Caibarién bajo la maldición del diluvio

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“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.
El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.
Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.
Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.
“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.
“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

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Caibarién, ciudad liberada

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Caibarién no es una ciudad pequeña, tampoco es solamente una comarca de pescadores, mucho menos un sitio aislado en la geografía cubana. He vivido veintiocho años a siete kilómetros de ese lugar, trabajé como redactor reportero de prensa en su planta radial, me bañé en las aguas de sus playas, disfruté del ambiente tolerante de sus calles. Sí, la Villa Blanca pudiera ser la ciudad más desprejuiciada de Cuba y nada más por eso vale la pena que se le resalte, que se explique cómo allí se acepta lo diferente y se lucha por darle una validez al otro, por los derechos, por la Humanidad.
Hacia fines del siglo XIX fue surgiendo este asiento poblacional en el centro norte de la actual provincia de Villa Clara, dicen que la mezcla de personas provenientes de cualquier parte del país y del mundo gestó ese espíritu de apertura. Libertad en lo referente al sexo, libertad de estilos de vida, libertad plena. Caibarién cuenta con pasarelas (sus portales de lajas de piedra) por donde a diario se pasean hombres y mujeres de diferentes orientación sexual, sin que nadie ose atacarlos, mucho menos lanzarles ninguna procacidad verbal. La convivencia no sólo incluye la tolerancia, sino la felicidad, pues los habitantes de la Villa se mezclan como antaño sin que haya guetos para separar una comunidad de otra. En la planta radial de la ciudad, los reporteros hemos comentado sobre diferentes temas, incluyendo la diversidad sexual, y siempre encontramos aceptación, respeto, consejo y aliento de parte de los oyentes.
En mi caso, hice buenas amistades en todos aquellos años de bregar entre mi patria chica (San Juan de los Remedios) y la Villa Blanca, gentes que demostraron ser capaces de colocarse más allá de la diferencia y buscar ese núcleo que nos acerca, que nos integra como amantes de una misma causa: hacernos libres de todo prejuicio. Recuerdo el Festival de Radio, Cine y Televisión Santamareare que cada año se realiza en la villa, como un espacio más donde los debates iban y venían y la cultura se respiraba en medio de un panorama sin miedos, sin censuras innecesarias, pues todo era parte de esa sedimentación popular, de ese acervo de liberalismo. Remedios representó en mi infancia la belleza de lo colonial y lo mitológico, pero esa inmanencia, esa inmutabilidad (sitio escondido, ciudad fantasma), colocan al remediano en un estado de perplejidad frente al caibarienense. Hay quien dice que en ambas ciudades se beben aguas de diferente procedencia freática, hay quien busca como siempre en las genealogías familiares, pero frente al conservador Remedios se sitúa un Caibarién que llevó al Poder Popular Municipal a una delegada transexual, no porque fuese transexual sino porque se trataba de una persona con méritos suficientes.
Según José Antonio Patiño, caibarienense de 84 años de edad y amigo mío, la libertad que se respira en la Villa Blanca proviene de la bonanza de que gozó como puerto de cabotaje para el comercio del azúcar, llegándose a exportar hasta dos millones de sacos a través de los muelles situados cerca del centro de la ciudad. “Un estibador podía ganarse a la semana hasta quinientos pesos, lo cual era una fortuna, pero el cangrejero era botarate, no acumulaba capital, eso convirtió a Caibarién en una ciudad de mucho consumo, hizo florecer una cadena de medianos y pequeños comercios, quincallerías, tiendas”. Asegura también Patiño que aquella bonanza, aquel dinamismo, generaba una moral más abierta, “porque una sirvienta doméstica ganaba tan buen salario que podía pagarse la vida, sin seguir los dogmas machistas que eran predominantes en otros lugares del país”. Mi amigo pudiera llevar buena parte de razón, pues Caibarién continúa hoy como uno de los pueblos de mayor circulación de divisas producto de las remesas provenientes del extranjero, así como por la cercanía del polo turístico de la Cayería Norte. La emancipación económica conduce a formas liberadas de pensar.
Es una ciudad de rápido crecimiento urbanístico, de trazado regular de las calles, de prometedor futuro por su posición privilegiada frente al Canal de la Florida. Mientras otros pueblos quedaron detenidos, la Villa Blanca continúa su expansión a través de nuevos repartos donde reside el personal trabajador del turismo. La liberalidad de sus habitantes pudiera tener muchas causas, pero lo cierto es que se respira, está ahí desde que traspasas la entrada a la ciudad (custodiada por un enorme cangrejo de cemento). Curioso que a pesar de la mezcla de personas de diferentes lugares de Cuba, sí existe un sentido identitario, sí se desarrolla un amor rápido y sólido por ese salitre que penetra en los edificios y los carcome. El ataque a los dogmas y la falsa moral, el vivir un libre albedrío, incluso el reclamar derechos, están en el estamento duro de la ciudad. Así lo asegura el hecho de ser, durante el siglo XX, una de las urbes cubanas de mayor número de periódicos circulantes, donde se daban enconadas pugnas políticas. La oralidad popular también lo confirma en voz de mi amigo Patiño: “fíjate si aquí se rechazaba la mojigatería, que a un tipo llamado Fariñas lo cogieron para el bonche, por esperar toda su vida a una sola mujer, sin llegar nunca a nada con ella, de ahí en adelante la gente por joder te dice en la calle: ¡Compadre, no seas Fariñas!, para burlarse de aquella moral que en Caibarién nunca tuvo mucho asidero”.
Para Caibarién no hay tolerancia, sino convivencia normal y corriente, no hay escándalo moral, sino bonche, jodedera, lo que en el carnaval de otro pueblo conduce a una bronca allí sólo es motivo de algún que otro chiste burlón. Se la conoce como la ciudad de los apodos, por la gran cantidad de nombretes que describen la imaginación popular y la rica “fauna” de personajes que caminan por las calles. Están los culoepalos, los piojocosíos, los peocosíos, los pescuezoepollos, los bocaejaibas, los boquiviraos, y otro sinnúmero de términos que se heredan a través de las familias y que no constituyen una ofensa para quienes los ostentan. Hay una anécdota que cuenta cómo un recién llegado policía, muy correcto, comenzó a averiguar por el paradero de la familia de los “fondillos de madera” y nunca hubiera dado con ellos, de no ser porque alguien exclamó “¡Ah, tú dices los culoepalos!”
Los remedianos siempre critican la costumbre de los caibarienenses de tender las ropas en los portales, hasta allí llega el desprejuicio de los habitantes de la Villa Blanca: no les importa que vean un blúmer descosido o lleno de huecos, incluso en más de una ocasión he mirado que cuelgan la ropa sucia. Uno de los orgullos del caibarienense es ese, no tenerle miedo a su yo interior, a su ropa interior. El genial músico remediano Alejandro García Caturla, atacado en su tierra natal por su gusto sexual por las mujeres negras, hubo de buscar refugio en la vecina villa portuaria, más abierta a cualquier inclinación del sexo y a las enrevesadas partituras del artista. Todavía hoy, Remedios no le levanta un monumento a aquel genio universal, sólo hay una tarja en el sitio donde cayera asesinado, que la colocaron los caibarienenses.
Caibarién, según el chiste de un amigo mío, pudiera cambiar su nombre a Gaybarién, yo sé que allí no tendrían ningún problema en asumirlo. Ya en un documental reciente alguien la tituló como la Villa Rosa (donde el blanco tomó color). Sí, decir tolerancia sería quedarnos cortos, no medir lo disímil del lugar. Caibarién puede, más allá de cualquiera de los motes que le pongan, asumir la condición de ciudad liberada de los prejuicios de todos los tiempos, de precursora de una nueva mentalidad.

(publicado originalmente en El toque)

El dominó hablado de la mediocridad

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Todo buen mediocre que se respete sabe jugar dominó, aunque no todo el que sabe jugar buen dominó es un mediocre. La sentencia no aspira a lo categórico, pero intenta tomar un detalle inductivo para generar una propuesta más abierta, más ambiciosa si se quiere: ser mediocre es jugar al dominó y además, hablarlo, arreglarlo de antemano. Si hacemos suspensión de nuestro habitual estado de literalidad, tomamos al dominó como símbolo de lo social en todas sus partes y momentos y colocamos al mediocre en el centro, donde él es la medida de todas las cosas (de las que son en tanto son y de las que no son en tanto no son). A diferencia del hombre de espíritu, el mediocre sí actúa y habla de manera categórica a la vez que acusa de absolutistas a aquellos que dan una opinión racional y diferente, cuyas conveniencias no convienen.
El mediocre no juega ajedrez, porque le aburre y además es una pérdida de tiempo, sino que se apresura en botar las fichas gordas para aligerarse la carga, para que el trasfondo de lo que hace resulte menos expuesto, más efectivo. Socialmente (en algunos de esos momentos y partes que conforman el adverbio) el mediocre es un héroe, porque desbancó a otro gran mediocre (hay hasta escalas entre ellos) o quizás a causa de que suele dar la imagen de una brillantez que se queda en eso, en la pantalla. Todos son grandes proyeccionistas, sin aspirar jamás al papel de histriones, productores, guionistas o directores de cine. Películas por demás de baja catadura, propias de un valor epigonal con respecto al peor cine clásico.
En la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino, hay una secuencia que me llama la atención, esa que muestra a la plana mayor del régimen nazi reunida en un cine pequeño de París para ver un filme que únicamente enseña a un francotirador que dispara sin fallar jamás. El público expectante ríe ante cada enemigo balaceado, Hitler se complace ante esa cinta sin argumento, que además no contiene ningún viso cómico, la mediocridad del arte se completa con la mediocridad del público. Todos vinieron a ver una película que ya conocían, a jugar un dominó arreglado. El arte que surge por decreto se ha diluido de antemano y no vale la pena verlo. Por el contrario, hay otro arte que parte del orden y va hacia la burla, la desacralización. En “Las meninas”, Velázquez nos coloca a la Familia Real reflejada en un pequeño espejo y en un plano bastante invisible (casi críptico), mientras que el propio autor se coloca delante, pincel en mano, en una primerísima posición, haciendo valer su cualidad superior. El dominó se rompe a través de la pericia. En lo que debió ser una representación de la pompa monárquica, predecible, sin renuevos, hay una exaltación del papel del demiurgo. Ahora la risa sí está justificada y la representación sí tiene argumento. Pero se trata de una sonrisa, no de la risa despampanante, es una burla al estilo Samuel Becket, donde uno halla en la ruptura siempre motivos de regocijo, porque al final cada artista aspira a la tarea imposible de volver a empezarlo todo. No ocurre esto por trascendencia solamente, sino por necesidad de oponerse a lo predecible. El constante retorno a los temas mitológicos desde nuevas perspectivas, la creación de mitologías que suplan a las antiguas, la pura invención, son todas formas de no jugar el mismo dominó.
En “Esperando a Godot” Samuel Becket sólo nos deja una interrogante, llega a ser cruel con el espectador, pero vale la pena acudir al pequeño cine o teatro para admirarnos de cómo el maestro destruyó el dominó hablado mediante una parábola vacía. Uno ve a dos personajes a la espera de un tercero que “no viene hoy pero quizás venga mañana”, el tal Godot nunca se muestra ni sabemos nada de él, ni siquiera llegamos a interesarnos por su vida, de manera que podemos también sentarnos a esperar. A diferencia del filme del francotirador que van a ver los nazis, la falta de acción de “Esperando a Godot” y la impericia de los dos antihéroes que dialogan nos arman una metáfora, que no podemos desechar, que no debemos eludir. Becket inventó quizás con ello otro dominó, o jugó a lo impredecible-predecible, contradicción que es cara a los que piensan y odiable para los que detestan un gramo de esfuerzo intelectual.
El exceso de inacción de “Esperando a Godot” pudiera contrastar con otros absurdos donde desborda la más dramática sucesión de eventos, por ejemplo en el cortometraje de Arturo Infante llamado “Utopía” se presentan tres historias distópicas hilvanadas, una de estas (quizás la más reveladora) tiene como escenario una pelea entre bebedores de alcohol, disputa cuya causa es si existe o no el barroco latinoamericano. Los mediocres juegan un dominó que no nos parece falso, dado lo caótico de los tragos de ron y el lenguaje deshilachado en groserías a granel, sin embargo basta que aparezca la cuestión sobre el barroco para que se desate una ola de acciones que culminan en apuñalamientos (de lo cotidiano se pasa al absurdo y de allí al performance). Ello me recuerda el argumento de un cuento jamás escrito que le escuché formular alguna vez al escritor cubano Eduardo Heras León: un grupo de presidiarios reúnen todo el dinero mal habido que tienen para secuestrar al poeta Roberto Fernández Retamar, la causa estaría en una apuesta carcelaria que se basaba en criterios artísticos acerca de la entrevista que le hiciera dicho poeta a Jorge Luis Borges. Ambos dominós no sólo están condenados al arreglo, sino que muestran deliberadamente sus costuras, la mediocridad como performance, como paratexto que conforma una relectura de lo predecible, de lo poco elaborado, de lo elemental, representaciones que no por ingeniosas obvian el refrán de “la mona aunque se vista de seda, mona se queda.” La mediocridad que no juega el dominó a derechas, mucho menos podrá arreglárselas con un tratado-secuestro que incluya a Retamar en plenos pasillos de la Casa de las Américas. Si en “Esperando a Godot” la inacción conformaba el todo, en “Utopía” y en el cuento no escrito de Heras hay una acción excesiva que evidencia el ridículo de conformar la nada. La mediocridad funciona en ambos sistemas, ya que su esencia es no funcionar jamás.
Otra manera de romper el dominó hablado es dándole la oportunidad a los propios jugadores (los mediocres) a que lo hagan. Por ejemplo, Ai Weiwei tiene como artista una visión donde la ruptura está al final del túnel creativo como condición sine qua non, son los destructores del arte quienes culminan el mensaje, son esos que rompen los primeros y más importantes consumidores y a la vez el termómetro filosófico del autor. Ai Weiwei es consciente del mecanismo y constantemente juega con la semiótica del jugador, como una historia dentro de otra (estilo propio de lo chino como cultura). Para el artista no importa la trascendencia (o eso da a entender) sino el momento efímero donde obliga a los mediocres a salirse de su papel predecible y a romper los dominós. De hecho, la cultura oriental a la que se debe Weiwei, es pródiga en esas muertes falsas, en esos nacimientos encubiertos. En esas instalaciones el destructor se hace una especie de harakiri, pues se muestra en su esencia al quererse ocultar.
Si todo acto creativo occidental apela a construir como principio, en el orientalismo la parábola se desarrolla muchas veces a la inversa. No obstante, el dominó es un juego que tiene sus raíces en Asia y que también funciona como metáfora de lo que se arma y desarma, que lo mismo puede ser un ente predecible que no serlo. De pasatiempo se va a metáfora del azar, de actividad sin sentido cobra todos los sentidos imaginables. Pero para el mediocre siempre será más fácil la orilla opuesta, que niega los orígenes del juego, que elimina toda historicidad, toda genealogía. La tábula rasa es un sus manos una tabla que mide e impone su medida. Las piernas cortas sólo dan para eso, para andar el mismo camino. Todo esfuerzo original irá contra ese falso dominó, deberá desgastar los rieles de esa historia breve y vertebrarse en alternativa. Desde la acción, desde la inacción, desde el detenimiento o el exceso, se buscará la ruptura del augur.

Hambre de periodismo

Oficio marginal, pretendido elitismo, bazofia salarial, múltiples lecturas, saber de último minuto, todas son calificaciones que caen en el ruedo del periodismo. Una carrera de la que malviven brillantes e ineptos en su camino al sueño o al hueco. Siempre habrá quien quiera estudiarla, y quien quiera ejercerla sin estudios. En todos los casos, el periodismo da hambre, no digo sed porque el agua es lo mínimo que aún se brinda (a veces) de manera gratuita, en este mundo donde todo cuesta un ojo de la cara (según el viejo talión, ojo por ojo, diente por diente). O donde todo cuesta que te rompan la cara o perder la cara (entendida ahora como sinécdoque de vergüenza).
El periodismo surge como una necesidad de expresión vinculada a la lucha ideológica y por ende a la manipulación de unos hombres sobre otros. Cuando el traspaso de manuscritos y de copias comenzó a resultar trabajoso, se hizo evidente la inminencia de un medio de difusión más rápido, concreto en su mensaje, directo en su estilo. Los dueños del poder o quienes pretendían serlo le hablaban a toda la sociedad, difundían sus ideas ilustradas o no, fuertes o no, predominantes o no. Sólo la historia se encargó de dirimir qué mensajes quedaron como reflejo de una conciencia del tiempo, así podemos estudiar a través de la prensa cómo los diferentes factores sociales se disputaban el poder a través de enconados debates, pugnas retóricas. Dicha concepción doctrinaria e instrumental del oficio convertía al redactor en un intermediario, en una ficha que daba a conocer lo que el dueño o pretendido dueño pensaba. De ahí que el periodismo, a diferencia de la literatura, sea un hijo bastardo de la creatividad pues no responde directamente al intelecto pensante, sino a la ideología que resulta ganadora o perdedora en los forcejeos históricos. Visto de esa forma, los periodistas que saltan hacia un peldaño literario y pueden sustentarlo representan esa parte del gremio que es una excepción, pasan al libro de récord y a la academia como gurúes. Pero la generalidad de los redactores es ideología (y se debe a ella), sin perder de vista que cualquier intelectual genera ideología, sin ser un propagandista.
No extraña entonces que le paguen mal al periodista, pues su oficio (y hago hincapié en la palabra) también genera un ejército de parados que esperan frente a las puertas de las redacciones, dispuestos a ser los voceros de este o aquel. A diferencia de los profesionales que pueden llegar a altos niveles de especificidad dentro de cada parcela, la especialización del periodista apenas roza las herramientas críticas elementales. Cada opinión en los diarios y revistas vale lo que vale lo efímero, cada autor vale lo que vale la efectividad inmediata de lo que dijo, cada medio vale en tanto tiene un mecenazgo que paga las imprentas, el papel, la tinta, la distribución. Así, los valores de la prensa liberal y objetiva, al servicio de la moral pública, se transforman (o siempre fueron) en retórica. Prima la ley del mercado. La información, como expresividad del poder concentrado, se dosifica y trata de acuerdo con lo que el dueño quiere. No ha habido sistema donde no se cumpla lo antes dicho, como que no ha habido periodista que no haya soñado con una libertad de imprenta plena y real. El redactor y lo que escribe están sujetos a leyes de valores propias de la especulación económica y la hegemonía ideológica, poco margen queda para soñar no ya con decir lo que se piensa sino con decirlo bien, bellamente, o sea de acuerdo con un legado y una originalidad.
Nuestro periodismo es además aburrido, nadie sabe por qué lo quieren así, mucho menos cuando las tecnologías dan paso cada vez mayor a formas de decir amenas, dinámicas, bien argumentadas (aunque el argumento sea falso). Una visión hegemonista total de la prensa es impensable en un mundo hiperconectado, este a mi entender es el quid sobre el que descansa el problema de nuestra prensa. Se sabe que no funciona como elemento ideológico persuasivo, pero se cree (ingenuamente) que la población no tiene otro medio a su alcance y por tanto se asegura la hegemonía. Esta forma de entendernos como sistema comunicativo deberá mirar más hacia el mundo y hacia el futuro y menos hacia adentro y hacia el pasado. Los conglomerados mediáticos no han renunciado a la total hegemonía mundial, de hecho resulta preocupante que el grueso de la prensa global lo maneje un grupo minúsculo de potentados accionistas. Así, la máscara del liberalismo se cae ante el manejo evidente de las cabezas pensantes y la instauración de estados de conciencia artificiales. Pero incluso ellos, que llevan la delantera en eso de instaurar un dominio de la mente, saben que está en la naturaleza humana el nadar contracorriente y que siempre habrá fuerzas de resistencia. Cuba no pude ir a esa batalla (especie de Gran Guerra de 1914) con arco y flecha.
Sí, son pobres nuestras opiniones, pobres las columnas, pobres los reportajes y las fotos, pobres los enfoques, pobres los periodistas. Debo la hechura de esta reflexión a la conjunción de un salario de periodista, una cita de la palabra hambre consultada en la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones con colegas del gremio. Si la frase parece borgeana, la realidad no es menos alienante. Nuestras crónicas parecen ciegas (con perdón de los ciegos) y esas páginas culturales apenas recogen eventos sin dejarnos un cariz crítico, al menos apesadumbrado, de una vida no dinámica, de un acontecer que pide a gritos la vitalidad de una pluma sagaz y no a la saga.
Leo habitualmente varios periódicos, provinciales y nacionales, y no hallo sino resúmenes de lo mismo, o reiteraciones de sucesos que ya tienen varios días de finiquitados. Rara vez encuentro un análisis sobre cuestiones específicas que se salga del razonamiento predecible en la línea malo-bueno, ello cuando sabemos de cuántas herramientas se puede servir un columnista para abordar diferentes temas. Si alguien cree con sinceridad que eso es la prensa, mejor será estudiar la mente de ese alguien, creo que como ejercicio académico resultaría revelador. Para el joven que recién llega a la redacción, dicho detenimiento no es para nada atractivo, mucho menos cuando se enfrenta a una filosofía de trabajo que más allá de lo creativo propugna el acoplamiento al ritmo del medio, ritmo por demás que es uno de los factores que contribuyen a la debacle de la prensa pues le resta su inmediatez.
Los periodistas no viven la noticia, ni siquiera pueden formularse la quimérica apreciación de que tendrán en sus manos el gran tema para el gran reportaje de sus vidas. No pensemos entonces en los matices que introdujo el Nuevo Periodismo norteamericano del redactor que crece hasta convertirse en una máquina pensante y creativa, de la planta cuya finalidad como árbol es una obra literaria. Truman Capote jamás hubiera escrito “A sangre fría”, porque su sangre como reportero estaría siempre lo suficiente fría, o sea detenida en los informes diarios. En Cuba hacemos una especie de lo que yo llamaría periodismo burocrático, donde ya desde la sala de prensa se saben los resultados de las investigaciones y el enfoque, el estilo e incluso el impacto en las los diferentes públicos. El redactor ya arma a priori una realidad antes de confrontarla y va directo a las fuentes que confirman esa realidad.
Revertir ese modus operandi no sólo requiere de un acercamiento mayor desde la gestión logística (el necesario mecenazgo), sino repensar desde la academia cómo asumimos sin prejuicios el fenómeno de la comunicación con los riesgos y beneficios que ello conlleva (para todas las partes implicadas). Pero sin dudas no se puede presumir de periodismo, cuando carecemos precisamente de eso. No sólo se requiere un marco legal que normalice las maneras de interacción entre la comunicación y la sociedad, sino que se vuelve vital una articulación del modelo que proteja a ambos actuantes de los errores (a veces inevitables) y horrores (siempre evitables), que apisonan (aprisionan) el camino del periodista. Al interior de las instituciones o medios de prensa también deberá implementarse un mecanismo otro de relacionarse con la verdad y las fuentes, acercamientos no sólo más reales en términos de noticia, sino dinámicos en el aspecto propio del ritmo de trabajo. Por sólo abordar uno de los peores males que aquejan a los medios, existe algo llamado sectorialismo o sea periodistas consagrados a seguir exclusivamente la agenda burocrática de organismos ya sean estatales, políticos o de la sociedad civil, tarea esta última que es la base de un reporterismo machacón y capaz de colocar en primera plana el más aburrido de los balances empresariales. Más que un llamado, una consigna, ese cambio en nuestro sistema de comunicación va unido por necesidad a la transformación de las mentes que construyen el consenso social. O sea, es una cuestión de quién protagoniza los cambios: la burrocracia o el intelectual capaz y comprometido, la tozudez o el ingenio.
Sentir hambre de periodismo es un buen síntoma y quizás la mejor oportunidad para generar la hegemonía revolucionaria (democrática en su esencia). La seriedad de debatir estas esencias dependerá del nivel de tolerancia y protagonismo que en el núcleo duro del consenso exista hacia lo nuevo, nuevo que por demás en el mundo no es nada nuevo y ahí caemos quizás en la peor de las debilidades: andar a la saga. No puede temerse a la transformación, ni a equivocarnos, mejor es prevenirnos de no hacer nada. Una idea, aún fuera de enfoque o poco bien formulada o irrealizable, es parte del patrimonio breve o laxo de que disponemos como constructores de la verdad diaria. Si queremos una sociedad funcional, para nuestros hijos y nietos, empecemos por plantearla y no veo mejor forma que utilizar el espacio público (los medios) para ese cambio. De lo contrario se pone en peligro el consenso y surgen los espejismos de la ideología, cuando como forma de la conciencia no va acompañada del pensamiento filosófico sobre lo real en movimiento, la sociedad tal y como la vivimos.
En la Grecia fue el ágora, en Cuba el modelo de la transparencia. Ver fantasmas o fabricarlos, aparte de no convenir a la polis y beneficiar una aristoi sólo conlleva a retardar nuestra incorporación al mundo, no con el arco y la flecha, sino con los medios de comunicación que un talento genuino sí puede mover. Otro enfoque de lo que dije sería igual de válido, siempre que sea abierto y no asuma el ropaje de un sistema de pensamiento, con supuestos acéfalos. Aunque intuyo que la motivación borgeana (un salario, la consulta a la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones) traerá similares devaneos de sesos.

Nuestro hombre mediocre

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Inicio esta escritura recordando dos grandes obras de dos grandes obradores, “El hombre mediocre” del argentino José Ingenieros y “Nuestro hombre en la Habana” del inglés Graham Greene, la fusión de ambos títulos servirá para confabular el ente protagonista de estos tiempos, nuestro hombre mediocre. Sí, en la actual etapa poco sentido tiene creer en los relatos teleológicos donde esté la cúspide del happy end, a no ser que se asuma la inversión del sistema de pensamiento de Nietzche y en lugar del superhombre, tengamos a Zaratustra predicando el subhombre.
En las mediocracias, los hombres de genio fenecen en los anaqueles de sus casas o mueren de tristeza por las calles, mientras penden las cruces de los pechos de los ineptos y adaptados. Según Ingenieros, esta manera de concebir la sociedad es cíclica y cuando se manifiesta se desata el reloj del tonto pícaro que hasta entonces estuvo relegado a su justo puesto, llega la hora, está el momento, se genera la oportunidad. Los genios se mantienen como bombas desactivadas, los ingeniosos apenas buscan para comer, cualquier atisbo de rareza se castiga con el ostracismo o la lapidación inmediata. Nuestro hombre mediocre, ya sea o no el de Ingenieros, no tiene la capacidad de inventarse nada, el mundo para él es perfecto tal y como existe.
En “Nuestro hombre en la Habana”, Graham Greene narra las peripecias de un contratado espía británico al servicio de su Majestad, dicho agente inventaba informes sobre armas secretas de la Guerra Fría que el enemigo estaría fraguando en la tórrida y campechana Cuba. El lío del asunto está en que los supuestos informes son simples descripciones de aspiradoras, lavadoras y otros artículos del hogar. Sin embargo, en Londres se toman muy en serio tales esquelas y hasta le dan al autor una categoría de sujeto imprescindible, de pieza de juego en el ajedrez del poder mundial. La versión cinematográfica de la novela acontece en la Habana del último mandato de Fulgencio Batista, y el contexto revolucionario queda relegado a un plano parecido al del bufón Yorick de Hamlet, to be or not to be, plano donde sólo falta que alguien levante el cráneo filosófico y se pregunte qué será de ese sol que cae contra los portales y el balconaje habanero, qué sucederá los próximos cincuenta años en esa isla que a Greene le pareció exótica e inusual para colocarle un espía inglés. Es precisamente a inicios de dicha cinta, a través de esos portales, cuando un grupo de músicos populares ambulantes persigue al correcto e impecable agente mientras cantan: “¿dónde vas, Domitila, dónde vas, con mantón de Manila?”, la tonada es la versión tropical de quo vadis latino, la docta ignorantia cartesiana de un pueblo. El hombre en la Habana no se pregunta nada de eso, para él sólo existe el salario de agente secreto y su negocio de vender aspiradoras, en cierta medida él es también otro criollo despreocupado sólo que no sabe cantar, de alguna manera encarna la indiferencia y valida la estupidez de quienes en Londres son incapaces de discernir entre una bomba y un inodoro. La mayor aspiración del sistema mundial en ese entonces era una aspiradora y sus peligrosos secretos, mientras que en Cuba un posicionado de la mediocracia de la Guerra Fría vivía holgadamente a costa del miedo y la ignorancia de Londres. Toda brillantez se reduce al absurdo, todo tinte revolucionario no sólo queda caricaturizado, sino que Cuba misma se trastoca en ambiente inverosímil para una novela de ese tipo, que del espionaje político y armamentístico pasa al espionaje del alma del hombre mediocre.
Contrario a lo que suele creerse, en las mediocracias no se sufre, ni aún sufren los idealistas ya que estos abandonan el ideal y asumen la transposición (transustanciación) hacia lo mediocre como condición sine qua non. En la novela de Greene se está en medio de una alegoría a la mediocracia, en tanto se enarbola lo común como genial, lo simple como insólito, lo cotidiano como peligroso, la novela como una simple delación de chismes sin importancia acerca del manejo del polvo casero. No se ve que nadie sufra, ni aún en la versión para cine, donde apenas en una escena un reprimido oponente a Batista es arrastrado con premura fuera del alcance de la cámara. Lezama nunca podría haber sido espía, porque sufrió la caída del ideal. En cambio, los cambiacasacas devenidos en sastres del lenguaje sí flotan en la mediocracia. Más que una idea, el ideal significa sostener un principio, en tal sentido es voluntad de uno mismo. La visión distinta, secreta y profunda del gobierno de la ciudad en Lezama sólo reinó agónica a través de las páginas autopagadas de la revista Orígenes, que como alguien dijera sólo leyeron cuatro afortunados gatos. Increíblemente en la Habana de Graham Greene ya había una publicación que entendía y solucionaba a cabalidad la alegoría al miedo y el poder de la aludida novela. Si Lezama se topaba entonces con el inglés, el argumento se caía en sí mismo y los portales y el balconaje de sol tomaban no la dimensión de unos músicos asediantes sino la belleza de otra nueva Grecia.
Era evidente que nuestro hombre mediocre no podía publicar en Orígenes, ni siquiera en el resto de las revistas que desde lo Light inventaban una cultura de masas cubanoamericana (o tempora, o mores!), preludio de lo cubanoamericano tan llevado y traído en los posteriores cincuenta años. En Graham Greene, el hombre mediocre gris es británico-cubano, y a veces parece que se va a cubanizar de una vez o que nunca se va a cubanizar, tanta es la confusión que un hombre masa puede generar. En la novela el culto a lo masivo no sólo subyace en el culto a los artículos del hogar, sino en la llegada a Cuba (isla algo así como tahitiana en la mente de un inglés) de la Guerra Fría, de los conceptos enarbolados por un Churchill acerca del telón de acero y la inminencia de luchar contra el nuevo enemigo global. Lo global, en opuesto a lo insular, intenta de tal manera borrar lo cubano y nos impone un híbrido. Miami ha sido en todos estos años tal mezcla, como lo intenta ser a su vez la Habana. Ambas metrópolis, desde orillas ideológicas contrapuestas, han elevado al hombre mediocre global y el punto común que lo demuestra es el reguetón (el baile es lo compartido por la tribu), donde los patrimonios se unen en una sola aspiración humana. Greene obvió o no previó que lo cubanoamericano, el trasfondo de ese idilio tahitiano (no a lo Gauguin por cierto), sería el espionaje perfecto y peor aún que vendría medio siglo donde no sólo las aspiradoras, sino cualquier artefacto cubano resultaría raro y peligroso. El hombre en la Habana no resistiría ni un minuto de los transcurridos durante la Crisis de los Misiles, ni entendería que los músicos asediantes (Tres Tristes Tigres) integraban el mismo paisaje espartano y rumbantero, estoico y jodedor.
Era la época del Chori, espectacular tocador de bongó, de Fredy la Estrella, de los shows de Tropicana cuando todavía no eran un lugar común. Un James Bond usaría tales espacios para averiguar las verdaderas conspiraciones, pero Greene prefirió cualquier balconaje de la Habana Vieja que por cierto era tan miserable desde entonces como desde ahora, con sus desvencijados hierros y su folclore multiétnico. En las tocaderas de bongó del Chori estaba Cuba, pero no la caricatura que interesaba al escritor, la isla de por sí ya era caricaturesca, pero hubo que hundirla más en el fango de lo inverosímil. Kafka cogería una insolación que le quemaría las alas de cucaracha y Proust perdería todo su tiempo perdido. Greene inauguró de manera absurda el ciclo donde la isla se reducía a aislamiento belicista, de tal manera dejó trunca la insularidad infinita de Orígenes que planteó una grandeza posible-imposible.
“Nuestro hombre en la Habana” no es una farsa, ni una novela de espionaje, ni una visión absurda de la Guerra Fría, sino un preludio del realismo que pronto invadiría la creación sobre y desde Cuba, realismo que al lector externo, ajeno, parece irrealismo, sí, pero que el cubano que aún lee (una entelequia) entiende como posible. En tal sentido hay dos autores que continúan la obra de Graham Greene: Virgilio Piñera y Reynaldo Arenas. El primero en “Pequeñas maniobras” diseña la estrategia del escape de la realidad trazada por un cubano de a pie (milimétricamente), allí el antagonismo es hacia la cotidianidad (personaje que como el dinero balzaciano es central en la literatura isleña). Arenas en toda su obra, sobre todo en la novela “El color del verano” desmadeja a Cuba y su historia cultural, dejándonos lo cotidiano en su visión más descarnada, de hecho, la contradicción intelectual-medio social subdesarrollado se supera en el discurso areniano a través del choteo (forma caribeña de desacralizar). Rey fue el rey que disolvió la caricatura que engendró Greene, venció a lo cotidiano mediante su hipérbole, sin tener que recurrir a la insularidad continental de Lezama.
Después de la novela de Greene no hubo otra gran referencia a espías ingleses en Cuba, al menos en literatura. Pero no se puede olvidar que la mediocracia, más que un tópico, más que una forma de concebir la relación hombre-medio social, siguió siendo una constante. Estos tiempos no los domina ninguna aristoi del espíritu, mucho menos una burguesía culta, sino el potentado banal. De su pecho no penden cruces, ni envía falsos informes hacia ninguna potencia extranjera, su negocio no es de aspiradoras de polvo. De hecho, está por escribirse la novela “Nuestro hombre mediocre en la Habana” (da lo mismo de qué ciudad cubana se hable), cuya primera escena comenzaría (así la veo yo) también bajo los portales, a la sombra de un sol prepotente, con un hombre que camina en medio de lo cotidiano otra vez revivido como categoría antagonista a fuerza de obviar a Arenas y de obviarlo todo.

Una ciudad incómoda

La-Habana

tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

Ser pesimista

arthur-schopenhauer

Shopenhauer

Sí, lo soy, y también creo en la suerte (la mala) y en el azar. El pesimismo es la postura quizás más inteligente y pragmática en estos tiempos. Sí, soy pesimista, suelo creer que he perdido todas las oportunidades que nunca tuve, me pongo del lado de Schopenhauer y de Cioran, eternos dubitantes del ser humano, amadores el primero de los perros el segundo de la nada y la disolución. Ser pesimista me ha llevado a descubrir que lo real siempre puede ser peor a la vez que increíble, las circunstancias pueden secuestrar tu alegría y dejarte en una especie de lucidez, de tristeza.
En vida más joven, pensé que el ahora sería de luz, pero hay una acumulación en mi de extrañezas y fracasos, que son a la vez las deudas y dudas de mucha gente. Carezco de la capacidad de darle otro color a lo oscuro, así como de rellenar las cuartillas con ideologías farsantes, que no creeré jamás. Sí, no sólo soy pesimista sino que lo pregono, lo hablo en los autobuses y en las colas, donde la gente quiere pensar positivo aunque se la coman el poco aliento y la temporalidad humana. No tengo reparo en reconocerme como un pobre hombre desengañado, con un estilo de escribir más o menos coherente pero al cabo inútil y vergonzante. Un periodista sin periódico, cuyo pensamiento jamás interesó a nadie, que nunca escribió más incoherencias que cuando estuvo libre de las ataduras editoriales y los premios fatuos (y fuegos fatuos).
Un escribiente sin muecas, que abandona la bonanza escasa de las grandes ciudades y va a su pequeño pueblo, ante su propia tumba, a vender unas baratijas. La suerte existe, cómo negarla cuando unos la tienen y otros no, es tan evidente que sólo los afortunados se creen con el beneficio de algún talento extra. Una columna periodística que hable de las virtudes del pesimismo no saldría en los periódicos de la enunciación y el sintagma, del bonachón tono y la confianza, del cachalote de sobrecumplimientos. No, quién dijo que alguien tendrá espacio para desmentir la mayor mentira que aún tantos sostienen y creen: ser positivos, optimistas, constructivos.
Nadie dijo que escribir fuese un acto uniforme de sonrisas y cumpleaños, no, aunque haya quien pretendiera que así fuese. Pero nadie lo dijo, la gente quiere hacernos creer que el optimismo es lo único real, lo correcto, mientras estigmatiza a quienes pensamos el mundo en su dimensión más abundante. No es cierto que los pesimistas deseemos el mal, no, más bien entrañamos un deseo inmenso por corregir toda esta injusticia. Quizás no haya mejor optimista que el pesimista que mira de frente y dice sin reparos. Quizás no haya mayor pesimista que ese optimista ciego que esconde la cabeza en el hueco como avestruz que es. Mientras se vea en blanco la realidad y se obvie la prevalencia del negro, prevalecerá el negro. A buen lector, con unos pocos pesimistas que digan la verdad debiera bastar.
Ser pesimista es un bálsamo de verdad en este mundo de sombras. Stendhal escribió que no podía culparse al espejo si reflejaba un barrizal, sino a las autoridades que dejaron perder los caminos, Brecht hizo del teatro una forma de toma de conciencia donde el espectador no era embaucado por la técnica sino que tomaba parte y se concientizaba de lo mal y deforme de este mundo, todo el gran arte ha sido de los pesimistas (al menos desde que el artista pudo o se atrevió a decir por sí mismo). Delacroix pintó un cuadro sobre un naufragio y ello llenó de pavor acerca de la crudeza del mar y la muerte, Picasso fotografió el dolor despedazado en su Guernica. Imaginemos ahora que alguien pida a los escritores trágicos, a los de la novela social, a los del cuento mesmérico que se autocensuren en honor a un panglosianismo ramplón. Imaginemos que por decreto debamos asumir que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Ser pesimista es una delicia sutil y una joya del intelecto.
Hasta los iluministas se apoyaron en lo peor para ir hacia lo mejor, incluso Dante, en su obra titulada Divina Comedia no puede sustraerse a colocarnos antes que el Paraíso, dos pasajes (Purgatorio e Infierno) que sobrepasan en trascendencia la visión idílica y laudatoria de la tierra celeste. En Infierno, retrata el bardo a su época, la juzga y saca de ella las esencias de lo que desea para el cambio, así una comedia tiene su mejor parte en su tragedia. Aceptemos que en el dedo condenatorio del artista se desatan las vertientes filosóficas que de lo contrario fueran burdos silogismos de feria. El teatro del absurdo que tuvo en Ionesco quizás su cultor más agudo, nos lleva hasta el umbral mismo de la sinrazón y nos hace entrar en razón, por ejemplo, en La Cantante calva, una serie de intercambios deshilachados se erigen en paradigma del diálogo vacío del ser y su parentesco con el no ser. Quizás está última una versión más actual del monólogo de Hamlet ante el cráneo descarnado del bufón Yorick.
Ser pesimista es entroncar a la humanidad en su tradición trágica, llevarla de la mano del reflector aristotélico, vincular al hombre con una visión realmente antropocéntrica que no hable de muñecos ni afeites, hablar en lenguaje de la calle, dejar que fluya el río de la vida sin pretender que no puede ser variado, sí, ser pesimista es ayudar a entendernos, no renunciar, ser un voyeur, un vigilante demasiado honesto.

“Ferdydurke” y la mascarada social

galeria

“La muerte en pelota”, Antonia Eiris

La inmadurez es la forma más elemental y honesta de vivir, porque todo desarrollo, toda transformación significa disfrazarse, renunciar a uno mismo y asumir los grandes relatos de la civilización, las mentiras prefabricadas por el poder. Así podría resumirse la esencia de una novela contestataria, irreverente, una obra donde la suciedad, lo incorrecto, lo inaceptable toman un puesto de privilegio y desplazan al hombre moderno y amarrado, a ese ser que ha dejado de ser, al individuo que se diluyó en la masa. “Ferdydurke” se titula el texto, un nombre que alude al sinsentido, un bautismo de absurdos.
Witold Gombrowicz escribió aquella novela como quien forja un arma, diseñó el andamiaje destructivo y macabro, se ensañó con las máscaras de una sociedad decadente e incapaz de definirse, una muchedumbre asesina de ideas originales. Era él un escritor oscuro, graduado en Derecho, en la Varsovia del período entre guerras, que en 1933 terminó su primer volumen de relatos “Memorias del periodo de la inmadurez”, textos que pasaron inadvertidos para la crítica polaca, ese gremio al que Witold prestó siempre tan poca importancia, pues eran los sostenedores de la mascarada elitista.
“Ferdydurke” sale a la imprenta en Polonia en 1937, pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 sumió al país en un silencio cultural y una ola represiva totalizadora. La novela comienza entonces a respirar agónicamente a través de vías de distribución tan bizarras como el pensamiento de su autor. El exilio de Witold en Argentina fue fecundo, como otros exilios polacos (el caso de Federico Chopin en Francia por ejemplo), pero estuvo marcado por la inestabilidad y la sobrevida, dos cualidades que también influyeron en el decurso de “Ferdydurke.”
La traducción colectiva de la obra al español, asumida por el grupo de intelectuales nucleados alrededor del Café Rex y la publicación de dicho volumen en Buenos Aires en 1947, le valió a Gombrowicz el reconocimiento de la intelectualidad argentina, entre los que estaban los escritores de la revista “Sur”; pero además situó el libro en el contexto latinoamericano, dándole vida propia singular, siendo así que los conceptos y neologismos de la novela cobraban los matices inmaduros de un continente carente de máscaras elitistas.
“Ferdydurke” fue la empresa que movió a intelectuales como Virgilio Piñera, entonces en su estancia bonaerense, quien fue uno de los traductores y divulgadores del texto. De hecho, podría radiografiarse un parentesco bastante cercano entre el absurdo de Witold y las obras posteriores del escritor cubano. En “Ferdydurke” todo gira en torno a un ser incompleto, Kowalski, que ya en la treintena retrocede hacia la adolescencia, para asumir el grado de inmadurez y de sinceridad que la sociedad prohíbe, se suceden situaciones hilarantes de un humor que duele, que estalla en las espaldas de los “dueños de la verdad”, la oda a lo contrahecho y lo ilógico, la negación del banquete y la reafirmación de que vivir es estar debajo de la mesa, contemplando las partes no gloriosas de la historia (con minúsculas).
En referencias posteriores a la salida de “Ferdydurke”, Witold Gombrowicz habló de la idea que siempre lo obsesionaba como intelectual, pues más allá de una historia repleta de absurdos y símbolos, la novela era el intento por desmontar las mentiras del lenguaje y la cultura, esas que asumimos como correctas y sin chistar mientras dejamos de ser nosotros mismos. En el mundo del autor, el hombre nace hombre y en el proceso sufre una deslegitimación donde las imposiciones lo ablandan, hasta convertirlo en una pasta cultural, en un subproducto de la vida, en una realidad construida, en el cementerio de las ideas, en un diccionario preestablecido que niega toda posibilidad de invención o de irreverencia.
Pareciera que Witold nos estuviera diciendo que somos en esencia sucios, depravados, impresentables y nos vamos arropando en esa gran mentira que es el mundo occidental, curiosa metáfora que reviste todo el universo del pensamiento europeo de la época, carencia de libertades que conducen a los autocratismos de la política y la historia, por eso no extraña que las obras de este polaco fuesen incluidas en varios índices prohibidos, parametradas a través de mediciones mediocres (los nazis las llamaron arte degenerado).
Sí, la novela transgredió la moral de la época, deshuesó la estructura de la novela clásica, incluso intentó un lenguaje jíbaro y escurridizo, el neologismo que unía emociones y conceptos, el humor que desde una ironía descarnada miraba hacia nosotros, hacia el futuro, porque como obra rebelde fue una propuesta de sociedad y vida.
No hay arte que no haya nacido de una contestación, de una sublevación, de un intento por dinamitar las bases precedentes, y “Ferdydurke” lo hace a través de balbuceos, de escarceos adolescentes, de una sexualidad salvaje y descarada, del deshacimiento de todas las formas posibles, disolución de certezas que nos deja todo por construir, mensaje que no por deshecho deja de estar.
La literatura es fuego, es rebelión, todo demiurgo es un inconforme que se crea nuevos mundos y los sustituye en el plano discursivo. Witold Gombrowicz en su itinerario accidentado, en su vida precaria, de un trabajo en otro, en su exilio en tierras de inmadurez, supo quitar las máscaras de la cultura y ponernos delante de las sobras del banquete de la cultura, de los restos que integran la gran podredumbre humana, de las palabras censuradas que sin embargo integran el vocabulario oscuro y depravado que nos define. El hombre en su naturaleza, en su vida real, en su infortunio de no poderse escoger él mismo, de relegarse y vivir en la mascarada.

La Habana ha muerto

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Con La Habana está sucediendo algo insólito, inaudito, La Habana está dejando de ser, se borra como imaginario, como sitio concreto, la gente deja de decirle su nombre, deja de preferirla, deja de añorarla. Esto ocurre porque ya no hay habaneros, sí, pareciera raro, pero La Habana es ya una ciudad sin su gentilicio.
“Los habaneros se han ido”, dicen los que ahora habitan los barrios céntricos y periféricos de la capital, “aquí nadie es de aquí”, dicen dos guantanameros que llevan 25 años viviendo en la calle Maloja, cerca de Sitios, quizás el lugar más folclórico en términos de religiones afrocubanas de la otrora flamante ciudad.
Sí, la gente se ha ido, tomó rumbo a otras urbes mundiales, se despojaron del sabor a mar, de las siluetas nocturnas trazadas por el faro del Morro, de los Carnavales y el olor a carne de puerco, el tufo a ron, las comparsas, el polvo, las columnas, el malecón que se llena de salitre y de esperanzas efímeras, esperanzas de alcohol.
Ya La Habana no tiene habaneros, y quienes la habitan ya dejaron de ser santiagueros, guantanameros, holguineros, etc, una ciudad sin gentilicio es lo más parecido a una ciudad desierta. No hay identidad que construir, los muros pueden caerse de un momento a otro, no resultan necesarios los himnos, las banderas y los patriotismos locales, no se puede sitiar a una ciudad sin habitantes.
Andar La Habana es irte por un túnel vacío, un conducto detenido, una imagen de imágenes, donde sólo priman las lecturas de uno u otro lado del espectro de la Historia. La Habana real no existe, se perdió en algún recodo, en alguna maldición, en alguna consigna, en algún desfile, en alguna ida, en algún adiós.
Habría que analizar cuántas ciudades en el mundo y en la historia se han quedado así, repletas de gente y a la vez deshabitadas, sin nadie que las ame de veras, sin un alguien que las defienda, que las considere, más allá de dividendos económicos. Pertenezco a otra ciudad, quizás más quimérica, quizás más inventada, menos ciudad, San Juan de los Remedios, donde no obstante la nebulosas del tiempo, los atrasos, el aislamiento; uno puede sentir que se ama sin interés, que se muere por amor a los muros.
Pero La Habana tiene apenas una muchedumbre que viajó hasta ella para sacarle el jugo, enjambre que la derrumba, ausente sentido de pertenencia que jamás será capaz de habitarla. La Habana es el sitio de las oportunidades, donde prolifera un mercado negro como un agujero negro, una ausencia que se aprovecha, un centro que es periferia, La Habana es un barrio gigantesco, un bazar movible-inmóvil, agujero al fin que todo lo gravita, lo atrae.
Esta ciudad ha ido dejando de existir, se decantó a través de las décadas, ya nadie recuerda las tonadas de otros años, ni las fiestas, ni hay familias que derramen su abolengo sobre las baldosas de las casonas, se borraron los membretes de las sociedades y los apellidos, se perdió La Habana aquella, elegante o no, aquella que salía en los periódicos, aquella que no había que maquillar.
Nos queda el sucedáneo, lo derivado, lo espurio, nos queda apenas un archivo, un legajo inclasificado y perdido en los recodos de la Biblioteca Nacional, una foto en sepia de la calle Reina con los tranvías y los sombreros de paja.
La ciudad ha dejado de estar, a la usanza de cierta ciudad narrada por Italo Calvino, ciudad inservible e invisible, vencible, borrable. Sí, dejo de ser, de ubicarse, se marchó a ninguna parte, quedó la sombra, el mapa apenas, una situación geográfica, apenas un recuerdo, apenas un remember para los turistas, apenas un suvenir.
“Aquí nadie es de La Habana, vinimos hace años de Camagüey”, dice un botero, dice un heladero, dice un vendedor de maní, dice un vendedor de muñecos de palo en la feria del bulevar de Obispo; todos ellos representan oficios de sobrevivencia, casi al margen, son seres que vinieron a La Habana no a habitarla, sino a vivir ellos, a resolver, a luchar, a ver qué pasa, a probar suerte.
La Habana debería propiciar destinos, vidas, estabilidades, se debiera soñar en La Habana, pero como dijera alguien “esto es un trampolín”. La realidad y la lasitud la hicieron móvil, se perdió lo propio, la identidad ha muerto, ya casi se celebran los 500 años de fundada y no queda ni una familia a la cual acudir en busca de antepasados, de memorias, de añoranzas, de paredes.
Los legajos son legajos y las fechas fechas, mientras se perora en periódicos y plazas. La Habana no es La Habana, quizás sea algo, pero habría que definir ese algo, quizás haya surgido una ciudad sobre la ciudad muerta, pero nadie le pone nombre. El proceso es insólito, complejo y hasta clandestino.
La Habana ha muerto no sé si será prudente gritar, ¡La Habana ha muerto, viva La Habana!, no sé, la muerte parece demasiado, me sobrepasa, es una muerte nebulosa, imprecisa y sin embargo tan real, tan terrible, tan determinante. La Habana ha muerto y no nos queda ni su cadáver para el velorio.

Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.