Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.

 

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Visión nocturna del Malecón inseminado

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Muro del malecón

El malecón funciona como una vitrina del momento, las putas y los travestis, la gente que pulula, los vendedores. La situación pudiera dar grima, tristeza, o pudiera ser cómica, burlesca. La Habana es definitivamente como la dibujaran Arenas, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Pedro Juan Gutiérrez, la ciudad te engulle, cambia tus paradigmas, es una trituradora de creencias, de puntales.
La Habana es un desfile, no importa si del 1 de mayo o contra la homofobia, nada interesa en este universo de calor, donde los ingleses apenas dijeron “hello!” para marcharse corriendo, en medio de infinidad de mosquitos y mulatas luchadoras de yucas, verdaderas taínas que sembraron con su ejemplo la semilla de este malecón.
Sitio de enamorados, donde un negrón fálico abraza a una blanquita sueca o alemana o francesa, dama que intenta la aventura sigilosa de retar una penetración sobrehumana, penetración tropical que trascenderá a gritos la noche y los tejados cayentes de Centro Habana, los muros dejados por los españoles, las paredes que surgieron en medio de orgiásticas microbrigadas.
El malecón es eso, más habanero que el Capitolio, más mundial que cualquier avenida de esas llenas de embajadas. Si resumiéramos la vida en la capital, quizás ese resumen tendría forma de muro, de mar, de agua salada que salta y llena la calle y salpica y destruye con su salitre los edificios.
En el malecón hay negros célebres, aseres ilustrados, blancos cazafortunas, tristones que miran y se preguntan miles, millones de veces las mismas preguntas. Ese malecón es casi una metáfora de Cuba, ese malecón ilustra mejor que cualquier imagen nuestra maldición del agua por todas partes.
Hay de todo y para todos, con todos y para el bien y el mal de todos, malecón que te hunde en ese universo pequeño-grande de tanta gente, de tanta humanidad venida a ese estrecho muro de Cuba, pequeño muro que nos separa y acerca, que sirve de puente, de lengua común, de sinfonía, de palabreja, de mala palabra.
Malecón que aparece en cientos de canciones populares, siempre con la advertencia subrepticia de que no te bañes en el malecón, porque en el agua lo mismo hay un tiburón que un b… ón.
El malecón es triste, alegre, leve, largo, pequeño, vivaracho, moribundo, es una turbonada y un cementerio, es viejo y cada día se renueva, el malecón es el malecón sin que exista redundancia, sin que falte ni sobre un pedazo de muro, es la cosa en sí y para sí sin filosofías foráneas porque basta con la propia verdad.
Del malecón es duro escribir, también es duro decir, pero es más duro callar, porque el malecón somos todos, todos vamos allí en busca de la luz, de la nube, de inseminar alguna realidad, de inseminar al menos, el malecón por lo menos nunca será estéril…

La noche bocarriba

He quedado bocarriba, la placa del techo se retuerce llena de ruidos, pasos, sillas arrastradas, un hombre que grita.
Arriba hay gente (el vocablo gente suena siempre hostil).
Gente que quedó buscándose entre el frío y las sillas tiradas, gente que se tira ora a un lado ora a otro, sin hallar un cotejo.
(Sus vidas quedan en algún lugar de Centro Habana, que sólo se accede a través de puertas inertes, de imágenes de puertas).
La puerta es siempre una entrada donde la salida puede perderse.
He quedado bocarriba a las tres de la madrugada y oigo a esta gente batirse, salir, cerrar las puertas de un tirón, gritan.
Las imágenes de puertas sin salida se suceden en mi mente y no sé si estoy en una pesadilla o llegué ya a la verdad absoluta.
En mi pueblo las puertas temblaban, la soledad y el frío arremetieron contra las imágenes y quedó el silencio, el silencio del pueblo.
Centro Habana podría ser un pueblo, a no ser por la bulla, esa que sale a las tres de la mañana y que provocan aquellos que buscan la quinta maravilla entre montones de desechos, los que piensan en grande y actúan a cubierto, los fugitivos de cualquier vida.
Las sillas siguen cayendo de la placa, atraviesan el cemento duro y las cabillas, caen sobre mi cama, me atraviesan.
Voy con el cuerpo atravesado de la mano de los bulleros, me llevan a diferentes habitaciones subterráneas y a áticos, donde hay personas acostadas bocarriba, despiertas por la bulla.
Personas, no gente, personas no hostiles victimizadas por la gente.
(Así podríamos definir a Centro Habana, si de conceptos hablamos).
Un plano donde la realidad pasa montada a caballo en los cuerpos de los demás clavados en sillas y pedazos de placa, cargados por los bulleros que creen hallarle un sentido extra a la bulla.
Centro Habana podría ser un pueblo raro, repleto de áticos y nichos, colmenas, ruidos de infantes difuntos, pero pueblo al fin. Cada noche la gente (digo gente no personas) se encarga de que no sea pueblo, de que la bulla se torne irreal.
Uno se queda bocarriba toda la madrugada, el frío se disipa y la gente se esconde en los áticos, el sol sale y uno cree en vampiros.
Una anciana vende refresco gaseado para el desayuno, un panadero pasa con un pito en la boca hasta desinflarse.
Nadie parece recordar la noche, veo a las personas en un entorno supuestamente normal, veo a personas que fueron traspasadas con las sillas, sin huella de heridas.
Los ruidos pudieran estar en mi mente, pienso.
(Más que pensar, deseo pensarlo así, convencerme)
Quedan horas aún antes que caiga la noche y vuelva la gente, en su sentido más inverosímil, siempre buscando sin hallar.
Miro hacia la placa del techo, parece que está intacta.