Breve esbozo de un servicio social

caibarien

este fue el sitio de mis descansos en medio de la nube de tormentas

Las instituciones no tienen culpa de la estupidez que predomina por temporadas entre su gente, como tampoco el país, este que amo con idolatría martiana, carga con el fardo de las mil y una estupideces decretadas o cometidas. Hace poco hice una llamada telefónica a la emisora donde trabajé como periodista durante tres años, el centro laboral donde creé mis inicios como profesional junto a otros seis recién graduados de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas. Quien toma el teléfono del otro lado no dudó en decirle a alguien más que yo era periodista, la frase pudo ser inocente pero lo dudo mucho, los sufrimientos durante el servicio social de todos nosotros, los jóvenes, atestiguaron otra dolorosa verdad. Ese ser que negó de facto mi cualidad profesional, pasó raya a tanto periodismo atrevido que hice a contrapelo de la censura, hablo de alguien que en su vida tuvo un ápice de orgullo y valor para defender públicamente ninguna verdad popular, ningún dolor colectivo, ya que ello pondría en peligro su exigua carrera como artista menor e improvisada a través de bizarros mecanismos.
Ser periodista va mucho más allá de un título colgado en la pared, pero ahí está, puesto en la sala de mi casa, con su cuño dorado. Ser periodista es muchísimo más que un curso de habilitación del Instituto Cubano de Radio y Televisión, donde como sabemos sobran los vicios y faltan las habilidades. Las instituciones no tienen la culpa de la estupidez de su gente, pero vale señalar cómo se irrespeta al profesional y se le desconoce, sobre todo porque amén de apagones en los medios oficiales, siempre hice periodismo a través de estas vías alternativas (blogs, magazines digitales, redes sociales). Maneras estas últimas que ya sobrepasan el viejo decir y que generan quizá más cambio real que la asunción de una línea editorial oficialista. Restricciones que jamás asumí a pie juntillos, a pesar de mi corta edad y de estarme jugando quizá lo único que junto a mi patria y mi familia he amado tanto: el periodismo.
La emisora no obstante me recuerda tantas felicitaciones de un pueblo agradecido y harto de banalidad, de un pueblo que creyó otra vez en las verdades y en la lucha, que vio en la comunicación un arma honesta, su arma. Hay tanta ignorancia en una frase como la suma de toda la ignorancia del resto del mundo. Y tanta maldad, tanto desasimiento del espíritu que jamás saldrá de allí un artista genuino. Es como si de un plumazo se borrasen esfuerzos, dolores, partos. Plumazo alevoso, pútrido, sin sentido y salvaje, propio de desalmados que no podrán escribir una línea de belleza. Pensé mucho lo de escribir sobre esa emisora, donde hay quien me quiere bien, pero que tantas lágrimas les costó a los bisoños salidos del seno de la academia, esos que de pronto se vieron como parametrados, prohibidos, moribundos en algún castigo infernal. No éramos nada, no teníamos esperanzas de nada, no haríamos nada; tales sentencias cayeron sobre nuestras cabezas cada día una y otra vez en medio del fárrago editorial mediocre, que no permitía ni línea de réplica. Y contra ese fuego hice periodismo crítico, contra la estupidez inevitable y omnipresente. Así que donde tanto quisimos cambiar, nada ha cambiado, donde tanto hicimos nada hacen ellos aún. Y en ese nihilismo del discurso caen los medios estatales codeados con la claque de un sector sumiso, seudo profesional y banalizador de audiencias. El gran problema de este país está en que todavía tienen que aprender a Respetar (con mayúscula intencional), pues el hombre es más que un título o una posición temporaria, y al hombre tenemos que ir los humanistas, así seamos o no de academia. Y aquellos que reniegan del aire liberador de los libros y las aulas, por lo menos tengan en cuenta la valía y el esfuerzo de jóvenes y familias que, en medio de tanta cosa vana, prefirieron el conocimiento, ir a la universidad, llenarse del espíritu que pueda quedar en estos lares envilecidos.
Nunca me equivoqué cuando en innúmeras reuniones dije que allí, en Radio Caibarién, hay elementos que le hacen la guerra a la brillantez y las ganas de hacer. Afirmé aquello como siempre lo hago, de frente, quizás con el belicismo de mis pocos años y la confianza excesiva en el hombre que deriva de mi cualidad humanista, pobre de mí que de pronto creía demasiado en mí y en los demás. Y aún sé que este post pudiera generarme sinergias poco sanas, no obstante su nivel de argumentación sincera y el desprejuicio con que digo. La hegemonía revolucionaria, fase intermedia en el entendimiento hacia la democracia plena que es el centro humano del socialismo, no se me hace posible sin una función honrada de la prensa. Periodistas que pacten con un mal evidente y gratuito, que vean en la juventud al leviatán de sus míseros intereses, no le hacen ningún bien a la patria. Radialistas habilitados, que pudieran hacer mucho, se callan por protección y terminan siendo las termitas de una realidad carcomida. Esa complicidad tiene un precio, ese escepticismo hacia los jóvenes quizás no tenga vuelta atrás, esa negación de la negación sólo conduce hacia un eterno negacionismo.
Pobre de ese ser que me decretó ya como “no periodista”, su visión profesional es un papel, un título, su fe no deviene de un sacerdocio. Pobre de un país donde la perspectiva de un joven inconforme, peludo o no, rockero o no, talentoso o no; ya genera crispaciones y ondas de choque. No parecen doler tantos chicos y chicas, decentes, que en lugar de estarse en una universidad prefieren ahora mismo un paladar por la siempre mísera cantidad media de cien pesos diarios. Sin embargo, cuando alguien de mi generación levanta la voz con honestidad, desde cualquier tribuna, llueven los estigmas aún si el móvil fue el patriotismo, aún si la razón asiste. Yo en lo particular no estoy de acuerdo en que se cambie el talento de una generación por un poco de cuentapropismo mediocre, sino que quisiera que esa emisora, la CMHS, donde trabajé, me enamorara, me diera a mí y a los demás los sueños que merece todo joven.
Recién acabo de ver a una chica de Holguín graduada de asistente de círculos infantiles, un trabajo precioso, quien por verse ahogada en su provincia entre la carestía de la vida y el bajo salario, migró a Artemisa, una provincia cercana a La Habana. Ella hoy trabaja en un paladar en la calle G de la capital de Cuba, y casi toda la ganancia neta diaria la invierte en el alquiler y en transportación. Así se pierde nuestra perspectiva de socialismo, de humanidad, ahí hay un daño antropológico. No se puede estigmatizar esa movilidad laboral, pero sí es necesario comprender cuánto duele. No admito normalizar esas visiones, porque fui educado en una ética martiana y una lógica ideal. Creo que amén de distancias reales, soñar es necesario, imprescindible. ¿De qué vale un país sin ideales, banalizado, un país del metal, donde se rinda culto al dios amarillo? La respuesta es más democracia, menos estigma, más respeto.
Quizás si ese ser que me negó como periodista, asumiera su trabajo con el mismo sacerdocio, no hicieran falta tantos arreglos. Pero ellos se sientan en trono de escarnecedores, y los hombres que hemos llevado la vergüenza de muchos hombres sólo podemos esperar ingratitud, falacia, desprestigio si acaso a manos de las envidias estúpidas. Los espacios no hacen el fracaso, las ubicaciones laborales no mellaron la calidad profesional, pero el medio social sí es nocivo, así se ahogan las mentes más geniales y suben como la espuma los vacíos. Ojalá este favoritismo por lo huero, por lo banal, sea una moda y no un trono, quiera el destino que Cuba se mire a sí misma con la dignidad que merece y jamás con el irrespeto de algunos.
Mientras el servicio social no sea un servicio hacia nosotros mismos, no estaremos sirviendo para nada, mientras prevalezca la lógica del castigo al diferente y el garrote al líder natural, no tendremos nación. Respetar las diferencias, cultivar la discrepancia, ser más humanos en esencia, menos idólatras de lo intrascendente y de la miseria. Pobre de ese ser que me negó, pues se negó, a mí en cambio me queda la palabra.

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