Sonata

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Foto: Bernardo Salazar

He sentido este arrepentimiento miles de veces, recostado en mi cama con la vista en el techo. Me remuerde la conciencia estar tan lejos, perderme los segundos que pudieran unirnos, pensar en este presente falso que nada dice ni avanza siquiera sobre sí mismo. Sí, quiero estar junto a mi padre, con mi viejo, el puro como le llaman.
Cambiar tu pueblo moribundo y polvoriento por esta capital que duele y se pudre, evitar la mirada cotidiana y consabida para irte ante los ojos azorados y delincuentes de la noche.
Mi vecino a veces me llama y nos ponemos a conversar, él tiene una niña de dos años y una mujer de 26. Todas las soledades se resumen en esos breves coloquios,
He venido a la capital como inmigrante de la nada.
Todos somos inmigrantes, incluso aquellos que nunca salen de su pueblo (conozco de un cuento borgeano donde los vecinos de una villa se la pasan soñando con viajar, trazan mapas, cartografías, pero jamás se mueven de sitio). La sensación de estar en movimiento y a la vez inmóviles nos arrasa, quema las entrañas, deja un vacío humano que ni el llanto cura, yo mismo hace años que no lloro.
Una obra de teatro del grupo El Paso, me recuerda cuán equivocado he estado en mis metas y a la vez cuán en lo cierto estoy ahora mismo, tiempo de Lezamas, de sillones detenidos. Eras interminables de pesimismos como lluvias. En la obra una pareja se duele de la vida, aún cuando intentan vivir a contrapelo del dolor.
Camino por una calle de la Habana, esta capital de distopías, recuerdo cierto artículo que se felicitaba a sí mismo por la publicación de libros hasta ayer parametrados, pero cada día que pasa es un libro más que podría ser censurable, un libro que nadie escribe y que nadie querría leer por consabido, mediocre, cruel.
Mi vida es un libro mediocre, ese podría ser el grafiti que escribiría sobre uno de los muros de la calle Reina. Pienso en la obra de teatro que acabo de ver, me imagino sobre el escenario transformando todo el conflicto, deformando el texto, yéndome de un solo lado en las cosas, obviando que quizás no sea yo un actor.
He pensado mucho estas cosas, tirado en mi cama, mirando al techo, con las gotas de humedad de la tarde convertidas en manchas de la pared, con la tristeza de ser precario y apocado.
Nada importa, las soledades me dejan siempre así.

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