Nuestro hombre mediocre

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Inicio esta escritura recordando dos grandes obras de dos grandes obradores, “El hombre mediocre” del argentino José Ingenieros y “Nuestro hombre en la Habana” del inglés Graham Greene, la fusión de ambos títulos servirá para confabular el ente protagonista de estos tiempos, nuestro hombre mediocre. Sí, en la actual etapa poco sentido tiene creer en los relatos teleológicos donde esté la cúspide del happy end, a no ser que se asuma la inversión del sistema de pensamiento de Nietzche y en lugar del superhombre, tengamos a Zaratustra predicando el subhombre.
En las mediocracias, los hombres de genio fenecen en los anaqueles de sus casas o mueren de tristeza por las calles, mientras penden las cruces de los pechos de los ineptos y adaptados. Según Ingenieros, esta manera de concebir la sociedad es cíclica y cuando se manifiesta se desata el reloj del tonto pícaro que hasta entonces estuvo relegado a su justo puesto, llega la hora, está el momento, se genera la oportunidad. Los genios se mantienen como bombas desactivadas, los ingeniosos apenas buscan para comer, cualquier atisbo de rareza se castiga con el ostracismo o la lapidación inmediata. Nuestro hombre mediocre, ya sea o no el de Ingenieros, no tiene la capacidad de inventarse nada, el mundo para él es perfecto tal y como existe.
En “Nuestro hombre en la Habana”, Graham Greene narra las peripecias de un contratado espía británico al servicio de su Majestad, dicho agente inventaba informes sobre armas secretas de la Guerra Fría que el enemigo estaría fraguando en la tórrida y campechana Cuba. El lío del asunto está en que los supuestos informes son simples descripciones de aspiradoras, lavadoras y otros artículos del hogar. Sin embargo, en Londres se toman muy en serio tales esquelas y hasta le dan al autor una categoría de sujeto imprescindible, de pieza de juego en el ajedrez del poder mundial. La versión cinematográfica de la novela acontece en la Habana del último mandato de Fulgencio Batista, y el contexto revolucionario queda relegado a un plano parecido al del bufón Yorick de Hamlet, to be or not to be, plano donde sólo falta que alguien levante el cráneo filosófico y se pregunte qué será de ese sol que cae contra los portales y el balconaje habanero, qué sucederá los próximos cincuenta años en esa isla que a Greene le pareció exótica e inusual para colocarle un espía inglés. Es precisamente a inicios de dicha cinta, a través de esos portales, cuando un grupo de músicos populares ambulantes persigue al correcto e impecable agente mientras cantan: “¿dónde vas, Domitila, dónde vas, con mantón de Manila?”, la tonada es la versión tropical de quo vadis latino, la docta ignorantia cartesiana de un pueblo. El hombre en la Habana no se pregunta nada de eso, para él sólo existe el salario de agente secreto y su negocio de vender aspiradoras, en cierta medida él es también otro criollo despreocupado sólo que no sabe cantar, de alguna manera encarna la indiferencia y valida la estupidez de quienes en Londres son incapaces de discernir entre una bomba y un inodoro. La mayor aspiración del sistema mundial en ese entonces era una aspiradora y sus peligrosos secretos, mientras que en Cuba un posicionado de la mediocracia de la Guerra Fría vivía holgadamente a costa del miedo y la ignorancia de Londres. Toda brillantez se reduce al absurdo, todo tinte revolucionario no sólo queda caricaturizado, sino que Cuba misma se trastoca en ambiente inverosímil para una novela de ese tipo, que del espionaje político y armamentístico pasa al espionaje del alma del hombre mediocre.
Contrario a lo que suele creerse, en las mediocracias no se sufre, ni aún sufren los idealistas ya que estos abandonan el ideal y asumen la transposición (transustanciación) hacia lo mediocre como condición sine qua non. En la novela de Greene se está en medio de una alegoría a la mediocracia, en tanto se enarbola lo común como genial, lo simple como insólito, lo cotidiano como peligroso, la novela como una simple delación de chismes sin importancia acerca del manejo del polvo casero. No se ve que nadie sufra, ni aún en la versión para cine, donde apenas en una escena un reprimido oponente a Batista es arrastrado con premura fuera del alcance de la cámara. Lezama nunca podría haber sido espía, porque sufrió la caída del ideal. En cambio, los cambiacasacas devenidos en sastres del lenguaje sí flotan en la mediocracia. Más que una idea, el ideal significa sostener un principio, en tal sentido es voluntad de uno mismo. La visión distinta, secreta y profunda del gobierno de la ciudad en Lezama sólo reinó agónica a través de las páginas autopagadas de la revista Orígenes, que como alguien dijera sólo leyeron cuatro afortunados gatos. Increíblemente en la Habana de Graham Greene ya había una publicación que entendía y solucionaba a cabalidad la alegoría al miedo y el poder de la aludida novela. Si Lezama se topaba entonces con el inglés, el argumento se caía en sí mismo y los portales y el balconaje de sol tomaban no la dimensión de unos músicos asediantes sino la belleza de otra nueva Grecia.
Era evidente que nuestro hombre mediocre no podía publicar en Orígenes, ni siquiera en el resto de las revistas que desde lo Light inventaban una cultura de masas cubanoamericana (o tempora, o mores!), preludio de lo cubanoamericano tan llevado y traído en los posteriores cincuenta años. En Graham Greene, el hombre mediocre gris es británico-cubano, y a veces parece que se va a cubanizar de una vez o que nunca se va a cubanizar, tanta es la confusión que un hombre masa puede generar. En la novela el culto a lo masivo no sólo subyace en el culto a los artículos del hogar, sino en la llegada a Cuba (isla algo así como tahitiana en la mente de un inglés) de la Guerra Fría, de los conceptos enarbolados por un Churchill acerca del telón de acero y la inminencia de luchar contra el nuevo enemigo global. Lo global, en opuesto a lo insular, intenta de tal manera borrar lo cubano y nos impone un híbrido. Miami ha sido en todos estos años tal mezcla, como lo intenta ser a su vez la Habana. Ambas metrópolis, desde orillas ideológicas contrapuestas, han elevado al hombre mediocre global y el punto común que lo demuestra es el reguetón (el baile es lo compartido por la tribu), donde los patrimonios se unen en una sola aspiración humana. Greene obvió o no previó que lo cubanoamericano, el trasfondo de ese idilio tahitiano (no a lo Gauguin por cierto), sería el espionaje perfecto y peor aún que vendría medio siglo donde no sólo las aspiradoras, sino cualquier artefacto cubano resultaría raro y peligroso. El hombre en la Habana no resistiría ni un minuto de los transcurridos durante la Crisis de los Misiles, ni entendería que los músicos asediantes (Tres Tristes Tigres) integraban el mismo paisaje espartano y rumbantero, estoico y jodedor.
Era la época del Chori, espectacular tocador de bongó, de Fredy la Estrella, de los shows de Tropicana cuando todavía no eran un lugar común. Un James Bond usaría tales espacios para averiguar las verdaderas conspiraciones, pero Greene prefirió cualquier balconaje de la Habana Vieja que por cierto era tan miserable desde entonces como desde ahora, con sus desvencijados hierros y su folclore multiétnico. En las tocaderas de bongó del Chori estaba Cuba, pero no la caricatura que interesaba al escritor, la isla de por sí ya era caricaturesca, pero hubo que hundirla más en el fango de lo inverosímil. Kafka cogería una insolación que le quemaría las alas de cucaracha y Proust perdería todo su tiempo perdido. Greene inauguró de manera absurda el ciclo donde la isla se reducía a aislamiento belicista, de tal manera dejó trunca la insularidad infinita de Orígenes que planteó una grandeza posible-imposible.
“Nuestro hombre en la Habana” no es una farsa, ni una novela de espionaje, ni una visión absurda de la Guerra Fría, sino un preludio del realismo que pronto invadiría la creación sobre y desde Cuba, realismo que al lector externo, ajeno, parece irrealismo, sí, pero que el cubano que aún lee (una entelequia) entiende como posible. En tal sentido hay dos autores que continúan la obra de Graham Greene: Virgilio Piñera y Reynaldo Arenas. El primero en “Pequeñas maniobras” diseña la estrategia del escape de la realidad trazada por un cubano de a pie (milimétricamente), allí el antagonismo es hacia la cotidianidad (personaje que como el dinero balzaciano es central en la literatura isleña). Arenas en toda su obra, sobre todo en la novela “El color del verano” desmadeja a Cuba y su historia cultural, dejándonos lo cotidiano en su visión más descarnada, de hecho, la contradicción intelectual-medio social subdesarrollado se supera en el discurso areniano a través del choteo (forma caribeña de desacralizar). Rey fue el rey que disolvió la caricatura que engendró Greene, venció a lo cotidiano mediante su hipérbole, sin tener que recurrir a la insularidad continental de Lezama.
Después de la novela de Greene no hubo otra gran referencia a espías ingleses en Cuba, al menos en literatura. Pero no se puede olvidar que la mediocracia, más que un tópico, más que una forma de concebir la relación hombre-medio social, siguió siendo una constante. Estos tiempos no los domina ninguna aristoi del espíritu, mucho menos una burguesía culta, sino el potentado banal. De su pecho no penden cruces, ni envía falsos informes hacia ninguna potencia extranjera, su negocio no es de aspiradoras de polvo. De hecho, está por escribirse la novela “Nuestro hombre mediocre en la Habana” (da lo mismo de qué ciudad cubana se hable), cuya primera escena comenzaría (así la veo yo) también bajo los portales, a la sombra de un sol prepotente, con un hombre que camina en medio de lo cotidiano otra vez revivido como categoría antagonista a fuerza de obviar a Arenas y de obviarlo todo.

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