Fin de semana entre leones

No digo que sean leones de verdad, pero casi lo son. Por lo menos se acuestan a mis pies y dejan que les pase la mano, se arrullan y muestran un rostro casi humano, casi de muchacha.
No digo que lo sean, pero me gusta pensarlo, decirles que el fin de semana no se acaba y que el lunes estarán ahí todavía con sus melenas frías y batientes (aunque sea mentira).
Son leones (si algo son) quién lo duda, pero habría que definir en qué momento lo son, por qué lo son y hasta qué punto dejan de ser.
Pasar el fin de semana entre leones aligera la carga, a veces hasta resulta un sustituto a las pastillas y el sexo, el pan y el agua.
Uno enciende el televisor y cae en cualquier latitud, sabemos que la pantalla es como un túnel cuyo final es el eterno retorno.
De todas formas, los leones no vienen a ver la televisión, sólo quieren que los quieran. Uno los ama, no hay más remedio.
(Pienso que esos leones son la derivación de uno mismo, el legado de las soledades, la realidad que camina por la casa).
Los leones vienen el viernes y ya el lunes se desvanecen, de hecho el domingo a las tres de la tarde son ya reflejos de mí mismo.
Yo no les digo nada, para que crean en la perdurabilidad, para que se arrullen mientras el espacio en los pies de mi cama se pierde.
(Ese espacio es un legado artificioso que lleno cada lunes con la huella de esos leones)
Nunca recojo la cama, la dejo así, con la huella de las garras, con los pelos de las melenas, la dejo para que todo sea igual el viernes.
Cada viernes es todos los viernes, los leones empiezan a aparecer con la marca del último bostezo y cuando cierro la puerta de la casa ya vienen a recibirme.
Hoy es lunes y los días hasta el viernes son un trayecto en la aureola metafísica.
(Solo hay indicios de su presencia, disueltos en el aire, perdidos en una atmósfera rugiente).
Hoy es lunes y quizás los leones sean más reales que nunca, los traigo en mi memoria, les brindo parte de mi almuerzo (imagino que ellos se sienten a gusto, en alguna dimensión de mi ser).
No es que hayan leones en mí (dios sabe que hace años perdí esa pretensión).
Tampoco es que yo despierte pequeños dioses de juguete (aunque la idea me parezca adorable y hasta la acaricie en las noches).
Pero es lindo pensar en un grupo de leones tirados a los pies de tu cama, con los ojos sonrientes y la melena fría.
Los lunes son días muy calurosos (aunque haya frío) porque los leones ya no están y uno se queda así, sin melenas, sin un momento de compañía, entre la gente que se mueve a dentelladas.
Uno se puede quedar en casa con un libro, o irse a trabajar, mientras los leones son un reflejo inconsciente, algo que sin dudas despertará en el latido del reloj.
Uno puede estarse sin días, sin amigos, sin comida.
Los leones no pueden faltar en cambio, son imprescindibles.

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