Vino

Vino, la vida es como el vino, le echas más o menos azúcar porque hay bebedores de diferente gusto y color. Están quienes tienen la piel oscura y abotagada y beben a toda hora, vienen con la voz gruesa varias veces al día y tú los atiendes porque ellos son el sostén del negocio (la vieja ganancia victimiza las ansias del Otro). Están los que no toman, pero echan mano a lo amargo cuando se les muere un pelo de la cara o descubren que no existe en verdad la belleza.
El vino esclarece e invita a vivir una muerte anticipada.
Digo que el vino es como la vida porque beberlo es cuestión de azar, creces pensando que es para las fiestas y los solitarios y luego lo tienes en la mano y sólo queda beber y volverte vino.
Hice vino para obtener dinero y terminé bebiendo, bebía en los ratos libres y en los de trabajo, bebía con un libro en la mano, incluso bebí mientras pensaba en la desnudez complaciente.
Al final no obtuve dinero y quedé con el aliento pegado a la almohada y la mente perdida en los pechos inasibles de ella.
Mi vino no sólo es amargo sino que no es mío, siempre sentí que lo estaba robando a alguien, el agua con azúcar nunca fue tan sin sabor, tan ajena, “me estás robando” me dijo el vino una vez.
Vino era esa tarde que veía a través de los carros y los árboles, en la carretera aislada, cuando ya la noche se unía en una sombra. La nombré Vino, pero sé que tenía otro nombre.
(Robé el nombre de Vino para todas las cosas, en la casa mi mascota se llamaba Vino, también la cerradura y el armario. Alguien en la calle una vez me llamó “¡Vino!”, en voz alta).
Dejé de escribir por hacer vino, escribí poemas en el suelo con el dedo embarrado de vino y los puse en medio de inmensos botellones que rompí, mientras el líquido opalescente corría y los nombres de mi vida se iban perdiendo.
Quizás la inscripción de mi nombre tenga la palabra Vino en alguna parte (quizás sea parte de mi ciudadanía metafísica).
Porque el vino es también una dimensión y un no-hogar donde hospedarse, donde beberse uno mismo.
Hice vino durante mucho tiempo y quizás por eso sea a veces ese hombre de piel abotagada o aquel otro de piel blanca que halla en la belleza su propia fealdad.
Ya no interesa si no hago vino, estoy marcado por su nombre, su sabor, la fuerza del perdedor, la debilidad del héroe imposible.
La vida es vino y viceversa, cuando se acaba no queda ni el recuerdo, ni el cristal y la levadura es un hedor en tu pecho.
Ahora voy a bajar esas escaleras que tienen la misma sombra de las tardes en la carretera, aunque sienta que hay en mí una metamorfosis que no entiendo (todo el mundo puede ser su opuesto imposible).
Como los dobles alemanes, busco mi idéntico en los tragos de un vino ajeno y comprado, no tengo esperanzas de hallarme.
(Creo).

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