La noche bocarriba

He quedado bocarriba, la placa del techo se retuerce llena de ruidos, pasos, sillas arrastradas, un hombre que grita.
Arriba hay gente (el vocablo gente suena siempre hostil).
Gente que quedó buscándose entre el frío y las sillas tiradas, gente que se tira ora a un lado ora a otro, sin hallar un cotejo.
(Sus vidas quedan en algún lugar de Centro Habana, que sólo se accede a través de puertas inertes, de imágenes de puertas).
La puerta es siempre una entrada donde la salida puede perderse.
He quedado bocarriba a las tres de la madrugada y oigo a esta gente batirse, salir, cerrar las puertas de un tirón, gritan.
Las imágenes de puertas sin salida se suceden en mi mente y no sé si estoy en una pesadilla o llegué ya a la verdad absoluta.
En mi pueblo las puertas temblaban, la soledad y el frío arremetieron contra las imágenes y quedó el silencio, el silencio del pueblo.
Centro Habana podría ser un pueblo, a no ser por la bulla, esa que sale a las tres de la mañana y que provocan aquellos que buscan la quinta maravilla entre montones de desechos, los que piensan en grande y actúan a cubierto, los fugitivos de cualquier vida.
Las sillas siguen cayendo de la placa, atraviesan el cemento duro y las cabillas, caen sobre mi cama, me atraviesan.
Voy con el cuerpo atravesado de la mano de los bulleros, me llevan a diferentes habitaciones subterráneas y a áticos, donde hay personas acostadas bocarriba, despiertas por la bulla.
Personas, no gente, personas no hostiles victimizadas por la gente.
(Así podríamos definir a Centro Habana, si de conceptos hablamos).
Un plano donde la realidad pasa montada a caballo en los cuerpos de los demás clavados en sillas y pedazos de placa, cargados por los bulleros que creen hallarle un sentido extra a la bulla.
Centro Habana podría ser un pueblo raro, repleto de áticos y nichos, colmenas, ruidos de infantes difuntos, pero pueblo al fin. Cada noche la gente (digo gente no personas) se encarga de que no sea pueblo, de que la bulla se torne irreal.
Uno se queda bocarriba toda la madrugada, el frío se disipa y la gente se esconde en los áticos, el sol sale y uno cree en vampiros.
Una anciana vende refresco gaseado para el desayuno, un panadero pasa con un pito en la boca hasta desinflarse.
Nadie parece recordar la noche, veo a las personas en un entorno supuestamente normal, veo a personas que fueron traspasadas con las sillas, sin huella de heridas.
Los ruidos pudieran estar en mi mente, pienso.
(Más que pensar, deseo pensarlo así, convencerme)
Quedan horas aún antes que caiga la noche y vuelva la gente, en su sentido más inverosímil, siempre buscando sin hallar.
Miro hacia la placa del techo, parece que está intacta.

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