El dominó hablado de la mediocridad

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Todo buen mediocre que se respete sabe jugar dominó, aunque no todo el que sabe jugar buen dominó es un mediocre. La sentencia no aspira a lo categórico, pero intenta tomar un detalle inductivo para generar una propuesta más abierta, más ambiciosa si se quiere: ser mediocre es jugar al dominó y además, hablarlo, arreglarlo de antemano. Si hacemos suspensión de nuestro habitual estado de literalidad, tomamos al dominó como símbolo de lo social en todas sus partes y momentos y colocamos al mediocre en el centro, donde él es la medida de todas las cosas (de las que son en tanto son y de las que no son en tanto no son). A diferencia del hombre de espíritu, el mediocre sí actúa y habla de manera categórica a la vez que acusa de absolutistas a aquellos que dan una opinión racional y diferente, cuyas conveniencias no convienen.
El mediocre no juega ajedrez, porque le aburre y además es una pérdida de tiempo, sino que se apresura en botar las fichas gordas para aligerarse la carga, para que el trasfondo de lo que hace resulte menos expuesto, más efectivo. Socialmente (en algunos de esos momentos y partes que conforman el adverbio) el mediocre es un héroe, porque desbancó a otro gran mediocre (hay hasta escalas entre ellos) o quizás a causa de que suele dar la imagen de una brillantez que se queda en eso, en la pantalla. Todos son grandes proyeccionistas, sin aspirar jamás al papel de histriones, productores, guionistas o directores de cine. Películas por demás de baja catadura, propias de un valor epigonal con respecto al peor cine clásico.
En la película “Bastardos sin gloria”, de Quentin Tarantino, hay una secuencia que me llama la atención, esa que muestra a la plana mayor del régimen nazi reunida en un cine pequeño de París para ver un filme que únicamente enseña a un francotirador que dispara sin fallar jamás. El público expectante ríe ante cada enemigo balaceado, Hitler se complace ante esa cinta sin argumento, que además no contiene ningún viso cómico, la mediocridad del arte se completa con la mediocridad del público. Todos vinieron a ver una película que ya conocían, a jugar un dominó arreglado. El arte que surge por decreto se ha diluido de antemano y no vale la pena verlo. Por el contrario, hay otro arte que parte del orden y va hacia la burla, la desacralización. En “Las meninas”, Velázquez nos coloca a la Familia Real reflejada en un pequeño espejo y en un plano bastante invisible (casi críptico), mientras que el propio autor se coloca delante, pincel en mano, en una primerísima posición, haciendo valer su cualidad superior. El dominó se rompe a través de la pericia. En lo que debió ser una representación de la pompa monárquica, predecible, sin renuevos, hay una exaltación del papel del demiurgo. Ahora la risa sí está justificada y la representación sí tiene argumento. Pero se trata de una sonrisa, no de la risa despampanante, es una burla al estilo Samuel Becket, donde uno halla en la ruptura siempre motivos de regocijo, porque al final cada artista aspira a la tarea imposible de volver a empezarlo todo. No ocurre esto por trascendencia solamente, sino por necesidad de oponerse a lo predecible. El constante retorno a los temas mitológicos desde nuevas perspectivas, la creación de mitologías que suplan a las antiguas, la pura invención, son todas formas de no jugar el mismo dominó.
En “Esperando a Godot” Samuel Becket sólo nos deja una interrogante, llega a ser cruel con el espectador, pero vale la pena acudir al pequeño cine o teatro para admirarnos de cómo el maestro destruyó el dominó hablado mediante una parábola vacía. Uno ve a dos personajes a la espera de un tercero que “no viene hoy pero quizás venga mañana”, el tal Godot nunca se muestra ni sabemos nada de él, ni siquiera llegamos a interesarnos por su vida, de manera que podemos también sentarnos a esperar. A diferencia del filme del francotirador que van a ver los nazis, la falta de acción de “Esperando a Godot” y la impericia de los dos antihéroes que dialogan nos arman una metáfora, que no podemos desechar, que no debemos eludir. Becket inventó quizás con ello otro dominó, o jugó a lo impredecible-predecible, contradicción que es cara a los que piensan y odiable para los que detestan un gramo de esfuerzo intelectual.
El exceso de inacción de “Esperando a Godot” pudiera contrastar con otros absurdos donde desborda la más dramática sucesión de eventos, por ejemplo en el cortometraje de Arturo Infante llamado “Utopía” se presentan tres historias distópicas hilvanadas, una de estas (quizás la más reveladora) tiene como escenario una pelea entre bebedores de alcohol, disputa cuya causa es si existe o no el barroco latinoamericano. Los mediocres juegan un dominó que no nos parece falso, dado lo caótico de los tragos de ron y el lenguaje deshilachado en groserías a granel, sin embargo basta que aparezca la cuestión sobre el barroco para que se desate una ola de acciones que culminan en apuñalamientos (de lo cotidiano se pasa al absurdo y de allí al performance). Ello me recuerda el argumento de un cuento jamás escrito que le escuché formular alguna vez al escritor cubano Eduardo Heras León: un grupo de presidiarios reúnen todo el dinero mal habido que tienen para secuestrar al poeta Roberto Fernández Retamar, la causa estaría en una apuesta carcelaria que se basaba en criterios artísticos acerca de la entrevista que le hiciera dicho poeta a Jorge Luis Borges. Ambos dominós no sólo están condenados al arreglo, sino que muestran deliberadamente sus costuras, la mediocridad como performance, como paratexto que conforma una relectura de lo predecible, de lo poco elaborado, de lo elemental, representaciones que no por ingeniosas obvian el refrán de “la mona aunque se vista de seda, mona se queda.” La mediocridad que no juega el dominó a derechas, mucho menos podrá arreglárselas con un tratado-secuestro que incluya a Retamar en plenos pasillos de la Casa de las Américas. Si en “Esperando a Godot” la inacción conformaba el todo, en “Utopía” y en el cuento no escrito de Heras hay una acción excesiva que evidencia el ridículo de conformar la nada. La mediocridad funciona en ambos sistemas, ya que su esencia es no funcionar jamás.
Otra manera de romper el dominó hablado es dándole la oportunidad a los propios jugadores (los mediocres) a que lo hagan. Por ejemplo, Ai Weiwei tiene como artista una visión donde la ruptura está al final del túnel creativo como condición sine qua non, son los destructores del arte quienes culminan el mensaje, son esos que rompen los primeros y más importantes consumidores y a la vez el termómetro filosófico del autor. Ai Weiwei es consciente del mecanismo y constantemente juega con la semiótica del jugador, como una historia dentro de otra (estilo propio de lo chino como cultura). Para el artista no importa la trascendencia (o eso da a entender) sino el momento efímero donde obliga a los mediocres a salirse de su papel predecible y a romper los dominós. De hecho, la cultura oriental a la que se debe Weiwei, es pródiga en esas muertes falsas, en esos nacimientos encubiertos. En esas instalaciones el destructor se hace una especie de harakiri, pues se muestra en su esencia al quererse ocultar.
Si todo acto creativo occidental apela a construir como principio, en el orientalismo la parábola se desarrolla muchas veces a la inversa. No obstante, el dominó es un juego que tiene sus raíces en Asia y que también funciona como metáfora de lo que se arma y desarma, que lo mismo puede ser un ente predecible que no serlo. De pasatiempo se va a metáfora del azar, de actividad sin sentido cobra todos los sentidos imaginables. Pero para el mediocre siempre será más fácil la orilla opuesta, que niega los orígenes del juego, que elimina toda historicidad, toda genealogía. La tábula rasa es un sus manos una tabla que mide e impone su medida. Las piernas cortas sólo dan para eso, para andar el mismo camino. Todo esfuerzo original irá contra ese falso dominó, deberá desgastar los rieles de esa historia breve y vertebrarse en alternativa. Desde la acción, desde la inacción, desde el detenimiento o el exceso, se buscará la ruptura del augur.

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Antes que amanezca

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Reynaldo Arenas

No, no me propongo contradecir a Reynaldo Arenas, sé que él quiso en su delirio dejarnos las hilachas de alguna claridad. Era una embriaguez de terciopelo la del Rey, una pesadilla contada para joder, como si fuese un entremés sin habladores. La mía pudiera esconderse, quizás debiera avergonzarme de algún que otro pasaje, pero como noticia de una desventura merece la luz, el proyector. Si Arenas se apresuró a contarse él mismo antes que anocheciera, a mí me interesa narrarme antes que amanezca. La presunción nos dice que estamos en medio de una larga madrugada.
Hay sucedidos en la vida que, como dijera Lalo el limonero, se caen de la mata y uno de esos que descoyuntan la razón y jalonan el prestigio del narrador es su presente. José Soler Puig dijo que estaba por escribirse la novela de la Revolución, y Lisandro Otero en su Trilogía Cubana dilató un pasaje hasta convertir los segundos en largos legajos de devaneos de sesos indefinidos, Cabrera Infante escribió un Mea Cuba donde más que mear habla de su Cuba, la de él, la que se inventó, la que era a la medida de su incómoda comodidad. Todas fueron formas (intentonas) por atrapar el presente, antes que anocheciera, pero yo sigo más la lógica de Lalo y digo que está por escribirse la novela (obra de teatro, cuento, noveleta, ensayo, híbrido) de la desilusión. Parafrasear a Balzac sería más que suficiente para “Las desilusiones perdidas”, diferentes caras, iguales destinos, pastiche de un momento que parece alargarse como la metáfora del chicle americano, o el tabaco filosófico.
Nuestra vida es una paráfrasis, no vivimos en lo real sino que pretendemos hacerlo, nos importa un comino si al final estamos o no en lo cierto, si acertamos o dejamos pasar la oportunidad. La película cubana “Retornos a Ítaca” me trae esos fieros desajustes, porque en primer lugar no creo que se trate de un regreso verdadero, sino de un simulacro de huida, la gente ahí no pudo volver porque jamás se fue. Jamás la maldita circunstancia del agua por todas partes de Virgilio Piñera fue una broma tan colosal. Nuestra vida es una paráfrasis, es la cita de otras vidas, la cita transformada, vilipendiada, hecha un tareco lingüístico. En la mente del citador, o sea nosotros, el agua ni siquiera es mar sino charco, como los edificios no son sino ruinas y los cuentos y las obras truncas de la vida son bastardos del hervor presente.
Dice un viejo amigo que crisis significa cambio, pero de qué valen esas semánticas para los desprovistos, los pobres de espíritu, los desengañados, los del subdesarrollo de los sentidos y el intelecto. Sí, crisis es cambio, pero a veces se trata de la inmutabilidad en su estadio más temible, más sin sentido. La muerte es una crisis, un cambio si se mira. Recuerdo los personajes de “Retornos a Ítaca” y veo histriones dentro de los histriones, personas que no necesitan actuar para que surja la luz falsa. Matriuscas rusas o de cualquier nacionalidad, hilvanadas como sólo pueden estarlo los desentendidos, los amarrados por sogas, los que tienen un cuello quizás sólo para que los ahorquen. Personajes que hoy más que nunca son el concepto vacío, la máscara del viejo teatro griego que amplificaba pero no por ello disminuía o aumentaba significación. Sí, lo doloroso es que a estas alturas poco importa que se retorne a Ítaca o que se le dé un matiz mitológico a la cuestión del retorno, poco interesa el cronotopo, la filología es una farsa, la literatura nunca se hizo, la pintura quedó en el imaginario.
Tantas cosas quedaron en el tintero, que el tintero dejó de ser y devino en repositorio de envenenamientos, en acrecentamiento de viejos. En “El nacimiento del señor Madrigal”, Virgilio Piñera habla acerca de un nacimiento que es muerte. En la espera del suceso, el personaje se trastoca en alegría del desespero hasta que la metamorfosis (la crisis, el cambio) nos coloca delante algo que no es el señor Madrigal. Otros cuentos de Piñera pudieran clasificar como tratados sobre la muerte, incluso su propia muerte sugiere la forma de un tratado, de un performance que nos deja el olor a vida otra, a obra literaria. Son esos maestros ejecutorios quienes mejor actúan el momento de cualquier crisis (artistas del hambre, los llamaría Franz Kafka). El aislamiento es iluminación en medio del pensamiento único, así Ionesco en “El rinoceronte” habla de Berenguer, un individuo poco valorado, adicto al alcohol, que vive en un pueblo pequeño donde todos se tornaron rinocerontes. Lo más pútrido puede tener la razón, el iluminismo no será jamás patrimonio de poder. Por eso vivimos en la paráfrasis, somos la cita de alguien, conformamos un parlamento en el diálogo de dos habladores. Pero si logramos decir mientras dura la madrugada, quizás quede algo de luz cierta, quizás tengamos ser antes que palpemos la salida del sol. Narrar cómo nos desalineamos en medio de una manada de rinocerontes no es nada fácil, pueden aplastarnos o negarnos. Por otro lado, un rinoceronte aislado es más peligroso que toda la manada.
Develar nuestro lado oculto antes que amanezca, hacerlo con el valor de estar desprotegidos en medio de la oscuridad, hacer como aquellos que en el medioevo sostuvieron una verdad por encima de la escolástica. Porque eso que llevamos oculto no sólo implica un yo negado, sino una liberación perfecta de la persona (ahora no entendida como personaje, sino como humanización). La literatura no admite ser atada a este o aquel señuelo, y como los niños terribles hará siempre de la traición una metáfora infalible. Todo escritor es un traidor, aunque veamos que sus versos, prosas, silencios, bajen la cabeza y muestren una servidumbre de oropel. En todo caso Roma nos paga, pero nos desprecia, en todo caso damos al César lo que es del César y al Demiurgo creador lo que es del Demiurgo. Velamos la oportunidad para espantar al molesto mecenazgo y acogernos a formas más laxas de decir, vuelvo a la palabra crisis y su relación con el cambio, así, en Decamerón se nos narra cómo en tiempos de enfermedad y hambruna y poca economía estaba cayendo el viejo ideal escolástico. Sí, había algo podrido en la Italia del Renacimiento. Era el cadáver del dogma lo que el autor nos estaba develando antes que amaneciera la nueva época. Todo poeta ha pensado en lanzar piedras o tiros a través de una barricada, todo creador intenta subvertir el orden establecido e imponer (antidemocráticamente) el suyo. En “García Márquez, historia de un deicidio”, Mario Vargas Llosa nos lleva de la mano de ese creador que antes es destructor, porque antes de la continuidad debe estar el diluvio que sana. El escritor como asesino de la verdad que le circunda, como opositor hacia esa verdad, como profeta de otras verdades que estarán por venir. De tal manera que no hemos renunciado a nuestro papel de chamanes, antes bien se confirma que en cada escritura hay un eidos o la aprehensión de un eidos, que algo ha ocurrido en el mundo de las ideas, ese mundo que para Platón era el único real dada la mutabilidad del materialismo.
Sumergirnos en ese pensamiento que veía en la idea lo real y que más que un hallazgo, era una búsqueda, basta para el escritor. En el mito de la caverna (vuelvo a Platón) hay varias formas de conocer el fuego de la verdad que arde en el fondo de la gruta, quienes se quedan en las sombras apenas intuyen, pero están quienes se atreven a decir en medio de la penumbra y no temen quedarse ciegos. Luego, el escritor sigue siendo un subversivo que en el buen sentido intenta hacer lo mejor para él y para los demás, no se queda en la parábola de Zenón entre Aquiles y la tortuga (mientras la segunda vaya un paso delante, el primero estará a la saga). El escritor avanza, va al fondo del fuego y tiene la peligrosa misión de transformarse en un Prometeo. Lo curioso (y dañino) del asunto es que todo debe ocurrir antes que amanezca, o sea antes que las verdades no buscadas surjan de manera natural con el paso del tiempo. Porque lo racional es razón invisible antes de tornarse en realidad. Antes que amanezca, antes que sea tarde y no resulte la belleza, el artista debe iluminarse e iluminarnos.

Hambre de periodismo

Oficio marginal, pretendido elitismo, bazofia salarial, múltiples lecturas, saber de último minuto, todas son calificaciones que caen en el ruedo del periodismo. Una carrera de la que malviven brillantes e ineptos en su camino al sueño o al hueco. Siempre habrá quien quiera estudiarla, y quien quiera ejercerla sin estudios. En todos los casos, el periodismo da hambre, no digo sed porque el agua es lo mínimo que aún se brinda (a veces) de manera gratuita, en este mundo donde todo cuesta un ojo de la cara (según el viejo talión, ojo por ojo, diente por diente). O donde todo cuesta que te rompan la cara o perder la cara (entendida ahora como sinécdoque de vergüenza).
El periodismo surge como una necesidad de expresión vinculada a la lucha ideológica y por ende a la manipulación de unos hombres sobre otros. Cuando el traspaso de manuscritos y de copias comenzó a resultar trabajoso, se hizo evidente la inminencia de un medio de difusión más rápido, concreto en su mensaje, directo en su estilo. Los dueños del poder o quienes pretendían serlo le hablaban a toda la sociedad, difundían sus ideas ilustradas o no, fuertes o no, predominantes o no. Sólo la historia se encargó de dirimir qué mensajes quedaron como reflejo de una conciencia del tiempo, así podemos estudiar a través de la prensa cómo los diferentes factores sociales se disputaban el poder a través de enconados debates, pugnas retóricas. Dicha concepción doctrinaria e instrumental del oficio convertía al redactor en un intermediario, en una ficha que daba a conocer lo que el dueño o pretendido dueño pensaba. De ahí que el periodismo, a diferencia de la literatura, sea un hijo bastardo de la creatividad pues no responde directamente al intelecto pensante, sino a la ideología que resulta ganadora o perdedora en los forcejeos históricos. Visto de esa forma, los periodistas que saltan hacia un peldaño literario y pueden sustentarlo representan esa parte del gremio que es una excepción, pasan al libro de récord y a la academia como gurúes. Pero la generalidad de los redactores es ideología (y se debe a ella), sin perder de vista que cualquier intelectual genera ideología, sin ser un propagandista.
No extraña entonces que le paguen mal al periodista, pues su oficio (y hago hincapié en la palabra) también genera un ejército de parados que esperan frente a las puertas de las redacciones, dispuestos a ser los voceros de este o aquel. A diferencia de los profesionales que pueden llegar a altos niveles de especificidad dentro de cada parcela, la especialización del periodista apenas roza las herramientas críticas elementales. Cada opinión en los diarios y revistas vale lo que vale lo efímero, cada autor vale lo que vale la efectividad inmediata de lo que dijo, cada medio vale en tanto tiene un mecenazgo que paga las imprentas, el papel, la tinta, la distribución. Así, los valores de la prensa liberal y objetiva, al servicio de la moral pública, se transforman (o siempre fueron) en retórica. Prima la ley del mercado. La información, como expresividad del poder concentrado, se dosifica y trata de acuerdo con lo que el dueño quiere. No ha habido sistema donde no se cumpla lo antes dicho, como que no ha habido periodista que no haya soñado con una libertad de imprenta plena y real. El redactor y lo que escribe están sujetos a leyes de valores propias de la especulación económica y la hegemonía ideológica, poco margen queda para soñar no ya con decir lo que se piensa sino con decirlo bien, bellamente, o sea de acuerdo con un legado y una originalidad.
Nuestro periodismo es además aburrido, nadie sabe por qué lo quieren así, mucho menos cuando las tecnologías dan paso cada vez mayor a formas de decir amenas, dinámicas, bien argumentadas (aunque el argumento sea falso). Una visión hegemonista total de la prensa es impensable en un mundo hiperconectado, este a mi entender es el quid sobre el que descansa el problema de nuestra prensa. Se sabe que no funciona como elemento ideológico persuasivo, pero se cree (ingenuamente) que la población no tiene otro medio a su alcance y por tanto se asegura la hegemonía. Esta forma de entendernos como sistema comunicativo deberá mirar más hacia el mundo y hacia el futuro y menos hacia adentro y hacia el pasado. Los conglomerados mediáticos no han renunciado a la total hegemonía mundial, de hecho resulta preocupante que el grueso de la prensa global lo maneje un grupo minúsculo de potentados accionistas. Así, la máscara del liberalismo se cae ante el manejo evidente de las cabezas pensantes y la instauración de estados de conciencia artificiales. Pero incluso ellos, que llevan la delantera en eso de instaurar un dominio de la mente, saben que está en la naturaleza humana el nadar contracorriente y que siempre habrá fuerzas de resistencia. Cuba no pude ir a esa batalla (especie de Gran Guerra de 1914) con arco y flecha.
Sí, son pobres nuestras opiniones, pobres las columnas, pobres los reportajes y las fotos, pobres los enfoques, pobres los periodistas. Debo la hechura de esta reflexión a la conjunción de un salario de periodista, una cita de la palabra hambre consultada en la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones con colegas del gremio. Si la frase parece borgeana, la realidad no es menos alienante. Nuestras crónicas parecen ciegas (con perdón de los ciegos) y esas páginas culturales apenas recogen eventos sin dejarnos un cariz crítico, al menos apesadumbrado, de una vida no dinámica, de un acontecer que pide a gritos la vitalidad de una pluma sagaz y no a la saga.
Leo habitualmente varios periódicos, provinciales y nacionales, y no hallo sino resúmenes de lo mismo, o reiteraciones de sucesos que ya tienen varios días de finiquitados. Rara vez encuentro un análisis sobre cuestiones específicas que se salga del razonamiento predecible en la línea malo-bueno, ello cuando sabemos de cuántas herramientas se puede servir un columnista para abordar diferentes temas. Si alguien cree con sinceridad que eso es la prensa, mejor será estudiar la mente de ese alguien, creo que como ejercicio académico resultaría revelador. Para el joven que recién llega a la redacción, dicho detenimiento no es para nada atractivo, mucho menos cuando se enfrenta a una filosofía de trabajo que más allá de lo creativo propugna el acoplamiento al ritmo del medio, ritmo por demás que es uno de los factores que contribuyen a la debacle de la prensa pues le resta su inmediatez.
Los periodistas no viven la noticia, ni siquiera pueden formularse la quimérica apreciación de que tendrán en sus manos el gran tema para el gran reportaje de sus vidas. No pensemos entonces en los matices que introdujo el Nuevo Periodismo norteamericano del redactor que crece hasta convertirse en una máquina pensante y creativa, de la planta cuya finalidad como árbol es una obra literaria. Truman Capote jamás hubiera escrito “A sangre fría”, porque su sangre como reportero estaría siempre lo suficiente fría, o sea detenida en los informes diarios. En Cuba hacemos una especie de lo que yo llamaría periodismo burocrático, donde ya desde la sala de prensa se saben los resultados de las investigaciones y el enfoque, el estilo e incluso el impacto en las los diferentes públicos. El redactor ya arma a priori una realidad antes de confrontarla y va directo a las fuentes que confirman esa realidad.
Revertir ese modus operandi no sólo requiere de un acercamiento mayor desde la gestión logística (el necesario mecenazgo), sino repensar desde la academia cómo asumimos sin prejuicios el fenómeno de la comunicación con los riesgos y beneficios que ello conlleva (para todas las partes implicadas). Pero sin dudas no se puede presumir de periodismo, cuando carecemos precisamente de eso. No sólo se requiere un marco legal que normalice las maneras de interacción entre la comunicación y la sociedad, sino que se vuelve vital una articulación del modelo que proteja a ambos actuantes de los errores (a veces inevitables) y horrores (siempre evitables), que apisonan (aprisionan) el camino del periodista. Al interior de las instituciones o medios de prensa también deberá implementarse un mecanismo otro de relacionarse con la verdad y las fuentes, acercamientos no sólo más reales en términos de noticia, sino dinámicos en el aspecto propio del ritmo de trabajo. Por sólo abordar uno de los peores males que aquejan a los medios, existe algo llamado sectorialismo o sea periodistas consagrados a seguir exclusivamente la agenda burocrática de organismos ya sean estatales, políticos o de la sociedad civil, tarea esta última que es la base de un reporterismo machacón y capaz de colocar en primera plana el más aburrido de los balances empresariales. Más que un llamado, una consigna, ese cambio en nuestro sistema de comunicación va unido por necesidad a la transformación de las mentes que construyen el consenso social. O sea, es una cuestión de quién protagoniza los cambios: la burrocracia o el intelectual capaz y comprometido, la tozudez o el ingenio.
Sentir hambre de periodismo es un buen síntoma y quizás la mejor oportunidad para generar la hegemonía revolucionaria (democrática en su esencia). La seriedad de debatir estas esencias dependerá del nivel de tolerancia y protagonismo que en el núcleo duro del consenso exista hacia lo nuevo, nuevo que por demás en el mundo no es nada nuevo y ahí caemos quizás en la peor de las debilidades: andar a la saga. No puede temerse a la transformación, ni a equivocarnos, mejor es prevenirnos de no hacer nada. Una idea, aún fuera de enfoque o poco bien formulada o irrealizable, es parte del patrimonio breve o laxo de que disponemos como constructores de la verdad diaria. Si queremos una sociedad funcional, para nuestros hijos y nietos, empecemos por plantearla y no veo mejor forma que utilizar el espacio público (los medios) para ese cambio. De lo contrario se pone en peligro el consenso y surgen los espejismos de la ideología, cuando como forma de la conciencia no va acompañada del pensamiento filosófico sobre lo real en movimiento, la sociedad tal y como la vivimos.
En la Grecia fue el ágora, en Cuba el modelo de la transparencia. Ver fantasmas o fabricarlos, aparte de no convenir a la polis y beneficiar una aristoi sólo conlleva a retardar nuestra incorporación al mundo, no con el arco y la flecha, sino con los medios de comunicación que un talento genuino sí puede mover. Otro enfoque de lo que dije sería igual de válido, siempre que sea abierto y no asuma el ropaje de un sistema de pensamiento, con supuestos acéfalos. Aunque intuyo que la motivación borgeana (un salario, la consulta a la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones) traerá similares devaneos de sesos.

Una ciudad incómoda

La-Habana

tomada de internet

En efecto, la Habana es una ciudad incómoda, no resiste la tranquilidad, sale a cada momento a orinar o defecar en la esquina, hace el amor (¿el amor?) en público, comercia a la luz del día cualquier material prohibido. En ese sitio nadie es nada y todo es todo, la verdad se trastoca en mentira al pasar la esquina. Un padre de familia de un reparto se camufla y va a otro reparto como delincuente, sin que haya manera de detectar esa mendacidad. Las instituciones se muestran insuficientes, sin capacidad de abasto, las colas frente a los edificios inauguran las mañanas. Allí lo más simple es un enredo de papeles a no ser que entregue usted una comisión de dinero extra. La Habana es una ciudad no apta para viejos ni jóvenes, cuya atmósfera se ha ido cargando con el paso de los años y la galopante emigración, ciudad permisiva que se hace de la vista gorda y deja que engorden los masetas (ricachones), fenómenos que en los pueblos del interior tropiezan con el engranaje eficiente de la vigilancia y la envidia.
La Habana es incómoda, si eres negro te pueden detener, pedirte el carné de identidad, preguntarte la provincia de origen, deportarte. Si eres demasiado blanco (como yo) te asaltan en los portales y el malecón las putas y los niños, unas piden dólares y otros chicles y caramelos. Pobre del que la habita, es como si nunca la habitara, porque la ciudad carece de memoria, no fija su nombre ni su rostro y puede hacerle objeto de los mismos sucesos una y otra vez como si fuese el primer día. Como maravilla mundial, su trazo arquitectónico irregular, su bizarrería, la hacen merecer desde los más altos calificativos hasta las más rastreras descalificaciones. La Habana ha sido el santuario de Lezama y la memoria de Cabrera Infante, pero sobre todo fue esa meta de todo proceso libertador de la nación, que debía empezar en Oriente y tener su fin en la capital (los barbudos de 1958 soñaban con vencer en una batalla en torno a la metrópoli). Sin embargo, la ciudad ha estado a la vez tan despierta como dormida ante la historia, fue la sede de la Universidad donde se conspiró, pero siempre guardó de incendiarse a sí misma a la manera de Bayamo o de ser temeraria como Santiago. La Habana, Matanzas, Santa Clara y Cienfuegos, forman un epicentro pacifista siempre difícil de conmover en términos de rebelión, ni hablar de ciudades menores como Trinidad o Remedios. La capital es también incómoda para los incómodos, los idealistas, los revolucionarios, los transformadores, en tal sentido, La Habana es pragmática y hasta cruel.
En la actualidad los sueños de cualquiera pueden romperse contra la barrera de realismo mental que rige en la ciudad, dicho muro separa dos estamentos, dos Cubas, ricos y pobres tienen visiones diferentes, habitáculos dispares. De un lado Centro Habana, provinciano barrio, lleno de buscavidas no vinculados al régimen estatal, donde abunda la religión yoruba y el basurero en la esquina, la bronca y el juego perenne de dominó. De otro lado está el Vedado, especie de Europa isleña, con sus edificios de apartamentos donde la nomenklatura hace las veces de clase media e imita los ademanes y el modo de vida “de afuera” (expresión muy escuchada allí), patria de los niños de papi y mami que se disfrazan de vampiros en el parque de la calle G y luego deciden irse a Miami porque su espejismo cubano es a fin de cuentas eso, espejismo adolescente. En medio, la Habana Vieja, pedazo de collage entre el turismo cosmopolita y un criollismo demodés y falso que intenta remedar a la colonia, nostálgica tienda de antigüedades donde los recuerdos de la Revolución son también otra antigüedad (lo más solicitado de hecho), sí, esa Habana intermedia a veces es una tierra de nadie, una escenografía, una casa de muñecas que cierra a la media noche. El perfil nacionalista del Capitolio marca divisiones de dicha geografía, símbolo autóctono que por contradicciones de isla es copia de otro símbolo (Cuba en su furor no agota el pincel y calca hasta el ademán soberbio de la libertad neoyorquina en una estatua republicana). En esto La Habana es también incómoda, porque carece de época y lugar estables, pareciera un juego de dominó de esos que se arman y desarman según el ingenio (o la picaresca) de los buscones de Centro Habana.
El Morro marca la cadencia de la noche, siempre a las nueve un toletazo le arranca el asombro a los viandantes del Malecón. Entonces las putas detienen su mirada sobre el enhiesto sexo de su cercana víctima o piensan en la ganancia, o un policía (oriental) detiene a un civil (oriental) el cual deberá regresar a su provincia deportado por enésima vez. La malsanidad del agua de la Habana se compara con los bebederos que el rey persa Darío dejaba a su paso delante de los invasores macedonios, es como si el líquido de vida encerrara los destinos desviados y oscuros de la ciudad. Sí, el sitio merece en ocasiones el calificativo de putrefacto, sin dinamismo cierto, caótico, repleto de los prejuicios y los males del resto de la República. Uno llega a la Habana y casi de inmediato quiere irse, pues ni los vecinos que llevan años allí te dan una buena referencia (en la calle Maloja, barrio de los Sitios, los jefes de las pandillas se paseaban hasta hace pocos años en sus gestos todopoderosos). Ahora los patrulleros están en todo momento delante de las fachadas en las calles Monte, San Nicolás, Sitios, Rayo, pero lo ilícito abunda y sobreabunda como modus vivendi inapelable y con ello hay una gran marginalidad de la vida y el espíritu, inexpresable en palabras.
La Habana es Cuba y lo demás es áreas verdes, dice un dicho popular en referencia a la sensación de periferia que se ensancha a todo lo largo de la estrecha isla, por eso tanto lío con la capital, por eso el Parque de la Fraternidad nos parece intrascendente y feo cuando lo frecuentamos a menudo, porque en verdad La Habana es tan provinciana y desprovista como el resto del país, de hecho, en la ciudad se encierran todos los provincianismos posibles (el Vedado se siente provinciano con respecto al mundo). Cuba deberá sacudirse esa ansia por el “afuera” si quiere que el adentro no sea la caldera de presiones que ahora mismo encierra a tantos en los solares habaneros, es en el adentro donde están todas las respuestas, no en el desapego o el sucedáneo que exporta hacia la Calle Ocho el carnaval y el dominó. No puede ser que una Cuba dispersa, en diáspora, se sienta más Cuba que Cuba. Para el cubano de adentro el país es la capital y, simplificando, el país está afuera. No existe el olor a santidad de los nacionalismos, a menos que frecuente usted el callejón de los artesanos donde todo se ha vuelto artesanía, incluyéndonos a nosotros mismos.
En la Habana los grupos sociales son cábalas que se combinan, hacen lo que hacen, luego se disuelven y no se ven más. La ciudad se los traga, las amistades son fugaces, hay un sálvese el que pueda que lo rige todo. En los Sitios, la gente vive de madrugada y de día se mete en sus casas, en la calle Reina los travestis copan las horas nocturnas y hacen de la capital un sitio sitiado por las huestes de Urano. Una partida de policías socarrones y permisivos frecuenta los portales cercanos al Palacio de Aldama, donde hay una cafetería llamada Havanastation, lugar de reunión de toda la lacra nocturnal que no encuentra un sentido para sus paseos y sus devaneos de sesos. “Yo soy de Baracoa, ya para atrás no viro”, dice un tipo “aguajoso” delante de un uniformado que pide carneses. La Habana es incómoda, histérica, hiperestésica, insensible en ocasiones, indiferente, es una ciudad que pasa con la rapidez de un almendrón de alquiler a las tres de la mañana, por toda la avenida Salvador Allende.
Ahora La Habana mira también la sombra de la bandera estadounidense en la embajada de dicho país, y la gente seria se pregunta qué pasará o qué está pasando. Alguien dijo que con el tiempo la ciudad dejaría de ser la ciudad, pasando a un plano más periférico aún, otro conjeturó el retorno de algún que otro casino o puesto de cocacolas. La frialdad de la noche se compara al frío de estas afirmaciones, en tanto, ahora mismo un pedacito de cualquier edificio habanero está cayendo, sin más remedio.

“Ferdydurke” y la mascarada social

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“La muerte en pelota”, Antonia Eiris

La inmadurez es la forma más elemental y honesta de vivir, porque todo desarrollo, toda transformación significa disfrazarse, renunciar a uno mismo y asumir los grandes relatos de la civilización, las mentiras prefabricadas por el poder. Así podría resumirse la esencia de una novela contestataria, irreverente, una obra donde la suciedad, lo incorrecto, lo inaceptable toman un puesto de privilegio y desplazan al hombre moderno y amarrado, a ese ser que ha dejado de ser, al individuo que se diluyó en la masa. “Ferdydurke” se titula el texto, un nombre que alude al sinsentido, un bautismo de absurdos.
Witold Gombrowicz escribió aquella novela como quien forja un arma, diseñó el andamiaje destructivo y macabro, se ensañó con las máscaras de una sociedad decadente e incapaz de definirse, una muchedumbre asesina de ideas originales. Era él un escritor oscuro, graduado en Derecho, en la Varsovia del período entre guerras, que en 1933 terminó su primer volumen de relatos “Memorias del periodo de la inmadurez”, textos que pasaron inadvertidos para la crítica polaca, ese gremio al que Witold prestó siempre tan poca importancia, pues eran los sostenedores de la mascarada elitista.
“Ferdydurke” sale a la imprenta en Polonia en 1937, pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 sumió al país en un silencio cultural y una ola represiva totalizadora. La novela comienza entonces a respirar agónicamente a través de vías de distribución tan bizarras como el pensamiento de su autor. El exilio de Witold en Argentina fue fecundo, como otros exilios polacos (el caso de Federico Chopin en Francia por ejemplo), pero estuvo marcado por la inestabilidad y la sobrevida, dos cualidades que también influyeron en el decurso de “Ferdydurke.”
La traducción colectiva de la obra al español, asumida por el grupo de intelectuales nucleados alrededor del Café Rex y la publicación de dicho volumen en Buenos Aires en 1947, le valió a Gombrowicz el reconocimiento de la intelectualidad argentina, entre los que estaban los escritores de la revista “Sur”; pero además situó el libro en el contexto latinoamericano, dándole vida propia singular, siendo así que los conceptos y neologismos de la novela cobraban los matices inmaduros de un continente carente de máscaras elitistas.
“Ferdydurke” fue la empresa que movió a intelectuales como Virgilio Piñera, entonces en su estancia bonaerense, quien fue uno de los traductores y divulgadores del texto. De hecho, podría radiografiarse un parentesco bastante cercano entre el absurdo de Witold y las obras posteriores del escritor cubano. En “Ferdydurke” todo gira en torno a un ser incompleto, Kowalski, que ya en la treintena retrocede hacia la adolescencia, para asumir el grado de inmadurez y de sinceridad que la sociedad prohíbe, se suceden situaciones hilarantes de un humor que duele, que estalla en las espaldas de los “dueños de la verdad”, la oda a lo contrahecho y lo ilógico, la negación del banquete y la reafirmación de que vivir es estar debajo de la mesa, contemplando las partes no gloriosas de la historia (con minúsculas).
En referencias posteriores a la salida de “Ferdydurke”, Witold Gombrowicz habló de la idea que siempre lo obsesionaba como intelectual, pues más allá de una historia repleta de absurdos y símbolos, la novela era el intento por desmontar las mentiras del lenguaje y la cultura, esas que asumimos como correctas y sin chistar mientras dejamos de ser nosotros mismos. En el mundo del autor, el hombre nace hombre y en el proceso sufre una deslegitimación donde las imposiciones lo ablandan, hasta convertirlo en una pasta cultural, en un subproducto de la vida, en una realidad construida, en el cementerio de las ideas, en un diccionario preestablecido que niega toda posibilidad de invención o de irreverencia.
Pareciera que Witold nos estuviera diciendo que somos en esencia sucios, depravados, impresentables y nos vamos arropando en esa gran mentira que es el mundo occidental, curiosa metáfora que reviste todo el universo del pensamiento europeo de la época, carencia de libertades que conducen a los autocratismos de la política y la historia, por eso no extraña que las obras de este polaco fuesen incluidas en varios índices prohibidos, parametradas a través de mediciones mediocres (los nazis las llamaron arte degenerado).
Sí, la novela transgredió la moral de la época, deshuesó la estructura de la novela clásica, incluso intentó un lenguaje jíbaro y escurridizo, el neologismo que unía emociones y conceptos, el humor que desde una ironía descarnada miraba hacia nosotros, hacia el futuro, porque como obra rebelde fue una propuesta de sociedad y vida.
No hay arte que no haya nacido de una contestación, de una sublevación, de un intento por dinamitar las bases precedentes, y “Ferdydurke” lo hace a través de balbuceos, de escarceos adolescentes, de una sexualidad salvaje y descarada, del deshacimiento de todas las formas posibles, disolución de certezas que nos deja todo por construir, mensaje que no por deshecho deja de estar.
La literatura es fuego, es rebelión, todo demiurgo es un inconforme que se crea nuevos mundos y los sustituye en el plano discursivo. Witold Gombrowicz en su itinerario accidentado, en su vida precaria, de un trabajo en otro, en su exilio en tierras de inmadurez, supo quitar las máscaras de la cultura y ponernos delante de las sobras del banquete de la cultura, de los restos que integran la gran podredumbre humana, de las palabras censuradas que sin embargo integran el vocabulario oscuro y depravado que nos define. El hombre en su naturaleza, en su vida real, en su infortunio de no poderse escoger él mismo, de relegarse y vivir en la mascarada.

La Habana ha muerto

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Con La Habana está sucediendo algo insólito, inaudito, La Habana está dejando de ser, se borra como imaginario, como sitio concreto, la gente deja de decirle su nombre, deja de preferirla, deja de añorarla. Esto ocurre porque ya no hay habaneros, sí, pareciera raro, pero La Habana es ya una ciudad sin su gentilicio.
“Los habaneros se han ido”, dicen los que ahora habitan los barrios céntricos y periféricos de la capital, “aquí nadie es de aquí”, dicen dos guantanameros que llevan 25 años viviendo en la calle Maloja, cerca de Sitios, quizás el lugar más folclórico en términos de religiones afrocubanas de la otrora flamante ciudad.
Sí, la gente se ha ido, tomó rumbo a otras urbes mundiales, se despojaron del sabor a mar, de las siluetas nocturnas trazadas por el faro del Morro, de los Carnavales y el olor a carne de puerco, el tufo a ron, las comparsas, el polvo, las columnas, el malecón que se llena de salitre y de esperanzas efímeras, esperanzas de alcohol.
Ya La Habana no tiene habaneros, y quienes la habitan ya dejaron de ser santiagueros, guantanameros, holguineros, etc, una ciudad sin gentilicio es lo más parecido a una ciudad desierta. No hay identidad que construir, los muros pueden caerse de un momento a otro, no resultan necesarios los himnos, las banderas y los patriotismos locales, no se puede sitiar a una ciudad sin habitantes.
Andar La Habana es irte por un túnel vacío, un conducto detenido, una imagen de imágenes, donde sólo priman las lecturas de uno u otro lado del espectro de la Historia. La Habana real no existe, se perdió en algún recodo, en alguna maldición, en alguna consigna, en algún desfile, en alguna ida, en algún adiós.
Habría que analizar cuántas ciudades en el mundo y en la historia se han quedado así, repletas de gente y a la vez deshabitadas, sin nadie que las ame de veras, sin un alguien que las defienda, que las considere, más allá de dividendos económicos. Pertenezco a otra ciudad, quizás más quimérica, quizás más inventada, menos ciudad, San Juan de los Remedios, donde no obstante la nebulosas del tiempo, los atrasos, el aislamiento; uno puede sentir que se ama sin interés, que se muere por amor a los muros.
Pero La Habana tiene apenas una muchedumbre que viajó hasta ella para sacarle el jugo, enjambre que la derrumba, ausente sentido de pertenencia que jamás será capaz de habitarla. La Habana es el sitio de las oportunidades, donde prolifera un mercado negro como un agujero negro, una ausencia que se aprovecha, un centro que es periferia, La Habana es un barrio gigantesco, un bazar movible-inmóvil, agujero al fin que todo lo gravita, lo atrae.
Esta ciudad ha ido dejando de existir, se decantó a través de las décadas, ya nadie recuerda las tonadas de otros años, ni las fiestas, ni hay familias que derramen su abolengo sobre las baldosas de las casonas, se borraron los membretes de las sociedades y los apellidos, se perdió La Habana aquella, elegante o no, aquella que salía en los periódicos, aquella que no había que maquillar.
Nos queda el sucedáneo, lo derivado, lo espurio, nos queda apenas un archivo, un legajo inclasificado y perdido en los recodos de la Biblioteca Nacional, una foto en sepia de la calle Reina con los tranvías y los sombreros de paja.
La ciudad ha dejado de estar, a la usanza de cierta ciudad narrada por Italo Calvino, ciudad inservible e invisible, vencible, borrable. Sí, dejo de ser, de ubicarse, se marchó a ninguna parte, quedó la sombra, el mapa apenas, una situación geográfica, apenas un recuerdo, apenas un remember para los turistas, apenas un suvenir.
“Aquí nadie es de La Habana, vinimos hace años de Camagüey”, dice un botero, dice un heladero, dice un vendedor de maní, dice un vendedor de muñecos de palo en la feria del bulevar de Obispo; todos ellos representan oficios de sobrevivencia, casi al margen, son seres que vinieron a La Habana no a habitarla, sino a vivir ellos, a resolver, a luchar, a ver qué pasa, a probar suerte.
La Habana debería propiciar destinos, vidas, estabilidades, se debiera soñar en La Habana, pero como dijera alguien “esto es un trampolín”. La realidad y la lasitud la hicieron móvil, se perdió lo propio, la identidad ha muerto, ya casi se celebran los 500 años de fundada y no queda ni una familia a la cual acudir en busca de antepasados, de memorias, de añoranzas, de paredes.
Los legajos son legajos y las fechas fechas, mientras se perora en periódicos y plazas. La Habana no es La Habana, quizás sea algo, pero habría que definir ese algo, quizás haya surgido una ciudad sobre la ciudad muerta, pero nadie le pone nombre. El proceso es insólito, complejo y hasta clandestino.
La Habana ha muerto no sé si será prudente gritar, ¡La Habana ha muerto, viva La Habana!, no sé, la muerte parece demasiado, me sobrepasa, es una muerte nebulosa, imprecisa y sin embargo tan real, tan terrible, tan determinante. La Habana ha muerto y no nos queda ni su cadáver para el velorio.

Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.

 

Discontinuidad de los parques y las calles

 

kcho“¿Asere, tú no trabajabas en la televisión?”, y el hombre se iba riendo por toda la guagua, mientras el actor, otrora estrella de la sonada serie “Día y noche”, buscaba un hueco en aquel transporte hirviente, especie de dragón articulado que rompe las tuberías y orada el asfalto y genera crisis y quejas miles a la empresa de acueducto y alcantarillado de La Habana.
El subdesarrollo consiste en no tener continuidad, como diría un amigo, nada se mueve, nada es completo, nada dura, lo que hoy parece pétreo mañana se difumina en el aire, en el tercer mundo no hay stars systems que rescaten a estos actores fracasados y los rodeen de un halo de místico encanto de derrota.
La imagen de Sergio, protagonista de la película “Memorias del subdesarrollo”, caminando por una capital que él califica como “Tegucigalpa del Caribe” o pueblo de campo, ilustra un sentimiento de frustrado empeño, de energías perdidas. Todo es un esfuerzo perenne, una lucha sin armas, sin término visible, un desgaste que te quiebra y encierra, donde todo está indefinido y pareciera definido, donde todo parece al alcance y todo está muy lejos.
“¿Asere ñoooo, jajajaja”, la risa del hombre burlón se me queda clavada en los oídos, me saca la lástima y me deja el dolor, me desata las ganas de escribir, de redimirme en ese fracaso, en esa imagen articulada del dragón que nos traga y nos derrite en pleno calor habanero, en pleno subdesarrollo.
Ha sucedido con muchos, hay historias que saltan lo mismo a las doce del día en un transporte público que en un pueblo de campo, que en un campo sin arar y lleno de marabú. Hoy me topé por ejemplo con un escritor de Yaguajay, en plena calle 3ra, Vedado, un escritor yaguajayense en la Habana en pleno mediodía, el sol rajando la piedra de nuestros cráneos, un escritor que seguro venía de visitar a otros escritores o artistas, con los mismos bolsos entretejidos y la cara triste y sudada, un escritor que apenas puede darle continuidad a su voz poética o narrativa. En el subdesarrollo los escritores pueden no tener continuidad o no continuar su obra, pueden incluso tener voz poética y quedarse mudos, dejar que el sudor hable por ellos.
Un escritor en Cuba era ya algo raro desde la República, cuando ser escritor y héroe de la guerra independentista dejó de estar de moda, dejó de ser cool, cuando los hombres ilustres pasaron a ser generales y doctores. Entonces un escritor no servía de nada, no era útil para domeñar y sembrar servilismo. En este sitio de calores y definiciones perennes, sitio que no sólo es geográfico sino temporal, los escritores tampoco son héroes, sino pajarillos, de país de generales y doctores pasamos a ser un reparto, un barrio de aseres y negociantes.
Ya lo dijo Virgilio Piñera alguna noche, en medio de esa necesidad que tuvo siempre de que lo quisieran: “tengo miedo”.
Un escritor, un actor, son dos pajarillos raros en una Cuba a las doce del día, en medio del calor sin aires acondicionados, en medio del transporte público o de la calle 3ra. Extraños en el paraíso nunca como ahora, nos sentimos extraños, tan extraños.
Aquel que vive al margen, vive más apegado a la verdad, aquel que no sueña, no piensa, no hace. La verdad se vuelve sopor, se vuelve invierno vaporoso, poros que se agrandan y se queman, que sufren fragmentación del pensamiento y la sensibilidad.
Verdad es un concepto definido al que no agregamos nada, es una pizza sin nada que compramos hace tiempo, cuando no se inventaba el queso y la salsa de tomate, es una empanada frita con manteca de rinocerontes, es un pellejo de carnero secado al sol. Verdad ha dejado de ser un concepto para ser el Concepto, el sancta sanctórum de los conceptos, nos conceptualiza, en el tercer mundo los conceptos tampoco tienen continuidad, el tercer mundo no es hegeliano, no se practica la dialéctica sino la escolástica playera.
En la filosofía del subdesarrollo todo viene de afuera, hay que esperar siempre por ese afuera que nos salva o nos condena o nos salva y nos condena. El actor, el escritor, esperan por un afuera aún, un afuera que les diga quiénes son, qué valen, un afuera que refute al adentro, a la voz burlona del transporte público, del sol en la calle 3ra, un afuera que legitime, que dé conceptos, que reevalúe, que traiga el queso para pizza, la salsa, el aderezo.
Cuba sigue siendo la isla de Calvert Casey, la isla del eterno retorno, de la evocación, cada quien se evoca una isla.
Lezama se inventó una fábula deforme, más que fábula fabulación, Virgilio inventó una maldición, Heredia inventó un alejamiento, Martí inventó una inspiración, Padilla inventó un desencanto, Padura inventó un crimen, Kcho inventó una mole de hierro.
Los inventores de cosas son sólo eso, inventores, no podrían ser filósofos, la filosofía requiere de lo continuo, de la continuidad de los parques y las calles, Cortázar sólo podría concebir su “Rayuela” en París, jamás en Centro Habana o en Pogoloti.
Cuba tiene escritura, no filosofía.
Una Rayuela en Pogoloti sería un montón de chismes, un montón de olvidos, un montón simplemente.
Una Cuba sin subdesarrollo sería algo así como un Kcho, pero sin óxidos, sin botes, sin trazados secundarios, sin tramas, sin sospechas, sin Kcho, una Cuba donde los actores no sean temerosos viejos en busca de un asiento en un transporte público estaría inscrita en el Guinnes de la historia, habría reinventado la dialéctica, habría revirado la historia, habría reevaluado su discontinuidad.
Una Cuba con Rayuela cortazariana sería algo así como el maremoto que barrió con los aseres, los negociantes, algo así como el ángel exterminador que marcó la puerta de la desidia, algo así como un Kcho que dibuje retratos renacentistas, algo así como un Kcho decidido a hacer, a hacernos a todos su obra, a desechar este presente en alguna instalación, a reírse sanamente de este dolor que se nos clava, a esta espina que es la historia.

Visión nocturna del Malecón inseminado

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Muro del malecón

El malecón funciona como una vitrina del momento, las putas y los travestis, la gente que pulula, los vendedores. La situación pudiera dar grima, tristeza, o pudiera ser cómica, burlesca. La Habana es definitivamente como la dibujaran Arenas, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Pedro Juan Gutiérrez, la ciudad te engulle, cambia tus paradigmas, es una trituradora de creencias, de puntales.
La Habana es un desfile, no importa si del 1 de mayo o contra la homofobia, nada interesa en este universo de calor, donde los ingleses apenas dijeron “hello!” para marcharse corriendo, en medio de infinidad de mosquitos y mulatas luchadoras de yucas, verdaderas taínas que sembraron con su ejemplo la semilla de este malecón.
Sitio de enamorados, donde un negrón fálico abraza a una blanquita sueca o alemana o francesa, dama que intenta la aventura sigilosa de retar una penetración sobrehumana, penetración tropical que trascenderá a gritos la noche y los tejados cayentes de Centro Habana, los muros dejados por los españoles, las paredes que surgieron en medio de orgiásticas microbrigadas.
El malecón es eso, más habanero que el Capitolio, más mundial que cualquier avenida de esas llenas de embajadas. Si resumiéramos la vida en la capital, quizás ese resumen tendría forma de muro, de mar, de agua salada que salta y llena la calle y salpica y destruye con su salitre los edificios.
En el malecón hay negros célebres, aseres ilustrados, blancos cazafortunas, tristones que miran y se preguntan miles, millones de veces las mismas preguntas. Ese malecón es casi una metáfora de Cuba, ese malecón ilustra mejor que cualquier imagen nuestra maldición del agua por todas partes.
Hay de todo y para todos, con todos y para el bien y el mal de todos, malecón que te hunde en ese universo pequeño-grande de tanta gente, de tanta humanidad venida a ese estrecho muro de Cuba, pequeño muro que nos separa y acerca, que sirve de puente, de lengua común, de sinfonía, de palabreja, de mala palabra.
Malecón que aparece en cientos de canciones populares, siempre con la advertencia subrepticia de que no te bañes en el malecón, porque en el agua lo mismo hay un tiburón que un b… ón.
El malecón es triste, alegre, leve, largo, pequeño, vivaracho, moribundo, es una turbonada y un cementerio, es viejo y cada día se renueva, el malecón es el malecón sin que exista redundancia, sin que falte ni sobre un pedazo de muro, es la cosa en sí y para sí sin filosofías foráneas porque basta con la propia verdad.
Del malecón es duro escribir, también es duro decir, pero es más duro callar, porque el malecón somos todos, todos vamos allí en busca de la luz, de la nube, de inseminar alguna realidad, de inseminar al menos, el malecón por lo menos nunca será estéril…

Mataperros o la colección de ausencias

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Foto: Bernardo Salazar

El tema de estos jóvenes pudiera ser el viaje, pero visto como travesía inmóvil o como traslado hacia un punto dentro de sí mismos. Pareciera que regresan de muy lejos, que el tiempo los ha distanciado de los hogares infantiles, de las madres, de los vecinos, de la comida. El hambre también marcó ese devenir que de pronto se avalancha desde la pantalla, un hambre pueril atrapada en paqueticos de refrescos vacíos, de ranitas de chocolates, de jabones, de afeites distintos y distantes del presente narrativo.
Quien cuenta nunca dice de dónde viene, hay una ausencia de destinos y lugares en esta traslación que es el cine, que es el corto “Mataperros”, propuesta de Yimit Ramírez González. En pocos minutos el material accede a una realidad común, cuyo desgarramiento, aunque pasado, por momentos se nos muestra vigente, tangible, a la vuelta de la esquina.
Varios de los temas que acompañaron al cubano de las últimas dos décadas se colocan dentro del “Capital”, volumen teórico escrito por el alemán Carlos Marx. El autor del documental, y protagonista de la historia, colecciona sus ausencias, sus risas tristes, colecciona las carreras en medio de apagones, de calores interminables, de comidas preparadas en medio de la absoluta precariedad. Es que el periodo especial reúne todos los temas cubanos de los últimos veinte años.
Un periodo que se alarga más allá de las décadas, porque se intuye enfermedad de la mente, amnesia que recuerda demasiado, voluntad de resistencia que derroca paradigmas y eleva otros. El espectador nunca sabe de dónde vienen estos jóvenes, pero pareciera que jamás se mueven de lugar, incluso que simulan toda la historia, como si se tratase de una fábula sin enseñanza, de un vacío audiovisual.
El evidente logro de un buen documental acerca una de las etapas más duras de la historia cubana, convierte a Yimit en un aeda, en cronista de una verdad más fuerte que el simple pasado. Ese “Capital” que encierra los sueños descapitalizados de un pueblo se muestra una y otra vez y los signos resultantes de esta relectura devienen en lágrimas, en el rostro de una madre que sobrepasó todo, que vivió todo, que lo ajustó todo a través de dos décadas que cambiaron la percepción del tiempo y del modo de subsistir.
Documental que comienza con la explicación de los avatares de un juego infantil, y que continúa con otras travesuras entremezcladas con la inconsciencia de lo duro, de lo ausente, memoria que goza a pesar de lo ausente, tiempo que pasa en lo inmóvil, viajeros de una odisea que persiste, mataperros que inventaron la felicidad en la infelicidad, el juego en el tedio, el revoltillo pasado por agua, la imagen del caramelo en sustitución del caramelo mismo.
Pareciera que los personajes quisieran sepultar el dolor, obviarlo, decir que fue lógico, entendible, aceptable. Pero la imagen no alcanza a cubrir los resquicios de la realidad, y ni aún “Mataperros” alude a todo lo que quisiera, dejando agujeros semióticos donde el cubano completará con una frase, un gesto amargo, una vida, otro vacío, las tantas ausencias.
El viaje pudiera ser el tema, el hambre, la ausencia, la espera, el retorno, la cena, el “Capital”, los vacíos, el laberinto de tapias de un barrio cubano, el juego. Hay tantos temas en “Mataperros” que mejor resumirlos en la tristeza, una tristeza que se sepulta en la cena, en la alegría, en el tiempo inmóvil, en los juegos de calle, en el recuerdo que no muere porque está al acecho.
Es bueno hablar sobre la tristeza con alegría, de lo inmóvil con desenfado, del pesimismo con optimismo, resulta agradable porque así todo queda en la imagen, en lo audiovisual, pero todos sabemos que más allá del plano, de la cámara, del realizador, hay una realidad avasallante, omnipresente, que no delimita periodos. El tema de “Mataperros” sobrepasa toda intención estética, pareciera dispuesto a sacrificar la poesía en nombre de la vivencia.
Pero hay poesía ahí donde brota la melodía del momento, donde las décadas retroceden, donde los padres y los abuelos narran, donde las lágrimas son reales. Hay belleza, porque el aeda, el cronista, se encargó de mostrarla a su manera, así metida en los paqueticos de refresco, en las etiquetas de jabón, en la colección de ausencias que cabe entre las páginas de un viejo ejemplar del “Capital” de Carlos Marx.