Universos

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Foto:Bernardo Salazar

Viajo en yutón, los árboles pasan, las luces se alargan entre sombras detenidas, el frío de la guagua hace sudar los cristales. A través de llanuras, de penumbras, la autopista transcurre. He visto el mismo paisaje móvil miles de veces, el aire nocturno no puede colarse, pero siempre lo adivino oscuro, con olor a hierbas y rocío.
Los techos del pueblo ya aparecen en la visión de mi memoria, se acercan y alejan intermitentes. Comienzo a sospechar de los sueños, esas engañosas figuras capaces de llevarnos a lugares conocidos y mezclar la vida real con otras existencias posibles. Pero todo parece tan real, tangible, sensitivo. Casi pudiera robarme cada kilómetro que me acerca o aleja, mientras la noche sigue perenne.
Hay gente que sólo vive en los sueños, la conocemos allí y luego vagamos por esta vida a la caza de rostros.
El viaje en yutón se repite varias noches, luego desaparece por unos meses hasta retornar, siempre los mismos árboles, el pueblo que se aleja o acerca, los techos oscuros, el olor a hierba.
Ese es mi sueño eterno, como otros sueñan con las nubes o con sus madres o de cuando eran niños.
Curioso resulta que el viaje jamás termine, que los techos a veces parezcan al alcance de la mano o a mil millas de distancia. Igual es raro que lo recuerde todo, porque los sueños van dejando de vivir, como seres agónicos, poco a poco.
Cuento esto porque un amigo que pertenece a la vida real me dijo de su sueño, ese que se reitera infinitamente. Dice que suele perderse en medio de una parranda que ocurre en Remedios y a la vez en la sala de su apartamento, revisa su celular, llama a cuanto amigo conoce, pero todo parece tan vivo como muerto.
Los rostros que ve mi amigo en esa parranda a veces se repiten en la vida real, pero son otro engaño, se desvanecen, sus luces se alargan como en la autopista y fenecen de repente. Nada queda del sueño infinito, sólo la certeza de una reiteración. Curioso que todo se torne trunco, incompleto, abrupto.
Hablamos de ese mundo otro, onírico, cada vez que podemos, lo compartimos porque nos parece importante en alguna dimensión. La soledad de la guagua a las tres de la mañana y la desolación multitudinaria de aquella parranda tienen la misma melancolía, el común olor a noche y a hierbas.
Si escribo esta crónica es por una variación, una certeza que saltó inesperada, dice él que durante su último extravío parrandero llamó a mi celular, el sueño era monótono, bullicioso e impersonal, como otras tantas veces.
Nadie nunca espera que cosas así sucedan, porque los sueños suelen encerrarse en un coto antilógico, pero yo le respondí, dije que no tardaría en llegar, que iba llegando en una yutón.
Puede que tantas conversaciones al respecto hayan cruzado nuestros universos oníricos, no descarto que surja la lógica en alguno de los atisbos que nos mueven a soñar; pero la última vez que viajaba a través de la autopista sentí un olor más fuerte a hierba, también los techos se acercaban demasiado, incluso se oía una música estridente, cercana, real, eran las parrandas de mi amigo.

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