En busca del perro negro

negro

En la cocina de la casa de mis abuelos solía aparecer un perro negro, de eso hace ya casi cien años, y como nunca he estado en la casa de mis abuelos no sabría decir si allí se siente algo especial, algo que justifique la ocurrencia de eventos paranormales. En la película “La novena puerta” de Roman Polanski, todo gira en torno a eso, lo diabólico, lo místico; un libro con nueve inscripciones en latín y nueve grabados. En realidad hay dos versiones del mismo volumen, una apócrifa y una real, cada una conduce a caminos diferentes, pero la segunda contiene un conjunto de aciertos que llevan a la Novena Puerta, un sitio en medio del campo, en un castillo. El libro original fue escrito por el propio diablo. Uno de esos grabados contiene un perro negro.
Pero más allá de reseñar el filme de Polanski, quiero hacer referencia al aire místico que rodea la vida cotidiana de estos tiempos. En un país que durante décadas quiso ser ateo y ahora se declara laico, han persistido miles de supersticiones y creencias. Los campos de Cuba son el santuario de criaturas que sólo Polanski podría llevar al cine. También las ciudades se repletan de conjuros procedentes de las religiones afro y de otras denominaciones que como hongos salen tras la lluvia. El pueblo recurre a todo el arsenal metafísico al alcance, incluso los turistas vienen en busca de esa manía por el más allá. En “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe tenemos un relato narrado por alguien que viene de afuera, historia acerca de los mil miedos que devoran la otrora potentada mansión que ahora pueblan dos hermanos que llevan una relación incestuosa, donde además hay necrofilia (la chica ha muerto). Curiosa metáfora del amor a través de la muerte, donde vencen ambos momentos de la existencia humana, pero a costa del hundimiento del último reducto de la familia Usher. La racionalidad y el dinero sucumben ante la aparición de un mundo otro, proceso que nos narra el protagonista a través de accidentadas escenas. Quizás el turista que visita Cuba esté como quien ve la casa Usher, intenta conocer el amor-muerte que la mueve. No sabría decir, porque como toda verdad a medias, el mito es el balbuceo de la razón.
Platón usaba el mito para explicarse y explicar el mundo, en una de sus disertaciones en forma de diálogos socráticos nos arma lo que luego se conocerá como su teoría del conocimiento: la caverna contiene un fuego que es dable sólo a una parte de la Humanidad, ergo la democracia está equivocada y sólo un gobierno de los filósofos podrá regir la ciudad. A ese Platón místico y mítico hay que buscarlo en los misterios pitagóricos y órficos que precedieron al pensador, donde se asumía a la verdad como una revelación, no en balde el sistema platónico será la base de toda una era de religiosidad y predominio teológico. Ergo, Cuba trata de explicarse a la manera de los viejos misterios, mediante fórmulas y hallazgos de puertas, libros arcanos, objetos sin forma colocados en los caminos o a las puertas de cualquier casa. Quien hoy se aventure por la Habana Vieja o Centro Habana verá cosas pintadas con colores religiosos, miles de ofrendas, negocios de cuentapropismo bendecidos por antiguas deidades. La isla que regresa a Platón dejó detrás la visión descarnada de Feuerbach acerca de la religión como una forma de amor social, o la de Marx que la calificó de opio de los pueblos no por enajenante, sino por ser el último reducto de la criatura sufriente. Leer “La caída de la casa Usher” y aplicarlo a la casa de la concepción materialista, tener la osadía de sacarle un cariz crítico al asunto, nos lleva a colegir regresiones en la mente social. Porque la criatura sufriente, que no ha leído nada de platonismo, conoce por tradición que el mito no sólo explica sino que soluciona su condición.
Como el ser humano da bandazos en política y en cotidianidad, ahora se desacraliza a los clásicos del materialismo, uno ve en las ferias de los libros de la Habana Vieja a los manuales de Nikitín o Konstantinov, por no hablar de las obras completas de Lenin. Muy al contrario, resulta extremadamente difícil encontrar a Lidia Cabrera, porque el precio de “El monte” y otros volúmenes sobre religión yoruba se enajena de la criatura sufriente. Las iglesias protestantes y católicas están más llenas que nunca, allí el platonismo sí funciona de una forma más profunda, ello lo he visto sobre todo en la región central de la isla. Pero casi nadie encuentra ya en los libros sobre el materialismo histórico y dialéctico una explicación, lo que predomina es el matiz especulativo, lo desconocido, lo cartomántico. No fue en balde que una de las primeras licencias que salieron expedidas para el cuentapropismo legalizó a las tiradoras de cartas.
Antes hablé del pitagorismo, la profundidad del pensamiento filosófico (ese que surge como búsqueda) hay que hallarla en el fondo de los misterios. Fue Pitágoras uno de los creyentes en la religión de Orfeo y las verdades que provenían del averno. A pesar de los hallazgos matemáticos, aquellos primeros balbuceos de la razón estaban imbuidos en las puertas de la percepción, en la Novena Puerta, no había en ellos una teoría del conocimiento real, sino la suposición de un misterio revelado. Hasta ese punto hemos ido los cubanos, nos falta la ruptura socrática, la movilidad en torno al ágora. Ya no intentamos conocernos a nosotros mismos, sino que vamos a la cocina de nuestros abuelos y preguntamos dónde está el perro negro. Buscamos la puerta.
Lidia Cabrera inició su investigación en torno al africanismo como quien descree, como quien ve en el elemento algo atrasado, supersticioso, pero a medida que su socialización con los sacerdotes y los practicantes crecía, crecía la admiración de ella hacia el mito. Y es que el balbuceo busca en la academia o en la iglesia el asentimiento, la aprobación infantil, la dependencia de lo que no es veraz hacia lo instituido. Incluso en el cubano culto hay un proceso parecido al de Lidia Cabrera, porque la realidad ha refutado toda teoría coherente y sólo hallamos validez en viejas mitologías, en predicciones que habíamos dejado a la vera y que ahora adquirimos a precio de bolsa negra. Cada metáfora no ofrece ya las mil posibilidades, sino las mil imposibilidades y en ese universo a lo Bradbury hemos tejido las mil historias.
A propósito de Bradbury, recuerdo en “Crónicas Marcianas” un pasaje donde los terrícolas llegan a un Marte que es la Tierra, o sea entran en un universo que es su propia mente, sus ideas, su eidos platónico. Curioso que todo durara poco, que se fuera descubriendo la falacia de hallar otra vez a los seres queridos que se perdieron. La ciencia ficción, como se ve, no funciona sólo hacia delante sino en todas las direcciones y marca la náutica de nuestra pequeña versión de las cosas. Lo que el hombre desea vivir no sólo es imposible, sino que es donde el hombre vive. Lo externo, la sobrevida, deviene en la mutabilidad que atacó Platón y defendió Heráclito. No obstante, como suceso délfico, la tesis de Bradbury pudiera servir para rehacernos mejor, apelando a ideas perfectas, a tierras irreales. La utopía jamás sucede, pero la deseamos tanto que quizás por un día la hagamos aparecer. He soñado muchas veces con otra Cuba, sueño fugaz y casi inexistente, donde veo realizados a seres y a sistemas. El despertar incluye una pesadilla intermedia donde estoy solo por las calles desiertas de La Habana.
Los perros negros me llaman la atención, debo reconocerlo, igual que los gatos. Los veo siempre solitarios, sin otros perros o gatos o personas. Será que soy supersticioso o que no he buscado la Novena Puerta que otros se afanan. En la casa de mis abuelos persiste aquel tufo oscuro, donde la gente construía sus maneras y cosmovisión en torno a vasos espirituales y ofrendas, cuentos de caminos que clasifican en cualquier antología de algún Stephen King tropical. Cuba no obstante intenta hallarse a través de una Novena Puerta, no hablo de la isla en su totalidad, pero noto que el misterio nos acompaña más que nunca. El pensamiento mágico rige las dinámicas prácticas, y un brujo quizás gane más dinero que un médico. Los perros negros me llaman la atención, pero aún no lo suficiente, el mañana pertenece también a lo incierto.

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