Todos somos ancianos

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tomado de los caprichos de Goya

El mal periodismo nos lleva a olvidarnos de algunas grandes verdades (hay quien sostiene que nos borra toda verdad). Ahora quiero escribir sobre ser viejo, la posibilidad de llegar a esa edad provecta y supuesta incapaz, vernos dentro de cuarenta o cincuenta años, medir el pulso de las circunstancias presentes y darles una vida futura. Sí, el juego tiene mucho de prestidigitación, de magia, de bandolerismo intelectual. Pero en la mala escritura no se vierte ni de ti ni de mí, ni siquiera de nosotros. Así que verter un pensamiento envejecido por el intelecto (a ex profeso) es un experimento de la retórica periodística, que estará condenado al cajón del jefe o al muro de Facebook.
Imaginen cómo será, juntos podremos construirnos esa metáfora de la incapacidad física, esos andadores, ese sillón de ruedas, ese hospital. Sí, y quizás tengamos cerca algún nieto o hijo ya crecido (quien a su vez pasará por el augur de ver delante la vejez). Los ancianos solían marcar el ritmo de la moral y en tal sentido eran relojes vivientes, pero ya sabemos que la modernidad prefiere al joven, al papichulo, a la mamirrica, esas construcciones del éxito y la belleza que no por cubanas son menos nocivas, repugnantes, envejecidas en el sentido de la estética verdadera. Ser anciano pudo tener utilidad hace cincuenta, sesenta años, incluso era tanta la autoridad que poseyó esa figura que su poder estorbaba, desalentaba, no edificó en ocasiones.
En este país donde los jóvenes de hace sesenta años hicieron una Revolución, hubo ya otra generación anterior que hizo otra Revolución, todos eran igual de bisoños y timoratos, de todos se dudó y mucho y ahora unos son ancianos y otros no viven. Hay quien dice que los cambios son de los jóvenes, pero a veces uno mira la pupila de un viejo y ve una ciudad viva, es como cuando piensas en el final y abres otra puerta y otra y otra y otra, en ese fin infinito que siempre es comienzo. La historia no está entonces en los libros ni es doctrinaria, sino que hay que salir a buscarla en cosas más simples, por eso hablo mucho con los viejos. También me imagino viejo hablando con jóvenes, disfruto el momento idealizado aunque quizás no llegue (uno conserva la sensación ¿o la certeza? de la total derrota). Todo viejo es un vencedor, pero la idea ni es exacta ni se cumple en todos los casos ni puede catalogarse de sabia.
Imagino que cuando seamos viejos haya un crujir aún mayor que el que hoy vivimos o las cosas marchen al fin mejor, después de todo son las dos alternativas que la historia nos ofrece. La sociedad, en sus devaneos, parece olvidarse de los viejos, una vez que llegan a ese punto de sus vidas, porque la gente se ve reflejada en las arrugas, en la senilidad, en esa sabiduría que es el gesto último de cualquier vitalidad. Es como si el consejo de un anciano se comportara como el grito de un desvalido. En uno de sus cuentos más leídos, Virgilio Piñera retrata el desvalimiento de su personaje anciano a la manera irracional y denunciante que le era común a este autor. Tadeo quería que lo cargaran constantemente, no importó nunca dónde y con quién, sino que sostuvieran su peso, de esta forma bajó tanto de peso que su persona se tornó leve, breve, efímera, se negó a sí misma, entró en el ciclo disolutivo consustancial a dicha etapa. Una amiga mía de 78 años de edad se horroriza siempre que le menciono a Tadeo, se avergüenza, no porque ella esté ya desvalida sino porque entiende lo desvalidos que estamos frente a determinados momentos. Todo anciano es un perdedor, pero la idea ni es exacta ni se cumple en todos los casos ni puede catalogarse de sabia.
Si escribimos sobre los ancianos, hay que recordar cómo hay quien bebe, come, festeja y tiene sexo, sin embargo y a pesar de su veintena de edad, es anciano. Sí, no hay otra calificación para su conformismo y desvalimiento, la sociedad es entonces un estadio normal en vez del terreno de conquista para el joven, la vida se presenta como una línea recta o un túnel sin luz donde se mueve uno a tontas y a ciegas. Sí, quizás sean ellos los únicos y verdaderos viejos, quizás tengamos una muchedumbre de viejos recién nacidos en muy poco tiempo, personas que ignorarán su cualidad de personas, que no dirán jamás “soy esto o aquello”, sino un nosotros tan amorfo y sin variedad aportativa que mejor será la muerte en masa o el suicidio en masa. Sí, quizás algunos de nosotros, que hoy leemos o escribimos, pasemos a formar parte de ese frente extraño de la nueva vejez, que es la renuncia a vivir en la plenitud de las verdades.
Un viejo no es necesariamente un anciano, pudiera ser hasta alguien que no haya nacido, incluso alguien cuya idea de la existencia se esté germinando en la atracción física entre dos personas. En tal sentido la vejez es el estado esencial de la existencia, lo natural. La juventud, la infancia meros jugueteos del lenguaje. El conocimiento de la verdad nefasta de la muerte y el determinismo de miles de cosas contribuyen a esa vejez preexistente, factores de los que no escapan ni aún aquellos que nacen en cuna de oro, donde el propio oro se convierte en arma de doble filo, en felicidad que hace la infelicidad porque no llena y no se encuentra luego una explicación simple y lógica de porqué somos vulnerables.
Hay mil maneras de decir que somos viejos, en cada una se encierra la verdad dolorosa de que el triunfo es humo y la derrota, una urna de cristal. Los programas de televisión suelen captar la imagen de la gente físicamente joven, maquillan mentalmente sus arrugas metafísicas, recrean casas donde sólo entra la luz y si mientan a un anciano es sólo de pasada, para colocar otro rostro sonriente e insólito. La televisión, el arte, las imágenes que el hombre se hace y trasmite a otros, son evasivos, no puede contarse con esas verdades inventadas, con esas ferias de la cultura, con esas filosofías de salón donde lo importante es cómo vas vestido y con quién tienes el honor de bailar. En este país donde ser joven se está tornando en un ejercicio retórico, lo viejo muestra su naturaleza tangible, monótona, imperecedera, omnipotente. No importa si vemos que los videos de los nuevos ídolos muestran lozanía (reguetoneros, expendedores de cualquier baratija, barajadores de cualquier destino), en el fondo está la angustia por el mañana, por el ayer, por el traspaso del tiempo destructor y demoníaco. En tal sentido la temporalidad no sólo significa el avance del que nadie vuelve, sino que es un dios que sólo nos muestra los fracasos, el tiempo perdido, el atrás. Ese dios resulta tan trágico y condenatorio, que apenas nos sirve para hacernos una idea de este segundo efímero, acuchillador, pelele, palabrero y alevoso.
Nunca como ahora el mañana fue una palabra, y la ancianidad el hecho. Es un momento donde los ancianos de edad miran de frente a los ancianos de mente y ambos bandos se hallan idénticos, se pelean en silenciosas batallas que jamás terminan, se huelen los olores a una pólvora histórica y perecedera que siempre estará allí. El mal periodismo nos lleva a pasar por alto estas verdades, a decirnos la verdad que conviene a la mentira, a decir la mentira que no conviene. Pero de vez en cuando salta la temporalidad y nos muestra un solo rostro, el pasado, ese tiempo de deterioro, del que no se vuelve, que además nos separa de podernos proyectar hacia delante. En ese determinismo hemos perdido el atisbo de alguna juventud que como seres tuvimos, sí, porque por lógica fuimos jóvenes aunque ya parezca irrisorio.
Dijo Ortega y Gasset que el hombre es él y su circunstancia, pero en realidad el hombre es él y su ancianidad. En tal sentido, el hombre es en tanto anciano. El mal periodismo pasa por alto porque su senilidad sólo le permite moverse de una casa a otra junto al repartidor de periódicos, su andador es la bicicleta y el cesto de papeles. Todavía habrá algún médico de feria que venga con su flogística a aplicarle frascos al anciano y al mal periodismo, dirá que la decepción pasa, que lo joven es lo joven. Pero ese idealismo cae en el saco de los idealismos poéticos que no traspasan el papel anciano y moribundo, la intención buena o mala de restañar. Parafraseando a Sartre, dicho idealismo no será jamás un humanismo, pero eso es materia para otra escritura.

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Un pensamiento en “Todos somos ancianos

  1. Por fin llegue a los 70 años, es como destapar una gran botella, llena de recuerdos, es recordar a los viejos de hoy, cuando eramos jóvenes de ayer, es ver lo que estaba ayer, mejorado, hoy o mas malo, es pensar en lo prometido ayer, incumplido hoy, es saboriar la historia pasada en la realidad de hoy, la vejes el tributo del hombre a lo almacenado en años de vida, lo bueno y lo malo, es la vida vida y pido a las nuevas generaciones…. respeten las canas y como jusgas hoy, seran jugados mañana.

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