Portada

Dibujo

Hoy fui portada, hace tres años salí del aula con los ojos oscuros y un amigo renegó de mí.
(Dije entonces que el decir por parco entrañaba su opuesto, en una búsqueda de oquedades que otros llaman periodismo).
Uno no se hace escribiendo, uno viene ya hecho y en el camino se muestra el desasimiento (ora parco ora inmenso). Escribir sólo caricaturiza, aleja, distorsiona y coloca en medio el cristal que nada muestra.
Hace tres años y un poco cuando salía de la universidad choqué con mi vecino de literas, hoy existe un agujero más ancho y ese choque se dará sólo en el plano del anhelo o lo metafísico.
Él me decía de las distancias, guardaba inmensas mediciones en sus bolsillos, tenía mapas en las paredes de su casa, cartas que supuestamente alguien le escribía desde muy lejos, respuestas suyas a esas cartas donde él narraba otros supuestos viajes y destinos. Globos terráqueos, libros de inventados Marco Polos, bitácoras de judíos errantes (mi amigo creía en la distancia como entelequia).
Lo dejé en aquel choque, cuando renegó de mí e inicié el camino del sonido en medio de silencios constantes. La radio bien merece la misa del graduado, cuando no hay dónde verter letras.
Pensé en Lezama, sentado a la puerta de su casa, con una reja de palos que separaba la casa de la acera mundanal. En Lezama que tanta distancia metaforizó en el espaldar de pajilla.
Lezama que tanto viajó sin moverse.
Pensé en Lezama y amoldé mis labios al micrófono, le extraje jugos, me embebí en sus ondas, fui parte y contraparte.
Hace tres años y algo que no veo a mi amigo y ya la distancia es una teoría que recojo del suelo, la esparzo por toda la casa. Mis ojos oscuros se me meten en la sábana y yo los atrapo y les muestro la portada, como si el tiempo fuese un enano de juguete.
Recuerdo el balcón de la Vocacional, la soledad, el olor a panes que se podrían en los aleros, la gente sin comprenderse, una edad donde se muestra lo mejor y lo peor, mi amigo pensando en distancias.
La portada está ahí, no sé si es un buen o mal augurio, un final o una ganancia, está ahí y sólo Dios sabe que detrás hay distancias y discusiones de examigos, balcones y panes.
El tiempo ha pasado desde la Vocacional, desde el micrófono, desde el tropezón a la salida universitaria.
Yo me vuelvo viejo ante la portada nueva, la tinta se me destiñe cuando la veo al otro lado del cuarto, con las sábanas regadas y los fluidos de la noche palpitantes.
No estoy adaptado a los comienzos y los tropezones, a las portadas y las distancias metafóricas.
Mi examigo diría como siempre que soy flojo.
A veces le creo a mi examigo, a veces creo en aquel balcón y los panes, a veces no creo en nada, sólo el silencio me vacía.
(La muerte es un bicho cabalgante en esos casos, pienso en Lezama)
El espaldar de pajilla está hundido, como si alguien descansara, ese hundimiento simula la forma de un reloj, la informe senectud del tiempo distante, la distancia metafórica, la esencia concreta de los viajes. Es un espaldar con mi rostro humeante.
Un rostro sin ojos, para no verme en la portada.

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