El malestar del inmovilismo

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La esquina de mi casa es una entelequia de lo quieto, del momento vivido

El inmovilismo es un mal de fondo, atraviesa el diseño de nuestra sociedad, traza monumentales ministerios, planes donde sólo cabe aceptar una economía patética, pero sobre todo es un defecto heredado de lo militar. La Unión Soviética se sumió en la década del setenta en una era de ralentización donde se afincó su carácter de maquinaria atrasada y dependiente de las exportaciones de gas y petróleo, una especie de gigantesca colonia que dejó detrás los planes de modernización. Un inodoro o un televisor rusos seguían siendo los mismos que en los años sesenta, cuando se estaba ya en los ochenta. La palabra nomenklatura, filtrada hacia occidente a través de los libros de los opositores, se adueñaba de los espacios de debate y asfixiaba toda disensión en un dos por tres, con sólo acudir a la todopoderosa burocracia.
Cuba es una hija del siglo XX y, aunque se intente negar, del experimento socialista de dicha centuria. En nuestra isla maltrecha y errática persisten fisonomías de gobierno y formas de hacer propias de Europa del Este. Los sindicatos por ejemplo renunciaron a su derecho a la huelga, la sociedad civil se reverdece sólo en tiempos de confrontación para oponerla a concepciones foráneas. En la fórmula predominante encaja el viejo dicho popular de que “aquí ya todo está inventado”, máxima burocrática que suena a cuartel y que es ajena a la cosa pública propia de las democracias. Como hija del experimento del siglo XX, nuestra deuda está con esa participación genuina. Es cierto que cualquier persona de cualquier procedencia puede ocupar cargos públicos, pero no deja de ser una verdad pétrea que los niveles de gestión de determinados funcionarios son ínfimos, al no contar con respaldo en recursos. Los gobiernos locales encarnan extensiones del centralismo y casi viven pidiendo permiso, los delegados de circunscripción fungen como simples informantes de problemas.
Otra deuda grande con la democracia es el voto directo sobre los cargos más determinantes, como el de gobernante de una provincia, curul del parlamento, magistrado de la Asamblea Nacional o el presidente mismo del país. Que el poder de nuestro brazo votante llegue hasta la esquina del barrio subsiguiente no genera sinergias muy positivas en la masa de la credulidad. Todas estas reformas podrían hacer de Cuba un país más empoderado, sin que se acuda a la fórmula del pluripartidismo ni a su derivación peor: la partidocracia. Bajo un sistema directo no harían falta una agrupación política, ni una ideología oficial. Claro está, el ciudadano buscará siempre la manera de organizarse y de pensarse y eso es la política, pero se saldría del callejón que propone ahora mismo esta inmovilidad que nos carcome.
Comoquiera, no veo que en las más recientes proposiciones se aborde el asunto de esta manera, más bien se vislumbra un continuismo que pudiera estar generando el éxodo descontrolado y caótico de miles de jóvenes. La ausencia de participación es la ausencia de un horizonte. No veo que diarios como Juventud Rebelde, que debieran abordar el fenómeno, se preocupen por tales asuntos. La prensa es una crónica marciana de un país que nadie cree, pero eso no es más que otra derivación de nuestras deudas democráticas, participativas, horizontales. Esta verticalidad del poder, este gen del siglo XX que proviene de la ralentización soviética, impide que los reflejos sean claros. No importan la nitidez del espejo o las buenas intenciones del que plantee el problema, pues el estigma y la acusación estarán en los labios de pagados cancerberos.
En definitiva, a Cuba la persigue el malestar de la democracia, un mal que ha sido omnipresente en todos los sistemas desde que se piensa y se habla de manera política. Pues el hombre siempre está inmerso en una vida que lo sobrepasa y es su naturaleza el intentar comprender ese algo más allá (Kant lo llamó la cosa en sí, inaprensible, por lo que debemos conformarnos con la cosa para sí). El dilema de la participación va más allá de un logo, de una consigna o del voluntarismo con que se comporten determinados líderes, sobre todo porque el malestar de la democracia va aparejado a su contrapartida: el bienestar de la burocracia, cuya bonanza depende de niveles de ralentización de la dinámica social e histórica. Cada paso hacia delante que da el hombre debe contar con el beneplácito de una exigua minoría empoderada que nos vende la imagen de mayoría. Así, la dictadura del proletariado de Lenin terminó siendo en manos de Stalin la dictadura a secas, pues del poder de un partido se pasó al de una vanguardia y de allí al comité central y por último a las manos de la nomenklatura. Lo que fue un cambio del autocratismo del Zar hacia la desautomatización, regresó a manos de diferente color (de blanco a rojo) pero de igual invalidez democrática.
La participación no es una cuestión baladí, ni algo que deba soslayarse, tampoco se concibe esta sin la representación pues es imposible tener un ágora de once millones de cubanos, todos en una plaza y a la vieja usanza ateniense. Por tanto el talón de Aquiles está en los mecanismos electorales intermedios que cortan la comunicación y los niveles de criticismo desde la base, generando la inmovilidad de todo el sistema. Fenómeno este último que no creo sea fruto del desconocimiento o la ingenuidad, sino del interés y el ansia conservadora del núcleo duro del sistema: la nomenklatura. No obstante, el reto del socialismo con rostro humano está en revertir todos esos males, pasando por encima de nombres y viejos heroísmos que ahora nada aportan al presente.
No podemos seguir en un país decretado, ni la esfera pública debe enclaustrarse en dos reuniones parlamentarias al año, cuando nuestro sistema único en el hemisferio aún tiene las máculas elementales de un experimento. Por tanto, si se quiere un partido único este ha de comportarse con máxima e inconforme democracia, deberá ser además una institución irreverente y no conformista y vertical. La inclusión, más allá de una filosofía oficial y una visión marxista del mundo, signaría a esa agrupación de seres humanos, sector que por demás tendría que ser el más tolerante, el más dialéctico, el más abierto a que se disienta dentro o fuera de la organización. Veo muy poca filosofía de la historia entre las filas militantes de esa agrupación que nos gobierna, y sí noto mucha terquedad, estrechez de miras e imposición en no pocos cuadros.
José Martí era contrario a gobernar el país como un campamento, él que unió a los más grandes héroes de la Gran Guerra no estaba a favor de las armas. La contienda y el militarismo estaban ahí porque las circunstancias impusieron sus leyes, pero el Apóstol construyó una imagen de la República con todos donde ya estaba la idea directa de la participación y la inclusión de los cubanos. No podemos abandonar esa visión martiana para ir detrás de experimentos que son como fuegos fatuos, porque ni China ni Viet Nam tienen nada que ver con nuestra historia. La primera hoy es una potencia hegemónica, pero ello tuvo un costo humano elevadísimo que sólo un país tan poblado era capaz de soportar. La segunda es una tierra de sufrimientos impensables, donde las secuelas de la guerra están por doquier y hay un ansia tremenda por sepultarlas.
Si el problema es de modelos, vayamos directo a las raíces, quitémonos los grados militares y miremos de frente al ama de casa, al jubilado, al intelectual, a todos los que dan y dieron su vida laboral a cambio de un exiguo salario de 20 o 40 dólares al mes. Ellos dirán qué debemos hacer. No hagamos como que nos reunimos y discutimos, no a los simulacros de democracia, sino que debemos hacer que la participación sea real y que quien mande sea el pueblo. Vayamos a los centros laborales donde hay jóvenes recién graduados, al turismo donde están tantos que dejaron a la vera hermosas carreras y preciados talentos porque la vida se les encarece. Ese es el país que hoy tenemos y si no quieren verlo peor para ustedes, peor porque la historia sí tiene ojos y sí obra, la historia jamás será inmóvil ni estará en la piedra.
Participar es la palabra, lo demás es inmovilismo.

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