Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.

 

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Visión nocturna del Malecón inseminado

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Muro del malecón

El malecón funciona como una vitrina del momento, las putas y los travestis, la gente que pulula, los vendedores. La situación pudiera dar grima, tristeza, o pudiera ser cómica, burlesca. La Habana es definitivamente como la dibujaran Arenas, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Pedro Juan Gutiérrez, la ciudad te engulle, cambia tus paradigmas, es una trituradora de creencias, de puntales.
La Habana es un desfile, no importa si del 1 de mayo o contra la homofobia, nada interesa en este universo de calor, donde los ingleses apenas dijeron “hello!” para marcharse corriendo, en medio de infinidad de mosquitos y mulatas luchadoras de yucas, verdaderas taínas que sembraron con su ejemplo la semilla de este malecón.
Sitio de enamorados, donde un negrón fálico abraza a una blanquita sueca o alemana o francesa, dama que intenta la aventura sigilosa de retar una penetración sobrehumana, penetración tropical que trascenderá a gritos la noche y los tejados cayentes de Centro Habana, los muros dejados por los españoles, las paredes que surgieron en medio de orgiásticas microbrigadas.
El malecón es eso, más habanero que el Capitolio, más mundial que cualquier avenida de esas llenas de embajadas. Si resumiéramos la vida en la capital, quizás ese resumen tendría forma de muro, de mar, de agua salada que salta y llena la calle y salpica y destruye con su salitre los edificios.
En el malecón hay negros célebres, aseres ilustrados, blancos cazafortunas, tristones que miran y se preguntan miles, millones de veces las mismas preguntas. Ese malecón es casi una metáfora de Cuba, ese malecón ilustra mejor que cualquier imagen nuestra maldición del agua por todas partes.
Hay de todo y para todos, con todos y para el bien y el mal de todos, malecón que te hunde en ese universo pequeño-grande de tanta gente, de tanta humanidad venida a ese estrecho muro de Cuba, pequeño muro que nos separa y acerca, que sirve de puente, de lengua común, de sinfonía, de palabreja, de mala palabra.
Malecón que aparece en cientos de canciones populares, siempre con la advertencia subrepticia de que no te bañes en el malecón, porque en el agua lo mismo hay un tiburón que un b… ón.
El malecón es triste, alegre, leve, largo, pequeño, vivaracho, moribundo, es una turbonada y un cementerio, es viejo y cada día se renueva, el malecón es el malecón sin que exista redundancia, sin que falte ni sobre un pedazo de muro, es la cosa en sí y para sí sin filosofías foráneas porque basta con la propia verdad.
Del malecón es duro escribir, también es duro decir, pero es más duro callar, porque el malecón somos todos, todos vamos allí en busca de la luz, de la nube, de inseminar alguna realidad, de inseminar al menos, el malecón por lo menos nunca será estéril…

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

Mataperros o la colección de ausencias

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Foto: Bernardo Salazar

El tema de estos jóvenes pudiera ser el viaje, pero visto como travesía inmóvil o como traslado hacia un punto dentro de sí mismos. Pareciera que regresan de muy lejos, que el tiempo los ha distanciado de los hogares infantiles, de las madres, de los vecinos, de la comida. El hambre también marcó ese devenir que de pronto se avalancha desde la pantalla, un hambre pueril atrapada en paqueticos de refrescos vacíos, de ranitas de chocolates, de jabones, de afeites distintos y distantes del presente narrativo.
Quien cuenta nunca dice de dónde viene, hay una ausencia de destinos y lugares en esta traslación que es el cine, que es el corto “Mataperros”, propuesta de Yimit Ramírez González. En pocos minutos el material accede a una realidad común, cuyo desgarramiento, aunque pasado, por momentos se nos muestra vigente, tangible, a la vuelta de la esquina.
Varios de los temas que acompañaron al cubano de las últimas dos décadas se colocan dentro del “Capital”, volumen teórico escrito por el alemán Carlos Marx. El autor del documental, y protagonista de la historia, colecciona sus ausencias, sus risas tristes, colecciona las carreras en medio de apagones, de calores interminables, de comidas preparadas en medio de la absoluta precariedad. Es que el periodo especial reúne todos los temas cubanos de los últimos veinte años.
Un periodo que se alarga más allá de las décadas, porque se intuye enfermedad de la mente, amnesia que recuerda demasiado, voluntad de resistencia que derroca paradigmas y eleva otros. El espectador nunca sabe de dónde vienen estos jóvenes, pero pareciera que jamás se mueven de lugar, incluso que simulan toda la historia, como si se tratase de una fábula sin enseñanza, de un vacío audiovisual.
El evidente logro de un buen documental acerca una de las etapas más duras de la historia cubana, convierte a Yimit en un aeda, en cronista de una verdad más fuerte que el simple pasado. Ese “Capital” que encierra los sueños descapitalizados de un pueblo se muestra una y otra vez y los signos resultantes de esta relectura devienen en lágrimas, en el rostro de una madre que sobrepasó todo, que vivió todo, que lo ajustó todo a través de dos décadas que cambiaron la percepción del tiempo y del modo de subsistir.
Documental que comienza con la explicación de los avatares de un juego infantil, y que continúa con otras travesuras entremezcladas con la inconsciencia de lo duro, de lo ausente, memoria que goza a pesar de lo ausente, tiempo que pasa en lo inmóvil, viajeros de una odisea que persiste, mataperros que inventaron la felicidad en la infelicidad, el juego en el tedio, el revoltillo pasado por agua, la imagen del caramelo en sustitución del caramelo mismo.
Pareciera que los personajes quisieran sepultar el dolor, obviarlo, decir que fue lógico, entendible, aceptable. Pero la imagen no alcanza a cubrir los resquicios de la realidad, y ni aún “Mataperros” alude a todo lo que quisiera, dejando agujeros semióticos donde el cubano completará con una frase, un gesto amargo, una vida, otro vacío, las tantas ausencias.
El viaje pudiera ser el tema, el hambre, la ausencia, la espera, el retorno, la cena, el “Capital”, los vacíos, el laberinto de tapias de un barrio cubano, el juego. Hay tantos temas en “Mataperros” que mejor resumirlos en la tristeza, una tristeza que se sepulta en la cena, en la alegría, en el tiempo inmóvil, en los juegos de calle, en el recuerdo que no muere porque está al acecho.
Es bueno hablar sobre la tristeza con alegría, de lo inmóvil con desenfado, del pesimismo con optimismo, resulta agradable porque así todo queda en la imagen, en lo audiovisual, pero todos sabemos que más allá del plano, de la cámara, del realizador, hay una realidad avasallante, omnipresente, que no delimita periodos. El tema de “Mataperros” sobrepasa toda intención estética, pareciera dispuesto a sacrificar la poesía en nombre de la vivencia.
Pero hay poesía ahí donde brota la melodía del momento, donde las décadas retroceden, donde los padres y los abuelos narran, donde las lágrimas son reales. Hay belleza, porque el aeda, el cronista, se encargó de mostrarla a su manera, así metida en los paqueticos de refresco, en las etiquetas de jabón, en la colección de ausencias que cabe entre las páginas de un viejo ejemplar del “Capital” de Carlos Marx.

Satisfaction

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Seguramente los veré desde un palco lateral, o a mí al menos me parecerá eso: un palco. Realmente estaré parado en un solo pie, al lado de un grupo de rockeros más o menos amantes de los Rolling Stones, conocedores de último momento, fans ad hoc, gritos con pies y manos y bocas abiertas olorosas a ron.
Estaré callado como de costumbre, sin comprender por qué tanto tiempo, pensando en lo de siempre: la de años que esa música estuvo prohibida (sin que mediara un decreto claro al respecto), la pila de cuentos sobre los jeans proscritos, los pelos cortados a la entrada de la escuela, los expedientes con la rúbrica de “elvyspreslianos”.
Obama viene a Cuba, pero más se habla inter nos de los ingleses irreverentes, sexistas, herejes a la ene potencia. El presidente de los Estados Unidos, con su imagen de puntualidad y su trote en la escalera del avión tendrá que vérselas con unos viejos feísimos , pero que llevan décadas luchando su yuca en el escenario del marketing, al punto de ser ellos mismos una marca.
La Ciudad Deportiva y su armatroste de paredes de concreto, parafernalia del pasado deportivo y glorioso, recogerá la rebeldía de los enemigos públicos de los Beatles. Algunos irán con bastón, a mirar los íconos de una juventud difusa, un tiempo que se fue entre el baile de María Caracoles de Pello el Afrocán y aquellas fiestas tan sanas, donde todos vestían iguales, tomaban poco alcohol y tenían mucho sexo adolescente al aire libre.
Seguramente Mick Jagger olerá toda esa carga ambiental y los dioses del rock bendecirán cualquier irreverencia demasiado transgresora, violadora de olimpos burocráticos, de telones de acero, de rúbricas en el expediente escolar, de cabellos masculinos cortados en plena tarde justo a la hora de irse a la escuela al campo. No habrá otro remedio que aceptar la entrada de los dioses del rock, siempre oscuros, sonrientes, macabros, terriblemente liberales. Esta vez los soñadores vencerán a los utilitarios, los incoherentes a los correctos, los eternos a los transitorios, el ruido a la marcha, el metal corroído y añejo al acero inoxidable y triunfal, el viejo verde al joven soso.
Nunca estuve en esas noches de cualquier casita frente a la playa donde sonaban los discos de los Rolling, no hice el amor entre vahos de campiña en un parque de los años setenta, jamás me persiguieron por tener toda la discografía de los Beatles y escucharla, tararearla, aprender inglés con Lennon y McCartney. Uso melena, no muy larga, pero sobresale entre los pelados con forma de estrella, de oso, de merluza, de algas que proliferan.
Nunca fui un Stone, ni un Beatle, al menos en esta vida.
Junto al rock, están los archivos musicales clásicos (se conocen por ese nombre, que no me gusta mucho): los Conciertos de Brandemburgo y las Variaciones Goldberg de Bach, la Música Sacra de Vivaldi y las Cuatro Estaciones, los Nocturnos de Chopin, algunas óperas de Richard Wagner. Todo ello engrosando la banda sonora de mi vida, los arpegios de mi cuarto oscuro, donde sólo se prende la luz de la computadora o el bombillo agitador de lecturas.
Si me creyera miembro, coetáneo tardío, integrante de cualquiera de estos ídolos musicales; tendría que volverme un aleph viviente de todas las épocas y sitios posibles.
Mejor asistir a la Ciudad Deportiva y hacerlo además acompañado, porque al menos así puedo hacer el amor luego del concierto, pensar que estamos en una playita furtiva o en un parque de los años setenta, dos proscritos, dos consumidores de diversionismo, dos que nada valen para otros pero que viven la imagen de valer mucho. Imagen al fin, ese pasado efímero y traído ad hoc se desvanece con el semen saliente y el beso animal, el respiro en la espalda, el resuello que levanta las últimas hebras del cabello de la chica.
La canción estará sonando en algún sitio, quizás en esa playita prohibida de los años setenta del Congreso Nacional de Educación y Cultura, de los grises quinquenales y decenales. Oiremos esa canción como dos hippies que descubren lo hippy como sentimiento, fundaremos el amor como antídoto, generaremos otra vez lo consabido, lo obvio; porque todavía no creo que nadie haya entendido bien cuando la canción dice “satisfaction”.
Al otro día alguien dirá que nunca hubo prohibición alguna sobre los Stones, que la playita jamás estuvo proscrita ni mucho menos el sexo al aire libre, que 1984 no se refiere a la URSS, que lo correcto es aceptar esta o aquella metáfora. Callaré a sabiendas de que todo fue borrado, no hay registros de esta o aquella prohibición. Como en la novela de George Orwell, toda pista se rehízo. Luego de una noche donde el pasado acarició mi entrepierna (intercambio de fluidos y libertades) aceptaré que mi edad no es suficiente para saber qué pasó, porque todo lo vivido ha sido un espejismo.

Caturla vive

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Alejandro García Caturla, la caminata leve…

Me he repetido esa frase miles de veces, la digo frente al retrato del niño vestido como una niña a la usanza de la época, delante del piano carcomido y mudo que Él tocara por las tardes-noches. Los balaustres de la casona nunca fueron tan esquivos, tan misteriosos, porque apenas había un postigo abierto mientras Él ensayaba o componía, o simplemente mientras interpretaba una pieza del amigo Claudio, como acostumbraba a llamar al genio musical de Debussy.
“Caturla vive”, es como un ritornelo, una fuga rápida de espíritus, la casa que se sacude el tiempo, la familia que me saluda desde las habitaciones adormiladas, la fiesta de amigos donde el niño prodigio ya interpretaba piezas norteamericanas de moda, el rincón que le enseñó a amar con rebeldía y arrebato, porque el amante era para Él un arquetipo heroico que no entiende de valladar.
El ritornelo se torna duro, casi una fanfarria, cuando el joven da su primer beso y escribe la primera nota, hay en él un volcán de esencias que sólo calmará el impacto alevoso, la caminata leve y soleada a través del parque colonial. “Caturla vive” a pesar del asesino, sobrepasa al burlador, al vulgar, a las ansias malsanas. En el piano resuenan miles de réplicas de Él, ya la Berceuse Campesina es un amanecer habitual sobre los tejados de la villa, ya el campanario no sólo marca la hora de su muerte, sino la de sus renacimientos.
Poco importa que el pasado retuerza la memoria a la caza de entretelones que oculten el concierto, si Caturla supo conjurar la gloria del tambor y hallar el tejido de una justicia humana que mucho le costó, pero costó más a la cultura nacional. Vive sin dudas, porque no hubo ni una mentira en Él que tanto experimentó con el arte, pero respetó las esencias, las sinceridades, el decir la verdad. Un hombre sobrevive el disparo alevoso cuando logra que su olor quede impregnado en las paredes de su casa, en los papeles de su obra, un olor que conversa con nosotros y nos indica una ruta.
Alejandro G. Caturla fue así, de rutas ciertas. La República debió estarse a sus pies, pero él estuvo a los pies de la República. Y el pueblo que nunca se equivoca levantó el cadáver pequeño del hombre grande y así fueron juntos todos a llorarlo, porque no hay otro remedio ni salida más justa cuando falta la justicia. “Caturla vive”, decían todos camino al cementerio pequeño, donde yace ese ser sin mesura.
El siete de marzo es frío y gris, el mármol nunca parece tan noble, tan blanco y firme. A veces se escucha una banda de conciertos que pasa, otras, un orador, otras el pueblo marcha en silencio porque aún se pregunta por Él, todavía lo quieren allí en la casona, con las luces de la tarde sobre el piano ahora carcomido. La mudez de la música es quizás el trino mejor para un siete de marzo, día en que vino al mundo aquel héroe amante sin estatua ni altisonancias.
Caturla era pequeño y bello, enorme y profundo. La casona vieja atesora los mismos episodios, porque sospecho que en verdad el tiempo no transcurre, o al menos para Él. A veces un destello de la tarde se cuela por el postigo y cae sobre el piano. Olores a partituras recién escritas, a obra nueva y esencias, a trascendencia y justicia, olor a vida que atraviesa los agujeros del traje balaceado.
“Caturla vive”, el ritornelo sube y baja su tono alternado, el cuerpo pequeño descansa, el espíritu grande está aquí y ahora.

El 94 de la mala suerte

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Foto: Bernardo Salazar

En el 94 yo tenía cinco años y mi padre me llevaba de la mano al preescolar, las paredes del parque estaban marcadas por esa tristeza propia de los tiempos duros, grises ojos de lo bello ausente, bicicletas apenas móviles que iban no supe nunca adónde, naves que se rompen como deudas rapaces. La vocinglera prensa repetía lo mismo, con la tozudez que sólo poseen los tontos y los pícaros: período especial.
Hubo muchos términos incomprensibles para aquella mente preescolar, entre ellos Unión Soviética, Campo Socialista, PECUS, CAME, Gorbachov, crisis. Otras palabras las fui descubriendo a través de sabores, certezas al vuelo, inspecciones acuciosas, angustias, agobios de medianoche, dolores transitorios que parecieron eternos.
Yo comía un emparedado de yuca llamado tambor, una pizza también de la omnipresente y casi omnisciente yuca sin queso y sin puré, una barra de maní hipercara que deglutía como un obseso a las tres de la tarde y a la sombra, una seudopanatela de cumpleaños hecha con polvos de bicarbonato que me entalcaban las encías, un refresco endulzado a la fuerza cuyo sabor aún indago.
A veces, mientras comía, pensaba en mis padres, en su matrimonio casi a pique, en mi abuela siempre a punto de aparecer, en la palabra crisis que ya se mostraba esclarecida y al acecho. No podía aún pensar en mí como un ente sin futuro, pero ya sentí que el peso del tiempo lo determina todo y que en términos de dolor el vocablo periodo resultaba un eufemismo, un escamoteo, la voltereta del payaso, el llanto sonriente.
Apagones, esos sí que los tuve bien presentes, como sólo se odia lo que no existe, como sólo se anhela lo que debiera estar de hecho y por derecho.
Tampoco pensaba en la palabra matrimonio, pero ese otro dolor tomaba rostro, se metía debajo de la sábana, era como una cara obscena y destructiva, burlesca, familiar a pesar de lo repulsiva, inevitable porque vivió conmigo aún muchos años.
Poco a poco, la palabra periodo tomó otros significados, los sinónimos le daban la vuelta a mi habitación, tocaban el techo de la desmesura, eran vocablos gruñones e impacientes que no soportaban un escape ni un no por lógicos que fuesen.
Por su parte el adjetivo especial se desperdigó en un verano caluroso, lo vi caerse cuneta abajo junto a una goma de tractor, lo vi irse en un chapín por Caibarién a las tres de la mañana mientras le imploraba a la Virgen del Cobre, lo vi con cara de perdido y vendiendo helados de fresa en medio de un ciclón que azotó Remedios en pleno día, lo vi intentar la fuga y la tocata en un concierto de hasta luegos, adioses, vuelve, llámame, mándame, ayúdame, tú tienes mi dirección, ven de visita.
Al adjetivo especial sólo lo vi en fotos trucadas o que parecían trucadas, en fotos donde todo rutilaba más grande, más bello, menos apretado, menos atemporal, fotos donde sólo vi cosas especiales y no periodos, aunque los periodos sí estaban allí visibles y dolorosos. Lo distante es siempre una mitología que nos encanta y engaña.
Debí sortear la palabra matrimonio durante toda la primaria, los escalones que parecían moverse, la inestabilidad, mi delgadez extrema y blanca, aquel hospital y la promesa a San Lázaro con todos los sálvalo, que camine de nuevo, arreglemos la relación y vivamos sin pelear por el niño, para qué si eres como eres y esto no funciona. Matrimonio seguía invadiendo los umbrales de mi pubertad, su cara husmeaba las sábanas, sudaba las almohadas, bebía mi corto café con leche de la mañana.
Aún le temo más a matrimonio que a la muerte o el diablo, y eso que San Lázaro ha estado allí con sus muletas en medio de escaleras que se caen y discusiones y crisis (esa palabra); Lázaro que me dice volvamos, para qué separarnos, tengo miedo, no quiero compromiso, seamos amantes sólo eso, tengo 27 años y no quiero casarme.
Matrimonio dejó el mundo de las palabras hace tiempo, desbarrancó a Especial, obvió al inexistente Periodo, se alió al temible Juego, sí, nuevo vocablo cuyo significado dejó el inocente coto y tornóse seriote, tremebundo, determinante y sucio. A los quince años ya me jugaba todo, el diario hablar y el diario callar (ambos igual de inconsistentes); y cuando digo de aquella ruleta menciono certezas tristes, bicicletas devenidas bicitaxis sin destinos ni ganancias reales, próstatas dañadas, no es para ti, no reclames esto o aquello, compórtate, qué te pasa que no entras por el aro.
Derivé pronto en lo raro, lo derramado sobre el mantel limpio, lo absurdo demasiado lógico entre tanto absurdo habitual. A los 17 la edad militar remarcó ciertos miedos, enarcó mis cejas en un asombro estúpido y obvio que hasta hoy me acompaña, hoy cuando nada me sorprende porque sería un lujo casi mortal o por lo menos mortífero. Derivé en ese tonto, en ese tipito al que abusamos, míralo solo, qué lástima, y tú quién te crees, busquémosle la quinta pata, pobre.
Matrimonio miraba sonriente y orgulloso, gritaba como el primero, rompiendo como es su oficio, tajando los hilos ya gastados. Era un rostro sin definir, un traspié de la suerte, el camino que conducía al recinto selvático del silencio.
Y yo me hice selvático, porque mi otro nombre fue Lobo Solitario.
Al cabo de veinte años Periodo ya se volvió inasible, inexistente, Especial tornóse distante y provocativo, casi pornográfico.
Ahora he quedado aquí, escribiendo esta crónica, y todo parece más detenido, más infantil y precario. Es como si el 94 se extendiera a lo largo de décadas, un 94 interminable y eterno que trasciende mi vida, la mano de mi papá, el preescolar, los años de estudio y de trabajo. Maldito año en el que todo se detuvo, maldita imagen que se reitera en cada muro gris, ojos tristes, rostro de Matrimonio que me acecha. Míralo aún solo, los días son desolaciones en serie para él, dejemos que sea la noche definitiva quién lo defina, dejémoslo ahí en ese 94 de la mala suerte, niño de preescolar perenne, anhelo de tantas cosas, después de todo es sólo uno más.

Las quinientas fabulaciones de Remedios la Bella

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Foto: Bernardo Salazar

El año pasado me dio gusto escribir esta crónica, dedicada al 500 aniversario de San Juan de los Remedios, ahora la comparto como tributo a los amigos y amantes de la Bella…

Una cualidad de las ciudades antiguas es su extraña relación con el tiempo. Se mientan fechas como si fuesen los nombres de las calles y las personas, pero pocos recuerdan el primer gesto o el sonido que atravesó la nada.

Sin embargo en la plaza Isabel II de Remedios las conversaciones transcurren entre oquedades y luces. La imprecisa fundación, las luchas contra piratas, los demonios y sus maldiciones, las ciudades enemigas y las trabas que tanto impulsaron a los antepasados. Los nombres de los santos y los magos se mezclan con los alcaldes, los artistas, los patriotas. Alguien habla de mitomanía y menciona a Lino Lobatón y su jungla casera, a Lucía y sus fantasías silenciosas, al parrandero cuyo nombre aún mientan las viejas de la calle Olleras.

Las ciudades perdidas son prolíferas en años. Cumplen edades, pero no envejecen. Remedios, por ejemplo, conserva un rostro de muchacha campesina con aires de poetisa. Ella tiene un sitio tan impreciso como único entre sus hermanas: es la Octava Villa pero sostiene su amistad con el pasado. Se asoma a los balcones o va a misa para celebrar su quinientos cumpleaños. La juventud colma los vacíos del tiempo.

En una extraña relación con los años, Remedios la Bella se destaca por una magia cíclica. Los hechos históricos y las mitologías se reiteran en una telaraña que atrapa a oriundos y foráneos. El agua remediana alberga enormes serpientes, embruja y enamora a quienes la beben. Las noches rocían las casas con la sangre de conquistadores y bucaneros, así somos miembros de alguna tripulación del pirata Olonés o parroquianos de la taberna El Caballo Blanco, de donde partieran tantas expediciones reales o fantásticas. Cuando le decimos de su perenne belleza, Remedios evoca la fuente de la eterna juventud hallada por Vasco Porcallo en sus correrías por la península de Florida.

Dos iglesias se erigieron contra los demonios que acechaban las edades de Remedios. Una mayor y dorada, señorial, nos recuerda las familias fundacionales y el espíritu culto de la ciudad. La otra, menor, resulta plebeya y pintoresca, auténtica y mitológica (allí nació la primera luz que dio en llamarse Virgen del Buen Viaje). Ambas hieren la tarde con sus agujas y forman la fisonomía indiscutible de la ciudad. En tiempos de parrandas los templos se incendian y renacen como espejismos. Remedios bautiza a sus hijos con apodos infinitos, los ecos de la muchacha recorren la calle del Paradero y resuenan en la plaza del mercado, regresan a través de los callejones y vuelven en alud hasta la Iglesia Mayor, madre de toda fabulación.

Sólo una vez queda trunca esa extraña relación entre Remedios y el tiempo: cuando se le quiere situar una fecha de nacimiento. Entonces los magos y las serpientes desaparecen y los espejismos de las iglesias se refugian en las aguas subterráneas. La ciudad queda como una huella sólo visible para quienes conjeturan exactitudes. La muchacha prefiere lo impreciso y se oculta tras los arbustos de La Bajada, junto al Guije Bueno y la Madre de Agua. Cantan una balada dedicada al tiempo, el novio furtivo de La Bella.

Nadie sabe si Remedios es una ciudad o una muchacha, si su relación con el pasado es de luz o de sombras. Ahora cumple quinientos años y viene a la fiesta con todo el atavío de los siglos, pero advierte que su edad resulta cosa secundaria, que prefiere la alegría de la Plaza Isabel II. La vemos llegar y quedamos prendados. Sonríe y habla como una campesina con aires de poetisa.

(publicada originalmente en el semanario Vanguardia, así como en la revista La Calle del Medio)