Las islas también se escuchan

Cae la tarde sobre la Polivalente, el parque de los ensayos

Fotos: Yánder Zamora

La Habana es una isla dentro de la isla, una capital repleta de islotes donde el color verde, el mar y la música se muestran atrevidos, melancólicos. Las trompetas, los saxofones, los timbales, las tumbadoras llenan las mañanas, las tardes y las noches. Los instrumentistas se transforman en seres resistentes a la lluvia, al frío, al sol ardiente de las doce del día, a la soledad.
Un parque aledaño a la Sala Polivalente Ramón Fonst se convierte, cada tarde y hasta entrada la noche, en uno de los islotes mágicos de la Habana
Sonidos que expresan el alma de islas individuales cuyas historias son sueños dignos de contarse. Sueños que a veces se vuelven reales y otras tantas quedan entre las sombras de los árboles del parque, cobijados a la espera del próximo saxo, del acorde exacto que recomponga los hilos dispersos de la suerte.
Los sonidos se funden en esa amalgama de suerte y desdicha, de virtuosismo y aprendizaje, de vida y desilusiones.

Pedro Pablo Hernández, conocido como Campeón, ensaya en la Polivalente desde 1982
Él por ejemplo se nombra Pedro Pablo Hernández, pero prefiere llamarse Campeón y desde 1982 viene a la Polivalente para ensayar. Se define como amante de la vida, religioso yoruba y consagrado al estudio de su instrumento: la trompeta. Usa un sombrero blanco, me mira y me sicoanaliza, lee mi carta de la suerte. Dice que soy hijo legítimo de Babalú, de Oshún, algo le habla desde el Más Allá. Quizás por eso no se cansa de la música, porque le ve el lado mágico.
– Yo soy el tesorero de mi edificio y todo el mundo me quiere, pero por eso mismo no debo molestar con los ensayos. Como mucha gente, todos los días me traslado hasta aquí.
Campeón aún no logra el sueño de todo músico: viajar, la fama, grabaciones, conciertos en grandes escenarios. Toca para la Unión Latina, una agrupación habitual en bares nocturnos. Sin embargo, hay en él una determinación innata que aviva sus esperanzas.
-Nací en una tabla de planchar en el año 60, me cortaron el cordón umbilical con un hilo de coser y siendo un bebé me tomé un pomo de anís estrellado. Nunca me enfermo, siempre sobrevivo todas las crisis, algún día se me abrirán las puertas.
Viene porque la ciudad carece de un salón de ensayos, porque el deterioro de las casas de cultura dificulta un espacio fijo con ese fin. Viene además porque la Polivalente es una hermandad, la unión de intereses, la isla dentro de la isla.

Campeón además practica la religión yorubá, cree en la magia de la música
-A esto le decimos la Escuela de los Trompetas –aclara Rolando Llerena Espinosa– aquí estudiaron grandes maestros, como Nilo Valles, uno se nutre también con las conversaciones.
Llerena no tiene reparos en recorrer 9 kilómetros hasta la Polivalente varias veces a la semana, aunque sabe que el sitio se torna hostil cuando cae la tarde.
-Se han dado asaltos aquí cerca contra los músicos, pero vale la pena venir. En Guanabacoa me menosprecian, creen que no tengo futuro, que pierdo el tiempo, allí molestan mis ensayos.
Es que el sitio es inclusivo, lo frecuentan consagrados y noveles, casi siempre prima la camaradería, el trago de ron, la descarga.
-Nosotros nos pasamos técnicas para ensayar que bajamos de internet, nos criticamos de forma constructiva, hasta intercambiamos contratos de trabajo en los centros nocturnos –agrega el joven Damián Leal, quien toca en la Banda Municipal de Guanabacoa.

Damián Leal, Luis Hernando Chávez y el mexicano Alfredo Ibáñez ya son amigos inseparables (nombres de izuierda a derecha).
-Pasé por el lugar y me llamó la atención la fraternidad, así que vine a hacer amigos, sólo toco la trompeta por hobby, estudio derecho, la música cubana y el jazz me llenan el corazón –Alfredo Ibáñez es un mexicano de 38 años quien además se muestra impresionado por la calidad acústica del lugar, por los enterramientos religiosos tan abundantes, por la magia que se hace sentir.
Hacer amigos es un privilegio, este es un lugar salvador también para jóvenes como Luis Hernando Chávez Piloto, de 21 años, trompetista de la orquesta de Pablo FG. Aquí encontró su destino, los amigos, el amor.
-No soy graduado de música porque en séptimo grado una profesora se encarnó en mí y perdí la escuela. Mi padre se sintió muy triste, se esforzó desde entonces trabajando en el campo por 30 pesos al día, para pagarme las clases de solfeo. Una vez estaba ensayando en el patio de mi casa y por una denuncia de los vecinos acabé en la estación con un acta levantada, supe que debía buscar mi espacio y apareció la Polivalente. Soy de la provincia de Mayabeque, aquí empecé viviendo en la calle 23 en una casa prestada y ahora estoy con mi novia en Reina, muy cerca del parque de la Fonst. Todo lo que logré se lo debo a mi padre y a este sitio, con el que tengo un vínculo fuerte.

Luis Hernándo, a la derecha, narra cómo se hizo músico gracias al esfuerzo de su padre
Piloto le da gracias a Dios porque todo le fue bien con la trompeta, mientras proyecta el sonido de su instrumento contra las alejadas paredes de la Terminal de Ómnibus Nacionales. Dice que el lugar parece una explanada de conciertos, que la acústica es espectacular, pero igual reclama unas luces para el sitio.

Luis Herndando Chávez Piloto y Damián Leal ensayan la misma pieza, para mejorar sus destrezas técnicas, nombres de izquierda a derecha
Las sombras de los árboles se mueven en medio de la isla de los instrumentos, la fraternidad trasciende las suertes individuales y la música es un ser colectivo que nos cobija. Me quedo entre ellos, una botella de ron va y viene, yo me siento un artista más.
Las sombras, por un instante, ceden ante la luz de la tarde-noche.
Un grupo de curiosos se detiene a escuchar la descarga de jazz improvisada, alguien recuerda a los “polivarenteros” que ya no están, porque fueron a otras islas y continentes.
Al regresar a la redacción entro a las redes sociales, pido unirme a un grupo: Polivarenteros en Facebook.
Yo sólo soy periodista, no toco ningún instrumento y ya me siento parte de algo más grande.

Los sonidos de los trompetistas llenan la tarde habanera

(publicado originamente en OnCuba)

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Antes del Fantasma

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Foto: Chuchi

He visto muchas veces esta casa, la vi desde el callejón, desde la calle de la mar, desde el techo de un vecino, he visto la casa desde el interior de la casa misma.
Recinto manjar, recinto vital, místico, abstracto.
La casa se ha vuelto un horno donde cuezo los sueños y las pesadillas, sueños de un pasado, pesadillas del ahora.
Así ha quedado, sólo veo la mugre y la mortandad.
La veo a distancia, sueño sus balaustradas, sus respiros.
Pero la casa ya no es casa y se diluye, se la llevan los mercachifles, la regalan los agoreros.
Sí, allí vivió Amelia Peláez. No fue remediana, pero lo fue, no vivió siempre allí, pero vivió siempre ahí.
Hubo un vitral, una luz, un caballete, una visión.
Ahora sólo me queda la visión, abstracta y tangible, cruda.
Así está la casita de Amelia en San Juan de los Remedios, obra de buenos sería soñarla de nuevo, que sus paredes no caigan, que su olor no fenezca, que su fantasma no venga.
Así quedó la casita, azotada por el tiempo, el hombre y el clima, pero más por el hombre.
Mejor no dejarla, mejor mostrarla ahora antes que no se pueda mostrar jamás, así está, hagamos porque esté, al menos eso.
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Otra vez Remedios

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Foto: Bernardo Salazar

Que quisiera irme ahora por la calle de la Bermeja y embarrarme de fango rojo, que añoro caminar entre vendutas de mangos o a través de silencios madrugadores, que recuerdo perfectamente aquel callejón fantasmal, brujero, negro, oscurantista.
Remedios, cómo han de rutilar tus agujas en las iglesias, tu paisaje verde que anilla las calles, tus techos medio caídos, las tejas con polvo, con tierra, con ratones y cucarachas ya legendarios.
Que quisiera dormirme en un portal en el frío de esas baldosas que tanto caminé, a pocas cuadras del parque que me crió, que me dio su seguridad, que me miraba ya severo ya risueño.
Que adivino el cambio definitivo y a veces quisiera retraerme, invitarme a un pasado que no existe como todo pasado.
Sí, todo eso, pero ya Remedios se torna una mancha que sustituyo a borrones, que dibujo a lápiz y torpemente.
Ya Remedios, la mía, se vuelve este dibujo y cuando vuelva el callejón será diferente y parecerá raro el sabor a mango y habrá demasiada luz en la calle Bermeja y el fango será un fango limpio.
Veré todo más perfecto, más actual, más nuevo.
El viejo seré yo.

El pregón tostado y garapiñado

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Fotos: Yariel Valdés

-¡Vaya el maní tostado, tostadito el maní!

La frase va y viene con el bicitaxi y el hombre repite y repite y repite, hasta que se pierde calle abajo con la misma letanía.

-El problema del corazón anoche no me dejó dormir, pero hoy ando que soy un mulo.

Tito el Manisero es la figura omnipresente de San Juan de los Remedios. Posee la fuerza de un rezo popular. Hace unos años caminaba, ahora va en un vehículo donde aparece pintada la palabra maní en griego, polaco y danés (entre otros idiomas, lenguas muertas y dialectos poco o muy conocidos). Su día comienza en la noche de la madrugada, con el calor de los granos al horno y una filosofía invencible de trabajo. Antes vendía más barato, pero los precios de la materia prima y el esfuerzo físico dispararon las leyes de oferta y demanda.

-¡Con uno comen tres, papá, mamá y nené! (Así gritaba allá por el año 2000).

-¡A dos por uno el maní! (Así, alrededor del 2006).

-¡Tostado y garapiñado, vaya! (finalmente en la actualidad).

Pero el maní de Tito vale ese peso en oro, a pesar de la competencia de Mani Mani, otro gran vendedor de la Villa. Durante décadas, ambos maestros de las calles han prevalecido a inspecciones y altibajos de la demanda de su producto. Ya se habla de un pacto, de horarios repartidos, de días de descanso para uno y otro. En el mercado del pregón también existe el acuerdo, las transacciones.

Mani Mani es un viejito respetuoso que defiende su ciudad y vende los cucuruchos a dos pesos. Ahora mismo acaba de pasar, no sé cómo se llama realmente, ni de dónde viene. Aparenta noventa años. Quizás más. Prefiero decirle Mani Mani, porque así es su pregón.

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-¡El mani mani! (así, sin tilde en la i)

Dicen que era guagüero cuando joven.

-¡El rico maní tostado, el mani mani! (con tilde o sin tilde el sabor es igual).

Quizás en uno de sus viajes por Cuba, a bordo de aquellas guaguas camberras, conoció el secreto del mani mani, fórmula mágica, salvación que llegó con la vejez y el retiro. Tonalidad callejera.

La villa de San Juan de los Remedios,en el norte de Villa Clara, tiene su sello sonoro en esos pregones, que son más famosos entre la gente que la mismísima música de Alejandro García Caturla.

-¡Riiiiiiiiiquísimoooooooooo! ¡Y no cuesta ná!

Este otro grito anuncia la llegada de “Ricorrico”, que a diferencia de los demás no vende lo que pregona.

-¡Te lo compro, vaya!

-¡Tás loco! ¡Y yo con qué me quedo! ¡riiiicoooo!

Su riqueza nace en los bares de la ciudad desde temprano y se extiende hasta horas de la tarde por las calles más céntricas, donde la gente se mete con él mientras pasa.

-¡Viva San Salvador!

-¡No seas comemierda, que viva el Carmen! ¡Ayayay! ¡Y cómo vengo este año! ¡Riiiiiiiiiquísimoooooooooo! ¡Y no lo vendo!

Una vez conversé con “Ricorrico” y de veras me pareció un ser humano educado y muy inteligente. Su nombre me es desconocido, la historia imprimió en él otro sello sonoro remediano.

Una moda de los pregones de ahora es llevarlos grabados. En Remedios, el amigo Oscar Olivera compuso uno muy bello que dice:

-¡Llegó el criollo tu dulcero, con el rico dulce casero! Traigo el dulce de guayaba, el coquito y el maní, la rica crema de leche y mucho más para ti.

Una vez me asusté cuando vi que un tipo de Caibarién hablaba sin mover los labios ni un milímetro.

-La rica galleta de Placetas, vaya.

Su maestría como ventrílocuo se esfumó, al darme cuenta del uso de una grabadora vieja, de esas soviéticas, que sobreviven de milagro.

En las calles de Remedios se vende de todo y los pregones varían más que nunca en riqueza de lenguaje y originalidad. Los vendedores de dólares te hacen psssssss, cuando pasas. Otro aparece con cara de querer ofenderte y te dice bajito: “perro”, o sea uno de esos que comercian cachorros de clase. Si bajas por la calle principal los oyes: camiseticas, zapatillas de marca, relojes de pulsera, cintos, gafas para el sol, pantaletas nikes, “zapatos de Camajuaní buenos pal trapicheo”.

A las seis de la mañana empieza la andanada de panaderos, que ahora usan los pitos de los carteros. También esa señora que a cada paso dice:

-¡El pan, el pan, el pan, el pan…!

A veces les advierto a los vecinos, por joder, que yo pongo los panaderos para las seis como despertador.

Deberían grabar un disco con todas esas voces, para la posteridad. Quizás en algunos años no exista más el pregón,  de cabezas metidos en la era de tiendas online y de pasarelas electrónicas.

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(Publicado originalmente en Oncuba)

Las quinientas fabulaciones de Remedios la Bella

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Foto: Bernardo Salazar

El año pasado me dio gusto escribir esta crónica, dedicada al 500 aniversario de San Juan de los Remedios, ahora la comparto como tributo a los amigos y amantes de la Bella…

Una cualidad de las ciudades antiguas es su extraña relación con el tiempo. Se mientan fechas como si fuesen los nombres de las calles y las personas, pero pocos recuerdan el primer gesto o el sonido que atravesó la nada.

Sin embargo en la plaza Isabel II de Remedios las conversaciones transcurren entre oquedades y luces. La imprecisa fundación, las luchas contra piratas, los demonios y sus maldiciones, las ciudades enemigas y las trabas que tanto impulsaron a los antepasados. Los nombres de los santos y los magos se mezclan con los alcaldes, los artistas, los patriotas. Alguien habla de mitomanía y menciona a Lino Lobatón y su jungla casera, a Lucía y sus fantasías silenciosas, al parrandero cuyo nombre aún mientan las viejas de la calle Olleras.

Las ciudades perdidas son prolíferas en años. Cumplen edades, pero no envejecen. Remedios, por ejemplo, conserva un rostro de muchacha campesina con aires de poetisa. Ella tiene un sitio tan impreciso como único entre sus hermanas: es la Octava Villa pero sostiene su amistad con el pasado. Se asoma a los balcones o va a misa para celebrar su quinientos cumpleaños. La juventud colma los vacíos del tiempo.

En una extraña relación con los años, Remedios la Bella se destaca por una magia cíclica. Los hechos históricos y las mitologías se reiteran en una telaraña que atrapa a oriundos y foráneos. El agua remediana alberga enormes serpientes, embruja y enamora a quienes la beben. Las noches rocían las casas con la sangre de conquistadores y bucaneros, así somos miembros de alguna tripulación del pirata Olonés o parroquianos de la taberna El Caballo Blanco, de donde partieran tantas expediciones reales o fantásticas. Cuando le decimos de su perenne belleza, Remedios evoca la fuente de la eterna juventud hallada por Vasco Porcallo en sus correrías por la península de Florida.

Dos iglesias se erigieron contra los demonios que acechaban las edades de Remedios. Una mayor y dorada, señorial, nos recuerda las familias fundacionales y el espíritu culto de la ciudad. La otra, menor, resulta plebeya y pintoresca, auténtica y mitológica (allí nació la primera luz que dio en llamarse Virgen del Buen Viaje). Ambas hieren la tarde con sus agujas y forman la fisonomía indiscutible de la ciudad. En tiempos de parrandas los templos se incendian y renacen como espejismos. Remedios bautiza a sus hijos con apodos infinitos, los ecos de la muchacha recorren la calle del Paradero y resuenan en la plaza del mercado, regresan a través de los callejones y vuelven en alud hasta la Iglesia Mayor, madre de toda fabulación.

Sólo una vez queda trunca esa extraña relación entre Remedios y el tiempo: cuando se le quiere situar una fecha de nacimiento. Entonces los magos y las serpientes desaparecen y los espejismos de las iglesias se refugian en las aguas subterráneas. La ciudad queda como una huella sólo visible para quienes conjeturan exactitudes. La muchacha prefiere lo impreciso y se oculta tras los arbustos de La Bajada, junto al Guije Bueno y la Madre de Agua. Cantan una balada dedicada al tiempo, el novio furtivo de La Bella.

Nadie sabe si Remedios es una ciudad o una muchacha, si su relación con el pasado es de luz o de sombras. Ahora cumple quinientos años y viene a la fiesta con todo el atavío de los siglos, pero advierte que su edad resulta cosa secundaria, que prefiere la alegría de la Plaza Isabel II. La vemos llegar y quedamos prendados. Sonríe y habla como una campesina con aires de poetisa.

(publicada originalmente en el semanario Vanguardia, así como en la revista La Calle del Medio)

Historia de los vendedores de pájaros

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Foto: Bernardo Salazar

Dos amigos muy cercanos venden pájaros, ambos son parranderos y pertenecen a barrios opuestos. Tienen las jaulas colgadas en las fachadas, con aves de todo tipo. El precio, el plumaje, el color y la demanda definen jerarquías de cada animal. Los negritos son caros, pero los sinsontes aún más. Los loros y las cotorras están protegidos así que mejor venderlos por “debajo del telón”.
Los llamaré por sus iniciales: uno es R, el otro, I.
R tiene una niña pequeña, está casado hace años y ya pasa de los cuarenta, diseña trabajos para las parrandas cada año. Le pagan bastante bien, pero el resto del tiempo busca la manera de “tener siempre un diario”, doscientos o cien pesos resultantes de la venta de los pájaros.
Los niños son los eternos enamorados de las aves de colores, ellos pasan cuando salen de las escuelas, chiflan y los pajaritos los imitan a veces.
R también ama a los niños, lo veo sentado en la puerta de su casa, siempre habla sobre parrandas y luces, sobre aves extrañas.
Hace años vi a R en el parque de Santa Clara, era él un joven en la flor como se dice, entonces no adivinaba los años, el dinero y la búsqueda, nunca pensó depender del color de las aves.
I es huraño, pelea constantemente, vende muy caro, no le gusta que le rebatan ideas. Cuando diseña proyectos, suele perderse durante meses, nadie sabe de él, se encierra a dibujar en su casa.
I suelta carcajadas temerarias, nunca sonríe, anda en su bicicleta, no usa camisas, sólo camisetas agujereadas. Su edad pasa ya de los cincuenta, pero su mente no tiene edad.
R le pide la cabeza I. Ambos se disputan el primer puesto en la venta de pájaros, ambos se juegan la vida en la plaza cada año durante las parrandas.
I es además barbero, R cría pececitos.
I trabajó matando vectores, R sólo se conoce por amigable.
R, I, parecen un compás, dos andantes dispares.
He visto a R en medio de la plaza como eufórico en medio de una discusión de parranderos, lo he visto también melancólico y tirado dentro de una pieza de los trabajos.
He visto a I coger por el cuello a más de uno en medio de la plaza, cuando alguien le rebate ideas, también lo vi taciturno, con un martillo en la mano y haciendo de tripas corazón en la nave de parrandas.
I le pide la cabeza a R, y son tan iguales.
Podrían intercambiarse, podrían dejar que sus pájaros volasen de una acera a otra, deberían dejar que sus trabajos fuesen uno.
Podrían llamarse Ri o Ir, podrían ir juntos a cazar pájaros.
O algo.

Carrazana

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Foto: Ángel V. Míguez

Falleció, aparentemente. Es como si caminara todavía por la calle del Paradero, junto a la acera de la tienda “Londoncity” –buenas tardes, Carrazana, hace sol, Remedios está bella, vaya con Dios–, lo veo, no es una metáfora, Julián se me hace ahora más tangible.
Quiero conversar otra vez, quiero que sonría cuando percibe que los hijos de la villa aún sienten por la tierra. Falleció, sólo en cuerpo, lo llevan al camposanto, sólo para remarcar su memoria. – ¿qué pasó en el siglo XVII, por qué la ciudad aún permanece? – Carrazana guarda las respuestas en su voz constante, esa que ahora escucho.
Lo conocí ya viejo y lo noté nuevo, siempre me daba consejos –A Remedios hay que quererla, ella ha sobrevivido muchas negaciones, sobrepasó la enconada traición de varios de sus hijos–. Él nunca quiso que yo marchase de la villa, me escabullí por la salida de los piratas, hice de forajido la tarde de autobuses y guiños habaneros.
Una exposición de tablas viejas, antes inservibles, permanece en el Archivo Histórico de la ciudad: fantasmas, curas, incendios, demonios, la vida y la muerte, los espíritus de muchas eras. Julián las pintó, las barajó en su casona colonial, las llenó de recuerdos inventados y ciertos (alguien dirá que la historia no se transforma, pero los hombres-historia tienen derecho a todo).
Carrazana miraba a lo profundo, como aquella vez, en una esquina de la calle Alejandro del Río, –bien se ve, muchacho, que quieres ayudar a Remedios– y estaba sonriente con su bastón, estaba satisfecho porque todo era su obra, porque mi sentir y el de muchos era su obra, porque a través de otros él vio que todo tenía destellos. Julián fue del grupo de los sabios antiguos, hablaba como si escribiese un libro.
Su hablar era como las voces de muchos.
Cuando trabajé en la radio, Carrazana era una especie de gurú, muchas historias que bebí de aquel oasis de conversaciones, crónicas que luego eran el eco del hombre y la ciudad (hombre y ciudad son un binomio grandilocuente, cuando de esencias hablamos). Y Julián me seguía en las ondas hertzianas, propagábamos los mensajes que despertaban egos locales, que realzaban la leyenda.
Pude haber escrito millares de libros junto a él.
Preferí alejarme en una tontera personal, irme del nicho, probar el adoquín ajeno, que parecía más firme que la tierra colorada.
La tierra me llama, los nombres se entrecruzan, se confunden, la tierra parece errática, dispersa.
Julián falleció y soy yo el fallecido.
Ahora dirán que estuve lejos, que no pude decirle adiós, que las ondas hertzianas hubieran llevado su nombre en andas.
Ahora Remedios tiene doble silencio, la radio calla, la ciudad calla.
Una exposición de tablas pintadas reposa, el hombre no.
Las esencias viven, simplemente así.

 

Luis

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Luis, la leyenda. Foto: Bernardo Salazar

Luis viaja en guagua, en trenes, en carretones, Luis viaja de un pueblo a otro, como si los pueblos fuesen las baldosas del piso de su casa y él las saltara en juego y en serio. Son sus manos dos periódicos, dos que son los diarios de siempre, donde aparece la gente en sitios similares como si la vida fuese inmóvil.
Él pasa en su paso activo, juvenil, tiene más de ocho décadas y aún mantiene el vaivén de cuando visitara la playa, de cuando corrió detrás de una muchacha, de cuando vendió periódicos la primera vez.
Luis los vende, los pregona en las calles de Caibarién, de Remedios, indaga en la puerta de cada casa por potenciales compradores, seres que igual leen periódicos viejos y nuevos, papeles que dan la sensación de vaivén, de salto de una baldosa a otra.
Conocí a Luis cuando niño, yo estaba en la esquina y jugábamos a identificar personas del pueblo. Él venía y vio cómo un amigo mío lo imitaba. Nos quedamos allí, asustados, él sonrió y se fue calle abajo con el manojo de periódicos.
Aprendí a leer la prensa gracias a Luis, eso fue unos años después. También decidí ser periodista con aquellos papeles revueltos por toda la casa, con el semanario Orbe y la secciones de cine, de crítica, de crónicas, días enteros que pasé leyendo.
Luis fue mi maestro y él no lo sabe.
Hace unos dos años le confirieron el título de Hijo Ilustre de Remedios, pues nació en la calle de El Carmen, en el mismo corazón de la ciudad a la que siempre regresa (vive en Caibarién desde mucho tiempo). Luis no sabe nada de títulos, o no le interesa saber. Sí le gusta que lo llamen remediano, que le palmoteen la espalda cuando anda las callejas enrevesadas de la villa, cuando pregona los periódicos viejos con su voz siempre nueva. Es un promotor, un alma, es un sujeto único y lírico, es una vida que no terminará.
Luis es hijo ilustre, él prefiere ser sólo hijo. Una vez me llamó en una calle de Caibarién, trajo un radio y sintonizó la emisora que trasmitía una novela basada en la historia de Remedios. Lo vi radiante con la leyenda del güije y los demonios, con los sonidos de los fantasmas de todas las calles que ahora salían al mundo, para que su villa se oyese en los confines, para que fuese más bella y misteriosa.
Luis sigue viajando de un pueblo a otro, sus saltos traspasan el tiempo, su juventud se nutre de la eternidad de su villa, el rostro le resplandece cuando alguien le compra un periódico o cuando explota un volador de sus amadas parrandas.
Recordaré al hombre del periódico así, con la timidez que recibió su título de Hijo Ilustre, con el entusiasmo con que siempre impulsó aquellos viajes a Bejucal para ver las Charangas, primas hermanas de las fiestas mayores de Remedios.
Luis viaja en guagua y camina las dos ciudades de una punta a la otra, las ama, hombres como él le dan sentido a los sitios, significan un hito en la pertenencia.
Luis viaja y mientras lo hace salta las baldosas de un juego infantil, donde prima la ternura y nace lo eterno.

La memoria al revés

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fotos: Bernardo Salazar

Remedios, Villa Clara, Cuba-Están sentados en el parque. Si se les ingresa a un centro de atención no tardan en escapar. Viven en la libertad de las calles desiertas o repletas. Les gusta la parranda, aunque las diversiones y la comida sean extrañas.

Los hay gritones y silenciosos, corredores y estáticos, cariñosos y gruñones. Uno de ellos se me acerca.

-¡Me voy para la Habana, pero no tengo dinero!

Registro mis bolsillos y sólo encuentro un billete menor, muy poco para llegar a la capital de Cuba.

-¡Me voy para la Habana, sin dinero!

-Bueno, vete sin dinero –le digo.

-¡Ah, pero serás comemierda! ¿Cómo voy a irme sin dinero?

-Toma -le dice alguien- aquí hay cien pesos, con eso a lo mejor llegas hasta Pinar del Río.

Y el loco se va calle abajo hasta la Terminal de guaguas, son las dos de la mañana, a esta hora no sale nada hacia ningún lugar.

Pelly es un hombre grande, fuerte, bien “comido”, hasta ayer trabajaba como guajiro en una finca de la zona. Sembraba yuca, malanga, recogía arroz y era un bárbaro desbrozando marabú. Ahora muestra por todo el pueblo la corpulencia de su masculinidad, pero disfrazada con prendas femeninas. Cambió el pantalón verde olivo por una sayita de quinceañera por encima de la rodilla, la camisa de las MTT (Milicias Territoriales) por una blusa con bolas de colores.

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Ahora Pelly vende limones y escribe décimas, saluda con gentileza y se sienta prudentemente en una esquina del parque o viaja en guarandinga de un pueblo a otro para buscar su mercancía. Se dice que tiene un hermano gemelo, igual de fuerte y trabajador. También se habla de una sabiduría que aún no pierde, a pesar de su locura evidente. Es de los pocos que nunca pide dinero, pues le avergüenza que lo tilden de loco.

Ninguno quiere ser loco, todos se dicen normales.

Y mientras Pelly pasa y la gente se burla y yo lo encuentro encantador, pienso en Lucía. Ella es como una sombra, nadie conoce su voz. Camina con un saco al hombro y un libro en la mano. Lee a Kant, conoce de teatro clásico, le gustan los entremeses de Cervantes. Se sienta a la sombra de los framboyanes del parque con un volumen de filosofía.

De Lucía se cuentan muchas cosas, pero sospecho que todas son mentiras. Un marido que la obliga a robar y la golpea, una infancia lúcida repleta de conocimientos que de nada sirvieron. Sólo es evidente la miseria material y su rostro triste, silencioso. Remedios le tiene cariño, compasión.

Pero a veces los locos tienen familia y viven felices, Raúl por ejemplo es un niño viejo que todos adoptamos como propio. Le gusta caminar por la calle del Paradero, frente a la tienda en divisas.

-Todo el mundo comiendo bueno y el bobo comiendo mierda, todo el mundo en la shoping y el bobo comiendo mierda.

O con su letanía de siempre.

-¡Ay, yo quiero una pizza!

-Vaya Raúl ahí tienes tu pizza.

Y se va rumbo al parque o a la casa de Fidel Galván, el director del Grupo de teatro Guiñol.

-¡Fide, yo quiero un muñeco!

Y ahí le regalan un caramelo o cualquier chuchería.

Raúl “El Bobo” se precia de ser uno de los locos más limpios del pueblo y tiene una memoria bastante desarrollada, se acuerda de los nombres de todos los vecinos de Remedios. Un accidente le robó la lucidez cuando niño y desde entonces lo cuidó su mamá. Compone cantos guajiros que suelta de improviso en medio de la calle, palabras que sólo los locos dicen y la gente jamás repite.

Pero siempre hay en los pueblos un sabio al estilo clásico, un Sócrates de imagen quijotesca que cita pasajes en latín y francés y mira a los demás desde arriba. Su orgullo es tan evidente como pintoresco. El Milífico dice que conoció a Vasco Porcayo en persona, también se adjudica alguna lejana herencia de los Mansos y Contreras. Tiene un bastón de marabú que él decora profusamente y usa una bolchevique intelectualoide. Entre los jugadores de ajedrez es un as, tanto que un retrato suyo preside la Academia de Remedios. No hay video casero, documental o grabación donde no salga el Milífico.

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-Yo amo mucho Remedios, que es una ciudad llena de cultura, donde la gente sabia se sienta a conversar todos los días.

Camina lentamente, usa zapatillas de marca y a veces una chaqueta negra con camisa de mangas largas, en pleno agosto. Parece uno de aquellos caballeros de la época antigua, resucitado en esta era del internet por wifi y del turismo extranjero. Nunca lo he visto pedir dinero.

Claro, también está Cristóbal, famoso por su frase “oye regálame diez dólares”, la cual repite delante de las guaguas llenas de franceses, alemanes, ingleses. O cuando se detiene en la puerta de la sacristía como si fuese el portero, para cobrarles a los visitantes.

Desde que aumentara el turismo, creció el número de locos. Los hay limpios y camuflados, sucios y asediadores. Cómicos y desagradables.

Con motivo del quinientos aniversario de la ciudad de Remedios, se brindó atención especial a todos los locos. Por fortuna quedaron ilesos los más encantadores: Pelly, Prematuro, Raúl el Bobo y el Milífico. Otros, menos conocidos y queridos, ya no se dejan ver. Dicen que les dieron asilo en instituciones estatales. Los habitantes de la ciudad, siempre compasivos, no aceptan maltratos ni desapariciones.12107735_998911086819160_7628093010838870898_n

-Vayan a ver cómo ustedes solucionan el asunto de los indigentes –les dicen a las autoridades- porque no queremos que ellos desaparezcan.

O como me explicó un amigo artista hace poco: “tú sabes que no acepto que asedien a los turistas, pero tampoco que se pierdan del parque nuestros personajes más pintorescos”.

El fallecimiento de Lino Lobatón, uno de los locos más conocidos de la historia local, conmovió la ciudad. La radio reportó el suceso y hubo quien solicitó la presencia de la banda de conciertos en el entierro para honrar al único tipo popular que alcanzó la categoría de Hijo Ilustre. Lo cierto es que hasta una sinfonía y más de una canción se hicieron en nombre de Lino, el inventor de la jungla casera (pedazos de carrozas y trapos que recopilaba por el pueblo y que luego ponía en la sala de su hogar).

Una vez visité la casa de aquel loco, la puerta mostraba un cartel que decía “Linos Jungle”. Adentro, cuadros pintados con tiza azul representaban las galaxias infinitas y en lo alto un trono con una bandera cubana y un radio, donde el personaje sintonizaba emisoras de otros planetas. Pasillos llenos de ratas y majases, montones de basura que formaban una selva de trapo, telaraña, desechos plásticos, cartón viejo.

-No le hace daño a nadie, pero está loco.

-Él es así desde chiquito.

-¡Yo no sé porqué Salud Pública no cierra ese centro de propagación de epidemias!

La radio y la televisión nacionales reportaron más de una vez desde los pasillos cochambrosos de La Jungla. El presentador Julio Acanda trajo cámaras y micrófonos hasta Remedios, para filmar a este protagonista del realismo mágico isleño. De ahí salió un episodio más de “Somos Cuba”, donde Lino aparece narrando sus orígenes: “nací un día en que hubo terremoto”.

-La culpa la tuvo Acanda, que lo hizo famoso y lo acabó de volver loco.

Él se ufanaba de sus méritos y salía con su carretilla llena de tarecos, usando un casco de constructor y una capa. Cuando lo conocí, ya la jungla no era tan grande, Salud Pública había visitado la casa sita al final de la calle León Albernas. Aún así posó para unas cuantas fotos, mientras sostenía una bandera cubana hecha trizas.

-¿No tiene un dinero que me pueda dar?

La soledad de aquel hombre en medio de su “obra maestra” me dio tristeza, vi un anciano enfermo que vivió una existencia irreal.

Me despedí de Lino como si fuésemos amigos de toda la vida, ¿qué digo amigos?, ¡hermanos! Su voz aún resuena en mi mente cada vez que paso por delante de la antigua jungla, hoy ya una casa limpia y vacía. Los herederos terminaron con la leyenda.

Antes de morir, quiso como última voluntad que durante su entierro tocara la banda de conciertos de Remedios, institución que se negó rotundamente al homenaje. La ciudad se portaba de manera ingrata con uno de sus hijos. El gesto de los músicos aún es criticado entre los vecinos.

La historia de Lino Lobatón se sitúa junto a otras que aún están por escribirse. Julio Problema fue otro ser mágico, cuya sagacidad mental alelaba a los remedianos. Sentado en la acera, al final de la calle Maceo, le lanzaba acertijos a los poblanos. Juegos donde primó más el sentido común y el humor que el nivel intelectual.

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-A ver Julio, ¿qué problema traes hoy?

Y él iba con sus teorías extrañas y sus vaivenes. Una de las más famosas estuvo relacionada con la cantidad de hojas que tenían los árboles del parque, cifra que él decía manejar. Otra gran paradoja era qué estaba más cerca, Caibarién o la luna. La gente decía obviamente que la ciudad cangrejera distaba sólo siete kilómetros de Remedios, mientras que el satélite de La Tierra estaba mucho más lejos. Pero Julio les decía entonces que por qué la luna se veía y Caibarién, no.

No había forma de ganarle una pelea “intelectual”, siempre tenía salidas para toda clase de preguntas. Se la pasaba retando a las personas más instruidas del pueblo: “te tengo la última…” –les decía. Su obsesión con los extraterrestres lo llevaba a sintonizar estaciones de radio marcianas, o a salir en medio de un ciclón a establecer contacto con ellos. La gente lo recuerda con cariño y señala siempre la casa donde viviera este “genio” de las adivinanzas y los retruécanos. Apareció muerto una mañana en medio del terreno de pelota que hay al final del pueblo, en ejido del sur.

Remedios tuvo siempre seres encantadores, no son vagabundos ni mendigos, sino destellos de una forma diferente. Testigos de las calles y los siglos.

Una vez al preguntarle a un viejo historiador acerca del lugar que tienen estos personajes en la conformación de nuestra cultura, obtuve una respuesta simple y enigmática:

-Los locos son la memoria al revés.

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