Caibarién bajo la maldición del diluvio

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“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.
El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.
Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.
Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.
“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.
“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

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Caibarién, ciudad liberada

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Caibarién no es una ciudad pequeña, tampoco es solamente una comarca de pescadores, mucho menos un sitio aislado en la geografía cubana. He vivido veintiocho años a siete kilómetros de ese lugar, trabajé como redactor reportero de prensa en su planta radial, me bañé en las aguas de sus playas, disfruté del ambiente tolerante de sus calles. Sí, la Villa Blanca pudiera ser la ciudad más desprejuiciada de Cuba y nada más por eso vale la pena que se le resalte, que se explique cómo allí se acepta lo diferente y se lucha por darle una validez al otro, por los derechos, por la Humanidad.
Hacia fines del siglo XIX fue surgiendo este asiento poblacional en el centro norte de la actual provincia de Villa Clara, dicen que la mezcla de personas provenientes de cualquier parte del país y del mundo gestó ese espíritu de apertura. Libertad en lo referente al sexo, libertad de estilos de vida, libertad plena. Caibarién cuenta con pasarelas (sus portales de lajas de piedra) por donde a diario se pasean hombres y mujeres de diferentes orientación sexual, sin que nadie ose atacarlos, mucho menos lanzarles ninguna procacidad verbal. La convivencia no sólo incluye la tolerancia, sino la felicidad, pues los habitantes de la Villa se mezclan como antaño sin que haya guetos para separar una comunidad de otra. En la planta radial de la ciudad, los reporteros hemos comentado sobre diferentes temas, incluyendo la diversidad sexual, y siempre encontramos aceptación, respeto, consejo y aliento de parte de los oyentes.
En mi caso, hice buenas amistades en todos aquellos años de bregar entre mi patria chica (San Juan de los Remedios) y la Villa Blanca, gentes que demostraron ser capaces de colocarse más allá de la diferencia y buscar ese núcleo que nos acerca, que nos integra como amantes de una misma causa: hacernos libres de todo prejuicio. Recuerdo el Festival de Radio, Cine y Televisión Santamareare que cada año se realiza en la villa, como un espacio más donde los debates iban y venían y la cultura se respiraba en medio de un panorama sin miedos, sin censuras innecesarias, pues todo era parte de esa sedimentación popular, de ese acervo de liberalismo. Remedios representó en mi infancia la belleza de lo colonial y lo mitológico, pero esa inmanencia, esa inmutabilidad (sitio escondido, ciudad fantasma), colocan al remediano en un estado de perplejidad frente al caibarienense. Hay quien dice que en ambas ciudades se beben aguas de diferente procedencia freática, hay quien busca como siempre en las genealogías familiares, pero frente al conservador Remedios se sitúa un Caibarién que llevó al Poder Popular Municipal a una delegada transexual, no porque fuese transexual sino porque se trataba de una persona con méritos suficientes.
Según José Antonio Patiño, caibarienense de 84 años de edad y amigo mío, la libertad que se respira en la Villa Blanca proviene de la bonanza de que gozó como puerto de cabotaje para el comercio del azúcar, llegándose a exportar hasta dos millones de sacos a través de los muelles situados cerca del centro de la ciudad. “Un estibador podía ganarse a la semana hasta quinientos pesos, lo cual era una fortuna, pero el cangrejero era botarate, no acumulaba capital, eso convirtió a Caibarién en una ciudad de mucho consumo, hizo florecer una cadena de medianos y pequeños comercios, quincallerías, tiendas”. Asegura también Patiño que aquella bonanza, aquel dinamismo, generaba una moral más abierta, “porque una sirvienta doméstica ganaba tan buen salario que podía pagarse la vida, sin seguir los dogmas machistas que eran predominantes en otros lugares del país”. Mi amigo pudiera llevar buena parte de razón, pues Caibarién continúa hoy como uno de los pueblos de mayor circulación de divisas producto de las remesas provenientes del extranjero, así como por la cercanía del polo turístico de la Cayería Norte. La emancipación económica conduce a formas liberadas de pensar.
Es una ciudad de rápido crecimiento urbanístico, de trazado regular de las calles, de prometedor futuro por su posición privilegiada frente al Canal de la Florida. Mientras otros pueblos quedaron detenidos, la Villa Blanca continúa su expansión a través de nuevos repartos donde reside el personal trabajador del turismo. La liberalidad de sus habitantes pudiera tener muchas causas, pero lo cierto es que se respira, está ahí desde que traspasas la entrada a la ciudad (custodiada por un enorme cangrejo de cemento). Curioso que a pesar de la mezcla de personas de diferentes lugares de Cuba, sí existe un sentido identitario, sí se desarrolla un amor rápido y sólido por ese salitre que penetra en los edificios y los carcome. El ataque a los dogmas y la falsa moral, el vivir un libre albedrío, incluso el reclamar derechos, están en el estamento duro de la ciudad. Así lo asegura el hecho de ser, durante el siglo XX, una de las urbes cubanas de mayor número de periódicos circulantes, donde se daban enconadas pugnas políticas. La oralidad popular también lo confirma en voz de mi amigo Patiño: “fíjate si aquí se rechazaba la mojigatería, que a un tipo llamado Fariñas lo cogieron para el bonche, por esperar toda su vida a una sola mujer, sin llegar nunca a nada con ella, de ahí en adelante la gente por joder te dice en la calle: ¡Compadre, no seas Fariñas!, para burlarse de aquella moral que en Caibarién nunca tuvo mucho asidero”.
Para Caibarién no hay tolerancia, sino convivencia normal y corriente, no hay escándalo moral, sino bonche, jodedera, lo que en el carnaval de otro pueblo conduce a una bronca allí sólo es motivo de algún que otro chiste burlón. Se la conoce como la ciudad de los apodos, por la gran cantidad de nombretes que describen la imaginación popular y la rica “fauna” de personajes que caminan por las calles. Están los culoepalos, los piojocosíos, los peocosíos, los pescuezoepollos, los bocaejaibas, los boquiviraos, y otro sinnúmero de términos que se heredan a través de las familias y que no constituyen una ofensa para quienes los ostentan. Hay una anécdota que cuenta cómo un recién llegado policía, muy correcto, comenzó a averiguar por el paradero de la familia de los “fondillos de madera” y nunca hubiera dado con ellos, de no ser porque alguien exclamó “¡Ah, tú dices los culoepalos!”
Los remedianos siempre critican la costumbre de los caibarienenses de tender las ropas en los portales, hasta allí llega el desprejuicio de los habitantes de la Villa Blanca: no les importa que vean un blúmer descosido o lleno de huecos, incluso en más de una ocasión he mirado que cuelgan la ropa sucia. Uno de los orgullos del caibarienense es ese, no tenerle miedo a su yo interior, a su ropa interior. El genial músico remediano Alejandro García Caturla, atacado en su tierra natal por su gusto sexual por las mujeres negras, hubo de buscar refugio en la vecina villa portuaria, más abierta a cualquier inclinación del sexo y a las enrevesadas partituras del artista. Todavía hoy, Remedios no le levanta un monumento a aquel genio universal, sólo hay una tarja en el sitio donde cayera asesinado, que la colocaron los caibarienenses.
Caibarién, según el chiste de un amigo mío, pudiera cambiar su nombre a Gaybarién, yo sé que allí no tendrían ningún problema en asumirlo. Ya en un documental reciente alguien la tituló como la Villa Rosa (donde el blanco tomó color). Sí, decir tolerancia sería quedarnos cortos, no medir lo disímil del lugar. Caibarién puede, más allá de cualquiera de los motes que le pongan, asumir la condición de ciudad liberada de los prejuicios de todos los tiempos, de precursora de una nueva mentalidad.

(publicado originalmente en El toque)

El dominó hablado de la mediocridad

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Todo buen mediocre que se respete sabe jugar dominó, aunque no todo el que sabe jugar buen dominó es un mediocre. La sentencia no aspira a lo categórico, pero intenta tomar un detalle inductivo para generar una propuesta más abierta, más ambiciosa si se quiere: ser mediocre es jugar al dominó y además, hablarlo, arreglarlo de antemano. Si hacemos suspensión de nuestro habitual estado de literalidad, tomamos al dominó como símbolo de lo social en todas sus partes y momentos y colocamos al mediocre en el centro, donde él es la medida de todas las cosas (de las que son en tanto son y de las que no son en tanto no son). A diferencia del hombre de espíritu, el mediocre sí actúa y habla de manera categórica a la vez que acusa de absolutistas a aquellos que dan una opinión racional y diferente, cuyas conveniencias no convienen.
El mediocre no juega ajedrez, porque le aburre y además es una pérdida de tiempo, sino que se apresura en botar las fichas gordas para aligerarse la carga, para que el trasfondo de lo que hace resulte menos expuesto, más efectivo. Socialmente (en algunos de esos momentos y partes que conforman el adverbio) el mediocre es un héroe, porque desbancó a otro gran mediocre (hay hasta escalas entre ellos) o quizás a causa de que suele dar la imagen de una brillantez que se queda en eso, en la pantalla. Todos son grandes proyeccionistas, sin aspirar jamás al papel de histriones, productores, guionistas o directores de cine. Películas por demás de baja catadura, propias de un valor epigonal con respecto al peor cine clásico.
En la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino, hay una secuencia que me llama la atención, esa que muestra a la plana mayor del régimen nazi reunida en un cine pequeño de París para ver un filme que únicamente enseña a un francotirador que dispara sin fallar jamás. El público expectante ríe ante cada enemigo balaceado, Hitler se complace ante esa cinta sin argumento, que además no contiene ningún viso cómico, la mediocridad del arte se completa con la mediocridad del público. Todos vinieron a ver una película que ya conocían, a jugar un dominó arreglado. El arte que surge por decreto se ha diluido de antemano y no vale la pena verlo. Por el contrario, hay otro arte que parte del orden y va hacia la burla, la desacralización. En “Las meninas”, Velázquez nos coloca a la Familia Real reflejada en un pequeño espejo y en un plano bastante invisible (casi críptico), mientras que el propio autor se coloca delante, pincel en mano, en una primerísima posición, haciendo valer su cualidad superior. El dominó se rompe a través de la pericia. En lo que debió ser una representación de la pompa monárquica, predecible, sin renuevos, hay una exaltación del papel del demiurgo. Ahora la risa sí está justificada y la representación sí tiene argumento. Pero se trata de una sonrisa, no de la risa despampanante, es una burla al estilo Samuel Becket, donde uno halla en la ruptura siempre motivos de regocijo, porque al final cada artista aspira a la tarea imposible de volver a empezarlo todo. No ocurre esto por trascendencia solamente, sino por necesidad de oponerse a lo predecible. El constante retorno a los temas mitológicos desde nuevas perspectivas, la creación de mitologías que suplan a las antiguas, la pura invención, son todas formas de no jugar el mismo dominó.
En “Esperando a Godot” Samuel Becket sólo nos deja una interrogante, llega a ser cruel con el espectador, pero vale la pena acudir al pequeño cine o teatro para admirarnos de cómo el maestro destruyó el dominó hablado mediante una parábola vacía. Uno ve a dos personajes a la espera de un tercero que “no viene hoy pero quizás venga mañana”, el tal Godot nunca se muestra ni sabemos nada de él, ni siquiera llegamos a interesarnos por su vida, de manera que podemos también sentarnos a esperar. A diferencia del filme del francotirador que van a ver los nazis, la falta de acción de “Esperando a Godot” y la impericia de los dos antihéroes que dialogan nos arman una metáfora, que no podemos desechar, que no debemos eludir. Becket inventó quizás con ello otro dominó, o jugó a lo impredecible-predecible, contradicción que es cara a los que piensan y odiable para los que detestan un gramo de esfuerzo intelectual.
El exceso de inacción de “Esperando a Godot” pudiera contrastar con otros absurdos donde desborda la más dramática sucesión de eventos, por ejemplo en el cortometraje de Arturo Infante llamado “Utopía” se presentan tres historias distópicas hilvanadas, una de estas (quizás la más reveladora) tiene como escenario una pelea entre bebedores de alcohol, disputa cuya causa es si existe o no el barroco latinoamericano. Los mediocres juegan un dominó que no nos parece falso, dado lo caótico de los tragos de ron y el lenguaje deshilachado en groserías a granel, sin embargo basta que aparezca la cuestión sobre el barroco para que se desate una ola de acciones que culminan en apuñalamientos (de lo cotidiano se pasa al absurdo y de allí al performance). Ello me recuerda el argumento de un cuento jamás escrito que le escuché formular alguna vez al escritor cubano Eduardo Heras León: un grupo de presidiarios reúnen todo el dinero mal habido que tienen para secuestrar al poeta Roberto Fernández Retamar, la causa estaría en una apuesta carcelaria que se basaba en criterios artísticos acerca de la entrevista que le hiciera dicho poeta a Jorge Luis Borges. Ambos dominós no sólo están condenados al arreglo, sino que muestran deliberadamente sus costuras, la mediocridad como performance, como paratexto que conforma una relectura de lo predecible, de lo poco elaborado, de lo elemental, representaciones que no por ingeniosas obvian el refrán de “la mona aunque se vista de seda, mona se queda.” La mediocridad que no juega el dominó a derechas, mucho menos podrá arreglárselas con un tratado-secuestro que incluya a Retamar en plenos pasillos de la Casa de las Américas. Si en “Esperando a Godot” la inacción conformaba el todo, en “Utopía” y en el cuento no escrito de Heras hay una acción excesiva que evidencia el ridículo de conformar la nada. La mediocridad funciona en ambos sistemas, ya que su esencia es no funcionar jamás.
Otra manera de romper el dominó hablado es dándole la oportunidad a los propios jugadores (los mediocres) a que lo hagan. Por ejemplo, Ai Weiwei tiene como artista una visión donde la ruptura está al final del túnel creativo como condición sine qua non, son los destructores del arte quienes culminan el mensaje, son esos que rompen los primeros y más importantes consumidores y a la vez el termómetro filosófico del autor. Ai Weiwei es consciente del mecanismo y constantemente juega con la semiótica del jugador, como una historia dentro de otra (estilo propio de lo chino como cultura). Para el artista no importa la trascendencia (o eso da a entender) sino el momento efímero donde obliga a los mediocres a salirse de su papel predecible y a romper los dominós. De hecho, la cultura oriental a la que se debe Weiwei, es pródiga en esas muertes falsas, en esos nacimientos encubiertos. En esas instalaciones el destructor se hace una especie de harakiri, pues se muestra en su esencia al quererse ocultar.
Si todo acto creativo occidental apela a construir como principio, en el orientalismo la parábola se desarrolla muchas veces a la inversa. No obstante, el dominó es un juego que tiene sus raíces en Asia y que también funciona como metáfora de lo que se arma y desarma, que lo mismo puede ser un ente predecible que no serlo. De pasatiempo se va a metáfora del azar, de actividad sin sentido cobra todos los sentidos imaginables. Pero para el mediocre siempre será más fácil la orilla opuesta, que niega los orígenes del juego, que elimina toda historicidad, toda genealogía. La tábula rasa es un sus manos una tabla que mide e impone su medida. Las piernas cortas sólo dan para eso, para andar el mismo camino. Todo esfuerzo original irá contra ese falso dominó, deberá desgastar los rieles de esa historia breve y vertebrarse en alternativa. Desde la acción, desde la inacción, desde el detenimiento o el exceso, se buscará la ruptura del augur.

Antes que amanezca

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Reynaldo Arenas

No, no me propongo contradecir a Reynaldo Arenas, sé que él quiso en su delirio dejarnos las hilachas de alguna claridad. Era una embriaguez de terciopelo la del Rey, una pesadilla contada para joder, como si fuese un entremés sin habladores. La mía pudiera esconderse, quizás debiera avergonzarme de algún que otro pasaje, pero como noticia de una desventura merece la luz, el proyector. Si Arenas se apresuró a contarse él mismo antes que anocheciera, a mí me interesa narrarme antes que amanezca. La presunción nos dice que estamos en medio de una larga madrugada.
Hay sucedidos en la vida que, como dijera Lalo el limonero, se caen de la mata y uno de esos que descoyuntan la razón y jalonan el prestigio del narrador es su presente. José Soler Puig dijo que estaba por escribirse la novela de la Revolución, y Lisandro Otero en su Trilogía Cubana dilató un pasaje hasta convertir los segundos en largos legajos de devaneos de sesos indefinidos, Cabrera Infante escribió un Mea Cuba donde más que mear habla de su Cuba, la de él, la que se inventó, la que era a la medida de su incómoda comodidad. Todas fueron formas (intentonas) por atrapar el presente, antes que anocheciera, pero yo sigo más la lógica de Lalo y digo que está por escribirse la novela (obra de teatro, cuento, noveleta, ensayo, híbrido) de la desilusión. Parafrasear a Balzac sería más que suficiente para “Las desilusiones perdidas”, diferentes caras, iguales destinos, pastiche de un momento que parece alargarse como la metáfora del chicle americano, o el tabaco filosófico.
Nuestra vida es una paráfrasis, no vivimos en lo real sino que pretendemos hacerlo, nos importa un comino si al final estamos o no en lo cierto, si acertamos o dejamos pasar la oportunidad. La película cubana “Retornos a Ítaca” me trae esos fieros desajustes, porque en primer lugar no creo que se trate de un regreso verdadero, sino de un simulacro de huida, la gente ahí no pudo volver porque jamás se fue. Jamás la maldita circunstancia del agua por todas partes de Virgilio Piñera fue una broma tan colosal. Nuestra vida es una paráfrasis, es la cita de otras vidas, la cita transformada, vilipendiada, hecha un tareco lingüístico. En la mente del citador, o sea nosotros, el agua ni siquiera es mar sino charco, como los edificios no son sino ruinas y los cuentos y las obras truncas de la vida son bastardos del hervor presente.
Dice un viejo amigo que crisis significa cambio, pero de qué valen esas semánticas para los desprovistos, los pobres de espíritu, los desengañados, los del subdesarrollo de los sentidos y el intelecto. Sí, crisis es cambio, pero a veces se trata de la inmutabilidad en su estadio más temible, más sin sentido. La muerte es una crisis, un cambio si se mira. Recuerdo los personajes de “Retornos a Ítaca” y veo histriones dentro de los histriones, personas que no necesitan actuar para que surja la luz falsa. Matriuscas rusas o de cualquier nacionalidad, hilvanadas como sólo pueden estarlo los desentendidos, los amarrados por sogas, los que tienen un cuello quizás sólo para que los ahorquen. Personajes que hoy más que nunca son el concepto vacío, la máscara del viejo teatro griego que amplificaba pero no por ello disminuía o aumentaba significación. Sí, lo doloroso es que a estas alturas poco importa que se retorne a Ítaca o que se le dé un matiz mitológico a la cuestión del retorno, poco interesa el cronotopo, la filología es una farsa, la literatura nunca se hizo, la pintura quedó en el imaginario.
Tantas cosas quedaron en el tintero, que el tintero dejó de ser y devino en repositorio de envenenamientos, en acrecentamiento de viejos. En “El nacimiento del señor Madrigal”, Virgilio Piñera habla acerca de un nacimiento que es muerte. En la espera del suceso, el personaje se trastoca en alegría del desespero hasta que la metamorfosis (la crisis, el cambio) nos coloca delante algo que no es el señor Madrigal. Otros cuentos de Piñera pudieran clasificar como tratados sobre la muerte, incluso su propia muerte sugiere la forma de un tratado, de un performance que nos deja el olor a vida otra, a obra literaria. Son esos maestros ejecutorios quienes mejor actúan el momento de cualquier crisis (artistas del hambre, los llamaría Franz Kafka). El aislamiento es iluminación en medio del pensamiento único, así Ionesco en “El rinoceronte” habla de Berenguer, un individuo poco valorado, adicto al alcohol, que vive en un pueblo pequeño donde todos se tornaron rinocerontes. Lo más pútrido puede tener la razón, el iluminismo no será jamás patrimonio de poder. Por eso vivimos en la paráfrasis, somos la cita de alguien, conformamos un parlamento en el diálogo de dos habladores. Pero si logramos decir mientras dura la madrugada, quizás quede algo de luz cierta, quizás tengamos ser antes que palpemos la salida del sol. Narrar cómo nos desalineamos en medio de una manada de rinocerontes no es nada fácil, pueden aplastarnos o negarnos. Por otro lado, un rinoceronte aislado es más peligroso que toda la manada.
Develar nuestro lado oculto antes que amanezca, hacerlo con el valor de estar desprotegidos en medio de la oscuridad, hacer como aquellos que en el medioevo sostuvieron una verdad por encima de la escolástica. Porque eso que llevamos oculto no sólo implica un yo negado, sino una liberación perfecta de la persona (ahora no entendida como personaje, sino como humanización). La literatura no admite ser atada a este o aquel señuelo, y como los niños terribles hará siempre de la traición una metáfora infalible. Todo escritor es un traidor, aunque veamos que sus versos, prosas, silencios, bajen la cabeza y muestren una servidumbre de oropel. En todo caso Roma nos paga, pero nos desprecia, en todo caso damos al César lo que es del César y al Demiurgo creador lo que es del Demiurgo. Velamos la oportunidad para espantar al molesto mecenazgo y acogernos a formas más laxas de decir, vuelvo a la palabra crisis y su relación con el cambio, así, en Decamerón se nos narra cómo en tiempos de enfermedad y hambruna y poca economía estaba cayendo el viejo ideal escolástico. Sí, había algo podrido en la Italia del Renacimiento. Era el cadáver del dogma lo que el autor nos estaba develando antes que amaneciera la nueva época. Todo poeta ha pensado en lanzar piedras o tiros a través de una barricada, todo creador intenta subvertir el orden establecido e imponer (antidemocráticamente) el suyo. En “García Márquez, historia de un deicidio”, Mario Vargas Llosa nos lleva de la mano de ese creador que antes es destructor, porque antes de la continuidad debe estar el diluvio que sana. El escritor como asesino de la verdad que le circunda, como opositor hacia esa verdad, como profeta de otras verdades que estarán por venir. De tal manera que no hemos renunciado a nuestro papel de chamanes, antes bien se confirma que en cada escritura hay un eidos o la aprehensión de un eidos, que algo ha ocurrido en el mundo de las ideas, ese mundo que para Platón era el único real dada la mutabilidad del materialismo.
Sumergirnos en ese pensamiento que veía en la idea lo real y que más que un hallazgo, era una búsqueda, basta para el escritor. En el mito de la caverna (vuelvo a Platón) hay varias formas de conocer el fuego de la verdad que arde en el fondo de la gruta, quienes se quedan en las sombras apenas intuyen, pero están quienes se atreven a decir en medio de la penumbra y no temen quedarse ciegos. Luego, el escritor sigue siendo un subversivo que en el buen sentido intenta hacer lo mejor para él y para los demás, no se queda en la parábola de Zenón entre Aquiles y la tortuga (mientras la segunda vaya un paso delante, el primero estará a la saga). El escritor avanza, va al fondo del fuego y tiene la peligrosa misión de transformarse en un Prometeo. Lo curioso (y dañino) del asunto es que todo debe ocurrir antes que amanezca, o sea antes que las verdades no buscadas surjan de manera natural con el paso del tiempo. Porque lo racional es razón invisible antes de tornarse en realidad. Antes que amanezca, antes que sea tarde y no resulte la belleza, el artista debe iluminarse e iluminarnos.

Los días de la confabulación imperfecta

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Para quienes nacimos y crecimos en este pedazo de Cuba llamado San Juan de los Remedios, la palabra tradición pudiera encarnar varios males y bienes. Depende de qué lado se mire el asunto de vivir atados a la eterna confrontación con un tiempo más o menos mitológico, depende quizás de cómo hallamos participado o no en el renacimiento de esa cosmogonía a través de diferentes vías respiratorias. Debo mi amor odio a las parrandas a una conjugación de herencia familiar con exceso de cercanía. La fiesta pudiera de esta forma parecer bella y tener una maldad intrínseca, contener una especie de muerte apócrifa pero igual de dañina.
Por esta fecha comienzan a salir los agónicos sostenedores de la tradición, levantan banderas hechas en casa, enarbolan un muñeco de papel, le dan vida a seres que jamás estarán vivos, pero no importa, no les importa, las parrandas suelen manifestarse como en los sueños, como una sucesión de disparates, como un teatro de variedades. En la confrontación entre verdad y mentira, entre razón y miedo, la barbarie sale vencedora, se corona a sí misma con un oro falso, con una aureola mediocre y ridículamente putrefacta. Así, las fiestas dependen de su manera epicúrea y efímera de manifestarse, no podrían asumir jamás el ropaje de un pez verdadero en la corriente de la historia. Los sucesos intrascendentes, que engendra lo popular, se elevan artificiales y están condenados como el globo a deshincharse, a morirse inmediatamente.
Sí, ya empiezan las banderas y los tambores y el resto de Cuba no podría entender a los naturales de esta villa sectaria y apagada. No, y es porque el resto de los días del año las auras y las moscas forman una confabulación de aburridos en medio de la glorieta del parque, para gracia de los viejos y los moribundos. Tanta vida así de la nada parece imposible y en efecto lo es, no resulta ni siquiera verosímil tanta juventud y oropel. Las parrandas paren de pronto, florecen en estos meses, pero su flor y su fruto nunca pueden olerse o comerse de veras, pues no bien vemos la maravilla ya está allí la ponzoña. Y no bien está allí la ponzoña, abrazamos la nada a la espera de otra oportunidad que nos devele al fin de qué tratan las parrandas. Doscientos años de tradición aún no aclaran el asunto, ni demuelen las falsas construcciones, que el pueblo levantó para apuntalar un acontecimiento que a ratos es ridículo (dos adultos peleados por la victoria de un gallo de papel o un gavilán diseco). No se interprete mi punto de vista como una crítica ciega, mucho menos como la desfachatez de quien aspira a separarse de su identidad a toda costa, sino que intento darle racionalidad a lo que en esencia parece carecer de toda lógica, de todo camino de verdades.
La vida en los pueblos cubanos del interior no es de muerte, se queda en ese estado de la conciencia que apenas levanta vuelo, que apenas aspira a ganarse unos quilos en ese devenir diario que los criollos bautizan como “lucha”. Remedios es el pueblo de las procesiones, los bicitaxis y los viejos. Únicamente el 24 de diciembre a las cinco de la tarde el pueblo se torna ciudad, se ilumina un poco (algo), y los borrachos y los visitantes hacen como que asisten a las fiestas de esos cuentos fabulosos, donde todo (hasta la buena fortuna) es posible. La inversión de valores crece tanto como el ego de quienes el resto del año contaban el número de moscas y auras que sobrevolaban la aguja de la iglesia.
En los laberintos de quioscos de cerveza y fritanga, en la ausencia de portales producto de una arquitectura salvaje y equívoca, en las bullangueras alusiones al fin de año, en la forma bastarda en que Remedios de desestabiliza sólo para darnos a entender el error en que caímos creyendo la ópera de las parrandas; en todo eso está el espíritu de los pueblos pequeños de Cuba, pueblos por demás sin geografía, donde el naufragio resulta factible, necesario, lógico, materialmente satisfecho. Sí, las parrandas son la falsa bulla del falso bullanguero, la falsa rebelión del falso rebelde. Sólo queda, tras el cortinaje de doce horas de fuego y sangre, el fantasma moribundo de una era. Eras que se suceden como escenografías a pesar de no constituirlas el cartón, sino una nada tan inasible como la causa y como la consecuencia de las fiestas.
Para el foráneo todo parece nuevo, para el nativo todo está en su justo sitio (aún cuando se le dé candela a la Iglesia Mayor o se trasponga la villa de un lado a otro). Para el de afuera una bandera carmelita con un globo de helio dibujado pareciera quimérica, para el de adentro la antropología es sencilla y se transcribe con la facilidad de abrir y cerrar los ojos de la historia. Para el de afuera todo es local, para el de adentro todo es universal aunque no lo sea (no por vanidad, sino por esencia). Las parrandas, así las defiendo, representan una imagen más de la resistencia de un pueblo frente al tiempo, son una guerra más de tantas entabladas contra el tiempo en estos lares del mar Caribe, mar que se nos esconde e intimida con su mutabilidad, su abundancia de rostros.
Ya empezaron a salir lo que se conoce como repiques, bandadas de gente por todas las calles de la villa en sus bullas y banderolas, cualquiera diría que la imagen se calca por sí misma de una novela de lo real maravilloso. No importa, la referencia literaria se queda corta ante el devenir real de los hombres atrapados en el laberinto de imágenes que forman el retorno de las eras. Mientras más ilógico, mientras más distorsionado, el pueblo siente mejor el ambiente de su único día universal.

Nuestro hombre mediocre

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Inicio esta escritura recordando dos grandes obras de dos grandes obradores, “El hombre mediocre” del argentino José Ingenieros y “Nuestro hombre en la Habana” del inglés Graham Greene, la fusión de ambos títulos servirá para confabular el ente protagonista de estos tiempos, nuestro hombre mediocre. Sí, en la actual etapa poco sentido tiene creer en los relatos teleológicos donde esté la cúspide del happy end, a no ser que se asuma la inversión del sistema de pensamiento de Nietzche y en lugar del superhombre, tengamos a Zaratustra predicando el subhombre.
En las mediocracias, los hombres de genio fenecen en los anaqueles de sus casas o mueren de tristeza por las calles, mientras penden las cruces de los pechos de los ineptos y adaptados. Según Ingenieros, esta manera de concebir la sociedad es cíclica y cuando se manifiesta se desata el reloj del tonto pícaro que hasta entonces estuvo relegado a su justo puesto, llega la hora, está el momento, se genera la oportunidad. Los genios se mantienen como bombas desactivadas, los ingeniosos apenas buscan para comer, cualquier atisbo de rareza se castiga con el ostracismo o la lapidación inmediata. Nuestro hombre mediocre, ya sea o no el de Ingenieros, no tiene la capacidad de inventarse nada, el mundo para él es perfecto tal y como existe.
En “Nuestro hombre en la Habana”, Graham Greene narra las peripecias de un contratado espía británico al servicio de su Majestad, dicho agente inventaba informes sobre armas secretas de la Guerra Fría que el enemigo estaría fraguando en la tórrida y campechana Cuba. El lío del asunto está en que los supuestos informes son simples descripciones de aspiradoras, lavadoras y otros artículos del hogar. Sin embargo, en Londres se toman muy en serio tales esquelas y hasta le dan al autor una categoría de sujeto imprescindible, de pieza de juego en el ajedrez del poder mundial. La versión cinematográfica de la novela acontece en la Habana del último mandato de Fulgencio Batista, y el contexto revolucionario queda relegado a un plano parecido al del bufón Yorick de Hamlet, to be or not to be, plano donde sólo falta que alguien levante el cráneo filosófico y se pregunte qué será de ese sol que cae contra los portales y el balconaje habanero, qué sucederá los próximos cincuenta años en esa isla que a Greene le pareció exótica e inusual para colocarle un espía inglés. Es precisamente a inicios de dicha cinta, a través de esos portales, cuando un grupo de músicos populares ambulantes persigue al correcto e impecable agente mientras cantan: “¿dónde vas, Domitila, dónde vas, con mantón de Manila?”, la tonada es la versión tropical de quo vadis latino, la docta ignorantia cartesiana de un pueblo. El hombre en la Habana no se pregunta nada de eso, para él sólo existe el salario de agente secreto y su negocio de vender aspiradoras, en cierta medida él es también otro criollo despreocupado sólo que no sabe cantar, de alguna manera encarna la indiferencia y valida la estupidez de quienes en Londres son incapaces de discernir entre una bomba y un inodoro. La mayor aspiración del sistema mundial en ese entonces era una aspiradora y sus peligrosos secretos, mientras que en Cuba un posicionado de la mediocracia de la Guerra Fría vivía holgadamente a costa del miedo y la ignorancia de Londres. Toda brillantez se reduce al absurdo, todo tinte revolucionario no sólo queda caricaturizado, sino que Cuba misma se trastoca en ambiente inverosímil para una novela de ese tipo, que del espionaje político y armamentístico pasa al espionaje del alma del hombre mediocre.
Contrario a lo que suele creerse, en las mediocracias no se sufre, ni aún sufren los idealistas ya que estos abandonan el ideal y asumen la transposición (transustanciación) hacia lo mediocre como condición sine qua non. En la novela de Greene se está en medio de una alegoría a la mediocracia, en tanto se enarbola lo común como genial, lo simple como insólito, lo cotidiano como peligroso, la novela como una simple delación de chismes sin importancia acerca del manejo del polvo casero. No se ve que nadie sufra, ni aún en la versión para cine, donde apenas en una escena un reprimido oponente a Batista es arrastrado con premura fuera del alcance de la cámara. Lezama nunca podría haber sido espía, porque sufrió la caída del ideal. En cambio, los cambiacasacas devenidos en sastres del lenguaje sí flotan en la mediocracia. Más que una idea, el ideal significa sostener un principio, en tal sentido es voluntad de uno mismo. La visión distinta, secreta y profunda del gobierno de la ciudad en Lezama sólo reinó agónica a través de las páginas autopagadas de la revista Orígenes, que como alguien dijera sólo leyeron cuatro afortunados gatos. Increíblemente en la Habana de Graham Greene ya había una publicación que entendía y solucionaba a cabalidad la alegoría al miedo y el poder de la aludida novela. Si Lezama se topaba entonces con el inglés, el argumento se caía en sí mismo y los portales y el balconaje de sol tomaban no la dimensión de unos músicos asediantes sino la belleza de otra nueva Grecia.
Era evidente que nuestro hombre mediocre no podía publicar en Orígenes, ni siquiera en el resto de las revistas que desde lo Light inventaban una cultura de masas cubanoamericana (o tempora, o mores!), preludio de lo cubanoamericano tan llevado y traído en los posteriores cincuenta años. En Graham Greene, el hombre mediocre gris es británico-cubano, y a veces parece que se va a cubanizar de una vez o que nunca se va a cubanizar, tanta es la confusión que un hombre masa puede generar. En la novela el culto a lo masivo no sólo subyace en el culto a los artículos del hogar, sino en la llegada a Cuba (isla algo así como tahitiana en la mente de un inglés) de la Guerra Fría, de los conceptos enarbolados por un Churchill acerca del telón de acero y la inminencia de luchar contra el nuevo enemigo global. Lo global, en opuesto a lo insular, intenta de tal manera borrar lo cubano y nos impone un híbrido. Miami ha sido en todos estos años tal mezcla, como lo intenta ser a su vez la Habana. Ambas metrópolis, desde orillas ideológicas contrapuestas, han elevado al hombre mediocre global y el punto común que lo demuestra es el reguetón (el baile es lo compartido por la tribu), donde los patrimonios se unen en una sola aspiración humana. Greene obvió o no previó que lo cubanoamericano, el trasfondo de ese idilio tahitiano (no a lo Gauguin por cierto), sería el espionaje perfecto y peor aún que vendría medio siglo donde no sólo las aspiradoras, sino cualquier artefacto cubano resultaría raro y peligroso. El hombre en la Habana no resistiría ni un minuto de los transcurridos durante la Crisis de los Misiles, ni entendería que los músicos asediantes (Tres Tristes Tigres) integraban el mismo paisaje espartano y rumbantero, estoico y jodedor.
Era la época del Chori, espectacular tocador de bongó, de Fredy la Estrella, de los shows de Tropicana cuando todavía no eran un lugar común. Un James Bond usaría tales espacios para averiguar las verdaderas conspiraciones, pero Greene prefirió cualquier balconaje de la Habana Vieja que por cierto era tan miserable desde entonces como desde ahora, con sus desvencijados hierros y su folclore multiétnico. En las tocaderas de bongó del Chori estaba Cuba, pero no la caricatura que interesaba al escritor, la isla de por sí ya era caricaturesca, pero hubo que hundirla más en el fango de lo inverosímil. Kafka cogería una insolación que le quemaría las alas de cucaracha y Proust perdería todo su tiempo perdido. Greene inauguró de manera absurda el ciclo donde la isla se reducía a aislamiento belicista, de tal manera dejó trunca la insularidad infinita de Orígenes que planteó una grandeza posible-imposible.
“Nuestro hombre en la Habana” no es una farsa, ni una novela de espionaje, ni una visión absurda de la Guerra Fría, sino un preludio del realismo que pronto invadiría la creación sobre y desde Cuba, realismo que al lector externo, ajeno, parece irrealismo, sí, pero que el cubano que aún lee (una entelequia) entiende como posible. En tal sentido hay dos autores que continúan la obra de Graham Greene: Virgilio Piñera y Reynaldo Arenas. El primero en “Pequeñas maniobras” diseña la estrategia del escape de la realidad trazada por un cubano de a pie (milimétricamente), allí el antagonismo es hacia la cotidianidad (personaje que como el dinero balzaciano es central en la literatura isleña). Arenas en toda su obra, sobre todo en la novela “El color del verano” desmadeja a Cuba y su historia cultural, dejándonos lo cotidiano en su visión más descarnada, de hecho, la contradicción intelectual-medio social subdesarrollado se supera en el discurso areniano a través del choteo (forma caribeña de desacralizar). Rey fue el rey que disolvió la caricatura que engendró Greene, venció a lo cotidiano mediante su hipérbole, sin tener que recurrir a la insularidad continental de Lezama.
Después de la novela de Greene no hubo otra gran referencia a espías ingleses en Cuba, al menos en literatura. Pero no se puede olvidar que la mediocracia, más que un tópico, más que una forma de concebir la relación hombre-medio social, siguió siendo una constante. Estos tiempos no los domina ninguna aristoi del espíritu, mucho menos una burguesía culta, sino el potentado banal. De su pecho no penden cruces, ni envía falsos informes hacia ninguna potencia extranjera, su negocio no es de aspiradoras de polvo. De hecho, está por escribirse la novela “Nuestro hombre mediocre en la Habana” (da lo mismo de qué ciudad cubana se hable), cuya primera escena comenzaría (así la veo yo) también bajo los portales, a la sombra de un sol prepotente, con un hombre que camina en medio de lo cotidiano otra vez revivido como categoría antagonista a fuerza de obviar a Arenas y de obviarlo todo.

Todos somos ancianos

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tomado de los caprichos de Goya

El mal periodismo nos lleva a olvidarnos de algunas grandes verdades (hay quien sostiene que nos borra toda verdad). Ahora quiero escribir sobre ser viejo, la posibilidad de llegar a esa edad provecta y supuesta incapaz, vernos dentro de cuarenta o cincuenta años, medir el pulso de las circunstancias presentes y darles una vida futura. Sí, el juego tiene mucho de prestidigitación, de magia, de bandolerismo intelectual. Pero en la mala escritura no se vierte ni de ti ni de mí, ni siquiera de nosotros. Así que verter un pensamiento envejecido por el intelecto (a ex profeso) es un experimento de la retórica periodística, que estará condenado al cajón del jefe o al muro de Facebook.
Imaginen cómo será, juntos podremos construirnos esa metáfora de la incapacidad física, esos andadores, ese sillón de ruedas, ese hospital. Sí, y quizás tengamos cerca algún nieto o hijo ya crecido (quien a su vez pasará por el augur de ver delante la vejez). Los ancianos solían marcar el ritmo de la moral y en tal sentido eran relojes vivientes, pero ya sabemos que la modernidad prefiere al joven, al papichulo, a la mamirrica, esas construcciones del éxito y la belleza que no por cubanas son menos nocivas, repugnantes, envejecidas en el sentido de la estética verdadera. Ser anciano pudo tener utilidad hace cincuenta, sesenta años, incluso era tanta la autoridad que poseyó esa figura que su poder estorbaba, desalentaba, no edificó en ocasiones.
En este país donde los jóvenes de hace sesenta años hicieron una Revolución, hubo ya otra generación anterior que hizo otra Revolución, todos eran igual de bisoños y timoratos, de todos se dudó y mucho y ahora unos son ancianos y otros no viven. Hay quien dice que los cambios son de los jóvenes, pero a veces uno mira la pupila de un viejo y ve una ciudad viva, es como cuando piensas en el final y abres otra puerta y otra y otra y otra, en ese fin infinito que siempre es comienzo. La historia no está entonces en los libros ni es doctrinaria, sino que hay que salir a buscarla en cosas más simples, por eso hablo mucho con los viejos. También me imagino viejo hablando con jóvenes, disfruto el momento idealizado aunque quizás no llegue (uno conserva la sensación ¿o la certeza? de la total derrota). Todo viejo es un vencedor, pero la idea ni es exacta ni se cumple en todos los casos ni puede catalogarse de sabia.
Imagino que cuando seamos viejos haya un crujir aún mayor que el que hoy vivimos o las cosas marchen al fin mejor, después de todo son las dos alternativas que la historia nos ofrece. La sociedad, en sus devaneos, parece olvidarse de los viejos, una vez que llegan a ese punto de sus vidas, porque la gente se ve reflejada en las arrugas, en la senilidad, en esa sabiduría que es el gesto último de cualquier vitalidad. Es como si el consejo de un anciano se comportara como el grito de un desvalido. En uno de sus cuentos más leídos, Virgilio Piñera retrata el desvalimiento de su personaje anciano a la manera irracional y denunciante que le era común a este autor. Tadeo quería que lo cargaran constantemente, no importó nunca dónde y con quién, sino que sostuvieran su peso, de esta forma bajó tanto de peso que su persona se tornó leve, breve, efímera, se negó a sí misma, entró en el ciclo disolutivo consustancial a dicha etapa. Una amiga mía de 78 años de edad se horroriza siempre que le menciono a Tadeo, se avergüenza, no porque ella esté ya desvalida sino porque entiende lo desvalidos que estamos frente a determinados momentos. Todo anciano es un perdedor, pero la idea ni es exacta ni se cumple en todos los casos ni puede catalogarse de sabia.
Si escribimos sobre los ancianos, hay que recordar cómo hay quien bebe, come, festeja y tiene sexo, sin embargo y a pesar de su veintena de edad, es anciano. Sí, no hay otra calificación para su conformismo y desvalimiento, la sociedad es entonces un estadio normal en vez del terreno de conquista para el joven, la vida se presenta como una línea recta o un túnel sin luz donde se mueve uno a tontas y a ciegas. Sí, quizás sean ellos los únicos y verdaderos viejos, quizás tengamos una muchedumbre de viejos recién nacidos en muy poco tiempo, personas que ignorarán su cualidad de personas, que no dirán jamás “soy esto o aquello”, sino un nosotros tan amorfo y sin variedad aportativa que mejor será la muerte en masa o el suicidio en masa. Sí, quizás algunos de nosotros, que hoy leemos o escribimos, pasemos a formar parte de ese frente extraño de la nueva vejez, que es la renuncia a vivir en la plenitud de las verdades.
Un viejo no es necesariamente un anciano, pudiera ser hasta alguien que no haya nacido, incluso alguien cuya idea de la existencia se esté germinando en la atracción física entre dos personas. En tal sentido la vejez es el estado esencial de la existencia, lo natural. La juventud, la infancia meros jugueteos del lenguaje. El conocimiento de la verdad nefasta de la muerte y el determinismo de miles de cosas contribuyen a esa vejez preexistente, factores de los que no escapan ni aún aquellos que nacen en cuna de oro, donde el propio oro se convierte en arma de doble filo, en felicidad que hace la infelicidad porque no llena y no se encuentra luego una explicación simple y lógica de porqué somos vulnerables.
Hay mil maneras de decir que somos viejos, en cada una se encierra la verdad dolorosa de que el triunfo es humo y la derrota, una urna de cristal. Los programas de televisión suelen captar la imagen de la gente físicamente joven, maquillan mentalmente sus arrugas metafísicas, recrean casas donde sólo entra la luz y si mientan a un anciano es sólo de pasada, para colocar otro rostro sonriente e insólito. La televisión, el arte, las imágenes que el hombre se hace y trasmite a otros, son evasivos, no puede contarse con esas verdades inventadas, con esas ferias de la cultura, con esas filosofías de salón donde lo importante es cómo vas vestido y con quién tienes el honor de bailar. En este país donde ser joven se está tornando en un ejercicio retórico, lo viejo muestra su naturaleza tangible, monótona, imperecedera, omnipotente. No importa si vemos que los videos de los nuevos ídolos muestran lozanía (reguetoneros, expendedores de cualquier baratija, barajadores de cualquier destino), en el fondo está la angustia por el mañana, por el ayer, por el traspaso del tiempo destructor y demoníaco. En tal sentido la temporalidad no sólo significa el avance del que nadie vuelve, sino que es un dios que sólo nos muestra los fracasos, el tiempo perdido, el atrás. Ese dios resulta tan trágico y condenatorio, que apenas nos sirve para hacernos una idea de este segundo efímero, acuchillador, pelele, palabrero y alevoso.
Nunca como ahora el mañana fue una palabra, y la ancianidad el hecho. Es un momento donde los ancianos de edad miran de frente a los ancianos de mente y ambos bandos se hallan idénticos, se pelean en silenciosas batallas que jamás terminan, se huelen los olores a una pólvora histórica y perecedera que siempre estará allí. El mal periodismo nos lleva a pasar por alto estas verdades, a decirnos la verdad que conviene a la mentira, a decir la mentira que no conviene. Pero de vez en cuando salta la temporalidad y nos muestra un solo rostro, el pasado, ese tiempo de deterioro, del que no se vuelve, que además nos separa de podernos proyectar hacia delante. En ese determinismo hemos perdido el atisbo de alguna juventud que como seres tuvimos, sí, porque por lógica fuimos jóvenes aunque ya parezca irrisorio.
Dijo Ortega y Gasset que el hombre es él y su circunstancia, pero en realidad el hombre es él y su ancianidad. En tal sentido, el hombre es en tanto anciano. El mal periodismo pasa por alto porque su senilidad sólo le permite moverse de una casa a otra junto al repartidor de periódicos, su andador es la bicicleta y el cesto de papeles. Todavía habrá algún médico de feria que venga con su flogística a aplicarle frascos al anciano y al mal periodismo, dirá que la decepción pasa, que lo joven es lo joven. Pero ese idealismo cae en el saco de los idealismos poéticos que no traspasan el papel anciano y moribundo, la intención buena o mala de restañar. Parafraseando a Sartre, dicho idealismo no será jamás un humanismo, pero eso es materia para otra escritura.

Una ciudad incómoda

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tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

Elogio de la desobediencia

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La obediencia nunca ha sido una virtud, aunque a veces se le conceda ese salvoconducto. A menudo se dice que el niño es obediente, tranquilo, que no hace nada, que no se mueve del sitio en que lo dejan. El deseo de que los demás se comporten de manera predecible y de acuerdo con un lineamiento específico prefijado, lleva a que los gobiernos fabriquen personas obedientes. En la Alemania de Hitler nunca hizo falta coaccionar al pueblo, pues la mayoría apoyaba la dictadura. Cuando el caudillo nazi desbancó al viejo militar Von Hinderburg del puesto ejecutivo y disolvió el parlamento, las calles se llenaron del jubileo propio de quienes aman las cadenas. Ya en 1933 el ascenso de la nefasta ideología fascista a la cima de la necrosada República de Weimar ocurrió por la vía democrática, electoral. El alemán era un pueblo obediente, y pagó el precio, pues hoy aún no sabemos cuánto de odio y maldad engendró ese momento oscuro entre 1933 y 1945 en la historia del hombre.
Las libertades civiles, la democracia, las instituciones liberales que habían surgido a lo largo de todo el siglo XIX y que eran hijas de la Ilustración y la Revolución Francesa, fueron meros juguetes en las manos de los desobedientes dictadores de las potencias agresoras. Sólo la concertación de enormes fuerzas pudo rescatar a la humanidad de aquel sueño de la razón, que produjo tantos monstruos (me viene a la mente que durante los juicios de Nuremberg, los fiscales sintieron que, al tratar con los criminales de guerra nazis, lo hacían como con otra raza inhumana de seres). La obediencia, el sueño de la razón, produce monstruos. Porque el camino del hombre ha sido desde la oscuridad, hasta la luz, y todo retroceso no hace sino generar más oscuridad que nunca (los propios nazis, para legitimarse, acudieron a un inexplicable misticismo germano que mezclaba la brujería, el satanismo, la recurrencia a las tribus arianas y la mitología escandinava). Hoy existe entre nosotros una tendencia de ese tino retrógrado, que nos impele a la obediencia y el silencio, so pena de ser recriminados.
No exagero cuando digo que en todos los espacios donde antes, hasta hace poco, me permitían explayarme con amplitud y transparencia, hallo el escepticismo de unos y el miedo de otros, pero sobre todo la mayoritaria obediencia. Para mí está claro que ser obediente no es una virtud, al contrario ello genera una lentitud en las fuerzas del progreso que pudiera derivar en estupidez. Además, detrás de todo censor, suele ocultarse el interés espurio del burócrata que aspira a dejarnos un laxo letargo clasista, que lo favorezca en sus ambiciones individuales.
Hallo obediencia por ejemplo, en la prensa, donde sigo esperando los temas críticos siempre preteridos. En la sección “Acuse de Recibo” de uno de nuestros diarios nacionales, un periodista intenta darle curso a algunas de las inquietudes más irreverentes de nuestro país, pero me alarma el bajo apoyo institucional que recibe como respuesta dicha sección, sobre todo si tenemos en cuenta que es de los pocos espacios nacionales destinados específicamente a ese tipo de funciones. Vaya, que la obediencia, de parte de los que debieran ser desobedientes, es el colmo de la obediencia. Otras veces termino preguntándome cuántas cartas se dejan de publicar, por hache o por be, en estas secciones críticas, desobedientes, por así llamarlas. Está claro que en periodismo, la obediencia es vergonzosa, peor aún si es evidente.
Pero obedecer tampoco es una virtud cuando en una reunión nos callamos la boca, porque total, ojalá que esto se acabe enseguida, o si en un programa de radio oímos que el conductor manipula el hilo del diálogo fuera de temas espinosos. Ni obedecer es bueno cuando alguien nos compele a la unanimidad en un voto fácil, que nunca se sabe a qué o a quiénes favorece. Por ejemplo, hace unos años trabajaba yo en una emisora de radio territorial, y al ver la mala calidad de los supuestos arreglos de la calle principal de mi pueblo comencé las denuncias periodísticas. Hubo quien se sorprendió de ese y otros trabajos de corte crítico, sobre todo porque a mí nadie me “mandaba” a hacerlos, también recuerdo cómo en la reunión de rendición de cuenta le pedí cuentas (valga la redundancia) a la presidenta del gobierno, por la mala gestión de los trabajos en la calle y allí las crispaciones, el miedo, la sorpresa del obediente me acompañó. Yo sabía que, aunque minoría, estuve exigiendo el derecho de todos.
Es peligroso ser obediente, porque en términos individuales deshumaniza y en lo social retrasa la comprensión y el diálogo, la obediencia es un manto de falsedad que cubre los problemas de hoy y calla a los díscolos que se multiplicarán mañana más que los panes y los peces, sí, ser obediente es cuanto menos un pecado político. Obtener favores, prebendas, poderes, a cambio de asentir, no edifica ni exige superación, sino que llama a la mediocridad y la corona con un éxito inmerecido. Este país necesita una lección de desobediencia, que no significa caos, sino pensamiento, razón, luz, sí, esos elementos de la cultura universal que desde 1789 impiden o retardan la producción de monstruos. Francisco de Goya lo dibujó en uno de sus obras más impresionantes, donde un hombre dormido se debate entre una manada de seres alados. El sueño, en dicho cuadro, representa la forma más elemental e inevitable de obediencia, el estado en que el hombre anda como un esclavo entre sus propios miedos, encadenado.
Hoy todavía se critica a los padres fundadores de la independencia cubana porque “gastaron tiempo” discutiendo su República en una cámara de representantes. Los cultores del ordeno y mando muestran su asco asqueante ante la grandeza de aquellos hombres que, teniendo todo para ser déspotas, prefirieron la virtud de la democracia más actualizada para sus tiempos. Los historiadores del ahora que miran hacia el pasado con ira y con un catalejo distorsionado, juzgan mal a aquellos que entendieron los peligros de un mando unificado. América ya era en 1868 el continente de las naciones inestables donde el ciclo militares-dictaduras comenzaba su constante de Sísifo, y Cuba miraba con luz larga. Aún así, los cultores de la obediencia enseñan en los colegios que fue desfavorable aquella cámara, que desunió, que detuvo, que era un lastre (todo ello sobrellevable si era en nombre de los derechos más genuinos). Esos cultores incultos que aborrecen el poder civil compartido, olvidan que el militarismo es el padre de todos los autoritarismos. Cierto que Martí en 1895 unificó los mandos, pero recuérdese que se esperaba una guerra rápida, necesaria, con un partido útil nada más en función de la contienda; o sea que la obediencia no sólo era transitoria, sino (en la lógica martiana) efímera, inexistente.
Ni Gandhi, ni Thoreau, ni el Dr. King Jr., eran seres deleznables, ni quisieron lo peor para sus tierras, no representaban el caos ni la ira. Los aportes de todos estuvieron en consonancia con sus culturas y a la vez trascendieron en la esfera pública como referentes de una verdad casi incontestable: la desobediencia es un derecho. Hace unos años por ejemplo, un profesor de historia de la universidad casi me traga (la expresión es cubanísima) cuando le menciono en clase la importancia del método no violento en la independencia de la India. No sé si era miedo, estupidez o abuso de poder académico, sólo entiendo que era el obediente pidiendo obediencia y predicando a favor de la obediencia histórica. La imagen de dicho profesor, vestido de colonialista y apresando indios no me resultó entonces tan descabellada. Muchas veces hay que desobedecer y hacerlo de la mejor manera, de la más decente, pues en ello va una lección de valores ante aquel o aquellos que nos compelen a una obediencia ciega.
Es peligroso ser obediente, ojalá la advertencia sea bien recibida.

Ser pesimista

arthur-schopenhauer

Shopenhauer

Sí, lo soy, y también creo en la suerte (la mala) y en el azar. El pesimismo es la postura quizás más inteligente y pragmática en estos tiempos. Sí, soy pesimista, suelo creer que he perdido todas las oportunidades que nunca tuve, me pongo del lado de Schopenhauer y de Cioran, eternos dubitantes del ser humano, amadores el primero de los perros el segundo de la nada y la disolución. Ser pesimista me ha llevado a descubrir que lo real siempre puede ser peor a la vez que increíble, las circunstancias pueden secuestrar tu alegría y dejarte en una especie de lucidez, de tristeza.
En vida más joven, pensé que el ahora sería de luz, pero hay una acumulación en mi de extrañezas y fracasos, que son a la vez las deudas y dudas de mucha gente. Carezco de la capacidad de darle otro color a lo oscuro, así como de rellenar las cuartillas con ideologías farsantes, que no creeré jamás. Sí, no sólo soy pesimista sino que lo pregono, lo hablo en los autobuses y en las colas, donde la gente quiere pensar positivo aunque se la coman el poco aliento y la temporalidad humana. No tengo reparo en reconocerme como un pobre hombre desengañado, con un estilo de escribir más o menos coherente pero al cabo inútil y vergonzante. Un periodista sin periódico, cuyo pensamiento jamás interesó a nadie, que nunca escribió más incoherencias que cuando estuvo libre de las ataduras editoriales y los premios fatuos (y fuegos fatuos).
Un escribiente sin muecas, que abandona la bonanza escasa de las grandes ciudades y va a su pequeño pueblo, ante su propia tumba, a vender unas baratijas. La suerte existe, cómo negarla cuando unos la tienen y otros no, es tan evidente que sólo los afortunados se creen con el beneficio de algún talento extra. Una columna periodística que hable de las virtudes del pesimismo no saldría en los periódicos de la enunciación y el sintagma, del bonachón tono y la confianza, del cachalote de sobrecumplimientos. No, quién dijo que alguien tendrá espacio para desmentir la mayor mentira que aún tantos sostienen y creen: ser positivos, optimistas, constructivos.
Nadie dijo que escribir fuese un acto uniforme de sonrisas y cumpleaños, no, aunque haya quien pretendiera que así fuese. Pero nadie lo dijo, la gente quiere hacernos creer que el optimismo es lo único real, lo correcto, mientras estigmatiza a quienes pensamos el mundo en su dimensión más abundante. No es cierto que los pesimistas deseemos el mal, no, más bien entrañamos un deseo inmenso por corregir toda esta injusticia. Quizás no haya mejor optimista que el pesimista que mira de frente y dice sin reparos. Quizás no haya mayor pesimista que ese optimista ciego que esconde la cabeza en el hueco como avestruz que es. Mientras se vea en blanco la realidad y se obvie la prevalencia del negro, prevalecerá el negro. A buen lector, con unos pocos pesimistas que digan la verdad debiera bastar.
Ser pesimista es un bálsamo de verdad en este mundo de sombras. Stendhal escribió que no podía culparse al espejo si reflejaba un barrizal, sino a las autoridades que dejaron perder los caminos, Brecht hizo del teatro una forma de toma de conciencia donde el espectador no era embaucado por la técnica sino que tomaba parte y se concientizaba de lo mal y deforme de este mundo, todo el gran arte ha sido de los pesimistas (al menos desde que el artista pudo o se atrevió a decir por sí mismo). Delacroix pintó un cuadro sobre un naufragio y ello llenó de pavor acerca de la crudeza del mar y la muerte, Picasso fotografió el dolor despedazado en su Guernica. Imaginemos ahora que alguien pida a los escritores trágicos, a los de la novela social, a los del cuento mesmérico que se autocensuren en honor a un panglosianismo ramplón. Imaginemos que por decreto debamos asumir que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Ser pesimista es una delicia sutil y una joya del intelecto.
Hasta los iluministas se apoyaron en lo peor para ir hacia lo mejor, incluso Dante, en su obra titulada Divina Comedia no puede sustraerse a colocarnos antes que el Paraíso, dos pasajes (Purgatorio e Infierno) que sobrepasan en trascendencia la visión idílica y laudatoria de la tierra celeste. En Infierno, retrata el bardo a su época, la juzga y saca de ella las esencias de lo que desea para el cambio, así una comedia tiene su mejor parte en su tragedia. Aceptemos que en el dedo condenatorio del artista se desatan las vertientes filosóficas que de lo contrario fueran burdos silogismos de feria. El teatro del absurdo que tuvo en Ionesco quizás su cultor más agudo, nos lleva hasta el umbral mismo de la sinrazón y nos hace entrar en razón, por ejemplo, en La Cantante calva, una serie de intercambios deshilachados se erigen en paradigma del diálogo vacío del ser y su parentesco con el no ser. Quizás está última una versión más actual del monólogo de Hamlet ante el cráneo descarnado del bufón Yorick.
Ser pesimista es entroncar a la humanidad en su tradición trágica, llevarla de la mano del reflector aristotélico, vincular al hombre con una visión realmente antropocéntrica que no hable de muñecos ni afeites, hablar en lenguaje de la calle, dejar que fluya el río de la vida sin pretender que no puede ser variado, sí, ser pesimista es ayudar a entendernos, no renunciar, ser un voyeur, un vigilante demasiado honesto.