Caturla vive

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Alejandro García Caturla, la caminata leve…

Me he repetido esa frase miles de veces, la digo frente al retrato del niño vestido como una niña a la usanza de la época, delante del piano carcomido y mudo que Él tocara por las tardes-noches. Los balaustres de la casona nunca fueron tan esquivos, tan misteriosos, porque apenas había un postigo abierto mientras Él ensayaba o componía, o simplemente mientras interpretaba una pieza del amigo Claudio, como acostumbraba a llamar al genio musical de Debussy.
“Caturla vive”, es como un ritornelo, una fuga rápida de espíritus, la casa que se sacude el tiempo, la familia que me saluda desde las habitaciones adormiladas, la fiesta de amigos donde el niño prodigio ya interpretaba piezas norteamericanas de moda, el rincón que le enseñó a amar con rebeldía y arrebato, porque el amante era para Él un arquetipo heroico que no entiende de valladar.
El ritornelo se torna duro, casi una fanfarria, cuando el joven da su primer beso y escribe la primera nota, hay en él un volcán de esencias que sólo calmará el impacto alevoso, la caminata leve y soleada a través del parque colonial. “Caturla vive” a pesar del asesino, sobrepasa al burlador, al vulgar, a las ansias malsanas. En el piano resuenan miles de réplicas de Él, ya la Berceuse Campesina es un amanecer habitual sobre los tejados de la villa, ya el campanario no sólo marca la hora de su muerte, sino la de sus renacimientos.
Poco importa que el pasado retuerza la memoria a la caza de entretelones que oculten el concierto, si Caturla supo conjurar la gloria del tambor y hallar el tejido de una justicia humana que mucho le costó, pero costó más a la cultura nacional. Vive sin dudas, porque no hubo ni una mentira en Él que tanto experimentó con el arte, pero respetó las esencias, las sinceridades, el decir la verdad. Un hombre sobrevive el disparo alevoso cuando logra que su olor quede impregnado en las paredes de su casa, en los papeles de su obra, un olor que conversa con nosotros y nos indica una ruta.
Alejandro G. Caturla fue así, de rutas ciertas. La República debió estarse a sus pies, pero él estuvo a los pies de la República. Y el pueblo que nunca se equivoca levantó el cadáver pequeño del hombre grande y así fueron juntos todos a llorarlo, porque no hay otro remedio ni salida más justa cuando falta la justicia. “Caturla vive”, decían todos camino al cementerio pequeño, donde yace ese ser sin mesura.
El siete de marzo es frío y gris, el mármol nunca parece tan noble, tan blanco y firme. A veces se escucha una banda de conciertos que pasa, otras, un orador, otras el pueblo marcha en silencio porque aún se pregunta por Él, todavía lo quieren allí en la casona, con las luces de la tarde sobre el piano ahora carcomido. La mudez de la música es quizás el trino mejor para un siete de marzo, día en que vino al mundo aquel héroe amante sin estatua ni altisonancias.
Caturla era pequeño y bello, enorme y profundo. La casona vieja atesora los mismos episodios, porque sospecho que en verdad el tiempo no transcurre, o al menos para Él. A veces un destello de la tarde se cuela por el postigo y cae sobre el piano. Olores a partituras recién escritas, a obra nueva y esencias, a trascendencia y justicia, olor a vida que atraviesa los agujeros del traje balaceado.
“Caturla vive”, el ritornelo sube y baja su tono alternado, el cuerpo pequeño descansa, el espíritu grande está aquí y ahora.

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