Lecturas de un joven indecente

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Yo era un joven imberbe, ingenuo y salvaje. Recorría las autopistas montado en enormes rastras humeantes, plagadas de viejos pistoleros y pedófilos. En mi viaje a través de la Gran Potencia, conocí todo tipo de vampiros, incluyendo a uno llamado Allen Ginsberg, que me introdujo en el mundo de la droga. Junto a Gregory Corso y Jack Kerouac, estuve por bares apestosos a semen y antros de putas cultas con maquillaje expresionista. Un mundo alucinante, de alcohol y literatura de mala muerte, donde Hegel se mezclaba con la marihuana.

Durante mi etapa de Lobo Estepario conocí muchos almuerzos al desnudo junto a una rara máquina blanda, accionada por Williams Burroughs, un nostálgico organillero de la era de las amebas inteligentes. Aquel artefacto, además de engendrar un sonido insulso y pastoso, tenía la capacidad de producir vida. “¿Vida?” recuerdo que dije una vez “sí, vida” me respondió Burroughs y de una vuelta de manubrio salió del interior del organillo un viejo verde y malhablado.

Era la primera vez que lo veía, yo estaba en algún lugar de Norteamérica, en la década del cincuenta, la época Beat. Pero alguien susurró a mi oído: “Andernach, Alemania, 16 de agosto de 1920”. Atribuí aquello al LSD y acepté la alucinación como algo normal y pasajero. Sin embargo, los efectos de la droga que consumí aquella tarde aún perduran en mi vida.

Luego de leernos algunos de sus poemas y relatos, beberse nuestro alcohol y pelearse con todos nosotros, Charles Bukowski, el viejo verde e indecente, se marchó enganchado a la cintura plástica de una puta voladora. Y mientras ascendían abrazados me prometí encontrarlo algún día y devolverle el puñetazo que recibí en el ojo izquierdo. De paso, hablar de literatura.

“No me interesa la literatura” me dijo la otra vez que lo vi, en el segundo piso de un prostíbulo en Los Ángeles, donde tenía su editorial, entre condones y botellas de cerveza vacías por doquier. Sin embargo, este hombre ya había publicado muchos libros, buenos libros, llenos de palabras bestiales, honestas. Una obra tremendamente humana. Ahí estaba ese escritor droga, cuyos cuentos y poemas se disputaban los cárteles de Medellín y Cali.

El fugaz encuentro me sirvió para enterarme de que Bukowski no escribía sobre nada, que Shakespeare nunca lo hizo y que probablemente no exista nada más complejo y peligroso en el mundo que abrocharse los zapatos. Por último, me confesó su mayor ambición: ganar 100 dólares mensuales de por vida. Toda la sabiduría que me ha hecho falta hasta hoy.

Para un ser de infancia y adolescencia amargas, entre el pus de su acné y los golpes del padre, alejado del amor y tan cerca de la locura, dedicado de a lleno al alcohol; vivir 92 años significa toda una proeza. Durante aquel segundo encuentro, Bukowski me dio el secreto de su sobrevida, no contenido por supuesto en ningún libro. Esa alquimia más rara que el oro artificial. Beber, siempre beber. Beberse los años sentado en el banquillo de los imbéciles, mientras el resto de la clase se burla de ti. Beberse el tiempo perdido reventándose los granos de la cara en la oscuridad de un cuarto. Beberse el rechazo, la fealdad, la tristeza. Beber la fuerza.

Por eso no creí la noticia de su muerte difundida hace unos años. Charles Bukowski, cargado por un conjunto de monjes tibetanos y llorado por la puta de turno, maquillada al estilo expresionista para la ocasión.

Seguramente levantó la tapa de la caja e imprecando al resto del cortejo, pidió una botella de alcohol. La orgía mortuoria de Bukowski, ahora la imagen sí me parecía verosímil. Como el final de su novela Pulp, cuando el protagonista es engullido por una bestia roja y gigante nombrada Gorrión Rojo. O esa escena de La Máquina de Follar, donde el mundo está al revés. Todo gracias a la magia de la bebida. El elixir alquímico Made in Black Sparrow. Si no me equivoco el Maestro debe cumplir 92 años, en algún lugar abandonado de California, donde la poesía es una máquina que funciona a base de alcohol.

Mientras tanto, no dejo mi adicción a las drogas.

SIN SUEÑOS

Las camareras de pelo gris

en los cafés por la noche

se rindieron

y mientras camino por las veredas de luz

y miro las ventanas

de las casas de las enfermeras

puedo ver que ya no es

con ellas.

Veo gente sentados en los bancos de la plaza y puedo ver     por la manera

en que

se sientan y miran

que se acabó.

Veo gente manejando autos

y veo por la manera en que manejan sus autos

que ni aman ni son amados

ni consideran el sexo

está todo olvidado

como una vieja película.

Veo gente en las tiendas y supermercados

caminando por los pasillos

comprando cosas

Puedo ver por la manera en que

les queda la ropa y por la manera en que

caminan y por sus caras y sus ojos

que no les importa nada

y nada se preocupa

por ellos.

Puedo ver cien personas por día

que se rindieron

del todo.

Si voy al hipódromo

o a algún espectáculo deportivo

puedo ver miles

que no sienten nada por nada o

por nadie y no reciben

ningún sentimiento.

Por todas partes veo a aquellos que

no mendigan nada sino

comida, refugio y

ropa, ellos se concentran

en eso,

sin sueños.

No entiendo por qué esa gente no

desaparece

no entiendo por qué esa gente no

expira,

por qué las nubes

no los asesinan

o por qué los perros

no los asesinan

o por qué las flores y los niños

no los asesinan,

no entiendo.

Supongo que ya están asesinados

sin embargo, no puedo acomodarme al

hecho de que existan

porque son

demasiados.

Cada día

cada noche

hay más de ellos

en los subtes

en los edificios

en los parques.

No sienten terror

por amar

o por no

ser amados.

Tantas, tantas, tantas

de mis criaturas

compañeras.-

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