El Hedonismo del Dragón (entrevista a la escritora Elaine Vilar)

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Casi a diario abro mi chat de Facebook y ella está allí, he revisado todas las fotos de su perfil, he bebido de su literatura y de sus comentarios siempre intrigantes. Esta chica nos habla de dragones, de elfos, de otros mundos. Le he preguntado dónde vive, si de verdad ha estado por todos los reinos que narra. Pero Elaine Vilar Madruga me dice siempre que los lleva dentro, que son tierras más reales que el realismo tangible.

Nuestro chat, siempre activo, es un fluido de conversaciones, de técnicas literarias, de textos intercambiados, de guiños y sobreentendidos. Muchas veces le dije de una entrevista formal, algo que me entregara toda su alma, para embeberla en una historia periodística y no para apresarla en un espejo o hacerla víctima de hechizos.

Elaine es siempre encantadora, el chat nos une, esta ha sido la oportunidad para que nos acerquemos a nuestro pasado como amigos y a un presente donde ella es sin duda una referencia literaria, un mundo otro, una hedonista de la imaginación.

Abro el chat con un abracadabra y comienzo a preguntar.

Elaine, hace años nos conocemos del curso de Técnicas Narrativas del Onelio, ¿piensas que dicho encuentro entre jóvenes que pretenden escribir fue tu punto de partida como profesional, o ya hubo atisbos anteriores que quieras contarme?

Mi punto de partida como escritora (y voy a aventurarme a decir profesional pues, un premio no precisamente marca un “antes y un después”) fue en el año 2006, cuando obtuve mención en el Concurso Calendario, en la categoría de ciencia-ficción, cuyo premio fue otorgado al escritor Michel Encinosa Fú (uno de los clásicos cubanos del género). Fue realmente impactante para mí: tenía poco más de dieciséis años y en mi vida había concursado en una convocatoria de semejante alcance (fue mi madrina quien imprimió las copias y me acompañó a llevarlas a la sede de la AHS, pues yo no estaba del todo segura de participar).

Siempre me gusta acudir a esa primera aparición en el mundo literario nacional como mi paso (el primero de muchos) hacia un objetivo mayor: ser una escritora profesional (con todos los riesgos, demonios, miedos, etc, que eso conlleva).

El Onelio fue ya una consolidación, una escuela, una forja de habilidades, un espacio que te incita a encontrarte dentro de la madeja literaria universal. Sobre todo, un hogar para el pensamiento, el debate literario y la cultura del encuentro que son, quizás, las habilidades olvidadas que todo escritor debe poseer.

Por supuesto que aprendí muchísimo. Y tuve que despojarme de varios mitos que muchas veces penden sobre los egresados del Centro (debo decir, más bien, mitos que muchas veces los egresados crean alrededor del escritor formado en el Onelio, a modo de un constructo ¿cultural?). ¿Sabes?, me refiero a la idea de que “ya soy un escritor hecho y derecho, pues tengo el título que concede el Onelio Jorge Cardoso”. Y la verdad es que no resulta así, y los propios maestros y coordinadores del Onelio están conscientes de que no todos los egresados llegarán a ser escritores, sino tan solo un por ciento mínimo.

El resto, sí, mejores personas, mejores lectores, críticos sagaces, público especializado. Pero a mí, por ejemplo, siempre me ha resultado incómodo decir que soy escritora por haber sido alumna del Onelio. No. Yo prefiero decir que soy una mejor persona, una mejor lectora, intento ser una crítica imparcial, creo que me he ganado el derecho a formar parte del público especializado gracias al Centro Onelio Jorge Cardoso…

Al fin y al cabo, aunque el hecho de publicar y ganar premios no es sinónimo de buena literatura (y esta es una de las grandes verdades que siempre llevo conmigo), sí es una manera de exhibir algunas de las partes más profundas de tu ser (quizás las silenciosas) y, también, por qué no, es un acto de mostrarse ante el otro. Requiere talento, sí, y también ego.

Ahora, escribo desde muy, muy niña (por imposible que se crea, aunque suene como una postura mediática de mi parte). En todos los premios literarios que existían en mi infancia, allí estaba yo. Me encantaba participar. Y, claro, me gustaba mucho más cuando ganaba, pues pienso que la competitividad sana (sin zancadillas ni suciedades) es siempre prolífera. Algunos de mis colegas y conocidos del mundo de las letras fueron jurados en algunos de esos concursos y, todavía hoy, recuerdan aquellos primeros pasos que, sí, en realidad no eran profesionales, pero fueron el cimiento de lo que ocurriría después (desde el punto de vista de las decisiones personales) en mi vida como escritora.

¿Qué piensas de las entrevistas?, ¿qué piensas de esta?

Las entrevistas de televisión me ponen muy nerviosa, sobre todo las que ocurren en tiempo real, en vivo, porque en ocasiones hablo (el sabroso poder de las palabas no siempre es bueno) antes de haber pensado a fondo lo que debo decir. Además, las cámaras, los estudios, el maquillaje, toda la parafernalia de los programas hacen que me ponga tensa los primeros minutos. Luego, por suerte, el nerviosismo me dura apenas: no es una labor que me desagrade y, como todos los pequeños temores, he podido superarlo.

Sin embargo, te confieso que prefiero las entrevistas escritas, pues las disfruto más en cuanto al hecho de que estoy en mi medio, en el espacio perfecto donde puedo sentarme frente a una máquina (la actual hoja en blanco, el nuevo referente) y conversar conmigo misma, con el entrevistador y también con el público que alguna vez leerá mis palabras (es el mismo mecanismo que empleo cuando escribo literatura, quizás por eso me resulta tan natural).

Ya te diré lo que pienso de esta entrevista cuando termine… Me habías advertido, ¿no?: la guerra con todas las balas. Además, somos amigos: eso hace que sientas una intimidad mayor al responder.

¿Tu nombre tiene algún significado?, ¿tú le atribuyes significados extras?, ¿por qué crees que tus padres te llamaron así?

Me alegra que saques a colación el tema de mi nombre. En Cuba y buena parte del mundo, los colegas me llaman con la pronunciación “cubana” (pasada por agua, me gusta decir), el ELAINE con todas sus letras. El origen de mi nombre (que proviene del griego Helena) creo que es inglés; mi madre lo jura, así que tendré que creer en su palabra. Mis (pocos) amigos cercanos, algunos colegas y, sobre todo, mi familia, me llaman según la pronunciación inglesa: Ilein o Elein (yo prefiero la segunda de las opciones, más castiza, un poco pasada por el agua de las asimilaciones lingüísticas). Aunque, la verdad, ya me he acostumbrado tanto al Elaine Vilar Madruga que muchas veces me parece un nombre de batalla o seudónimo literario.

Durante todos mis estudios de primaria, secundaria, y buena parte del Nivel Medio, intenté “salvar” la verdadera pronunciación de mi nombre. Incluso, muchas veces firmaba mis exámenes y planillas con la versión Elein. Fue en vano. Me di cuenta que, mientras más le pedía a mis compañeros que respetaran mi nombre, que me llamaran con la verdadera pronunciación (en aquellos momentos odiaba el Elaine y era aún muy niña), más se referían a mí como Elaine. Claro, eso me disgustaba.

Y ya sabes cómo es el asunto de complicado cuando eres niño (la infancia desarrolla sutiles motivos para ser cruel). El cuento es mucho más largo, solo que un día dejó de importarme, y ahora respondo perfectamente a los dos nombres y a cualquier otro derivado que los desconocidos utilizan para llamarme. Ya no me molesto en corregir a mis compañeros, solo a aquellos que pasan la prueba y se convierten en amigos. Estudié los cinco años de la Universidad vistiendo el Elaine y algunos de mis compañeros y maestros ni se enteraron de la existencia de mi verdadero nombre. En otras palabras: capacidad de adaptación.

Mi familia (sobre todo mi abuela y mi mamá) todavía sufren el hecho de que mi nombre (el original) se haya perdido en casi todos mis círculos (excepto el familiar, el más próximo). Sobre todo, porque mi abuela previó que eso podría suceder y a cada rato lo recuerda: “ya sabía yo que había que inscribir el nombre como se pronunciaba…” Y mi mamá apela al hecho de que es necesario que salve aquello de Elein, pero siempre se me ha hecho difícil corregir a alguien en un panel, en una conferencia, en un espacio literario, ¿acaso es tan importante? El Elaine es mi nombre literario, y me ha traído grandes alegrías. El Elein forma parte de mi vida íntima, de los círculos que entiendo como míos, y ahí sí no permito que nadie me llame Elaine: todavía me tomo el trabajo de corregir hasta el cansancio. De alguna forma, así también delimito los dos mundos que forman mi vida: el espacio privado y el público.

Mi mamá es la “culpable” de la elección del nombre, y nació de su amor por el cine y la literatura. Aquel remoto Elaine inglés del origen se lo debo a cierto libro que hablaba sobre el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Carga con cierta tragedia, pues la Elaine de la historia (según la versión que leyó mi madre, y no otras que he conocido yo posteriormente) se suicida cuando Sir Lancelot (el conocido amante de la reina Ginebra) la abandona para acudir al encuentro de su verdadero amor.

No sé por qué mi mamá escogió ese nombre, pues ella no es nada proclive a la tragedia (todo lo contrario). Supongo que por la sonoridad, que siempre le atrajo. Además, su significado es “bella como la aurora”: quizás ese fue otro de los motivos de la selección. En todas las cosas de mi temprana vida (y muchas aún en la actualidad) mi mamá es la verdadera hacedora; con mis abuelos como respaldo imprescindible, pues yo crecí sin un padre hasta los cuatro años.

¿Existe alguna idea, alguna obsesión o quizás trauma de la infancia que haya impulsado tu vocación de escritora?

Algunos pequeños traumas y obsesiones los arrastro conmigo desde la infancia, pero ninguno lo suficientemente fuerte como para señalarlo como el impulso. Creo que el camino es realmente a la inversa: yo decidí que iba a ser escritora desde muy niña, y los traumas y obsesiones se sumaron a esa idea. Ahora me ayudan mucho.

¿Eres de las que escribe por hobby o de esas que no pueden vivir sin escribir?

Canto, bailo, toco piano y guitarra por hobby. Hago un delicioso café con helado por hobby. Y he coleccionado cosas. Pero la escritura no forma parte de esa dinámica de vida. La escritura es mi vida. Lo he dicho varias veces en otras entrevistas y luego, cuando leo mis palabras en papel, siempre me digo: ¿cómo la gente va a creer lo que estoy diciendo?, ¿pensarán que esto forma parte de un etiqueta o un mito que estoy intentando generar?, ¿cómo demuestro que esta es mi verdad, la única, la única verdad posible de mi vida? Ah, bueno, pues ya tampoco me importa que me crean.

No puedo vivir eternamente pensando en lo que los otros pensarán de mí, así que continúo con la misma afirmación en todas mis entrevistas: escribo para vivir, cuando escribo respiro, cuando escribo estoy viva. Quienes me conocen saben la verdad. Algunos otros, quiero creer, también podrán entenderla. ¿Los que no?: bien, prefiero eso a las falsas unanimidades o las grandes hipocresías. Pero, en cualquier caso, al ser esta mi verdad, no me voy a cansar de repetirla.

Escribes mucha literatura fantástica, ¿has pensado en irte más a lo realista, a lo social?

Desde lo fantástico también hablo de lo social, de lo real (en la acepción del término realista más allá de una corriente estética). Para mí, el fantástico no es una etapa de mi vida como escritora que abandonaré cuando llegue a una verdadera madurez en mi proceso. Yo intento ser escritora (con la palabra en mayúsculas y sin dividirme entre un género y otro; al fin y al cabo, la literatura es buena o es mala/mediocre, independientemente de cuál sea la corriente estética que domines o la tendencia a la que pertenezcas, expándase también al criterio de generación).

Si algún día dejo de escribir literatura fantástica (que puede suceder, aunque no lo creo) será por cualquier otro motivo, y nunca por el hecho de que me pese la definición o que haya madurado lo suficiente como para encontrar en el realismo una meta superior. Realismo escribo. Por ahí anda mi teatro y parte de mi narrativa. Aunque, sí, de nuevo tendré que poner en duda la definición, pues por lo común yo no escribo géneros puros, me gusta más la literatura que juega en sus bordes, en los márgenes donde termina un género y comienza el otro, en lo liminal.

Todas mis novelas de tema fantástico (me refiero a las que escribo actualmente; las ya publicadas forman parte de un pasado hermoso, pero no un presente literario) son recreaciones históricas donde se mezcla la herencia de la novela psicológica con estudios de la teatralidad, el performance, la antropología incluso. Mi teatro es, muchas veces, histórico y siempre social pero… ¿qué no es social en la literatura?, ¿qué no dialoga con la realidad que nos ha tocado vivir, aunque sea tangencialmente?

Creo que el mito de un escritor que se dedica a la fantasía como criatura alienada, incapaz de dialogar con su día a día, sujeto escapista que necesita soñar con dragones pues es incapaz de lidiar con su realidad, es un estigma que ha hecho mucho daño al género; estigma que se sigue arrastrando en la actualidad, por desgracia, sobre todo en países de Latinoamérica, pues el fantástico, en el mundo anglosajón, forma parte de las literaturas respetadas y, más aún, de las literaturas de culto.

Para responder concisamente a tu pregunta: pronto escribiré una novela realista. Intentaré que no brote lo fantástico, pero es algo que no garantizo. Y si sucede, bienvenido sea. Pero lo hago no por una necesidad de buscar otra corriente, sino porque la historia viene en ese paquete: construida, sellada, y me pide que la escriba así. Si luego cambia de opinión, ¿qué hacer? Lo que ella diga. Yo solo soy el receptáculo.

¿Reflejas en tu literatura fantástica algunos aspectos de tu vida más inmediata?

Sobre eso, solo puedo decirte que todos mis personajes, en mayor o menor medida, me van robando pedacitos de mi identidad. Se llevan mis secretos, mis obsesiones, mis miedos: los transmutan en materia artística, en obra literaria. Como son buenos ladrones —y yo trato de corresponderles siendo buena observadora— muchas veces también aparecen en ellos rasgos espirituales y emocionales de personas que conozco. Que es, un poco, como ser descaradamente voyeur de tu vida y la vida de los otros. Voyeur en una primera etapa, que es la de la observación callada y luego la asimilación de lo que se observa. Pero después viene la segunda etapa, la más terrible, que es la del exhibicionista, que muestra lo que ha creado con todo el desparpajo del mundo (y sin cargos de conciencia, además). Creo que a todos los escritores debe sucederle lo mismo.

Yo, no sé si por costumbre o por esencia, trato de vivir y poetizar mi vida, de convertirla en material de estudio. Y digo mi vida porque es la que tengo a mano, la que me pertenece, la que puedo utilizar sin remordimientos y sin dolor ajeno. Dicen mis conocidos que nunca estoy triste y eso parece, pues el dolor, para mí, es una materia en disposición para la creación, como también lo es la alegría, el amor, la apatía, la soledad, el engaño, la traición. Todos los altos y bajos sentimientos/emociones que experimento son, precisamente, los planos de una perfecta arquitectura que se gesta entre mis manos o cerca de mí. Con sus riesgos, claro, porque uno —además de escribir— vivencia, y la vida muchas veces se convierte en la suma de muchos “heraldos negros”.

Cuando uno “juega” (empleo el verbo, pues es el que más me parece apropiado en este momento) con la materia espiritual, sufre heridas de ese tipo, que son las más enconadas y difíciles, las que más se infectan. Y sí, son también las memorables.

¿Y cómo te llevan las noches, eso de escribir te da tiempo para dormir?, ¿qué pesadillas tienes más a menudo?

Cada día tengo más problemas con el sueño: me cuesta dormir y, muchas veces, tengo tanto cansancio que ya me parece un asunto crónico. Lo que sucede también es que yo, dicho en buen cubano, “cojo lucha” y tengo una disposición familiar y/o genética a no olvidar con facilidad. A eso súmale el hecho de que no creo en el perdón absoluto y sí en la justicia absoluta: una mezcla explosiva. Así que el hecho de dormir con absoluta tranquilidad ya casi es una utopía en mi vida (alguna vez, no hace mucho, te lo dije). De niña, tenía algunas pesadillas recurrentes, de esas que se repiten y se repiten, y a cada una de ellas las convertí en un cuento. No estuvo nada mal. Fueron buenos cuentos.

¿Alguna vez fuiste a un sicólogo?, ¿has pensado en la posibilidad?

Curiosamente, mi mamá es psicóloga, así que tengo al especialista en casa. Ni siquiera me entero cuando me está psicoanalizando, pero no dudo que lo haga.

¿Crees en las influencias?, ¿con qué autores tienes más cercanía?, ¿con cuáles sientes una especie de relación amor-odio?

Creo en las influencias, incluso en las generacionales. Un autor joven, que comparte tu mismo espacio y realidad como escritor, puede tener en tu obra tanto influjo como un clásico, ya sea por asimilación o diferencia. A mí no me gusta lo reiterativo, así que trato siempre de tomar el largo camino de la diferencia (mucho más difícil, no tiene atajos como en el cuento de Caperucita, y sí muchos lobos). Cada vez que tengo un libro entre mis manos, trato de acercarme a ese autor: si el vínculo falla, entonces también lo hará la lectura, y es mejor dejar ir al libro.

En el poco tiempo libre que tengo, donde ver cine y leer son mis casi únicos privilegios y “pecadillos” menores (pues le robo espacio a la escritura), trato de consumir solo buenos productos artísticos (alguna que otra bazofia se cuela, el corazón humano tiene sus capas, pero siempre en menor proporción). Como la palabra tiempo es mi orden del día, no me doy el lujo de leerme un libro que no me diga nada en las primeras cincuenta páginas. Es, posiblemente, un libro que no está listo para mí, ni yo para él (el autor que lo escribió es otra variable que se acomoda a esta proporción).

El amor y odio son diferentes caras de una misma moneda del ejercicio de criterio que uno realiza como lector. Por lo general, me suceden ambas cosas a una misma vez con mis autores favoritos. Luego es que depuro el sentimiento y racionalizo; en otras palabras, purgo.

Leo bastante a mis contemporáneos, pero no te señalaré a ninguna voz independiente, aunque sí te digo que soy defensora de algunas de esas voces (intento no ser detractora de ninguna, ser joven y escribir en Cuba me parece una de las decisiones más valientes que existen, cuando otras tantas alternativas de vivir y “vivir bien” están a la orden del día; que ciertas personas decidan seguir haciendo por la cultura de un país, muchas veces desde el silencio, con carencias materiales, necesidad espirituales, con la “lucha” constante de tener que decidir qué pones a la mesa de tu familia mientras concilias esto con la creación, ya vale la pena solo por el simple acto que se llama coraje).

Respeto todas las formas de escritura. Eso sí, como lectora, algunos libros me parecen saco vacío. Pero, al fin y al cabo, eso me sucede no solo con mis contemporáneos sino con buena parte de la literatura a escala global.

 ¿Hay algún ser sobrenatural que te gustaría ser?

¿Yo?, dragón.

Y los olores, seguro tienes un olor exquisito que te identifica cuando vienes caminando.

No sé si la felicidad se huele. Pero yo soy siempre muy feliz, incluso cuando estoy triste. Ojalá también se pudiera oler a escritura recién estrenada. Sería mi olor favorito.

¿Qué limitaciones le ves a la literatura fantástica?, ¿qué expansiones le ves?

Las limitaciones no las pone el género, sino el talento que el autor posee. Por eso te digo que, para mí, la literatura fantástica y el realismo tienen los mismos muros y las mismas posibilidades de expansión. Si un autor poco talentoso o francamente en decadencia escribe un libro (un libro malo o decadente), el producto final, ¿qué importa si es realista o fantástico?, será eso: algo que no vale la pena leer. Así que la carga, pienso, está depositada sobre los hombros del escritor, no como demiurgo, sino como ser humano que cuenta con un talento para desarrollar. Los límites son particulares, como la huella de ADN: cada escritor tiene su techo y su horizonte, llegar a ellos depende solo del creador, no del género ni de un tipo determinado de literatura que cultive.

La literatura fantástica llegará a ser tan buena como el escritor que la asume. Ejemplos sobran en el mundo e, incluso, en Cuba. Claro que hay momentos de “gracia” en la vida creativa: escritores muy malos pueden escribir un libro medianamente bueno; escritores maravillosos de repente muestran un libro execrable. Pero yo te hablo de la norma, casi en un conteo matemático. No creo que el talento acabe a una determinada edad ni que tenga un límite, pero sí pienso que muchos escritores sí trabajan con visibles limitantes.

¿Cómo miras el éxito literario que has obtenido?, ¿te distancia eso del resto de los autores menos exitosos, te acerca más?

Normalmente no pienso en mi éxito literario. Mucha gente ha usado, también, la palabra fama. Y a mí el éxito y la fama me parecen demasiado volubles. No forman parte de mis aspiraciones directas en esta vida. Yo quiero ser una buena escritora. Si el éxito literario cimienta el camino y me ayuda a llegar al final con mayor facilidad, bienvenido sea. Igual la fama, si es que tal existe en un país como el nuestro, donde los escritores —incluso algunos de los más encumbrados— se codean con los jóvenes y desconocidos en un “tú a tú” que es, muchas veces (y digo muchas veces pues no sucede así en todos los casos), una lección de humildad.

No le hago rechazo al éxito literario pues forma parte de mis logros como escritora, pero lo abrazo desde una posición (ahora sí) muy realista: bienvenido sea hoy, quién sabe qué sucederá mañana. Uno puede disfrutarlo sin por eso convertirse en un cretino o en estúpido que piensa que la literatura nacional (y hasta la universal) nace de tus propias costillas.

Nunca me he sentido distante con ningún tipo de autor, y esa es una corriente que va en doble sentido: no me siento más que otros autores que han ganado menos premios, pero tampoco siento que sea menos con respecto a los autores “consolidados” (empleo el término para no referirme al “vacasagradismo” que tan abundante es en nuestra literatura) del panorama literario cubano.

En otras palabras —y empleo la máxima— trato de ser con todos como me gustaría que fueran conmigo. Eso se llama karma. O algo así, no soy muy ducha en los términos. Pero creo que la energía que uno ofrece en cualquier tipo de relación es, de alguna manera, la energía que se devuelve.

Los autores inéditos, sin premios, son también mis iguales, ¿acaso no luchamos todos por lo mismo, que es la literatura, la buena literatura, más allá que el “momentico” individual de la fama? Por eso, tampoco, permito que ningún autor “sagrado” me haga un desplante o me trate como un cero a la izquierda. Pienso que la humildad y el buen corazón son sinónimos de las almas grandes; y no entiendo que se pueda ser un buen escritor, un verdadero creador, sin ser bueno.

¿Cómo te ves en el futuro, cuando seas una escritora anciana, comiendo manzanas en una bañera como Ágatha Christie o casada y con varios niños, quizás pichones de literatos?

Quiero una familia. Los niños me encantan, aunque pienso que seré una madre algo atípica, de esas que le preocupan más los libros que otras necesidades de primer orden, y eso me inquieta pues no es una posición demasiado inteligente en los tiempos que me han tocado vivir.

Vivir la “vida bohemia” del artista, el mucho ruido y pocas nueces del “carpe diem”, lo experimento a mi manera, desde mi compromiso como ser humano, y no precisamente en la renuncia a una vida normal en todos sus aspectos. Quisiera, ya te digo, un hogar, hijos y familia… hijos que, si a bien tienen, no sean literatos, pues el mundo del arte, aunque hermoso, es uno de los más crueles y difíciles y, conociéndolo yo, no me gustaría que mis hijos del futuro tuvieran que vivirlo. A menos que sientan que el arte es su único modo de respirar: ¿qué podría hacerle a eso, si es la misma expresión que yo empleo? A mí el compromiso con un proyecto de vida, con una forma de asumir la vida por encima de todas las carencias y necesidades materiales y espirituales, me parece una de las maneras más inteligentes y valiosas de existir.

Aunque por el momento no hay planes de concretar ese proyecto. Por ahora, me comeré las manzanas (o los mangos) de Ágatha Christie. Y me digo: paciencia. Que todo llega a su tiempo.

¿Hacia qué temáticas piensas girar tu obra en el futuro?

Hacia lo que venga. Mis obras vienen por sí solas, aparecen cuando menos las espero, me enfrascan en proyectos agotadores. No importa lo que yo opine y no se vale oponer resistencia. Así que tomo el futuro con tranquilidad. Quisiera continuar escribiendo teatro histórico, y tengo planificadas dos trilogías con temas muy precisos (que no adelantaré), quién sabe si también me avoque a la dirección teatral (que es una de mis grandes deudas con mi formación, aunque ya realicé mis pininos). Me interesa el guión, fundamentalmente para el cine o para series televisivas… aunque, por lo que veo en los últimos años en nuestra pequeña pantalla, no creo que llegue a suceder (al menos, no las series, quizás tal vez sí cortos y, definitivamente, voy a todas por el cine).

Nunca abandonaré la novela, porque es el género donde más cómoda me siento. Y, finalmente, mi poesía ha despegado (en menos de dos años, tendré cinco libros publicados), así que también pretendo aprovechar esta época de bonanza para crear más. Las temáticas no son tan importantes: ellas llegan en el mismo embalaje de la idea, es solo abrir el paquete y recibir el regalo.

¿Tiene futuro ser escritor joven en Cuba?

¿Por qué no? Ser escritor joven, en cualquier lugar del mundo, es un desafío. Muchos creen que “Afuera” se podría hacer más y mejor literatura, publicar con mayor rapidez e incluso ganar montones de dinero, y no es tan simple. No sé si será fatalismo geográfico, pero ya por el hecho de haber nacido en un país extranjero, muchas puertas se te cierran cuando publicas en una editorial fuera de Cuba. Nacen muchos peros.

A veces no. En ocasiones, un editor te recibe con los brazos abiertos, independientemente de que seas cubano, polaco o griego, pues busca el olor de tu obra, de tu literatura, no tu origen geográfico, y no está pendiente del hecho de que puedas (auto)comprar una determinada cantidad de ejemplares que apañen el riesgo de publicarte por ser joven y, además, cubano. Yo he estado en ambos límites de la balanza. Fuera de Cuba, he tenido excelentes experiencias… y otras que no lo fueron tanto.

No es este un llamado de alerta, pues cada escritor construye su camino de manera individual. Pero sí puedo decir que el apoyo institucional que existe en Cuba para la carrera de los jóvenes es realmente poderoso, y no lo he visto en muchos lugares (curiosamente, escritores de varios países envidian estas oportunidades). Claro, aun así, el joven escritor en Cuba tiene que lidiar con procesos morosos, con libros que no salen a tiempo, con la dolorosa dualidad de moneda que tanto abarata nuestros esfuerzos de escritura, con poco acceso a las redes, con pagos que a veces se retrasan y que son, más bien, simbólicos.

Pero, a pesar de todo, sigo creyendo que Cuba es una plataforma maravillosa para que un joven escritor se dé a conocer y publique ediciones muy dignas, para que un joven escritor confluya con sus coterráneos y para que aprenda, desde el silencio y el trabajo, el oficio vital de la escritura.

Futuro hay, sí, pero depende —de nuevo empleo la palabra— del camino particular que cada escritor, desde su estrategia, se traza.

Según tu experiencia, ¿qué nos hace falta como país para insertarnos en las tendencias más actuales de la literatura?

En pocas palabras, lo resumo: promoción de la literatura fuera de las fronteras de Cuba (cuando digo literatura, incluyo a los jóvenes dentro del jamo, y no solo a los ya conocidos) y mercado internacional para el libro cubano. Se ha de pensar más allá de las fronteras de nuestra Isla, y dejarle de temer a la fatalidad del agua que nos cerca. Y claro, conjugar el pensamiento, la idea, el deseo de hacer, con la verdadera acción (el ya hice, aquí está el fruto).

Existen talentos. Muchos y muy buenos. El material humano —que es, según opino, la etapa más sensible de cualquier producción, sea cultural/simbólica o material— ya está presente. Queda solo aprovechar las circunstancias para visibilizarlo como un producto que vale la pena (humana, cultural, semióticamente).

¿Te sientes conforme con ser Elaine la escritora, no has pensado en que en algún momento hubo un juego de posibilidades, en que pudiste ser Elaine la monja o Elaine la embajadora en Naciones Unidas?

Te lo contesto con total seguridad: gracias a Dios soy la Elaine que escribe. Ser escritora es mi decisión de vida. Uno solo puede hablar de una decisión de vida cuando ha tenido oportunidades de ser otras cosas. Yo estudié música, me gradué de guitarra con altos honores. He actuado y cantado. Me dediqué a la pedagogía musical. He trabajado con niños. Quizás no sea un diapasón muy grande de opciones, pero las he tenido. Pude haberme decidido por cualquiera de ellas, y quizás hubiera sido feliz. Pero elegí otro camino, y no me arrepiento. Ser escritora es mi pasión, mi vocación, mi llamado. Lo demás ha sido solo una hermosa compañía. La literatura, en cambio, ¿cómo te lo digo en otras palabras?, es todo.

¿Te has sentido cómoda con este interrogatorio?, ¿hubieras querido añadir o quitar alguna pregunta, cuáles?

Muy cómoda. Nunca añado nada ni quito nada a ninguna de mis entrevistas. Pienso que, en este momento de mi vida, como amigos que somos, son las preguntas que necesitaban ser hechas. Te invito a que repitamos esta entrevista en, no sé, 3 años. Entonces te contesto a esta pregunta.

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