su día comienza en la noche de la madrugada, con el calor de los granos al horno y una filosofía invencible de trabajo. Antes vendía más barato, pero los precios de la materia prima y el esfuerzo físico dispararon las leyes de oferta y demanda.

-¡Con uno comen tres, papá, mamá y nené! (Así gritaba allá por el año 2000).

-¡A dos por uno el maní! (Así, alrededor del 2006).

-¡Tostado y garapiñado, vaya! (finalmente en la actualidad).

Pero el maní de Tito vale ese peso en oro, a pesar de la competencia de Mani Mani, otro gran vendedor de la Villa. Durante décadas, ambos maestros de las calles han prevalecido a inspecciones y altibajos de la demanda de su producto. Ya se habla de un pacto, de horarios repartidos, de días de descanso para uno y otro. En el mercado del pregón también existe el acuerdo, las transacciones.

Mani Mani es un viejito respetuoso que defiende su ciudad y vende los cucuruchos a dos pesos. Ahora mismo acaba de pasar, no sé cómo se llama realmente, ni de dónde viene. Aparenta noventa años. Quizás más. Prefiero decirle Mani Mani, porque así es su pregón.

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-¡El mani mani! (así, sin tilde en la i)

Dicen que era guagüero cuando joven.

-¡El rico maní tostado, el mani mani! (con tilde o sin tilde el sabor es igual).

Quizás en uno de sus viajes por Cuba, a bordo de aquellas guaguas camberras, conoció el secreto del mani mani, fórmula mágica, salvación que llegó con la vejez y el retiro. Tonalidad callejera.

La villa de San Juan de los Remedios,en el norte de Villa Clara, tiene su sello sonoro en esos pregones, que son más famosos entre la gente que la mismísima música de Alejandro García Caturla.

-¡Riiiiiiiiiquísimoooooooooo! ¡Y no cuesta ná!

Este otro grito anuncia la llegada de “Ricorrico”, que a diferencia de los demás no vende lo que pregona.

-¡Te lo compro, vaya!

-¡Tás loco! ¡Y yo con qué me quedo! ¡riiiicoooo!

Su riqueza nace en los bares de la ciudad desde temprano y se extiende hasta horas de la tarde por las calles más céntricas, donde la gente se mete con él mientras pasa.

-¡Viva San Salvador!

-¡No seas comemierda, que viva el Carmen! ¡Ayayay! ¡Y cómo vengo este año! ¡Riiiiiiiiiquísimoooooooooo! ¡Y no lo vendo!

Una vez conversé con “Ricorrico” y de veras me pareció un ser humano educado y muy inteligente. Su nombre me es desconocido, la historia imprimió en él otro sello sonoro remediano.

Una moda de los pregones de ahora es llevarlos grabados. En Remedios, el amigo Oscar Olivera compuso uno muy bello que dice:

-¡Llegó el criollo tu dulcero, con el rico dulce casero! Traigo el dulce de guayaba, el coquito y el maní, la rica crema de leche y mucho más para ti.

Una vez me asusté cuando vi que un tipo de Caibarién hablaba sin mover los labios ni un milímetro.

-La rica galleta de Placetas, vaya.

Su maestría como ventrílocuo se esfumó, al darme cuenta del uso de una grabadora vieja, de esas soviéticas, que sobreviven de milagro.

En las calles de Remedios se vende de todo y los pregones varían más que nunca en riqueza de lenguaje y originalidad. Los vendedores de dólares te hacen psssssss, cuando pasas. Otro aparece con cara de querer ofenderte y te dice bajito: “perro”, o sea uno de esos que comercian cachorros de clase. Si bajas por la calle principal los oyes: camiseticas, zapatillas de marca, relojes de pulsera, cintos, gafas para el sol, pantaletas nikes, “zapatos de Camajuaní buenos pal trapicheo”.

A las seis de la mañana empieza la andanada de panaderos, que ahora usan los pitos de los carteros. También esa señora que a cada paso dice:

-¡El pan, el pan, el pan, el pan…!

A veces les advierto a los vecinos, por joder, que yo pongo los panaderos para las seis como despertador.

Deberían grabar un disco con todas esas voces, para la posteridad. Quizás en algunos años no exista más el pregón,  de cabezas metidos en la era de tiendas online y de pasarelas electrónicas.

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(Publicado originalmente en Oncuba)