La muerte que ríe

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Foto: Héctor Alejandro

En la mañana del 28 de diciembre del año 2000 yo tenía doce años aún, y mi padre era un soñador de esos que jamás se ponen de acuerdo con el mundo a menos que alguien o algo los tumbe a la fuerza. Vivíamos en Remedios, un pueblito colonial y aislado del centro de Cuba, donde cada año se hacen aún unos festivales llamados parrandas, de profunda raíz popular.
Regreso a aquel momento y me veo más enclenque que nunca, con unos pantaloncitos rojos, a punto de entrar en la adolescencia, un niño pletórico de fantasía en un hogar por momentos funcional, por momentos caótico, pero siempre en la cuerda de pervivir. Mi padre, pobre millonario lleno de estructuras novedosas, de proyectos de vida tan quiméricos como geniales. Mi madre una enfermera graduada en la década del ochenta, con los pies demasiado sobre la tierra.
Aquella mañana yo tenía 12 años, pero estaba a punto de conocer la muerte, no digo que no hubiese escuchado la palabra, incluso que la viera reflejada en los rostros de los actores de las películas.
Remedios es frío en diciembre, tanto, que la gente suele morir así de pronto, como si la muerte fuera una ráfaga de viento en una esquina, como si se tratase del otro rostro inevitable de caminar, ser, estar sentado en el sillín de tu bicicleta.
La muerte se me mostró así, con frío, en medio de las quimeras de mi padre y el pragmatismo de mi madre.
La muerte vino de pronto a la puerta, tac, tac “hola, soy la muerte, acabo de matar a Picadillo, el que toca la tambora del barrio de San Salvador en las parrandas”, ante mi gesto estupefacto, la esquelética dama sólo atinó a decir “es que era un hombre viejo, con problemas cardiacos, que otra expectativa tenía…”
Picadillo no era como mi padre, no intentaba ser un visionario de las parrandas, tampoco es que su pragmatismo con la vida lo atara demasiado. Más bien vivió en los términos medios, con el apasionamiento de los 24 de diciembre, bajo el fuego, con el frío, la sonrisa siempre en el rostro. Picadillo es mi primera imagen de la muerte, una imagen por cierto noble, pero que no deja de tener tintes burlescos y macabros, porque es una muerte que ríe.
La otra vez que vi la muerte así, a la tremenda, fue el 11 de septiembre del año 2001. Yo estaba en el Castillo del Morro, con una señora ya mayor, amiga de la familia. La noticia que llegaba era que una bomba atómica había destruido la ciudad de Nueva York. Claro, el atentado a las Torres Gemelas marcó el destino de toda la Humanidad, pero creo que en mi caso aquella imagen de la muerte tan masiva, monstruosa y hasta impersonal se pegó en mi mente como un nuevo karma, como una forma hipostasiada de otro ser, como la calcomanía que le faltaba a mis neuronas vírgenes.
Pero el dolor mayor, la punzada que me dejó sin aliento vino luego, cuando pensé que mi padre se me iba y que yo me iba con él; era en cuarto año de la carrera de periodismo. La muerte me reclamaba, quería que ya la acompañara, como si la vida fuese una quimera irrealizable, como si ya no quedara otro túnel que el definitivo, ese que conduce a la luz de los perdones y las voces.
Pensé irme muchas veces ya, en estos cortos 28 años, despedirme de este erial donde sólo hallo muestras de desaliento, y personas bellas perseguidas por la telaraña de mil porquerías.
He pensado partir, pero es ella, la muerte, quien tiene una personalidad propia, ella quien define, ella quien vive para siempre.
Yo sólo estoy prestado, sólo la conozco a medias.

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3 pensamientos en “La muerte que ríe

  1. Sabes buen amigo,la muerte se siente cuando vas perdiendo, familias, amigos y te ves en el espejo, se que llega un día de estos, sutilmente y sin algazara, te toca al hombro y te dise vamos, pero en espera que demore bastante, canto, escribo, rió, bailo, bebo y espero su llegada.

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  2. Una historia conmovedora y que a la vez asusta, de hecho, pensar en la muerte no nos hace mucha gracia a los mortales. Una vez leí en algún lugar, que como de costumbre nunca suelo acordarme, que “la muerte, segura de su victoria suele darnos una vida de ventaja”, entonces es una dicha que hayan tenido esa ventaja tu padre y tu, no lo crees?

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