Mataperros o la colección de ausencias

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Foto: Bernardo Salazar

El tema de estos jóvenes pudiera ser el viaje, pero visto como travesía inmóvil o como traslado hacia un punto dentro de sí mismos. Pareciera que regresan de muy lejos, que el tiempo los ha distanciado de los hogares infantiles, de las madres, de los vecinos, de la comida. El hambre también marcó ese devenir que de pronto se avalancha desde la pantalla, un hambre pueril atrapada en paqueticos de refrescos vacíos, de ranitas de chocolates, de jabones, de afeites distintos y distantes del presente narrativo.
Quien cuenta nunca dice de dónde viene, hay una ausencia de destinos y lugares en esta traslación que es el cine, que es el corto “Mataperros”, propuesta de Yimit Ramírez González. En pocos minutos el material accede a una realidad común, cuyo desgarramiento, aunque pasado, por momentos se nos muestra vigente, tangible, a la vuelta de la esquina.
Varios de los temas que acompañaron al cubano de las últimas dos décadas se colocan dentro del “Capital”, volumen teórico escrito por el alemán Carlos Marx. El autor del documental, y protagonista de la historia, colecciona sus ausencias, sus risas tristes, colecciona las carreras en medio de apagones, de calores interminables, de comidas preparadas en medio de la absoluta precariedad. Es que el periodo especial reúne todos los temas cubanos de los últimos veinte años.
Un periodo que se alarga más allá de las décadas, porque se intuye enfermedad de la mente, amnesia que recuerda demasiado, voluntad de resistencia que derroca paradigmas y eleva otros. El espectador nunca sabe de dónde vienen estos jóvenes, pero pareciera que jamás se mueven de lugar, incluso que simulan toda la historia, como si se tratase de una fábula sin enseñanza, de un vacío audiovisual.
El evidente logro de un buen documental acerca una de las etapas más duras de la historia cubana, convierte a Yimit en un aeda, en cronista de una verdad más fuerte que el simple pasado. Ese “Capital” que encierra los sueños descapitalizados de un pueblo se muestra una y otra vez y los signos resultantes de esta relectura devienen en lágrimas, en el rostro de una madre que sobrepasó todo, que vivió todo, que lo ajustó todo a través de dos décadas que cambiaron la percepción del tiempo y del modo de subsistir.
Documental que comienza con la explicación de los avatares de un juego infantil, y que continúa con otras travesuras entremezcladas con la inconsciencia de lo duro, de lo ausente, memoria que goza a pesar de lo ausente, tiempo que pasa en lo inmóvil, viajeros de una odisea que persiste, mataperros que inventaron la felicidad en la infelicidad, el juego en el tedio, el revoltillo pasado por agua, la imagen del caramelo en sustitución del caramelo mismo.
Pareciera que los personajes quisieran sepultar el dolor, obviarlo, decir que fue lógico, entendible, aceptable. Pero la imagen no alcanza a cubrir los resquicios de la realidad, y ni aún “Mataperros” alude a todo lo que quisiera, dejando agujeros semióticos donde el cubano completará con una frase, un gesto amargo, una vida, otro vacío, las tantas ausencias.
El viaje pudiera ser el tema, el hambre, la ausencia, la espera, el retorno, la cena, el “Capital”, los vacíos, el laberinto de tapias de un barrio cubano, el juego. Hay tantos temas en “Mataperros” que mejor resumirlos en la tristeza, una tristeza que se sepulta en la cena, en la alegría, en el tiempo inmóvil, en los juegos de calle, en el recuerdo que no muere porque está al acecho.
Es bueno hablar sobre la tristeza con alegría, de lo inmóvil con desenfado, del pesimismo con optimismo, resulta agradable porque así todo queda en la imagen, en lo audiovisual, pero todos sabemos que más allá del plano, de la cámara, del realizador, hay una realidad avasallante, omnipresente, que no delimita periodos. El tema de “Mataperros” sobrepasa toda intención estética, pareciera dispuesto a sacrificar la poesía en nombre de la vivencia.
Pero hay poesía ahí donde brota la melodía del momento, donde las décadas retroceden, donde los padres y los abuelos narran, donde las lágrimas son reales. Hay belleza, porque el aeda, el cronista, se encargó de mostrarla a su manera, así metida en los paqueticos de refresco, en las etiquetas de jabón, en la colección de ausencias que cabe entre las páginas de un viejo ejemplar del “Capital” de Carlos Marx.

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