2015

Este post debiera llamarse 2016, con la apertura de ideas y el olor a nuevo, con las calles de La Habana y el deseo. Pero el 15 fue un año de variaciones dolorosas. Sé que a veces las fallas de la vida nos cortan el camino y uno se asfixia. Entre tanta gente al borde de la locura, la lucha, la maldita lucha que marcan los relojes mientras la muerte es una verdad más tangible.
Ya me han salido canas, a veces no las veo, pero la gente me las recuerda. “Ya tienes canas”, me dijo luego de un beso. Y la soledad del 2015 se avalancha sobre el 2016, como si un año aplastara al otro, como si la vida del 15 empujara al 16 hasta la muerte.
Ya tengo canas, estoy en el 16, no tengo hijos y me queda sólo la marca de un beso. La noche me ama a veces, pero siento que la ventana de mi cuarto está detenida en el 15, en ese momento duro, cuando pensé que la monstruosa mortandad se posaba en mi pecho, junto a la Biblia, contando los hundimientos de Noé.
Sé que no debiera lamentarme, ¿para qué?, a nadie le interesa un lamento aislado, que camina y se pierde hasta no ser, hasta nunca haber sido. En definitiva soy pesimista y ya tengo canas.
2015 fue el giro, el momento en que sentí la vejez y la mortalidad más presentes (la vida corrige a quienes piensan escapársele, los mete en pequeños barriles y los envía mar adentro, a veces nadie los halla, a veces los hallan y uno no existe: el barril está vacío).
2015 está aquí y sé que durante mucho tiempo sentiré su gélido aliento y tendré que adaptarme q que se siente a la mesa, a que abra el refrigerador para alcanzarme los huevos de la tortilla. Incluso, se quedará hasta altas horas cantando, mientras subo el volumen del televisor para llenar el espacio con algo más que soledad.
2015 es la sombra de mis padres que ahora beso, porque soy sombra de ellos que no sé quién querrá besar.
Y 2015 es ella, la que puso en mi hombro la palabra, para llevarse todas las letras y dejarme sin palabras y sin nada.
Pasé todo el 2015 haciendo vino (incluso el 24 de diciembre, mientras la muchedumbre reía), cobré mi precio con especies y bagatelas. Bebí de ese vino amargo: una economía que apenas me permitió el verdor y las tardes, el olor a nacimiento de la levadura.
El lunes me tomé un vino distinto, bebí solo, con la ventana cerrada. El mareo me llevó al teléfono y llamé indistintamente a personas desconocidas, todas vivían en el 2015. Para ellos el 16 no era posible, entendían mi drama perfectamente.
Las canas y el vino parecen tener alguna relación.
Ahora voy a bajar las escaleras rumbo al callejón, tras la avenida ruidosa, y veré mi sombra sin besos sumarse a las sombras de otros. El 15 fue la muerte, el 16 no puede engendrar reencarnaciones.
No me importa la gente que dice que tengo menos o más edad, de hecho nunca me importó la gente.
Una amiga amante me dijo que éramos lobos solitarios, no sé si sea un lobo pero sé que soy un algo solitario.
Soy ese algo y por eso mi sombra no tiene forma.

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