Martí mártir

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Debió ser un día nublado, en mi mente el día es gris, Martí mártir, Martí que se lanza sobre el fuego y es el fuego un ser que lo sostiene, que le da vida, que le quita la vida, Martí es un mártir, uno que ya se ha muerto en la carne, uno que dejó la carne y salió sobre el fuego, sobre los fusiles. He pensado muchas veces a este Martí, lo he imaginado, lo he querido.
Es el Martí que tengo ahora mismo, el que me queda, al que acudo, el del último minuto, el de la carga leve, el del hilo de sangre y el torrente de amor, el de la Cuba que sangra y es propensa al amor. Me construyo la imagen mil veces, la dejo correr, mi mente es una pantalla de cine, un reflector, un escenario, mi mente es una invención que inventa un Martí real, mi mente no es pero Martí sí está.
No me gusta hablar del 19 de mayo, porque delante de los hombres que navegan en fuego cualquier muerte es falsa.
¿Cómo vería Martí la Cuba de ahora?, ¿cómo salvaría los fuegos que la consumen, que la dividen, que la eternizan? Sólo puedo imaginarme la silueta del hombre sentado, como pensador, como inconforme, el hombre que se detiene ante la historia y quiere narrarla, lucharla para la justicia, azotar a quienes se erigen árbitros, a quienes comercian con la dignidad y el dolor, a quienes etiquetan la vida y la muerte, a quienes dicen que es esta una isla, cuando en verdad es una idea y las ideas son infinitas, paradisiacas, lezamianas.
Martí no entendió de monedas, de brillos que fenecen, de desfiles que se justifican en fanfarrias, de bestias que se desnucan contra los rieles de las grandes ciudades, de capitales que sepultan hombres, de hombres minúsculos que no oyen, hombres que dejan de ser hombres por desmerecer, por morirse en sus vidas anchas.
Cómo entonces hablar de la muerte de los hombres que navegan en fuego, cómo justificar esa lógica, esa fantasía, ese entredicho de la ficción, cómo dibujarnos una Cuba donde no sea la silueta de Martí el acicate que constriña las crisis que sufrimos, las carencias que algunos tapan, los tiempos que nos demoran, las eras que se inventan como si una era fuese un pequeño juguete, un leoncillo de papel, un tigre de goma que se puede lanzar así sin más.
Si Borges habló de los héroes, Martí ilustró al héroe en sí, si Borges los imaginó, Martí lo concretó, si Borges viajó a Dos Ríos, Martí estuvo antes en Dos Ríos, si la literatura es bella, Martí es la belleza. Si Borges era un Nostradamus a la inversa, entonces predijo un Martí que marchaba en la dirección correcta, sobre el fuego, contra los equivocados, contra los contrahechos, contra los pequeños de alma, contra los especuladores, esos que ya estaban muertos.
Si el 19 de mayo es la muerte martiana, todos los días son de muerte para los que mueren en sus anchas vidas.
Borges es un mago y Martí la magia que obra entre nosotros, el héroe es una verdad superior al ser mezquino, el ser mezquino tiene sus días finitos, pero el héroe respira el aliento de Borges.
A Martí hay que merecerlo, pero es un merecimiento que no resiste tergiversaciones, es una verdad tan cristalina que no aguanta parcialidades, es un hombre tan hombre que no se amolda a los finiquitados de academia, a quienes peroran con la voz engolada, a quienes usan el papel y la palabra mártir hoy, 19 de mayo, para dejar que el papel pase con el silencio de esa palabra.
La Cuba de hoy tendría a un Martí mártir, a uno que estaría dispuesto a navegar sobre el fuego, a caminar sobre el mar de fuego y decirnos “hombres de poca fe”, pero sería el mártir de todos, para el bien de todos, no el nombre que se usa como cuño de justificaciones y papelerías de oradores, la cuña para escribidores de libelos. Debiera sacarse a Martí de esa academia polvorienta que no huele a Dos Ríos, sino a burós, a pluma de ganso cómodo, a soñolientos, a aburrida peroración a las doce del día en un panteón cualquiera.
Contrario a como pudiera verse, Martí no es una meta alcanzada, ni un sueño cumplido, sino el fuego y como fuego es consumidor, es duro en sus juicios, Martí señala y destruye con su mirada a los simuladores, a los arribistas, a los cubistas (esos que llamo así, porque intentan una pintura y no una Cuba real).
Martí no es la peroración, sino que es el Borges de la historia, Martí no escribió la larga novela de un Quijote, sino que hizo el relato intenso y corto de cualquier invención borgeana. Si Borges fuese Martí, habría un ángel demás sobre el río La Plata.
Martí no es la extensión, no es la duración, no es la resistencia absurda, no es el sacrificio sin molde, Martí es todo lo bueno, pero con medida, con luz, con intención, con Patria verdadera en el sentido no de tierra sino de amor y derechos.
Martí es la ilustración y Borges la forma en que Martí se lanzó sobre la fusilería española, así leve, corto, grande, elocuente.
A Martí mártir hay que merecerlo, hay que tenerlo de veras, hay que entenderlo y llevarlo, Martí mártir no es lo hecho, no es lo que crees cierto, no es lo que se establece, no es lo duro en términos de Estado, Martí mártir es la Patria que respira.

 

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Discontinuidad de los parques y las calles

 

kcho“¿Asere, tú no trabajabas en la televisión?”, y el hombre se iba riendo por toda la guagua, mientras el actor, otrora estrella de la sonada serie “Día y noche”, buscaba un hueco en aquel transporte hirviente, especie de dragón articulado que rompe las tuberías y orada el asfalto y genera crisis y quejas miles a la empresa de acueducto y alcantarillado de La Habana.
El subdesarrollo consiste en no tener continuidad, como diría un amigo, nada se mueve, nada es completo, nada dura, lo que hoy parece pétreo mañana se difumina en el aire, en el tercer mundo no hay stars systems que rescaten a estos actores fracasados y los rodeen de un halo de místico encanto de derrota.
La imagen de Sergio, protagonista de la película “Memorias del subdesarrollo”, caminando por una capital que él califica como “Tegucigalpa del Caribe” o pueblo de campo, ilustra un sentimiento de frustrado empeño, de energías perdidas. Todo es un esfuerzo perenne, una lucha sin armas, sin término visible, un desgaste que te quiebra y encierra, donde todo está indefinido y pareciera definido, donde todo parece al alcance y todo está muy lejos.
“¿Asere ñoooo, jajajaja”, la risa del hombre burlón se me queda clavada en los oídos, me saca la lástima y me deja el dolor, me desata las ganas de escribir, de redimirme en ese fracaso, en esa imagen articulada del dragón que nos traga y nos derrite en pleno calor habanero, en pleno subdesarrollo.
Ha sucedido con muchos, hay historias que saltan lo mismo a las doce del día en un transporte público que en un pueblo de campo, que en un campo sin arar y lleno de marabú. Hoy me topé por ejemplo con un escritor de Yaguajay, en plena calle 3ra, Vedado, un escritor yaguajayense en la Habana en pleno mediodía, el sol rajando la piedra de nuestros cráneos, un escritor que seguro venía de visitar a otros escritores o artistas, con los mismos bolsos entretejidos y la cara triste y sudada, un escritor que apenas puede darle continuidad a su voz poética o narrativa. En el subdesarrollo los escritores pueden no tener continuidad o no continuar su obra, pueden incluso tener voz poética y quedarse mudos, dejar que el sudor hable por ellos.
Un escritor en Cuba era ya algo raro desde la República, cuando ser escritor y héroe de la guerra independentista dejó de estar de moda, dejó de ser cool, cuando los hombres ilustres pasaron a ser generales y doctores. Entonces un escritor no servía de nada, no era útil para domeñar y sembrar servilismo. En este sitio de calores y definiciones perennes, sitio que no sólo es geográfico sino temporal, los escritores tampoco son héroes, sino pajarillos, de país de generales y doctores pasamos a ser un reparto, un barrio de aseres y negociantes.
Ya lo dijo Virgilio Piñera alguna noche, en medio de esa necesidad que tuvo siempre de que lo quisieran: “tengo miedo”.
Un escritor, un actor, son dos pajarillos raros en una Cuba a las doce del día, en medio del calor sin aires acondicionados, en medio del transporte público o de la calle 3ra. Extraños en el paraíso nunca como ahora, nos sentimos extraños, tan extraños.
Aquel que vive al margen, vive más apegado a la verdad, aquel que no sueña, no piensa, no hace. La verdad se vuelve sopor, se vuelve invierno vaporoso, poros que se agrandan y se queman, que sufren fragmentación del pensamiento y la sensibilidad.
Verdad es un concepto definido al que no agregamos nada, es una pizza sin nada que compramos hace tiempo, cuando no se inventaba el queso y la salsa de tomate, es una empanada frita con manteca de rinocerontes, es un pellejo de carnero secado al sol. Verdad ha dejado de ser un concepto para ser el Concepto, el sancta sanctórum de los conceptos, nos conceptualiza, en el tercer mundo los conceptos tampoco tienen continuidad, el tercer mundo no es hegeliano, no se practica la dialéctica sino la escolástica playera.
En la filosofía del subdesarrollo todo viene de afuera, hay que esperar siempre por ese afuera que nos salva o nos condena o nos salva y nos condena. El actor, el escritor, esperan por un afuera aún, un afuera que les diga quiénes son, qué valen, un afuera que refute al adentro, a la voz burlona del transporte público, del sol en la calle 3ra, un afuera que legitime, que dé conceptos, que reevalúe, que traiga el queso para pizza, la salsa, el aderezo.
Cuba sigue siendo la isla de Calvert Casey, la isla del eterno retorno, de la evocación, cada quien se evoca una isla.
Lezama se inventó una fábula deforme, más que fábula fabulación, Virgilio inventó una maldición, Heredia inventó un alejamiento, Martí inventó una inspiración, Padilla inventó un desencanto, Padura inventó un crimen, Kcho inventó una mole de hierro.
Los inventores de cosas son sólo eso, inventores, no podrían ser filósofos, la filosofía requiere de lo continuo, de la continuidad de los parques y las calles, Cortázar sólo podría concebir su “Rayuela” en París, jamás en Centro Habana o en Pogoloti.
Cuba tiene escritura, no filosofía.
Una Rayuela en Pogoloti sería un montón de chismes, un montón de olvidos, un montón simplemente.
Una Cuba sin subdesarrollo sería algo así como un Kcho, pero sin óxidos, sin botes, sin trazados secundarios, sin tramas, sin sospechas, sin Kcho, una Cuba donde los actores no sean temerosos viejos en busca de un asiento en un transporte público estaría inscrita en el Guinnes de la historia, habría reinventado la dialéctica, habría revirado la historia, habría reevaluado su discontinuidad.
Una Cuba con Rayuela cortazariana sería algo así como el maremoto que barrió con los aseres, los negociantes, algo así como el ángel exterminador que marcó la puerta de la desidia, algo así como un Kcho que dibuje retratos renacentistas, algo así como un Kcho decidido a hacer, a hacernos a todos su obra, a desechar este presente en alguna instalación, a reírse sanamente de este dolor que se nos clava, a esta espina que es la historia.

García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

La muerte que ríe

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Foto: Héctor Alejandro

En la mañana del 28 de diciembre del año 2000 yo tenía doce años aún, y mi padre era un soñador de esos que jamás se ponen de acuerdo con el mundo a menos que alguien o algo los tumbe a la fuerza. Vivíamos en Remedios, un pueblito colonial y aislado del centro de Cuba, donde cada año se hacen aún unos festivales llamados parrandas, de profunda raíz popular.
Regreso a aquel momento y me veo más enclenque que nunca, con unos pantaloncitos rojos, a punto de entrar en la adolescencia, un niño pletórico de fantasía en un hogar por momentos funcional, por momentos caótico, pero siempre en la cuerda de pervivir. Mi padre, pobre millonario lleno de estructuras novedosas, de proyectos de vida tan quiméricos como geniales. Mi madre una enfermera graduada en la década del ochenta, con los pies demasiado sobre la tierra.
Aquella mañana yo tenía 12 años, pero estaba a punto de conocer la muerte, no digo que no hubiese escuchado la palabra, incluso que la viera reflejada en los rostros de los actores de las películas.
Remedios es frío en diciembre, tanto, que la gente suele morir así de pronto, como si la muerte fuera una ráfaga de viento en una esquina, como si se tratase del otro rostro inevitable de caminar, ser, estar sentado en el sillín de tu bicicleta.
La muerte se me mostró así, con frío, en medio de las quimeras de mi padre y el pragmatismo de mi madre.
La muerte vino de pronto a la puerta, tac, tac “hola, soy la muerte, acabo de matar a Picadillo, el que toca la tambora del barrio de San Salvador en las parrandas”, ante mi gesto estupefacto, la esquelética dama sólo atinó a decir “es que era un hombre viejo, con problemas cardiacos, que otra expectativa tenía…”
Picadillo no era como mi padre, no intentaba ser un visionario de las parrandas, tampoco es que su pragmatismo con la vida lo atara demasiado. Más bien vivió en los términos medios, con el apasionamiento de los 24 de diciembre, bajo el fuego, con el frío, la sonrisa siempre en el rostro. Picadillo es mi primera imagen de la muerte, una imagen por cierto noble, pero que no deja de tener tintes burlescos y macabros, porque es una muerte que ríe.
La otra vez que vi la muerte así, a la tremenda, fue el 11 de septiembre del año 2001. Yo estaba en el Castillo del Morro, con una señora ya mayor, amiga de la familia. La noticia que llegaba era que una bomba atómica había destruido la ciudad de Nueva York. Claro, el atentado a las Torres Gemelas marcó el destino de toda la Humanidad, pero creo que en mi caso aquella imagen de la muerte tan masiva, monstruosa y hasta impersonal se pegó en mi mente como un nuevo karma, como una forma hipostasiada de otro ser, como la calcomanía que le faltaba a mis neuronas vírgenes.
Pero el dolor mayor, la punzada que me dejó sin aliento vino luego, cuando pensé que mi padre se me iba y que yo me iba con él; era en cuarto año de la carrera de periodismo. La muerte me reclamaba, quería que ya la acompañara, como si la vida fuese una quimera irrealizable, como si ya no quedara otro túnel que el definitivo, ese que conduce a la luz de los perdones y las voces.
Pensé irme muchas veces ya, en estos cortos 28 años, despedirme de este erial donde sólo hallo muestras de desaliento, y personas bellas perseguidas por la telaraña de mil porquerías.
He pensado partir, pero es ella, la muerte, quien tiene una personalidad propia, ella quien define, ella quien vive para siempre.
Yo sólo estoy prestado, sólo la conozco a medias.

El Hedonismo del Dragón (entrevista a la escritora Elaine Vilar)

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Casi a diario abro mi chat de Facebook y ella está allí, he revisado todas las fotos de su perfil, he bebido de su literatura y de sus comentarios siempre intrigantes. Esta chica nos habla de dragones, de elfos, de otros mundos. Le he preguntado dónde vive, si de verdad ha estado por todos los reinos que narra. Pero Elaine Vilar Madruga me dice siempre que los lleva dentro, que son tierras más reales que el realismo tangible.

Nuestro chat, siempre activo, es un fluido de conversaciones, de técnicas literarias, de textos intercambiados, de guiños y sobreentendidos. Muchas veces le dije de una entrevista formal, algo que me entregara toda su alma, para embeberla en una historia periodística y no para apresarla en un espejo o hacerla víctima de hechizos.

Elaine es siempre encantadora, el chat nos une, esta ha sido la oportunidad para que nos acerquemos a nuestro pasado como amigos y a un presente donde ella es sin duda una referencia literaria, un mundo otro, una hedonista de la imaginación.

Abro el chat con un abracadabra y comienzo a preguntar.

Elaine, hace años nos conocemos del curso de Técnicas Narrativas del Onelio, ¿piensas que dicho encuentro entre jóvenes que pretenden escribir fue tu punto de partida como profesional, o ya hubo atisbos anteriores que quieras contarme?

Mi punto de partida como escritora (y voy a aventurarme a decir profesional pues, un premio no precisamente marca un “antes y un después”) fue en el año 2006, cuando obtuve mención en el Concurso Calendario, en la categoría de ciencia-ficción, cuyo premio fue otorgado al escritor Michel Encinosa Fú (uno de los clásicos cubanos del género). Fue realmente impactante para mí: tenía poco más de dieciséis años y en mi vida había concursado en una convocatoria de semejante alcance (fue mi madrina quien imprimió las copias y me acompañó a llevarlas a la sede de la AHS, pues yo no estaba del todo segura de participar).

Siempre me gusta acudir a esa primera aparición en el mundo literario nacional como mi paso (el primero de muchos) hacia un objetivo mayor: ser una escritora profesional (con todos los riesgos, demonios, miedos, etc, que eso conlleva).

El Onelio fue ya una consolidación, una escuela, una forja de habilidades, un espacio que te incita a encontrarte dentro de la madeja literaria universal. Sobre todo, un hogar para el pensamiento, el debate literario y la cultura del encuentro que son, quizás, las habilidades olvidadas que todo escritor debe poseer.

Por supuesto que aprendí muchísimo. Y tuve que despojarme de varios mitos que muchas veces penden sobre los egresados del Centro (debo decir, más bien, mitos que muchas veces los egresados crean alrededor del escritor formado en el Onelio, a modo de un constructo ¿cultural?). ¿Sabes?, me refiero a la idea de que “ya soy un escritor hecho y derecho, pues tengo el título que concede el Onelio Jorge Cardoso”. Y la verdad es que no resulta así, y los propios maestros y coordinadores del Onelio están conscientes de que no todos los egresados llegarán a ser escritores, sino tan solo un por ciento mínimo.

El resto, sí, mejores personas, mejores lectores, críticos sagaces, público especializado. Pero a mí, por ejemplo, siempre me ha resultado incómodo decir que soy escritora por haber sido alumna del Onelio. No. Yo prefiero decir que soy una mejor persona, una mejor lectora, intento ser una crítica imparcial, creo que me he ganado el derecho a formar parte del público especializado gracias al Centro Onelio Jorge Cardoso…

Al fin y al cabo, aunque el hecho de publicar y ganar premios no es sinónimo de buena literatura (y esta es una de las grandes verdades que siempre llevo conmigo), sí es una manera de exhibir algunas de las partes más profundas de tu ser (quizás las silenciosas) y, también, por qué no, es un acto de mostrarse ante el otro. Requiere talento, sí, y también ego.

Ahora, escribo desde muy, muy niña (por imposible que se crea, aunque suene como una postura mediática de mi parte). En todos los premios literarios que existían en mi infancia, allí estaba yo. Me encantaba participar. Y, claro, me gustaba mucho más cuando ganaba, pues pienso que la competitividad sana (sin zancadillas ni suciedades) es siempre prolífera. Algunos de mis colegas y conocidos del mundo de las letras fueron jurados en algunos de esos concursos y, todavía hoy, recuerdan aquellos primeros pasos que, sí, en realidad no eran profesionales, pero fueron el cimiento de lo que ocurriría después (desde el punto de vista de las decisiones personales) en mi vida como escritora.

¿Qué piensas de las entrevistas?, ¿qué piensas de esta?

Las entrevistas de televisión me ponen muy nerviosa, sobre todo las que ocurren en tiempo real, en vivo, porque en ocasiones hablo (el sabroso poder de las palabas no siempre es bueno) antes de haber pensado a fondo lo que debo decir. Además, las cámaras, los estudios, el maquillaje, toda la parafernalia de los programas hacen que me ponga tensa los primeros minutos. Luego, por suerte, el nerviosismo me dura apenas: no es una labor que me desagrade y, como todos los pequeños temores, he podido superarlo.

Sin embargo, te confieso que prefiero las entrevistas escritas, pues las disfruto más en cuanto al hecho de que estoy en mi medio, en el espacio perfecto donde puedo sentarme frente a una máquina (la actual hoja en blanco, el nuevo referente) y conversar conmigo misma, con el entrevistador y también con el público que alguna vez leerá mis palabras (es el mismo mecanismo que empleo cuando escribo literatura, quizás por eso me resulta tan natural).

Ya te diré lo que pienso de esta entrevista cuando termine… Me habías advertido, ¿no?: la guerra con todas las balas. Además, somos amigos: eso hace que sientas una intimidad mayor al responder.

¿Tu nombre tiene algún significado?, ¿tú le atribuyes significados extras?, ¿por qué crees que tus padres te llamaron así?

Me alegra que saques a colación el tema de mi nombre. En Cuba y buena parte del mundo, los colegas me llaman con la pronunciación “cubana” (pasada por agua, me gusta decir), el ELAINE con todas sus letras. El origen de mi nombre (que proviene del griego Helena) creo que es inglés; mi madre lo jura, así que tendré que creer en su palabra. Mis (pocos) amigos cercanos, algunos colegas y, sobre todo, mi familia, me llaman según la pronunciación inglesa: Ilein o Elein (yo prefiero la segunda de las opciones, más castiza, un poco pasada por el agua de las asimilaciones lingüísticas). Aunque, la verdad, ya me he acostumbrado tanto al Elaine Vilar Madruga que muchas veces me parece un nombre de batalla o seudónimo literario.

Durante todos mis estudios de primaria, secundaria, y buena parte del Nivel Medio, intenté “salvar” la verdadera pronunciación de mi nombre. Incluso, muchas veces firmaba mis exámenes y planillas con la versión Elein. Fue en vano. Me di cuenta que, mientras más le pedía a mis compañeros que respetaran mi nombre, que me llamaran con la verdadera pronunciación (en aquellos momentos odiaba el Elaine y era aún muy niña), más se referían a mí como Elaine. Claro, eso me disgustaba.

Y ya sabes cómo es el asunto de complicado cuando eres niño (la infancia desarrolla sutiles motivos para ser cruel). El cuento es mucho más largo, solo que un día dejó de importarme, y ahora respondo perfectamente a los dos nombres y a cualquier otro derivado que los desconocidos utilizan para llamarme. Ya no me molesto en corregir a mis compañeros, solo a aquellos que pasan la prueba y se convierten en amigos. Estudié los cinco años de la Universidad vistiendo el Elaine y algunos de mis compañeros y maestros ni se enteraron de la existencia de mi verdadero nombre. En otras palabras: capacidad de adaptación.

Mi familia (sobre todo mi abuela y mi mamá) todavía sufren el hecho de que mi nombre (el original) se haya perdido en casi todos mis círculos (excepto el familiar, el más próximo). Sobre todo, porque mi abuela previó que eso podría suceder y a cada rato lo recuerda: “ya sabía yo que había que inscribir el nombre como se pronunciaba…” Y mi mamá apela al hecho de que es necesario que salve aquello de Elein, pero siempre se me ha hecho difícil corregir a alguien en un panel, en una conferencia, en un espacio literario, ¿acaso es tan importante? El Elaine es mi nombre literario, y me ha traído grandes alegrías. El Elein forma parte de mi vida íntima, de los círculos que entiendo como míos, y ahí sí no permito que nadie me llame Elaine: todavía me tomo el trabajo de corregir hasta el cansancio. De alguna forma, así también delimito los dos mundos que forman mi vida: el espacio privado y el público.

Mi mamá es la “culpable” de la elección del nombre, y nació de su amor por el cine y la literatura. Aquel remoto Elaine inglés del origen se lo debo a cierto libro que hablaba sobre el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Carga con cierta tragedia, pues la Elaine de la historia (según la versión que leyó mi madre, y no otras que he conocido yo posteriormente) se suicida cuando Sir Lancelot (el conocido amante de la reina Ginebra) la abandona para acudir al encuentro de su verdadero amor.

No sé por qué mi mamá escogió ese nombre, pues ella no es nada proclive a la tragedia (todo lo contrario). Supongo que por la sonoridad, que siempre le atrajo. Además, su significado es “bella como la aurora”: quizás ese fue otro de los motivos de la selección. En todas las cosas de mi temprana vida (y muchas aún en la actualidad) mi mamá es la verdadera hacedora; con mis abuelos como respaldo imprescindible, pues yo crecí sin un padre hasta los cuatro años.

¿Existe alguna idea, alguna obsesión o quizás trauma de la infancia que haya impulsado tu vocación de escritora?

Algunos pequeños traumas y obsesiones los arrastro conmigo desde la infancia, pero ninguno lo suficientemente fuerte como para señalarlo como el impulso. Creo que el camino es realmente a la inversa: yo decidí que iba a ser escritora desde muy niña, y los traumas y obsesiones se sumaron a esa idea. Ahora me ayudan mucho.

¿Eres de las que escribe por hobby o de esas que no pueden vivir sin escribir?

Canto, bailo, toco piano y guitarra por hobby. Hago un delicioso café con helado por hobby. Y he coleccionado cosas. Pero la escritura no forma parte de esa dinámica de vida. La escritura es mi vida. Lo he dicho varias veces en otras entrevistas y luego, cuando leo mis palabras en papel, siempre me digo: ¿cómo la gente va a creer lo que estoy diciendo?, ¿pensarán que esto forma parte de un etiqueta o un mito que estoy intentando generar?, ¿cómo demuestro que esta es mi verdad, la única, la única verdad posible de mi vida? Ah, bueno, pues ya tampoco me importa que me crean.

No puedo vivir eternamente pensando en lo que los otros pensarán de mí, así que continúo con la misma afirmación en todas mis entrevistas: escribo para vivir, cuando escribo respiro, cuando escribo estoy viva. Quienes me conocen saben la verdad. Algunos otros, quiero creer, también podrán entenderla. ¿Los que no?: bien, prefiero eso a las falsas unanimidades o las grandes hipocresías. Pero, en cualquier caso, al ser esta mi verdad, no me voy a cansar de repetirla.

Escribes mucha literatura fantástica, ¿has pensado en irte más a lo realista, a lo social?

Desde lo fantástico también hablo de lo social, de lo real (en la acepción del término realista más allá de una corriente estética). Para mí, el fantástico no es una etapa de mi vida como escritora que abandonaré cuando llegue a una verdadera madurez en mi proceso. Yo intento ser escritora (con la palabra en mayúsculas y sin dividirme entre un género y otro; al fin y al cabo, la literatura es buena o es mala/mediocre, independientemente de cuál sea la corriente estética que domines o la tendencia a la que pertenezcas, expándase también al criterio de generación).

Si algún día dejo de escribir literatura fantástica (que puede suceder, aunque no lo creo) será por cualquier otro motivo, y nunca por el hecho de que me pese la definición o que haya madurado lo suficiente como para encontrar en el realismo una meta superior. Realismo escribo. Por ahí anda mi teatro y parte de mi narrativa. Aunque, sí, de nuevo tendré que poner en duda la definición, pues por lo común yo no escribo géneros puros, me gusta más la literatura que juega en sus bordes, en los márgenes donde termina un género y comienza el otro, en lo liminal.

Todas mis novelas de tema fantástico (me refiero a las que escribo actualmente; las ya publicadas forman parte de un pasado hermoso, pero no un presente literario) son recreaciones históricas donde se mezcla la herencia de la novela psicológica con estudios de la teatralidad, el performance, la antropología incluso. Mi teatro es, muchas veces, histórico y siempre social pero… ¿qué no es social en la literatura?, ¿qué no dialoga con la realidad que nos ha tocado vivir, aunque sea tangencialmente?

Creo que el mito de un escritor que se dedica a la fantasía como criatura alienada, incapaz de dialogar con su día a día, sujeto escapista que necesita soñar con dragones pues es incapaz de lidiar con su realidad, es un estigma que ha hecho mucho daño al género; estigma que se sigue arrastrando en la actualidad, por desgracia, sobre todo en países de Latinoamérica, pues el fantástico, en el mundo anglosajón, forma parte de las literaturas respetadas y, más aún, de las literaturas de culto.

Para responder concisamente a tu pregunta: pronto escribiré una novela realista. Intentaré que no brote lo fantástico, pero es algo que no garantizo. Y si sucede, bienvenido sea. Pero lo hago no por una necesidad de buscar otra corriente, sino porque la historia viene en ese paquete: construida, sellada, y me pide que la escriba así. Si luego cambia de opinión, ¿qué hacer? Lo que ella diga. Yo solo soy el receptáculo.

¿Reflejas en tu literatura fantástica algunos aspectos de tu vida más inmediata?

Sobre eso, solo puedo decirte que todos mis personajes, en mayor o menor medida, me van robando pedacitos de mi identidad. Se llevan mis secretos, mis obsesiones, mis miedos: los transmutan en materia artística, en obra literaria. Como son buenos ladrones —y yo trato de corresponderles siendo buena observadora— muchas veces también aparecen en ellos rasgos espirituales y emocionales de personas que conozco. Que es, un poco, como ser descaradamente voyeur de tu vida y la vida de los otros. Voyeur en una primera etapa, que es la de la observación callada y luego la asimilación de lo que se observa. Pero después viene la segunda etapa, la más terrible, que es la del exhibicionista, que muestra lo que ha creado con todo el desparpajo del mundo (y sin cargos de conciencia, además). Creo que a todos los escritores debe sucederle lo mismo.

Yo, no sé si por costumbre o por esencia, trato de vivir y poetizar mi vida, de convertirla en material de estudio. Y digo mi vida porque es la que tengo a mano, la que me pertenece, la que puedo utilizar sin remordimientos y sin dolor ajeno. Dicen mis conocidos que nunca estoy triste y eso parece, pues el dolor, para mí, es una materia en disposición para la creación, como también lo es la alegría, el amor, la apatía, la soledad, el engaño, la traición. Todos los altos y bajos sentimientos/emociones que experimento son, precisamente, los planos de una perfecta arquitectura que se gesta entre mis manos o cerca de mí. Con sus riesgos, claro, porque uno —además de escribir— vivencia, y la vida muchas veces se convierte en la suma de muchos “heraldos negros”.

Cuando uno “juega” (empleo el verbo, pues es el que más me parece apropiado en este momento) con la materia espiritual, sufre heridas de ese tipo, que son las más enconadas y difíciles, las que más se infectan. Y sí, son también las memorables.

¿Y cómo te llevan las noches, eso de escribir te da tiempo para dormir?, ¿qué pesadillas tienes más a menudo?

Cada día tengo más problemas con el sueño: me cuesta dormir y, muchas veces, tengo tanto cansancio que ya me parece un asunto crónico. Lo que sucede también es que yo, dicho en buen cubano, “cojo lucha” y tengo una disposición familiar y/o genética a no olvidar con facilidad. A eso súmale el hecho de que no creo en el perdón absoluto y sí en la justicia absoluta: una mezcla explosiva. Así que el hecho de dormir con absoluta tranquilidad ya casi es una utopía en mi vida (alguna vez, no hace mucho, te lo dije). De niña, tenía algunas pesadillas recurrentes, de esas que se repiten y se repiten, y a cada una de ellas las convertí en un cuento. No estuvo nada mal. Fueron buenos cuentos.

¿Alguna vez fuiste a un sicólogo?, ¿has pensado en la posibilidad?

Curiosamente, mi mamá es psicóloga, así que tengo al especialista en casa. Ni siquiera me entero cuando me está psicoanalizando, pero no dudo que lo haga.

¿Crees en las influencias?, ¿con qué autores tienes más cercanía?, ¿con cuáles sientes una especie de relación amor-odio?

Creo en las influencias, incluso en las generacionales. Un autor joven, que comparte tu mismo espacio y realidad como escritor, puede tener en tu obra tanto influjo como un clásico, ya sea por asimilación o diferencia. A mí no me gusta lo reiterativo, así que trato siempre de tomar el largo camino de la diferencia (mucho más difícil, no tiene atajos como en el cuento de Caperucita, y sí muchos lobos). Cada vez que tengo un libro entre mis manos, trato de acercarme a ese autor: si el vínculo falla, entonces también lo hará la lectura, y es mejor dejar ir al libro.

En el poco tiempo libre que tengo, donde ver cine y leer son mis casi únicos privilegios y “pecadillos” menores (pues le robo espacio a la escritura), trato de consumir solo buenos productos artísticos (alguna que otra bazofia se cuela, el corazón humano tiene sus capas, pero siempre en menor proporción). Como la palabra tiempo es mi orden del día, no me doy el lujo de leerme un libro que no me diga nada en las primeras cincuenta páginas. Es, posiblemente, un libro que no está listo para mí, ni yo para él (el autor que lo escribió es otra variable que se acomoda a esta proporción).

El amor y odio son diferentes caras de una misma moneda del ejercicio de criterio que uno realiza como lector. Por lo general, me suceden ambas cosas a una misma vez con mis autores favoritos. Luego es que depuro el sentimiento y racionalizo; en otras palabras, purgo.

Leo bastante a mis contemporáneos, pero no te señalaré a ninguna voz independiente, aunque sí te digo que soy defensora de algunas de esas voces (intento no ser detractora de ninguna, ser joven y escribir en Cuba me parece una de las decisiones más valientes que existen, cuando otras tantas alternativas de vivir y “vivir bien” están a la orden del día; que ciertas personas decidan seguir haciendo por la cultura de un país, muchas veces desde el silencio, con carencias materiales, necesidad espirituales, con la “lucha” constante de tener que decidir qué pones a la mesa de tu familia mientras concilias esto con la creación, ya vale la pena solo por el simple acto que se llama coraje).

Respeto todas las formas de escritura. Eso sí, como lectora, algunos libros me parecen saco vacío. Pero, al fin y al cabo, eso me sucede no solo con mis contemporáneos sino con buena parte de la literatura a escala global.

 ¿Hay algún ser sobrenatural que te gustaría ser?

¿Yo?, dragón.

Y los olores, seguro tienes un olor exquisito que te identifica cuando vienes caminando.

No sé si la felicidad se huele. Pero yo soy siempre muy feliz, incluso cuando estoy triste. Ojalá también se pudiera oler a escritura recién estrenada. Sería mi olor favorito.

¿Qué limitaciones le ves a la literatura fantástica?, ¿qué expansiones le ves?

Las limitaciones no las pone el género, sino el talento que el autor posee. Por eso te digo que, para mí, la literatura fantástica y el realismo tienen los mismos muros y las mismas posibilidades de expansión. Si un autor poco talentoso o francamente en decadencia escribe un libro (un libro malo o decadente), el producto final, ¿qué importa si es realista o fantástico?, será eso: algo que no vale la pena leer. Así que la carga, pienso, está depositada sobre los hombros del escritor, no como demiurgo, sino como ser humano que cuenta con un talento para desarrollar. Los límites son particulares, como la huella de ADN: cada escritor tiene su techo y su horizonte, llegar a ellos depende solo del creador, no del género ni de un tipo determinado de literatura que cultive.

La literatura fantástica llegará a ser tan buena como el escritor que la asume. Ejemplos sobran en el mundo e, incluso, en Cuba. Claro que hay momentos de “gracia” en la vida creativa: escritores muy malos pueden escribir un libro medianamente bueno; escritores maravillosos de repente muestran un libro execrable. Pero yo te hablo de la norma, casi en un conteo matemático. No creo que el talento acabe a una determinada edad ni que tenga un límite, pero sí pienso que muchos escritores sí trabajan con visibles limitantes.

¿Cómo miras el éxito literario que has obtenido?, ¿te distancia eso del resto de los autores menos exitosos, te acerca más?

Normalmente no pienso en mi éxito literario. Mucha gente ha usado, también, la palabra fama. Y a mí el éxito y la fama me parecen demasiado volubles. No forman parte de mis aspiraciones directas en esta vida. Yo quiero ser una buena escritora. Si el éxito literario cimienta el camino y me ayuda a llegar al final con mayor facilidad, bienvenido sea. Igual la fama, si es que tal existe en un país como el nuestro, donde los escritores —incluso algunos de los más encumbrados— se codean con los jóvenes y desconocidos en un “tú a tú” que es, muchas veces (y digo muchas veces pues no sucede así en todos los casos), una lección de humildad.

No le hago rechazo al éxito literario pues forma parte de mis logros como escritora, pero lo abrazo desde una posición (ahora sí) muy realista: bienvenido sea hoy, quién sabe qué sucederá mañana. Uno puede disfrutarlo sin por eso convertirse en un cretino o en estúpido que piensa que la literatura nacional (y hasta la universal) nace de tus propias costillas.

Nunca me he sentido distante con ningún tipo de autor, y esa es una corriente que va en doble sentido: no me siento más que otros autores que han ganado menos premios, pero tampoco siento que sea menos con respecto a los autores “consolidados” (empleo el término para no referirme al “vacasagradismo” que tan abundante es en nuestra literatura) del panorama literario cubano.

En otras palabras —y empleo la máxima— trato de ser con todos como me gustaría que fueran conmigo. Eso se llama karma. O algo así, no soy muy ducha en los términos. Pero creo que la energía que uno ofrece en cualquier tipo de relación es, de alguna manera, la energía que se devuelve.

Los autores inéditos, sin premios, son también mis iguales, ¿acaso no luchamos todos por lo mismo, que es la literatura, la buena literatura, más allá que el “momentico” individual de la fama? Por eso, tampoco, permito que ningún autor “sagrado” me haga un desplante o me trate como un cero a la izquierda. Pienso que la humildad y el buen corazón son sinónimos de las almas grandes; y no entiendo que se pueda ser un buen escritor, un verdadero creador, sin ser bueno.

¿Cómo te ves en el futuro, cuando seas una escritora anciana, comiendo manzanas en una bañera como Ágatha Christie o casada y con varios niños, quizás pichones de literatos?

Quiero una familia. Los niños me encantan, aunque pienso que seré una madre algo atípica, de esas que le preocupan más los libros que otras necesidades de primer orden, y eso me inquieta pues no es una posición demasiado inteligente en los tiempos que me han tocado vivir.

Vivir la “vida bohemia” del artista, el mucho ruido y pocas nueces del “carpe diem”, lo experimento a mi manera, desde mi compromiso como ser humano, y no precisamente en la renuncia a una vida normal en todos sus aspectos. Quisiera, ya te digo, un hogar, hijos y familia… hijos que, si a bien tienen, no sean literatos, pues el mundo del arte, aunque hermoso, es uno de los más crueles y difíciles y, conociéndolo yo, no me gustaría que mis hijos del futuro tuvieran que vivirlo. A menos que sientan que el arte es su único modo de respirar: ¿qué podría hacerle a eso, si es la misma expresión que yo empleo? A mí el compromiso con un proyecto de vida, con una forma de asumir la vida por encima de todas las carencias y necesidades materiales y espirituales, me parece una de las maneras más inteligentes y valiosas de existir.

Aunque por el momento no hay planes de concretar ese proyecto. Por ahora, me comeré las manzanas (o los mangos) de Ágatha Christie. Y me digo: paciencia. Que todo llega a su tiempo.

¿Hacia qué temáticas piensas girar tu obra en el futuro?

Hacia lo que venga. Mis obras vienen por sí solas, aparecen cuando menos las espero, me enfrascan en proyectos agotadores. No importa lo que yo opine y no se vale oponer resistencia. Así que tomo el futuro con tranquilidad. Quisiera continuar escribiendo teatro histórico, y tengo planificadas dos trilogías con temas muy precisos (que no adelantaré), quién sabe si también me avoque a la dirección teatral (que es una de mis grandes deudas con mi formación, aunque ya realicé mis pininos). Me interesa el guión, fundamentalmente para el cine o para series televisivas… aunque, por lo que veo en los últimos años en nuestra pequeña pantalla, no creo que llegue a suceder (al menos, no las series, quizás tal vez sí cortos y, definitivamente, voy a todas por el cine).

Nunca abandonaré la novela, porque es el género donde más cómoda me siento. Y, finalmente, mi poesía ha despegado (en menos de dos años, tendré cinco libros publicados), así que también pretendo aprovechar esta época de bonanza para crear más. Las temáticas no son tan importantes: ellas llegan en el mismo embalaje de la idea, es solo abrir el paquete y recibir el regalo.

¿Tiene futuro ser escritor joven en Cuba?

¿Por qué no? Ser escritor joven, en cualquier lugar del mundo, es un desafío. Muchos creen que “Afuera” se podría hacer más y mejor literatura, publicar con mayor rapidez e incluso ganar montones de dinero, y no es tan simple. No sé si será fatalismo geográfico, pero ya por el hecho de haber nacido en un país extranjero, muchas puertas se te cierran cuando publicas en una editorial fuera de Cuba. Nacen muchos peros.

A veces no. En ocasiones, un editor te recibe con los brazos abiertos, independientemente de que seas cubano, polaco o griego, pues busca el olor de tu obra, de tu literatura, no tu origen geográfico, y no está pendiente del hecho de que puedas (auto)comprar una determinada cantidad de ejemplares que apañen el riesgo de publicarte por ser joven y, además, cubano. Yo he estado en ambos límites de la balanza. Fuera de Cuba, he tenido excelentes experiencias… y otras que no lo fueron tanto.

No es este un llamado de alerta, pues cada escritor construye su camino de manera individual. Pero sí puedo decir que el apoyo institucional que existe en Cuba para la carrera de los jóvenes es realmente poderoso, y no lo he visto en muchos lugares (curiosamente, escritores de varios países envidian estas oportunidades). Claro, aun así, el joven escritor en Cuba tiene que lidiar con procesos morosos, con libros que no salen a tiempo, con la dolorosa dualidad de moneda que tanto abarata nuestros esfuerzos de escritura, con poco acceso a las redes, con pagos que a veces se retrasan y que son, más bien, simbólicos.

Pero, a pesar de todo, sigo creyendo que Cuba es una plataforma maravillosa para que un joven escritor se dé a conocer y publique ediciones muy dignas, para que un joven escritor confluya con sus coterráneos y para que aprenda, desde el silencio y el trabajo, el oficio vital de la escritura.

Futuro hay, sí, pero depende —de nuevo empleo la palabra— del camino particular que cada escritor, desde su estrategia, se traza.

Según tu experiencia, ¿qué nos hace falta como país para insertarnos en las tendencias más actuales de la literatura?

En pocas palabras, lo resumo: promoción de la literatura fuera de las fronteras de Cuba (cuando digo literatura, incluyo a los jóvenes dentro del jamo, y no solo a los ya conocidos) y mercado internacional para el libro cubano. Se ha de pensar más allá de las fronteras de nuestra Isla, y dejarle de temer a la fatalidad del agua que nos cerca. Y claro, conjugar el pensamiento, la idea, el deseo de hacer, con la verdadera acción (el ya hice, aquí está el fruto).

Existen talentos. Muchos y muy buenos. El material humano —que es, según opino, la etapa más sensible de cualquier producción, sea cultural/simbólica o material— ya está presente. Queda solo aprovechar las circunstancias para visibilizarlo como un producto que vale la pena (humana, cultural, semióticamente).

¿Te sientes conforme con ser Elaine la escritora, no has pensado en que en algún momento hubo un juego de posibilidades, en que pudiste ser Elaine la monja o Elaine la embajadora en Naciones Unidas?

Te lo contesto con total seguridad: gracias a Dios soy la Elaine que escribe. Ser escritora es mi decisión de vida. Uno solo puede hablar de una decisión de vida cuando ha tenido oportunidades de ser otras cosas. Yo estudié música, me gradué de guitarra con altos honores. He actuado y cantado. Me dediqué a la pedagogía musical. He trabajado con niños. Quizás no sea un diapasón muy grande de opciones, pero las he tenido. Pude haberme decidido por cualquiera de ellas, y quizás hubiera sido feliz. Pero elegí otro camino, y no me arrepiento. Ser escritora es mi pasión, mi vocación, mi llamado. Lo demás ha sido solo una hermosa compañía. La literatura, en cambio, ¿cómo te lo digo en otras palabras?, es todo.

¿Te has sentido cómoda con este interrogatorio?, ¿hubieras querido añadir o quitar alguna pregunta, cuáles?

Muy cómoda. Nunca añado nada ni quito nada a ninguna de mis entrevistas. Pienso que, en este momento de mi vida, como amigos que somos, son las preguntas que necesitaban ser hechas. Te invito a que repitamos esta entrevista en, no sé, 3 años. Entonces te contesto a esta pregunta.

Caturla vive

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Alejandro García Caturla, la caminata leve…

Me he repetido esa frase miles de veces, la digo frente al retrato del niño vestido como una niña a la usanza de la época, delante del piano carcomido y mudo que Él tocara por las tardes-noches. Los balaustres de la casona nunca fueron tan esquivos, tan misteriosos, porque apenas había un postigo abierto mientras Él ensayaba o componía, o simplemente mientras interpretaba una pieza del amigo Claudio, como acostumbraba a llamar al genio musical de Debussy.
“Caturla vive”, es como un ritornelo, una fuga rápida de espíritus, la casa que se sacude el tiempo, la familia que me saluda desde las habitaciones adormiladas, la fiesta de amigos donde el niño prodigio ya interpretaba piezas norteamericanas de moda, el rincón que le enseñó a amar con rebeldía y arrebato, porque el amante era para Él un arquetipo heroico que no entiende de valladar.
El ritornelo se torna duro, casi una fanfarria, cuando el joven da su primer beso y escribe la primera nota, hay en él un volcán de esencias que sólo calmará el impacto alevoso, la caminata leve y soleada a través del parque colonial. “Caturla vive” a pesar del asesino, sobrepasa al burlador, al vulgar, a las ansias malsanas. En el piano resuenan miles de réplicas de Él, ya la Berceuse Campesina es un amanecer habitual sobre los tejados de la villa, ya el campanario no sólo marca la hora de su muerte, sino la de sus renacimientos.
Poco importa que el pasado retuerza la memoria a la caza de entretelones que oculten el concierto, si Caturla supo conjurar la gloria del tambor y hallar el tejido de una justicia humana que mucho le costó, pero costó más a la cultura nacional. Vive sin dudas, porque no hubo ni una mentira en Él que tanto experimentó con el arte, pero respetó las esencias, las sinceridades, el decir la verdad. Un hombre sobrevive el disparo alevoso cuando logra que su olor quede impregnado en las paredes de su casa, en los papeles de su obra, un olor que conversa con nosotros y nos indica una ruta.
Alejandro G. Caturla fue así, de rutas ciertas. La República debió estarse a sus pies, pero él estuvo a los pies de la República. Y el pueblo que nunca se equivoca levantó el cadáver pequeño del hombre grande y así fueron juntos todos a llorarlo, porque no hay otro remedio ni salida más justa cuando falta la justicia. “Caturla vive”, decían todos camino al cementerio pequeño, donde yace ese ser sin mesura.
El siete de marzo es frío y gris, el mármol nunca parece tan noble, tan blanco y firme. A veces se escucha una banda de conciertos que pasa, otras, un orador, otras el pueblo marcha en silencio porque aún se pregunta por Él, todavía lo quieren allí en la casona, con las luces de la tarde sobre el piano ahora carcomido. La mudez de la música es quizás el trino mejor para un siete de marzo, día en que vino al mundo aquel héroe amante sin estatua ni altisonancias.
Caturla era pequeño y bello, enorme y profundo. La casona vieja atesora los mismos episodios, porque sospecho que en verdad el tiempo no transcurre, o al menos para Él. A veces un destello de la tarde se cuela por el postigo y cae sobre el piano. Olores a partituras recién escritas, a obra nueva y esencias, a trascendencia y justicia, olor a vida que atraviesa los agujeros del traje balaceado.
“Caturla vive”, el ritornelo sube y baja su tono alternado, el cuerpo pequeño descansa, el espíritu grande está aquí y ahora.

Lecturas de un joven indecente

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Yo era un joven imberbe, ingenuo y salvaje. Recorría las autopistas montado en enormes rastras humeantes, plagadas de viejos pistoleros y pedófilos. En mi viaje a través de la Gran Potencia, conocí todo tipo de vampiros, incluyendo a uno llamado Allen Ginsberg, que me introdujo en el mundo de la droga. Junto a Gregory Corso y Jack Kerouac, estuve por bares apestosos a semen y antros de putas cultas con maquillaje expresionista. Un mundo alucinante, de alcohol y literatura de mala muerte, donde Hegel se mezclaba con la marihuana.

Durante mi etapa de Lobo Estepario conocí muchos almuerzos al desnudo junto a una rara máquina blanda, accionada por Williams Burroughs, un nostálgico organillero de la era de las amebas inteligentes. Aquel artefacto, además de engendrar un sonido insulso y pastoso, tenía la capacidad de producir vida. “¿Vida?” recuerdo que dije una vez “sí, vida” me respondió Burroughs y de una vuelta de manubrio salió del interior del organillo un viejo verde y malhablado.

Era la primera vez que lo veía, yo estaba en algún lugar de Norteamérica, en la década del cincuenta, la época Beat. Pero alguien susurró a mi oído: “Andernach, Alemania, 16 de agosto de 1920”. Atribuí aquello al LSD y acepté la alucinación como algo normal y pasajero. Sin embargo, los efectos de la droga que consumí aquella tarde aún perduran en mi vida.

Luego de leernos algunos de sus poemas y relatos, beberse nuestro alcohol y pelearse con todos nosotros, Charles Bukowski, el viejo verde e indecente, se marchó enganchado a la cintura plástica de una puta voladora. Y mientras ascendían abrazados me prometí encontrarlo algún día y devolverle el puñetazo que recibí en el ojo izquierdo. De paso, hablar de literatura.

“No me interesa la literatura” me dijo la otra vez que lo vi, en el segundo piso de un prostíbulo en Los Ángeles, donde tenía su editorial, entre condones y botellas de cerveza vacías por doquier. Sin embargo, este hombre ya había publicado muchos libros, buenos libros, llenos de palabras bestiales, honestas. Una obra tremendamente humana. Ahí estaba ese escritor droga, cuyos cuentos y poemas se disputaban los cárteles de Medellín y Cali.

El fugaz encuentro me sirvió para enterarme de que Bukowski no escribía sobre nada, que Shakespeare nunca lo hizo y que probablemente no exista nada más complejo y peligroso en el mundo que abrocharse los zapatos. Por último, me confesó su mayor ambición: ganar 100 dólares mensuales de por vida. Toda la sabiduría que me ha hecho falta hasta hoy.

Para un ser de infancia y adolescencia amargas, entre el pus de su acné y los golpes del padre, alejado del amor y tan cerca de la locura, dedicado de a lleno al alcohol; vivir 92 años significa toda una proeza. Durante aquel segundo encuentro, Bukowski me dio el secreto de su sobrevida, no contenido por supuesto en ningún libro. Esa alquimia más rara que el oro artificial. Beber, siempre beber. Beberse los años sentado en el banquillo de los imbéciles, mientras el resto de la clase se burla de ti. Beberse el tiempo perdido reventándose los granos de la cara en la oscuridad de un cuarto. Beberse el rechazo, la fealdad, la tristeza. Beber la fuerza.

Por eso no creí la noticia de su muerte difundida hace unos años. Charles Bukowski, cargado por un conjunto de monjes tibetanos y llorado por la puta de turno, maquillada al estilo expresionista para la ocasión.

Seguramente levantó la tapa de la caja e imprecando al resto del cortejo, pidió una botella de alcohol. La orgía mortuoria de Bukowski, ahora la imagen sí me parecía verosímil. Como el final de su novela Pulp, cuando el protagonista es engullido por una bestia roja y gigante nombrada Gorrión Rojo. O esa escena de La Máquina de Follar, donde el mundo está al revés. Todo gracias a la magia de la bebida. El elixir alquímico Made in Black Sparrow. Si no me equivoco el Maestro debe cumplir 92 años, en algún lugar abandonado de California, donde la poesía es una máquina que funciona a base de alcohol.

Mientras tanto, no dejo mi adicción a las drogas.

SIN SUEÑOS

Las camareras de pelo gris

en los cafés por la noche

se rindieron

y mientras camino por las veredas de luz

y miro las ventanas

de las casas de las enfermeras

puedo ver que ya no es

con ellas.

Veo gente sentados en los bancos de la plaza y puedo ver     por la manera

en que

se sientan y miran

que se acabó.

Veo gente manejando autos

y veo por la manera en que manejan sus autos

que ni aman ni son amados

ni consideran el sexo

está todo olvidado

como una vieja película.

Veo gente en las tiendas y supermercados

caminando por los pasillos

comprando cosas

Puedo ver por la manera en que

les queda la ropa y por la manera en que

caminan y por sus caras y sus ojos

que no les importa nada

y nada se preocupa

por ellos.

Puedo ver cien personas por día

que se rindieron

del todo.

Si voy al hipódromo

o a algún espectáculo deportivo

puedo ver miles

que no sienten nada por nada o

por nadie y no reciben

ningún sentimiento.

Por todas partes veo a aquellos que

no mendigan nada sino

comida, refugio y

ropa, ellos se concentran

en eso,

sin sueños.

No entiendo por qué esa gente no

desaparece

no entiendo por qué esa gente no

expira,

por qué las nubes

no los asesinan

o por qué los perros

no los asesinan

o por qué las flores y los niños

no los asesinan,

no entiendo.

Supongo que ya están asesinados

sin embargo, no puedo acomodarme al

hecho de que existan

porque son

demasiados.

Cada día

cada noche

hay más de ellos

en los subtes

en los edificios

en los parques.

No sienten terror

por amar

o por no

ser amados.

Tantas, tantas, tantas

de mis criaturas

compañeras.-

Las islas también se escuchan

Cae la tarde sobre la Polivalente, el parque de los ensayos

Fotos: Yánder Zamora

La Habana es una isla dentro de la isla, una capital repleta de islotes donde el color verde, el mar y la música se muestran atrevidos, melancólicos. Las trompetas, los saxofones, los timbales, las tumbadoras llenan las mañanas, las tardes y las noches. Los instrumentistas se transforman en seres resistentes a la lluvia, al frío, al sol ardiente de las doce del día, a la soledad.
Un parque aledaño a la Sala Polivalente Ramón Fonst se convierte, cada tarde y hasta entrada la noche, en uno de los islotes mágicos de la Habana
Sonidos que expresan el alma de islas individuales cuyas historias son sueños dignos de contarse. Sueños que a veces se vuelven reales y otras tantas quedan entre las sombras de los árboles del parque, cobijados a la espera del próximo saxo, del acorde exacto que recomponga los hilos dispersos de la suerte.
Los sonidos se funden en esa amalgama de suerte y desdicha, de virtuosismo y aprendizaje, de vida y desilusiones.

Pedro Pablo Hernández, conocido como Campeón, ensaya en la Polivalente desde 1982
Él por ejemplo se nombra Pedro Pablo Hernández, pero prefiere llamarse Campeón y desde 1982 viene a la Polivalente para ensayar. Se define como amante de la vida, religioso yoruba y consagrado al estudio de su instrumento: la trompeta. Usa un sombrero blanco, me mira y me sicoanaliza, lee mi carta de la suerte. Dice que soy hijo legítimo de Babalú, de Oshún, algo le habla desde el Más Allá. Quizás por eso no se cansa de la música, porque le ve el lado mágico.
– Yo soy el tesorero de mi edificio y todo el mundo me quiere, pero por eso mismo no debo molestar con los ensayos. Como mucha gente, todos los días me traslado hasta aquí.
Campeón aún no logra el sueño de todo músico: viajar, la fama, grabaciones, conciertos en grandes escenarios. Toca para la Unión Latina, una agrupación habitual en bares nocturnos. Sin embargo, hay en él una determinación innata que aviva sus esperanzas.
-Nací en una tabla de planchar en el año 60, me cortaron el cordón umbilical con un hilo de coser y siendo un bebé me tomé un pomo de anís estrellado. Nunca me enfermo, siempre sobrevivo todas las crisis, algún día se me abrirán las puertas.
Viene porque la ciudad carece de un salón de ensayos, porque el deterioro de las casas de cultura dificulta un espacio fijo con ese fin. Viene además porque la Polivalente es una hermandad, la unión de intereses, la isla dentro de la isla.

Campeón además practica la religión yorubá, cree en la magia de la música
-A esto le decimos la Escuela de los Trompetas –aclara Rolando Llerena Espinosa– aquí estudiaron grandes maestros, como Nilo Valles, uno se nutre también con las conversaciones.
Llerena no tiene reparos en recorrer 9 kilómetros hasta la Polivalente varias veces a la semana, aunque sabe que el sitio se torna hostil cuando cae la tarde.
-Se han dado asaltos aquí cerca contra los músicos, pero vale la pena venir. En Guanabacoa me menosprecian, creen que no tengo futuro, que pierdo el tiempo, allí molestan mis ensayos.
Es que el sitio es inclusivo, lo frecuentan consagrados y noveles, casi siempre prima la camaradería, el trago de ron, la descarga.
-Nosotros nos pasamos técnicas para ensayar que bajamos de internet, nos criticamos de forma constructiva, hasta intercambiamos contratos de trabajo en los centros nocturnos –agrega el joven Damián Leal, quien toca en la Banda Municipal de Guanabacoa.

Damián Leal, Luis Hernando Chávez y el mexicano Alfredo Ibáñez ya son amigos inseparables (nombres de izuierda a derecha).
-Pasé por el lugar y me llamó la atención la fraternidad, así que vine a hacer amigos, sólo toco la trompeta por hobby, estudio derecho, la música cubana y el jazz me llenan el corazón –Alfredo Ibáñez es un mexicano de 38 años quien además se muestra impresionado por la calidad acústica del lugar, por los enterramientos religiosos tan abundantes, por la magia que se hace sentir.
Hacer amigos es un privilegio, este es un lugar salvador también para jóvenes como Luis Hernando Chávez Piloto, de 21 años, trompetista de la orquesta de Pablo FG. Aquí encontró su destino, los amigos, el amor.
-No soy graduado de música porque en séptimo grado una profesora se encarnó en mí y perdí la escuela. Mi padre se sintió muy triste, se esforzó desde entonces trabajando en el campo por 30 pesos al día, para pagarme las clases de solfeo. Una vez estaba ensayando en el patio de mi casa y por una denuncia de los vecinos acabé en la estación con un acta levantada, supe que debía buscar mi espacio y apareció la Polivalente. Soy de la provincia de Mayabeque, aquí empecé viviendo en la calle 23 en una casa prestada y ahora estoy con mi novia en Reina, muy cerca del parque de la Fonst. Todo lo que logré se lo debo a mi padre y a este sitio, con el que tengo un vínculo fuerte.

Luis Hernándo, a la derecha, narra cómo se hizo músico gracias al esfuerzo de su padre
Piloto le da gracias a Dios porque todo le fue bien con la trompeta, mientras proyecta el sonido de su instrumento contra las alejadas paredes de la Terminal de Ómnibus Nacionales. Dice que el lugar parece una explanada de conciertos, que la acústica es espectacular, pero igual reclama unas luces para el sitio.

Luis Herndando Chávez Piloto y Damián Leal ensayan la misma pieza, para mejorar sus destrezas técnicas, nombres de izquierda a derecha
Las sombras de los árboles se mueven en medio de la isla de los instrumentos, la fraternidad trasciende las suertes individuales y la música es un ser colectivo que nos cobija. Me quedo entre ellos, una botella de ron va y viene, yo me siento un artista más.
Las sombras, por un instante, ceden ante la luz de la tarde-noche.
Un grupo de curiosos se detiene a escuchar la descarga de jazz improvisada, alguien recuerda a los “polivarenteros” que ya no están, porque fueron a otras islas y continentes.
Al regresar a la redacción entro a las redes sociales, pido unirme a un grupo: Polivarenteros en Facebook.
Yo sólo soy periodista, no toco ningún instrumento y ya me siento parte de algo más grande.

Los sonidos de los trompetistas llenan la tarde habanera

(publicado originamente en OnCuba)

El pregón tostado y garapiñado

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Fotos: Yariel Valdés

-¡Vaya el maní tostado, tostadito el maní!

La frase va y viene con el bicitaxi y el hombre repite y repite y repite, hasta que se pierde calle abajo con la misma letanía.

-El problema del corazón anoche no me dejó dormir, pero hoy ando que soy un mulo.

Tito el Manisero es la figura omnipresente de San Juan de los Remedios. Posee la fuerza de un rezo popular. Hace unos años caminaba, ahora va en un vehículo donde aparece pintada la palabra maní en griego, polaco y danés (entre otros idiomas, lenguas muertas y dialectos poco o muy conocidos). Su día comienza en la noche de la madrugada, con el calor de los granos al horno y una filosofía invencible de trabajo. Antes vendía más barato, pero los precios de la materia prima y el esfuerzo físico dispararon las leyes de oferta y demanda.

-¡Con uno comen tres, papá, mamá y nené! (Así gritaba allá por el año 2000).

-¡A dos por uno el maní! (Así, alrededor del 2006).

-¡Tostado y garapiñado, vaya! (finalmente en la actualidad).

Pero el maní de Tito vale ese peso en oro, a pesar de la competencia de Mani Mani, otro gran vendedor de la Villa. Durante décadas, ambos maestros de las calles han prevalecido a inspecciones y altibajos de la demanda de su producto. Ya se habla de un pacto, de horarios repartidos, de días de descanso para uno y otro. En el mercado del pregón también existe el acuerdo, las transacciones.

Mani Mani es un viejito respetuoso que defiende su ciudad y vende los cucuruchos a dos pesos. Ahora mismo acaba de pasar, no sé cómo se llama realmente, ni de dónde viene. Aparenta noventa años. Quizás más. Prefiero decirle Mani Mani, porque así es su pregón.

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-¡El mani mani! (así, sin tilde en la i)

Dicen que era guagüero cuando joven.

-¡El rico maní tostado, el mani mani! (con tilde o sin tilde el sabor es igual).

Quizás en uno de sus viajes por Cuba, a bordo de aquellas guaguas camberras, conoció el secreto del mani mani, fórmula mágica, salvación que llegó con la vejez y el retiro. Tonalidad callejera.

La villa de San Juan de los Remedios,en el norte de Villa Clara, tiene su sello sonoro en esos pregones, que son más famosos entre la gente que la mismísima música de Alejandro García Caturla.

-¡Riiiiiiiiiquísimoooooooooo! ¡Y no cuesta ná!

Este otro grito anuncia la llegada de “Ricorrico”, que a diferencia de los demás no vende lo que pregona.

-¡Te lo compro, vaya!

-¡Tás loco! ¡Y yo con qué me quedo! ¡riiiicoooo!

Su riqueza nace en los bares de la ciudad desde temprano y se extiende hasta horas de la tarde por las calles más céntricas, donde la gente se mete con él mientras pasa.

-¡Viva San Salvador!

-¡No seas comemierda, que viva el Carmen! ¡Ayayay! ¡Y cómo vengo este año! ¡Riiiiiiiiiquísimoooooooooo! ¡Y no lo vendo!

Una vez conversé con “Ricorrico” y de veras me pareció un ser humano educado y muy inteligente. Su nombre me es desconocido, la historia imprimió en él otro sello sonoro remediano.

Una moda de los pregones de ahora es llevarlos grabados. En Remedios, el amigo Oscar Olivera compuso uno muy bello que dice:

-¡Llegó el criollo tu dulcero, con el rico dulce casero! Traigo el dulce de guayaba, el coquito y el maní, la rica crema de leche y mucho más para ti.

Una vez me asusté cuando vi que un tipo de Caibarién hablaba sin mover los labios ni un milímetro.

-La rica galleta de Placetas, vaya.

Su maestría como ventrílocuo se esfumó, al darme cuenta del uso de una grabadora vieja, de esas soviéticas, que sobreviven de milagro.

En las calles de Remedios se vende de todo y los pregones varían más que nunca en riqueza de lenguaje y originalidad. Los vendedores de dólares te hacen psssssss, cuando pasas. Otro aparece con cara de querer ofenderte y te dice bajito: “perro”, o sea uno de esos que comercian cachorros de clase. Si bajas por la calle principal los oyes: camiseticas, zapatillas de marca, relojes de pulsera, cintos, gafas para el sol, pantaletas nikes, “zapatos de Camajuaní buenos pal trapicheo”.

A las seis de la mañana empieza la andanada de panaderos, que ahora usan los pitos de los carteros. También esa señora que a cada paso dice:

-¡El pan, el pan, el pan, el pan…!

A veces les advierto a los vecinos, por joder, que yo pongo los panaderos para las seis como despertador.

Deberían grabar un disco con todas esas voces, para la posteridad. Quizás en algunos años no exista más el pregón,  de cabezas metidos en la era de tiendas online y de pasarelas electrónicas.

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(Publicado originalmente en Oncuba)

Historia de los vendedores de pájaros

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Foto: Bernardo Salazar

Dos amigos muy cercanos venden pájaros, ambos son parranderos y pertenecen a barrios opuestos. Tienen las jaulas colgadas en las fachadas, con aves de todo tipo. El precio, el plumaje, el color y la demanda definen jerarquías de cada animal. Los negritos son caros, pero los sinsontes aún más. Los loros y las cotorras están protegidos así que mejor venderlos por “debajo del telón”.
Los llamaré por sus iniciales: uno es R, el otro, I.
R tiene una niña pequeña, está casado hace años y ya pasa de los cuarenta, diseña trabajos para las parrandas cada año. Le pagan bastante bien, pero el resto del tiempo busca la manera de “tener siempre un diario”, doscientos o cien pesos resultantes de la venta de los pájaros.
Los niños son los eternos enamorados de las aves de colores, ellos pasan cuando salen de las escuelas, chiflan y los pajaritos los imitan a veces.
R también ama a los niños, lo veo sentado en la puerta de su casa, siempre habla sobre parrandas y luces, sobre aves extrañas.
Hace años vi a R en el parque de Santa Clara, era él un joven en la flor como se dice, entonces no adivinaba los años, el dinero y la búsqueda, nunca pensó depender del color de las aves.
I es huraño, pelea constantemente, vende muy caro, no le gusta que le rebatan ideas. Cuando diseña proyectos, suele perderse durante meses, nadie sabe de él, se encierra a dibujar en su casa.
I suelta carcajadas temerarias, nunca sonríe, anda en su bicicleta, no usa camisas, sólo camisetas agujereadas. Su edad pasa ya de los cincuenta, pero su mente no tiene edad.
R le pide la cabeza I. Ambos se disputan el primer puesto en la venta de pájaros, ambos se juegan la vida en la plaza cada año durante las parrandas.
I es además barbero, R cría pececitos.
I trabajó matando vectores, R sólo se conoce por amigable.
R, I, parecen un compás, dos andantes dispares.
He visto a R en medio de la plaza como eufórico en medio de una discusión de parranderos, lo he visto también melancólico y tirado dentro de una pieza de los trabajos.
He visto a I coger por el cuello a más de uno en medio de la plaza, cuando alguien le rebate ideas, también lo vi taciturno, con un martillo en la mano y haciendo de tripas corazón en la nave de parrandas.
I le pide la cabeza a R, y son tan iguales.
Podrían intercambiarse, podrían dejar que sus pájaros volasen de una acera a otra, deberían dejar que sus trabajos fuesen uno.
Podrían llamarse Ri o Ir, podrían ir juntos a cazar pájaros.
O algo.