Elogio de la desobediencia

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La obediencia nunca ha sido una virtud, aunque a veces se le conceda ese salvoconducto. A menudo se dice que el niño es obediente, tranquilo, que no hace nada, que no se mueve del sitio en que lo dejan. El deseo de que los demás se comporten de manera predecible y de acuerdo con un lineamiento específico prefijado, lleva a que los gobiernos fabriquen personas obedientes. En la Alemania de Hitler nunca hizo falta coaccionar al pueblo, pues la mayoría apoyaba la dictadura. Cuando el caudillo nazi desbancó al viejo militar Von Hinderburg del puesto ejecutivo y disolvió el parlamento, las calles se llenaron del jubileo propio de quienes aman las cadenas. Ya en 1933 el ascenso de la nefasta ideología fascista a la cima de la necrosada República de Weimar ocurrió por la vía democrática, electoral. El alemán era un pueblo obediente, y pagó el precio, pues hoy aún no sabemos cuánto de odio y maldad engendró ese momento oscuro entre 1933 y 1945 en la historia del hombre.
Las libertades civiles, la democracia, las instituciones liberales que habían surgido a lo largo de todo el siglo XIX y que eran hijas de la Ilustración y la Revolución Francesa, fueron meros juguetes en las manos de los desobedientes dictadores de las potencias agresoras. Sólo la concertación de enormes fuerzas pudo rescatar a la humanidad de aquel sueño de la razón, que produjo tantos monstruos (me viene a la mente que durante los juicios de Nuremberg, los fiscales sintieron que, al tratar con los criminales de guerra nazis, lo hacían como con otra raza inhumana de seres). La obediencia, el sueño de la razón, produce monstruos. Porque el camino del hombre ha sido desde la oscuridad, hasta la luz, y todo retroceso no hace sino generar más oscuridad que nunca (los propios nazis, para legitimarse, acudieron a un inexplicable misticismo germano que mezclaba la brujería, el satanismo, la recurrencia a las tribus arianas y la mitología escandinava). Hoy existe entre nosotros una tendencia de ese tino retrógrado, que nos impele a la obediencia y el silencio, so pena de ser recriminados.
No exagero cuando digo que en todos los espacios donde antes, hasta hace poco, me permitían explayarme con amplitud y transparencia, hallo el escepticismo de unos y el miedo de otros, pero sobre todo la mayoritaria obediencia. Para mí está claro que ser obediente no es una virtud, al contrario ello genera una lentitud en las fuerzas del progreso que pudiera derivar en estupidez. Además, detrás de todo censor, suele ocultarse el interés espurio del burócrata que aspira a dejarnos un laxo letargo clasista, que lo favorezca en sus ambiciones individuales.
Hallo obediencia por ejemplo, en la prensa, donde sigo esperando los temas críticos siempre preteridos. En la sección “Acuse de Recibo” de uno de nuestros diarios nacionales, un periodista intenta darle curso a algunas de las inquietudes más irreverentes de nuestro país, pero me alarma el bajo apoyo institucional que recibe como respuesta dicha sección, sobre todo si tenemos en cuenta que es de los pocos espacios nacionales destinados específicamente a ese tipo de funciones. Vaya, que la obediencia, de parte de los que debieran ser desobedientes, es el colmo de la obediencia. Otras veces termino preguntándome cuántas cartas se dejan de publicar, por hache o por be, en estas secciones críticas, desobedientes, por así llamarlas. Está claro que en periodismo, la obediencia es vergonzosa, peor aún si es evidente.
Pero obedecer tampoco es una virtud cuando en una reunión nos callamos la boca, porque total, ojalá que esto se acabe enseguida, o si en un programa de radio oímos que el conductor manipula el hilo del diálogo fuera de temas espinosos. Ni obedecer es bueno cuando alguien nos compele a la unanimidad en un voto fácil, que nunca se sabe a qué o a quiénes favorece. Por ejemplo, hace unos años trabajaba yo en una emisora de radio territorial, y al ver la mala calidad de los supuestos arreglos de la calle principal de mi pueblo comencé las denuncias periodísticas. Hubo quien se sorprendió de ese y otros trabajos de corte crítico, sobre todo porque a mí nadie me “mandaba” a hacerlos, también recuerdo cómo en la reunión de rendición de cuenta le pedí cuentas (valga la redundancia) a la presidenta del gobierno, por la mala gestión de los trabajos en la calle y allí las crispaciones, el miedo, la sorpresa del obediente me acompañó. Yo sabía que, aunque minoría, estuve exigiendo el derecho de todos.
Es peligroso ser obediente, porque en términos individuales deshumaniza y en lo social retrasa la comprensión y el diálogo, la obediencia es un manto de falsedad que cubre los problemas de hoy y calla a los díscolos que se multiplicarán mañana más que los panes y los peces, sí, ser obediente es cuanto menos un pecado político. Obtener favores, prebendas, poderes, a cambio de asentir, no edifica ni exige superación, sino que llama a la mediocridad y la corona con un éxito inmerecido. Este país necesita una lección de desobediencia, que no significa caos, sino pensamiento, razón, luz, sí, esos elementos de la cultura universal que desde 1789 impiden o retardan la producción de monstruos. Francisco de Goya lo dibujó en uno de sus obras más impresionantes, donde un hombre dormido se debate entre una manada de seres alados. El sueño, en dicho cuadro, representa la forma más elemental e inevitable de obediencia, el estado en que el hombre anda como un esclavo entre sus propios miedos, encadenado.
Hoy todavía se critica a los padres fundadores de la independencia cubana porque “gastaron tiempo” discutiendo su República en una cámara de representantes. Los cultores del ordeno y mando muestran su asco asqueante ante la grandeza de aquellos hombres que, teniendo todo para ser déspotas, prefirieron la virtud de la democracia más actualizada para sus tiempos. Los historiadores del ahora que miran hacia el pasado con ira y con un catalejo distorsionado, juzgan mal a aquellos que entendieron los peligros de un mando unificado. América ya era en 1868 el continente de las naciones inestables donde el ciclo militares-dictaduras comenzaba su constante de Sísifo, y Cuba miraba con luz larga. Aún así, los cultores de la obediencia enseñan en los colegios que fue desfavorable aquella cámara, que desunió, que detuvo, que era un lastre (todo ello sobrellevable si era en nombre de los derechos más genuinos). Esos cultores incultos que aborrecen el poder civil compartido, olvidan que el militarismo es el padre de todos los autoritarismos. Cierto que Martí en 1895 unificó los mandos, pero recuérdese que se esperaba una guerra rápida, necesaria, con un partido útil nada más en función de la contienda; o sea que la obediencia no sólo era transitoria, sino (en la lógica martiana) efímera, inexistente.
Ni Gandhi, ni Thoreau, ni el Dr. King Jr., eran seres deleznables, ni quisieron lo peor para sus tierras, no representaban el caos ni la ira. Los aportes de todos estuvieron en consonancia con sus culturas y a la vez trascendieron en la esfera pública como referentes de una verdad casi incontestable: la desobediencia es un derecho. Hace unos años por ejemplo, un profesor de historia de la universidad casi me traga (la expresión es cubanísima) cuando le menciono en clase la importancia del método no violento en la independencia de la India. No sé si era miedo, estupidez o abuso de poder académico, sólo entiendo que era el obediente pidiendo obediencia y predicando a favor de la obediencia histórica. La imagen de dicho profesor, vestido de colonialista y apresando indios no me resultó entonces tan descabellada. Muchas veces hay que desobedecer y hacerlo de la mejor manera, de la más decente, pues en ello va una lección de valores ante aquel o aquellos que nos compelen a una obediencia ciega.
Es peligroso ser obediente, ojalá la advertencia sea bien recibida.

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2 pensamientos en “Elogio de la desobediencia

  1. Obedecer, y esperar — para este caso — es la misma cosa. Entonces creer que uno es desobediente y esperar que otro haga algo… es una contradicción en sí mismo. Una tautología, como dicen los filósofos. Muy bueno tu escrito Mauro. Una prueba, por cierto, que escribir no es suficiente. Hay que tener razón además.

    De paso, Hitler (y el nazismo, en general) era Cristiano, Católico Apostólico y Romano. Me lo dijo él mismo de primera mano. Con comunión y todo. Quienes lo derrotaron eran los ateos, satánicos, impíos, herejes y mundanos.

    Democracia es dos lobos y una oveja votando sobre qué tendrán para la cena— como dijera Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de la democracia americana.

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  2. Hay…… Cantos Desobedientes estamos regados por el Mundo, en espera que los obedientes tomen nuevos caminos de la desobediencia y hagamos un País menos Obediente.

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