Hoy se fumiga

Copia de Mustard gas

Por estos días se fumiga demasiado, el humo sale a través de los cerrojos y los agujeros de los techos, develando la precariedad de techos, puertas. Las aberturas que muestran indiscretas el mundo interior del hogar, donde priman tantas cosas indecibles.
Las fumigaciones son como lápidas, tiñen de blanco el aire, todo se vuelve una atmósfera sin forma ni presagios. Uno recuerda las trincheras de la Primera Guerra Mundial, el gas mostaza, las máscaras monstruosas, los cadáveres. Uno puede incluso verse muerto uno mismo, en uno de esos nichos, con cara de yo no fui, como si las guerras y las fumigaciones unieran las fronteras, borraran el tiempo, diluyeran la vida y la muerte.
Se fumiga demasiado, por si las moscas y por si los mosquitos, la gente tiene un sexo incalificable, todo ocurre puertas adentro. Afuera sólo vemos los humillos delatores, el cartel que avisa el día de fumigación, el llamado del vecino. La epidemia que como el Decamerón echa a la gente hacia aislamientos y cópulas, donde la fabulación, la burla y lo invertido vegetan.
En medio de fumigaciones he visto miles de personas, todas marchaban desnudas, había una piscina donde caían, una piscina sin agua y llena de humo blanco, un humo venenoso que traspasaba las máscaras de las niñas desnudas, las máscaras de las viejas con sus pubis canosos y las máscaras de los ventrudos solterones que mostraron sin pudor su manía masturbadora.
Cuando se fumiga demasiado, podemos entrar en ese estado de shock, fatalismo de humos, deliciosa forma de perder las líneas de la vida, confusión de atmósferas donde vamos como ciegos y alelados y a la busca de alguna verdad en este mundo de imágenes.
Ya lo decía, la Primera Guerra Mundial fue la más grande fumigación, millones de hombres cayeron junto a millones de millones de insectos, escenario perfecto donde montar cualquier ópera wagneriana, Cabalgata de Valquirias que resuena como miles de trombas al mismo tiempo. Mientras, me quedo en mi cuarto y escucho el ruido de las bazucas fumigadoras que se mete, sale, se mete, eterno círculo, historia que se pierde en sí misma, eterno retorno.
Las fumigaciones en la ciudad son como el periodo de la mujer, las epidemias son infecciones venéreas inevitables.
Cubro mi cabeza de la lluvia, el olor a humo y fumigación se me impregnan, sólo puedo pensar en la Primera Guerra Mundial, en los traumas bélicos, en la mala literatura, en los cuentos de aparecidos, en el humo blanco que cubre la atmósfera como si fuesen planchas de mármol, me repito que fumigar es importante, que los mosquitos no son menos venenosos que las bombas de mostaza.
Quiero probar el olor del convencimiento, en medio de este agreste círculo humano donde he estado a veces.

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