La Habana ha muerto

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Con La Habana está sucediendo algo insólito, inaudito, La Habana está dejando de ser, se borra como imaginario, como sitio concreto, la gente deja de decirle su nombre, deja de preferirla, deja de añorarla. Esto ocurre porque ya no hay habaneros, sí, pareciera raro, pero La Habana es ya una ciudad sin su gentilicio.
“Los habaneros se han ido”, dicen los que ahora habitan los barrios céntricos y periféricos de la capital, “aquí nadie es de aquí”, dicen dos guantanameros que llevan 25 años viviendo en la calle Maloja, cerca de Sitios, quizás el lugar más folclórico en términos de religiones afrocubanas de la otrora flamante ciudad.
Sí, la gente se ha ido, tomó rumbo a otras urbes mundiales, se despojaron del sabor a mar, de las siluetas nocturnas trazadas por el faro del Morro, de los Carnavales y el olor a carne de puerco, el tufo a ron, las comparsas, el polvo, las columnas, el malecón que se llena de salitre y de esperanzas efímeras, esperanzas de alcohol.
Ya La Habana no tiene habaneros, y quienes la habitan ya dejaron de ser santiagueros, guantanameros, holguineros, etc, una ciudad sin gentilicio es lo más parecido a una ciudad desierta. No hay identidad que construir, los muros pueden caerse de un momento a otro, no resultan necesarios los himnos, las banderas y los patriotismos locales, no se puede sitiar a una ciudad sin habitantes.
Andar La Habana es irte por un túnel vacío, un conducto detenido, una imagen de imágenes, donde sólo priman las lecturas de uno u otro lado del espectro de la Historia. La Habana real no existe, se perdió en algún recodo, en alguna maldición, en alguna consigna, en algún desfile, en alguna ida, en algún adiós.
Habría que analizar cuántas ciudades en el mundo y en la historia se han quedado así, repletas de gente y a la vez deshabitadas, sin nadie que las ame de veras, sin un alguien que las defienda, que las considere, más allá de dividendos económicos. Pertenezco a otra ciudad, quizás más quimérica, quizás más inventada, menos ciudad, San Juan de los Remedios, donde no obstante la nebulosas del tiempo, los atrasos, el aislamiento; uno puede sentir que se ama sin interés, que se muere por amor a los muros.
Pero La Habana tiene apenas una muchedumbre que viajó hasta ella para sacarle el jugo, enjambre que la derrumba, ausente sentido de pertenencia que jamás será capaz de habitarla. La Habana es el sitio de las oportunidades, donde prolifera un mercado negro como un agujero negro, una ausencia que se aprovecha, un centro que es periferia, La Habana es un barrio gigantesco, un bazar movible-inmóvil, agujero al fin que todo lo gravita, lo atrae.
Esta ciudad ha ido dejando de existir, se decantó a través de las décadas, ya nadie recuerda las tonadas de otros años, ni las fiestas, ni hay familias que derramen su abolengo sobre las baldosas de las casonas, se borraron los membretes de las sociedades y los apellidos, se perdió La Habana aquella, elegante o no, aquella que salía en los periódicos, aquella que no había que maquillar.
Nos queda el sucedáneo, lo derivado, lo espurio, nos queda apenas un archivo, un legajo inclasificado y perdido en los recodos de la Biblioteca Nacional, una foto en sepia de la calle Reina con los tranvías y los sombreros de paja.
La ciudad ha dejado de estar, a la usanza de cierta ciudad narrada por Italo Calvino, ciudad inservible e invisible, vencible, borrable. Sí, dejo de ser, de ubicarse, se marchó a ninguna parte, quedó la sombra, el mapa apenas, una situación geográfica, apenas un recuerdo, apenas un remember para los turistas, apenas un suvenir.
“Aquí nadie es de La Habana, vinimos hace años de Camagüey”, dice un botero, dice un heladero, dice un vendedor de maní, dice un vendedor de muñecos de palo en la feria del bulevar de Obispo; todos ellos representan oficios de sobrevivencia, casi al margen, son seres que vinieron a La Habana no a habitarla, sino a vivir ellos, a resolver, a luchar, a ver qué pasa, a probar suerte.
La Habana debería propiciar destinos, vidas, estabilidades, se debiera soñar en La Habana, pero como dijera alguien “esto es un trampolín”. La realidad y la lasitud la hicieron móvil, se perdió lo propio, la identidad ha muerto, ya casi se celebran los 500 años de fundada y no queda ni una familia a la cual acudir en busca de antepasados, de memorias, de añoranzas, de paredes.
Los legajos son legajos y las fechas fechas, mientras se perora en periódicos y plazas. La Habana no es La Habana, quizás sea algo, pero habría que definir ese algo, quizás haya surgido una ciudad sobre la ciudad muerta, pero nadie le pone nombre. El proceso es insólito, complejo y hasta clandestino.
La Habana ha muerto no sé si será prudente gritar, ¡La Habana ha muerto, viva La Habana!, no sé, la muerte parece demasiado, me sobrepasa, es una muerte nebulosa, imprecisa y sin embargo tan real, tan terrible, tan determinante. La Habana ha muerto y no nos queda ni su cadáver para el velorio.

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Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.

 

Discontinuidad de los parques y las calles

 

kcho“¿Asere, tú no trabajabas en la televisión?”, y el hombre se iba riendo por toda la guagua, mientras el actor, otrora estrella de la sonada serie “Día y noche”, buscaba un hueco en aquel transporte hirviente, especie de dragón articulado que rompe las tuberías y orada el asfalto y genera crisis y quejas miles a la empresa de acueducto y alcantarillado de La Habana.
El subdesarrollo consiste en no tener continuidad, como diría un amigo, nada se mueve, nada es completo, nada dura, lo que hoy parece pétreo mañana se difumina en el aire, en el tercer mundo no hay stars systems que rescaten a estos actores fracasados y los rodeen de un halo de místico encanto de derrota.
La imagen de Sergio, protagonista de la película “Memorias del subdesarrollo”, caminando por una capital que él califica como “Tegucigalpa del Caribe” o pueblo de campo, ilustra un sentimiento de frustrado empeño, de energías perdidas. Todo es un esfuerzo perenne, una lucha sin armas, sin término visible, un desgaste que te quiebra y encierra, donde todo está indefinido y pareciera definido, donde todo parece al alcance y todo está muy lejos.
“¿Asere ñoooo, jajajaja”, la risa del hombre burlón se me queda clavada en los oídos, me saca la lástima y me deja el dolor, me desata las ganas de escribir, de redimirme en ese fracaso, en esa imagen articulada del dragón que nos traga y nos derrite en pleno calor habanero, en pleno subdesarrollo.
Ha sucedido con muchos, hay historias que saltan lo mismo a las doce del día en un transporte público que en un pueblo de campo, que en un campo sin arar y lleno de marabú. Hoy me topé por ejemplo con un escritor de Yaguajay, en plena calle 3ra, Vedado, un escritor yaguajayense en la Habana en pleno mediodía, el sol rajando la piedra de nuestros cráneos, un escritor que seguro venía de visitar a otros escritores o artistas, con los mismos bolsos entretejidos y la cara triste y sudada, un escritor que apenas puede darle continuidad a su voz poética o narrativa. En el subdesarrollo los escritores pueden no tener continuidad o no continuar su obra, pueden incluso tener voz poética y quedarse mudos, dejar que el sudor hable por ellos.
Un escritor en Cuba era ya algo raro desde la República, cuando ser escritor y héroe de la guerra independentista dejó de estar de moda, dejó de ser cool, cuando los hombres ilustres pasaron a ser generales y doctores. Entonces un escritor no servía de nada, no era útil para domeñar y sembrar servilismo. En este sitio de calores y definiciones perennes, sitio que no sólo es geográfico sino temporal, los escritores tampoco son héroes, sino pajarillos, de país de generales y doctores pasamos a ser un reparto, un barrio de aseres y negociantes.
Ya lo dijo Virgilio Piñera alguna noche, en medio de esa necesidad que tuvo siempre de que lo quisieran: “tengo miedo”.
Un escritor, un actor, son dos pajarillos raros en una Cuba a las doce del día, en medio del calor sin aires acondicionados, en medio del transporte público o de la calle 3ra. Extraños en el paraíso nunca como ahora, nos sentimos extraños, tan extraños.
Aquel que vive al margen, vive más apegado a la verdad, aquel que no sueña, no piensa, no hace. La verdad se vuelve sopor, se vuelve invierno vaporoso, poros que se agrandan y se queman, que sufren fragmentación del pensamiento y la sensibilidad.
Verdad es un concepto definido al que no agregamos nada, es una pizza sin nada que compramos hace tiempo, cuando no se inventaba el queso y la salsa de tomate, es una empanada frita con manteca de rinocerontes, es un pellejo de carnero secado al sol. Verdad ha dejado de ser un concepto para ser el Concepto, el sancta sanctórum de los conceptos, nos conceptualiza, en el tercer mundo los conceptos tampoco tienen continuidad, el tercer mundo no es hegeliano, no se practica la dialéctica sino la escolástica playera.
En la filosofía del subdesarrollo todo viene de afuera, hay que esperar siempre por ese afuera que nos salva o nos condena o nos salva y nos condena. El actor, el escritor, esperan por un afuera aún, un afuera que les diga quiénes son, qué valen, un afuera que refute al adentro, a la voz burlona del transporte público, del sol en la calle 3ra, un afuera que legitime, que dé conceptos, que reevalúe, que traiga el queso para pizza, la salsa, el aderezo.
Cuba sigue siendo la isla de Calvert Casey, la isla del eterno retorno, de la evocación, cada quien se evoca una isla.
Lezama se inventó una fábula deforme, más que fábula fabulación, Virgilio inventó una maldición, Heredia inventó un alejamiento, Martí inventó una inspiración, Padilla inventó un desencanto, Padura inventó un crimen, Kcho inventó una mole de hierro.
Los inventores de cosas son sólo eso, inventores, no podrían ser filósofos, la filosofía requiere de lo continuo, de la continuidad de los parques y las calles, Cortázar sólo podría concebir su “Rayuela” en París, jamás en Centro Habana o en Pogoloti.
Cuba tiene escritura, no filosofía.
Una Rayuela en Pogoloti sería un montón de chismes, un montón de olvidos, un montón simplemente.
Una Cuba sin subdesarrollo sería algo así como un Kcho, pero sin óxidos, sin botes, sin trazados secundarios, sin tramas, sin sospechas, sin Kcho, una Cuba donde los actores no sean temerosos viejos en busca de un asiento en un transporte público estaría inscrita en el Guinnes de la historia, habría reinventado la dialéctica, habría revirado la historia, habría reevaluado su discontinuidad.
Una Cuba con Rayuela cortazariana sería algo así como el maremoto que barrió con los aseres, los negociantes, algo así como el ángel exterminador que marcó la puerta de la desidia, algo así como un Kcho que dibuje retratos renacentistas, algo así como un Kcho decidido a hacer, a hacernos a todos su obra, a desechar este presente en alguna instalación, a reírse sanamente de este dolor que se nos clava, a esta espina que es la historia.

Mataperros o la colección de ausencias

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Foto: Bernardo Salazar

El tema de estos jóvenes pudiera ser el viaje, pero visto como travesía inmóvil o como traslado hacia un punto dentro de sí mismos. Pareciera que regresan de muy lejos, que el tiempo los ha distanciado de los hogares infantiles, de las madres, de los vecinos, de la comida. El hambre también marcó ese devenir que de pronto se avalancha desde la pantalla, un hambre pueril atrapada en paqueticos de refrescos vacíos, de ranitas de chocolates, de jabones, de afeites distintos y distantes del presente narrativo.
Quien cuenta nunca dice de dónde viene, hay una ausencia de destinos y lugares en esta traslación que es el cine, que es el corto “Mataperros”, propuesta de Yimit Ramírez González. En pocos minutos el material accede a una realidad común, cuyo desgarramiento, aunque pasado, por momentos se nos muestra vigente, tangible, a la vuelta de la esquina.
Varios de los temas que acompañaron al cubano de las últimas dos décadas se colocan dentro del “Capital”, volumen teórico escrito por el alemán Carlos Marx. El autor del documental, y protagonista de la historia, colecciona sus ausencias, sus risas tristes, colecciona las carreras en medio de apagones, de calores interminables, de comidas preparadas en medio de la absoluta precariedad. Es que el periodo especial reúne todos los temas cubanos de los últimos veinte años.
Un periodo que se alarga más allá de las décadas, porque se intuye enfermedad de la mente, amnesia que recuerda demasiado, voluntad de resistencia que derroca paradigmas y eleva otros. El espectador nunca sabe de dónde vienen estos jóvenes, pero pareciera que jamás se mueven de lugar, incluso que simulan toda la historia, como si se tratase de una fábula sin enseñanza, de un vacío audiovisual.
El evidente logro de un buen documental acerca una de las etapas más duras de la historia cubana, convierte a Yimit en un aeda, en cronista de una verdad más fuerte que el simple pasado. Ese “Capital” que encierra los sueños descapitalizados de un pueblo se muestra una y otra vez y los signos resultantes de esta relectura devienen en lágrimas, en el rostro de una madre que sobrepasó todo, que vivió todo, que lo ajustó todo a través de dos décadas que cambiaron la percepción del tiempo y del modo de subsistir.
Documental que comienza con la explicación de los avatares de un juego infantil, y que continúa con otras travesuras entremezcladas con la inconsciencia de lo duro, de lo ausente, memoria que goza a pesar de lo ausente, tiempo que pasa en lo inmóvil, viajeros de una odisea que persiste, mataperros que inventaron la felicidad en la infelicidad, el juego en el tedio, el revoltillo pasado por agua, la imagen del caramelo en sustitución del caramelo mismo.
Pareciera que los personajes quisieran sepultar el dolor, obviarlo, decir que fue lógico, entendible, aceptable. Pero la imagen no alcanza a cubrir los resquicios de la realidad, y ni aún “Mataperros” alude a todo lo que quisiera, dejando agujeros semióticos donde el cubano completará con una frase, un gesto amargo, una vida, otro vacío, las tantas ausencias.
El viaje pudiera ser el tema, el hambre, la ausencia, la espera, el retorno, la cena, el “Capital”, los vacíos, el laberinto de tapias de un barrio cubano, el juego. Hay tantos temas en “Mataperros” que mejor resumirlos en la tristeza, una tristeza que se sepulta en la cena, en la alegría, en el tiempo inmóvil, en los juegos de calle, en el recuerdo que no muere porque está al acecho.
Es bueno hablar sobre la tristeza con alegría, de lo inmóvil con desenfado, del pesimismo con optimismo, resulta agradable porque así todo queda en la imagen, en lo audiovisual, pero todos sabemos que más allá del plano, de la cámara, del realizador, hay una realidad avasallante, omnipresente, que no delimita periodos. El tema de “Mataperros” sobrepasa toda intención estética, pareciera dispuesto a sacrificar la poesía en nombre de la vivencia.
Pero hay poesía ahí donde brota la melodía del momento, donde las décadas retroceden, donde los padres y los abuelos narran, donde las lágrimas son reales. Hay belleza, porque el aeda, el cronista, se encargó de mostrarla a su manera, así metida en los paqueticos de refresco, en las etiquetas de jabón, en la colección de ausencias que cabe entre las páginas de un viejo ejemplar del “Capital” de Carlos Marx.

Deshielo

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Foto: Bernardo Salazar

Dicen los turistas que quieren ver a Cuba, a la chica virgen, antes de que caiga en el sofá del mercado y la desfloren las cocacolas, el sprite, los casinos, el turismo cosmopolita. Quieren tocarle los senos a la muchacha, antes que se mustien, quieren olerle las esencias a Centro Habana, al Cerro, al periódico Granma, a los congresos, a los cartelitos del CDR, al muro invisible que les recuerda tantos muros visibles en tantas partes.
Los turistas, muchos de ellos estadounidenses, hablan de deshielo y pienso en frigoríficos, en películas sobre el polo norte, en la nieve cayendo sobre Moscú que no creyó en lágrimas, en el frío de un cañaveral a las tres de la mañana en diciembre. Pienso en un trozo de hielo de esos que se usan para el ron, piedra cuadrada e inmensa que ruedan por las calles en tiempos de carnaval.
En esta fiesta somos los desflorados, los raros, los puros; nosotros que nos creíamos heterodoxos, dinámicos, vivos. Ahora resulta que nos colocan en la vitrina de la Historia y un viejito vestido con mil trapos color beige nos tira una sarta de fotos. El calor los lleva Centro Habana abajo, los derrite, les pone marcas de sol en la cara, uno los ve tomar agua de pomito, averiguar por tal o más cuál calle, mirar los mapas constantemente, uno los ve con los hijos y los nietos (desorientados muchachos que te miran como si no existieras, como si todo esto no fuese verdad y tú y tu vida estuvieran preconcebidos, montados a exprofeso, un tinglado, un escenario).
Uno siente que envejece ante la mirada de estos turistas, me salen arrugas, el pelo se me destiñe, soy más blanco de lo habitual; de repente uno de esos vendedores de maracas me confunde con extranjero e intenta meterme gato por liebre. Han pasado sólo segundos y ya se siente la cercanía de la muerte, como si vivir fuese una tarea cuestarriba en estas tierras raras, desprovistas, desoladas, baldías, yermas, llenas de una moda demodés.
Yo me doy por vencido una vez más, decido irme de la Habana, correr hasta mi cuarto en Remedios, tomar la Biblia, leer a Martí, a Lezama, saber que quizás me queda poco o que nunca tuve demasiado tiempo, que no es el momento ni el lugar, que los oasis no son para siempre, que ahogarse es normal sin que medie el mar ni el río.
Hay quien se ahoga en seco, como en aquel cuento de Virgilio Piñera, pero según los turistas yo me estoy ahogando en un trozo de deshielo, o sea que probablemente mi cadáver aparezca en los próximos carnavales, metido en un tanque de cerveza fría.
De cualquier forma resulta incómoda esta situación de vitrina, donde tú no encuentras el rostro humano ni el gesto amable, donde todo encanta mientras más se desluce, donde los edificios fantasmales y llenos de aditivos de mal gusto son el goce de los chicos de Canadá, de Inglaterra, de los viejos de Austria, de los españoles con sus risas sonantes y de los alemanes, que miran todo como quienes todo lo entienden o como quienes nada entienden.
En esta isla estrecha rodeada de tantos tiburones, no hay mucho sitio adonde ir, los refugios se tornan quimeras, uno los inventa, los recrea como si fuesen ciudades invisibles, uno juega con la idea de Marco Polo y el Gran Khan, con Italo Calvino, uno cree que quizás la idea de isla es solo eso, una idea, finita y moribunda, que detrás de esa isla hay continentes, monasterios, pasillos con olor a libros.
Uno quisiera que este deshielo no fuese tan público, tan espectacular, todos parecen buscar un palco o una sitio en la platea, hay quien se sienta delante del televisor para ver las cosas a distancia y tener la libertad de cambiar de canal o quitarle el volumen. Uno se siente derretido delante de todos, uno nota esta desnudez desprovista que nos asalta en medio del sueño, uno corre y busca esconderse, pero las cámaras salen raudas y uno ocupa las portadas de todos los periódicos o un pedacito en el álbum de viaje de algún sueco.
Uno quisiera borrar todo el escenario lo más rápido posible, pero el hielo tarda en desaparecer, es un asunto muy lucrativo esto de irse muriendo de a poco.

Réquiem para violín

Violín

Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana y el motor de la turbina yacía achicharrado junto a la puerta. El vecino intentó salvarlo, pero siempre dejo la reja de la entrada bajo candado. Mi casa pareciera de esta forma una celda de monasterio o un cubil del Castillo de If, pero mejor así, porque ya saben cómo proliferan los émulos de Alcapone en algunos lares. Así que mi vecino sólo pudo jalar el motor con un palo de trapear, evitando que la candela alcanzara un galón de luz brillante que estaba allí al ladito.
Gracias a esa solidaridad aún tengo casa y sólo debo lamentar la muerte de un viejo motor, que debió arrancar solo a partir de un fallo en su fusible, trabajar incansablemente y quemarse.
El olor al plástico quemado de los tubos de agua acompañó mis reflexiones de la noche, ahora deberé cargar el líquido en cubos, ya sea para beber o bañarme.
-No pude hacer más nada –me dice mi vecino, y yo le palmeo la espalda, juntos llevamos al motor hasta un rincón de la casa, donde duerme el sueño de los justos.
La reflexión me aterró toda la noche: nos accionamos como motores, funcionamos setenta u ochenta años y luego comienza el fuego, nos consumimos en nuestra propia vitalidad.
Mi vecino y yo nos fuimos a esa hora hasta un merendero, lo invité a comernos unos panes con jamón y queso. El sitio siempre lo concurren los travestis y putas de toda Centro Habana, los borrachos gritaban a través de una reja y dos asustadizos muchachos intentaban el servicio. Nos demoramos media hora, esperando por dos panes que llevaban horas, quizás días, puestos en el mostrador.
El sabor a pan seco y viejo se me diluyó como el mejor manjar, ya camino a casa. Travestis y vendedores de café, choferes de alquiler, criaturas nocturnas, todos nos miraban. Yo debía parecer un fantasma con mi cara de derrota y estas reflexiones tristes que siempre me acompañan, mi vecino sólo hablaba de su hija, de un viaje a Haití, del dinero que le deben sus clientes (es albañil por cuenta propia), de la santería, de las maldiciones.
La casa donde estoy viviendo fue antes de una señora practicante de la religión yoruba, según me cuentan se había “hecho santa” por Oyá, la diosa de los cementerios. La mujer falleció recientemente, producto de un largo padecimiento. Sus prendas estuvieron siempre colocadas al lado de la turbina.
Si reflexiono mágicamente, tendría que reconocer que algo actuó esa noche, que alguien quiso matarme, quemar mi casa.
Algo o alguien, entes sobrenaturales, que manejan la suerte a su antojo, o lo que nosotros llamamos suerte.
El pensamiento me petrifica, saca de circulación cualquier rejuego filosófico, me conmina a marcharme de regreso a Remedios, a dejar La Habana por proscrita y mágica. Así que me aferro al teléfono y llamo a mis amigos, los induzco a que me convenzan de que todo fue azar, que no existen los entes ni el más allá.
Hablo con ellos mientras el sabor a pan seco y queso y jamón se pierde a través de las ondas electromagnéticas del auricular.
No quedo muy convencido, enciendo la radio, una emisora anuncia un concierto del violín de Mozart en la Habana. Me dan deseos de ir, pero a esa hora llega el agua y, sin turbina, debo cargarla manualmente. En el subdesarrollo nada tiene continuidad como dijera Sergio en el filme Memorias del Subdesarrollo. Las turbinas se rompen, el agua llega a deshora, la gente pierde el interés por Mozart quien se queda solitario en su salita de conciertos o quizás con tres gatos rumiando para sus adentros que dejaron su casa cerrada, que quizás al llegar haya algo muerto, algo roto, alguien tratando de matar.
Mozart nada arregla, nada puede, no pertenece a este universo, la presencia de su violín es rara avis, un sonido dulce en medio de millones de ruidos de turbinas que se queman solitarias.
En fin, no podré escuchar el concierto, estaré a esa hora sudoroso en mi cubil verneano, cargando innumerables cubos y tanquetas, seré siempre un melómano distante que consume grabaciones enlatadas, transmisiones radiales desfasadas, ondas, falacias.
La noche no fue silenciosa, ni tranquila, algunos ruidos llenaron la casa, quizás fueron pasos, no sé bien. Me dormí con los audífonos puestos, Mozart sonaba otra vez, pero no a través de su violín. El subdesarrollo se movía como un león hambriento de panes con jamón, no supe bien si se trataba de algo o de alguien que habitaba mi casa, si quería matarme o sólo demorarme para que no fuera al concierto, quizás deba creer más y pensar menos.
Ahora estoy sentado en mi cama, son cerca de las seis de la tarde y siento el agua que empieza a caer.

Las islas también se escuchan

Cae la tarde sobre la Polivalente, el parque de los ensayos

Fotos: Yánder Zamora

La Habana es una isla dentro de la isla, una capital repleta de islotes donde el color verde, el mar y la música se muestran atrevidos, melancólicos. Las trompetas, los saxofones, los timbales, las tumbadoras llenan las mañanas, las tardes y las noches. Los instrumentistas se transforman en seres resistentes a la lluvia, al frío, al sol ardiente de las doce del día, a la soledad.
Un parque aledaño a la Sala Polivalente Ramón Fonst se convierte, cada tarde y hasta entrada la noche, en uno de los islotes mágicos de la Habana
Sonidos que expresan el alma de islas individuales cuyas historias son sueños dignos de contarse. Sueños que a veces se vuelven reales y otras tantas quedan entre las sombras de los árboles del parque, cobijados a la espera del próximo saxo, del acorde exacto que recomponga los hilos dispersos de la suerte.
Los sonidos se funden en esa amalgama de suerte y desdicha, de virtuosismo y aprendizaje, de vida y desilusiones.

Pedro Pablo Hernández, conocido como Campeón, ensaya en la Polivalente desde 1982
Él por ejemplo se nombra Pedro Pablo Hernández, pero prefiere llamarse Campeón y desde 1982 viene a la Polivalente para ensayar. Se define como amante de la vida, religioso yoruba y consagrado al estudio de su instrumento: la trompeta. Usa un sombrero blanco, me mira y me sicoanaliza, lee mi carta de la suerte. Dice que soy hijo legítimo de Babalú, de Oshún, algo le habla desde el Más Allá. Quizás por eso no se cansa de la música, porque le ve el lado mágico.
– Yo soy el tesorero de mi edificio y todo el mundo me quiere, pero por eso mismo no debo molestar con los ensayos. Como mucha gente, todos los días me traslado hasta aquí.
Campeón aún no logra el sueño de todo músico: viajar, la fama, grabaciones, conciertos en grandes escenarios. Toca para la Unión Latina, una agrupación habitual en bares nocturnos. Sin embargo, hay en él una determinación innata que aviva sus esperanzas.
-Nací en una tabla de planchar en el año 60, me cortaron el cordón umbilical con un hilo de coser y siendo un bebé me tomé un pomo de anís estrellado. Nunca me enfermo, siempre sobrevivo todas las crisis, algún día se me abrirán las puertas.
Viene porque la ciudad carece de un salón de ensayos, porque el deterioro de las casas de cultura dificulta un espacio fijo con ese fin. Viene además porque la Polivalente es una hermandad, la unión de intereses, la isla dentro de la isla.

Campeón además practica la religión yorubá, cree en la magia de la música
-A esto le decimos la Escuela de los Trompetas –aclara Rolando Llerena Espinosa– aquí estudiaron grandes maestros, como Nilo Valles, uno se nutre también con las conversaciones.
Llerena no tiene reparos en recorrer 9 kilómetros hasta la Polivalente varias veces a la semana, aunque sabe que el sitio se torna hostil cuando cae la tarde.
-Se han dado asaltos aquí cerca contra los músicos, pero vale la pena venir. En Guanabacoa me menosprecian, creen que no tengo futuro, que pierdo el tiempo, allí molestan mis ensayos.
Es que el sitio es inclusivo, lo frecuentan consagrados y noveles, casi siempre prima la camaradería, el trago de ron, la descarga.
-Nosotros nos pasamos técnicas para ensayar que bajamos de internet, nos criticamos de forma constructiva, hasta intercambiamos contratos de trabajo en los centros nocturnos –agrega el joven Damián Leal, quien toca en la Banda Municipal de Guanabacoa.

Damián Leal, Luis Hernando Chávez y el mexicano Alfredo Ibáñez ya son amigos inseparables (nombres de izuierda a derecha).
-Pasé por el lugar y me llamó la atención la fraternidad, así que vine a hacer amigos, sólo toco la trompeta por hobby, estudio derecho, la música cubana y el jazz me llenan el corazón –Alfredo Ibáñez es un mexicano de 38 años quien además se muestra impresionado por la calidad acústica del lugar, por los enterramientos religiosos tan abundantes, por la magia que se hace sentir.
Hacer amigos es un privilegio, este es un lugar salvador también para jóvenes como Luis Hernando Chávez Piloto, de 21 años, trompetista de la orquesta de Pablo FG. Aquí encontró su destino, los amigos, el amor.
-No soy graduado de música porque en séptimo grado una profesora se encarnó en mí y perdí la escuela. Mi padre se sintió muy triste, se esforzó desde entonces trabajando en el campo por 30 pesos al día, para pagarme las clases de solfeo. Una vez estaba ensayando en el patio de mi casa y por una denuncia de los vecinos acabé en la estación con un acta levantada, supe que debía buscar mi espacio y apareció la Polivalente. Soy de la provincia de Mayabeque, aquí empecé viviendo en la calle 23 en una casa prestada y ahora estoy con mi novia en Reina, muy cerca del parque de la Fonst. Todo lo que logré se lo debo a mi padre y a este sitio, con el que tengo un vínculo fuerte.

Luis Hernándo, a la derecha, narra cómo se hizo músico gracias al esfuerzo de su padre
Piloto le da gracias a Dios porque todo le fue bien con la trompeta, mientras proyecta el sonido de su instrumento contra las alejadas paredes de la Terminal de Ómnibus Nacionales. Dice que el lugar parece una explanada de conciertos, que la acústica es espectacular, pero igual reclama unas luces para el sitio.

Luis Herndando Chávez Piloto y Damián Leal ensayan la misma pieza, para mejorar sus destrezas técnicas, nombres de izquierda a derecha
Las sombras de los árboles se mueven en medio de la isla de los instrumentos, la fraternidad trasciende las suertes individuales y la música es un ser colectivo que nos cobija. Me quedo entre ellos, una botella de ron va y viene, yo me siento un artista más.
Las sombras, por un instante, ceden ante la luz de la tarde-noche.
Un grupo de curiosos se detiene a escuchar la descarga de jazz improvisada, alguien recuerda a los “polivarenteros” que ya no están, porque fueron a otras islas y continentes.
Al regresar a la redacción entro a las redes sociales, pido unirme a un grupo: Polivarenteros en Facebook.
Yo sólo soy periodista, no toco ningún instrumento y ya me siento parte de algo más grande.

Los sonidos de los trompetistas llenan la tarde habanera

(publicado originamente en OnCuba)

La noche bocarriba

He quedado bocarriba, la placa del techo se retuerce llena de ruidos, pasos, sillas arrastradas, un hombre que grita.
Arriba hay gente (el vocablo gente suena siempre hostil).
Gente que quedó buscándose entre el frío y las sillas tiradas, gente que se tira ora a un lado ora a otro, sin hallar un cotejo.
(Sus vidas quedan en algún lugar de Centro Habana, que sólo se accede a través de puertas inertes, de imágenes de puertas).
La puerta es siempre una entrada donde la salida puede perderse.
He quedado bocarriba a las tres de la madrugada y oigo a esta gente batirse, salir, cerrar las puertas de un tirón, gritan.
Las imágenes de puertas sin salida se suceden en mi mente y no sé si estoy en una pesadilla o llegué ya a la verdad absoluta.
En mi pueblo las puertas temblaban, la soledad y el frío arremetieron contra las imágenes y quedó el silencio, el silencio del pueblo.
Centro Habana podría ser un pueblo, a no ser por la bulla, esa que sale a las tres de la mañana y que provocan aquellos que buscan la quinta maravilla entre montones de desechos, los que piensan en grande y actúan a cubierto, los fugitivos de cualquier vida.
Las sillas siguen cayendo de la placa, atraviesan el cemento duro y las cabillas, caen sobre mi cama, me atraviesan.
Voy con el cuerpo atravesado de la mano de los bulleros, me llevan a diferentes habitaciones subterráneas y a áticos, donde hay personas acostadas bocarriba, despiertas por la bulla.
Personas, no gente, personas no hostiles victimizadas por la gente.
(Así podríamos definir a Centro Habana, si de conceptos hablamos).
Un plano donde la realidad pasa montada a caballo en los cuerpos de los demás clavados en sillas y pedazos de placa, cargados por los bulleros que creen hallarle un sentido extra a la bulla.
Centro Habana podría ser un pueblo raro, repleto de áticos y nichos, colmenas, ruidos de infantes difuntos, pero pueblo al fin. Cada noche la gente (digo gente no personas) se encarga de que no sea pueblo, de que la bulla se torne irreal.
Uno se queda bocarriba toda la madrugada, el frío se disipa y la gente se esconde en los áticos, el sol sale y uno cree en vampiros.
Una anciana vende refresco gaseado para el desayuno, un panadero pasa con un pito en la boca hasta desinflarse.
Nadie parece recordar la noche, veo a las personas en un entorno supuestamente normal, veo a personas que fueron traspasadas con las sillas, sin huella de heridas.
Los ruidos pudieran estar en mi mente, pienso.
(Más que pensar, deseo pensarlo así, convencerme)
Quedan horas aún antes que caiga la noche y vuelva la gente, en su sentido más inverosímil, siempre buscando sin hallar.
Miro hacia la placa del techo, parece que está intacta.