Hambre de periodismo

Oficio marginal, pretendido elitismo, bazofia salarial, múltiples lecturas, saber de último minuto, todas son calificaciones que caen en el ruedo del periodismo. Una carrera de la que malviven brillantes e ineptos en su camino al sueño o al hueco. Siempre habrá quien quiera estudiarla, y quien quiera ejercerla sin estudios. En todos los casos, el periodismo da hambre, no digo sed porque el agua es lo mínimo que aún se brinda (a veces) de manera gratuita, en este mundo donde todo cuesta un ojo de la cara (según el viejo talión, ojo por ojo, diente por diente). O donde todo cuesta que te rompan la cara o perder la cara (entendida ahora como sinécdoque de vergüenza).
El periodismo surge como una necesidad de expresión vinculada a la lucha ideológica y por ende a la manipulación de unos hombres sobre otros. Cuando el traspaso de manuscritos y de copias comenzó a resultar trabajoso, se hizo evidente la inminencia de un medio de difusión más rápido, concreto en su mensaje, directo en su estilo. Los dueños del poder o quienes pretendían serlo le hablaban a toda la sociedad, difundían sus ideas ilustradas o no, fuertes o no, predominantes o no. Sólo la historia se encargó de dirimir qué mensajes quedaron como reflejo de una conciencia del tiempo, así podemos estudiar a través de la prensa cómo los diferentes factores sociales se disputaban el poder a través de enconados debates, pugnas retóricas. Dicha concepción doctrinaria e instrumental del oficio convertía al redactor en un intermediario, en una ficha que daba a conocer lo que el dueño o pretendido dueño pensaba. De ahí que el periodismo, a diferencia de la literatura, sea un hijo bastardo de la creatividad pues no responde directamente al intelecto pensante, sino a la ideología que resulta ganadora o perdedora en los forcejeos históricos. Visto de esa forma, los periodistas que saltan hacia un peldaño literario y pueden sustentarlo representan esa parte del gremio que es una excepción, pasan al libro de récord y a la academia como gurúes. Pero la generalidad de los redactores es ideología (y se debe a ella), sin perder de vista que cualquier intelectual genera ideología, sin ser un propagandista.
No extraña entonces que le paguen mal al periodista, pues su oficio (y hago hincapié en la palabra) también genera un ejército de parados que esperan frente a las puertas de las redacciones, dispuestos a ser los voceros de este o aquel. A diferencia de los profesionales que pueden llegar a altos niveles de especificidad dentro de cada parcela, la especialización del periodista apenas roza las herramientas críticas elementales. Cada opinión en los diarios y revistas vale lo que vale lo efímero, cada autor vale lo que vale la efectividad inmediata de lo que dijo, cada medio vale en tanto tiene un mecenazgo que paga las imprentas, el papel, la tinta, la distribución. Así, los valores de la prensa liberal y objetiva, al servicio de la moral pública, se transforman (o siempre fueron) en retórica. Prima la ley del mercado. La información, como expresividad del poder concentrado, se dosifica y trata de acuerdo con lo que el dueño quiere. No ha habido sistema donde no se cumpla lo antes dicho, como que no ha habido periodista que no haya soñado con una libertad de imprenta plena y real. El redactor y lo que escribe están sujetos a leyes de valores propias de la especulación económica y la hegemonía ideológica, poco margen queda para soñar no ya con decir lo que se piensa sino con decirlo bien, bellamente, o sea de acuerdo con un legado y una originalidad.
Nuestro periodismo es además aburrido, nadie sabe por qué lo quieren así, mucho menos cuando las tecnologías dan paso cada vez mayor a formas de decir amenas, dinámicas, bien argumentadas (aunque el argumento sea falso). Una visión hegemonista total de la prensa es impensable en un mundo hiperconectado, este a mi entender es el quid sobre el que descansa el problema de nuestra prensa. Se sabe que no funciona como elemento ideológico persuasivo, pero se cree (ingenuamente) que la población no tiene otro medio a su alcance y por tanto se asegura la hegemonía. Esta forma de entendernos como sistema comunicativo deberá mirar más hacia el mundo y hacia el futuro y menos hacia adentro y hacia el pasado. Los conglomerados mediáticos no han renunciado a la total hegemonía mundial, de hecho resulta preocupante que el grueso de la prensa global lo maneje un grupo minúsculo de potentados accionistas. Así, la máscara del liberalismo se cae ante el manejo evidente de las cabezas pensantes y la instauración de estados de conciencia artificiales. Pero incluso ellos, que llevan la delantera en eso de instaurar un dominio de la mente, saben que está en la naturaleza humana el nadar contracorriente y que siempre habrá fuerzas de resistencia. Cuba no pude ir a esa batalla (especie de Gran Guerra de 1914) con arco y flecha.
Sí, son pobres nuestras opiniones, pobres las columnas, pobres los reportajes y las fotos, pobres los enfoques, pobres los periodistas. Debo la hechura de esta reflexión a la conjunción de un salario de periodista, una cita de la palabra hambre consultada en la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones con colegas del gremio. Si la frase parece borgeana, la realidad no es menos alienante. Nuestras crónicas parecen ciegas (con perdón de los ciegos) y esas páginas culturales apenas recogen eventos sin dejarnos un cariz crítico, al menos apesadumbrado, de una vida no dinámica, de un acontecer que pide a gritos la vitalidad de una pluma sagaz y no a la saga.
Leo habitualmente varios periódicos, provinciales y nacionales, y no hallo sino resúmenes de lo mismo, o reiteraciones de sucesos que ya tienen varios días de finiquitados. Rara vez encuentro un análisis sobre cuestiones específicas que se salga del razonamiento predecible en la línea malo-bueno, ello cuando sabemos de cuántas herramientas se puede servir un columnista para abordar diferentes temas. Si alguien cree con sinceridad que eso es la prensa, mejor será estudiar la mente de ese alguien, creo que como ejercicio académico resultaría revelador. Para el joven que recién llega a la redacción, dicho detenimiento no es para nada atractivo, mucho menos cuando se enfrenta a una filosofía de trabajo que más allá de lo creativo propugna el acoplamiento al ritmo del medio, ritmo por demás que es uno de los factores que contribuyen a la debacle de la prensa pues le resta su inmediatez.
Los periodistas no viven la noticia, ni siquiera pueden formularse la quimérica apreciación de que tendrán en sus manos el gran tema para el gran reportaje de sus vidas. No pensemos entonces en los matices que introdujo el Nuevo Periodismo norteamericano del redactor que crece hasta convertirse en una máquina pensante y creativa, de la planta cuya finalidad como árbol es una obra literaria. Truman Capote jamás hubiera escrito “A sangre fría”, porque su sangre como reportero estaría siempre lo suficiente fría, o sea detenida en los informes diarios. En Cuba hacemos una especie de lo que yo llamaría periodismo burocrático, donde ya desde la sala de prensa se saben los resultados de las investigaciones y el enfoque, el estilo e incluso el impacto en las los diferentes públicos. El redactor ya arma a priori una realidad antes de confrontarla y va directo a las fuentes que confirman esa realidad.
Revertir ese modus operandi no sólo requiere de un acercamiento mayor desde la gestión logística (el necesario mecenazgo), sino repensar desde la academia cómo asumimos sin prejuicios el fenómeno de la comunicación con los riesgos y beneficios que ello conlleva (para todas las partes implicadas). Pero sin dudas no se puede presumir de periodismo, cuando carecemos precisamente de eso. No sólo se requiere un marco legal que normalice las maneras de interacción entre la comunicación y la sociedad, sino que se vuelve vital una articulación del modelo que proteja a ambos actuantes de los errores (a veces inevitables) y horrores (siempre evitables), que apisonan (aprisionan) el camino del periodista. Al interior de las instituciones o medios de prensa también deberá implementarse un mecanismo otro de relacionarse con la verdad y las fuentes, acercamientos no sólo más reales en términos de noticia, sino dinámicos en el aspecto propio del ritmo de trabajo. Por sólo abordar uno de los peores males que aquejan a los medios, existe algo llamado sectorialismo o sea periodistas consagrados a seguir exclusivamente la agenda burocrática de organismos ya sean estatales, políticos o de la sociedad civil, tarea esta última que es la base de un reporterismo machacón y capaz de colocar en primera plana el más aburrido de los balances empresariales. Más que un llamado, una consigna, ese cambio en nuestro sistema de comunicación va unido por necesidad a la transformación de las mentes que construyen el consenso social. O sea, es una cuestión de quién protagoniza los cambios: la burrocracia o el intelectual capaz y comprometido, la tozudez o el ingenio.
Sentir hambre de periodismo es un buen síntoma y quizás la mejor oportunidad para generar la hegemonía revolucionaria (democrática en su esencia). La seriedad de debatir estas esencias dependerá del nivel de tolerancia y protagonismo que en el núcleo duro del consenso exista hacia lo nuevo, nuevo que por demás en el mundo no es nada nuevo y ahí caemos quizás en la peor de las debilidades: andar a la saga. No puede temerse a la transformación, ni a equivocarnos, mejor es prevenirnos de no hacer nada. Una idea, aún fuera de enfoque o poco bien formulada o irrealizable, es parte del patrimonio breve o laxo de que disponemos como constructores de la verdad diaria. Si queremos una sociedad funcional, para nuestros hijos y nietos, empecemos por plantearla y no veo mejor forma que utilizar el espacio público (los medios) para ese cambio. De lo contrario se pone en peligro el consenso y surgen los espejismos de la ideología, cuando como forma de la conciencia no va acompañada del pensamiento filosófico sobre lo real en movimiento, la sociedad tal y como la vivimos.
En la Grecia fue el ágora, en Cuba el modelo de la transparencia. Ver fantasmas o fabricarlos, aparte de no convenir a la polis y beneficiar una aristoi sólo conlleva a retardar nuestra incorporación al mundo, no con el arco y la flecha, sino con los medios de comunicación que un talento genuino sí puede mover. Otro enfoque de lo que dije sería igual de válido, siempre que sea abierto y no asuma el ropaje de un sistema de pensamiento, con supuestos acéfalos. Aunque intuyo que la motivación borgeana (un salario, la consulta a la Enciclopedia Británica y muchas conversaciones) traerá similares devaneos de sesos.

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