Los días de la confabulación imperfecta

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Para quienes nacimos y crecimos en este pedazo de Cuba llamado San Juan de los Remedios, la palabra tradición pudiera encarnar varios males y bienes. Depende de qué lado se mire el asunto de vivir atados a la eterna confrontación con un tiempo más o menos mitológico, depende quizás de cómo hallamos participado o no en el renacimiento de esa cosmogonía a través de diferentes vías respiratorias. Debo mi amor odio a las parrandas a una conjugación de herencia familiar con exceso de cercanía. La fiesta pudiera de esta forma parecer bella y tener una maldad intrínseca, contener una especie de muerte apócrifa pero igual de dañina.
Por esta fecha comienzan a salir los agónicos sostenedores de la tradición, levantan banderas hechas en casa, enarbolan un muñeco de papel, le dan vida a seres que jamás estarán vivos, pero no importa, no les importa, las parrandas suelen manifestarse como en los sueños, como una sucesión de disparates, como un teatro de variedades. En la confrontación entre verdad y mentira, entre razón y miedo, la barbarie sale vencedora, se corona a sí misma con un oro falso, con una aureola mediocre y ridículamente putrefacta. Así, las fiestas dependen de su manera epicúrea y efímera de manifestarse, no podrían asumir jamás el ropaje de un pez verdadero en la corriente de la historia. Los sucesos intrascendentes, que engendra lo popular, se elevan artificiales y están condenados como el globo a deshincharse, a morirse inmediatamente.
Sí, ya empiezan las banderas y los tambores y el resto de Cuba no podría entender a los naturales de esta villa sectaria y apagada. No, y es porque el resto de los días del año las auras y las moscas forman una confabulación de aburridos en medio de la glorieta del parque, para gracia de los viejos y los moribundos. Tanta vida así de la nada parece imposible y en efecto lo es, no resulta ni siquiera verosímil tanta juventud y oropel. Las parrandas paren de pronto, florecen en estos meses, pero su flor y su fruto nunca pueden olerse o comerse de veras, pues no bien vemos la maravilla ya está allí la ponzoña. Y no bien está allí la ponzoña, abrazamos la nada a la espera de otra oportunidad que nos devele al fin de qué tratan las parrandas. Doscientos años de tradición aún no aclaran el asunto, ni demuelen las falsas construcciones, que el pueblo levantó para apuntalar un acontecimiento que a ratos es ridículo (dos adultos peleados por la victoria de un gallo de papel o un gavilán diseco). No se interprete mi punto de vista como una crítica ciega, mucho menos como la desfachatez de quien aspira a separarse de su identidad a toda costa, sino que intento darle racionalidad a lo que en esencia parece carecer de toda lógica, de todo camino de verdades.
La vida en los pueblos cubanos del interior no es de muerte, se queda en ese estado de la conciencia que apenas levanta vuelo, que apenas aspira a ganarse unos quilos en ese devenir diario que los criollos bautizan como “lucha”. Remedios es el pueblo de las procesiones, los bicitaxis y los viejos. Únicamente el 24 de diciembre a las cinco de la tarde el pueblo se torna ciudad, se ilumina un poco (algo), y los borrachos y los visitantes hacen como que asisten a las fiestas de esos cuentos fabulosos, donde todo (hasta la buena fortuna) es posible. La inversión de valores crece tanto como el ego de quienes el resto del año contaban el número de moscas y auras que sobrevolaban la aguja de la iglesia.
En los laberintos de quioscos de cerveza y fritanga, en la ausencia de portales producto de una arquitectura salvaje y equívoca, en las bullangueras alusiones al fin de año, en la forma bastarda en que Remedios de desestabiliza sólo para darnos a entender el error en que caímos creyendo la ópera de las parrandas; en todo eso está el espíritu de los pueblos pequeños de Cuba, pueblos por demás sin geografía, donde el naufragio resulta factible, necesario, lógico, materialmente satisfecho. Sí, las parrandas son la falsa bulla del falso bullanguero, la falsa rebelión del falso rebelde. Sólo queda, tras el cortinaje de doce horas de fuego y sangre, el fantasma moribundo de una era. Eras que se suceden como escenografías a pesar de no constituirlas el cartón, sino una nada tan inasible como la causa y como la consecuencia de las fiestas.
Para el foráneo todo parece nuevo, para el nativo todo está en su justo sitio (aún cuando se le dé candela a la Iglesia Mayor o se trasponga la villa de un lado a otro). Para el de afuera una bandera carmelita con un globo de helio dibujado pareciera quimérica, para el de adentro la antropología es sencilla y se transcribe con la facilidad de abrir y cerrar los ojos de la historia. Para el de afuera todo es local, para el de adentro todo es universal aunque no lo sea (no por vanidad, sino por esencia). Las parrandas, así las defiendo, representan una imagen más de la resistencia de un pueblo frente al tiempo, son una guerra más de tantas entabladas contra el tiempo en estos lares del mar Caribe, mar que se nos esconde e intimida con su mutabilidad, su abundancia de rostros.
Ya empezaron a salir lo que se conoce como repiques, bandadas de gente por todas las calles de la villa en sus bullas y banderolas, cualquiera diría que la imagen se calca por sí misma de una novela de lo real maravilloso. No importa, la referencia literaria se queda corta ante el devenir real de los hombres atrapados en el laberinto de imágenes que forman el retorno de las eras. Mientras más ilógico, mientras más distorsionado, el pueblo siente mejor el ambiente de su único día universal.

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Un pensamiento en “Los días de la confabulación imperfecta

  1. Una maravilla.

    El sep 24, 2016 2:38 PM, “AVENTURAS SIGILOSAS” escribió:

    > mauroescuela posted: ” Para quienes nacimos y crecimos en este pedazo de > Cuba llamado San Juan de los Remedios, la palabra tradición pudiera > encarnar varios males y bienes. Depende de qué lado se mire el asunto de > vivir atados a la eterna confrontación con un tiempo más o meno” >

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