Hiatoria de un quemador de libros

farenheit

Montag es un bombero que termina su vida entre un grupo de exiliados intelectuales, quienes se dedican a memorizar obras clásicas de la literatura. Así pudiéramos reducir la trama de “Fahrenheit 451”, una novela-arma, un cóctel de llamas libertarias y denunciantes que queman a los que hoy estigmatizan el saber. Las distopías se acercaron más a la verdad social que las utopías, pues nuestra sociedad se parece menos a la Nueva Atlántida de Francis Bacon y más a historias donde lo real es temible, irreal, grotesco, kafkiano. Montag parece un nombre demasiado común y así de simple es el personaje hasta que empieza a descubrir que, más allá de los decretos gubernamentales contra la lectura, hay un mundo de verdadero amor, de libertad del hombre, de sentimiento y pasión, de sensaciones proscritas por el poder siempre impersonal.
A diferencia de otras grandes distopías, “Fahrenheit 451” a veces da risa, las paredes cubiertas por la mácula existencial de personajes irreales, cuya finalidad es la empatía, nos hacen caer en la trampa del autor. Ray Bradbury, ese maestro del género social llevado a la categoría de obra inclasificable, nos propone adentrarnos en las interioridades de un mundo sin cultura, o donde la cultura apenas subsiste agónica a través de disidentes. La novela pudiera ser una bildungsroman u obra de aprendizaje, donde Montag pasa de represor a oponente, de quemador de libros a defender la cultura e integrar el desesperanzado grupo de hombres-libros.
En el país de Montag está prohibido leer, porque ello conduce a pensar y de ahí surge la infelicidad y en el país de Montag está prohibido ser infeliz. La gente anda como en una eterna parranda sin sentido, derrochando lo que no tiene y a la deriva de toda filosofía que conlleve visos humanistas. La abolición del conocimiento ha conducido a una estupidez genética difícil de transgredir, una especie de gobierno omnisciente que no necesita reprimir para controlar. En una sociedad sin incendios, los bomberos cambiaron de objetivo, ahora queman libros. Proceso de reeducación que incluye el estigma de quienes leen, su aislamiento como seres enfermos.
Pero el protagonista va de la mano de la atracción física hacia el contacto con la cultura, curiosa metáfora de Bradbury que retoma viejos conceptos griegos acerca de la sabiduría como amor. La dialéctica planteada en el “Banquete” de Platón como una unión entre los hombres, que genera la sabiduría a través del crecimiento en sociedad. Montag va adentrándose cada vez más en un mundo oculto y rico, lleno de gente que sí lee y defiende su pensamiento, donde priman lazos griegos de apego a los libros, a las obras mayores. El peligro crece a medida que el personaje se traslada desde su punto muerto inicial hacia su fecunda inmersión. La huida es una especie de llegada al universo, de nacimiento, de reverso de la moneda, en tal sentido esta es una novela subversiva, que llama a incendiar no los papeles sino el papel falso que le ha sido asignado al hombre en medio de una dramaturgia mediocre que limita y mata sin necesidad de una violencia abierta. El lector respira no obstante ese miedo, el lector siente el miedo de leer, porque la actividad está proscrita ahora mismo, en este mundo nuestro donde lo normal es la estupidez conveniente.
En el país de Montag el bombero deviene en oficio represivo, en matador de miles de vidas, se trata de un verdugo cuyas víctimas no tienen salvación. Cada paso que da el lanzallamas es un paso atrás en la civilización, y en medio de toda la fanfarria está la música de mal gusto de las risas grabadas, los seres falsos que se aparecen en enormes paredes-pantallas y que no quieren entender ni un ápice de nada, porque en el país de Montag ha muerto el hombre. La familia y los amigos son omnipresentes y a la vez nunca están, la calle es hipervigilada por una policía del pensamiento, el sentido de la opresión se desdobla tanto que el lector de esta novela termina con el pecho en un grito, como el famoso cuadro de Eduard Munch, metáfora del hombre solitario y enajenado de todo ambiente, donde las ondas de la vida son distorsiones.
La huida de Montag hacia un claro en medio del bosque, donde hay un fuego contra el frío y las tinieblas, encaja muy bien en el simbolismo de la permanencia del saber entre las fieras del presente. Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel, metáfora del fin del hombre a través del asesinato de su legado histórico. Los que se exilian aprenden de memoria los libros y los repiten cada noche con la esperanza algún día, quizás nunca, de volverlos a imprimir. Así Montag termina viviendo junto a la “Ilíada” o al lado de la “República” de Platón. La novela da grimas, reprime el deseo de vivir este presente nuestro, genera en el ser contemporáneo la misma angustia que su par “1984” del inglés George Orwell. Dolor que sólo se calma cuando vamos a las bibliotecas o las librerías y vemos que, contra todas las prohibiciones, aún quedan libros, gracias a Dios aún quedan muchos libros sin quemar.

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