Réquiem para violín

Violín

Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana y el motor de la turbina yacía achicharrado junto a la puerta. El vecino intentó salvarlo, pero siempre dejo la reja de la entrada bajo candado. Mi casa pareciera de esta forma una celda de monasterio o un cubil del Castillo de If, pero mejor así, porque ya saben cómo proliferan los émulos de Alcapone en algunos lares. Así que mi vecino sólo pudo jalar el motor con un palo de trapear, evitando que la candela alcanzara un galón de luz brillante que estaba allí al ladito.
Gracias a esa solidaridad aún tengo casa y sólo debo lamentar la muerte de un viejo motor, que debió arrancar solo a partir de un fallo en su fusible, trabajar incansablemente y quemarse.
El olor al plástico quemado de los tubos de agua acompañó mis reflexiones de la noche, ahora deberé cargar el líquido en cubos, ya sea para beber o bañarme.
-No pude hacer más nada –me dice mi vecino, y yo le palmeo la espalda, juntos llevamos al motor hasta un rincón de la casa, donde duerme el sueño de los justos.
La reflexión me aterró toda la noche: nos accionamos como motores, funcionamos setenta u ochenta años y luego comienza el fuego, nos consumimos en nuestra propia vitalidad.
Mi vecino y yo nos fuimos a esa hora hasta un merendero, lo invité a comernos unos panes con jamón y queso. El sitio siempre lo concurren los travestis y putas de toda Centro Habana, los borrachos gritaban a través de una reja y dos asustadizos muchachos intentaban el servicio. Nos demoramos media hora, esperando por dos panes que llevaban horas, quizás días, puestos en el mostrador.
El sabor a pan seco y viejo se me diluyó como el mejor manjar, ya camino a casa. Travestis y vendedores de café, choferes de alquiler, criaturas nocturnas, todos nos miraban. Yo debía parecer un fantasma con mi cara de derrota y estas reflexiones tristes que siempre me acompañan, mi vecino sólo hablaba de su hija, de un viaje a Haití, del dinero que le deben sus clientes (es albañil por cuenta propia), de la santería, de las maldiciones.
La casa donde estoy viviendo fue antes de una señora practicante de la religión yoruba, según me cuentan se había “hecho santa” por Oyá, la diosa de los cementerios. La mujer falleció recientemente, producto de un largo padecimiento. Sus prendas estuvieron siempre colocadas al lado de la turbina.
Si reflexiono mágicamente, tendría que reconocer que algo actuó esa noche, que alguien quiso matarme, quemar mi casa.
Algo o alguien, entes sobrenaturales, que manejan la suerte a su antojo, o lo que nosotros llamamos suerte.
El pensamiento me petrifica, saca de circulación cualquier rejuego filosófico, me conmina a marcharme de regreso a Remedios, a dejar La Habana por proscrita y mágica. Así que me aferro al teléfono y llamo a mis amigos, los induzco a que me convenzan de que todo fue azar, que no existen los entes ni el más allá.
Hablo con ellos mientras el sabor a pan seco y queso y jamón se pierde a través de las ondas electromagnéticas del auricular.
No quedo muy convencido, enciendo la radio, una emisora anuncia un concierto del violín de Mozart en la Habana. Me dan deseos de ir, pero a esa hora llega el agua y, sin turbina, debo cargarla manualmente. En el subdesarrollo nada tiene continuidad como dijera Sergio en el filme Memorias del Subdesarrollo. Las turbinas se rompen, el agua llega a deshora, la gente pierde el interés por Mozart quien se queda solitario en su salita de conciertos o quizás con tres gatos rumiando para sus adentros que dejaron su casa cerrada, que quizás al llegar haya algo muerto, algo roto, alguien tratando de matar.
Mozart nada arregla, nada puede, no pertenece a este universo, la presencia de su violín es rara avis, un sonido dulce en medio de millones de ruidos de turbinas que se queman solitarias.
En fin, no podré escuchar el concierto, estaré a esa hora sudoroso en mi cubil verneano, cargando innumerables cubos y tanquetas, seré siempre un melómano distante que consume grabaciones enlatadas, transmisiones radiales desfasadas, ondas, falacias.
La noche no fue silenciosa, ni tranquila, algunos ruidos llenaron la casa, quizás fueron pasos, no sé bien. Me dormí con los audífonos puestos, Mozart sonaba otra vez, pero no a través de su violín. El subdesarrollo se movía como un león hambriento de panes con jamón, no supe bien si se trataba de algo o de alguien que habitaba mi casa, si quería matarme o sólo demorarme para que no fuera al concierto, quizás deba creer más y pensar menos.
Ahora estoy sentado en mi cama, son cerca de las seis de la tarde y siento el agua que empieza a caer.

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2 pensamientos en “Réquiem para violín

  1. Memorias del subdesarrollo, asi es Mauricio, un cotidiano convertido en costumbre, entre el ir y venir del preciado liguido, la necesaria energia o simplemente la vital alimentación, pero siempre firmado por la voluntad de acero de nuestro pueblo que no renuncia a cumplir con una supuesta jornada laboral…

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