Visión nocturna del Malecón inseminado

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Muro del malecón

El malecón funciona como una vitrina del momento, las putas y los travestis, la gente que pulula, los vendedores. La situación pudiera dar grima, tristeza, o pudiera ser cómica, burlesca. La Habana es definitivamente como la dibujaran Arenas, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Pedro Juan Gutiérrez, la ciudad te engulle, cambia tus paradigmas, es una trituradora de creencias, de puntales.
La Habana es un desfile, no importa si del 1 de mayo o contra la homofobia, nada interesa en este universo de calor, donde los ingleses apenas dijeron “hello!” para marcharse corriendo, en medio de infinidad de mosquitos y mulatas luchadoras de yucas, verdaderas taínas que sembraron con su ejemplo la semilla de este malecón.
Sitio de enamorados, donde un negrón fálico abraza a una blanquita sueca o alemana o francesa, dama que intenta la aventura sigilosa de retar una penetración sobrehumana, penetración tropical que trascenderá a gritos la noche y los tejados cayentes de Centro Habana, los muros dejados por los españoles, las paredes que surgieron en medio de orgiásticas microbrigadas.
El malecón es eso, más habanero que el Capitolio, más mundial que cualquier avenida de esas llenas de embajadas. Si resumiéramos la vida en la capital, quizás ese resumen tendría forma de muro, de mar, de agua salada que salta y llena la calle y salpica y destruye con su salitre los edificios.
En el malecón hay negros célebres, aseres ilustrados, blancos cazafortunas, tristones que miran y se preguntan miles, millones de veces las mismas preguntas. Ese malecón es casi una metáfora de Cuba, ese malecón ilustra mejor que cualquier imagen nuestra maldición del agua por todas partes.
Hay de todo y para todos, con todos y para el bien y el mal de todos, malecón que te hunde en ese universo pequeño-grande de tanta gente, de tanta humanidad venida a ese estrecho muro de Cuba, pequeño muro que nos separa y acerca, que sirve de puente, de lengua común, de sinfonía, de palabreja, de mala palabra.
Malecón que aparece en cientos de canciones populares, siempre con la advertencia subrepticia de que no te bañes en el malecón, porque en el agua lo mismo hay un tiburón que un b… ón.
El malecón es triste, alegre, leve, largo, pequeño, vivaracho, moribundo, es una turbonada y un cementerio, es viejo y cada día se renueva, el malecón es el malecón sin que exista redundancia, sin que falte ni sobre un pedazo de muro, es la cosa en sí y para sí sin filosofías foráneas porque basta con la propia verdad.
Del malecón es duro escribir, también es duro decir, pero es más duro callar, porque el malecón somos todos, todos vamos allí en busca de la luz, de la nube, de inseminar alguna realidad, de inseminar al menos, el malecón por lo menos nunca será estéril…

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García Caturla, detenido en el tiempo

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Remedios es ingrediente esencial de la cultura cubana, pero el oportunismo y el economicismo de quienes dirigen los destinos le niegan esa condición a la ciudad…ahora la ceguera afecta el Museo Casa Natal de Alejandro García Caturla, detenido en una inercia que amenaza otro puntal de la cubanidad.El siguiente trabajo, del colega y amigo Luis, refleja la dura realidad.

Por Luis Machado Ordetx

Inercia, y también abandono. Así se distingue el desamparo que dejan averías en el techo, y humedad en las paredes del Museo-Casa Alejandro García Caturla, en Remedios. La institución, Monumento Nacional, está con «puertas cerradas» a todo público, incluso al extranjero, urgido en reconocer la historia de la música en la localidad.
Una razón de fuerza mayor obligó a la determinación: preservar colecciones de documentos, objetos y pertenencias individuales y colectivas relacionadas con el juez-compositor, su familia, o agrupaciones y artífices que, desde el interior del país, sustentaron fuentes del sinfonismo cubano. Hasta el momento, ya pasaron 18 meses, no se vislumbran posibles visitas dirigidas o espontáneas, y mucho menos restañar los daños acumulados a la edificación.
Las quejas de especialistas y trabajadores del centro quedan en valijas cuarteadas. Hay algunos instantes de amagos de intervención, pero todo vuelve a la incertidumbre, sin un efectivo restablecimiento que contenga una parada cultural interminable.
Con la terminación en junio pasado del hotel Camino del Príncipe, ejecutado por Emprestur Villa Clara, las angustias se acentuaron en el edificio aledaño. En noviembre de 2014 cuando allí comenzaron a intervenir en los 1833,48 m2 del actual hospedaje, techos y paredes contiguos, en la parte derecha del vetusto inmueble, sufrieron de sistemáticas afectaciones.
Los escurrimientos de las lluvias muestran sus estragos acumulados en una de las viviendas más singulares de la Plaza José Martí, en la Octava Villa de Cuba. Ahora los aguaceros se avecinan cuando hay una larga estancia de perjuicios incitadas por inversionistas del Turismo. Por el momento, sin solución, todo quedó en una aparente nebulosa.
El elemental mortal tiende a encogerse de hombres: ¿y esto cómo sucede en una ciudad que aún celebra su medio milenio? ¿A quién (es) asiste el derecho de violar la Constitución de la República en su artículo 39, inciso h, de evidente comprensión para todos? El texto indica que «El Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico».
Todo lo ahí reseñado, tiene incidencias en el Museo-Casa. Es Patrimonio Nacional desde el 7 de marzo de 1980. Así refrenda una placa metálica en la fachada de la vivienda que habitó en sus últimos 20 años el más universal de los músicos remedianos. García Caturla logró en esa vivienda notables y sólidos destellos de carrera artística y profesional de la jurisprudencia.

No olvidaré aquella sentencia del periodista E. Rodrigo, en El Faro, cuando en sus «Impresiones espirituales», destacó que «nuestro Remedios, no sabe aún ó no quiere saber el valor intrínseco de Alejandro García Caturla».1 Es un criterio que comparto.
Recuerdo el aliento que llevó al músico a Caibarién para fundar en 1932 su Orquesta de Conciertos. Allí lo aguardaban algunos coterráneos, entre los que destacó José María Montalbán. Fueron los de la Villa Blanca quienes primero perpetuaron la memoria del jurista-compositor. El 12 de noviembre de 1941, al año de asesinado en plenitud de facultades, colocaron una placa de bronce en el lugar exacto en el cual cayó abatido por balazos traicioneros. El hecho, de un modo u otro, ahora se repite por la imposibilidad de no exhibir, de manera adecuada, inconfundibles pormenores históricos-culturales que lo ubicarían hacia un indefinido reconocimiento universal.

CONTRA LA INDIFERENCIA
Siempre hay quienes gritan, y hacen alertas y críticas, pero los llamados van al vacío. Muchos ejemplos sobran en Villa Clara al relacionarlos con la violación del Decreto 77 del Consejo de Ministros sobre la Ley de Patrimonio Cultural. Los transgresores, como sucede en el Museo-Casa de Remedios, se convierten en arbitrarios. No tienen otro nombre aquellos que contribuyen a restar relevancia a la «riqueza artística e histórica de la nación», según corresponda al ciudadano común, o en directivos.
El parque Leoncio Vidal, en Santa Clara, recibe a cada instante un atentado. Irrespetuoso fue colocar —taladro en mano—, una señal de P. en una pared del antiguo Liceo de VillaClara —actual casa de cultura Juan Marinello—, y de instalar “modernas” sombrillas Hollywood en La Marquesina, legítimo orgullo exterior del teatro La Caridad, un privilegio arquitectónico del país.
Las indisciplinas sociales e institucionales figuran a la orden del día, y requieren un corte de «atajos» para plantar un sencillo e imprescindible coto a las indiferencias. Son puntos de vista que alegan anónimos remedianos, y también trabajadores del Museo-Casa Alejandro García Caturla, antigua vivienda que en 1875 adquirieron los bisabuelos maternos del músico. Un siglo después de esa fecha se erigió en institución cultural. Entonces respetaron sus piezas principales, mientras se transformaron salones con diversos fines, lugares que atesoran mamparas y galerías originales, patio central, y pisos con baldosas de la época, excepto en el recibidor.
Lidia Esther Pedroso Martín, especialista, advirtió que las «colecciones de literatura cubana, firmada por sus autores, libros de jurisprudencia e historia, de música o grabaciones, pertenecientes a García Caturla, fueron reordenadas en 2014 para evitar deterioros por humedad. En noviembre y enero pasado las averías de los techos se “repararon”, pero no resistieron solución duradera. Persisten las irregularidades constructivas y la filtración continúa».
Entonces, «supimos qué ocurrió al lado. Levantaron una pared de bloques, paralela a la medianera del edificio-museo, y no la hermetizaron. Por ahí se escurren las aguas en períodos lluviosos. Aparece la humedad residual, y hasta partes del cielorraso se desprendieron», afirmó María Aleyda Hernández Suárez, museóloga que, junto a Pedroso Martín, lleva más de tres décadas dedicadas a preservar, investigar, socializar y difundir el legado histórico de García Caturla en presentes y futuras generaciones.
Casos similares surgieron con la terminación del hotel Barcelona, ocasión que afectaron los techos de la casa de cultura Agustín Jiménez Crespo, en la municipalidad. Pasó mucho tiempo para corregir las afectaciones. Ahora todo se repite cuando el Museo-Casa, el 31 de este mes, cumplirá 41 años de existencia.
Con las celebraciones del aniversario 500 de San Juan de los Remedios, escasas acciones de remozamiento se ejecutaron allí: siembra de unas plantas de ocuje en la antesala del portal para salvaguardar de los embates del sol aquellas valiosas colecciones ambientadas. También aplicaron pinturas exteriores, según informan trabajadores.

ÁMBITO DE CULTURA

Dicen que García Caturla, el jurista-músico, fue un hombre «contracorriente» en su ambiente social y cultural. Constituyó una fuente anticorrupción en escenarios puritanos, y revolucionó la composición del sinfonismo con temas afrocubanos. También levantó protestas, ciudadana y artística, contra la vulgaridad que convertían al «espectáculo cultural en plaza pública».2 En marzo pasado, a pesar de las puertas cerradas hacia el interior de la institución, el portal de su última vivienda, en calle Camilo Cienfuegos, sirvió de escenario colectivo para recordar el aniversario 110 del natalicio del más universal de los remedianos.

Diferentes agrupaciones artísticas se congregaron ahí con el empeño de rememorar un legado, una historia, «reclamada por muchas universidades y conservatorios oficiales»3 del mundo, como dijo Carpentier. También los especialistas idearon conferencias, conversatorios, y prosiguieron en condiciones anormales las labores de asesoramiento documental, y de conservación de las colecciones.
Nada podrá «detenerse, por lo que representa García Caturla para Remedios, Cuba y el mundo», pensamiento que alientan Pedroso Martín y Hernández Suárez. Ellas, al igual que el resto de los trabajadores, no desean que el Museo-Casa se erija en la “Cenicienta del Medio Milenio”, y se afanan en clasificaciones de papelerías y objetos que ingresarán el año entrante al Registro de Patrimonio Cultural la Cuba, un proceso de carácter jurídico que revalorizará las colecciones archivadas.
Ya que hablamos de leyes vigentes, ¿cómo es posible que ante tantos perjuicios no ocurriera una demanda legal? Las museólogas se encogen de hombros. Alegan un desamparo que, incluso, da pérdidas económicas y culturales al país. No se ingresan montos monetarios por visitas de turistas y la difusión de panorama musical relacionado con García Caturla, Agustín Jiménez Crespo, o la centenaria banda municipal, conservatorios y otros creadores del territorio, carece de socialización.
De no ser por aquella reparación capital de los años 80 del pasado siglo, un remozamiento que duró cuatro años, «hoy la institución estaría destruida por los estragos recientes que recibió en sus cubiertas», argumentaron las especialistas.
Aquí llegan turistas espontáneos, y otros que conocen de la proyección renovadora de García Caturla, y parten “decepcionados” porque no pueden penetrar en la institución, y encuentran parte de sus salas desmontadas. Hay aprobado un proyecto de Desarrollo Local, modelo de gestión que reconoce y promueve lo estatal y privado, pero no funciona. ¿Cuál es la razón? La iniciativa se denomina «Son en Fa, y no contamos con las condiciones mínimas indispensables para recibir a turistas nacionales o foráneos. Tenemos dificultades en los baños sanitarios —sin llaves y herrajes, o salideros de agua, y una pésima iluminación en las áreas de exposiciones», especifica Hernández Suárez.
De implementarse dejaría ingresos notables. Días atrás en la instalación irrumpió una brigada de constructores. Trajeron andamios, y otros materiales. Hasta revisaron elementos de la cubierta de la edificación averiada. Sin embargo, todo quedó ahí. No existe una plausible respuesta inminente para restañar los daños en una vivienda y una localidad en la cual jamás se podrá silenciar, mejor matar, el espíritu musical y creativo del mítico García Caturla, un compositor de universalidades legítimas.

Notas:

1- E. Rodrigo: «Impresiones Espirituales». Algo sobre García Caturla», en El Faro, Remedios, 2(196):1, lunes 5 de diciembre de 1932.

2- Alejandro García Caturla: «Crónica Musical. Septiminio Cuevas», en El Faro, 1(91):2, Remedios, lunes 16 de noviembre de 1931.

3- Alejo Carpentier: «Alejandro García Caturla. En el primer aniversario de su muerte», en El Faro, 11(1018):3, Remedios, jueves 10 de diciembre de 1941.

Tomado de: Cubanos de Kilatesfiesta-0401-caturla

Deshielo

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Foto: Bernardo Salazar

Dicen los turistas que quieren ver a Cuba, a la chica virgen, antes de que caiga en el sofá del mercado y la desfloren las cocacolas, el sprite, los casinos, el turismo cosmopolita. Quieren tocarle los senos a la muchacha, antes que se mustien, quieren olerle las esencias a Centro Habana, al Cerro, al periódico Granma, a los congresos, a los cartelitos del CDR, al muro invisible que les recuerda tantos muros visibles en tantas partes.
Los turistas, muchos de ellos estadounidenses, hablan de deshielo y pienso en frigoríficos, en películas sobre el polo norte, en la nieve cayendo sobre Moscú que no creyó en lágrimas, en el frío de un cañaveral a las tres de la mañana en diciembre. Pienso en un trozo de hielo de esos que se usan para el ron, piedra cuadrada e inmensa que ruedan por las calles en tiempos de carnaval.
En esta fiesta somos los desflorados, los raros, los puros; nosotros que nos creíamos heterodoxos, dinámicos, vivos. Ahora resulta que nos colocan en la vitrina de la Historia y un viejito vestido con mil trapos color beige nos tira una sarta de fotos. El calor los lleva Centro Habana abajo, los derrite, les pone marcas de sol en la cara, uno los ve tomar agua de pomito, averiguar por tal o más cuál calle, mirar los mapas constantemente, uno los ve con los hijos y los nietos (desorientados muchachos que te miran como si no existieras, como si todo esto no fuese verdad y tú y tu vida estuvieran preconcebidos, montados a exprofeso, un tinglado, un escenario).
Uno siente que envejece ante la mirada de estos turistas, me salen arrugas, el pelo se me destiñe, soy más blanco de lo habitual; de repente uno de esos vendedores de maracas me confunde con extranjero e intenta meterme gato por liebre. Han pasado sólo segundos y ya se siente la cercanía de la muerte, como si vivir fuese una tarea cuestarriba en estas tierras raras, desprovistas, desoladas, baldías, yermas, llenas de una moda demodés.
Yo me doy por vencido una vez más, decido irme de la Habana, correr hasta mi cuarto en Remedios, tomar la Biblia, leer a Martí, a Lezama, saber que quizás me queda poco o que nunca tuve demasiado tiempo, que no es el momento ni el lugar, que los oasis no son para siempre, que ahogarse es normal sin que medie el mar ni el río.
Hay quien se ahoga en seco, como en aquel cuento de Virgilio Piñera, pero según los turistas yo me estoy ahogando en un trozo de deshielo, o sea que probablemente mi cadáver aparezca en los próximos carnavales, metido en un tanque de cerveza fría.
De cualquier forma resulta incómoda esta situación de vitrina, donde tú no encuentras el rostro humano ni el gesto amable, donde todo encanta mientras más se desluce, donde los edificios fantasmales y llenos de aditivos de mal gusto son el goce de los chicos de Canadá, de Inglaterra, de los viejos de Austria, de los españoles con sus risas sonantes y de los alemanes, que miran todo como quienes todo lo entienden o como quienes nada entienden.
En esta isla estrecha rodeada de tantos tiburones, no hay mucho sitio adonde ir, los refugios se tornan quimeras, uno los inventa, los recrea como si fuesen ciudades invisibles, uno juega con la idea de Marco Polo y el Gran Khan, con Italo Calvino, uno cree que quizás la idea de isla es solo eso, una idea, finita y moribunda, que detrás de esa isla hay continentes, monasterios, pasillos con olor a libros.
Uno quisiera que este deshielo no fuese tan público, tan espectacular, todos parecen buscar un palco o una sitio en la platea, hay quien se sienta delante del televisor para ver las cosas a distancia y tener la libertad de cambiar de canal o quitarle el volumen. Uno se siente derretido delante de todos, uno nota esta desnudez desprovista que nos asalta en medio del sueño, uno corre y busca esconderse, pero las cámaras salen raudas y uno ocupa las portadas de todos los periódicos o un pedacito en el álbum de viaje de algún sueco.
Uno quisiera borrar todo el escenario lo más rápido posible, pero el hielo tarda en desaparecer, es un asunto muy lucrativo esto de irse muriendo de a poco.

Café

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Este café ya no tiene chícharos

Hoy no tomé café en la mañana, supongo que rompí un ritual, un código de esos que mantienen mi vida en una onda coherente y enlazada al presente más inmediato. Supongo que no tomar café viola miles de rutinas, reglas, manías, que es el fin de algo muy largo y el comienzo de algo muy largo o muy corto, pero desconocido.
La mañana tenía olor a albañales, mosquitos (sí, olor a mosquitos), gas de la calle, averías. La gente tiene también sus olores, mi vecina por ejemplo huele a ausencias y a refresco gaseado de limón, a pérdida irreparable y celular encendido, a disco mp3 de alquiler y series comerciales del paquete audiovisual.
De todas formas, sin que mediara nada trascendente, decidí romper el ritual del café, ese que daba sentido a la vida, que teñía todo de inicio, de inauguración, de nuevo, de olores por conocer. Pero el café dejó de funcionar como catalizador, como elixir de vida, como ambrosía de dioses mortales, como puerta metafísica.
Ya lo dijo Stephen King, “yo soy la puerta, la carretera”.
La carretera central me trajo a este apartamento-cárcel, donde descansan las metas de 28 años, las supuestas metas, tan disolubles como el sabor del café que ahora rechazo, tan poco concretas como el concreto de las aceras rotas ya para siempre. “Yo soy la puerta, la acerca asfaltada, el camino concreto de concreto”.
Café, ya no te busco, no quiero verte, no hay nada en ti de misterioso, no me sirves en un presente marcado por noches de insomnio gratuitas, donde las lecturas se fueron a pique.
Café, mejor será leerte en inglés, en americano, o peor, será mucho peor, porque no me sabrás igual, me sabrás a inglés, a americano, se me irá tu sabor en la mañana, se irá el gas de la calle, se diluirá la corriente y alguien dirá que eres americano, que soy americano, que Stephen King tenía razón “soy la puerta, la carretera”. Lojamericano, como dice la gente, están de moda, ya no más el café con chícharo, sino la McDonald, el pato Donald y Rico McPato. Las modas hace tiempo rigen los tiempos y las dietas, las cuentas saldadas y las deudas, los alientos y las mesas vacías o llenas.
El café se va por el caño de la calle Reina, justo en la esquina en que el Gran Tony Menéndez monta un espectáculo-imitación con luces y aplausos americanizados, todo lo yanqui nos alela, nos pone de moda, nos coloca en la cuerda de lo cool. No importa lo gordos que seamos, lo flacos que estemos: la comida chatarra nos espera al final del túnel, de la puerta, de la carretera. “Yo soy la puerta….”
Stephen King se me vuelve café, se diluye en la tasa, lo bebo, lo leo, es la esencia de estos días, pero en la vida real él nada tiene que ver, muy poco he leído su obra narrativa (es lo peor de lo yanqui lo que tengo a mano, es lo yanqui kitsch, es el Ratón Mickey pero en su versión más vieja y navegando un botecito de vapor).
Obama viene, y la gente piensa en un carro llamado La Bestia, animal de hierro, blindaje que cruzará las calles de adoquines, los reflejos de la tarde en una Habana vana, Habana de infantes difuntos, Habana Cabrera Infante, Habana cabrona infantil. La gente se babea como bebés ante la bestia, quiere jugar con el carrito, resarcirse de la falta de juguetes, del periodo especial, del malecón, de la lluvia de los programas de restauración y de la voz de los pregoneros.
Pienso en lo yanqui y me siento tan infante difunto, tan café Starbucks, tan cartel lumínico, tan Habana ajena, Habana otra, Habana pavo real, pavoneándose en el animal, en la Bestia, en el carruaje de la Reina Isabel, en la chiringa del Dr. Chiringa, en la cara del monstruo capitalista, bicho crucero, bicho tragamonedas. Bicho pre-59, bicho antediluviano, de la era Eisenhower o quizás anterior.
Bicho americano, que nos convierte en bichos en nuestra propia bichera, que nos trastoca, que nos muerde, que nos jode.
Obama no decidirá nada, pero somos nosotros quienes le damos a decidir, nosotros quienes no bebemos café y nos preguntamos cuánto cuesta una McDonald, y cuál es el sabor de una Coca-Cola, y si por fin la marihuana debe legalizarse junto a la pornografía.
No sé qué nos pasa que vamos como locos alelándonos en este marasmo de noticias, donde todo gira alrededor de un hombre, donde el hombre se deja de llamar hombre y se llama Nosotros, donde nos hemos diluido en el café foráneo, café otro, otredad que nos indefine y se lleva el olor a caños y gas de la calle.
Sé que con el café se ha roto un ciclo, que quizás fue mucho más que un ciclo, pero ya no importa, supongo que es natural.

París

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París será siempre esa Ciudad Ideal, incierta en libros y pinturas, cuadro impresionista cuyo conjunto sólo resulta visible en el distanciamiento. Julián del Casal murió de risa, sin ver nunca las iluminadas cúpulas del Montmartre. Un viaje costeado por sus amigos terminó en el cruce de los Pirineos, cuando el poeta dio marcha atrás, temeroso de que la Luz recreada durante décadas, se volviera cenizas al contacto con el París real, repleto de gente vulgar y corriente.

He visto el filme colectivo “París yo te amo” con el alelamiento de Casal, me he mirado en las aguas de ese Sena idealizado y oscuro, donde se hunden los cadáveres de tantos suicidas. Hacía meses que necesitaba algo así, desde que revisionara Annie Hall del Maestro Woody. Supongo que debo empezar aclarando que siento aversión hacia las comedias románticas, de hecho no me flipo el melodrama. Odio las novelas mexicanas, colombianas, brasileñas, cubanas, japonesas. En fin, no se me dan las historias-esquemas; donde el principal valor es lo predecible. Por ello, cuando escucho de algún filme sobre conflictos amorosos, generalmente paso de largo. Y con “París yo te amo” iba a suceder lo mismo.

Pero uno se aburre, el trabajo se vuelve un tedio sin marcha atrás, y las oportunidades son barcos de papel que se fueron alcantarilla abajo, hacia ninguna parte. Entonces, cuando llega esa hora gris de la tarde, en la soledad de las moscas y la mirada fija en el techo de la alcoba; uno echa mano a la primera película, al libro más cercano. Toda obra banal nos parece salvadora. Las más de las veces uno termina durmiéndose con el libro sobre el pecho (aclaro que yo no ronco) o delante de la pantalla encendida, con la mente en el quinto sueño. Pero con esta peli pasó algo raro: eran historias sucesivas y cortas, me llevaban de una calle a otra de la ciudad, y viví de tal forma la vida que siempre quise en un París ideal, luminoso, aventurero y artístico.

De entrada todos los protagonistas cuentan con un dejo de soledad que bastaría para volverlos encantadores. Sombras que de pronto se iluminan, descubren la felicidad, y se quedan en ese estado de gracia al parecer eternamente. Una señora gorda y vieja, soltera, decide invertir los ahorros de toda la vida en encontrarse con su único amor: París. Una vez iniciado el romance, las cosas no resultan tan ideales como en los sueños, pero ella termina embelesada, en un jardín público, mientras contempla a su bello y gigantesco amante. En otro memorable pasaje, una vampiresa se enamora de un muchacho; pero decide dejarlo por no hacerle daño, él tiene un accidente y cuando está entre la vida y la muerte, ella aparece y lo muerde. Así se inicia un enamoramiento que el público adivina eterno y apasionado, a juzgar por las mordidas sensuales que cierran la última escena.

Podría seguir mencionando otras historias, de desengaño, de encantamiento. Cuentos de hadas y de brujas; inolvidables por intensas. Uno las mira y se siente vampiro y vagabundo, amante y solitario. Ese París recrea su propio ideal de una forma casi perfecta. Luego de ver el filme casi siento el temor de Casal: quiero que la ciudad quede para siempre de esa manera en mi mente, arruinarla con una visita al mundo de la vida real, los bocadillos y la suciedad del Sena, sería un craso error. Yo quiero como el poeta la oportunidad de morir de risa, y no la melancolía que dejan los sueños desvanecidos. Después de ver “París yo te amo”, no sé si quiera visitar París. El Ideal es por ahora preferible a la idea exacta, veremos qué lectura o peli me aguarda esta tarde, cuando cierre la puerta de mi alcoba y me halle solo, junto al techo húmedo y el tedio.

Un hombre solo en una esquina

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Foto: Bernardo Salazar

Un hombre tiene cara de haberse quedado solo, como yo. Parece estar en una esquina de cualquier ciudad (eso no es importante). Lo veo levantarse, ir unos pasos, asomarse. Nada espera, el aliento se le deshace, la vida ha dejado de ser.
Cuando pequeño creí en la bondad de la gente, de verdad. Luego aquella candidez se emborronó, los intereses fueron conformando el rostro macabro de los demás y mi timidez fue un asunto no solo redundante sino definitivo.
Así nos ha pasado a todos los hombres solos, empezamos un día a quedarnos aparte y después viene lo cotidiano, esa eternidad igual, monótona, donde se rubrican las firmas más fatales.
Un hombre en una esquina parece quedarse solo, y yo me siento a su lado, le digo que no está solo, que se calme, pero no puedo estarme quieto yo mismo, me voy de un lado a otro.
Las soledades son incurables, injustas, duelen.
Sin embargo creo que no nací solo, tengo casi la certeza de que en mi venida hubo una especie de doble encantador, alguien invisible, pero ese hermano ha dejado de ser con el paso de los años.
He asistido a la muerte prolongada de mi felicidad.
Lo peor es que a nadie le interesó nunca eso, desde el principio.
Y ya a mí deja de interesarme, estoy asistiendo a mi propia muerte.
Lentamente la figura del hombre solo dobla la esquina, lo veo emborronarse, volverse polvo, volverse tarde.

Las islas también se escuchan

Cae la tarde sobre la Polivalente, el parque de los ensayos

Fotos: Yánder Zamora

La Habana es una isla dentro de la isla, una capital repleta de islotes donde el color verde, el mar y la música se muestran atrevidos, melancólicos. Las trompetas, los saxofones, los timbales, las tumbadoras llenan las mañanas, las tardes y las noches. Los instrumentistas se transforman en seres resistentes a la lluvia, al frío, al sol ardiente de las doce del día, a la soledad.
Un parque aledaño a la Sala Polivalente Ramón Fonst se convierte, cada tarde y hasta entrada la noche, en uno de los islotes mágicos de la Habana
Sonidos que expresan el alma de islas individuales cuyas historias son sueños dignos de contarse. Sueños que a veces se vuelven reales y otras tantas quedan entre las sombras de los árboles del parque, cobijados a la espera del próximo saxo, del acorde exacto que recomponga los hilos dispersos de la suerte.
Los sonidos se funden en esa amalgama de suerte y desdicha, de virtuosismo y aprendizaje, de vida y desilusiones.

Pedro Pablo Hernández, conocido como Campeón, ensaya en la Polivalente desde 1982
Él por ejemplo se nombra Pedro Pablo Hernández, pero prefiere llamarse Campeón y desde 1982 viene a la Polivalente para ensayar. Se define como amante de la vida, religioso yoruba y consagrado al estudio de su instrumento: la trompeta. Usa un sombrero blanco, me mira y me sicoanaliza, lee mi carta de la suerte. Dice que soy hijo legítimo de Babalú, de Oshún, algo le habla desde el Más Allá. Quizás por eso no se cansa de la música, porque le ve el lado mágico.
– Yo soy el tesorero de mi edificio y todo el mundo me quiere, pero por eso mismo no debo molestar con los ensayos. Como mucha gente, todos los días me traslado hasta aquí.
Campeón aún no logra el sueño de todo músico: viajar, la fama, grabaciones, conciertos en grandes escenarios. Toca para la Unión Latina, una agrupación habitual en bares nocturnos. Sin embargo, hay en él una determinación innata que aviva sus esperanzas.
-Nací en una tabla de planchar en el año 60, me cortaron el cordón umbilical con un hilo de coser y siendo un bebé me tomé un pomo de anís estrellado. Nunca me enfermo, siempre sobrevivo todas las crisis, algún día se me abrirán las puertas.
Viene porque la ciudad carece de un salón de ensayos, porque el deterioro de las casas de cultura dificulta un espacio fijo con ese fin. Viene además porque la Polivalente es una hermandad, la unión de intereses, la isla dentro de la isla.

Campeón además practica la religión yorubá, cree en la magia de la música
-A esto le decimos la Escuela de los Trompetas –aclara Rolando Llerena Espinosa– aquí estudiaron grandes maestros, como Nilo Valles, uno se nutre también con las conversaciones.
Llerena no tiene reparos en recorrer 9 kilómetros hasta la Polivalente varias veces a la semana, aunque sabe que el sitio se torna hostil cuando cae la tarde.
-Se han dado asaltos aquí cerca contra los músicos, pero vale la pena venir. En Guanabacoa me menosprecian, creen que no tengo futuro, que pierdo el tiempo, allí molestan mis ensayos.
Es que el sitio es inclusivo, lo frecuentan consagrados y noveles, casi siempre prima la camaradería, el trago de ron, la descarga.
-Nosotros nos pasamos técnicas para ensayar que bajamos de internet, nos criticamos de forma constructiva, hasta intercambiamos contratos de trabajo en los centros nocturnos –agrega el joven Damián Leal, quien toca en la Banda Municipal de Guanabacoa.

Damián Leal, Luis Hernando Chávez y el mexicano Alfredo Ibáñez ya son amigos inseparables (nombres de izuierda a derecha).
-Pasé por el lugar y me llamó la atención la fraternidad, así que vine a hacer amigos, sólo toco la trompeta por hobby, estudio derecho, la música cubana y el jazz me llenan el corazón –Alfredo Ibáñez es un mexicano de 38 años quien además se muestra impresionado por la calidad acústica del lugar, por los enterramientos religiosos tan abundantes, por la magia que se hace sentir.
Hacer amigos es un privilegio, este es un lugar salvador también para jóvenes como Luis Hernando Chávez Piloto, de 21 años, trompetista de la orquesta de Pablo FG. Aquí encontró su destino, los amigos, el amor.
-No soy graduado de música porque en séptimo grado una profesora se encarnó en mí y perdí la escuela. Mi padre se sintió muy triste, se esforzó desde entonces trabajando en el campo por 30 pesos al día, para pagarme las clases de solfeo. Una vez estaba ensayando en el patio de mi casa y por una denuncia de los vecinos acabé en la estación con un acta levantada, supe que debía buscar mi espacio y apareció la Polivalente. Soy de la provincia de Mayabeque, aquí empecé viviendo en la calle 23 en una casa prestada y ahora estoy con mi novia en Reina, muy cerca del parque de la Fonst. Todo lo que logré se lo debo a mi padre y a este sitio, con el que tengo un vínculo fuerte.

Luis Hernándo, a la derecha, narra cómo se hizo músico gracias al esfuerzo de su padre
Piloto le da gracias a Dios porque todo le fue bien con la trompeta, mientras proyecta el sonido de su instrumento contra las alejadas paredes de la Terminal de Ómnibus Nacionales. Dice que el lugar parece una explanada de conciertos, que la acústica es espectacular, pero igual reclama unas luces para el sitio.

Luis Herndando Chávez Piloto y Damián Leal ensayan la misma pieza, para mejorar sus destrezas técnicas, nombres de izquierda a derecha
Las sombras de los árboles se mueven en medio de la isla de los instrumentos, la fraternidad trasciende las suertes individuales y la música es un ser colectivo que nos cobija. Me quedo entre ellos, una botella de ron va y viene, yo me siento un artista más.
Las sombras, por un instante, ceden ante la luz de la tarde-noche.
Un grupo de curiosos se detiene a escuchar la descarga de jazz improvisada, alguien recuerda a los “polivarenteros” que ya no están, porque fueron a otras islas y continentes.
Al regresar a la redacción entro a las redes sociales, pido unirme a un grupo: Polivarenteros en Facebook.
Yo sólo soy periodista, no toco ningún instrumento y ya me siento parte de algo más grande.

Los sonidos de los trompetistas llenan la tarde habanera

(publicado originamente en OnCuba)

Antes del Fantasma

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Foto: Chuchi

He visto muchas veces esta casa, la vi desde el callejón, desde la calle de la mar, desde el techo de un vecino, he visto la casa desde el interior de la casa misma.
Recinto manjar, recinto vital, místico, abstracto.
La casa se ha vuelto un horno donde cuezo los sueños y las pesadillas, sueños de un pasado, pesadillas del ahora.
Así ha quedado, sólo veo la mugre y la mortandad.
La veo a distancia, sueño sus balaustradas, sus respiros.
Pero la casa ya no es casa y se diluye, se la llevan los mercachifles, la regalan los agoreros.
Sí, allí vivió Amelia Peláez. No fue remediana, pero lo fue, no vivió siempre allí, pero vivió siempre ahí.
Hubo un vitral, una luz, un caballete, una visión.
Ahora sólo me queda la visión, abstracta y tangible, cruda.
Así está la casita de Amelia en San Juan de los Remedios, obra de buenos sería soñarla de nuevo, que sus paredes no caigan, que su olor no fenezca, que su fantasma no venga.
Así quedó la casita, azotada por el tiempo, el hombre y el clima, pero más por el hombre.
Mejor no dejarla, mejor mostrarla ahora antes que no se pueda mostrar jamás, así está, hagamos porque esté, al menos eso.
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Otra vez Remedios

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Foto: Bernardo Salazar

Que quisiera irme ahora por la calle de la Bermeja y embarrarme de fango rojo, que añoro caminar entre vendutas de mangos o a través de silencios madrugadores, que recuerdo perfectamente aquel callejón fantasmal, brujero, negro, oscurantista.
Remedios, cómo han de rutilar tus agujas en las iglesias, tu paisaje verde que anilla las calles, tus techos medio caídos, las tejas con polvo, con tierra, con ratones y cucarachas ya legendarios.
Que quisiera dormirme en un portal en el frío de esas baldosas que tanto caminé, a pocas cuadras del parque que me crió, que me dio su seguridad, que me miraba ya severo ya risueño.
Que adivino el cambio definitivo y a veces quisiera retraerme, invitarme a un pasado que no existe como todo pasado.
Sí, todo eso, pero ya Remedios se torna una mancha que sustituyo a borrones, que dibujo a lápiz y torpemente.
Ya Remedios, la mía, se vuelve este dibujo y cuando vuelva el callejón será diferente y parecerá raro el sabor a mango y habrá demasiada luz en la calle Bermeja y el fango será un fango limpio.
Veré todo más perfecto, más actual, más nuevo.
El viejo seré yo.

Colgado de la noche

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Foto:Bernardo Salazar

La carretera está caída, cuelga en un pedazo de la noche, sus brazos son dos huecos pendientes de otro hueco. Yo sólo huelo el azar y apresuro el paso, miles de yutones salen rasantes, miles de aviones, los viajes son infinitos y salvajes, la gente no sabe adónde va mientras deja regados el pecho, el cerebro, todo su mucho o poco dinero.
Yo sólo miro la noche, mi noche que es como un detenimiento, esa noche que comenzó hace años y que no quiere irse. Noche estática sin luces, noche de carrusel ficticio, noche sin noches reales, oscuridad fluorescente que alumbra mis pasos por el parque de Remedios o por la calle Reina de La Habana. Teléfono descolgado que avisa de mi soledad, del silencio que sale de cada hueco en cada brazo colgante de este azar de sobrevida.
La carretera bien pudiera ser una interrogante o tener implícitas todas las respuestas, o ser una respuesta a una interrogante que nunca existió; todo parece al cabo posible, o todo parece imposible.
Al final lo mejor es no preguntarse y seguir, que los pasos queden uno a uno en el fango de la noche, en Remedios o en Reina.
Al final la lluvia es siempre ese duendecillo que sigue chillando.
He visto muchos rostros en la noche, el peor era el mío, yo con cara de interrogante, yo con cara de respuesta, yo sin saber nada, yo sabiendo todo. Yo siempre ese yo fluorescente, como una luz nocturna, como el alumbrado público deficiente.
Busqué muchas noches esa verdad, iba con sabor y olor a vino, mis pasos eran una corredera de miedos. Yo sólo puedo tambalearme cuando llega el momento de la búsqueda.
12736434_1033434246700177_154939300_nUn amigo dirá como siempre que me pierdo, otra dirá que no defino, que mi flecha se desfleca, que se desvía a propósito.
He gastado muchas noches esperando la tragedia definitiva, las tramé luego de tardes de vino, de alcoholes, las tramé debajo de un poste de luz, en la ciudad de la absoluta soledad, allá donde llueven chismes y el cuerpo y el alma desaparecen o nunca nacen.
Remedios bien pudiera ser Reina y viceversa. La soledad tiene ciclos y yo ya no tengo rostros para resistir, la soledad es la verdad misma, es el sabor a verdad que tanto enmascaré con el vino, con lo amargo, es lo dulce que molesta, la duro de vivir en ciclos.
La noche pende de la noche y esa noche pende de otra.
Yo pendo de todas las noches y sólo puedo ver el soplo de las yutones, de los aviones, de los viajes, de las cabezas olvidadas.
Yo sólo puedo olvidarme junto a las cabezas, recostar mi cabeza en el almohadón, verme florecer como una nube.
Sólo soy la antítesis sin tesis, el nacido sin nada.
Una nada nihilista que yo representaría así: 3(N).
Las noches sólo penden, a ellas qué les importo yo.